martes, 29 de diciembre de 2009

Regadera a domicilio


Volvía de regar la planta preferida de mi hermano, la que crece como un yuyo aunque tenga cierta fragilidad aparente, sus hojas estrelladas de un verde apenas pálido. Mi hermano se fue una semana a la playa. Mi hermano y yo vivimos cerca. Yo no hago mucho, y eso me deja bastante tiempo libre. Así que después de un domingo que pasamos tirados en la terraza hablando de plantas en general y de las nuestras en particular, me dio una copia de sus llaves e instrucciones confusas: “podés ir cada dos o tres días, o todos los días. Si llueve mucho no hace falta que vayas, o si querés andá. Hacé lo que quieras en casa. Mirá películas con el proyector en la pared, quedate a leer, dormí la siesta, quedate cuatro horas si querés, invitá gente o escondete, pero regame las plantas”. Ante tantos detalles le pregunté cuánta agua toma cada vez su planta predilecta, para por lo menos tener eso en claro. “Qué sé yo nena, un poco… que quede la tierra mojada”.
Así que esta tarde, después de un chaparrón, fui a ver la situación plantar. La casa de mi hermano queda muy cerca de la mía, pero también muy lejos. Según el camino que elijas, podés tardar ocho o quince cuadras en llegar. No es un chiste: es que nacen muchas calles en diagonal entre las dos. Toda Centroamérica, para ser exactos.
Como no sabía bien a qué altura de su calle es la casa de mi hermano (se mudó hace poco), tomé el camino fácil, evitando diagonales, para no perderme. Que es el camino largo. Pero contando que no caminé para ninguna dirección errónea, fue en realidad el camino más corto.
Cuando pasás la puerta de calle del edificio donde vive Orlic, te golpea el olor a viejo. No a casa vieja ni a cosas viejas, sino a viejo. Y no es olor a vieja. Es olor a viejo; a hombre viejo. Subo por la escalera hasta el primer piso C. C de culo, me dijo para que me acordara. C de concha, le dije yo. Nadie dijo C de Cecilia; no nos da para tanto. Le entro la correspondencia, así de atenta soy.
Y doy una vueltita por la casa no para espiar sino para buscar plantas. Para ver dónde las tiene. Según nuestra madre, mis hermanos varones viven como monjes. Y yo no sé a qué se refiere. Puede ser que Pedro, el menor, sí viva así, pero no es porque sea ordenado ni pulcro, sino porque Pedro no tiene pertenencias personales. Pedro no tiene propiedad privada más allá de su bicicleta, único medio de transporte que usa, y una copia de Las venas abiertas de América Latina y otra de Los siete locos.
Cuando Orlic, el dueño de la planta, vivía en la casa familiar, tampoco tenía muchas cosas, además de discos. Y los CDs son fáciles de ordenar. Hasta yo podría ser confundida con un monje si sólo tuviera discos. Bueno, no. Es una forma de decir.
Pero ahora Orlic no vive como un monje. En todo caso vivirá como la madre abadesa del convento de Annie. Esa que se sumergía en una bañadera de vodka. ¿O era un orfanato y la mujer una bruja? Who knows. Tiendo a mezclar Annie con La novicia rebelde.
Arriba de la mesita ratona de Orlic hay mil libros con señaladores y un toblerone gigante, de free shop, a medio comer. Encima de un parlante tiene un paquete de pastillas refresco en el que sólo quedan dos o tres. Las refresco son como mentosas, o un poco frutales, no se sabe. Sólo sé que me recuerdan a la primera vez que vi El regreso del Jedi, en el cine. Era un cine lindo, no el cine donde pasábamos las tardes de verano mirando matinés de Titanes en el ring con Los Parchís en continuado, con asientos destartalados de los que se escapaban manojos de paja y resortes. En el cine de Star Wars, nos metíamos esas pastillas en la boca y aspirábamos para sentir un aire frío adentro de la boca. Creíamos que eran pastillas para el calor, como mini aires acondicionados que se tragaban.
Soy tan buena hermana, y esto no lo sabe nadie. Todos asumirían que me terminé el toblerone y que me comí las pastillas. Pero no. No toqué ninguna de las dos cosas. Tampoco abrí los cajones ni el ropero. Ni siquiera encendí la luz de su cuarto para ver en qué estado estaba la cama, ni si había ropa, ni de quién, tirada por el piso. Obviamente, yo era la mejor opción para regarle las plantas. Porque mis hermanos…
Pedro se habría quedado como okupa. Y nunca más lo sacaban de ahí, ni un incendio, ni las ratas, ni la policía. Angelita, después de revisarle la vida, se habría comido el chocolate y se habría metido las pastillas en la cartera. Y se habría llevado un bolso repleto de libros. Nina Rosso no habría ni ido, pero no por mala sino porque está muy ocupada siendo madre, esposa, médica y astróloga, además de mi gurú personal para el 2010.
Yo sólo tomé una pastilla porque me dolía un poco la cabeza. La saqué del frasco Ibuprofen 200 Pain Reliever / Fever Reducer (NSAID) 500 orange caplets (capsule-shaped tablets) que mi hermano guarda junto a la ventana de la cocina. El frasco tenía la etiqueta bastante gastada, y adentro había dos tipos distintos de píldoras: las celestes y las rosas. Pensé en cuál sería la mía. Las celestes me recordaron a valium así que debían ser las rosas, aunque el frasco decía que eran naranjas. Al fondo del mar capsular encontré una amarilla, estaba solita, y pensé que esa sería para mí. Así que la tomé. Y después regué las plantas. Las dos de adentro, las ocho del balcón y la flor de los ojos de mi hermano, que ya reconozco como mi mascota. Cuando terminé sequé el piso de madera con la toalla de manos del baño (¡perdón! Pero nada nunca es tan bueno como parece. Una navidad nos encargaron hacer la ensalada de hojas verdes y como estábamos en desacuerdo con la medida mi hermano y yo lamimos cada una de las hojas verdes. Lo confesamos diez años más tarde y todos nos putearon).
Decía que volvía de regar las plantas de mi hermano. Y que hay varios caminos posibles de su casa a la mía. Volviendo para casa, tomé una diagonal para ahorrar tiempo, porque estaba un poco apurada. Tomé Costa Rica. Eran las tres y media de la tarde. Cuando entré en la diagonal anocheció; primero pensé que por un nuevo chaparrón que oscurecía el cielo. Cuando no llovió sino que empezaron a cantar los grillos, me di cuenta de que se había hecho de noche.
Caminé como siete cuadras sin llegar a ningún lado. Siete cuadras que tendrían que haberme acercado mucho a casa. Digamos que hasta la esquina misma de mi casa. Un doberman con collar violeta me encontró en una puerta y me acompañó durante cinco cuadras más, su cabeza pegada a mi cintura. Era un perro alto.
En medio de la calle y en medio de la noche encontré la luz de la puerta de un hotel. El hotel familiar Costa Rica. Crucé la calle y crucé el umbral. Adentro, detrás y un poco debajo de un mostrador, me saludó un enano. “¿Tiene hora?”, le pregunté.
El hotel familiar Costa Rica tiene:
una pared llena de humedad con un empapelado de flores
una postal colgada en la recepción con una chinche roja
la postal es una foto de una playa de Puerto Rico.
una cama que recuerda
cada noche que alguien pasó en ella
y cada cosa que ese alguien hizo y dijo.
un silloncito de una tela verde
que una vez fue terciopelo.
un perrito color té con leche
que ni te mira cuando entrás.
una lamparita con luz amarilla que te da muchas ganas
de ir a acostarte en la cama que recuerda.
“Las nueve y cuarenta y dos”, respondió el recepcionista/gerente/cocinero/dueño del hotel familiar Costa Rica.
“¿De la noche?”. Y el señor dijo que sí, efectivamente, casi las diez de la noche de hoy. Por lo menos es la noche de hoy y no de mañana, pensé.
Le pedí un cuarto. Sí, por esta noche nomás. El cuzco me olió la pierna. Le pregunté al enano si ofrecían comida. “El plato del día es osobuco”, me dijo. “Pero no te vayas todavía, que ya te lo traemos y lo comés acá, en el sillón verde, frente al televisor”.
El televisor del hotel familiar Costa Rica tiene una antena y una pantalla redondeada. Es viejo como el perro, viejo como el enano, viejo como el silloncito verde, viejo como el olor de la planta baja del edificio de mi hermano.
El osobuco me lo trajo la mucama/cocinera/camarera/dueña del hotel, la Señora de Enano, una mujer alta con pinta de gimnasta comunista. Siempre pensé que los hoteles familiares, o por lo menos así eran los que conocí, estaban llenos de familias o de personas solas, jornaleros, modistas, pero en todos los casos repletos de ruidos cotidianos. Pero el hotel familiar Costa Rica parecía estar vacío, además del enano y su mujer. Y del perro, claro, que mientras comía el osobuco frente al noticiero mal sintonizado de la noche se sentó sobre mis pies y no paró de rascarse ni de tirarse pedos mientras hubo carne en el plato.
Después de la cena pedorra pero sabrosa me desmayé en la cama que recuerda y soñé
(o la cama me mostró)
una noche de bodas en 1900
un parto un año más tarde
amor pagado por horas pero sincero con tacos de acrílico
un chico que llora hasta dormirse
una mujer sola con un paquete de cigarrillos
un ataque al hígado y una tuberculosis
una pareja aburrida, hastiada, sin ganas ya ni de odiarse
una comida humeando sobre una bandeja sin nadie más que un gato como comensal
un aborto
una familia de seis pasando una varicela
un hombre durmiendo una resaca
el mismo hombre durmiendo después de fajar a su mujer
y después de trabajar todo el día en el puerto.
y mucho amor del bueno.
A la mañana siguiente me ofrecieron una taza de té y tostadas, que acepté con ganas de un café fuerte y una ducha caliente en casa. Cuando pagué la cuenta y me despedí del enano y la gimnasta noté que el perro era en verdad un gato. Igual no se inmutó cuando le rasqué la cabeza antes de irme.
En la calle el sol de verano me cegó por un momento y cuando cerré los ojos el mundo fue amarillo y naranja y pensé en una embarazada que pasa los días al sol, y en su hijo que sólo ve ese color, amarillo anaranjado, durante un par de meses, y después es el color que más le gusta: el color de cuando él y su mamá estaban juntos y nada podía separarlos.
Riego plantas a domicilio.

lunes, 28 de diciembre de 2009

who cares



Descomunicado (mod. 96)

“Pero ya no soy capaz de hablar de ello” (M. Blanchot).

Otro atardecer. Los colectivos hacen vibrar la ciudad mientras cortan, perezosos, el calor rojo y crepuscular. El chico se asoma a la ventana y mira, confundido, incapaz de hacer foco en ninguna idea, la calle vacía humea el dolor del cemento. Suena el teléfono.

Una gaviota grita, lastimera. El hombre apenas se mueve, mimetizado con la arena fría, casi convertido, él también, en arena. El sol ya se pone en los campos, lejos. El mar es un manto de plata, lleno de arrugas brillantes. No se quita sus anteojos negros. No se mueve. Es una iguana. Parte del paisaje. Más pixels en la imagen.

