lunes, 31 de agosto de 2009

Los perros


1.
Hacía tiempo que lo sospechaba y hoy tengo la certeza: la casa está llena de perros. Lo presentía por sus gemidos disimulados en todas partes: la tabla del piso que llora cuando alguien la pisa, la puerta del botiquín que aprovecha para lamentarse en cuanto alguien la abre o el estante de los platos que se queja en cuanto se lo llena con cosas.
Siento que ellos me vigilan todo el tiempo y creo que mientras duermo se amontonan alrededor de mi cama, oliendo, husmeando, el aire que sale de mi nariz y que se lleva mis sueños en los que, a veces, viajan ellos. Se acercan y hociquean mis brazos, mis piernas, jadean en mi pelo, lamen mi descanso.


2.
Evito estar sola en casa. Su presencia me asusta. Me observan pero yo no puedo verlos. Están en todas partes y creo que ahora son más. Procuro llegar tarde, justo para dormir. Subo el volumen del televisor para ahuyentarlos o para no oírlos. Enciendo la radio, canto un poco demasiado fuerte en la ducha. Con voz chillona. No puedo evitarlo.
Tal vez yo viva en un punto estratégico, magnético o mágico al que se trasladan los espíritus de los perros muertos. Ridículo... Imposible.
Tengo miedo.


3.
Los perros hoy se comieron la carne que dejé descongelándose en la cocina. También encontré el jabón de la ducha mordisqueado. La posibilidad de las ratas no existe, porque fumigaron el mes pasado. Voy a ver si puedo mudarme a otro edificio. Ellos invaden mi hogar.


4.
Es el colmo. Ayer, mientras trabajaba en la computadora, ellos me atacaron. Deben haber sentido el olor de mi sudor o de mi piel; no sé. No sé qué les dio tanta hambre.
Saltaron encima de mí y me arrancaron la carne de un brazo. Uno de ellos me mordió el vientre y perdí mucha sangre.
Estoy muy débil y no puedo moverme. Estoy tirada junto a la puerta. Esperándolos.

Just flip that coin

Your horoscope for August 31, 2009
Today, you will probably feel a little lost, Cecilia. You will have to come to a decision in the near future, and your life will be greatly affected by it. Should you listen to your desires and cravings? Should they be in charge of your life? Or, on the contrary, shouldn't you try to rein in your feelings and take the more practical route?

domingo, 30 de agosto de 2009

bedtime story


a comb and a brush
and a bowl full of hash
and an angry old lady
who was whispering rush

Secta se busca

Your horoscope for August 30, 2009
Spiritual progress could be enabled by association with a group today, Cecilia. Emotional issues from the past could rear their heads, but don't despair. Look at it as an opportunity to release old traumas that have been limiting you. Transcending limitations of any kind - emotional, spiritual or physical - is an especially productive approach to today, as you're likely to release a lot, and come out of the entire experience with a new focus on life.

I (heart) plastic


En la tele una mujer con cara de rata está enamorada de sus pisos. Sus pisos están grises y sin brillo y ella recuerda con una mirada que parece a punto de estornudar el día en que los eligió, los hizo instalar y los estrenó. El día de su boda con los pisos, los mosaicos eran blancos como dientes y brillaban. Pero el tiempo pasó, los dos cambiaron. Ella se puso un poco más aburrida; sus pisos perdieron la frescura de la primera vez. Porque la gente cambia, y eso es normal. Y la belleza es efímera. La mujer añora el pasado, mira a sus pisos viejos con compasión. Entonces viene una música como de final de película épica y ella vuelve a poner la cara de estornudo a la vez que mueve la cabeza y los labios un poco, como si estuviera repitiendo una fórmula matemática que se aprendió de memoria. Corte a botella de Blem pisos como el día que te desfloraron. La mujer pasa trapo con producto acariciando y lustrando a su amante. El amante vuelve a la vida. Ella también. Ahora puede sonreír. En la escena del clímax, ella arrastra una silla y sus pisos no se rayan.

Corte directo.

Una modelo con los pelos parados, rebeldes, con friz, sexy! hace un pucherito. Dice que tiene una fiesta, pero su pelo no le hace caso. Ella quiere que sus mechas se porten bien, se alisen, se aplanen y queden pegadas a su cráneo. Pero nada. Luego, de a poco y a fuerza de gotas para peinar Sedal, el pelo va siendo vencido, ordenado, hasta que finalmente su espíritu es quebrado. El volumen se convierte en ondas, las ondas se transforman en reglas que cuelgan de la cabeza de la mujer, que ahora sonríe revelando fundas dentales blanqueadas. Quedó fea, cara genérica, pelo frígido. ¿A dónde se te fue la voluptuosidad, mujer?

Corte directo.

Paula Colombini (sé que es ella porque hay un subtítulo que lo dice, no sé si tuvo mucha cirugía o toma corticoides, pero su nombre en la pantalla es fundamental para que la reconozcamos, y eso es importante porque Pantene le pagó mucho a la celebrity que tuvo el mal gusto de no parecerse a sí misma) camina por la calle. Muy mal, por cierto. Especialmente porque es modelo y las modelos deben saber caminar. Sus pelos rebotan, formando mechones perfectos con tirabuzones en las puntas. Pensé que ese peinado no se usaba desde 1999. Sonríe. Muy mal, por cierto. Parece una muñeca de las que caminan. Sonríe como un robot. Casi asusta.

Corte directo.

Araceli González (linda!) dice que cambió el jabón Lux por el jabón líquido Lux. Y que la piel le queda suave... como el terciopelo. OK. ¿Qué les pasó, chicos? ¿No saben que Araceli es un poco peluda y que su piel no debería quedar como el terciopelo porque me hace pensar en un bicho peludo, sino suave como el satén? Ahí se les pasó el detalle a los creativos, al cliente, al director, y hasta a la misma Araceli. Disturbing. Si yo fuera una monita estaría encantada con el producto.

Corte directo.

Qué felicidad. Son las seis en punto de la mañana y una música cálida con la voz dulce de un hombre acompaña las imágenes de una familia que va despertándose. Corte. El padre de familia sale de trabajar en una fábrica. Hace frío. Corte. La madre va levantando a los hijos (al varón adolescente tiene que aporrearle la puerta; debe estar pajeándose). Corte. El padre sube a un colectivo. Corte. La madre prepara una sopa Knorr (¡una sopa! ¡para el desayuno!) mientras sus hijos oscurecen la casa. Tapan cada agujerito por donde se cuela el sol para que vuelva la noche. Llega el padre. La casa huele a sopa. Todos se sientan alrededor de la mesa y la tele alecciona: "El principio también puede ser el final de un gran día".

Corte directo.

Me sirvo un poco más de vino. Me meto los dedos entre los pelos que me lavé con jabón común para lograr el volumen tan buscado. Le doy a mi perro su sopa, para que su día sea memorable. Se vuelca un poco en el piso pero no me preocupo porque él ya la está lamiendo. Lo voy a bañar con jabón líquido Lux. One gal's romantic sunrise is another gal's hangover.

viernes, 28 de agosto de 2009

miércoles, 26 de agosto de 2009

Al mediodía sopa de adoquín con guiso de lentejuelas



A la salida del colegio, a los chicos les gusta ir a correr al atrio de la iglesia. Juegan, luchan, coquetean, se enamoran y se pelean mientras sus madres comparten notas sobre temas cotidianos, recetas para que sus hijos coman, horarios de fútbol, noticias escolares.
Los adoquines del atrio están recién lavados y hay charquitos por todas partes, pequeñas sopas que contribuyen a la humedad del ambiente en este día especialmente caluroso, veintiocho grados en pleno invierno. Las palomas que los chicos espantan tiran gotitas de agua tibia y sucia en las caras de los niños y de sus madres como si fueran el espíritu santo rociando agua bendita sobre los fieles en la plaza de San Pedro, y luego se paran sobre la gruta de la Virgen de Fátima, que está enrejada para que nadie la adopte como hogar.
La mendiga de la puerta tiene el pelo cortado à la militar y las piernas extendidas, y usa su bastón para espantar a los chicos que se acercan demasiado a sus pantuflas hinchadas. Su hija luce un peinado engominado, que va a contrapelo desde la nuca hasta la coronilla y forma un remolino justo antes de la frente. La hija con la cara colorada y las manos sucias mete pan en su sonrisa perenne y saluda a los hombres flacos, con ojos mareados y pelo largo y brillante por la grasa que fuman colillas mientras esperan la hora en que se abrirán las puertas de la secretaría del comedor parroquial y les servirán guiso para el almuerzo.
Un niño de dos años y su pequeña amiga se acuestan en el piso de piedra, boca abajo, sus cabecitas rubias pegaditas, y juegan a que duermen una siesta, los dos abrazados a la ovejita que ella arrastra a todos lados. Comparten sus alientos calentitos y dulces y se dicen un secreto ininteligible, un secreto en un idioma que sólo ellos dos conocen. Quizás él le pregunta qué le darán de comer en su casa y ella le cuenta que guiso de lentejuelas y locro hecho con dientes.
Las puertas de la iglesia están cerradas para que los chicos del colegio no jueguen a las escondidas entre los santos, y no se puede rezar al mediodía, por lo menos hasta que ellos se vayan a sus casas entre llantos de hambre y cansancio, forcejeos con sus madres, bastonazos de la vieja, escupitajos de miga de pan de su hija, alivio de los hombres que ya van a comer y miradas vacías de las palomas mientras, por culpa del calor, cagan en cadena sobre las cabezas de María Santísima y sus pastorcitos.

