viernes, 31 de julio de 2009

jueves, 30 de julio de 2009

Max Steel

Tiene 29 años y se considera a sí mismo un galán. Es soltero, tiene título de contador y es el gerente general de una importante empresa local, que este año se ha expandido a Brasil y a México, y que el año próximo pondrá un pie en Estados Unidos y otro en España.
Se llama Quique y es tremendamente exitoso: ha llegado a donde soñaba cuando más joven no aprobaba los finales orales porque no era capaz de relacionar conceptos ni generar ideas propias. Ahora no necesita esas ideas: acata las órdenes de los socios sin cuestionarlas y sin cuestionarse, y baja línea a sus empleados.
Usa camisas cuadriculadas con grandes cuellos apelmazados y gemelos en los puños. Cree que esos detalles lo diferencian del resto, lo muestran superior, importante. No nota que con su baja estatura semejantes terminaciones en su vestuario lo hacen parecer más petiso todavía y que cada vez que baja línea o amenaza a sus empleados les recuerda un muñeco de torta parlanchín. O al muñeco de un ventrílocuo.
Es tan importante.
Quique tiene bastantes secretos. Pero el mejor de todos, quizás porque involucra su presente más que su pasado, es que usa colonia Max Steel. Usa un perfume para niños, que su sobrino dejó olvidado un domingo en su casa. Cuando lo encontró, Quique lo olió y pensó que estaba bien, que se parecía un poco al aftershave de Burberry's y que le daría un toque de distinción frente a los socios, esos empresarios sofisticados que él quiere emular.
Pero en realidad quiere parecerse al héroe de dibujos animados y vencer a los cuatro elementos con el poder que le da la adrenalina. Pero eso no se lo confesaría nunca a nadie.

martes, 28 de julio de 2009

Viaje a Z.

Domingo por la mañana. Espera el subterráneo escuchando música balcánica. Tiene un walkman nuevo y alguien... le regaló este cassette, que tiene la música de Antes de la lluvia. Una gaita grita y llega el tren.
Estación José Hernández. Arriba, en la calle, el sol ahuyenta a la gente. Toma un taxi. A Belgrano R.
Un Renault 11, una rubia con un hijo de tres años, un chupete blanco y un perro salchicha que quiere correr a la calle, cruzar Crámer y morir aplastado abajo de un Scania. Pero no pasan Scanias por Crámer y el salchicha sube al auto.
–Acompañame a molestar a mi hermano. –Le dice la rubia. –Me llamó a las 8 de la mañana y no pude volver a dormirme. Vamos a despertarlo. Está en su departamento con su novia.
Sube al auto. Laurie Anderson en stereo.
Un par de cuadras y doblan. Otras cuadras más y estacionan el auto, el auto se traga el cordón y el perro se cae del asiento. El chico se ríe y escupe el chupete para hablar.
–¿A dónde vamos? –Pregunta.
–A lo de tu tío Iván. –Le contesta la madre. –Vamos a despertarlo.

Una voz, un hombre, contesta el portero eléctrico.
–¿Quién es?
–¿Primero C? –Contesta la rubia, gritando.
–No...
–Yo toqué el Primero C, señor, así que no se meta en mi vida.
Cortan.
La rubia se asoma a la vereda y mira hacia el primero C. Y comienza a gritar:
–¡Te vi! ¡Iván, te vi! ¡Jackie! ¡Decile a Iván que me abra, que lo vi!
Pasa un minuto. Después se abre la puerta y aparece un chico de veintipico, alto, gigante, con un rottweiler gordo, negro, con una cadena en el cuello, que huele y husmea los cuerpos de los visitantes.
Suben por la escalera. Iván tiene un destornillador en la mano. Ella se ríe. Piensa. Viaja un par de meses atrás en el tiempo. Recuerda a la rubia un-metro-ochenta que una tarde le contó cómo se había quedado embarazada de su primer hijo mientras su ahora ex marido perseguía a la novia de su primera juventud, después de haberle tirado las cartas a su ahora ex marido, después de haberle dicho, muy seria y sorprendida "Axel, veo que vas a dejar embarazada a una mina". La vidente que no reconoce su propio futuro cuando lo ve.
Suben por la escalera. Iván tiene un destornillador en la mano.
–Es que anoche Jackie perdió las llaves. Tuve que subir por la ventana, rompí la puerta para que ella entrara, y tengo que abrir la puerta de abajo con esto (el destornillador). Imaginate que no podía llamar al cerrajero, que me habría cobrado cien dólares.
Entran en la casa. El chico de tres años saluda a Jackie.
El living es un ambiente vacío: toda la decoración consiste en un sillón cubierto por un pareo floreado. Una planta se seca en el balcón.
La rubia: ¿Puedo llevarme la planta?
Iván: ¿Sos tarada? Es lo único verde que tengo.
La rubia: Entonces preocupate por que siga siendo verde. Se está muriendo.
La cocina huele a muerto. La chica le pregunta al dueño de casa si perdió a su gato o a su hámster. Iván la lleva hasta un cuartito. El piso está cubierto de papel de diario. Y el papel de diario está cubierto de excremento de Rot, el perro gordo y negro.
Caras de asco de la chica y de la rubia, que retroceden. Iván cierra la puerta. Casa tomada.
–Decí cuánto me vino de movicom este mes.
–No sé, Iván.
–Dale.
–¿Setecientos?
–No.
–¿Ochocientos?
–No.
–¿Mil?
–Mil cuatrocientos.
–No...
–Mil cuatrocientos trece con cincuenta centavos. Me mataron las llamadas desde Punta del Este. Ah. Y Lorena me mandó otra demanda por alimentos.
–¿Cuánto quiere?
–Mil doscientos. Y ni siquiera tengo trabajo.
Iván, Jackie, el chico de tres años con chupete, Rot, la rubia, la chica y el salchicha se trepan en la camioneta de treinta y cinco mil dólares que usa Iván.

Belgrano R. Las casas de Belgrano R. Frenan e Iván toca la bocina. Todos van ahora en la camioneta; el auto quedó mal estacionado en el departamento de Iván.
–¡Dale, boludo!
El perro grande se baja de la parte de atrás de la camioneta. De la casa sale Nico, el amigo de Iván, cara de dormido. La rubia lo convenció de que se sumara al programa que acaba de inventar con la condición de que va a presentarle a la chica más linda...
Nico y la chica se miran y se sueltan un "hola" con cara de nada mientras rolan sus ojos al mismo tiempo. Todos fuman cigarrillos y el chico de tres años y chupete habla. Dice algo de la camioneta. Y, finalmente, "vamos a volar, ¡vamos a volar!".