Suena Rage Against the Machine. Los vidrios del departamento retumban con el llanto terrible y potentísimo a bullet in your head a bullet in your head que se repite una y otra vez. El teléfono ya no suena. El chico todavía está sentado en la ventana, con sus piernas colgando en el abismo. Remera blanca, jeans cortados, zapatos de vestir. Mueve su cabeza suavemente, marcando un ritmo y a la vez un contraste con la música. El teléfono ya no suena, como si se hubiera derretido por el calor, como si lo hubiera matado la soledad.

El mar, a lo lejos, lame la orilla. Más allá, las olas mueren contra el acantilado, en un intento samurai por morder la tierra. El hombre se calza las botas y camina por el asfalto todavía tibio de la ruta, encandilado por el sol que no alcanza para cegarlo, no a esta hora. Se chupa los labios: saben a sal. Su pelo desteñido sabe a sal. Su piel oscurecida y cuarteada es cuero y también es sal. Camina, siente cómo su carne y sus huesos absorben el impacto de sus pisadas firmes.

Las paredes sonrojadas del departamento parecen fundirse con el aliento de la bestia. El calor despierta el hedor de la furia. Un año de vida y de muerte, un año de luchas y de sufrimientos congelados, se levanta hasta los hocicos de los ciudadanos, para recordarles que todo es un ciclo, para que vean que todo vuelve, como las mareas, como las lunas. El chico se mece en su asiento de la ventana, como si el abismo en realidad fuera…

Como las olas.
Un perro se pudre al borde de la ruta. Las moscas, pequeños zafiros alados, hadas malditas y carroñeras, entran por sus ojos y salen por sus orejas, en un baile frenético, con un zumbido persistente, enloquecedor.
No quedan personas en la ruta. Todos están en sus casas, en sus calles, preparándose para la noche,
La noche del alma. Pero esa no llega todavía.
Se preparan para la noche.
El hombre dobla y entra en el bosque. Anochece.

Suena otra vez el teléfono. El final de la música ya dio paso al silencio. El chico toma cocacola de una botella, echado en un sillón verde, mientras mira la pantalla de su televisor desenchufado. Se enciende la luz afuera, en el pasillo. Alguien pasa. Traga un poco más sin quitar sus ojos de la pantalla.

Nunca contesta, piensa el hombre. Siempre igual. Aunque tampoco lo llamo jamás; como si eso hiciera falta. Sale de la cabina, se sienta en el cordón de la vereda y enciende un cigarrillo.
La calle empieza a iluminarse, una luz a la vez, y después de un rato el centro del pueblo brilla como si se hubiera guardado un poco de sol. Vuelve a entrar en la cabina. Cero uno siete siete uno tres dos nueve cinco. Ocupado. Remarcar. (Tonos de colores se apuran a viajar por los cables de fibra óptica). Suena.

“¿Hola? No. No; no está equivocado. Sí, yo. ¿Qué querés? Sí; estuve acá toda la tarde. Sin moverme. Del sillón a la ventana, ida y vuelta, con alguna parada en la heladera. No. No. Te digo que no. No volví a tomar. Igual no sé por qué me preguntás. Como si te interesara. No, ya no trabajo. Dejé. Tampoco volví a verlo a Damián. Ni a María. Ni a nadie, en realidad. Ni vi televisión. Me cortaron el cable. No sé. Cómo querés que sepa cómo estoy si te llevaste el espejo”.

“Venite para acá. Dale. Tu tabla está esperándote. Yo también. Las cosas cambiaron; ya nadie nos jode”. El hombre vaga por el recuerdo del sueño que tuvo la noche anterior. No se percata de que los rayos solares son ahora inofensivos sobre su piel; todavía siente sus mordidas. Sus anteojos hacen que el paisaje se torne gris, color de humo. Se pregunta qué significará su sueño. En él, una vieja se le acerca y le da un balde de plástico que adentro, hundido en un agua cristalina, tiene un cangrejo anaranjado.

Se corta la comunicación y el chico cierra los ojos. Vuelve a abrirlos para mudarse a la alfombra negra y casi pelada. El techo tiene alguna manchita por allá, una raya en otra esquina. Como un mapa mudo, vacío, esperando que alguna mano lo complete.
La ciudad se pudre. Agoniza con sus miles de bubones que supuran hasta las alcantarillas. Y en su decadencia emana infinitos y constantes tufos que se elevan hasta el piso que ocupa el chico, muy cerca del cementerio, para invadirlo con su calor sulfúreo.

Es de noche y los bares exhalan el aroma suave de los mariscos cociéndose. La calle principal comienza a bullir, disimuladamente, y a rebalsar por las conversaciones y las risas de los turistas. Un pescador descalzo, balde en mano y caña al hombro, se cruza con los paseantes. Alguno amaga con fotografiarlo, pero no.
El hombre desaparece detrás de una reja. Casi saluda a su reflejo en el espejo del baño. Ojos azules, de ese color infinito que sólo se repite en el mar. Azul hielo. Cejas como selvas. Labios carnosos. Dientes blancos. Su piel curtida, dorada, acostumbrada a la soledad. Mandíbulas poderosas. Para aguantar mejor la amargura. Es una pantera y no lo sabe. Pero es una pantera y no le importa. Porque está solo, más solo que sí mismo, más solo consigo mismo.
Se tira a dormir. El sueño es su única evasión. El sueño como máxima expresión de soledad. Sueña. Se le acerca la mujer del baldecito de plástico. Adentro ya no está el cangrejo. En su lugar, un contestador automático repite un mensaje de bienvenida: “no hay nadie”. Es la voz de una mujer. No hay nadie. No hay nadie. No-hay-nadie. N-o-h-a-y-n-a-d-i-e.

“¡No hay nadie! ¡Te dije que acá no hay nadie! Grita enfurecido, sacado, el chico. ¡Dejame dormir! Andate. No pienso abrirte la puerta. Así que rajá. ¡Morite! Por mí podés pudrirte ahí afuera porque no pienso abrirte”. Camina hasta la puerta y la patea. “Tenés suerte de que no te abra, porque te rompería la cara, si no nos separara esta puerta”.
Otra vez el timbre. Patadas y golpes a la puerta. El chico se levanta de la alfombra. Camina hasta el baño y toma un vaso de agua de la canilla. Busca un cigarrillo. Timbre. Arroja el teléfono contra la puerta. Silencio, por fin. Se sienta en la ventana.

Té. Azúcar. Un poco de pan. Hoy el sol no encandila desde la mesa. Afuera, la tranquilidad esperada. En la playa, el cielo amenaza con desplomarse sobre el mundo. Lejos, en el horizonte, cielo y agua se unen, formando una masa impenetrable. Indivisible.
En la playa: nadie. Solamente un perro negro corta la monotonía amplísima y densa del ambiente. El mar se encrespa, un poco más con cada momento que pasa, y el hombre se queda sin fuerza, como si todo él fuera un aparato que funciona con energía solar. Como si por fin la sal lo hubiera oxidado.

Termina de pasar el camión de la basura y el aire fétido es ahora una tortura. No le quedan cigarros. La botella de coca está empañada y vacía sobre la mesa. Va a llover. Como si eso fuera a servir de algo… el calor va a hacer que el agua en las calles se evapore y convierta a Buenos Aires en un sopor imposible de abandonar, ciudad sitiada. La única salida es la venganza: convertirse uno mismo en parte de la infección. Sentado en la ventana, el chico imagina que está descansando en el borde de un acantilado inocente, sin rocas debajo. O quizás imagine que él es un ser inocente, sentado en el borde de un acantilado. Se zambulle. Se duerme.

La tormenta comenzó. En la playa, sólo el hombre y un botecito. Efecto de la estática en las nubes. Piensa, adivinando un futuro que no vivirá, como un pequeño dios, que a la mañana siguiente la marea traerá a la orilla piedras, vidrios pulidos y pedacitos de caracoles y de peces.

domingo, 27 de diciembre de 2009

lucy

TB

A History of Tuberculosis Treatment

Mycobacterium tuberculosis has been present in the human population since antiquity - fragments of the spinal column from Egyptian mummies from 2400 BCE show definite pathological signs of tubercular decay.

The term phthisis, consumption, appears first in Greek literature. Around 460 BCE, Hippocrates identified phthisis as the most widespread disease of the times, and noted that it was almost always fatal. Due to common phthisis related fatalities, he wrote something no doctor would dare write today: he warned his colleagues against visiting cases in late stages of the disease, because their inevitable deaths might damage the reputations of the attending physicians.

Exact pathological and anatomical descriptions of the disease began to appear in the seventeenth century. In his Opera Medica of 1679, Sylvius was the first to identify actual tubercles as a consistent and characteristic change in the lungs and other areas of consumptive patients. He also described their progression to abscesses and cavities. Manget described the pathological features of miliary tuberculosis in 1702. The earliest references to the infectious nature of the disease appear in seventeenth century Italian medical literature. An edict issued by the Republic of Lucca in 1699 states that, "henceforth, human health should no longer be endangered by objects remaining after the death of a consumptive. The names of the deceased should be reported to the authorities, and measures undertaken for disinfection."

In 1720, the English physician Benjamin Marten was the first to conjecture, in his publication, A New Theory of Consumption, that TB could be caused by "wonderfully minute living creatures", which, once they had gained a foothold in the body, could generate the lesions and symptoms of the disease. He stated, moreover, "It may be therefore very likely that by an habitual lying in the same bed with a consumptive patient, constantly eating and drinking with him, or by very frequently conversing so nearly as to draw in part of the breath he emits from the Lungs, a consumption may be caught by a sound person...I imagine that slightly conversing with consumptive patients is seldom or never sufficient to catch the disease." For the early eighteenth century, Dr. Marten's writings display a great degree of epidemiological insight.

In contrast to this significant level of understanding about the etiology of consumption, which was already enabling prevention and a break in the chain of infection, those attempting to cure the disease were still groping in the dark

The introduction of the sanatorium cure provided the first really step against TB. Hermann Brehmer, a Silesian botany student suffering from TB, was instructed by his doctor to seek out a healthier climate. He travelled to the Himalayan mountains where he could pursue his botanical studies while trying to rid himself of the disease. He returned home cured and began to study medicine. In 1854, he presented his doctoral dissertation bearing the auspicious title, Tuberculosis is a Curable Disease. In the same year, he built an institution in Gorbersdorf where, in the midst of fir trees, and with good nutrition, patients were exposed on their balconies to continuous fresh air. This setup became the blueprint for the subsequent development of sanatoria, a powerful weapon in the battle against an insidious opponent.

New advances then followed in rapid succession. In 1865, the French military doctor Jean-Antoine Villemin single-handedly demonstrated that consumption could be passed from humans to cattle and from cattle to rabbits. On the basis of this revolutionary evidence, he postulated a specific microorganism as the cause of the disease, finally laying to rest the centuries-old belief that consumption arose spontaneously in each affected organism.

In 1882, Robert Koch discovered a staining technique that enabled him to see Mycobacterium tuberculosis. What excited the world was not so much the scientific brilliance of Koch's discovery, but the accompanying certainty that now the fight against humanity's deadliest enemy could really begin.

The measures available to doctors were still modest. Improving social and sanitary conditions, and ensuring adequate nutrition were all that could be done to strengthen the body's defenses against the TB bacillus. Sanatoria, now to be found throughout Europe and the United States, provided a dual function: they isolated the sick, the source of infection, from the general population, while the enforced rest, together with a proper diet and the well-regulated hospital life assisted the healing processes.

These efforts were reinforced by the observation of the Italian Forlanini, that lung collapse tended to have a favorable impact on the outcome of the disease. With the introduction of artificial pneumothorax and surgical methods to reduce the lung volume, the depressing era of helplessness in the face of advanced TB was over, and active therapy had begun.