lunes, 24 de agosto de 2009

Y él lo traga


Por suerte ya no es tan temprano y puedo subirme al vagón del subte sin tener que empujar. Lo único que no es negro en mi ropa de hoy es el cablecito de los auriculares, y eso no me gusta. Porque es la mañana y parezco hace muchos años, cuando los lunes un martes otro miércoles a la noche y sin avisar me pasaban a buscar dos amigos en una moto, y yo que estaba en pijama me cambiaba rápido y me escapaba sin hacer ruido para que mi padre no supiera que me iba con esos dos tipos, esos dos tipos que te llevan entre ellos dos en la moto y encima sin casco, que los vi la otra noche doblando la esquina en Laprida, qué hacés con esos tipos, y ellos quiénes son qué hacen qué quieren con vos.
Además con la primavera ya amenazando las otras mujeres usan ropa rosa, fucsia, aunque sea un pañuelo floreado sobre el suéter, y yo de negro con los ojos pintados de negro con la música demasiado fuerte. Es que ya no recuerdo cómo era esto de salir a trabajar temprano y cuando me visto y me pinto me confundo y lo hago como si estuviera yendo a la noche. El resultado es que parece que vuelvo, y no que voy, y de a poco me voy deslizando hacia el otro del vagón que parece que no durmió. Tiene 30 y un traje viejo camisa amarillenta corbata de su padre el día que él nació pelo muy sucio o todavía mojado una sola cana las manos más lindas del mundo con uñas demasiado cortas cortadas esta mañana uñas cuadradas recién afeitado ojos cansados lo besaría en la boca. Él está sentado y yo parada a su lado y leemos el libro que tiene entre sus manos. "Le dije a mi marido que lo obedecería en todo, y desde entonces tenemos la relación más libre que hay". Algo así. Después una descripción de todas las obediencias de la mujer y las libertades de los dos, y me río un poquito porque son demasiado gráficas y él se sonríe y él lee mucho más rápido que yo porque no se da cuenta de que yo leo también, y las letras del libro apuntan para él y me quedan al revés.
La semana pasada vi un documental sobre el porno. Hasta ahora no tenía una opinión formada, más que es una industria del espectáculo como otras, el cuidado que tienen que tener con el sida, no mucho más. Pero este documental mostraba el negocio desde la perspectiva de actores productores directores, y me pareció más duro, mucho más áspero, que otros que alguna vez vi. Acá contaban más detalles de los que yo necesitaba saber y aguanté casi hasta el final gracias al morbo que hacía que mis ojos se abrieran enormes cuando yo quería cerrarlos. Y como ya te dije, no voy a volver a ver al porno de la misma manera, porque me pareció todo demasiado sórdido con sus enemas con chorros de colores sorprendiéndome hasta el relato de un actor que explica cómo se limpia las manos en el pelo y luego tiene que ducharse. Suficiente.
Entonces en contraste con el recuerdo (o en su contexto) las letritas en el subte me parecen simpáticas, quizás por mi ropa negra y por su traje viejo. O quizás porque todavía no son las diez de la mañana del lunes y los recuerdos del fin de semana desordenado están en las orillas de mi memoria, con fiaca de escaparse.
O me parecen simpáticas las palabras del Marqués de Sade porque me imagino sin darme cuenta el resto del día, con bebés ajenos vestidos de rosa, que nunca mamaron leche y que nunca lloran, porque son tan buenitas, no sé qué haríamos si tuviéramos hijos demandantes, no podría, porque me paso el día en la oficina y ella por suerte cuando llego ni me llora, nada, se conforma con una mamadera que le da la mucama, por eso podemos tener tantos hijos, diez, cuarenta, cinco mil, porque nos los cuidan otras madres, y cuando nos los entregan vestidos de rosa nos quedan tan lindos, ¡si hasta combinan con nuestra ropa! Hoy oí a una mujer decir sobre su panza hinchada: "No queríamos otro hijo, queríamos un varón". A mí me dio un escalofrío. Y no me ayudó el morbo; tuve que cambiar de canal. Ojalá estuvieran dando de vuelta el documental del porno.


Foto de Estanislao Pónz

Querida Emma

Hace unos meses, le dije a mi marido que mi terapeuta me recomendaba un retiro espiritual para que meditara sobre la situación de nuestro matrimonio, que así seguramente podríamos salvarlo. Pero en realidad me fui con dos amigas a Bahía (Brasil) y pasé una semana de amor con un hombre negro. Ahora estoy embarazada, y no sé de quién.
¿Debo confesarle a mi esposo la infidelidad, o esperar y ver de qué color sale el niño –lo que me permitirá, si tengo suerte, mantener el secreto?
Espero su acertado consejo.
Suya, confundida en Baradero.

domingo, 23 de agosto de 2009

Maggie’s Farm


Por primera vez en mi vida laboral me había plantado y, contrario a lo que todos esperaban, exigía lo que me correspondía. Había nadado en la situación y me daba cuenta de que ahora convenía agarrarme a la ramita del borde del río en lugar de hacer la plancha para ir más fácil en el remolino. La ramita parecía endeble y me lastimaba las manos, pero intentaba probarme a mí misma que podía hacerlo, aunque plantarme en seco fuera lo último que quería hacer esos días. Por suerte se podía mezclar valium con Bob Dylan, y el combo, sumado a la marcha lenta pero constante del 10 y a las imágenes de la ciudad gris (por las nubes, por el hollín y por la crisis) me iba fortaleciendo a medida que me relajaba. Al final del recorrido de media hora, medio disco y media pastilla me habían dejado convertida en una fiera calmada, lista para dar un único zarpazo, tan certero, que acabaría con un mundo.
Necesitaba encontrar señales y me sobresaltaba con las palabras que Dylan me cantaba al oído: primero me aseguró don’t think it twice it’s allright, lo que me relajó bastante, porque todavía en ese momento tenía dudas sobre si lo que estaba haciendo estaba bien. Traer años de trabajo en negro a la mesa, exigir que se me pague lo que se me debe y pedir una indemnización. Mi abogado me dijo esta mañana el número, estamos de acuerdo. Ahora me toca hacer mi parte: “va a ser duro”, me dijo más temprano; y él sabe de problemas laborales. “Pero si entro yo en escena te va a tener que pagar tres veces más, ¿querés hacerlo? Es tu decisión”. Pero no me gustan los conflictos, y los esquivo al punto de querer borrar todo lo hecho, mandar el telegrama de renuncia y no pasar por la próxima hora de nervios mientras continúo plantada como la mula más terca del planeta y reclamo solamente lo que es mío.
Cuando el 10 para en la esquina de Las Heras y Callao y suben dos viejitas con tapados de piel apolillados, nadie les cede el asiento y creo que el chofer les pide dos, porque una parejita se levanta rápido y con mala cara de los de la primera fila y las viejas desaparecen de mi campo visual. Empieza otra canción y esta vez Dylan y yo celebramos I ain't gonna work on Maggie's farm no more. No, I ain't gonna work on Maggie's farm no more. Well, I wake in the morning, fold my hands and pray for rain. I got a head full of ideas that are drivin' me insane. It's a shame the way she makes me scrub the floor. I ain't gonna work on Maggie's farm no more y pienso que el trago de esta noche lo invito yo, porque voy a tener todo lo que quiero y voy a poder dormir en paz porque todo habrá terminado. También abro mi bolso y compruebo que la otra mitad de la pastilla está en el bolsillito guiñándome uno de sus ojitos celestes, el que todavía no me tragué, y con sólo saber que ella está ahí me siento mejor y mejor. Es que cuando se tienen amigos que te respaldan todo es más fácil.
Nos quedamos atascados en Suipacha porque hay un piquete formándose cerca, y pasa gente con palos, carteles y pancartas. Caras tapadas, niños en brazos, megáfonos y protesta. No me importa llegar tarde a mi cita con Maggie, porque ahora recuerdo la idea de no conformarme, que total morirnos, nos morimos todos, y que más vale vivir un poco mejor mientras pueda ah, but I was so much older then, I'm younger than that now. La gente termina de pasar y el colectivo arranca dejando una nube negra de caño de escape sobre los policías que acompañan a los piqueteros.
Toco el timbre de la oficina de Maggie justo cuando empiezan los primeros acordes de It’s all over now, Baby Blue y pienso que quizás deba sentarme tres minutos en la escalera y terminar la sesión de terapia, pero es demasiado tarde porque la recepcionista y única ocupante de la oficina, besides Maggie, opens de door and greets me with the fakest love ever faked.
Maggie está por llegar y aprovecho para organizar el disco duro de la computadora que fue mía. Borro fotos de mis hijos, emails personales, y preparo mi ahora antiguo trabajo en carpetitas bien organizadas para que pueda entenderlas la pobre que me siga en este camino que para mí se convirtió en precipicio.
La recepcionista quiere que fumemos un cigarrillo y en la cocina la pileta está tapada de yerba mate, hay platos sucios y el agua llega casi hasta el borde. Algunos pedacitos de yerba nadan muy lentamente, y se desequilibran con la gotita que cae cada dos segundos y medio. Mientras fumamos, la recepcionista me hace miles de preguntas que contesto sin contestarlas, y después pasamos a hablar de su propia situación, ella no sabe todavía qué va a hacer y yo sé que es muy probable que siga con Maggie hasta su muerte, aunque se la pase criticando las injusticias que ve y que sufre casi a diario.
Cuando ya creo que no voy a poder resistir más las ganas de escaparme de ahí, llega Maggie y vamos a su oficina. ¡Tin tin tin! Round One!
–Ya lo pensé, y me voy. Quiero una indemnización por despido.
–Ay pero si el viernes te parecía todo perfecto.
–Sí, pero el fin de semana lo pensé bien y no creo poder trabajar desde casa. Con los chicos y todo, y necesito un cambio.
–¿Pero estás bien? ¿Tu matrimonio está bien? ¿Necesitás plata? ¿Qué provocó este cambio de opinión en vos?
–Sí, perfecto, gracias por preguntar. Pero necesito un cambio. Reconozco, agradezco, y te diría que hasta dudo un poco; pero necesito un cambio.
–¿De cuándo es el reconocimiento que querés?
–Tetenta me parece justo.
Maggie anota en un post-it. Que lo va a consultar y me llama en un par de días.
Hablamos dos pelotudeces pero no cambio de opinión y me voy de la oficina pesando un poco menos. La recepcionista está hablando por teléfono con su novio mientras fuma el tercer cigarrillo en cadena y evito despedirme.
Cuando llego a la calle vuelve a empezar It’s all over now, Baby Blue y medito sobre la conversación. Demasiado fácil, pienso. Veremos qué pasa en el segundo encuentro. Pero por hoy terminó, y decido caminar hasta casa porque las nubes empiezan a abrirse y tengo demasiada energía nerviosa acumulada. Me compro una coca en un kiosco y me tomo la segunda mitad del valium que me saluda hello, old friend, it was about time, honey! ¿No es gracioso que las pastillas me hablen en inglés?

