martes, 15 de septiembre de 2015

la noche



el aire está lleno de cigarras
y los vecinos nómades miran las estrellas sentados en el techo
es la primera vez
en una década
que viven en una casa.
sus hijos no conocen la sensación
de no dormir sobre ruedas
y ahora se trepan al techo
porque las paredes no los dejan dormir

el aire está lleno de cigarras
y no hay perros que le canten a la luna
porque no hay luna, sino estrellas 
que dejan ver las pocas luciérnagas que quedan.
los vecinos hablan en inglés
podrían imaginarse un desierto sobre el bosque a sus pies
pero para eso deberían hablar su idioma
y esta noche prefieren ser más de acá que de allá
y olvidar que su madre duerme en una hamaca
bajo los árboles negros
acunada por el canto de las cigarras
protegida por la luz titilante de las luciérnagas
mientras sueña con su desierto con aroma a dátiles
y mar






jueves, 18 de junio de 2015

Tirarse al agua



León salta a la alberca y aterriza a unos tres metros de la instructora de natación. Es el chico que cae más lejos y debe ser rescatado por otro maestro, el que ayuda a los que sí saben nadar. Estamos en el YMCA; acompaño a la clase de mi hijo en su primer encuentro del programa de seguridad acuática que da el distrito escolar. Las clases son gratis para los chicos de primer grado de varios colegios de Austin. Hoy es el día de ver qué tal les va en el agua y de clasificarlos en tres grupos: principiantes, nivel intermedio y expertos.
Todos los chicos que tienen al inglés como lengua nativa nadan bien o más o menos; no se ahogarían si se cayeran a la alberca. La mayoría va al grupo de expertos y uno o dos al grupo intermedio. Los hispanoparlantes no saben nadar. Un par puede flotar, pero nada más. Van todos al grupo de principiantes y es posible que no terminen nadando bien (son solamente ocho clases), pero sí estarán seguros en el agua.
Lo que capta mi atención es lo que pasa al momento de hacer la prueba: los niños van saltando de a uno a la alberca, donde los esperan tres instructores. Los que saben nadar se tiran cerca de los maestros: saben que el agua puede ser peligrosa y son cautelosos. Los que no, saltan como pequeños guerreros en traje de baño para aterrizar lo más lejos que la fuerza de sus piernitas les permite. Son valientes y orgullosos a pesar del peligro (del que evidentemente no se han enterado). Y cada salto de esos me arranca una carcajada que ahogo entre mis dedos.
La clase parece una comedia de las que más me gustan. Los niños gritan mientras vuelan un metro en el aire, como si se tratara de una demostración de valentía. Sus gritos retumban entre el vapor de la alberca cerrada. Los niños desaparecen en el agua y los instructores, con miradas incrédulas, deben apurarse para sacarlos a la superficie. Cada escena dura un par de segundos y después de cada acrobacia somos más las personas que no podemos aguantarnos la risa.
Dingdong, en otra muestra de su dualidad cultural, cae a un metro y medio del instructor y ostenta su mejor estilo perrito hasta llegar al maestro y aferrarse de sus hombros. Lo ponen en el segundo grupo junto con otro niño que entró al agua llorando de miedo mientras caminaba como un pingüino para divertir a sus compañeros.
Cuando llega el turno de León me inclino un poco hacia adelante ansiosa, como si el que estuviera por saltar fuera mi hijo. Su personalidad le hace honor a su nombre, pero su cuerpo es mínimo: parece dos años menor que el resto, un niño de pre-kínder que se equivocó de fila y en vez de ir al parque terminó en una clase de natación. Tiene ojos de ónix y nariz de pichón de águila. Pienso que cuando crezca podría liderar una revolución. Yo lo seguiría. Le atamos el traje de baño con un cinturón: su madre olvidó empacarle uno, así que usa uno que le dio el club, dos talles demasiado grande. ¿Se siente avergonzado? Para nada. Cuando salta, da un grito de halcón y desaparece en el agua con la camiseta blanca que no quiso sacarse, su cinturón a la altura de las orejas y su traje de baño convertido en una burbuja gigante.
Él dice que no se acuerda de su vida en el rancho, con su abuelita, antes de que una tía lo acompañara para este lado. Sus padres lo hicieron traer cuando cumplió tres años, porque estaban tranquilos en sus trabajos y se habían mudado a un apartamento ellos solos. Pero no podían arriesgarse a la frontera, así que la tía lo subió a un camión y lo hizo pasar como propio. Los guardias no le preguntaron nada de lo que ella se había preparado para contestar; él estaba dormido y tampoco tuvo que llamarla mamá.
A su madre, la verdadera, la reconoció por la foto que su abuelita le había dado y que él miraba casi todos los días. Cuando, al día de llegar, se miró en el espejo, volvió a reconocerla en su propia cara. Mamá-León, mamá leona, León-bebé.
La mamá leona se levanta todos los días a las cuatro y media para llegar a las seis al restaurante donde sirve breakfast tacos. Su turno termina a las dos, justo a tiempo para esperar a su hijo, que llega de la escuela con la vecina. Al papá de León lo esperan en cualquier momento: la migra se lo llevó hace un año, cuando tuvo la mala suerte de caer en un improbable control, pero en cada llamado le asegura a su mujer que ya está listo para volver. A León le cuenta de su abuelita y de los animales del rancho, que el niño sabe que no existen. Pero se suma al entusiasmo de su papá y le pide que le diga qué hacen en cada momento, y le habla de cuando puedan pasar los domingos juntos en el río.