A further significant advance came in 1895 when Wilhelm Konrad von Rontgen discovered the radiation that bears his name. Now the progress and severity of a patient's disease could be accurately followed and reviewed.

Another important development was provided by the French bacteriologist Calmette, who, together with Guerin, used specific culture media to lower the virulence of the bovine TB bacterium, creating the basis for the BCG vaccine still in widespread use today. Then, in the middle of World War II, came the final breakthrough, the greatest challenge to the bacterium that had threatened humanity for thousands of years - chemotherapy.


The Recent TB Epidemic

The registered number of new cases of TB worldwide roughly correlates with economic conditions: the highest incidences are seen in those countries of Africa, Asia, and Latin America with the lowest gross national products. WHO estimates that eight million people get TB every year, of whom 95% live in developing countries. An estimated 3 million people die from TB every year.

In industrialized countries, the steady drop in TB incidence began to level off in the mid-1980s and then stagnated or even began to increase. Much of this rise can be at least partially attributed to a high rate of immigration from countries with a high incidence of TB. It is also difficult to perform epidemiological surveillance and treatment in immigrant communities due to various cultural differences.

A great influence in the rising TB trend is HIV infection. Chances are that only one out of ten immunocompetent people infected with M. tuberculosis will fall sick in their lifetimes, but among those with HIV, one in ten per year will develop active TB, while one in two or three tuberculin test positive AIDS patients will develop active TB. In many industrialized countries this is a tragedy for the patients involved, but it these cases make up only a small minority of TB cases. In developing countries, the impact of HIV infection on the TB situation, especially in the 20-35 age group, is worthy of concern.

A final factor contributing to the resurgence of TB is the emergence of multi-drug resistance. Drug resistance in TB occurs as a result of tubercle bacillus mutations. These mutations are not dependent upon the presence of the drug. Exposed to a single effective anti-TB medication, the predominant bacilli, sensitive to that drug, are killed; the few drug resistant mutants, likely to be present if the bacterial population is large, will, multiply freely. Since it is very unlikely that a single bacillus will spontaneously mutate to resistance to more than one drug, giving multiple effective drugs simultaneously will inhibit the multiplication of these resistant mutants. This is why it is absolutely essential to treat TB patients with the recommended four drug regimen of isoniazid, rifampin, pyrazinamide and ethambutol or streptomycin.

While wealthy industrialized countries with good public health care systems can be expected to keep TB under control, in much of the developing world a catastrophe awaits. It is crucially important that support be given to research efforts devoted to developing an effective TB vaccine, shortening the amount of time required to ascertain drug sensitivities, improving the diagnosis of TB, and creating new, highly effective anti-TB medications. Without support for such efforts, we run the risk of losing the battle against TB.


Revised: July 23, 1996 URL: http://www.umdnj.edu/~ntbcweb/history.htm
All contents copyright 1996 NJMS National Tuberculosis Center. All rights reserved.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Ants in my pants



Los regalos acá se abren en nochebuena, generalmente a las doce. Nada de esperar a la mañana de navidad, que por lo general es una resaca de sueño, calor, pájaros quejosos y bueno, resaca.
Así que hasta que se hace la hora, los chicos se la pasan llorando para que terminemos de comer rápido, llegue Papá Noel y abramos los regalos. Cedemos, comemos rápido, interrumpimos los brindis para que llegue Papá Noel y los chicos abran los regalos. Y parece que después de eso vamos a seguir comiendo tranquilos pero no; porque ahora quieren abrir todos los juguetes y jugar a todas las cosas, la mayoría de ellas con asistencia de los grandes: skates, hormigueros, libros de actividades, un set de porcelana fría para armar colgantes con formas de monstruos...
-¿Podemos buscar hormigas para el hormiguero?
-Mañana vamos a la plaza y buscamos.
-¿Entonces hacemos este robot que muestran en el libro?
-Mañana, también mañana. Ahora jueguen con la pista de autos que les dio su abuela y nos dejan terminar de comer, ¿sí?
-Pero…
Y la misma conversación hasta las dos de la mañana, cuando se van a dormir, después de que mi hermana le jura a Dingdong que no se va a llevar los regalos que le trajo, que son suyos para siempre.
Se van todos menos mi hermano. Nos tiramos los dos en el sillón y le digo elegí: armamos el hormiguero o hacemos collares con forma de vampiros.



A la mañana siguiente, el día de navidad, vamos a la plaza. Armados de palas, baldes y rastrillos, R, Dingdong y Elías buscan un hormiguero. Encuentran los agujeros en la tierra negra y cavan en busca de algo muy específico: no les interesan las obreras, no les interesan los soldados. Sólo quieren a la reina y a sus larvas. Elías me explica que ni bien encuentren a la reina todas las hormigas soldado van a empezar a correr con larvas entre sus fauces.
Tardan unos diez minutos, que paso mirándolos desde un banco de cemento a la sombra de un árbol, especialmente atenta a las palomas que persiguen a Dingdong: puede que lo ataquen o puede que se posen en las ramas que hay sobre mi cabeza y me disparen una lluvia de mierda. Pero las palomas no hacen nada más que mirar de costado y Elías encuentra una larva y enseguida a la reina.
Todo sucede tal cual dijo: cazan a la reina y la meten en un frasquito, y los soldados corren en verdad desesperados con las larvas en sus bocas. Me dan lástima. Pero es el precio del saber. La ciencia. Pobres bichos.
En casa arman el hormiguero en el patio. Les dan agua azucarada y cereales, como dicen las instrucciones. Y se pasan la hora de la siesta observando la estructura plástica llena de tierra y de hormigas negras.
Más tarde salimos todos a visitar a los primos y el hormiguero queda en el escondite secreto de Elías, los estantes que están en la cabecera de su cama.
Toda la tarde Elías pide volver, que tiene que ocuparse de sus hormigas, que tiene que alimentarlas, airearlas, mirarlas con la lupa, cuidar que no se mueran.
Por fin volvemos a casa y él corre a su cuarto, enciende la luz y grita: “¡Mi cama está llena de hormigas!”.
Toda la tarde las hormigas trabajaron, crearon una cámara alrededor de la reina y algunas exploradoras exploraron más allá de los límites del hormiguero, abriendo un agujero en un tapón improvisado con masa (claro, Elías sólo tiene seis años y uno de los taponcitos que tapan las salidas del hormiguero se le perdió, y lo reemplazó con una bolita de plastilina).
Igual no importa, porque son hormigas negras, que no pican, y son tan inteligentes que estoy segura de que durante la noche van a encontrar el camino de vuelta a su nuevo hogar. Además, acabamos de descubrir que la reina que cazaron no es una reina sino una bella princesa alada, y seguramente harán fila para impregnarla. Al fin y al cabo… son todos iguales.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Fericidá




El 24 de diciembre llegó con una tormenta que empezó en algún momento de la madrugada. Después de que los chicos se desvelaran y yo no me enterara hasta más tarde, cuando los esfuerzos de Elías por dormir a Dingdong rascándole la espalda (cosa que Dingdong llama “tete”, un eufemismo para “teta”) se agotaron.
Amanecí cansada, sobresaltada por la explosión de un rayo en una iglesia cercana. Pensé en el asado de la noche, en la comida en la terraza. Pero no, no hay que cancelarlo, porque todas las nochebuenas son iguales: calurosas, agobiantes, 35 grados después de una mañana lluviosa y de una tarde encapotada y llena de mosquitos y petardos.
-Decime gracias, perrita –me saluda Dingdong, que ya está sentado en el sillón, aterrado por la tormenta.
-Gracias.
-Decime perrito, perrita.
-Gracias perrito.
-De nada, perrita. Gracias.
-De nada, perrito.
Dingdong y yo desayunamos, y aparece Elías con los ojos hinchados y su sonrisa desdentada. No puedo imaginarme cómo se verá cuando le crezcan los dientes de adelante. ¿Parecerá un conejo preadolescente? Pienso que no estoy preparada para eso.
-Ma, ¿cuándo es navidad? –es la primera de millares de veces que me lo va a preguntar hoy.
-A la noche.

Nochebuena este año se pasa en casa, así que terminamos de decorar el arbolito (o de redecorarlo, cambiando el orden diseñado por Dingdong, con todas las bombitas en una rama y cero en las demás). Le ponemos las lucecitas blancas. Las lucecitas se extienden por el espejo, rodean los ¡dos pesebres y medio! que tenemos, y se descuelgan de la mesa donde está el arbolito (que es de plástico, claro).
Ponemos el disco de villancicos de Ray Charles, enciendo el hornito y le echo al agua unas gotitas de aceite de manzanas y canela en un intento por integrar alguna de las tradiciones del hemisferio de R. Me imagino que debe extrañar las navidades frías, llenas de perfumes especiados y con olor a pino recién cortado. Prendo el aire acondicionado: tanto calor amenaza con arruinarle el ánimo hasta al fantasma de Tango.
Elías dibuja un señalador para el libro que estoy leyendo. “¿Está bien?” me pregunta. Y Dingdong canta: “se te va a caer la nariz dentro de la taza y eso no está bien, yo no sé por qué”. Están obsesionados con las canciones y con las poesías de María Elena Walsh y Dingdong tiene una para cada cosa que se dice en la casa, como una vieja que tiene el tic de decir refranes todo el día.
Ahora Elías está con un juego de unir definiciones con palabras.
-¿Qué es monarca? –me pregunta.
-Un rey.
-La mona Jacinta se ha puesto una cinta se peina se peina y quiere se ser reina –acota un Dingdong bastante entonado desde un costado.
Después de hacer una ensalada de papas y una sopa fría de calabaza y curry me llevo a Dingdong a hacer unas compras de último momento. Carbón, un libro para papá, cositas para mis hermanas.
La calle está llena de tatuajes y huele a porro. Los turistas del hemisferio norte parecen confundidos, sentados en los cafés de las esquinas con sus regalos recién comprados, pantalones cortos y protector solar. También se ven raros cuando caminan con lentitud y cruzan las calles de adoquines tratando de no pisar los charcos de agua marrón. Pienso en R, que anoche le dieron en el bar de al lado de casa un vaso con su nombre grabado. Pienso que ese premio al buen vecino o al irlandés asiduo tiene que ser el contrapunto total para sus recuerdos navideños. Pienso que eso es lo que tenés cuando te mudás a la parte de abajo del planeta y tu conciencia de la navidad sube cuarenta grados y te cambia las botas por un par de ojotas de goma.
Lo llevo a Dingdong a comprar un helado. En la heladería hay una pareja de gordos malos. La mujer es linda, muy linda, y también muy gorda. La panza le cae en un rollo que le tapa la pelvis. Usa una remera negra ajustada y calzas marrones. Compra dos kilos de helado, uno para cada uno, y todos los empleados miran al gordo, que patea a su pobre perro. El pobre perro tiene la cola entre las patas, las orejas tiradas para atrás, y está estatuita. Pese a su inmovilidad, su dueño le grita: “¡quedate quieto! ¡quedate quieto!”, mientras le da pataditas en la espina dorsal. Qué malo. El miedo ya moldeó las facciones del perrito que tiene las orejas perpetuamente echadas para atrás y el rabo entre las patas, también para siempre. El miedo conduce al odio, ya lo dijo Yoda, y no está lejos el día en que el perrito le salte al gordo en la cara y se la destroce de unos buenos mordiscones.
La feria de artesanos se arma rápido después de la lluvia y me acuerdo de una navidad hace diez años, cuando los amigos de R se enteraron de que yo era católica. Estábamos tomando cerveza en uno de los bares de la placita Cortázar y me despedí, dije que tenía que ir a encontrarme con mi familia en la iglesia. Casi se cayeron de las sillas del asombro y después se rieron tanto que yo los oía mientras me alejaba. Pero no eran risas de burla, sino de asombro, como si me hubiera sacado la cabeza como si fuera un sombrerito y hubiera descubierto la cabeza del Papa o del Dalai Lama.
En For You II, el mercadito chino, damos vueltas y vueltas hasta que encontramos el carbón y los huevos. La bebita Paula, que es la hija de la china teñida de rubio que flirtea con R desde que vivíamos en Colegiales y ella trabajaba en la caja de For You (total amor cuando se reencontraron después de cuatro años), duerme en su cochecito, debajo de una manta de verano que la protege de las luces de tubos fluorescentes. Su abuela, que tiene ojos muy chiquitos y bizcos, que parece de 23 y que es muy simpática, me cobra y me dice “Fericidá”.
“Felicidades”, le contesto guiñándole un ojo. Y nos vamos justo cuando la bebita Paula se despierta y empieza a llorar desde abajo de su manta.

