miércoles, 30 de septiembre de 2009

With the wrong crowd


Cuando un estudiante de intercambio proveniente de alguna universidad del primer mundo recibe el nombre de su familia postiza, la que lo albergará, lo cuidará y lo alimentará en Buenos Aires, y cuando ese nombre es el apellido de mi familia, el estudiante de intercambio no sabe lo que le espera.
De a uno por vez, aunque a veces los mandan en pares, bajan de sus aviones confundidos, aturdidos por el clima del hemisferio sur, opuesto al de su lugar de origen, para insertarse entre las paredes del que una vez fue también mi propio hogar. La diferencia climática es el primer golpe que reciben. Después, la dureza advenediza de los oficiales de aduana que buscan desplumar al turista inadvertido, la voracidad de los taxistas rapaces ofreciendo viajes inseguros en autos dudosos y por fin la autopista que los conducirá a sus nuevos hogares.
El viaje por la ruta comienza con un típico paisaje de pampas. Llanura. Árboles frondosos. Los aviones estacionados a lo lejos. Cielo, verde, futuro. Y después ya se termina el folleto de presentación porque aparecen las villas miseria, los monoblocks amarillentos rodeados de autos viejos, la suciedad en el aire, la fealdad de la parte de atrás de la gran urbe porteña.
La emoción por las aventuras de todo tipo que los esperan (de más tipos de los que sospechan) hace que el paisaje se torne exótico. Anticipan tangos sensuales seguidos de umbrales iluminados por la luz tenue de un farol. Noches infinitas que aunque se convierten en días siguen siendo noches. Una cama de sábanas blancas, deshecha, junto a una ventana abierta a través de la que se ve a algunas palomas volar espantadas por el tañido de una campana inmensa. Libertad absoluta en una tierra de anonimato sudamericano.
Después de pasar por el peaje y de dar un rodeo alrededor de la iglesia de la Medalla Milagrosa, el auto se baja de la autopista y entra en el barrio de Congreso. Cuadras oscuras de árboles sofocantes se alternan con la apertura de las plazas frente al parlamento. El tráfico espeso es la forma en la que la ciudad les da la bienvenida a estos estudiantes inocentes; es la manera en la que les presenta su personalidad.
Unas cuadras más por la avenida con carteles de Jesús te ama música evangélica, I LOV YOU supermercado chino, TU CD’S tienda de discos, cines, negocios y mucha gente, y es el momento de doblar por otra calle, más angosta y taponada de colectivos, donde está ubicado su hogar sustituto.
Un edificio antiguo. Un departamento que como primera impresión es enorme, con paredes amarillas y pisos de maderas de diferentes tonos, molduras en las paredes, fotos, olor a cebollas recién saltadas y a tomates hirvientes y a laurel macerado. Un cuarto azul y grande, invadido por la luz, que ahora es su cuarto.
Una familia a simple vista normal: el padre, un poco tímido, parece mudo y todo su cuerpo es una sonrisa de bienvenida; la madre locuaz, emocionada por la llegada de su nuevo retoño. El estudiante se instala en el cuarto azul, desarma valijas, saluda a su familia vía Skype mom, I’m here, I’m home, they seem so nice!
Y esa noche, una vez recuperado del viaje y pero no todavía de la confusión, una improvisada cena en la que van apareciendo todos los hijos de sus nuevos padres, que ya no viven en ese edificio, y que son los responsables de las paredes azules de su cuarto, de las paredes color frambuesa de otro de los ambientes, de los peces pintados con acuarelas sobre el amarillo del cuarto del fondo, mi cuarto. Esos otros hijos son los responsables del caos que en minutos se le vendrá encima al pobre estudiante neoyorquino de familia taiwanesa que todavía no cumplió 20.