Mientras lo espera, León aprenderá a nadar. Su objetivo es terminar en el segundo grupo para sorprender a su papá, que estará muy orgulloso de ayudarlo a ponerse al nivel del grupo de expertos.

domingo, 14 de junio de 2015

El final del verano

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Cecilia Galli

Observo el cielo desde la puerta de casa. Las nubes son una madeja de fieltro que pasa del blanco al gris plomizo en borbotones inmóviles. Si ignoro el calor, casi logro convencerme de que es invierno y que está por nevar. Un punto, justo sobre el techo de la casa de enfrente, me hace creer que estamos en la costa atlántica. Un avión corta el cielo. Pero la lluvia no llegará. En unas horas las nubes se habrán desintegrado para devolvernos el cielo azul e inclemente.
El final del verano no llega con una tormenta ni con un bajón de la temperatura. Tampoco con un cambio en las hojas de los árboles. De hecho, en otoño todas las plantas florecerán de vuelta: no hay punto final para esta estación. A excepción de uno o dos días, no llueve desde hace meses. El viento que avanza a través de los árboles es caliente y, en vez de ser un alivio, me arranca unas gotas de sudor mientras camino con Alondra hasta los buzones del correo que quedan a media cuadra de casa. Lo único que marca el final del verano es el comienzo de las clases.
Un día, de repente, los juegos para agua son reemplazados por mochilas y valijitas para viandas en los estantes de todos los negocios. Los trajes de baño desaparecen y en su lugar se multiplican los uniformes escolares, los pantalones largos y las ofertas de ropa para ir a la escuela.
No importa que afuera todavía hagan 40 grados ni que la temperatura siga arrasando quizás hasta noviembre. Empiezan las clases y termina el verano. Las albercas públicas –menos las pocas que siguen abiertas todo el año– cerrarán el domingo 24, un día antes de que los pequeños austinitas madruguen por primera vez para comenzar, de repente y sin un día de aclimatación, un nuevo ciclo de nueve meses a razón de siete horas por día. A diferencia de lo que pasa en Argentina, acá no se desperdicia el primer día con actos, presentaciones y festejos: el primer día de clases es el primer día de clases, y puede que hasta vuelvan a casa con tarea.
Pero como todos necesitamos un día de actos, presentaciones y festejos, se toma tiempo del final del verano para eso. Elías, que empieza una nueva etapa escolar y por eso va a ir a otro colegio, tuvo una semana de campamento de transición en donde conoció a sus nuevos compañeros y maestros, recorrió el colegio y hasta practicó cómo comprar comida en la cafetería. Gracias a eso se le pasaron los miedos al famoso Middle School, al que nadie, nadie recuerda con cariño, ni siquiera con una sonrisa. Más bien la gente me pone cara de miedo cuando oye que mi hijo mayor terminó la primaria. Micro-viaje al pasado emocional: empiezan a contarme lo mal que lo pasaron en esa época de sus vidas que, aunque sólo dura tres años, está marcada por la convulsión de hormonas, por el descubrimiento del nuevo cuerpo, por el despertar de la sexualidad y que es un periodo clave para la propia identidad.
Para Dingdong las cosas son mucho más fáciles: irá por tercer año consecutivo a la única escuela que conoce en Austin, con sus compañeros de siempre. El único misterio es quién estará en su clase (porque suelen mezclarlos entre grado y grado) y –lo más importante– qué maestra le tocará esta vez. De las cuatro de segundo grado, dos son las maestras de sus sueños y dos no. Todo esto será aclarado el viernes antes de que empiecen las clases, cuando vayamos a conocer a su maestra y leer en una lista quiénes son sus compañeros.
Todos tenemos sentimientos encontrados, pero la mayor parte del tiempo estamos de acuerdo en que tres meses de vacaciones son suficientes y que prepararse para un año nuevo puede ser divertido. Así que unas semanas antes de que termine el verano saco toda la ropa de mis hijos, armo dos montañas, una para cada uno, y los hago probársela.
El mayor pasó del talle 8 al 12 y ya no le entra ninguno de los pantalones que usó hasta la última semana de quinto grado. Las camisetas le quedan todavía, especialmente porque él insiste en ello. No, no es cierto que están apretadas en los hombros ni que apenas le tapen el ombligo. Scotty J. me saluda desde algún lugar de mi imaginación y le propongo que elijamos algunas nuevas (de su tamaño), como para tener más opciones. Disimuladamente, iré bajándolas desde su estante al de su hermano. Mi hijo mayor está casi de mi altura y es tan macizo que si se planta bien soy incapaz de moverlo. La semana pasada usé sus botas de cowboy, que planeo hacer mías en poco tiempo, cuando ya no le entren.
Con Dingdong la situación es la opuesta: durante estos meses creció mucho, pero sólo de altura. Los pantalones que le quedaban bien ahora se le caen y las camisetas que usaba hace cuatro años todavía le entran. Sumadas a las que heredó de su hermano y a las que le regalaron, ya tiene demasiadas. Le pregunto cuáles ya no le gustan y se despide de las que le parecen «de bebé».
El verano empezó con mis tres hijos enfermos, uno tras otro. Alondra fue la primera que contagió a Dingdong, que a su vez contagió a Elías. Dingdong pasó su cumpleaños enfermo y Elías fue a su graduación con fiebre.
Y el primer sábado de vacaciones, mientras cenábamos en la casa de unos amigos, Dingdong se quebró cúbito y radio del brazo derecho cuando otro niño se cayó encima de él mientras miraba el cielo acostado en un trampolín. Eso supuso varias visitas a diferentes médicos, que terminaron con un yeso verde fluorescente que tuvimos que soportar durante cuatro semanas.
Durante el verano nos visitaron seis familiares, perdimos la voz gritando goles, recorrimos varios parques estatales, nadamos prácticamente todos los días, acampamos, tuvimos fiestas, vimos música en vivo, descubrimos nuevos tragos e hicimos nuevos amigos. Cuatro de nosotros cumplimos años y Alondra decidió dejar los pañales.