ilustración: wanama

lunes, 21 de diciembre de 2009

noches de bar - uno

Se encontraron en el bar y apenas se conocían. Esa noche hacía calor en todas partes, adentro y afuera, entre los tragos y los cigarrillos, con las meseras empujándolos mientras pasaban llevando botellas de cerveza y cobrándolas de mal humor. Estaba Karen, la más antipática de todas, que siempre la empujaba a Lucía, ella sospechaba que a propósito, aunque no le importaba. No sabía de dónde venía el odio, quizás había estado con el chico que le gustaba, quizás no le gustaban sus botas en pleno verano. Pero no le importaba.
En la calle, entre los autos, tampoco corría aire, y los cigarrillos los asqueaban un poco entre la humedad pegajosa y los grillos y los motores y los chirridos de los autos en las esquinas. Era ese momento de la noche, un par de horas antes de que amanezca, en el que la calle se vacía de otra gente y quedan solamente ellos, para hacer lo que quieran, como si estuvieran en el set de filmación de su propia película.
Después de un rato de conversación, risas, sonrisas, cigarrillos y dos roces de sus brazos transpirados, Marcos le dio la mano y Lucía se dejó llevar hasta la puerta, donde se despidió del bouncer, y después hasta la esquina, donde Marcos sin soltarla la besó y a ella le gustó su boca que estaba un poco fría por la cerveza, y le susurró con los labios rozándole la oreja, mientras los pelos del cuello de él se erizaban a pesar del calor, que prefería que no la llevara de la mano, sino que le agarrara la muñeca, cosa que él hizo, quizás porque le gustaba obedecerla, quizás porque a esa altura no le molestaban, de hecho le divertían, sus pequeñas excentricidades. Además, obedecer es controlar.
Caminaron unas cuadras y se toparon con un camioncito repartidor de diarios. Eran casi las seis y el camioncito era rojo y tenía las cortinas metálicas de ambos lados levantadas, y sin que él la soltara treparon por un costado y bajaron por el otro y no hicieron nada, no robaron ni una revista ni un diario, sólo atravesaron el camión que les cortaba el paso y siguieron unas cuadras más, siempre derecho por Rodríguez Peña hasta que llegaron a Quintana, que tomaron, y caminaron por la avenida hasta la iglesia y el cementerio, y después siguieron a pesar de los bancos de plaza y a pesar de los árboles, cuevas perfectas, y llegaron a un claro entre los edificios que podría haber sido un barrio de otro hemisferio, ella no se habría sorprendido si hubiese visto la torre Eiffel muy cerca, demasiado grande, como el monstruo que se escapa de las páginas de un libro de cuentos.
Frente a ellos, sobre una loma, un monumento enorme de mármol y granito, con alas y ángeles, y en la cima un caballo de bronce reverdecido que lleva a un prócer, y ese es mi escondite así que no voy a escribir el nombre del jinete.
Alrededor tiene un claro de pavimento y calles que bajan y suben, muchas escalinatas y plazas y barrancas, y edificios sólidos que a esa hora duermen y resguardan silencios y suspiros, u otras cosas mucho más sórdidas. El olor es el de las plazas en verano, cuando la humedad hace que el perfume de la tierra se mezcle con el aroma de las hojas de los árboles y suba y te entre por los poros y se enrede con tu pelo.
-Vení –le dijo él sonriéndole, y ella lo siguió por los escalones de ladrillo y después escalando las placas grandes y lustrosas de mármol bordó, y al final trepando con un poco de esfuerzo por los detalles desconocidos hasta la espalda de un ángel blanco, enorme, que domina desde el montículo hasta el río. El ángel tiene las alas desplegadas, y ellos se escondieron en su lomo y pasaron ahí lo que les quedaba de noche.
Desde arriba podían oírse los grillos, banda tímida y sonora de su encuentro. Vieron también algunos autos que pasaban, desvelados, por la callecita curva, el grupito de chicos de la playa con los mellizos cuando todavía eran dos, eso fue el verano antes del accidente con el floripondio, un tipo que hacía un descarte y esperaba jugando con un perro sonámbulo a que llegara el cliente de la noche, una pareja prometiéndose sus vidas en un banco verde.
Miraron también las estrellas y el primer tren que salía de Retiro hacia el norte, y él la abrazó cuando a ella le dio un escalofrío, ella buscó con su cara la axila de él y se acurrucaron como si el mármol y el cemento fueran las sábanas y los espejos de un telo y cuando el sol ya estaba lejos del horizonte en el río bajaron al esso shop a tomar café con leche con sándwiches de miga.
Él le escribió un poema en una servilleta, y a ella le gustó y después de leerlo dos veces se lo guardó en el bolsillo porque tenía la palabra pelusa adentro, y después de dos horas de caminar sin rumbo fueron a la casa de Elena, que los esperaba para ir juntos a una quinta.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Nuevas reglas en la plaza



El viernes, cuando llegamos a la plaza, había un revuelo como de gallinero y las mujeres que llevan a sus nietos me informaron de la nueva regla apenas me senté en el bordecito del arenero.
-Hay que ponerles nombre a todos los juguetes. –Me advierte una de las señoras, la más gorda.
-¿Pero qué pasó? –Tener que ponerles nombre a los juguetes que uno lleva a la plaza es como demasiado. Hay que ponerles nombre a las cosas del colegio, a la ropa que los chicos llevan a las fiestas de cumpleaños, hay que trancar las puertas y cerrar las ventanas cuando uno sale, y cuando está en casa también, por las dudas; hay que andar en auto con las puertas trabadas y las ventanillas altas, hay que apretar el bolso contra el cuerpo y cuidarse de los motochorros, mirar a ambos lados antes de entrar en casa y antes de cruzar la calle, tener especial cuidado en el cajero automático y en el colectivo… Marcar los juguetes de arena es demasiado.
-Pasó que ayer yo estaba jugando con mi nietito y vino una mujer, dijo que se iban de la plaza, y empezó a guardar todos los juguetes de su hijo y también unas tacitas de mi nieto. Le dije que eran nuestras, pero la mujer dijo que me equivocaba y se las guardó en su bolsa. Yo estaba segura de que no me equivocaba, porque las habíamos usado antes de que llegara nadie a la plaza, porque llegamos muy temprano, pero no quise pelearme adelante del nene. Y la mujer era una señora bien, bien vestida, bien hablada…
-Son las peores. ¡Te robó los juguetes delante de tu cara!
-Yo creo que se equivocó… debe tener unos iguales en su casa y se confundió.
-¡Qué se va a confundir! Quería tener unos así y te los robó. ¿No te digo? Las “bien” son las peores.
-Antes, hace años, cuando yo era joven y traía a mis hijos a la plaza, nunca pasaban estas cosas –la que habla ahora es la peruana, joven, petisa, simpática, que cuida también a su nieto. –Pero el otro día un chico se llevó un juguete del mío y el padre lo guardó en la mochila, y cuando se iban le avisé que tenían el juguete de mi nieto ¡y el tipo lo negó!
-No te creo…
-Mirá, me dio una rabia, y él no me hizo caso, debe haber pensado “a esta negra quién le va a creer nada”. Y se llevó el juguete del nene…
-¡Pero qué indignación! Yo me le tiro encima y no sé qué le hago al tipo…
-Sí, yo también, mirá que soy brava, pero bueno, no frente a los chicos…
-Sí, es verdad, hiciste bien. Pero que te roben así, en tu propia cara…
-Sí. Por eso ahora todas les pusimos nombre a las cosas. –Y me muestran las palas, los moldes y los baldes con Nico, Mateo, Luca pintados con esmalte de uñas.
Como siempre, los juguetes están mezclados en el medio del arenero, porque a nadie le gusta usar los propios y siempre juegan con los de los amigos. Un padre semipelado le grita muy serio a su hija de tres años que basta, basta de tocar los juguetes ajenos, que no son suyos, no se tocan, y la próxima que te vea tocando ese triciclo tan llamativo, lleno de tiritas de colores y con una abeja que sonríe desde el manubrio y esa bocina amarilla mirá, la próxima vez que te vea tocando eso que fue diseñado para ser irresistible a los niños de tres años, te pego y te saco de la plaza.
Este hombre imbécil le da a su hija una lección magistral sobre egoísmo mientras todas las mujeres, la abuela gorda, la abuela peruana, una alemana, dos gringas bobas que creen que nadie entiende su conversación desagradable sobre la forma que les dan sus pantalones a sus pelvis y yo, lo miramos con desagrado absoluto. Pero el hombre no se da cuenta o no se da por aludido mientras su hijita se aguanta las lágrimas y aprende un poco más sobre la maldad de la que somos capaces los adultos.
El dueño del triciclo, que tiene unos cuatro años y que siguió la escena con atención desde la cima del tobogán, grita: “Yo te lo presto, chica. Yo te presto mi triciclo”. La chica se sube y da una vuelta alrededor del arenero, es su primera vuelta olímpica, mientras su padre la mira desencajado y las mujeres sonreímos orgullosas, victoriosas, vengadoras.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Lluvia de verano

pasó de repente
el cielo se cerró
como con un cierre relámpago
se tapó el sol
empezó el ronroneo
interminable
de los truenos
se hizo de noche en pleno día
cantó un gallo
y corrí a descolgar la ropa
que se secaba en el patio.
me quedé mirando al cielo
las gamas de grises
como algodón pintado
como el relleno de un sillón desvencijado
ni un solo plateado
sólo gris y gris y gris
gris oscuro
las gotas cayeron gordas
pesadas
me mojaron la ropa
me peinaron el pelo
me besaron los pies
me lavaron la cara
y mojaron la tierra
las plantas brillaron
las flores se colorearon
los pájaros celebraron
se hizo de noche en pleno día
y pasó de repente.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Polaroid de locura ordinaria

él llegó a la madrugada y la despertó.
se rieron mirando batman
la serie
con su ausencia de efectos especiales
sus disfraces caseros
y sus bailes en stop motion.
cuando por fin quiso dormirse
serían las cinco
le pidió que matara al pájaro
ese, el que se cree que es gallo
you are so beautiful
le dijo él
your big ass
your small waist
your small breasts
your big eyes
and that mouth…
ella no le entendió
se dio vuelta en la cama.
antes de dormirse le pidió
que también matara al gato
ese, el que se pasa la noche
corriendo por el techo.