Camino al norte hay que cargar gas y se detienen en una estación de servicio. Iván le saca a su hermana plata para el combustible. La rubia gasta los treinta pesos que le quedan hasta nunca en catorce empanadas de carne semipodrida y en un pan dulce viejo, de la navidad del año anterior.
Otra vez en la Panamericana, el chico de tres años come empanadas hasta la mitad y después las reparte entre los demás ocupantes de la camioneta. Se pasan la botella de dos litros de Coca-Cola como si fuera un porro, y después de media hora de ruta alguien se da cuenta de que ya estamos en Pilar, y de que en realidad tendríamos que haber ido para el otro lado.
–Nos fuimos a la mierda.
–Al carajo.

Camino de tierra. Jackie dice algo acerca de una tal Chicha León, la ex suegra de Iván.
–Chicha León. ¡Chicha León! ¿Y con ese nombre tiene el tupé de venir a decirnos las cosas que nos dijo la semana pasada? ¿Yo atorranta? Prefiero ser atorranta a tener ese nombre. ¡Chicha León!
–Te dije que no leyeras eso, gorda, que iba a hacerte mal.
–¡Iván! ¡Y tus amigos están como testigos!, los muy hijos de puta...
Al borde del camino hay un perro muerto. Todos se callan y lo miran mientras pasan a su lado, casi disminuyendo la velocidad, como si el perro fuera un accidente gigantesco. Morbo sin caños retorcidos ni sangre.
–¿Qué era eso? –Pregunta Jackie. El perro yace tirado en una posición casi cómica: sus patas apuntan al cielo en un rictus como de alabanza al aire y a las nubes. La rigidez de la muerte le llegó en un momento un poco raro, como si se hubiera apoderado demasiado rápido de su cuerpo, mientras el animal rodaba hacia la banquina, después de haber sido golpeado por algún camión de vacas.
–Es Chicha León... –casi murmura la chica.

Z. Llegan a Z. Iván se sale de la ruta y cruza por la banquina hasta un camino lateral para evadir el peaje. Y llega a otro peaje, en donde dice "Möller 2500" y pasa. Se ahorra tres pesos e impide que el dueño del campo pueda pasar el peaje utilizando su clave. En la entrada del barrio le preguntan a Iván su nombre para el registro:
–Martín Pérez Companc. –Contesta.

Cuando estacionan la camioneta frente a la casa todos bajan, hartos del viaje ida y vuelta por los caminos que conducen a todas partes.
Rebeca se pone los anteojos de sol como si con ese gesto pudiera hacer desaparecer a las tres personas que no ha invitado a su casa y que sin embargo van a comer la carne que su marido prepara en la parrilla.
Se acerca a la camioneta con cara casi desencajada. La cara de Rebeca es en realidad una mezcla de simpatía que saluda a la chica y a su rubia hermana, y de desconcierto que busca inconcientemente ahuyentar a los intrusos.
Los perros se bajan de la camioneta y el chico de tres años finalmente deja su chupete y se abraza con su hermano de seis y con sus primos.

Ensaladas mientras comienza a quemarse la carne.
Las visitas llegaron como dos horas tarde y los dueños de casa están hambrientos. Vino y cigarrillos bajo de un árbol viejo.

La carne está servida y todos comen un poco primero, otro poco después, chorizo y Coca-Cola hasta que hace demasiado calor y los chicos empiezan a llorar porque quieren ir a la pileta.

La pileta. Cuerpos bronceados y con músculos marcados, cuerpos blandos, cuerpos embarazados y cuerpos chicos. Agua. Sol. Cloro. Olor a protector solar.
Dejaron al salchicha en el auto con el otro perro, Didot. Alguien dice algo de que el perro va a morirse deshidratado. A nadie le interesa demasiado la observación como para hacer algo al respecto.
La rubia y su hermana hablan de una amiga en común. Divorciada después de diez años de cornuda, llora porque no tiene a nadie a quién amar.
La chica entra en la pileta con su bikini rojo y su piel blanca blanca, casi como la luna, y se hunde en el agua fría. Como la luna.

Le gusta mirarse debajo del agua. Le gusta el color casi incorpóreo, casi etéreo, que toma su piel. Las uñas de sus pies, pintadas de bordó, se destacan del fondo de la pileta. Es como si, separadas de la superficie del agua, a la vez que están inmersas en ella, se desprendieran de la carne de sus dedos hasta otra dimensión.
Exhala. Sale a la superficie, toma aire, y vuelve a hundirse en el agua.
Le gusta escuchar el silencio que por momentos se apodera del medio. Se imagina que es una esponja o un alga que duerme. Algunos chapoteos distantes y dispersos interrumpen su descanso casi abstracto. Un tintineo de metal entra, purísimo, en su cerebro.

La chica se echa en una reposera y cierra los ojos mientras el aire va secando su cuerpo que chorrea. Un hilito de sangre se escapa por un tajo que se hizo en la rodilla cuando salió de la pileta. Sangre de pez o de sirena.

La rubia está hablando con un hombre de pelo gris, cincuentón y con tres hijos. "Voy a presentártela. Ya está arreglado. Tiene dos hijos y se separó. Mañana te llamo y te doy su número".
–Perfecto. –Contesta él. –El fin de semana que viene no tengo a los chicos, así que salgo con ella.
–Listo.

Suddenly, ve a la pileta como si fuera una dimensión exclusiva para los divorciados. Ellos, como si fueran los únicos integrantes de una especie independiente, cuidan a sus hijos, les untan protector solar en los rostros, y se miran mientras urden encuentros y soluciones que curen su soledad.
Y esta nueva dimensión le resulta simpática y divertida. Como una adolescencia desfasada, como una fuerza vital a destiempo. Y quiere ayudarlos a encontrarse y a sonreír con sonrisas auténticas y no de cama solar.