Pasaremos el último día de las vacaciones en la alberca del niño que aterrizó sobre el brazo de Dingdong y con el mismo grupo de gente que estaba ese primer día. Me gusta la simetría no planificada, sobre todo por distar tanto de la perfección. Después de estos meses de malabares con mis tres hijos en casa, estoy lista para una rutina un poco más monótona en la que no tenga que levantarme dos horas antes que la familia para poder robarle un par de horas de trabajo al día.

jueves, 11 de junio de 2015

Una vez tuve un gato

Sin título
Foto de Cecilia Galli


Cecilia Galli


Mientras esperamos en la veterinaria, entra una viejita con un gato. Dice que el gato todavía no come, aunque le dé la comida en el sillón, o en la cama. Lo tiene en brazos mientras intenta. La viejita sigue llorando.
Cuando adopté a mi gata, nunca pensé que alguna vez tendría que verla morir. Di por sentado que me abandonaría alguna noche, sin preámbulos ni explicaciones. Cinco años después de la mañana en que la gata apareció en la puerta de casa pienso que no es mía: yo soy suya. Nunca tuve la intención de adoptarla, ella me adoptó a mí.
La gata no tiene nombre; mejor dicho, tiene muchos. Durante los últimos años, mis hijos la bautizaron incontables veces. El primer nombre (que recibió por error, cuando Dingong se estaba destetando) fue Teté, una especie de sublimación de la palabra teta. Después se llamó Calypso, Pikachu, Manchita y decenas de otras cosas. Mientras ellos peleaban y discutían sobre quién le puso qué nombre primero, la continuidad le eligió el nombre que mantuvo con constancia a través del tiempo: Gatita o sencillamente Gato.
—¿Cómo se llama el gato? –me pregunta la recepcionista de la clínica.
—No tiene nombre. Se llama Gato –la mujer escribe «Cat» en un formulario.
La gatita se instaló en la puerta de mi casa en Buenos Aires un mes después de la muerte de Tango, nuestro ovejero alemán. La gata estaba ahí, escondida entre las plantas de la entrada, asustada después de una tormenta. Era chiquita y tenía una pata lastimada. Como no queríamos adoptarla, le dábamos agua y nada más, esperando a que volviera con sus dueños. Los vecinos empezaron a traerle comida y a llamarla, pero no se movía de nuestra puerta. Cuando cumplió una semana entre las plantas, le compré una lata de atún. Y una noche de tormenta la metimos después de que mi hermana jurara que al día siguiente se la llevaría a vivir con ella. Pero cuando llegó la mañana me avisó como al pasar que su marido le había prohibido tenerla (la ironía es que ahora ellos tienen tres gatos que fueron encontrando en la calle) y así fue como nos convertimos en una familia con gato.
—Tiene mucho sarro en los dientes. Y sangre. Esto no apareció de un día para otro –me dice el técnico que la examina‒. ¿Este animal visitó algún veterinario en su vida? Está deshidratado.
Me siento en un episodio de Animal Precinct donde me juzgan por negligencia. Le explico que sí, que el último chequeo fue hace dos años y que estaba perfecta de salud. Agrego que tiene las vacunas al día.
Las primeras noches después de que la gata se animara a salir de su escondite en algún lugar de la casa fueron aterradoras: el animal insistía con dormir sobre mis pies y en algún momento de la madrugada me despertaba con un grito proferido a milímetros de mi cara. Yo no sólo nunca había tenido gatos, sino que les tenía miedo: si había un gato cerca, sabía que estaba esperando el momento perfecto para saltarme a la cara. Para mí, un gato era un animal arisco y traicionero, siempre listo para atacarte y clavarte las uñas; y si te encariñabas con él, desaparecía.
—Vamos a tener que sacarle todos los dientes –me dice, esta vez, la médica.
Le pregunto cómo se recupera un animal de unos 13, 14 años de semejante cirugía, y si después puede comer bien. Me aseguran que sí, que los gatos son resistentes. Me dice que me van a traer un presupuesto.
Desde que la gata entró en nuestra casa, me dediqué a buscar a sus dueños: pegué su foto en los árboles de la zona, pregunté en todas las veterinarias cercanas si alguien la había perdido, y avisé a vecinos, a cuidacoches y a comercios de las cuadras lindantes que si alguien preguntaba por ella dijeran que la estaba cuidando yo.