Olor a tintorero

Hay problemas con los mosquitos y los aerosoles que mis padres guardan en el botiquín.
Anoche se les habían terminado las tabletas antimosquitos y muy tarde mamá fue semidormida y en la oscuridad hasta el botiquín y se roció la cabeza con off. O eso pensó ella. Eso descubrió ella que no era cuando la nube de polvo la hizo toser y toser, y apareció mi hermana que estaba ahí estudiando y la vio pálida como un fantasma, envuelta en una bola de tintoaero, ese polvo quitamanchas que viene en aerosol y que es muy efectivo para sacar la suciedad de la ropa, no los mosquitos.
Una vez más, la realidad superó a la ficción.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Olor a macho

-Está lleno de mosquitos. ¿Tenés off a mano?
-Sí. Buscá en el botiquín.
Todavía dormida me rocié brazos y piernas con el desodorante de mi hermano y pasé el día despidiendo feromonas masculinas sintéticas por todo el microcentro. Especial éxito en reuniones con mujeres tristonas.

martes, 15 de diciembre de 2009

Semillas de paraísos


2009/12/01 Julián Gómez
Elena, creo que estás violando el principio de no-contradicción.
Por un lado decís "mañana le mandamos lo nuestro" y por otro "ahora mandamos lo nuestro sin esperar más". Al cabo amenazás con suicidarte. No sé, creo que deberías hacerte un boldo.

2009/12/01 Elena V. Romero
sí julián, ya mismo me voy a starbucks a gastarme mucha plata en un café enorme con mucha azúcar y chocolate blanco. porque estoy por implosionar de sueño. después al kiosco de diarios a comprar un par de bakugans para mi sobrino que es lo único que quiere para navidad, y un par de comics si consigo de star wars. decía que mañana le mandemos lo nuestro al cliente y el precio del diseñador cuando esté. no quise contradecirme pero ya sabés. e.



Después de una noche sin sueño Elena está rota. Toda rota. Va mal vestida, con bermudas de jean que no son otra cosa que un pantalón mal cortado, una musculosa amarilla estirada y chancletas rojas. Los anteojos de sol, el pelo recogido de cualquier manera, como se dejó, las piernas doliéndole, lleva el ánimo arrastrándolo detrás suyo, con el piolín de la caja de pizza de la noche anterior.
No tiene resaca, pero es como si. Trabajó hasta tarde con unas fotos, preparó un presupuesto para un cliente, y al final de todo, después de una reunión por chat con su socio Julián en la que mezclaron ideas para un corto con números e impuestos, cuando se hicieron las dos de la mañana y se despidieron, durmió mal, siempre soñando esos sueños vívidos por los que dejó de fumar yerba antes de dormir, porque según su amiga en el prospecto de la yerba dice que uno de los efectos colaterales son los sueños vívidos, que siempre le gustaron aunque la dejen durante toda la mañana mordiendo la tristeza del sueño vívido, de que los recuerdos sean de un sueño y no de su vida.
Los sueños de la última semana la molestan: son aventuras estúpidas en otros países pero siempre en el Caribe, en bares de playa que en realidad conoció en Hawaii, en casas que visitó en el Tigre, y siempre su amiga es una compañera del colegio a quien no ve desde hace demasiados años y con quien nunca tuvo nada en común. No sabe por qué estos sueños no le gustan, quizás sea porque son como continuaciones de pasados truncados, son como esas novelas “what if”: what if, qué habría pasado si los Nazis hubieran ganado. Qué habría pasado si los ingleses hubieran vencido en las invasiones de 1806 y 1807. What if ese novio no la hubiera dejado la noche antes de las vacaciones. What if ella se hubiera enamorado de ese otro que parecía no poder vivir sin ella y le ofrecía una vida como un espejo de agua pero que no le gustaba ni un poco. What if ella tuviera otra profesión y la libertad para viajar por el mundo y hacer cualquier cosa como un pirata.
Estas aventuras nocturnas la dejan agotada, deprimida, revisando su vida real, y sin poder o sin querer volver a dormirse.
Gastada, sin la capacidad para sentarse a terminar el trabajo que debe entregar hoy, sale a comprarse un café dulce, hipercalórico, helado. Sale a comprarse ese café que la redimirá del sueño y del calor del que se quejan hasta los pájaros.
Lleva, para completar su conjunto mamarracho, un bolso negro brillante, como para ir a un cóctel. El bolso es grande y está casi vacío: adentro sólo tiene sus llaves, una cajita de philip morris de diez con un solo cigarrillo, un paquetito de pañuelos de papel y algunos billetes hechos un rollito.
En el camino a la cafetería se cruza con mujeres que sin duda son modelos, con sus shorts cortitos, sus tacos, sus piernas que parecen de mentira, sus aros enormes, dorados, sus anteojos oscuros de trescientos dólares. Las modelos la miran y ella no se explica por qué. ¿Pensarán que su aspecto es una nueva tendencia, la resurrección del grunge? Qué le importa. Su ánimo se le quedó atascado en un árbol, entreverado en una ramita de semillas de paraíso. Lo levanta y se lo guarda adentro de la remera, y mete el piolín de la pizza con las semillas enredadas adentro de su bolso negro.

Cuando llega a la cafetería se choca contra la puerta: no ve el cartel de TIRE y empuja y se traga la puerta. Un hombre lindo, un italiano con chaleco de fotoperiodista que tiene que rondar los cincuenta y que podría ser un modelo de Dolce y Gabbana, se levanta de su asiento para ayudarla. “Gracias”, le dice ella con una sonrisa honesta en la cara. Él no dice nada, pero su propia sonrisa suave es el “Prego” perfecto y le hace sentir que quizás el día no esté perdido, que quizás su suerte esté por cambiar. Deja que su ánimo se asome un poco por el escote y le hace una caricia leve en la cabecita.

Pide su café y cuando le preguntan su nombre dice Ágata. Le gustaría ser Ágata. Si fuera Ágata sería alta, usaría tacos, tendría un cutis perfecto y nunca daría un paso en falso. What if she was an Ágata or an Alma or an Iris… Would she be better? Would she be happier?
La bebida helada, la cafeína o quizás la actuación le caen bien y sale del lugar sintiéndose mejor. El fotógrafo italiano de la mesa junto a la puerta la mira, y antes de abrirla en el sentido correcto ella le guiña un ojo y se lleva una de las bolsas de café llenas de tierra.
Ahora camina por la vereda llena de mugre con un poco más de energía y cuando ve otra ramita de semillas de paraíso frena en seco para juntarla. Un hombre que viene detrás suyo frena también, mira el piso y le pregunta qué se le cayó. Ella dice que nada, gracias, “junto las semillas”, y ahora está segura de que el viento finalmente cambió.

Cuando está por entrar a su casa se encuentra con Timótee, el vecino, que llega con sus dos sobrinos. “¿Qué hacés, mamá?”, le dice él. Está vestido con traje y Elena sospecha, alerta. No sería la primera vez que le pide que le cuide a sus sobrinos a último momento, mientras se va a trabajar. Timótee está a cargo de los chicos desde que su madre los dejó para irse a fabricar mermelada en El Bolsón y Elena no sabe decirle que no. Pero esta noche no se ve cocinando para los chicos, bañándolos, leyéndoles cuentos. Pobrecitos.
–Nada, vengo de tomar algo, con este calor… ¿Y el traje?
–Tengo que tocar en un evento caretón en Nordelta –el vecino es baterista de jazz. –¿Vamos a comprar unas birras?
Ella no quiere ir contra la corriente, ya que las señales parecen felices. –Y bueno, vamos.
Camino al chino son una familia de gitanos: el vecino camina raro en el traje, como los hombres que nunca deben usarlos y cuando se ven obligados los llevan como si estuvieran vestidos con un disfraz de robot. Los zapatos negros, lustrados, parecen un talle demasiado grandes aunque le calcen bien. Los hombros tomaron otra forma y el pelo es el mismo de siempre, eléctrico, rebelde. La cara tiene las facciones demasiado relajadas, los ojos achinados.
Los chicos están mal vestidos: el chiquito tiene la ropa sucia de jugar en la tierra, la cara negra. Y el grande va con unos pantalones blancos de raso, del disfraz de la fiesta de fin de año del colegio que se niega a dejar, pero al revés, con las costuras hacia afuera. Su conjunto se completa con una remera negra de manga larga y unas crocs negras que le quedan chicas: sus talones asoman. Elena siente que si Timótee se lo pidiera ella los adoptaría.
En el chino él compra dos quilmes red lager y ella les lleva a los chicos unos serenitos y frutigrans de chocolate.
Vuelven caminando lentos las dos cuadras hasta la casa, ella lleva al chico más chiquito en brazos, él lleva al otro de la mano y la bolsa de plástico sobre el hombro.
Cuando se desploman en los bancos de la cocina de Elena, él sirve dos vasos de cerveza y ella les da a los chicos leche y las frutigran.
–¿Querés que te los tenga mientras tocás hoy? –ofrece Elena, sin arrepentirse. Él la mira aliviado y le da un beso en el cachete. –Tengo semillas y tierra. Chicos, ¿quieren plantar paraísos conmigo?

Freak Nation


otro encuentro familiar.
esta vez nos portamos bien y no tiramos comida.
tiramos fotos.
pobre joseph.
mis hermanas se quejaron cuando mamá las retó por ordinarias: "cecilia tiene inmunidad, por qué?!". están celosas. pero yo llegué primera y antes que ellas me adueñé del lugar de fracaso y vergüenza familiar. na na na na.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Prohibido cagar



Ya diciembre derrite con su fuego húmedo mientras los chicos de la casa de al lado arman el arbolito de navidad. 8 de diciembre, el día de armar el arbolito, y ellos deben haber estado esperando esta fecha, quizás tachando los días en el calendario, porque apenas se levantan empiezan con la ceremonia de desplegar el árbol de plástico, desembalar bombitas, adornos, luces, ubicarlos intentando el equilibrio o a lo mejor cierta simetría inútil que les permita plasmar sus ideas claras de navidad perfecta en las ramas de plástico de su pino en miniatura, con sus agujetas hechas de polietileno.
Por la ventana, bailando sobre el aroma lento del feriado, entra una musiquita de tarjeta electrónica. Son varias melodías, versiones podadas de villancicos, deben ser cinco en total, que se repiten una tras otra. La primera, sin embargo, no es una música navideña sino la lambada. El error made-in-china no me molesta: tiene más que ver con este verano la lambada que el lamento IIII’m dreeeeeaaaaming of a whiiiiiite Chriiiiiiistmaaas…
El juguetito que tira la música navideña es de otro año, porque está con pocas pilas, y el tiritiri tiritín tín se pone lento y grave como un tooonroróóóónnnn fantasmal que me hace pensar en crisis económica, calles mugrientas, cacerolazos y contaminación. Ojalá pudiera saltearme las fiestas y aterrizar de cabeza en un mar, más allá de la rompiente, donde las olas te levantan y te bajan y el agua juega con tu pelo y te acaricia a su antojo.
La música de tarjeta también me hace pensar en un soldado, un ex combatiente de Malvinas que en su vida de civil vivía en Jujuy, y que una vez me mandó una de esas tarjetas agradecido porque yo le había escrito alguna carta a través de un programa del colegio que enviaba mensajes a soldados. Eso era la soledad: una niña que se enfermó para salvarse de ir a un campamento y en vez de salir con sus compañeras se quedó en la escuela escribiendo cartas y pintando dibujos para los ex combatientes. Y un hombre que recibió la carta de la chica y compró una tarjeta musical para enviársela a ella. Eso es la soledad, aunque tengas diez años y él casi treinta.
Me aburre decorar el arbolito y por suerte mis hijos no se dan cuenta de que ya podrían estar haciéndolo. Recuerdo que en realidad lo armaron hace poco, durante el encierro de la gripe, y por eso no les atrae tanto la idea. Una tarde, en julio, Dingdong encontró el árbol mientras revisaba un ropero y lo llenaron de adornos, y así quedó en el medio del living hasta la primavera.