sábado, 22 de agosto de 2009

Delicias domésticas


Ya hacía tiempo que nada se rompía en casa, así que no me sorprendí cuando, la misma mañana, se cayó el tendedero, el lavarropas dejó de desagotar y la vecina de abajo me avisó que le llovía la cocina. Tampoco me sobresalté cuando al mediodía hice correr el agua del inodoro y me quedé con la manijita de plástico blanco en la mano, ni cuando al perro le dio un ataque de diarrea en medio del living.
Graciela, la mexicana del depósito de la tienda de ropa italiana del Stanford Shopping Center, decía que las desgracias vienen siempre de a tres, entonces si pasaba algo malo ella enloquecía y entraba en una especia de pequeño trance nervioso hasta que le llegaban las confirmaciones de las tragedias número dos y tres. Era tan vehemente en su creencia, que hasta a mí me asustaba un poco a veces, porque lograba que mi incredulidad en todo lo que profesan los creyentes se transformara en miedo a ver fantasmas, en miedo a que se cumplieran sus premoniciones.
El percance del lavarropas no era grave y se solucionaba llamando al técnico de Electrolux, no a la empresa sino a su casa, describirle el problema a su mujer y hacer una cita, y esperarlo por la noche, después de su turno, cuando llegaría con una bomba de desagote que instalaría a cambio de doscientos cincuenta pesos. El tendedero, por otra parte, tampoco era grave, porque enseguida descubrí que si mantenía el equilibrio mientras colgaba la ropa (si por ejemplo ponía un jean adelante a la derecha, debía ubicar otro de tamaño similar, o dos pequeños, atrás a la izquierda) podría dejar para más adelante el arreglo profesional.
La cadena del baño se solucionó rápido también, atrapando el palo del flotante con la tapa del depósito de agua y dejándolo asomar, así cada vez que alguien necesita hacer correr el agua tira del palito y listo.
Pero la lluvia en la casa de abajo era algo que teníamos que solucionar inmediatamente, y eso dijeron los plomeros cuando vinieron el viernes a última hora. Cortaron el agua, identificaron que el problema provenía del caño de desagote del lavarropas, desconectaron la máquina y me dijeron que nada de lavar ropa hasta que ellos lo solucionaran. O sea, hasta la semana que viene, mínimo. Porque nunca vienen cuando dicen que lo harán.
Pero en una casa con cuatro humanos y un perro incontinente, estar tres o cinco días sin lavar ropa no es una opción, e ir al lavadero mínimo una vez cada veinticuatro horas tampoco. Entonces como el problema es el desagote, ahora me quedo sentada junto a la máquina esperando a que terminen los ciclos de lavado con dos baldes y una palangana dispuestos en una fila, mientras leo una revista y fumo los únicos cigarrillos de mi vida. Cuando veo que se acerca el centrifugado, me preparo como un perro que espera el silbido de su entrenador para saltar, y voy llenando baldes y palangana, vaciándolos en la pileta de la cocina, intentando no inundar el piso en el proceso, que no se me moje la revista, que no se me apague el cigarrillo que sostengo con labios y dientes, y que no se me pase por alto algún ciclo de centrifugado, porque ese sería el acabóse de mi solución y del techo de la cocina de la vecina de abajo.
Pero si todo me sale bien, planeo seguir haciendo las cosas de esta manera, porque los plomeros me desagradan: son dos, que trabajan por separado. Si tengo buena suerte, viene Montilla, fumador en cadena, que para trabajar cierra puertas y ventanas y mezcla colillas con escombros. Cuando Montilla termina, tengo que lavar hasta las paredes para eliminar el olor a cigarrillo. Si tengo mala suerte, llega el Gordo. Que tiene un olor a culo tan fuerte que cuando se va nos tenemos que ir a vivir por dos días a otro lado, y dejar la casa toda abierta, y también ir a rezar a la iglesia para que el olor se vaya.

viernes, 21 de agosto de 2009

Chica sucia


Un perro gordo y destartalado como una vieja con la cadera vencida sale de un garaje y me mira con ojos desparejos. Parece un sillón roto, una pata para cada costado. De la boca le cuelga un hilo de baba espesa llena de pelos. También le asoma uno de sus colmillos inferiores.
Es feísimo y le gruño, y enseguida trota moviendo la colita y aplasta su cara contra mi pierna. Como él me da mucho asco y su reacción mucha lástima, estiro la manga de mi abrigo para cubrirme la mano, y lo acaricio un poco, en realidad apenas le doy unas palmaditas en la cabeza, y me doy cuenta de que mi ropa, y probablemente también mi mano, van a oler a pis vencido por el resto del día.
Pero el perro se pone tan contento, creo que mi mano es el hito de su semana, que se tira en la vereda con la panza para arriba: quiere más. Y yo quiero pararme, darle una patada, y borrar los últimos momentos.
Entonces me arremango el abrigo para que no toque su piel sarnosa y saco las uñas un poco más para afuera y, con los ojos fruncidos y la nariz cerrada le rasco la panza. Le dan cosquillas y parece que guitarrea con una de sus patas delanteras. Jadea una sonrisa con mal aliento y da una vuelta sobre su espalda, se estira más con las patas más duritas para arriba, y entonces me da tanta lástima que me acuesto en la vereda junto a él y lo abrazo y le doy un besito entre las orejas.
Después de unos cinco minutos de estar haciendo cucharita con el chucho me levanto y me voy corriendo a tomar el subte, porque hoy tengo una reunión definitoria con mi cliente más importante. Por eso es que me había levantado temprano para planchar mi vestido, maquillarme y peinarme de señora.

jueves, 20 de agosto de 2009

joya nunca puta


Busco a alguien que me quiera
por lo que soy, sin importar cómo me veo.
Que no se moleste con mi desorden
mi desorganización
mi mal humor
mi vaguez
mi mal humor (porque es mucho)
mis vicios
mis malos hábitos
mi inutilidad.
Que se enamore de mi falta de sueños
de practicidad
de sentido común
de alegría
de constancia
de buen gusto
de iniciativa
de buenos modales
de calidez.
Y que tenga mucha,
mucha
plata.
(También tiene que ser sexy).