Pasa que esta noche viene Anne, la francesa que antes que él ocupó el cuarto azul y que ahora vive con amigos en otra casa. A Anne le gusta cocinar para su familia argentina, y aunque ya no viva ahí no los ha abandonado. Anne es dulce, con un acento irresistible, unos ojos azules enmarcados por unas cejas negras. Anne es alta y adorable. Grandes y chicos no pueden evitar derretirse ante el contacto de su mano confianzuda mientras habla con esa vocecita que dice “octubre” tan dulcemente, estirando la o un poco, acentuándola casi tan fuerte como a la u. Es un placer para todos tenerla a Anne en casa: ella hace que uno se sienta cómodo al instante y que quiera quedarse charlando con ella.
Así que con la casa oliendo a París, según comentan melancólicas la francesa y la madre, todos, muchos, se sientan alrededor de la mesa enorme. Se sirve la comida que humea queso y papas, unos momentos de silencio mientras prueban, y enseguida empieza la confusión.
Hay diez personas. Veinte conversaciones cruzadas. Vasos de vino que se llenan y se vacían y vuelven a llenarse. Brazos que pasan pan, más vino, más comida, servilletas, por delante de tu cara. Muchos comentarios con dobles o triples sentidos que siempre terminan con algún sinónimo inventado en el momento para algún órgano genital. Por suerte el padre está un poco sordo (no es, se hace); si no se pondría colorado.
Hermano del medio le dice a francesa algo sobre el olor de su pueblo. Francesa se enoja. Hermano menor la defiende. Madre pide explicaciones, hermana mayor aclara el tipo de dinámica que tienen desde el día uno: él insulta el olor de toda Francia, ella se ofende, él la consuela y todos amigos.
Claro que el neoyorquino sub 20 no entiende nada aunque su castellano sea perfecto. Es la conversación adornada por insultos y giros locales lo que lo confunde. Son las acotaciones constantes de la hermana mayor, que esta noche no llegan como ironías como de alfileres, sino como ironías cantadas: aunque hermana mayor todavía no se terminó su primer vaso de vino, tiene el poder de encontrar pedazos de canciones para colorear cada comentario de hermano del medio. Y hermano del medio celebra cada cancioncita. Son realmente molestos. Sus dos primas miran a hermana mayor (para ellas prima mayor) con caras indecisas, no la conocen del todo bien porque hermana mayor suele ser bastante medida cuando está con otra gente. Pero si le tocó sentarse junto a hermano del medio (ya sea que estén en su casa o en una comida de honor preparada para la reina de Inglaterra, qué importa), es posible, por no decir probable, que los dos muestren bolos alimenticios, hagan volar pedazos de papas y eructen a coro. Una vuelta al verano de 1982.
Hermano del medio se siente en confianza con el pequeño sub 20. Como para tratarlo mal con un guiño, insultarlo en chiste, preguntarle inconveniencias graciosas… De una punta de la mesa a la otra. En el centro vuelan panes, tenedores, palabrotas y besos, y el agua de la jarra parece tener un remolino adentro.
El neoyorquino no entiende mucho, pero comprende por qué Anne ya no vive con ellos y prefiere verlos de tanto en tanto. Piensa que le quedan cuatro meses por delante, Navidad y Año Nuevo incluidos, y que este sin duda va a ser un viaje que lo marcará. Sonríe mientras pide un poco más de cachuflette. Digo, tartiflette.