Pero sus dueños no aparecieron y poco a poco la gata chiquita, impecable y educada fue convirtiéndose en algo sucio y salvaje bajo mi ignorante tutela.
El gato salía y entraba por entre las rejas de la terraza. Trepaba de un salto al techo y desaparecía por horas. Empezó a volver con los pelos de la cola parados, parecida a un castor. La seguían los gatos callejeros del barrio, los que merodeaban las pilas de bolsas de basura de los restaurantes de Palermo y me miraban con cara amenazante cuando pasaba cerca suyo camino al trabajo. Una tarde de invierno encontré a uno de esos gatos, el gris de cabeza gigante, escondido debajo de mi cama.
—Mil quinientos dólares es el precio. Si resiste la anestesia.
Me siento mal. Todo es un shock, el precio que no podemos pagar, pero mucho más lo brutal que me parece el procedimiento. Sé que voy a sonar cruda, pero igual hablo: explico que vine preparada a que me dijeran que había algo mal a nivel sistémico, no a que el problema fuera su higiene bucal. Su higiene bucal. Me tranquilizan ofreciéndome pagos en cuotas. Pero para mí algo no cuaja y sólo siento que no quiero volver con mi gato a casa. Un gato sin dientes. ¿Cómo le explico al gato después de la operación que no va a tener más dientes?
El debate sobre si estaba castrada o no nunca tuvo respuesta. Mis tías que saben de gatos dijeron que si estuviera castrada no se iría de paseo por los techos ni la seguirían otros gatos. Pero pese a sus salidas diarias, nunca tuvo cría. También quedó refutada la teoría de que los gatos son de la casa y no de la gente: desde que nos adoptó, nos mudamos cuatro veces, tres en un período de semanas. Aunque siguió saliendo y entrando a su antojo, la gata nunca intentó volver al lugar anterior.
Cuando hace casi dos años llegó Snow, un cachorro de ovejero alemán, esta vez blanco, la gata cambió mis pies por los de mi hijo mayor. También dejó de usar su arena y fue variando sus escondites en el jardín, que el perro siempre encontraba para devorar alegremente los excrementos gatunos.
La última semana noté que la gata no estaba comiendo su alimento. Probé cambiárselo, le ofrecí pescado, comida húmeda. Y dejó de limpiarse. Mala señal. Aparte de eso, siguió con su rutina: dormir durante casi todo el día detrás de los cactus que planté en el jardín delantero de la casa, al sol.
Cuando termina la consulta con la veterinaria, decido dejarla a que le hagan los análisis de sangre.
—Puede que encontremos algo peor y no se haga la cirugía.
No hay decisión en mis manos. No hay nada que decidir. Vuelvo a casa contrariada, triste de sentir rechazo por mi mascota, preocupada por el dinero, imaginando cómo puede ser feliz un gato que se pasa el día paseando por la calle sin dientes.
Cuando el teléfono suena media hora más tarde, la médica tiene la voz seria. Me dice que tiene falla renal avanzada, que lo más humano ahora es que nos preparemos, mientras lloro y le digo que ya estamos preparados para esto. El problema renal explica las encías sangrantes y la deshidratación. Todo cuadra dentro del diagnóstico.
Una hora más tarde vuelvo a la clínica veterinaria. Esta vez además de Alondra me acompaña mi marido. Esperamos a la gata en un cuarto de paredes celestes con luz tenue y velas. Un tapiz con dos gatos y una mariposa cuelga en la pared que se enfrenta a la que tiene cruces y budas. Hay olor a pescado recién frito. Me imagino que esto es un avance del cielo gatuno.
Todo es triste y traen a la gata envuelta en mantas. Tiene un catéter en una pata. La acariciamos, nos despedimos. Está tranquila. La acompañamos durante los dos minutos que dura el proceso.
En el auto Alondra pregunta por ella. Dice que está durmiendo pero la sigue llamando. Cuando le digo que duerme pero en las estrellas, no pide más por la gata. Si las estrellas existen, Alondra las recuerda.
Es raro entrar en la casa con la jaulita naranja en la que la gata vino desde Argentina vacía. Es raro entrar en casa sin que ella aparezca desde atrás de un cactus a saludar. Esta noche mi hijo mayor tendrá que buscar un sustituto que duerma en su cama, sobre sus pies. Y yo no sé si me despertaré como todas las madrugadas a las 3:33 para abrirle la puerta, o si seguiré durmiendo.