Identity theft

Creo que durante los años que pasé en California sufrí una pequeña crisis de identidad. Todos los días, para ir a trabajar, tomaba el ómnibus que une Millbrae con Palo Alto, desde Sequoia High School en Redwood City hasta el Stanford Shopping Center. Todos los días viajaba con un grupo de latinos que me miraban de reojo, quizás preguntándose cómo era que yo había perdido mi permiso para conducir.
Me parecía que había una conspiración de latinos en mi contra. Por ejemplo, cuando recién llegada le hablaba a alguna mexicana en español, ella me respondía en un inglés con un acento que yo todavía no lograba descifrar. Y me quedaba sin respuesta y frustrada con la negación de la tipa a responderme en el mismo idioma en el que le había preguntado, en definitiva nuestro idioma.
El desprecio que me llegaba de mis co-hispanos me ponía de mal humor: gringa no pensaba ser, aunque el Immigration and Naturalization Service hubiera decidido unilateralmente cambiar mi apellido por el de mi marido. Así, a partir del momento en el que recibí la green card en el correo me enteré de que ya no era Cecilia Galli, sino que me llamaba Cecilia Henderson. Y me enojaba: soy latina y para que no queden dudas, hasta en el formulario de mi tarjeta del seguro social dice HISPANIC. Y la rabia no se me pasaba, sino que cada vez era más grande, como una bola de chicle que mientras rueda por la alfombra va juntando pelos, uñas, basuritas y pelusas.
Pasa que para los latinos nacidos más al norte de Sudamérica e instalados en California, la separación era clara: mi piel pecosa no tenía correlación con su identidad étnica, por lo que de ninguna forma yo podía ser hispanoparlante. Pero yo seguía siendo argentina, mi acento era claramente foráneo y mi tamaño también, porque como a mí no me criaron a fuerza de fórmula para bebés y desayunos copiosos, me quedé en el metro sesenta y cinco, o sea five four, como me gustaba asegurar tan fresca. Y entre la masa de rubias con cuerpos de lacrosse y ojotas en pleno invierno parecía una muñequita Pin y Pon.
Pero mis problemas de identidad no terminaban con los latinos.
Las rusas fajadas que entraban en la tienda italiana me hablaban en ruso, y yo les respondía I'M NOT RUSSIAN, a lo que la mayoría lanzaba una carcajada it's a joke! you look so Russian, you have to be Russian! El chiste continuaba mientras Karina le contaba la situación a su prima Ivana, quien a su vez se reía un poco más fuerte y en ruso, justo antes de hacer equilibrio sobre sus tacos hasta uno de los espejos del fondo para comprobar que su culo seguía en su lugar, acomodarse las tetas, y ponerse un poco más de lip gloss.
Después, cuando las coreanas dulces que me preferían porque yo era la única que las entendía (tengo una habilidad comprobada para entender a los asiáticos que hablan el inglés con acento fuerte) se animaban a preguntarme mi procedencia, respondían: Algentina, crose to Spain, huh?
Por esas épocas, pude sacar mi pasaporte italiano en el consulado de San Francisco. Que funciona en una casa antigua y es chiquito. Sólo tiene una oficina con una mesita ratona y dos silloncitos y está siempre vacío. Al contrario del de Buenos Aires, que está siempre repleto de personas que hacen fila desde la madrugada para poder comprobar su derecho a la nacionalidad.
Para los italianos del consulado de San Francisco, yo no era italiana por vía sanguínea, sino que era igual que cualquier otro nacido en Fenegró, donde dice mi carta de ciudadanía que estoy registrada. Y por eso no tenían paciencia para mi ignorancia. Los del consulado en San Francisco me conocían la cara y cuando abría la puerta gritaban: qui viene Galli, la italiana che non parla italiano! O algo por el estilo. La última vez que fui, con mi hijo mayor en brazos, se indignaron ante mi irresponsabilidad: ¡Galli, usted debe denunciar a ese niño, porque él también es italiano!
Pero en ese país yo ya no me llamaba Galli, y ni siquiera sabía si era argentina, italiana, latina, europea o gringa.

miércoles, 19 de agosto de 2009

No quiero ser Cecilia


Mi nombre. Un problema.
Significa ciega. Incluso antes de saber que los nombres podían tener significados (pobres las Soledad) estaba segura de que un día me iba a quedar ciega. O virgen. Porque Santa Cecilia perdió sus ojos para conservar su virtud. Y murió mártir, algo que siempre me aterró porque nunca logré estar de acuerdo con el concepto.
Pero peor todavía que morir virgen y ciega: una tarde de verano, a la hora que baja el sol, estaba jugando en el jardín delantero de la casa de mis bisabuelos. Todos tenían sandalias blancas de cuero y estaban sentados en sillas blancas de metal. Mi bisabuela Belle Époque tenía un vestido blanco, y mi bisabuelo un traje blanco. Pero era 1980 y estaba empezando a refrescar porque estábamos cerca del mar.
Yo jugaba con un palito o con un pastito o con una piña de un pino. Y oí que decían mi nombre. Pero de una forma fea: susurrando. Que Cecilia se había muerto tan chica, qué tristeza, que cómo lo habían superado, qué tragedia, en esa época era tan poco lo que uno podía hacer.
Como siempre, me hice la que no había oído nada, total ellos ni habían notado mi presencia sigilosa en el jardín. Seguí escuchando y pude llegar a la conclusión de que la otra Cecilia había muerto envenenada a los dos años de edad, alrededor de 1920. Espantoso. Horrible. Espeluznante. Era mi tía abuela.
Ahora sabía de dónde había venido mi nombre, y después de esa tarde nunca le pregunté nada a nadie. Sólo una vez: mamá, ¿de dónde sacaron mi nombre? Nos gustaba mucho. ¿Pero cómo se les ocurrió? No sé, se nos ocurrió. En realidad siempre estuvimos seguros de que eras varón, y siempre te llamamos Federico, hasta que naciste y eras mujer, entonces te pusimos Cecilia.
Una confirmación, la del nombre, y otra incógnita develada: por qué odiaba los vestidos y las muñecas. Ahora sabía que no era mi culpa, sino que siempre había creído que era un chico y no una chica. Entonces que dejaran de perseguirme con su ¡por qué te vestís de varón! ¡Por qué te autoagredís de esa manera! (Pero yo me autoagredía de formas secretas que ellos nunca notaron).
El nombre. Ese fue mi único intento de conseguir una confesión de mi madre.
Hasta que fui grande, muy grande, y hace pocos meses ellas hablaban del árbol genealógico, de sus nombres repetidos hasta la prehistoria, de las cargas que deben soportar por tener el nombre de la madre y de su madre y de la madre de esa... Y yo largué un de qué mierda se quejan, por lo menos no tienen el nombre de una chica que murió a los dos años envenenada por su padre que sólo intentaba cortarle la diarrea estival y en vez de eso, siguiendo las órdenes de un médico chicato, la mató a cucharadas de láudano. Terrible.
Mi madre, que iba manejando, casi choca. Que de dónde saco esas ideas locas, yo le cuento de dónde, ¿de dónde creés que las saco, que me las invento, que soy tarada y no me doy cuenta de las cosas? Desde hace treinta años que lo sé y no son capaces de decírmelo. Ella que no, que cómo vamos a hacerte eso, el nombre nos gustaba.
Todavía no me dicen si les gustaba porque les hacía acordar a la Cecilia esa (en realidad a esa le decían Cicita, que fue el sobrenombre que tuvo mi abuela desde su nacimiento, en el día del segundo aniversario de la muerte de su hermanita, hasta su propia muerte; porque su madre creía que ella era la reencarnación de la otra), o porque me auguraban una vida de ceguera virginal. Pero soy más paciente que ellos, y puedo seguir esperando.

loser

He's So Fucking Dark
cries but then glows in the dark
I just suck big time.

lunes, 17 de agosto de 2009

¡Agradeced, ingratas!