Al mediodía nos vamos al club, al río, con los abuelos.
No es de esos clubes con colores pasteles saturados donde todo es perfecto. No. Este es un club náutico donde la mitad de la gente va a navegar en veleros chiquitos, a aprender en optimist o a correr regatas. Y la otra mitad va a tirarse en el pasto y mirar el horizonte mientras sus hijos juegan en el arenero o al fútbol. Este club está un poco destartalado, infestado de hormigas, cubierto de tierra y con olor a río.
Parece que los que se ocupan de atender el bar no esperaban el aluvión de familias este feriado, porque no dan abasto. Hay una fila larga para comprar comida, muchos chicos lloran colgados de la barra. De ellos, los empleados sólo ven sus deditos agarrados de la madera del mostrador, y tardan en atenderlos. Por eso lloran, mientras la rumba del mediodía les pasa por encima.
Yo no voy al restaurant. Por suerte trajimos comida. Pero papá lleva a sus nietos a comprar helados de postre, hace la fila, intenta pagar, y cuando le pregunta a la cajera cuánto cuestan los helados, la mujer hace una mueca de indiferencia y mira hacia otro lado. Papá, que parece muy tranquilo, dice bueno, se da media vuelta y se va sin pagar, con los helados en las manos, porque Dingdong llora como los otros chicos, y si la gente no quiere cobrarle qué puede hacer él. Hoy es el día de robar en el bar.
Hoy es el día de robar en el bar. Porque unas horas más tarde, cuando ya pasó el almuerzo y los chicos otra vez tienen hambre, va mamá, la abuela, a comprarles leche chocolatada y galletitas. Abre la heladera del restaurant, saca la leche. Busca las galletitas. Hace la cola. La cola nunca avanza, los chicos empiezan con los lamentos, la abuela da media vuelta y se va, con los chicos siguiéndola y la comida en las manos. Me fui sin pagar, me cuenta abajo, cuando vuelven a nuestro picnic y yo estoy tomando mate con Angelita y Elnegro. Igual que papá, le contesto. ¿Qué pasa? ¿Es el día de robar en el bar?, le pregunto. Ella se ríe sorprendida, divertida de haber descubierto que su marido se atrevió a robar, seguramente por primera vez en la vida.
Como abuelos, mis padres son mucho más simpáticos que como padres. Finalmente se relajaron y ahora parece que somos de la misma tribu.
Después de tomarse la leche y de comerse las galletitas, volvemos al arenero. Esta vez llevo lectura, pero no puedo avanzar porque me distraen las conversaciones de otras madres con otros padres. Me comparo con ellos: tenemos la misma edad, probablemente alguna de esas mujeres también cantó en el coro del colegio, quizás también se olvidaron de escribir su nombre en el programa cuando el coro actuó en un museo, tal vez sólo fue a verla su abuela, como a mí. Pienso que tenemos muchas cosas en común, y sin embargo yo me siento recién llegada de otro planeta, pero recién recién llegada, porque se nota que no tuve tiempo de camuflarme, de disfrazarme de ellas, y que mi nave alienígena acaba de escupirme en este arenero, con el librito de Onetti en la mano y el lápiz rosa clavado en el pelo.
Una mujer habla con un hombre mientras miran a sus hijos jugar en la calesita. Es obvio que no son pareja, que se conocen pero no se tienen demasiada confianza. Hablan con los brazos cruzados, no mirándose sino mirando hacia adelante, a sus hijos. Mientras, discuten las elecciones de colegios que han hecho para sus chicos, repiten los bullet points de un folleto, de una página web o de su educación.
La mujer no se da cuenta de que lo hace, pero cada vez que quiere enfatizar alguna idea se pone en puntas de pie. Todo el tiempo, mientras habla con los brazos cruzados, se balancea lentamente, como un péndulo, de atrás hacia adelante y de adelante hacia atrás, y cuando desea enfatizar un pensamiento se estira hacia arriba, como si la estuviera elevando el titiritero que habla por ella mientras hace que ella mueva sus labios, y ella, la muñeca rubia con vestido rosa y zapatos de bailarina, se pone en puntas de pie. Cuando termina la frase, vuelve a bajar, vuelve al balanceo pendular.
Otra vez me pregunto por qué me molesta esta gente. Por qué no pude ser como ellos. Por qué la nave me tiró en este pedazo del mundo. ¿Por qué me tiró la nave? ¿No era, quizás, buen alien tampoco? ¿Me sentía de extramuros también entre ellos?
Dingdong sube al tobogán y unos chicos más grandes, son tres chicos que deben tener seis años, van detrás suyo. Uno comenta, gracioso, que van a tardar mucho, que ese bebé va a tardar un año en subir la escalera. Elías, que tiene una bomba de arena en la mano, escucha, entiende que se están burlando de su hermanito, y los enfrenta, pecho contra pecho, les dice “qué, ¿te estás burlando de mi hermanito? ¿querés que te tire arena? ¿eh? ¿querés?”. Los tres chicos lo miran con estupor, un poco asustados, y lo ignoran. Yo también miro para otro lado, no me meto, me aguanto pensando que hay que dejar que se arreglen solos, mi hijo se convirtió en eso, parece el malo de la plaza cuando tiene de defender a su hermanito.
Tres años atrás, en este mismo tobogán, chicos más pequeños que él le pegaban y lo empujaban, y él lloraba cuando les preguntaba a todos si querían jugar con él y todos le contestaban que no. Ahora Elías es un cachorro de león que empieza a practicar el uso de sus garras.
Desde la cima del tobogán, Dingdong huele pelea y ante la duda tira la bomba de arena que él tiene en la mano, los chicos se van asustados de estos dos salvajes, y yo sigo disimulando mientras oigo que una compañera de colegio de mi hermana le dice a su amiga, mientras hamacan coreográficamente a sus bebés, o quizás sean muñecas: “mirá, ahí está la hermana de Angelita”.

En el baño, mientras me lavo las manos, leo el cartel que está pegado en la puerta del inodoro: PIS SOLAMENTE. SINO SE TAPA. GRASIAS.

Más tarde, resistiéndonos al final del feriado, vamos a la casa de los abuelos. Me tiro en la cama de mis padres y enciendo la tele, y en el canal Encuentro están pasando un documental lleno de fotos en blanco y negro, en italiano, subtitulado, es sobre la vida de una santa, y me quedo mirando porque su marido y sus hijos siguen vivos, hablan en muchas entrevistas, la recuerdan, explican la vocación de la santa, leen sus cartas y sus oraciones, y me da curiosidad, me dejo contar mientras descanso.
Mamá me dice riéndose ¡qué hacés vos mirando ese canal!, mi hermana comenta que su marido siempre lo mira, también riéndose, yo les digo que tienen documentales interesantes, y ellas siguen charlando pero están en MUTE porque estoy atrapada en la vida de Santa Gianna, que era médica, estaba muy enamorada de su marido, tenían hijos y esquiaban entre las cartas de amor que se mandaban, porque él estaba en Estados Unidos y ella en Italia, no entendí por qué ni cómo hacían para concebir los hijos.
Pero algo terrible les pasó, de esas cosas que les pasan a los que después hacen santos y que nunca nunca pude entender. Cuando estaba embarazada, de sólo dos meses, de su cuarta hija, a Gianna le encontraron un tumor enorme en el útero. Era urgente extirparlo pero ella prefirió continuar con el embarazo. Su vocación era tener una familia, hijos y cuidar esa nueva vida. Era 1961 y al tiempo nació su hijita, y cuando el marido ya viejo llora relatándole a la documentalista cómo vio que su mujer moribunda se despedía de su bebita recién nacida empezó a dolerme la garganta y mi hermana se zafó del MUTE para decirme, con su propia bebita en brazos, “¡cambiá eso, enferma, dejá de mirar eso!”, y en ese mismo instante, mientras mamá se levantaba de su silla para buscar algo en otro lado, me di cuenta de mi grave equivocación, que el logotipo celeste en la pantalla no era del canal Encuentro sino del canal Santa María, que es religioso, y cuando pasan clases de catecismo hay una monja vieja que les grita y ahuyenta a los niños que intentan acercarse a Jesús, y en ese mismo instante me pongo a gritar como loca, me río y grito lo ¡pelotuda que soy, qué estoy mirando!
Mamá se ríe como el que ríe último, mi hermana se ríe también, yo sigo gritando atragantada con la carcajada, la garganta ya no me duele y que ¿qué pasa, qué está tan mal, no ven lo sospechoso, lo erróneo del hecho de que esta pobre mujer -y su pobre familia- se haya sentido llamada a ser santa, perfecta, buena en su vocación de ser madre, y genera un cáncer justamente en el órgano que Dios le dio para poder contestar a su llamado a su manera, justo en el útero, y se muere dejando a sus cuatro hijos chiquitos y a su marido quizás confundido, posiblemente enojado, definitivamente solo?
-¡Mamá! ¿Cómo me dejaste mirar ese canal?
-Algo me parecía que andaba mal, pero estabas tan decidida…
-¡Pensé que era el de los documentales, no el religioso! Y Nina Rosso, ¡¿cómo es eso de que tu marido lo mira todo el tiempo?!

martes, 8 de diciembre de 2009

Cosas que pasaron el domingo



Antes de morirse, Tango me despertó a las seis y veinte. Había mucho sol y me vestí rápido para sacarlo a pasear. Tango lloraba y pensé que era porque tenía que salir. Estaba acostado sobre los mosaicos frescos de la cocina y no quiso levantarse; sólo lamió su tacho de agua, le serví un poco más y la tomó también. Le ofrecí su correa y un ¿vamos? pero no quiso.
Vino toda la familia a almorzar un asado; Tango no ladró ni una vez y supimos que algo se le había roto.
Cuando terminé de lavar los platos agarré la botellita nueva de aceite de oliva y, un segundo antes de apoyarla en su alacena, algo pasó, creo que abrí la mano, porque se resbaló y se estrelló contra el piso. Encontramos pedacitos como diamantes hasta debajo de mi almohada. Mamá, que me estaba charlando mientras yo fregaba los restos de grasa, se enojó cuando empecé a barrer el vidrio con mis manos, que me iba a cortar, dijo. Que se me iban a clavar como astillas, aseguró. Y en el medio de todo eso: “hay algo que querés soltar. ¿Qué es?”. Mierda. No puedo pensar eso ahora. Pero alguien pasó junto a Tango y Tango no ladró, y algo de eso comenté y ella dijo “eso es lo que tenés que soltar. Tenés que soltar a tu perro”, y cuando terminamos de limpiar el aceite y el piso ya no pensé en eso y todos nos tiramos a una larga sobremesa en el living mientras los más chiquitos se durmieron, sobre barrigas varias, de la elección de cada pequeño. Pedro recordó el televisor que teníamos cuando éramos chicos, que para prenderlo había que apretar el botón miles de veces, y nos turnábamos para hacerlo.
Después de la siesta todos se fueron. Mi hermano Orlic y Elías jugaban a la wii y Orlic cantó hay que salir del agujero interior, sólo ese verso, nada más, porque Dingdong, que armaba una lancha muy intrincada y simétrica con los legos de su hermano, completó la estrofa con un “hay que salir de la panza de mamma” de su autoría. Con la misma melodía del original, pero adaptada a sus propias preocupaciones.
R se sentó con Tango y notamos que no levantaba la cabeza, temblaba, los ojos se le iban para arriba, y respiraba demasiado rápido. Le hicimos caricias. Tango me miraba y enseguida se le iba la mirada para el cielo. Volvía a enfocarse en mis ojos, y otra vez se le volaba la mirada. Cuando R se levantó Tango empezó a llorar y yo me puse a buscar zapatos para llevar a los chicos a la plaza. Salimos de casa y Elías dijo: “chau Tango. Aunque mejor te digo hasta siempre”.
Orlic nos acompañó, y un ratito más tarde R lo llamó, que si podíamos usar su auto para llevar a Tango al Luis Pasteur, que es el instituto de zoonosis. Orlic me dijo, y llamé a R. Que vino la veterinaria a casa, que Tango había tenido un edema pulmonar, así que ya lo estaban durmiendo. Que perdón por no haberme dado tiempo para estar; pero claro dije yo, no importa, me ocupo de los chicos.