domingo, 7 de junio de 2015

Zonas de confort

Foto de Cecilia Galli
Foto de Cecilia Galli
Cecilia Galli
Me despierta el zumbido insistente de un mosquito, empeñado en salir del auto a través del pedazo de tul blanco que cubre una de las ventanillas. Todavía adormilada lo aplasto, junto con otros cuatro que intentan hacer lo mismo. Los insectos transmutan en salpicaduras rojas.
El movimiento despierta a Alondra. Se sienta de un salto y empieza a gritar «¡Mon! ¡Mon!», su versión de «camión», que es como llama a mi carro. Dormimos en el auto, transformado en una cama muy cómoda, tiradas las dos filas de asientos traseros y poniendo un memory foam. El arreglo habría sido perfecto si hubiéramos tenido más tul, para cubrir todas las ventanas.
Pasamos el fin de semana del 4 de julio en el terreno de unos amigos sobre el río Llano, a unos 90 minutos de Austin. Atravesamos la pequeña ciudad del mismo nombre y llegamos al lote, que sólo tiene un baño adentro de una estructura de chapa y madera. Más que suficiente: es un lujo.
Los dueños de casa instalan su popup camper, una casita rodante colapsable que cuando está armada tiene espacio para que duerman, cómodas, unas ocho personas. Después despliegan un toldo sobre una mesa de picnic y el páramo, lleno de enormes saltamontes de colores y de carnosas hormigas gigantes, se convierte en un lugar un poco más amigable.
Pienso que haber traído botas fue la mejor decisión del fin de semana. Soy la única que no usa sandalias. Mis amigos me miran con desconfianza.
Hormigas, bichos, pinches… No me las pienso sacar.
—Chica de ciudad…
Pienso en mi abuela, la que odiaba tanto a los bichos que evitaba ir a lugares «salvajes» durante el verano. Me la imagino con un ataque de risa con uno de estos saltamontes gigantes (miden unos diez centímetros y los hay verdes y rojos) posado sobre su cabeza.
El camino hasta el río supone sortear un matorral lleno de hormigas coloradas, unas rocas volcánicas calientes entre las que seguramente se esconden serpientes y una porción de arena surcada, de vez en cuando, por lagartijos. Tenemos que arengar al perro para que siga adelante, para que corra hasta el agua. Cargamos heladeritas, bebés y sillas plegables.
El lecho del río es de arena y cantos rodados, y me felicito por haber traído también zapatos de agua. Cuando los sumerjo, se vuelven pesados, pero evitan que me clave las rocas. Este fin de semana, la felicidad se relaciona directamente con la comodidad de mis pies.
El agua nos llega a las rodillas y está tibia como en una bañera. Armamos un toldo y lo plantamos en medio del río; ubicamos nuestras sillas bajo su sombra. Continuamente las latas de cerveza salen de las heladeritas y llegan a nuestras manos. Los niños nadan a nuestro alrededor. Alondra, que tiene un chaleco salvavidas, grita «¡bye!» mientras deja que la corriente se la lleve. Las niñas la acompañan nadando. Dejo que se aleje unos veinte metros; luego la traigo y vuelvo a soltarla. Ella otra vez se va, riéndose a carcajadas.
El nombre del río es descriptivo: no tiene pendiente ni profundidad y la corriente suave trae cardúmenes de peces pequeños que nos besan la piel como pirañas enamoradas.
Este es nuestro fin de semana sin hijos: los dos mayores están de visita en la casa de mi hermano. La idea de que se fueran no me gustó mucho al principio, pero un rato después de dejarlos en el ómnibus que los llevaba a su destino me sentí veinte años más joven. No tener que luchar contra dos pre-adolescentes antes de hacer cada cosa hace que –aunque los extrañe– disfrute esta vida, de pronto liviana.
Pasamos el día metidos en el río y al atardecer volvemos con nuestros petates al camping. Pablo saca de una de las seis heladeritas un montón de frascos que en minutos se convierten en los mejores brisquet tacos posibles.
Las niñas quieren ir al pueblo a ver los fuegos artificiales del Día de la Independencia. William las lleva en la parte trasera de la camioneta. Los demás charlamos mientras la luz se escurre y la oscuridad va camuflando todo lo corpóreo. Casi no hay luna, las conversaciones en inglés y en español se mezclan como una pila de colores que terminarán indefectiblemente en una pasta marrón. Al final de la noche todos entienden español, lo único que se habla.
Algunos se duermen sobre las reposeras justo cuando Snow, nuestro perro, sale a perseguir un venado que se sorprende porque su lugar habitual de paso está ocupado por un grupo de humanos ruidosos.