Hace exactamente nueve años, otra crisis económica local nos golpeaba, nos asustaba y nos revoleaba por el aire. Parecía que esta vez sí llegaba el fin del mundo, y si alguien recibía el telegrama de despido la noticia era tomada como una sentencia de muerte. La sensación general era grave, y la situación real también.
Sin embargo, quizás gracias a la crisis y a que los ejecutivos pensaban que podrían paliarla generando alguna ventaja competitiva que los haría más interesantes a los ojos de las multinacionales, la empresa de capacitación donde trabajaba Erika había aumentado sus ventas. Cada vez mejor respuesta a los folletos promocionales, cada vez más inscriptos en los seminarios sobre temas de Management. Las ventas subían, todo brillaba. Pero un poco en secreto.
Porque una vez que se pinchó la burbuja de Internet y la gente del Chase dejó de visitar las oficinas del Microcentro, comenzaron las reuniones a puertas cerradas de las que los antes optimistas, joviales y soñadores socios salían con caras largas, y a veces hasta peleados unos con otros.
Un lunes salió la noticia: recorte salarial para todo el mundo. Así que se lanzó el rumor por la mañana, y después del almuerzo empezaron las reuniones personales en las que un socio casi lagrimeante comunicaba la noticia a un empleado que terminaba sollozando, agradeciendo la baja del 10%, menos mal que la empresa no cierra, gracias por no echarme a morir al desempleo eterno, yo los banco, trabajo gratis si hace falta, pero de esta crisis salimos todos juntos.
Hasta que le llegó el turno al departamento de Comunicación. Erika e Inés tomaron la noticia con tranquilidad: preguntaron cuánto tiempo duraría el sueldo reducido, si el cambio del monto modificaría sus aguinaldos, y dijeron que confiaban en que una vez pasada la crisis las cosas volverían a la normalidad. Cometieron un error grave, y fue que no derramaron ni una lágrima. Si algo tenían estas dos en claro era que al trabajo iban a trabajar, que amigos tenían en otros lados, y lo mismo familias. Y amantes. Y que la empresa era su fuente de sustento, nada más.
Así que después de observar atentamente su respuesta, Quique esperó un poco más. Les preguntó si querían agregar algo, y ellas dijeron que no, que entendían la situación. “¿Nada? ¿Se sienten bien?”, y una de ellas preguntó si el brochure en el que habían estado trabajando estaba aprobado para imprenta. Otro error.
A las seis en punto, cuando apagaban sus computadoras y se pintaban los labios antes de salir a divertirse, suena el teléfono. “Erika, Quique. ¿Pueden subir a la sala del Directorio? Estuvimos pensando y hay algo que queremos hablar con ustedes”. Erika e Inés lo discuten y llegan a la conclusión de que la medida se revierte, ya que ambas son sostén de hogar. Que los socios seguro decidieron ayudarlas. Y que los cerdos bailan chamamé.
Silencio en el ascensor hasta el piso nueve. Silencio en el piso nueve. La secretaria obsecuente las mira de reojo, gozando cada paso que las dos dan hacia la sala. Es una reverenda hija de puta.
Sala de Directorio. Erika e Inés se encuentran cara a cara con los cuatro socios y con Quique. Se cierra la puerta. Les indican que se sienten. Los cuatro socios y Quique se quedan de pie.
–¿Tienen algún problema con la medida que tuvimos que tomar con todo el dolor del mundo? –acusa el Presidente.
–No, ya dijimos que entendemos –contesta una.
–Porque no nos gustó su actitud –dice otro de los machos.
–Está todo bien; ¿ahora podemos irnos?
–No. Se quedan acá.
Y comienza una discusión, acusaciones, que por qué no lloraron, si todos lloraron, es que el departamento de Comunicación, o sea ustedes dos, no está comprometido con la empresa, que somos una familia, y que así, si no se ponen la camiseta, la cosa no va eh, ¡la cosa no va!, grita el Director, con un poco de cocaína pegada en la nariz.
El secuestro dura dos horas. Erika e Inés no atinan a levantarse e irse. Tampoco se les ocurre gritar, ni putearlos. Están heladas. Congeladas. Raptadas.
Cuando los cinco señores terminan su ronda de odio, son puras sonrisas, che, que acá somos todos iguales, una gran familia, que tenemos que tirar para el mismo lado porque la empresa es un barco y yo el capitán, que debemos estar alineados para triunfar, para alcanzar el éxito.
El Éxito, esa palabra que el Presidente siempre pronuncia con mayúscula, porque es lo único que lo motiva, lo único que lo interesa. El Éxito de su empresa, que es el suyo propio. Mientras sus hijos adolescentes aspiran Poxipol pensando que no lo conocen, y mientras su mujer le enseña todo lo que sabe sobre el amor al hijo del vecino, de quien está perdidamente enamorada, aunque apenas sea legal hace un mes.
Cuatro socios exitosos que generan un poco más de plusvalía mientras hacen que sus empleados hoy vivan un poquito peor que ayer. Y Quique, cada vez más enano, cada día con un poco menos de pelo, tan confiado con su colonia secreta de Max Steel.

domingo, 16 de agosto de 2009

Especies arbóreas


Cuando era muy chica, en el balcón de mi casa había un gomero que nunca crecía. Porque cada vez que asomaba su brote rosado, yo lo arrancaba y se lo llevaba como ofrenda a mi padre. Me parecía que era una flor, y mi padre era mi ídolo. Pero él se enojaba porque yo le rompía el gomero y me pedía con paciencia que no volviera a hacerlo.
A él las plantas siempre le gustaron, y siempre las cuidó bien. Cuando alguien tiene una moribunda, él se la lleva a su casa y a los pocos días la planta saca hojas nuevas, florece, crece. Y sus nuevos brotes son siempre brillantes y carnosos. Nadie sabe qué es lo que hace, y él sólo explica que las cuida.
Yo no heredé ese gen. La verdad es que tengo mi balcón repleto de plantas. Unas mías, otras dejadas por los ocupantes anteriores, y otras que el portero del edificio rescata de la basura y me regala. Pero nunca me acuerdo de regarlas. Creo que las riego una vez por trimestre. Pero sobreviven, y en bastante buen estado. Ahora que lo pienso puede ser que tenga esa habilidad de mi padre.
Lo que es seguro es que todavía me gustan los gomeros. Que muchas veces confundo con ombúes.
Pero los gomeros son árboles y los ombúes son yuyos. Las dos especies son gigantes, dan sombra en las plazas de la ciudad y permiten un descanso frondoso en el verano aplastante. Pero son distintas una de otra, no sé por qué las confundo tanto, quizás porque no miro bien.
Los gomeros tienen raíces aéreas, pueden alcanzar hasta sesenta metros de altura, su tronco macizo es irregular y mide unos dos metros de diámetro. Sus hojas son enormes. Su látex se usa para fabricar chicle y sus ramas son excelentes para trepar.
Del ombú no se decide si es un árbol, un arbusto o una hierba. No es tan alto (aunque llega a los 15 metros) y sus hojas son pequeñas. Pero al igual que el gomero muestra sus raíces que salen de la tierra. El ombú es muy resistente: nativo de las pampas, crece rápido, posee una savia tóxica que lo hace inmune a buena parte de los insectos que atacan a las especies vecinas, y puede sobrevivir en lugares áridos gracias a que en su madera esponjosa guarda agua. Su nombre significa sombra o bulto oscuro en guaraní. También sirve para trepar.
Según la definiciones, los dos árboles son bastante distintos. Debo confundirlos porque a efectos prácticos son iguales: dan sombra y puedo treparlos. También son buenos para esconderse.
Una noche, un amigo mío estaba teniendo sexo con su novia arriba de uno (no me preguntes de cuál) y se cayeron; a él tuvieron que internarlo. Repitieron la operación en el hospital, y se cayeron de la cama. Tenían problemas de equilibrio.
Esos árboles me gustan porque cuando el clima está cálido largan un perfume suave, como de tierra húmeda que me hace pensar un poco en sexo. En estos tiempos de cambio climático también pueden pasar cosas buenas, y el apocalipsis nos regala una corta primavera en pleno invierno. Entonces de las plazas salen los aromas que me transportan a días más cálidos y las veredas recién lavadas también huelen a mañana de verano, y pienso que quizás hoy vaya a ser un buen día.