Anne, gracias por la comida, viste que el queso vencido no nos hizo mal! ahhh.... no les dije que el queso había vencido hace un mes.

lunes, 28 de septiembre de 2009

sábado, 26 de septiembre de 2009

Personal psychic



Esa mañana, como todos los días, Diana llegó a la oficina cuarenta minutos tarde. Apurada, jadeante después de subir los seis pisos por las escaleras para ahorrarse el gimnasio. En la mano traía la bolsita celeste de nylon con un yogur, un paquete de Sonrisas y un jugo de naranja. Estaba a dieta.
La musculosa fucsia se le había enganchado en la cartera de plástico azul, y dejaba que se le viera la cintura y un buen pedazo de la tanga de lúrex con brillitos. Pantalones blancos que le quedaban un poco grandes en la cintura pero demasiado apretados en el culo y sandalias azules de vinilo, igualitas a la cartera. Diana era tan coqueta.
Esa mañana tenía el pelo un poco mojado de acabar de ducharse en el telo de la vuelta y las ojeras de no haber dormido mucho. El pendejo le daba duro y parejo y ella se sentía una adolescente completa, pero de treinta y dos años. Por ahora, la primavera era perfecta.
Dejando de lado el trabajo, claro. En la empresa todo era una corrida contrarreloj, sin importar si estaban en cierre o recién comenzando una producción. Le daba la impresión de que los cuatro clientes que manejaba competían para ganarse el premio al cliente más malcriado e insoportable, y Diana ya estaba con ganas de mandarlos a la mierda, uno por uno. O de organizar uno de esos desayunos de trabajo que tanto le gustaban a su jefa, citarlos a todos a tomar café quemado con jugo de naranja de plástico y decirles con su mejor sonrisa de gracias por este regalo horrible, I LOOOOOVE IT!: “estimados clientes, primero quiero agradecerles por haber venido hasta este sucucho de mierda, con paredes descascaradas color vómito y olor a cenicero sucio. Ustedes saben el aprecio que la empresa les tiene a todos y cada uno de ustedes. Yo, en lo personal, los convoqué para mandarlos a la mierda, para decirles que se metan sus empresas de cuarta en el culo y que ojalá se maten hoy mismo. Son lo peor que una ejecutiva de cuentas puede inventar en sus pesadillas: son malcriados, maleducados, irrespetuosos, arrogantes sin tener con qué. ¡Son unos pajeros! Creo que si uno me mira el orto una vez más, le rompo una abrochadora en la frente. Después de haber trabajado con ustedes durante cuatro años, me enorgullezco de conocerlos; y con todo lo que los conozco puedo decirles que, señores, son-de-lo-pe-or”.
Esa mañana, aliviada al comprobar que su jefa Maggie todavía no había llegado, Diana se desplomó en su silla destartalada y mientras esperaba los veinticinco minutos que su computadora tardaba en encenderse, les contó a sus compañeras toda la noche anterior: cena en McDonald’s, caminata apurada hasta el telo, y después la noche en vela sudando el colchón con olor a cebolla. “¡Chicas, es tan romántico! Me abre la puerta para que pase primera, me pregunta cómo fue mi día, el otro día hasta me ayudó a pintar mi habitación... Estoy enamorada”.
Con la espalda apoyada en el cartel de prohibido fumar, Lili encendió su quinto cigarrillo de la mañana mientras que Cali saltaba a abrir una ventana. Cali ya sabía que no valía la pena discutir por el cigarrillo en la oficina, ni explicarle que por lo menos esperara a que le bajara el desayuno que todavía tenía atragantado. Abrir la ventana aunque entrara el olor a ajo de la portera que cocinaba a esta hora era lo único que podía hacer.
Lili escuchaba afinando sus ojos de color tan obviamente falso, apuntando a Diana con sus tetas de siliconas duras como salidas de un episodio de Mazinger Z, su remerita a cuadros violetas y naranjas demasiado corta dejando ver su ombligo un poco estirado.
Cuando Diana iba por la mitad de su lista de cualidades de su amado, llegó Maggie precedida por su ráfaga de bruja mala. Tacos lastimando la alfombra vieja, muslos queriendo escaparse de la minifalda, ondas de peluquería, color de tintura barata, su cabeza parecía una peluca que le quedaba un talle grande. Las uñas postizas pintadas de bordó, listas para clavarse en el cuello de un cliente inadvertido de su codicia infinita, o en la espalda del socio obeso que en quince minutos la llamaría desde el bar del hotel de la esquina “venite linda, te espero”. El maquillaje de Maggie no era suficiente para tapar su amargura ni para atenuar su fealdad. Es que no se le puede pedir milagros al maquillaje, no se le puede exigir que mate el mal gusto congénito... pero en realidad eso no importaba, primero porque Maggie no se daba cuenta de que se había pintado como una puerta, segundo porque a ella tener párpados violetas, mejillas anaranjadas y labios rojos le parecía lo más sexy del mundo. Y a su socio obeso su colorido de prostituta de país tercermundista europeo lo calentaba más que nada en esta ciudad moribunda.
Así que al paso de la bruja, el cuento de Diana se silenció, el cigarrillo de Lili se congeló y cada una apastó los ojos contra su pantalla. Se notaba que Maggie hoy estaba de mal humor (todavía no sabía que el gordo estaba buscando el celular para llamarla a su falda carnosa) y eso hacía que el día de primavera fuera una mierda de lluvia invernal para todas las de la oficina.
–¡Negri! ¡Traeme el cronograma de Asociados! ¡Cali, cuando termine con eso necesito que me presentes la planilla con todas las acciones de marketing de todos los clientes de acá al 2014! Te pedí anoche que la hicieras así no corrías, Pichi. En tres minutos la necesito impresa en láser full color, por triplicado y pegada en cartón montado negro de cinco milímetros. Y cambiate la ropa que te llevo a la reunión para que hables vos, porque yo hoy no tengo ganas, no puedo hacer todo yo. ¡Negri! ¿Dónde está ese crono? Lili, te llamé a las 8 y no me atendiste, ¿no estabas en la office? ¿Qué pasa Lili, voy a tener que bajarte el sueldo otra vez? ¡Negri vení ya con el crono que te voy a matar, pusiste mal la fecha de salida de imprenta, me llamó el cliente anoche y me cagó a puteadas, todo por tu culpa, yo soy una empresaria y mi tiempo vale oro, además ustedes tienen que cuidarme porque en cualquier momento le contesto mal a un cliente y por su culpa cerramos la empresa y nos quedamos todos en la calle.
Los gritos de Maggie llenaban el aire y las chicas empezaban a helarse en sus escritorios al tiempo que se mandaban comentarios por Messenger.