Lo único que me une a mi zona de confort cotidiana son mis botas viejas. Sin embargo, siento algo calentito en la panza. Sé que es la compañía, la sensación de estar de vacaciones, los millones de estrellas que me hacen sentir una mota de polvo, insignificante, sin consecuencia, libre. Quizás se me haya contagiado la felicidad del perro: por primera vez siente que está donde debe. Me apropio de la zona de confort de Snow, la hago mía.
Cuando estoy por dormir, veo por una de las ventanillas del auto los fuegos artificiales lejanos salpicar el cielo. No estamos demasiado lejos del mundo; sin embargo, nuestros teléfonos no tienen recepción y solamente sirven como linternas. Me duermo pensando lo tranquilizador que se siente no estar.
«¡Mon! ¡Mon!», grita Alondra a las 5:55 de la mañana del 5 de julio. Somos los únicos levantados y caminamos en silencio hasta las rocas volcánicas. Cuando las piso, las imagino como lava incandescente burbujeando sobre el río, aunque probablemente el río no existiera cuando estas rocas estaban vivas. Snow encuentra a un conejo y lo persigue hasta que lo llamamos y vuelve a nuestro lado. Pasa los mejores días de su vida.
Cuando el sol se levanta sobre las rocas decidimos ir hasta el pueblo a comprar desayuno para todos. Volvemos cargados de café y comida. Nos reciben nuestros amigos, que ya se levantaron.
—¡Pensamos que se habían escapado a la civilización, chica!
—¡Jamás! Acá estoy cómoda y acá me quedo.
—¿Una noche más?
—Si gana Argentina, una noche más.
Y otra vez a meternos en el río, que se enfrió durante la noche. Sólo salimos cuando William nos avisa que logró conectar su computadora al teléfono: vamos a poder ver el partido. Cuando llegamos a la pantalla, la pelota lleva veinte minutos rodando y Argentina ya hizo el gol. Los seis lo miramos hasta el final, cuando nuestro grito unánime interrumpe el quehacer agitado de los insectos en verano y despierta a los bebés.