sábado, 15 de agosto de 2009

камера

Son las cuatro de la mañana y la casa de Carmen está llena. Comedor, entrada, cocina y living son un desparramo de discos, ceniceros, humo, encendedores, vasos usados, música, botellas, colillas, bolsos, conversaciones, tucas, risas, personas.
En la cocina está, apoyado sobre una mesada y escondido entre menúes de delivery, el pequeño televisor blanco que trae las imágenes grises de la vereda tomadas por la cámara de seguridad del edificio. Lucas y Erika están sentados en dos sillas, bien juntas, mirando a ver si llega alguien, porque se les ha metido en la cabeza que deben abrir la puerta antes de que los invitados toquen el timbre.
La calle de la Biblioteca Nacional es a esta hora fría y vacía, y aunque no se ven las pequeñas hojitas de los árboles volando y reptando por las baldosas, ellos saben que están ahí, escondidas en el monotono del monitor de mala calidad.
La poca gente en la calle camina apurada, con las manos apretadas adentro de los bolsillos. Vuelven rápido a sus camas tibias y seguras de sábanas suaves impregnadas con el olor de sus sueños.
Erika está decepcionada porque a la fiesta ya no llegan muchos invitados, y empieza a odiar su trabajo de portera. Pasó media hora desde que se sentó ahí y ya quiere renunciar. Por lo general no se cansa de los trabajos tan rápido, pero siempre, sin excepción, al poco tiempo de entrar en uno nuevo se aburre e inventa cosas para distraerse.
Cuando trabajaba en la empresa de capacitación ejecutiva, hacía carteles con frases y los pegaba en la ventana del primer piso para que pudieran leerlos quienes esperaban en el semáforo para cruzar Corrientes. Así, les había advertido a los ejecutivos y a los abogados que caminaban por su ocupada esquina del Microcentro "Todo es mentira", "Abre los ojos", "Corré mientras puedas moverte"; y los había interpelado: "¿Tu conciencia te deja dormir de noche?" y "¿Estás seguro?". Otra vez, en el mismo trabajo, cuando le tocaba entregar carpetas y cuadernillos a los asistentes a los seminarios, escribía mensajes y los escondía entre el material, que luego repartía al azar entre los asistentes. "Te espero junto al baño, no tardes", "Hoy te ves mejor que nunca" y "Dejá tu vida" sorprendieron más de una vez a los jóvenes empresarios ávidos de ese éxito que sólo puede dar el dinero.
Y aunque este no es su trabajo, ella se toma muy a pecho las tareas que inventa. Y como a esta ya la odia, idea un nuevo entretenimiento.
Toma el tubo del portero eléctrico, igual a un teléfono, y lo ubica contra su rostro. Mientras prende su cigarrillo lo sostiene con el hombro. Espera y fuma. Fuma y espera. Lucas sigue mirando la pantalla con una risa a medias completamente congelada en los ojos. Con la boca un poco abierta.
Justo antes de pitar por última vez su cigarro, Erika se yergue apenas en la silla y, con el tubo del portero eléctrico todavía en su lugar, grita, ruge, lo más fuerte que le permiten sus cuerdas vocales enredadas en el humo que exhala.
En la pantallita, una mujer con un abrigo negro largo y botas con taco salta y se aparta hacia la calle, separándose de la puerta del edificio. Lucas casi se atraganta con la carcajada que le sale de la panza.
Cuando unos minutos después pasa una pareja, es el turno de Lucas. Aúlla un alarido que va de grave a agudo, y el hombre en la calle se asusta pero mientras su mujer suelta espantada un grito mudo se sonríe y le muestra a la cámara su dedo mayor de la mano derecha.
Un rato más tarde, y con varios sustos en su haber, Erika y Lucas han logrado atraer a un pequeño grupo de seguidores. Que celebran: persona, grito, susto. Persona, grito, susto. Una y otra vez.
Cuando se hace de día y la mitad de los invitados ya se han marchado (llevándose un susto de recuerdo), Erika dice que es hora de irse a la cama, y apagan el monitor.
Durante varias semanas esa primavera, las fiestas de sustos en la casa de Carmen fueron muy populares.

viernes, 14 de agosto de 2009

Ay... No thanks

Your horoscope for August 14, 2009
You might find yourself jumping from Lilly pad to Lilly pad like a frog today, Cecilia. This is one of those situations in which, if you stay on one pad too long, you are apt to sink it. Each pad, however, is an individual stepping stone leading to the big rock in the middle where you want to go. Keep your eyes focused on the Lilly pad ahead and keep jumping. Stagnant behavior will leave you soaking wet in the middle of the pond.

jueves, 13 de agosto de 2009

i'm with the band



En la barra del pequeño club de jazz local hay un clash cultural bien amalgamado y un hippie con ojos exorbitados le pide permiso al hombre rockabilly mientras roza con su brazo durante un momento demasiado largo a la reina de belleza de la noche que está vestida de Holly Golightly. Envidio su peinado y pincho una nota en mi memoria: mañana rodete yo.
Mi hermano y su amigo Tzequi Bon juegan a On the Road desde el fin de semana pasado perdido y me gritan ¡Galatea! ¡Galatea! mientras imagino que bailo y les pego que no me digan esas cosas porque adivino cierta maldad, que por supuesto niegan. Evitan aclarar quién es Paradise y quién Moriarty. Creo que porque no quieren pelearse. Citan a coro frases del libro y gritan a coro frases del libro. Son bastante pesados pero Galatea no puede enojarse con sus amigos y yo no sé cómo enojarme con mi hermano.
Un chico peludo con una mochila enorme nos empuja y Tzequi Bon me cuenta una noche de putas, que se le quedó el auto sin gas y la puta tuvo que empujarlo hasta un telo, que tenía miedo de que su padre encontrara el auto por la mañana sin gas y con una puta muerta en el asiento trasero.
El hombre rockabilly mira todo el tiempo a su alrededor, quizás porque no ve nada a través de sus anteojos de sol. Busca en todos algún guiño pero no: es el único y el último de su especie. Me dan ganas de contarle que cuando estoy sola me visto de pin-up girl y poso frente al espejo. Y que una noche soñé que era Bettie Page y al día siguiente me corté el pelo como ella.
Llega Svetlana H. y me grita al oído que Domingo C. le escribió I think I love you mami, miré tu foto todo el día y me gusta tu cara. Ella se asustó e hizo que no oyó nada, y ahora espera una señal del universo que le diga qué hacer.
Un pelado pasa su skate para atrás de la barra para poder moverse más tranquilo y un chico sin un brazo me invita a bailar, y le digo que no. Enseguida me arrepiento porque tengo miedo de que crea que lo rechazo por la ausencia del miembro, pero es porque soy tan tímida y para bailar en público tengo que haber consumido algo más que la cerveza que quedó vacía sobre la mesa.
Detrás de la barra hay un Slash con pelo de Slash y remera de Guns n’ Roses y en la cocina, asegura mi hermano, está otro tipo de una serie que mirábamos cuando teníamos 9 y 12 que tenía a Johnny Depp, y Tzequi Bon dice que estamos en Hollywood en Castellano y canta la cortina musical que hace que me deprima instantáneamente.
En un descanso entre entradas Randy Ramírez le cuenta a uno de los hermanos dueños del club que cuando hablo de él lo llamo “Ojos locos” y yo acoto avergonzada que es en el buen sentido, y me escapo mientras recuerdo una foto que nunca vi de esos dos hermanos a los cuatro años vestidos con delantal de escuela, tienen que haber sido tan lindos de chiquitos, con sus ojos locos y todo.
Me meto en una puerta que dice prohibido pasar y quince músicos me miran bajo la luz dura y blanca serios como si los hubiera pescado en pleno contrabando y les digo que a mí siempre me gusta estar detrás de esas puertas y que necesito plata para un taxi y para un trago y para un paquete de cigarrillos. Después de todo, soy la reina de la noche.
Y mañana no me voy a acordar de nada.

martes, 11 de agosto de 2009

Mamacita de mi alma

En mi país todo cuesta un poco más. Y no hablo de política ni de economía, para qué amagarme. Ni tampoco de que cada vez más gente pase hambre mientras los productores en protesta deben tirar leche por las calles. Ni de la inseguridad ridícula. Aunque muchas veces no me guste, yo quiero a mi país, esa es la verdad. Aunque esté roto y ya casi no funcione.
Y quiero también a mi ciudad, que es como un útero en pleno parto que se contrae furioso para expulsar a sus hijos a como dé lugar. Mi ciudad mugre y puerto que trata mal a sus habitantes, que se tratan mal entre sí, replicando la violencia de una madre patética y majestuosa que los golpea con sus baches, sus inundaciones, sus veredas llenas de mierda y sus piquetes y tiroteos, y luego les regala una plaza limpia y renovada un día de primavera con olor a ombú, para que ellos sepan que su madre disfuncional todavía los ama, a su manera.
Y sí, aquí todo cuesta un poquito más. Estos días la humedad tropical que se junta con el frío polar para amarse y helarnos la piel, la nariz, la garganta, los dedos de manos y pies, los cerebros.
Si embargo, me gusta este lugar. Quizás por los momentos contradictorios que me da.
Hoy, por ejemplo. Fui a ejercitarme. Con Darío, el profesor que nunca me regala ni un hola, de tan ocupado que está atendiendo a las niñas jóvenes de músculos redondos o largos, según corresponda a la zona del cuerpo. Pero hoy no había nadie, sólo uno de los dos chicos perfectos que siempre andan juntos y enamorados, todos los días volviéndose un poco más lindos y amándose todavía más. Y sólo una de las dos cuarentonas divertidas como chicas de escuela que no paran de reírse y de quejarse mientras levantan piernas y elevan glúteos intentando como todos desafiar el paso del tiempo y la ley de la gravedad. Optimistas condenadas.
Decía que el profesor Darío estaba aburrido pero con ganas, y diseñó una nueva rutina para entrenar mi cuerpo. Quizás estaba enojado o despechado. "A vos te voy a dar duro y parejo", sentenció mientras me alcanzaba una hoja con mi nombre, en la que había anotado una enorme lista de ejercicios, que calculó tardaría dos horas y media en completar. Ejercicios con nombres dudosos, como "negativas". O en aparatos parecidos a máquinas de la Inquisición que hasta ahora no entendía cómo funcionaban, ni dónde se supone que una debe poner la cabeza y dónde las piernas. Pero lo que en realidad me asustó fue la nueva atención que el profesor me dedicó, y su cara de satisfacción que subrayaba con una pequeña sonrisa cada vez que pasábamos a una nueva actividad. Parecía que quería hacerme doler.
Con el aliento de Omara Portuondo llegándome desde los parlantes y con determinación de tortuga, mi cuerpito completó la mitad del trabajo, porque el entrenador entendió que yo no tengo tanto tiempo para dedicarle al templo de mi espíritu, que mejor éramos realistas y dividíamos la rutina en dos grupos para distintos días. Cuando terminé, creí que no iba a poder caminar las dos cuadras que quedan hasta mi casa, y que Darío iba a tener que cargarme hasta mi puerta.
El dispenser de alcohol en gel contra la gripe, preguntas sobre mi enorme tatuaje que el profesor recién nota al año de estar trabajando conmigo, charlas con la cuarentona que me confiesa que cuando le preguntan su edad miente, y dice más años de los que tiene para dar la impresión de conservarse aún mejor, el calor en los abdominales oblicuos, la cuarentona que se casa en pocas semanas, están todos tan felices por ella, la sed, la odiosa máquina para glúteos que cada vez que uso hace que me tiemble todo el cuerpo, el frío helado, la humedad pesada, el olor suave de mi sudor, no me iores más papi no me iores lagrimitas que me siento una cosita que me acaba con el alma. No quiero que me iores que me digas mamacita de mi alma eres mi vida. Sabes que ese disco está raiado ia de oírlo tengo canas, todo es mentira.
Me tiro en una colchoneta y mientras estiro y estiro oigo la discusión de una paraguaya con la recepcionista del gimnasio:
–Que no, que ió iá hé pagado por trés meses y sólo usé uno.
–No señora, tiene que abonar la cuota de agosto, pagó por tres meses el veinticinco del dos, si no vino más al gimnasio, los perdió.
Le deseo una rápida adaptación, y pienso que la señora ya se va a dar cuenta de que aquí todo cuesta un poquito más. Mamacita de mi alma, a dónde has venido.