diana says: (10:31:38 AM)
boluda, no tengo el cronograma

diana says: (10:31:50 AM)
no lo tengo. me va a matar!

diana says: (10:31:56 AM)
tenés uno vos? lo copio ayudame porfi me va a matar!

cali says: (10:32:06 AM)
es una conchuda malcogida! la infeliz me pidió esa planilla a las 7 de la tarde, obvio que ni la pensé. la odio la odio la odio ojalá la maten ojalá pierda todos los clientes.

diana says: (10:33:06 AM)
jajajaaaaaa ahora voy a su oficina.

diana says: (10:33:08 AM)
igual antes le doy unos minutos para que se desquite con lili!

diana says: (10:33:13 AM)
ja aajajajajaj ajajajajaajajajajajajaj

diana says: (10:34:09 AM)
total esta otra perra se lo merece

cali says: (10:35:52 AM)
es ua conchuda ella también! y qué onda la remerita corta? se le ven las estrías y se nota que las tetas las pagó demasiado baratas, son de mala calidad

cali says: (10:36:02 AM)
creo que si te la chocás en el pasillo, el tetazo te saca un moretón

cali says: (10:36:06 AM)
uy cómo le grita!

diana says: (10:37:16 AM)
sí, dejémoslas que se maten

coqui says: (10:37:47 AM)
hola trolas!!!! traje el ipod nuevo!!! qué onda maggie hoy? no la culearon anoche? hay que pedirle el favor al gordo!

cali says: (10:37:55 AM)
jajajjaaaa parece que no. está tremenda. reunión en la cocina para ver el ipod!!!!!

diana says: (10:38:04 AM)
banquen! no sean forras que tengo que ir a mostrarle el crono que no tengo. coqui, me pasás el último que tengas así lo copio?

coqui says: (10:38:09 AM)
te lo pongo en la carpeta de docs comunes

diana says: (10:38:09 AM)
graciaaasssssssss!

coqui says: (10:38:15 AM)
de nada linda

coqui says: (10:38:19 AM)
chicas! el ipod tiene un jueguito que predice el futuro!!!!!!!!

coqui says: (10:38:24 AM)
vengan a la cocina ahora que a maggie le sonó el celu

Apenas Lili salió de la oficinita de Maggie llevándose un mate de la tarde anterior y cerrando la puerta, Coqui, Diana y Cali se fueron corriendo para la cocina. Encerradas en ese pasillito maloliente lleno de mugre y de tuppers abandonados, las tres con las cabezas juntas miraron el nuevo iPod de Coqui.
Diana: –¿Cómo que dice el futuro? Preguntémosle del pendejo…
Coqui (encendiendo su nuevo juguete): –Acá. Hay que hacer una pregunta mientras apretás esto y te contesta YES o NO.
Diana (tocando la pantalla del iPod): –¡Yo primera! ¿Me voy a ir de vacaciones con Ale?
iPod: YES
Diana: –¡Síííí!
Cali: –Ahora yo.
Pero se oyó el golpe seco de cuando se abría la puerta de la oficinita de Maggie y las tres se pusieron serias. Diana a hacerse un té, Cali cabeza metida en la heladera buscando la nada, Coqui saliendo para el baño. Afuera, sentada sobre el escritorio de la recepción, Lili fumaba de vuelta mientras hablaba con su novio o con su hija.
“¡Me voy a ver a un cliente! ¡Vuelvo en veinte!”. Una Maggie casi simpática y demasiado perfumada se metió en el ascensor, bajó y cruzó la calle hasta el bar del hotel donde tomaría un té con su socio y luego se irían a terminar la conversación a un cuarto en penumbras. Volvería radiante a las tres de la tarde.