A la noche y de vuelta en la casa, el perro salchicha ensaya un apareamiento con la mochila militar de la chica. La chica lo patea y cambia su mochila de lugar. Pero el salchicha vuelve y arremete, y se monta nuevamente en la mochila y comienzan sus movimientos pélvicos, al tiempo que mueve la cola. Los niños lo observan en un silencio extrañado. La chica vuelve a bajarlo de su bolso de una patada y sube la mochila a un sillón.
El salchicha llora y la chica le grita que la vida no es un dibujito animado y que no puede enamorarse de una mochila.

Más tarde, y después de haber bañado a los chicos, después de haber jugado un partido de fútbol en el pasto y después de haber tomado el té, todos se suben a otra camioneta, esta vez a la de Rebeca, y emprenden la vuelta entre ladridos y llantos de niños agotados.

Les gusta manejar en la ruta de noche. Mientras los mayores hablan de los signos del zodíaco (la chica, el marido y el hijo mayor de la rubia son de cáncer y comparten impresiones, recuerdos, lecturas y secretos), los niños y los perros van durmiéndose y volándose a otras tierras más felices y menos turbulentas, en donde las casas son de caramelos, donde los autos pueden volar, donde sus padres se aman y permanecen juntos, y donde los monstruos desaparecen.

lunes, 27 de julio de 2009

Voyeur

En casa hay clases de guitarra. Por las tardes vienen distintos alumnos que se sientan en mi silla mientras Randy Ramírez, nuestro guitarrista estrella, les enseña sus secretos a cambio de poca plata.
Yo nunca los conozco, a los alumnos. Sólo sé sus nombres de pila, que olvido y confundo al instante de haberlos escuchado con atención. Los alumnos son acordes que me llegan a través de la puerta, olores que dejan cuando se van.
Siempre intento espiarlos por el ojo de la cerradura pero sólo alcanzo a ver sus espaldas: camisa blanca de oficina, suéter negro desteñido con un mechón de pelo castaño que cae hasta más abajo de la nuca, rastas secas en campera de cuero, buzo azul marino... Una vez uno se olvidó una bufanza chiquita, de niño. Azul. Negué haberla visto, y la tengo guardada en una caja adentro de mi ropero.
Le pedí a Randy Ramírez que los haga sentarse un poco más atrás, que corra mi silla para que se alineen con el ojo de la cerradura y pueda verles los rostros. Pero se olvida, o no le da importancia a mi pedido. Le dije que voy a hacer una marca en la alfombra para que se acuerde, o quizás sea mejor si ato la silla a una de las patas del escritorio, para no darles alternativa.

Buenos Aires

La gran ciudad oscura donde todo puede pasar pero nada nunca pasa.

viernes, 24 de julio de 2009

El niño farmacéutico

Al principio fueron condones. Sus jefes lo sabían y no estaba mal. En la concepción progre de la España de fin de siglo, que el farmacéutico más joven robe condones está bien visto. Tiene veintidós años y se lleva tres cajas de Prime verdes, los anatómicos, por semana.
Eso está bien visto por el farmacéutico y su mujer, que lo miran como al niño de sus ojos, tan despierto que es el niño, míralo, ¿no es guapísimo? Debe ser la sangre argentina que lleva en las venas... Y tan despierto, mi niño...
Así que eso y tal. Después de los tres primeros meses de prueba, el estudiante de farmacia de la Universidad de Madrid tiene carta franca para pasearse a sus anchas por los corredores atiborrados de envases, ampollas, cajas, frascos y tabletas de la dependencia.
Aunque luego de un tiempo el niño comienza a agregar a su orden para llevar una cajita de condones lubricados envase blancoyazul, el matrimonio de la farmacia no se preocupa. En cambio, miran a su niño, el niño de sus ojos, con orgullo: es obvio que algo de sangre española tiene en las venas también. Es la sangre de algún antepasado que, según se imaginan con su mentalidad romántico-pueblerina, llegó al sur de América en un galeón de la Reina Católica para conquistar y criar a cincuenta criollos. Es obvio que el niño tiene fuerza: ya tiene una segunda amante que prefiere los de envase blancoyazul.
Hacen una observación que al confundido Paquito termina por escapársele y ya. Nunca más un comentario, y nunca más una mirada.

El comienzo de todo es que a Paquito, al niño de sus ojos, al principito de Asturias que tienen trabajando tras el mostrador, en los pasillos atiborrados de medicamentos, plasmas y ungüentos de la farmacia, no le pagan bien. Bueno. En realidad no le pagan nada. Nada más que algunas pelas para el transporte público. Ni un bocata para el almuerzo, ni ná. Nadita ná.
Y Paquito tiene sangre en sus venas. Y una pandilla de amigos. Y la pandilla completa, incluido Paquito, que sólo tiene una novia y no necesita otra, es bien marchosa.
Marchosa hasta en las noches de viernes, invierno y hogar.
Los autoproclamados padres adoptivos del argentinito farmacéutico están conformes y no piensan seguir metiéndose en lo que hace su empleado modelo. Después de todo no les cuesta nada. Nadita ná.
Pero la pandilla y Paquito están dispuestos, una vez más, a sacar ventaja de la situación. Es por eso que le encargan a Paquito, casi a diario, diferentes medicamentos que necesitan para alcanzar el nirvana. El limbo y el Jardín de las Delicias. Cada noche, Paquito y sus amigos confeccionan una lista de productos que él tiene que conseguir.

• Jarabe para la tos
• Valium
• Xanax
• Más Valium
• Tampones
• Rivotril
• Aspirinas
• Piojicida

La lista se completa con las bolsitas de calmante para perros que trae una de las chicas del grupo, que trabaja en una veterinaria.
Es así cómo, durante un verano completo, el grupo de amigos de una urbanización pija cercana a Madrid puede divertirse, experimentar, y además ahorrar algo de dinero, ya que les venden los sobrantes a los retropunks de la plaza.