Les di la noticia. Elías ya sabía, claro, pero se sorprendió por la velocidad de los hechos:
-Elías, tengo que darte una noticia muy triste.
-¿De Tango?
-Sí.
-¿Se murió?
-Sí.
-¿Ya? ¿Ya?

A Dingdong le contamos entre los dos, Elías le dijo que ahora está en el cielo con su papá y su mamá.
-¿Por qué?
-Porque estaba muy viejito y estaba enfermo.
-¿De qué?
-Le dolían mucho las patitas.
-¿Cuándo?
-Todo el tiempo.
-¿Y está en casa?
-No.
-¿En dónde está?
-En el cielo.
-¿Con quién?
-Con su mamá y con su papá.
-Bueno.

Ahora el piso de la cocina no tiene huellas negras y la casa quedó un poco vacía, como si todavía no hubiéramos terminado de instalarnos. Cuando me levanto a la mañana pensando en saludarlo me acuerdo de que Tango no está. Su correa sigue colgada en su gancho, lista para sacarlo a pasear. Y podría jurar que mientras escribo tirada en el sillón siento su cara calentita, jadeando húmeda, sobre mi pierna.


Tango Mango vivió 14 años y nunca mordió a nadie.
Viajó en avión, se bañó en mares, en piletas, en lagos y en fuentes de ciudades. Fue en uno de esos baños que me consiguió mi primera multa y mi primer mugshot.
Fue bueno conmigo y con mis hijos, y cuando salía en manada ayudaba a su paseador a disciplinar a los perros desobedientes apretando sus tobillos con su boca.

lunes, 7 de diciembre de 2009

frases importantes

hoy en facebook alguien consultó las frases de ricardo arjona y él le dijo: "mentir es una forma de decir te quiero".

en el otro extremo del espectro, cheever wrote about farragut: "When women had faults he often found them charming. When, while dieting rigorously and continuously talking about their diet, they are found eating a candy bar in a parking lot, he is enchanted.".

Tango Mango

domingo, 6 de diciembre de 2009

Papel picado para todos



“¿Ma, no es cierto que en esta primavera todos los sábados y todos los domingos llueve?”. Eso me pregunta Elías cuando amanece de su madriguera, un poco antes de las nueve y con el pelo revuelto. Parece que hubo una fiesta de conejos en su cabeza.
Confirmar el dato es importante, creo que le está explicando hechos climáticos a su hermanito. “Sí, es cierto”, le contesto repasando los últimos fines de semana: es importante ser exacto con estas respuestas porque ante cualquier error Elías clama que siempre le miento. Y aclaro: “no es algo que pasa siempre porque llegue el fin de semana, pero los últimos fueron feos… aunque el sábado pasado hubo sol, ¿te acordás que hiciste un parque de diversiones para las hormigas?”. Se acuerda. También recuerda que el domingo diluvió, y esta mañana de sábado para la que pronosticaban sol parece cualquier 25 de Mayo.
Así que cuando el ambiente en casa se caldea (Dingdong insiste en correr por arriba del sillón y su cabeza clavada en la punta de la mesa es cuestión de segundos), emigramos a visitar a los abuelos.
Además de la lluvia hace frío, dijeron que El Niño vuelve este verano y pienso en las pobres golondrinas que volaron tanto sólo para helarse en el hemisferio Sur. Deberían haberse quedado en el Caribe o por Ecuador, alguien debería darles a las golondrinas un GPS con imágenes satelitales del nuevo clima.
A la tarde paso por el local de anteojos de la esquina de casa. Hay mucha gente, amplificadores enormes en la vereda, ts ts ts ts ts, música electrónica, fotógrafos y colores, todos los colores. Veo que están desarmando la vidriera y la gente se lleva los pequeños Godzillas inflables que miraban desde la ventana los últimos meses. Tienen una fiesta en la vereda y la gente se lleva los Gozillas, pero uno tiene que ser para Elías, que desde hace semanas me pide, por lo menos tres veces por día, que le consiga uno. “Ya nos dijeron que cuando desarmen la vidriera te guardan uno para vos”. Y todos los días, por lo menos tres veces: “¿Ya desarmaron la vidriera, ya desarmaron la vidriera, ya desarmaron la vidriera?”. Pero los Godzillas siempre ahí todos paraditos, algunos acostados, otros desmayados.
Pero hoy el local está patas para arriba, hay un disc jockey, y una chica con un trago tiene un Godzilla en brazos, lo acuna y se lo lleva caminando por la calle. Así que me apuro a casa y me encuentro con R. que camina con Tango por la vereda. “¡Están regalando los Godzillas!”. Vamos los dos porque R. es amigo de todo el barrio y también del vendedor de anteojos de sol, se conocen desde hace años y no sé por qué, pero cada vez que pasamos por la esquina el vendedor de anteojos lo saluda con un abrazo.
La música está demasiado fuerte y me tapo las orejas cuando paso entre los parlantes para entrar en el negocio. Debo estar vieja, pero el volumen hace que me duelan los oídos y el vendedor grita que no le gusta la música, que están graffiteando el frente del local y que nos guardó un Godzilla, y después de un rato nos vamos caminando por la calle hasta otra fiesta.
Hace frío y en una casa con un pino hay como un cumpleaños. Una amiga y su amiga presentan un proyecto que estuvieron armando, una buena idea que materializaron en un producto que a todos les gusta mucho. Buscaron libros rotos o deprimidos, los curaron y después los forraron con un plástico lleno de papel picado. Además de eso, los metieron en unas bolsas terriblemente felices llenas de caramelos y con una lona para que puedas tirarte a leer en la plaza, en la terraza… hasta las lonas son lindas, me recuerdan a un mantel que tenía mi abuela. El pino me recuerda a una infancia de trepar en las ramas de otro pino más grande, muy alto, que te dejaba las manos pegoteadas con resina. El papel picado es el final de las mejores fiestas, cuando llegábamos a casa y nos sacábamos la ropa y caían papelitos de todos colores, como bichitos de papel, que se quedaban por días en los recovecos de mi cuarto o de mis orejas recordándonos el cumpleaños al que habíamos ido.
En esta fiesta de hoy encuentro sobre la mesa uno de mis libros preferidos, El dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy, que siempre busqué pero nunca pude encontrar, traducido al castellano, y me lo agarro y me lo guardo abajo del brazo que no tiene el Godzilla porque así como está, rescatado del olvido, arreglado y embolsado con tanta alegría de colores y caramelos es un regalo perfecto para uno de mis hermanos, una de mis hermanas o algún amigo. Ya sé a quién le va a gustar esta historia llena de mangos y de olor a especias, de amor en todos los niveles y de lágrimas de todos los colores, pero no le voy a decir hasta navidad. Porque es un regalo perfecto.
Cuando llegamos a casa tengo papel picado metido hasta en los bolsillos, las nubes empiezan a evaporarse y se ven las estrellas. Mañana va a haber sol y quiero que alguien me arregle y que después me meta en una de esas bolsas llenas de papelitos de colores, caramelos y una lona para estar calentita. Así nunca más puedo romperme.

viernes, 4 de diciembre de 2009

consumidores abstenerse

los broches de carrefour
que tienen en el envase
BROCHES PARA LA ROPA
NO SE DESARMAN
son una mierda:
ayer se desmembraron
mientras los desabrochaba
de su cartón

y el shampoo elvive
que jura que te reparará la vida
en realidad
te deja el pelo sucio
como si te lo hubieras lavado
con crema de enjuague
vencida
te deja creyendo
que te equivocaste de pote
que sos una idiota
una fumona
o que seguís dormida