Cali: –¿Voy a renunciar dentro de poco?
iPod: NO
Cali: –¡Ay no! Peren. Pregunto de vuelta, gana dos de tres. ¿Me voy a ir de este trabajo en poco tiempo?
iPod: YES
Coqui: -¡Esssaaaaa!
Cali: –¿Renuncio?
iPod: YES
Cali: –YES!!! ¡Gracias iPod lindo!
Coqui (tocándole la pantallita al iPod): –A ver. ¿Cali va a conseguir un trabajo mejor?
iPod: NO
Coqui (tocándole la pantallita con un poco más de cariño): –¿Y yo? ¿Me voy de este Titanic?
iPod (cachondo): YES
Diana (casi frotándole la pantallita al iPod de su compañera) –¿Y Ale me ama?
iPod: YES
Diana: –¡Coqui qué divertido esto!
En eso Cali, que se había acercado a la ventana para cerrarla, se puso gritar: “¡Chicas vengan, vengan!” Las tres se amontonaron en la ventana que da al pozo de aire y luz. Al oír sus gritos, Lili llegó corriendo con el cigarrillo entre las uñas sucias.
El vecino de abajo, con los anteojos oscuros todavía puestos, saltaba en su silla mientras miraba porno en internet.

Future Sailors



para orlic, THE nylon admiral

Future sailors
We're future sailors
Electronic castaway
Digital stowaway
Cyborg sea-dog,
Tell me what you dream of
Future sailors
Oh yeah!

Future sailors
Oh yeah!
Robot starfish
Nylon admiral

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Animales nocturnos


Un grillo y un sapo le cantan a la luna
que esta noche es amarilla.
Auque no pueden verse
(uno es demasiado grande, otro demasiado chico)
cada uno está enamorado de la voz del otro.

La luna se asfixia tras un nubarrón
y la lluvia arrastra las bolsas de basura por la calle.
Barquitos hediondos
ferrys de cartón.

El grillo piensa que si el sapo existiera, lo extrañaría.
El sapo piensa que si el grillo se lo pidiera
dejaría su vida de sapo
y se convertiría en grillo.

La tormenta se traga a la luna
y los barquitos se organizan
para la largada
de la gran regata
podrida.

La lluvia ahoga el canto del grillo
y los truenos tapan el llanto del sapo.

El sapo piensa que si el grillo existiera, lo extrañaría.
El grillo piensa que si el sapo se lo pidiera
dejaría su vida de grillo
y se convertiría en sapo.

La luna de queso quiere beberse la noche
mientras las bolsas de basura tapan
una bocacalle
y comienzan una inundación
donde mañana se ahogará un niño.

martes, 22 de septiembre de 2009

No estoy tan pensada como fumás


Desde que se despenalizó la tenencia de drogas para consumo personal, las cosas en Buenos Aires son un poco más confusas de lo habitual.
Primero está el tema de la despenalización en sí misma: parece que tener un poquito de drogas ya no es ilegal, pero tampoco es legal.
Después, ¿cómo se procura uno las drogas para poder practicar este nuevo derecho? (¿es un derecho o solamente una posibilidad?). No está permitido comprar, ni tampoco cultivar. Pero si uno tiene la suerte suficiente de que le aparezcan por milagro unas flores en el freezer o una piedra en el fondo de un cajón, digamos, puede disfrutarla, siempre y cuando lo haga en la privacidad de su hogar. Y acá pasamos al problema del ámbito de consumo.
No se puede fumar un porro en la calle. No se puede fumar un porro en la plaza trepado a un ombú. Tampoco en la trasnoche del cine ni en un recital. Sí se puede uno fumar un porro en casa. ¿Se podrá en el balcón, o es ilegal?