Pero los veranos no duran para siempre, y mucho menos cuando en el medio es preciso cortar la inactividad para trabajar algunas horas o, peor, para preparar algún examen. Así que Paquito que –recordemos– sólo es aspirante a farmacéutico, debe cortar sus raciones de barbitúricos y psicofármacos si quiere concentrarse. Obviamente aumenta las dosis de capsulones de cafeina y de ayudamemorias... aunque a esos no los consigue en la farmacia, sino en la plaza de enfrente a la farmacia, donde los moros y un pequeño grupo de argelinos a mitad de camino entre sus dos patrias venden hasta lo invendible.
Con tanto estudio, el pequeño farmacéutico hasta debe acortar sus horas de servicio en la farmacia, y sus pedidos para llevar. Y, claro está, sus compañeros de la plaza de la urbanización pija en las afueras de Madrid se ven perjudicados por el recorte.
Es en ese momento, exactamente el primer día que se siente el otoño, cuando los amigos, asustados por los skins, empiezan a ejercer una presión cada vez más impaciente sobre el pobre argentinito.
Y aunque él les explique que le es imposible sacar de la farmacia las inmensas dosis de medicamentos a las que él mismo los ha acostumbrado, con su incapacidad para negarse a los pedidos de sus amigos –y especialmente a los pedidos de su cerebro cada vez más difícil de satisfacer–, ellos no ceden. Entonces, considerando todas las alternativas, queda una sola opción: Paquito tendrá que dejar sus horas diurnas de estudio y convertirlas, digamos, en horas nocturnas, y dedicarse durante el día a su trabajo a tiempo completo en la farmacia.
Y no es que Paquito no tenga buena voluntad: durante dos semanas intenta cambiar el ritmo de las cosas. Duerme tres horas por noche. El resto estudia. Y por las mañanas corre, en un estado semizomby, a la farmacia, donde despacha condones cuando le pieden curitas y aspirinas cuando le pieden drogas oncológicas. En el mejor de los casos.
Pero después de dos semanas hasta los estúpidos farmacéuticos se dan cuenta de que algo no anda bien. Los clientes se quejan y lo que al principio había parecido una distracción de joven enamorado ahora representa, a los ojos de estos orgullosos padres sin hijos, un problema grave: el niño está metido en las drogas.
El pobre Paquito, la luz de sus ojos, el retoño de su vejez, su herencia en el mundo de la farmacia española... Sin duda, todo es culpa de los ladrones de enfrente. Los moros de la plaza, asesinos, drogadictos, violadores y traficantes. Los moros de mierda que han llevado a su pequeño hijito por el mal camino sin retorno de las drogas.

Una mañana de lunes, que era un poco más fría que la mañana del viernes anterior, los farmacéuticos deciden hablar con su niño y, con voz temblorosa ella y con lágrimas en los ojos él, le dicen que lo saben todo, que saben que sus distracciones son consecuencia de las drogas que les compra a los mercenarios sucios y chanchos de la plaza, y que no permitirán que la situación siga de esa manera. Que han decidido que debe marcharse a la tranquilidad de su hogar y que, para estar más seguros, ya han denunciado a los moros ladrones y corruptores de corderitos inocentes.
En ese momento Paquito mira por la vidriera y ve a dos policías hablando amigablemente con tres moros. Y cambiando paquetito por billetes. Viejos capullos, piensa Paquito.

Con el plan A desechado, al pobre Paquito no le queda otro remedio que mirar a los viejos imbéciles con su mejor cara de malo y apuntarles con la sevillana que saca del bolsillo de su saco.
El grito ahogado de la mujer, la mirada desaprobadora del marido. Los farmacéuticos son guiados, entre corriditas y empujoncitos, hasta la trastienda, donde su niño los ata a dos sillas y los amordaza. Luego los mira y suelta: “Por fin. Ya no soportaba más sus vocecitas de idiotas. Mi niño tan bello. ¡Tu niño una mierda, vieja estéril!”
Y frente a la mirada profundamente herida de sus patrones, Paquito, a quien en realidad todos llaman Paco o El Verde, llena su mochila con toda clase de medicamentos, que va seleccionando con mucho cuidado. Es que Paquito, nuestro niño, la luz de nuestros ojos, es tan bueno que no quiere decepcionar a sus amigos. Y mucho menos a su novia, que es un sol.

jueves, 23 de julio de 2009

Los misterios del mundo


Hace mucho frío. De ese frío que acapara las noticias. NIEVA EN LA TABLADA. Es invierno, pero el frío es tan intenso que es noticia. O quizás sea la única noticia permitida. Sólo sé que mientras esperamos el colectivo en Las Heras, mi hijo y yo nos cagamos de frío.
Es de noche y el tipo que está adelante nuestro en la fila enciende un cigarrillo. "A ver si viene", me dice con un guiño de ojo. "Que si no te vas a congelar, nena". Mi hijo me mira y sonríe con vergüenza. Con seis años, ya se da cuenta de que el tipo se está tirando un lance con su madre. Lo tomo un poco más fuerte de los hombros; lo atraigo un poco más hacia mí.
–Ma, cuando yo sea viejo, ¿papá y vos van a ser angelitos? –me pregunta.
–Sí. –Trato de que no note mi tristeza. Pensar en que un día estaremos en mundos separados me pone mal. Él se queda callado.
–Pero igual vamos a estar cuidándote. –Lo consuelo.
Al rato:
–Pero no te voy a ver.
–No. –Y el colectivo que no llega.
–Sólo los angelitos pueden ver a los angelitos.
–Sólo entre angelitos.
–¡Ah! ¡Pero podés ver angelitos que nunca conociste y preguntarles cosas! ¡Por ejemplo puedo ver a los papás de Tango y conocerlos!
–Y a mis abuelos... O a los abuelos de tus abuelos, preguntarles qué pensaban de las cosas de la vida... O a gente muy sabia e interesante.
–¡Sí!
–Y lo mejor de todo es que cuando sos angelito podés conocer los misterios del mundo.
–¿Qué es eso? ¿Qué misterios hay en el mundo?

En ese momento llega el 92, y subimos antes que el tipo del cigarrillo, que aprovecha para mirarme el culo. Pago y nos sentamos apretaditos en la cuarta fila.
–Las líneas de Nazca, por ejemplo.
–¿Qué son?
–Son unas líneas que hay en un lugar de Perú. Las hicieron los Incas, que era una civilización muy antigua. Son dibujos de animales... Lo misterioso es que sólo se pueden ver desde el cielo. Están hechas en el piso, pero para que las vea alguien que está volando. Y en esa época no había aviones ni nada. Entonces el misterio es si las hicieron para los dioses o para los aliens.
–Ahhhh... ¿Existen los aliens?
–Sí, creo que sí, pero no se sabe.
–O quizás el misterio es que ellos sabían volar.
–Quizás...
–¿Y el Yeti existe?
–Claro, en Nepal. Pero nadie lo vio porque se esconde de la gente.
(Silencio). –¡Entonces cuando seamos angelitos vamos a poder conocerlos, porque no se van a esconder de nosotros!