lunes, 10 de agosto de 2009

Las vengadoras

Esa tarde, a la una en punto, Lani entró en la boutique italiana del Stanford Shopping Center y, después de ingresar su número en la computadora, caminó rápido hasta la trastienda, donde tiró su bolso en una esquina y se largó a llorar. Erika, que estaba muy aburrida con su almuerzo, se la quedó mirando con la masticación suspendida. Lani nunca lloraba, y la tristeza del momento no encajaba con su acostumbrada alegría de atleta. Además Erika tampoco lloraba jamás y no sabía cómo reaccionar ante las lágrimas de su compañera, y menos cómo consolarla.
Según Lani lamentó entre humedad mucosa, Matt su novio le había confesado que la engañaba con su pareja de patín. Que la historia ya llevaba meses, que la relación a distancia no le servía, que no la quería más, que ella lo había esperado sin sentido. La había descartado de una vez y ella no podía parar de llorar.
Caricias de Erika, son todos niños, no te preocupes, es un desgraciado, you deserve to be loved Lani, such a cute lovely cool little girl.
En eso, antes de lo esperado, Lani levanta la mirada y la tristeza ahora es odio. Odio por haber sido ridiculizada. Asco por haberlo esperado. Rabia por ser tan inocente, tan tonta, claro que la pareja de él es una rusa putísima, que él es un hijo de puta mayúsculo, que se merecen el uno al otro y que ella quiere venganza.
Erika y Lani caminan juntas hacia el piso de la tienda, sus tacos rebotando en los cerámicos blancos del suelo. Una clienta turca con un brillante en uno de sus dientes se prueba jeans negros. Pregunta si pueden hacerle un dobladillo porque son demasiado largos. Erika le dice que hoy no, que si los quiere puede usarlos con tacos más altos. Porque las vendedoras están inventando planes nacidos del odio de la patinadora hawaiana. Y entre nosotras nos ayudamos.
Desde mandarle un grupo de tipos que le destrocen la cara hasta decirle a su nueva novia que tiene herpes. Decirle a él que Lani está embarazada y dos días después que era una falsa alarma. Decirle a su madre que toma esteroides. Denunciarlo por pedófilo.
Un café negro y se hacen las ocho de la noche. Cierran las puertas de la tienda una hora antes de lo estipulado porque no tienen ganas de estar paradas esperando que pase el tiempo. Vuelven a la trastienda y se echan en las sillas duras. Lani tiene los ojos hinchados y Erika le pasa su sombra gris para disimular un poco la deformidad. Van juntas al baño y mientras Lani se pinta Erika se arranca un pelo de la ceja que le ha crecido fuera de lugar.
Lani sube al depósito y trae un abrigo de piel verde y violeta. Erika se lo prueba y se transforma en la rusa Svetlana Horinski. Svetlana es mucho más práctica que Erika, mucho más audaz, mucho más mala. Y se le ocurre inmediatamente una venganza a medida. Van a llenarle el email de spam. Es una estupidez, pero no es nada moralmente malo, y al ingrato Matt le va a molestar.
Comienzan por la lista de mailing de su propia tienda. Después salen por la puerta trasera y recorren todo el mall, completando la dirección de correo electrónico de Matt en cada lista que encuentran. Y cuando no encuentran lista, la solicitan. Cuando vuelven al negocio, entran en internet y suscriben a Matt a todos los newsletters que se les ocurren. Varios de home, garden, home improvements y penis enlargement.
A las diez Lani se siente mucho mejor y se van a Nolita, en University Avenue, a que les compren tragos. Por supuesto, también lo apuntan a Matt en el mailing del bar y en el del restaurant de al lado.
Perdón Matt, pero ya sabés cómo es esto de la lealtad femenina. Si Lani te odia, Erika te tortura.

jueves, 6 de agosto de 2009

What the fuck?!

Your horoscope for August 6, 2009
You may be feeling like a snail who is emerging from her shell, Cecilia. When no one is looking, you slowly, cautiously stick your head out and put up your antenna to take a reading on the outside world. When you see a creature similar to yourself, you feel comfortable and come out of your shell a little more. Be careful of letting your defenses down too much, however, because a big hungry chicken is coming along who is looking for his dinner.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Niña al agua!


Por el tamaño de mi cuerpo en relación con el tamaño de la pelopincho, calculo que debo haber tenido unos cuatro años. Estábamos de vacaciones en algún lugar con playa.
Un día, por la tarde, una amiga me invitó a jugar a su casa. Yo fui muy contenta y elegante, no para jugar con ella, sino para ocuparme de mi agenda oculta, que era su hermano mayor. Quien no tendría más de seis años.
Recuerdo que ese día me dejé poner un vestidito con flores. Qué asco. Los odiaba. Todavía los detesto. Pero ya entendía que la gente prefería (prefiere) que me vistiera (vista) de niña (mujer), y supuse que así tendría más éxito con mis planes.
La casa donde ellos estaban viviendo tenía un patio, y el patio tenía, en el centro, una pelopincho nueva, azul, brillante, llena. La pelopincho tenía, también en el centro, una pelota de plástico roja, blanca, verde y amarilla. Brillante, flotante, irresistible.
La madre hablaba por teléfono.
Los chicos no sé por dónde andaban.
Yo estaba tímida y estaba sola, y para ocuparme con algo decidí buscar la pelota. Pero la pelopincho era demasiado grande, la pelota estaba demasiado lejos, y tuve que estirarme... demasiado.
Plash. Plush. Splam. Glup.
Chapuzón.
Chapoteé.
Alguien me sacó.
La timidez se volvió vergüenza, el vestido quedó empapado. Enroscado alrededor de mis muslitos con piel de gallina.
Me secaron con una toalla primero, con un secador de pelo después.
La tarde quedó arruinada por el baño improvisado, y con ella mi agenda secreta. Mientras su madre me secaba, el hermano mayor me miraba desde la puerta del baño, muy serio. Seguro pensaba que yo era una tonta, o quizás había visto frustrada su propia agenda secreta.
Cuando pienso en estas cosas se me ocurre que es más fácil ser grande y poder fumar y tomar para disimular la timidez. The downside: generalmente, ante un hundimiento no programado, no llega una mano salvadora que te agarre del cuello del vestido y te cobije con aire caliente hasta que llegue tu mamá. Aunque hay radiotaxis, sí.

Ajá!

"Ha habido una herida y ahora me doy cuenta de que es muy profunda. Y el acto de escribir, en lugar de cicatrizarla como yo creía que haría, ha mantenido esta herida abierta".
(Paul Auster)

martes, 4 de agosto de 2009

Mi primer hijo. O: Cómo amé a un Tamagotchi verde.