jueves, 3 de diciembre de 2009

Passaporti


Hoy fui a renovar mi pasaporte. Para eso tenés que juntar todos los papeles que documenten tu existencia: DNI, partida de nacimiento, libreta de matrimonio, pasaportes vencidos, después los papeles de Dingdong, porque él también necesita uno. Fotocopiar todos los documentos que recolectaste. Respirar hondo. Ir al lugar. Al único lugar de la ciudad donde se hacen los pasaportes.
Entrar y no desfallecer frente a la fila. Ir una hora antes de que cierren, que es cuando todos los empleados se ponen a trabajar más rápido para irse a casa a las seis y no más tarde. Esta es una buena receta para las oficinas públicas en general, así que la pruebo. Dingdong me salva: los bebés no hacen fila. Y como el trámite es para él y como apéndice para mí, su madre, vamos directo a la ventanilla tres, después de que una tipa me grite ¡eh, esa mujer se está colando! cuando le pregunto al policía si con bebés hay que hacer la cola. Puede ser que me esté colando, sí, pero son las reglas: embarazadas, bebés y jubilados no hacen filas, y leo el golpe de suerte como una señal.
En la ventanilla tres me informan que tenemos que ir a la dos. En la dos, después de un rato, me atiende una mujer de ojos gatunos, como la recepcionista de la oficina que soñaba con ser empleada municipal, sin saber que de cierta forma ya lo era. La mujer mira mis papeles, mis documentos, las fotocopias, me mira. Me da dos formularios donde escribe con letra ininteligible las fotocopias que me faltan. ¿Y dónde hay una fotocopiadora?, le pregunto asustada. Este trámite, después de la última vez, me pone muy nerviosa. “Acá a la vuelta, en México, hay un kiosco que saca fotocopias”.
Tengo a Dingdong en brazos semidormido, semiexcitado, semillorando, semiinfeliz. Caminamos por la calle de adoquines hasta el kiosco con el cartel FOTOCOPIADORA. Hace calor y Dingdong está pesado. Y claro. Son todos amigos y todos nosotros estamos en la misma: adentro del local también hay una fila eterna para sacar fotocopias. Hacemos la fila. Yo estoy nerviosísima, con los papeles en la mano, el celular que no para de sonar en el bolsillo trasero del pantalón, Dingdong alternándose entre mis brazos y corridas hacia la puerta de calle, mis nervios mis nervios mis nervios. Me tomaría algo, me fumaría algo. Un cigarrillo. Tomaría pastillas con un vaso de vodka. “Estoy nerviosa”. “¿Quién está nerviosa mami”. “Yo”. “¿Por qué?”. “Por la policía. Perdoname que estoy nerviosa”. “No, no te perdono porque me porté bien”.
-¡Quién sigue!
Sigo yo. Pero la mujer que está atrás nuestro dice: “¡Yo!”. Y yo digo: “Sigo yo”. La mujer recula. Menos mal. Porque estoy nerviosa. Estoy nerviosa al punto de que me defendería si hiciera falta.
Con las fotocopias como trofeos y Dingdong haciendo preguntas complejas volvemos a cruzar la calle empedrada y presento todos los papeles en la ventanilla dos. Hice todo bien, porque la empleada busca una carpeta donde escribe DINGDONG, todo el trámite va a su nombre, y empieza a controlar los datos que anoté, les hace pequeños tics al costado y copia números, nombres, apellidos y direcciones en otro formulario.
Hace todo esto a la perfección, no se equivoca ni en un número, mientras habla con una compañera, que está vestida con un uniforme azul que tiene el escudo de la policía federal sobre su teta izquierda. Las mujeres están con sus dos sillas muy juntas, enfrascadas criticando a una tercera empleada pública: “Che, ¿vos la viste? La otra mañana vomitó… ¿estará embarazada?”. Enseguida saltan al tema de la ropa: que en la feria venden camperitas de jean a diez pesos, ¡no me digas que todavía no fuiste a la feria!
En eso se acerca una mujer rubia quien, muy educada, pide perdón por interrumpir, y le pregunta a la amiga de la mujer que hace mi trámite cómo se hacen los pasaportes urgentes. La que tiene el uniforme azul con el logo de la policía sobre una de sus tetas se queda perpleja. Como si la rubia le hubiera preguntado si le gusta que le entren por colectora. La rubia repite su pregunta y agrega: “Le pregunto porque me indicaron que usted es la jefa del sector”. Para qué.
La del uniforme azul, con los ojos bien abiertos y muy indignados, responde: “Mire. Vaya a quien le dijo eso e infórmele que yo ya no soy la jefa de este sector. Además, no se hacen pasaportes urgentes, y a nadie le importa si usted tiene un pasaje para viajar cuándo. No se emiten pasaportes con urgencia”. Se da vuelta y sigue con su conversación, que ahora vuelve a la compañera nauseabunda.
-Ahora podés pasar por caja, y después les sacan las fotos –me dice la mujer. Le agradezco, le deseo un buen día, quiero besarla: me habilitó el trámite, no me pidió más documentos ni más fotocopias, y fue simpática.
Nos sacamos las fotos. La fotógrafa no me pregunta si me gusta mi foto, si quiero una nueva. Cuando era joven, como de 21 años, me tocó un fotógrafo que me mostró mi foto y quiso que estuviera conforme. “Está linda”, me dijo; “pero podemos hacer otra si vos querés”. Esa foto, la del primer pasaporte es perfecta: estoy apenas maquillada, lo justo, que parece que no pero sí. Y tengo una ropa con pelos, creo que era un abrigo largo que tenía el cuello peludo. Era de jet set, definitivamente, a las ocho de la mañana y en invierno.
Cuando renové ese pasaporte la vida era otra: tuve que ir con otro bebé, uno chiquito, a la ventanilla que atendía a expatriados. Ni bien saqué los documentos descubrí que me había dejado el DNI en casa. Y casa, ese año, quedaba a unos 14 mil kilómetros de distancia. “Que te lo manden”, me dijo la persona que hacía el trámite. Pero no había nadie que pudiera entrar en casa, yo no podía salir del país con el pasaporte vencido y no me podían renovar el pasaporte sin el DNI. No había opción: estaba en un loop infinito con forma de cinta de Moebius y cuando todos se dieron cuenta del absurdo me mandaron a hablar con el comisario.
Por suerte además del bebito en brazos tenía a mi padre con su mano sobre mi hombro. Porque frente al comisario me mostré todo lo desesperada que estaba, a la “hago lo que haya que hacer, lo que sea, sólo dígalo”. Hasta lloré una lágrima. Al comisario le di lástima, porque se apiadó y gracias a una señal de su cabeza tuve el pasaporte nuevo, esta vez con una foto de cara curtida y nerviosa, tres días más tarde, a tiempo para volver a mi casa y a mi trabajo.
Pienso que podemos medir la vida con esas fotos carnet, si las juntamos. Las épocas buenas, los tiempos malos. Felicidad, tristeza, modas buenas, fotos que deberían desaparecer. Veranos, inviernos, vacas gordas y vacas flacas. Mamá juntó todas las que encontró de papá y las ordenó cronológicamente. El cuadro es espeluznante o alucinante, según cómo se lo mire. No decido si el envejecimiento es signo de deterioro o de plenitud. Creo que la segunda opción. Sí, esa. Y así está bien.
Sé que en la foto de hoy salí con sonrisa de rana, con la ropa un poco torcida, con el pelo crispado, como los nervios. Ahora espero que el documento llegue antes de mi viaje. Los señores que toman las huellas digitales me dijeron que va a tardar treinta y cinco, cuarenta días hábiles. Ya sé que no voy a tener tiempo para que le pongan la visa que necesito, pero no importa: porque para eso ya pensé otra solución. Y ya lo dijo Scarlett: mañana será otro día.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

arcobaleno



Farragut lay on his cot. He wanted Jody. The longing began in his speechless genitals, for which his brain cells acted as interpreter. The longing then moved up from his genitals to his viscera and from there to his heart, his soul, his mind,until his entire carcass was filled with longing. He waited for the squeak of basketball sneakers and then the voice, youthful, calculatedly so perhaps, but not too light, asking: Move over, Chicken. He waited for the squeak of basketball sneakers as he had waited for the sound of Jane's heels on the cobbles in Boston, waited for the sound of the elevator that would bring Virginia up to the eleventh floor, waited for Dodie to upen the rusty gate on Thrace Street, waited for Roberta to get off the C bus in some Roman piazza, waited for Lucy to install her diaphragm and appear naked in the bathroom door, waited for telephone bells, doorbells, church bells that told the time, waited for the end of the thunderstorm that was frightening Helen, waited for the bus, the boat, the train, the plane, the hydrofoil, the helicopter, the ski lift, the five o'clock whistle and the fire alarm to deliver his beloved into his arms. It seemed that he had spent an inordinate amount of his life and his energies waiting, but that waiting was not, even when no one came, an absolute frustration; it took some of its nature from the grain of the vortex.

martes, 1 de diciembre de 2009

Palermo punga

Para ser un lunes a la noche, hay demasiadas botellas vacías sobre la mesa de la terraza. También hay luna llena y el lucero brilla en el otro extremo del pedazo de cielo que es nuestro. La luna se ve nítida porque por fin el aire está limpio.
La cadena de sábados y domingos lluviosos nos obligó a trasladar el fin de semana al lunes, así que esta noche en casa hay mucha gente y mucha comida. Un estado general de felicidad, quizás gracias a que las botellas están vacías, o quizás sea otra cosa, hace que todos nos riamos sin poder contenernos mientras los chicos hacen travesuras.
Comemos carne y ensalada, tomamos vino y soda. Los chicos, la pequeña pandilla que tiene a Elías como líder y a Remolacha como mascota, está escondida detrás y debajo de mi cama. Si pasaras por la puerta de mi cuarto podrías ver los pelos de Elías asomando junto a la ventana y, por los pies de la cama, las manitos de Dingdong, el vestido rosa de Candy y los pelos color zanahoria de Remolacha.
De postre tenemos brownies, que nadie come porque están atragantados con el asado. Yo soy la primera que clava el cuchillo en la masa marrón, porque no comí carne y ya tengo hambre otra vez. Como los del medio de la fuente, que son los más húmedos.
Hablamos de que todas las partes de Buenos Aires ahora se llaman Palermo algo, con un agregado, un sufijo, que es siempre el nombre de alguna zona de Estados Unidos. Así, los cien barrios porteños pierden su identidad y se transforman en la versión turística de sí mismos, o en otra cosa por completo. Pero sólo para el folleto, porque siguen siendo lo de siempre. Como en los clasificados, cuando cozy significa pequeño, pintoresco es eufemismo para hecho mierda y a reciclar explica que el lugar está destrozado pero igual te va a costar mucha plata.
Así, con ese complejo de inferioridad sudaca disfrazado de espíritu de superioridad (porque todavía pensamos que el Norte siempre es mejor que el Sur) tenemos Palermo Soho (Palermo Viejo), Palermo Hollywood (Palermo, pero del otro lado de Juan B. Justo), Palermo Brooklyn (Colegiales), Palermo Harlem (Chacarita). Gómez dice que a fin de año le cambian el nombre a la Boca, que va a llamarse Palermo Bronx.
Cuando Candy llega corriendo, todos nos callamos sin que haga falta ninguna señal. Es bastante obvio que los varones la mandaron a hacer alguna maldad. Están obsesionados con el sifón de soda y ya sirvieron como cuatro vasos que nunca pensaron tomar, solamente para sentir cómo la presión del gas hace vibrar el pico del sifón.
Candy apoya sus manitos en la pierna de Gómez, su padre.
Todos: silencio.
Candy: -¿Eh?
Todos: risas disimuladas.
Gómez: -¿Qué onda?
Candy sale corriendo, vuelve a meterse en su guarida.
Dos segundos más tarde aparece Elías. Mira con una cara de disimulado que no logra disimular nada.
Elías: -¿Qué hizo Candy?
Gómez: -¿Qué la mandaste a hacer?
Elías: -Nooo, naaada. Ella dijo que quería venir.
Y se va. Mañana, cuando estemos yendo al colegio en el 39 rojo y le pregunte qué la habían mandando a hacer, confesará que la misión de Candy era vaciar el sifón en la ropa de Gómez.
Desde adentro, desde la guarida, llegan las vocecitas que no saben susurrar: “¡Dale Candy!” apura Dingdong. “En un ratito la mandamos de vuelta”, Elías, el ideólogo, da una orden que evita un motín.
-Lo que es esto -sentencia Gómez -es Palermo Punga.
-Un amigo mío, que vivía en un pueblito en Francia –dice alguien –mandaba a los turistas al cementerio. Cuando le preguntaban dónde quedaba la plaza o el centro comercial, él les indicaba el camino más rápido para llegar, pero al cementerio.
-Yo ayer tuve ganas de hacer algo similar con una mujer molesta que me preguntaba qué calles delimitan el Soho. Palermo Soho.
-¿Ves lo que te digo? Es Palermo Punga.
Son las diez y la luna se hizo más chiquita. Vuelve a aparecer Candy. Silencio general. Gómez vuelve al ataque: “¿Y? ¿Qué onda?”. Candy se larga a llorar.
Salen todos los chicos, van asomando sus caritas, de a uno, y ahora todos lloran de sueño. Además la soda se acabó y con ella las misiones secretas.
Empezamos a levantar los platos, sin ganas pero con gran eficiencia, y todos se van al mismo tiempo. Dos minutos más tarde, Dingdong y Elías duermen en sus camas, y Remolacha y Candy en los brazos de sus padres, camino a casa.