Espero no haberle dado impulsos suicidas.

lunes, 20 de julio de 2009

verano de 1996


Desde hacía un mes que vivía sola con su hermano en el departamento familiar. No había luz, por alguna falla eléctrica que no lograban solucionar. No. Mejor sí había luz, pero sólo en la recepción del piso: entrada, living, comedor y cocina. Había electricidad ahí porque andaba la heladera.
Tenían la heladera vacía. Sólo había leche. En el freezer tenían una botella de vodka medio vacía o medio llena, depende, y una piedra de marihuana congelada y olvidada. De día trabajaban, él todo el día, ella por la mañana. Por las tardes, cuando él volvía del centro y ella regresaba de caminar por la ciudad, se juntaban a repasar la jornada mientras transpiraban pese a los esfuerzos del ventilador viejo que hacía más ruido que viento.
Ese verano ella tenía una obsesión: tenía que encontrarse con alguien, no sabía con quién, o sí sabía con quién pero nunca lo había visto, entonces no sabía su cara. Por eso sólo trabajaba de mañana, y el resto del día recorría la ciudad. Cada esquina, una duda: doblar, seguir, doblar para el otro lado, si doblo para la izquierda quizás él esté en la cuadra de la derecha, si camino por esta cara de la manzana puede ser que él esté rodeándola por el otro lado, quizás esté unos pasos detrás de mí, la imposibilidad absoluta de su plan le secaba la boca aunque tragara coca cola sin tregua.
Sus jeans viejos y apretados, cortos, dejaban que se asomara la parte de arriba de sus borceguíes. Su camisa fucsia de seda tenía el botón de debajo de todo desabrochado, y a veces se podía ver su ombligo, su ombligo intocable en el medio de su panza de piel suave.
La noche anterior había soñado con él, como todas las noches. Soñaba que por fin estaba con él, y era tan feliz, el sueño era tan real, tan cotidiano, que se despertaba y no podía aguantar el llanto. Llegaba a la taza de café con ojeras y su hermano le preguntaba si había descansando, y ella tuve otra pesadilla, todo eso mientras quería tirarse en la alfombra de al lado de su cama a llorar como una tonta por un sueño. ¡Por un sueño! El mismo sueño que la hacía recorrer Buenos Aires de arriba abajo, del río hasta Paternal, trepar monumentos en las plazas, mirar, buscar en los ojos de quienes se cruzaba, con esperanzas de loca.
Por las noches comían cereales con leche y helado de postre. Miraban películas viejas y escuchaban Chopin, toda la vida desarrollándose en la parte del departamento que tenía luz y ventilador. Después se iban a dormir, a soñar, mientras transpiraban entre las sábanas mezcla algodón y poliéster, las suyas con flores, las de su hermano a rayas, a dar vuelta la almohada cada 5 minutos hasta dormirse para que estuviera un poquito más fresca, con olor a espirales y con el canto de un grillo que entonaba con el camión de Manliba de las 11.40, el sonido de alguna persiana cerrándose en el centro de manzana y un colectivo solitario que pasaba rápido hacia Olivos, queriendo terminar su última vuelta.
Cuando cerró los ojos, por un segundo soñó que él la encontraba a ella, y se durmió pensando que ya no tendría que buscar. Que con quedarse cerca del teléfono, alcanzaría. Mañana voy a tener que renunciar a mi trabajo.

viernes, 17 de julio de 2009

Eating the Germans

Vuelve casi dos años más tarde; va al mismo bar. Sábado a la noche y de vuelta al ruedo, aunque no quiera. Aunque quiera, no va a llorar por nada ni por nadie. No esta noche.
El aire está frío y en el bar hay demasiada gente. Mucha gente empujando, mucha gente fumando, mucha gente tomando cerveza. Recuerda que no se puede ir a ese lugar un sábado en la noche. Pero está ahí y no quiere dormir porque sueña que el diablo viene a buscarla y cuando se despierta no recuerda ninguna de las oraciones de su infancia.
Busca con una mirada bastante desesperanzada a su amigo. Pero su moto no está en la vereda. Cuando entra en el bar sabe que él no ha estado ahí por mucho tiempo: no hay rastros.
Está aburrida, sin sed de alcohol (no esta noche, por favor), y sin nadie de su clan, que finalmente parece haberla condenado al destierro.
En su walkman suena Bach en clave y sus ansias comienzan a exasperarse cuando se le acercan dos hombres rubios. La chica baja la mirada. No tiene ganas de sangre débil. No después de tanto tiempo.
¿Qué busca la gente cuando sale de los hospitales? ¿Qué espera de la vida? ¿Alguna realidad o la satisfacción de alguna necesidad irreal, como un recuerdo ya demasiado viejo?
-¿Qué eskúchas? –Pregunta uno de los rubios en un tono demasiado duro, como de ladrillos. La chica se da cuenta de que el rubio no es un espécimen cualquiera, sino un germano fresco y sano.
La chica: sonrisa. La chica: pasa su lengua por uno de sus caninos superiores. La chica: sin que ella lo note, o quizás lo nota y nadie nota que ella lo nota, sus ojos se oscurecen, o quizás se aclaren, y se hacen más profundos y más brillantes. La chica: su pecho se ensancha mientras toma una bocanada excitada. Y contesta: -Bach.
-Ah... –responde el rubio. –Bach... ¿Qué eskúchas de Bach?
-Variaciones.
Afuera del walkman, The Cure. Afuera del diálogo la gente sigue empujándose de un lado a otro. Parecen pedazos de carne en un guiso hirviente. Se pasean girando desde el centro hacia las orillas de la olla y en su camino pretenden arrastrar a las otras personas, las pocas que se dan cuenta del guiso y se niegan a ser parte.
-Nosótros tambíen somos alemanes.
-Ah... ¿Y qué hacen en esta ciudad?
-Trabajamos.
Sigue un diálogo poco interesante que la chica no tiene ganas de transcribir. Al cabo de un rato ella mira su reloj y considera que las dos de la mañana es una hora justa para partir. Es tiempo de continuar con su plan, aunque esté sola y los alemanes sean dos.
-Ya tengo que irme –explica. –Fue bueno conocerlos.
Uno de ellos: -Pero... ¿a dónde vas? Todavía es temprano.
El otro: -Si quieres podemos ir contigo.
La chica: -Sí. En realidad voy a comer. No como desde hace... bastante. Y ya tengo hambre.