Luego, nos volvemos al río.

miércoles, 3 de junio de 2015

Argentina-Nigeria: red, white and celeste

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Cecilia Galli
Por más que me esfuerzo, no se me ocurre nada que ponga el patriotismo tan a flor de piel y tan fanáticamente festiva como un evento deportivo mundial. Y para los argentinos, el deporte rey es el fútbol, claro. Es el día del tercer partido que juega la Argentina contra Nigeria, ya clasificamos, así que no hay nervios ni presiones. Estamos adentro de la próxima ronda y planeo ver el partido, cosa que hasta ahora no pude hacer. En los encuentros anteriores usé esas dos horas en las que la voz del relator resuena en inglés por la casa para lavar ropa, limpiar, trabajar, pintarme las uñas. Con el fútbol me pasa que no me interesa para nada o me pone tan nerviosa que no puedo mirarlo.
Apuro a los chicos para salir del correo, donde vinimos a dejar un paquete. Falta media hora para que empiece el partido. Están entretenidos mirando tarjetas de Hallmark con fotos de gatitos y de bebés arrugados. «¡Vamos, vamos que empieza!», los arengo. «¿Hoy juega Argentina?», me pregunta el mayor. Corren hasta el auto. Es el primer juego que van a ver ellos también. Durante el viaje de vuelta le enseñan a Alondra a gritar «¡AR-GEN-TINA! ¡AR-GEN-TINA!».
En mi primer mundial, el del ’78, yo tenía un año más que mi hija menor, todavía no había cumplido tres años, pero recuerdo cómo cortábamos papelitos para tirar por la ventana en cada gol argentino, los gritos, las camisetas de la selección que mi hermana menor y yo usábamos, la llegada de mi hermano, nacido durante el campeonato. Estábamos en plena dictadura militar y nosotros éramos demasiado chicos para darnos cuenta de nada.
El siguiente mundial que recuerdo es el del ’86, que fue justo después del terremoto de México. Los mismos papelitos hechos con diarios viejos, esta vez con noticias en democracia.Los goles amplificados en cada ventana, en cada esquina de todas las calles del universo. Cuando salimos campeones, recorrimos la ciudad gritando en el auto, y mamá y yo compartimos un cigarrillo, el primero de las dos. Yo estaba por cumplir 11, ella tenía 34. Las dos tosimos muchísimo.
En este mundial somos los únicos en el barrio que gritan los goles argentinos. Creo que somos los únicos del barrio que miramos el mundial. La banderita celeste y blanca que planté en el jardín delantero de casa se yergue tímida entre los cactus, bajo la mirada azul y roja de las enormes banderas estadounidense y texana que flamean en casi todas las casas de la cuadra. Colgamos una camiseta argentina en la puerta de casa para que no quede duda de que acá se hincha por Latinoamérica y que gritaremos cada gol charrúa que la vecina uruguaya no festeje, cada gol chileno, cada punto de los Ticos, cada tanto de México, hasta que nos duela la garganta.

Mi hijo mayor está por cumplir 11 y, plantado frente al televisor, grita cada «casi gol», argentino. Comenta los movimientos y se indigna cuando al relator (que esta vez también es argentino) osa decir que Nigeria hizo un muy buen gol. Si conociera el término «vendepatria», lo usaría en este momento. En vez, dice «hijo de puta». Aunque después de un rato de meditar mirando a los veintidós que corren tras la pelota, me comenta que debe ser horrible trabajar de relator y tener que describir las buenas jugadas del equipo contrario. En un minuto se aprende los nombres de todos los jugadores y me pide su camiseta de la selección, que le queda demasiado chica. «Hace cuatro años que espero este momento, mamá», me reclama. Y enseguida se olvida, porque tiene que gritar un nuevo gol. No cortamos papelitos para celebrar los goles; de hecho, ni siquiera tenemos diarios. Y mucho menos cigarrillos. Las diferencias no importan: otra vez es el mundial y mi hijo mayor, el que nació en California, el que tiene el nombre, el apellido y el pasaporte en inglés, decide ser argentino, cantar el himno nacional y sufrir como todos los demás, vivan dentro o fuera de las fronteras de nuestro país.