Una vez tuve un Tamagotchi. Obsequio de un agente de prensa.
Fue divertido mientras duró, como las mejores relaciones.
Mi Tamagotchi era de color verde.
El primer día fueron puras mariposas en la panza: me pedía comida, claro amor, acá está. Cagaba, pobre olorín, vení que te aprieto el botoncito y te limpio. Quería jugar, y yo interrumpía mi trabajo para entretenerlo.
Pero pasó que a las veinticuatro horas de tenerlo, me aburrí, porque yo por suerte tenía una vida real y mía. Pero no lo deseché así nomás. No, pobre Tamagotchi verde, cómo iba a hacerle eso! Decidí ver qué pasaba si lo hacía sufrir un poco. Qué pasaba si lo dejaba, digamos, que lo aplastara su propia mierda. Cada vez que cagaba, yo nada. Lo miraba como diciéndole querido Tamagotchi verde, no me banco que seas tan cagón, y si tenés hambre podés comerte tu propia caca. Pero no había caso: el dibujito de luces seguía reclamando comida, pidiendo limpieza. Y yo nada. Y ni hablar de jugar, claro.
Un día más tarde se murió lleno de moscas y de mal olor.
Después lo perdí por la calle, seguro, porque nunca más lo vi.
Quizás lo encontró una niña con mejores instintos maternales que yo, y todavía le da la teta.

Absolut Millennium

1999 creo que los agarró de sorpresa. Todos preocupados por el Y2K, que ni se daban cuenta de que era el final de un milenio. ¿Se adaptarían las máquinas al cambio? Ese era el único interrogante, el menos importante de todos. ¿Y nosotros? ¿Cómo pasaríamos el anunciado fin del mundo?
Cuando se conocieron, ella estaba perdida y bastante loca. Él vibraba sobre los escenarios. La conexión fue inmediata. Mudanzas, salidas, noche, fiestas, humo, música, amigos, encuentros, falta de sueño.
Atlántico-Pacífico.
En un viaje relámpago a Los Ángeles, una vieja que apenas podía caminar por la arena de la playa de Santa Mónica les ofreció tomarles una fotografía. Gracias al temblor de sus manos y a la falta de equilibrio general de su cuerpo, el encuadre es malo y se ven los cuerpos, solamente mi cara, y el horizonte en diagonal, al fondo. Colores de final del verano.
"Enjoy life!", nos dijo demasiadas veces, con un dulce acento ruso. Enjoy life! Que tenía 90 años y eso era la lección más importante que había aprendido en su vida. La vida pasa demasiado rápido, me dijo un poco en secreto. Enjoy life.
Siempre la recuerdo. La foto está pegada en mi pared, y cada vez que levanto la vista me llegan otra vez sus palabras.
Enjoy life.

lunes, 3 de agosto de 2009

Pandemonium

Mañana todo va a ser mejor.
Ya no va a haber mensajes escondidos adentro de los dobladillos de las cartas.
Ni pasado.
Ni futuro.
Sólo mañana.
Mañana me voy a pintar un poco más la espalda.
Quizás mañana sea verano!

Secretos de depósito


El depósito de la boutique italiana del Stanford Shopping Center, en Palo Alto, tiene sus propias reglas. Y su propio idioma. Para que una vendedora consiga el talle y el color buscados es fundamental que pueda pedirlos en castellano. Atendido por una mexicana con mala audición y por una peruana traviesa, en él sólo se oyen chismes en español, comentarios inverosímiles y la radio mexicana a toda hora. Eso, y el murmullo constante de la plancha a vapor. Cómo quema ese aparato con forma de dragón si uno apunta mal y liga un chorro de humedad hirviente en la piel… en segundos nomás aparecen ampollas.
Si para entrar al depósito hay que poder hablar español, para salir es necesario mostrar carteras y bolsos a alguna compañera (que indefectiblemente mirará hacia otro lado). Pero aparte de esas dos reglas, el resto son simpatías personales y favoritismos ganados a fuerza de buena educación: si dos vendedoras requieren la misma prenda, la gana la más educada. Eso es lo único que le importa a Graciela, la mexicana que oficia de madre improvisada del grupo de expatriadas sin papeles. Aunque está casada desde hace diez años con un gringo que no habla español, Graciela no entiende ni una palabra de inglés, y muy pocas de castellano: una infección sufrida en la infancia de rancho la ha dejado prácticamente sorda, y la mayoría de las veces contesta “AH, YES” a los gritos, sin haber entendido nada. Todas la quieren, quizás por eso, por su incapacidad para estar en desacuerdo. Igual en las riñas por comisiones y clientas, siempre se pone del lado de las latinas primero, y de las nobles después. Y si una además de latina es buena persona, bueno; pasa a ser la favorita de la dueña del depósito.
La Romi es la ayudante de Graciela. Peruana simpática, nunca se altera por nada y suele llegar tarde por culpa del tráfico de El Camino Real, que separa el local de ropa de su trabajo de la mañana en el Jamba Juice de San Mateo. Por suerte no sufre más consecuencias que las corridas, porque su jefa les pide a las vendedoras que la fichen en la computadora a la hora a la que se supone que llegue, y no a la hora a la que realmente aparece. Porque entre nosotras nos damos una mano.
La Romi y su prima, que comparte un departamentito con ella, miran todas las noches a las 11 en punto El Clon, la telenovela brasilera que ese año hace furor en California. A veces se les suma Suni, un indio que vive en la puerta contigua a la suya y que finalmente le propondrá matrimonio a la Romi (sin suerte).
Lleno de cajas, bolsitas y recovecos, el depósito, que funciona en la planta superior de la tienda, es el lugar perfecto para esconder ropa, especialmente la de verano, que ocupa menos lugar. ¿Para qué esconder ropa si las empleadas gozan de más que generosos descuentos? No para robarla, no. Cuando la roban, se la llevan puesta debajo del conjuntito holgado que lucen ese día. La esconden para esperar a la súper liquidación de final de temporada, que en realidad llega en plena temporada. Y esa liquidación es aun mejor que el descuento para empleados. Esperan las rebajas con la ropa escondida, y el primer día de descuentos la compran a poco más apenas que el costo.
Claro que Graciela, que además de sorda y educada es de una honestidad impecable no tiene idea de lo que sucede en los rincones de su reinado cuando ella sale a almorzar o termina su turno. Tampoco lo sabe el grupo de italianos que regentan el local. Porque si se enteran los italianos (quienes probablemente hagan algo similar pero en los baúles de sus autos), se pudre todo.
Cuando a las 6 en punto Graciela ficha su salida, el depósito se convierte en tierra de nadie. Lo mismo pasa el fin de semana durante toda la jornada, cuando el jefe suplente es Jesús, o Jesse, un peruano fornido y sexy con piel dorada como un ídolo inca que odia planchar, ordenar y cualquier cosa que se relacione con la tienda. En esos momentos, la planta superior de la boutique que sólo tiene talles chicos (y que por ende sólo les vende a mujeres menudas, en su mayoría asiáticas sumisas y rusas con labios hiperbrillosos) funciona a media luz, admite romances furtivos y alguna que otra ilegalidad.

sábado, 1 de agosto de 2009

Fart Camp

Estimados, queridos o lectores a secas (cada uno elija la opción que le cabe, pero no sean mezquinos porque probablemente los quiera un poco más de lo que se ve a simple vista): a pedido de un (sólo un) miembro del público, ha comenzado ha, la serie de mini relatos Fart Camp!

Con un tono tragicómico, relata momentos diversos de la vida laboral. Las historias transcurren en oficinas argentinas, donde jefes incompetentes o sádicos abusan de empleados débiles o se enfrentan con subordinados hastiados a quienes nada les importa demasiado. Y también en el mundo del retail en California, donde vendedoras de nacionalidades diversas y culturas dispares conviven y comparten penurias comunes: la falta de papeles, la expatriación, el bajo salario, la competencia por la comisión, las luchas internas de poder.

Las entradas de Fart Camp irán alternándose con las otras (o no, no sé, porque al igual que el ángel de la guarda que empujó al Papa responden a poderes más altos y más ocultos), por lo que para reconocerlas o encontrarlas estarán etiquetadas como correspondería si yo fuera una persona medianamente ordenada.


El nombre viene del inglés:
FART (la palabra más graciosa del diccionario): pedo
CAMP:
[kamp] –noun
1. a place where an army or other group of persons or an individual is lodged in a tent or tents or other temporary means of shelter.
2. such tents or shelters collectively: The regiment transported its camp in trucks.
3. the persons so sheltered: The camp slept through the storm.
4. the act of camping out: Camp is far more pleasant in summer than in winter.
5. any temporary structure, as a tent or cabin, used on an outing or vacation.
6. a group of troops, workers, etc., camping and moving together.
7. army life.
8. a group of people favoring the same ideals, doctrines, etc.: Most American voters are divided into two camps, Republicans and Democrats.
9. any position in which ideals, doctrines, etc., are strongly entrenched: After considering the other side's argument, he changed camps.
10. a recreation area in the country, equipped with extensive facilities for sports.
11. day camp.
12. summer camp.