Parten hacia la casa de la chica. Los hace caminar diez cuadras en el frío que a ella no le molesta, quizás por la adrenalina de su ansiedad.

En el departamento la chica los hace acomodarse en los sillones cubiertos de plástico del living y les acerca un cenicero. Pone en el equipo de música el cassette que saca de su walkman. Hay quienes opinan que las Variaciones Goldberg ponen nerviosa a la gente. La chica, en cambio, las considera la música ideal para casi cualquier momento, porque exalta el espíritu e infunde energía en el cuerpo, además de cierta inexplicable (inexplicada) melancolía.
Mientras sus invitados encienden cigarrillos, ella se va a la cocina y vuelve con una botella de vino tinto y seis vasos. Sirve vino en todos los vasos y alcanza uno a cada invitado. Finalmente, ella toma uno. Brindan.
-¿Por qué sirves tantas copas?
-Espero a mi familia. –Sonríe.

Después de unos minutos de falso interés en la conversación, se abre la puerta que conduce a los cuartos y aparece, muy despierto, un chico de unos quince años. Es su hermano menor, que saluda a los extraños con una sonrisa confiada y se sienta en uno de los sillones, con un vaso en la mano. Con una mirada, la chica lo disuade. El adolescente deja el vino en la mesa. Él no va a beber todavía.

La conversación se desarrolla mitad en inglés, que los hermanos hablan muy bien, y mitad en castellano, que las visitas logran balbucear. Interrumpe algún tanke y un bitte de respuesta cuando alguien le ofrece a la chica un cigarrillo.

Son las tres y se abre la puerta de la calle. Aparece un chico de veinte años y ella lo presenta: otro de sus hermanos.
-¿Cómo sabías que iban a llegar tus hermanos?
-Intuición. Teníamos una cita. –Contesta la dueña de casa.
El hermano recién llegado toma un vaso y brinda con los invitados:
-Por la satisfacción de las necesidades de la carne.
Su hermana lo censura apenas, con una mirada que no pasa desapercibida para el más pequeño de los alemanes, que sonríe y comenta algo sobre la importancia de la satisfacción de las necesidades corporales, que él considera algo de lo más natural y respetable, además de fundamental para la vida.

En eso llega una chica pálida y delgada, con rulos que le caen por los hombros hasta la mitad de la espalda. Tiene un vestido de terciopelo rojo que contrasta un poco con la época y con el hecho de que viene de su cuarto a esta hora, cuando todos los que no están en la calle duermen. Y cuando muchos de los que están en la calle duermen también.
Inmediatamente, uno de los alemanes, el más alto, queda anonadado y se presenta.
-Jan, conoce a mi hermana. Juno.
Inmediata y lentamente, los dos se estudian un poco. Ella parece hipnotizarlo, de alguna forma, porque cuando se va hacia la cocina él la sigue.

Cuando la pareja vuelve a aparecer, lo hace seguida de una señora más bien vieja. De setenta.
Vuelven a sentarse, mientras los otros hilan una conversación sobre colegios y universidades de leyes, que el menor del grupo parece conocer demasiado bien.
Brindan, una vez más. Todos toman, menos el menor.
La abuela se levanta y camina, cansada, hasta la cocina. Entonces el chico de quince toma su vaso y bebe.

Unos minutos más tarde, cuando la conversación discurre entre apelmazados castillos de Europa y lugares de tour, la abuela reaparece, con un andar más cansado. En la mano tiene una maza que asesta, casi puedo decir con profesionalismo, en la cabeza del más grande de los alemanes. El más pequeño vomita cuando un pedazo de seso lo salpica en los labios, y se desmaya en un rictus de terror.
-Se creen la raza fuerte, y mirá. Este resultó ser un marica.
La hermana: -Abuela... podrías haber aguantado un rato...
La abuela al más chico: -Traé la sierra.
El chico va a la cocina y saca un cuchillo eléctrico de un mueble y lo enchufa en el living.

-¿Tenían hambre, mis niños? –Termina la abuela.

Lloren chicos lloren!


"Estimados amigos, para los editores de HC es un gusto poder anunciar la reciente aparición del primer libro de cuentos de Javier G. Cozzolino, Tulipanes para Zamudio. Quienes hayan rondado los contenidos de nuestra revista se habrán dado de frente alguna vez con su particular visión del mundo, y con su mundo, una Buenos Aires inusual, poblada por bolivianos tristes, chinos mafiosos, periodistas acabados, samuráis, bebés -muchos bebés-, homosexuales, chicas sin orejas. etc. Todo esto, por supuesto, sólo sería exótico si no fuera por la particularidad y la calidad de su escritura, que le ha conseguido sus buenos fans en ambos lados del atlántico.

"El libro ya está a la venta en muchas librerías españolas. Para los lectores de Latinoamérica la editorial Universos ha ofrecido el servicio de compra por internet, al mismo precio y sin gastos de envío. Para mayores informes sobre cómo adquirir el libro pueden escribir a editorialuniversos@yahoo.es o responder a este correo. El proceso es sencillo y seguro."