viernes, 29 de mayo de 2015

Geografía

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Cecilia Galli
A menos que haya cruzado sus fronteras, el gringo promedio no sabe dónde queda nada que no esté en su país. Ésa es, al menos, mi experiencia. El año pasado estaba hablando con una maestra y le conté que cuando yo tenía la edad de sus alumnos me escribía cartas con un chico de Camerún (con quien sigo en contacto). Ella dijo algo como «¡Qué interesante!» y me preguntó dónde quedaba Camerún. Algo que primero me pareció terrible, teniendo en cuenta que no se trataba de una persona cualquiera, sino de una renombrada maestra de Ciencias, varias veces elegida por el distrito escolar «maestra del año». Claro que después me acordé de que estaba hablando con una persona de este país, educada acá, y lo que primero juzgué como ignorancia no me pareció tal.
En una entrevista laboral que tuve hace poco por teléfono, después de hacerme esperar durante una hora porque el entrevistador no estaba informado sobre los diferentes husos horarios del país (pese a que el tipo me había dicho específicamente a qué hora de mi ciudad me llamaría), un hombre me preguntó de dónde era el prefijo de mi teléfono. Cuando le dije que de Austin, contestó lo mucho que le gusta este lugar, excepto el calor durante el verano. Pero que como soy de Argentina seguramente me siento como en casa gracias al clima. Unos segundos más tarde reconoció no tener idea de cómo es el clima en el sur de Sudamérica y tuve que decirle entre atenuantes (un poco quería conseguir ese trabajo) que nada parecido al del centro de Texas. Después de una conversación sobre playas, la dentista de mis hijos nos preguntó si nos íbamos a pasar el verano a Uruguay y se sorprendió muchísimo cuando le dije que en el Hemisferio Sur ahora es invierno. Es que en los colegios de Estados Unidos no se enseña geografía planetaria (geografía de otros países del planeta).
Algo parecido sucede en Asia, según pude comprobar. Por ejemplo, el asiático promedio cree que mi país, la Argentina, queda en algún lugar de Europa, en una zona gris e imaginaria entre Italia y España. Lo descubrí cuando vivía en California y trabajaba en una boutique de ropa italiana. Los talles eran mínimos, lo que hacía que la mayoría de nuestras clientas fueran mujeres asiáticas chiquitas y dulces como gorriones, con quienes conversaba durante ratos largos (la experiencia de ventas era lenta y suponía trabar una amistad, conocer sus gustos y llamarlas cuando recibíamos cosas que iban a gustarles; como un guiso que se cuece a fuego lento y que al final va a ser lo mejor que comiste en tu vida). Cuando descubrían que yo era argentina, exclamaban «Oh, I love Europe! ».
El argentino promedio sabe, al menos a grosso modo, en qué continente quedan casi todos los países, qué tipo de clima –aproximado– va a encontrar en cada latitud y qué idioma hablan los habitantes de cada región, aunque sea a grandes rasgos. A menos de que ese argentino promedio sea mi hermana, que en la secundaria marcó  con total seguridad a Inglaterra en un mapa cuando se le pidió localizar Lisboa, y que la semana pasada discutió conmigo porque estaba convencida de que hay dos Alaskas: una «en el hielo» y otra en el Océano Pacífico. Secundada por mi hijo de siete años, discutía cuando yo le explicaba que Alaska está del otro lado de Canadá, que es enorme, y por eso la recortan y la pegan en el mar, para que quepa en el mapa. Los dos gritaban indignados una diferencia incomprensible entre el estado-Alaska y la Alaska-de-los-hielos.
Todo esto me lleva a pensar dos cosas:
1.- La importancia de tener un mapa o un globo terráqueo en casa para que mis hijos sepan dónde está cada lugar en el planeta donde viven.
2.- Quizás la «excepción a la regla» esté en los argentinos y no en el resto del mundo: ¿por qué sabemos tanto de geografía planetaria? Porque nos la enseñan en la escuela, desde pequeños. Y, ¿por qué nos la enseñan desde pequeños? Porque vivimos un poco mirando hacia fuera.
Creo que parte del ser argentino supone sentirnos un poco expatriados, un poco inmigrantes, tener un poco de saudades. Por lo menos en Buenos Aires, la ciudad donde nací, todos conocemos a un abuelo italiano que se equivoca al conjugar los verbos porque sesenta años después de haber llegado al país todavía piensa en su lengua materna; o a una vieja gallega que parece recortada y pegada de una película costumbrista española. Cuando estamos en Argentina queremos «irnos a la mierda», como el protagonista de El hijo de la novia que quería escaparse de su cotidianeidad abrumadora, pero cuando nos vamos y estamos lejos, queremos volver a la calidez de nuestra gente. Además las crisis y los problemas del momento que quedan, hacen que vivir en la Argentina se sienta como un perpetuo nado contra la corriente. Creo que el querer irnos nos viene en nuestro mapa genético de habitantes de un país formado por inmigrantes, quienes alguna vez sintieron la pulsión de irse de algún otro lado. En estas generaciones el impulso renace y muchos queremos correr hacia algún otro lugar, distinto al lugar donde nos encontramos.



La semana pasada un astrólogo me dijo que la revolución solar que empezó hace pocos días la había en el extranjero. Lo que es graciosamente exacto, pero al mismo tiempo en un momento en el que me siento local, paseando a los familiares que me visitan sin brújula por parques estatales y puntos especiales de Austin y sus alrededores. Cada vez más pienso que extranjeros son los aliens, que si no atravesamos la atmósfera, los terráqueos estamos siempre en casa. Y que también somos capaces de sentirnos extranjeros en cualquier lugar, hasta en nuestra propia cama.