Malentendido

Ella lo odiaba.
En una discusión quiso llamarlo capullo, pero le salió pimpollo y él se enamoró de ella.
Terminaron casándose y tuvieron tres florcitas.

jueves, 16 de julio de 2009

Winter is cold

I'll never wash these clothes
I want to keep the stain
Your blood to me is precious
nor would I spill it in vain
your spirit sings
though your lips never part
singing only to me
the thief of your heart

Chile 822

(esto no lo escribí yo)

Chile 822, Buenos Aires. Finales de octubre de 1996. Sábado a la noche con mucha lluvia. Fiesta.
Vamos en tres autos hasta la dirección que alguien consiguió. Una fiesta buena onda, dijeron. En el auto que me lleva a mí (uno coupé y bordó) vamos cinco: Janis, Carmen, Fer, Alec y yo. Vamos escuchando El huevo kamikaze, la banda de los chicos, y cada diez minutos tenemos que desempañar los vidrios para ver por dónde andamos, para no perdernos en la ciudad. Avenida 9 de julio, Obelisco, San Telmo. Hablamos de empapelar Buenos Aires con afiches de la banda, en un intento por hacer propaganda masiva, que ataque y que no deje a nadie afuera.
Llegamos a donde vamos y corremos hasta la puerta. Nos encontramos con los otros: Ramiro, Arturo, Martín, Mariana y Bastien, Andy y dos chicas celosas. Corremos hasta la puerta y tocamos el timbre. Un chico abre, besa a cada uno de nuestro grupo de desconocidos y subimos una escalera bien iluminada hasta un primer piso mal iluminado y lleno de humo de hierbas diversas y de sudor despedido. Música fuerte, luces rojas y azules, velas en una ventana con vitró, un sillón cubierto por un trapo oscuro y aplastado por una pareja unida en un beso infinito. O quizás estén dormidos.
Pasillos, balcones, goteras, poca gente que se ríe porque llegamos y porque son amigos. Vino blanco con Tang de manzana, cerveza un peso y medio, panchos. Camperas de cuero de todos los colores, medias de red, zapatillas y botas. Pelos y tatuajes. Tejidos grises y agujereados, gente con gorros.
Corro hasta el cuarto más chico, al fondo. Tiene tres fotos de diferentes películas pegadas en las paredes: The Blues Brothers, Pulp Fiction, Marilyn. Manolo fuma y sonríe, con su mirada lejana, como un gurú de buen humor. Un chico enorme como un vikingo me besa porque es su cumpleaños. Lo beso feliz cumple, pibe, dame un poco. Me convida un trago de lo que toma y después bailamos abrazados una canción que le canto al oído. Algo 1940.
Llega alguien y me dice cómo fumaste, pendeja. Pero no fumé nada, estoy abstemia, últimamente, y me río del olor que se le pegó a mi camisa de espirales verdes. Todo está inundado del olor del paraíso: dulce y denso, olor de hojas como estrellas de pasto.
La parte de adelante está llena de recién llegados que bailan. Estoy con Andy, que esta noche parece un querubín. Los dos nos sacamos las zapatillas y le hago masajes en los pies. Mientras Prince canta You sexy mother fucker! bailo y bailo y bailo y cinco chicos me miran y brindan mientras muevo mis pies y mis brazos y mi cintura y mis caderas. El angelito también me mira, como dudando, me toma la mano y me empuja hasta un cuarto que está oscuro, repleto de cuerpos que saltan en un pogo gigante. Me besa y lo rechazo: tengo un novio, que está en su casa esperándome; nunca voy a ir, pero igual le soy fiel. Le digo al querubín que más adelante lo mato, que se prepare. Me dice que la fiesta no le gusta, que la gente está mal, dada vuelta, que mejor nos vamos a la calle. “Llueve”, le contesto; “nos quedamos acá”.
Andy está enojado y, entre risas de derrota, me llama puta.
-¿Puta? Está bien. Me lo dijiste.
-Creo que fue un acto fallido, perdoname linda.
-Sí.
Contra una pared Mariana (toda pana y charol) le grita a Bastien (todo alcohol y marihuana -qué loco, las dos palabras tienen hache intermedia-) que se va, que se sale de su relación enferma, que no lo soporta más, que la deje en paz. Él le contesta algo acerca de aprender de las personas. Ella lo mira con odio y le escupe un “¡Francés puto y yonky de mierda!” y le pega en el hombro. El francés se ríe y se da vuelta para irse. Mariana lo agarra de la camisa y le prohíbe moverse del lugar. (Mi hermana no tiene plata, carece de sentido de la orientación, no sabe en dónde carajo estamos y lleva unos tacos imposibles).
Ramiro, que está enamorado de Mariana, decide que nos vamos. Janis habla con un chico de bermudas y rastas y Carmen vegeta en el piso, contra una pared, su pelo rubio alumbrado por las velas que amenazan con dejarla chamuscada y pelada. Andy me agarra por el hombro y me lleva abajo, hasta el auto. Nos vamos en silencio.
Pasamos por el Obelisco, por Retiro, por Libertador. Todo el viaje hasta mi casa me aguanto para no darme vuelta y besar al angelito hasta la garganta.

En la fiesta quedan los novios, uno drogado la otra furiosa, y Carmen con cara de feliz cumpleaños, gracias por compartir. Se van los tres al CODO pero no entran.
Al otro día yo salgo con mi novio y pienso en el angelito, Bastien no logra recordar la pelea de la víspera, Mariana se resigna, Carmen duerme, el huevo kamikaze ensaya un tema nuevo, Andy parte al Tigre a hacer windsurf malhumorado, Janis vomita una resaca y Alec mira la tele.
Al otro día todos estamos contentos porque la vida volvió a la normalidad. O, mejor dicho, sigue en su tranquila naturalidad, fuera de su cauce, como siempre.

sábado, 11 de julio de 2009

giros

A veces me pregunto dónde fue que doblé mal. Todo venía tranquilo, derechita la ruta, y de golpe me encuentro en un vecindario totalmente equivocado. No recuerdo haber doblado, pero quizás la calle iba moviéndose un poco para la derecha y ni me di cuenta, distraída que estaría con otras cosas. Entonces algunas noches me despierto y me desvelo pensando dónde fue que giré mal, cuál fue el error que me trajo hasta acá.¿O no hay malos giros? Quizás por fin haya llegado a donde quería. Quizás por fin estoy en casa.

viernes, 10 de julio de 2009

No comments

Mi predicción del tarot para hoy:
Today you should be extremely careful with anything that's boiling under the surface of your private life. Anything unspoken, little white lies, skeletons in the cupboard or past love affairs that you have not admitted to. Beware, for the Moon could throw her penetrating light on anything shadowy and could awake the sleeping dogs. So, try to keep your cool, use the energy that Strength provides to prevent the volcano from erupting.

martes, 7 de julio de 2009

Caramelos Mu-Mu


Una vez, cuando tenía como tres años, hice algo que estaba mal, no recuerdo qué habrá sido, aunque probablemente era que no quería comer, como de costumbre, y mi madre me mandó a comer al baño.
En mi memoria, los almuerzos en el baño, sentada en una sillita y apoyando el plato en la tapa del inodoro son muchos; casi diarios. Pero mi madre jura que fue sólo uno, un día que ya no sabía cómo controlar a sus tres hijos separados por un año uno de otro. Y le creo.
La cuestión es que mi madre, la terrible bruja mala e incomprensiva, una hippie de 25 años y pelo lacio hasta la cintura, vestida con suecos y pantalones oxford, me había mandado en penitencia a comer al baño. Y que a mí la sentencia me había caído mal, muy mal, como una pena de muerte terriblemente injusta.
Entonces tiré la comida (un montoncito de pedazos de carne cortados en cubitos y unas papas ya frías) al piso, junto a la puerta de calle. La tiré toda. Creo que también tiré el agua. Fue algo grave, porque mi madre se enojó más, y me ordenó que levantara la comida, los pedazos de carne “uno por uno”. Y en mi rebeldía infantil le dije “uno por uno no. Los levanto de a dos. Dos por dos.”
Obviamente tampoco comí en el baño, sino que esperé a que alguien me rescatara.
Así que un rato después, ella, la bruja florida abrió la puerta porque quería darse una ducha.
Era verano y no íbamos al colegio. El aburrimiento signaba las horas de la siesta en las que nos negábamos a dormir y en cambio nos quedábamos inventado teorías que explicaran las cosas incomprensibles del mundo mientras mirábamos las aspas del ventilador dar vueltas y enfriar nuestras piernas.
Así que la linda bruja florida me sacó de la mazmorra y se encerró. Yo quería comer unos caramelos de dulce de leche que nos había regalado un tío abuelo que vivía en México y que por eso cada vez que venía nos traía regalos muy divertidos y muy plásticos. Pero como no me había comido la carne tenía prohibido el postre. Pero la bruja estaba en la ducha y no sólo comí unos de los caramelos sino que obligué a mi hermana menor a comerse uno ella también.
Y listo. La travesura secreta quedaría impune.
Pero no. Los poderes de la bruja eran más grandes de lo que yo sabía, y cuando salió del baño, su pelo envuelto en una toalla rosa, me llamó con un grito de esos que hielan la sangre.
La muy hija de puta no solamente había dejado los caramelos al alcance de mis manos, sino que además los había contado. Y de los once faltaban dos.
Así que esperé otra penitencia que no llegó porque ella realmente estaba cansada y lo único que quería era dormir una siesta en paz. Pobrecita. Sólo atinó a decirme que ella pensaba darme muchos de esos caramelos y que ahora los había perdido.
Pero no me importó, porque en cuanto cerramos la puerta mi hermana de dos años y yo corrimos a probarnos los dientes de Rosita, una viejita que acompañaba a la familia desde hacía tres generaciones, y que cuando dormía la siesta dejaba sus prótesis dentales en un vaso de agua junto a su cama. Y los dientes de Rosita también tenían rico gusto.

La nuit que mi abuela was blue


Una noche, cuando mi abuelo ya se había muerto, cuando faltaban unos meses para que mis padres se conocieran y cuando mi abuela todavía vivía en la vieja y enorme casona de Parque Patricios, vino un grillo.
No fue un grillo como un mensaje de Navidad o de compañía, sino que fue el grillo que encarnó a la soledad. Todos sus hijos habían salido y su marido la había abandonado de la forma más terrible de todas.
Creo que era verano, aunque no estoy del todo segura. Sí sé que eran los sesentas y que la década no se sentía demasiado en el mundo apartado y protegido de mi abuela.
La cosa es que ella estaba sentada en su cama, estaría leyendo, o cosiendo algo, o quizás sólo estaría demasiado deprimida para hacer cualquier cosa. Ella estaba ahí sentada, o mirando el contenido de un cajón, cuando vio saltar algo y después oyó el cri cri del grillo.
Era un grillo chico, como los grillos de los jardines de Buenos Aires. Pero fue suficiente para que ella entrara en pánico y saliera corriendo de la habitación, lívida de espanto y de desolación.
Como era tarde, quizás las tres de la mañana, o las cuatro, no se atrevió a despertar a la mucama que habría echado al insecto en un minuto.
En vez, corrió hasta el último cuarto de la casa, el más pequeño y el más húmedo, el que nadie ocupaba porque nadie lo quería, y se acurrucó en una de las dos camitas que había ahí, sin sábanas ni almohadas.
Y se quedó así hasta la mañana, cuando alguien vino a rescatarla.
Me imagino que esa debe haber sido una de las noches más tristes de su vida.
Y nunca encontraron al grillo, que volvió solito al jardín, si es que no murió del susto cuando mi abuela lo vio pasearse por su cuarto de madrugada.

Por qué no me gusta depilarme 2

Esta mañana me estaba arrancando un pelo de la ceja y recordé, como cada vez que elimino un peloceja sublevado, del cumpleaños de un noviete en un barsucho atrás del cementerio. Yo tenía como 20 años y me sentía totalmente fuera de lugar entre ese grupo de chicos ricos que se hacían los hippies. Estaba dura como una estatuita sin sentimientos, porque no lograba expresarme entre esa gente y mi noviete que me trataba peor que a sus all stars me dijo que a la hija de Teté Coustarot, que era su amiga, su madre le había dicho que no se depilara las cejas, que nunca más le iban a crecer. Obviamente la chica tenía las cejas perfectamente delineadas por la cera y la pincita.
Debe ser que me depilo para los hombres y que cada parte del cuerpo me recuerda a uno distinto.
Qué puta que sos.

lunes, 6 de julio de 2009

Por qué no me gusta depilarme

Cada vez que me depilo las piernas me salta un recuerdo. Mi ex novio me cuenta que estuvo con muchas chicas, después de que nos separamos (después de que me dejaste, pensé yo). Todas a distancias casi iguales de mi casa, hacia todos los puntos cardinales. Palermo, Once, Barrio Norte, Almagro. Va de noche en skate, viendo si llega o si se mata en el camino. Limado.
Cada vez vuelve a contarme también que estuvo con la mujer de su profesor de inglés.
Te felicito: me arruinaste un rito de belleza femenina. (Además de los viajes en avión).