Hay otra cosa: la gente ya no es la misma.
El verdulero de la vuelta (el boliviano más lindo de la Argentina, aunque mi hermana jure que el suyo está mejor) ya no flirtea para que le compre más frutas. Ahora me las mete en la bolsa sin preguntar, o las busca, las palpa, las aprieta y las toquetea y después de pesarlas se las come con mi pedido a medio completar.
El domingo, en la guardia de la clínica otra sorpresa: alguien va a que le receten algo para el dolor de espalda, y el recepcionista sale por una puertita, seguido por una nube de humo espeso y fragante.
Ojos rojos, cara congelada y sonrisa traviesa ya no son paisaje exclusivo de sábado a la noche; son la nueva cara del barrio.
De repente, el loco que vive en la entrada del edificio de Peña 2629, que barre la vereda y escribe en clave ya no parece tan loco. De repente, puedo sentarme con él, entender todos los códigos que anota en su cuaderno con espiral y ayudarlo en su lucha contra los poderes ocultos que pretenden dominar su cuadra. Voy a preguntarle si quiere que sea su Robin.

foto: latino like me

lunes, 21 de septiembre de 2009

Buenos vecinos

Martes
Primero son los gemidos. Sí. Son los gemidos lo que lo despiertan. Y los golpes en la pared. Mira el reloj. Las 4. La hora de siempre. Mira a su mujer. Duerme, lejos. Ella nunca grita así, piensa. ¿Será por no molestar a los vecinos? Nota: llevarla al campo y probar su pasión. Una vuelta en la cama. ¿Les faltará mucho? ¿Estará sola? Me gustaría que el tipo que la hace gritar tanto le quebrara el cuello...
Después de minutos de cavilaciones en la madrugada, el insomne, dueño del departamento 3A, camina hasta la pequeña cocina y se sirve un vaso de agua. Piensa que es demasiado tarde para tomar una pastilla, que de todas formas no haría efecto con tanto ruido. La música, un reptar cuasi religioso, también lo molesta.
Siente que esta noche (¿o esta mañana?) ha llegado al límite. Podría hacer cualquier cosa. Lástima que todavía le queda algo de ética o de algo bueno y en realidad no podría hacer cualquier cosa. Es el tercer mes desde que la vecina se instaló en el 3B y ya no soporta sus hábitos, molestos y ruidosos, desconsiderados y lunáticos, que le llegan a través de la pared que los dos departamentos tienen en común.
Ya pensó en aislar su departamento para no sentir más los ruidos que lo enloquecen noche tras noche. Pero desecha la idea por ridícula: no va a invertir sus ahorros en tapar los gritos de una loca que al final va a terminar desprolijamente envuelta en un chaleco de fuerza.
Siguen los gritos. Los gritos de la vecina y la rabia, cada vez más densa, del dueño del 3A. Su mujer se despierta, se incorpora en la cama y después se envuelve en la almohada. Gira, media vuelta, y vuelve a hundirse en un mundo con olor a frutas maduras.

Los del 2B se despiertan, también con los gritos y los golpes en la pared. Gritos rítmicos, golpes desesperados. Ojalá que el que la hace gritar le aplaste la garganta, la cierre en su puño y haga que grite un poco más guturalmente, y después cada vez más despacio, cada vez con menos aire, cada vez más agonizante y finalmente en silencio. Pero no. Cosas así no suceden nunca, por lo menos nunca más allá de las noticias.
En el 2B, hasta el perro se queja del insomnio y amenaza con comerse a quien se atreva a bajarse de la cama. La mujer del 2B se sale de entre las sábanas, se viste y baja a quejarse con el sereno, como si eso sirviera de algo. Por lo menos se escapa de los gritos y de la música sofocante.
En la planta baja, el sereno la mira con cara de circunstancia, le explica que los amigos de la vecina le han dicho que ella sufre de problemas cardíacos, después los dos coinciden en que claramente los problemas de la mujer son psiquiátricos, y nada más. Nada más que tocar una y otra vez el timbre de la casa, un poco de aporreo en la puerta, unos timbrazos en el portero eléctrico. Y nada más, porque ya sale el sol.

Miércoles
Rick, el del 3A, se levanta enojado; agotado. Se baña con el cepillo de dientes en la boca mientras murmura puteadas ininteligibles. Sale. No se afeita. Se pone cualquier cosa. Hoy va a trabajar en casa. Camina por el monoambiente que es su departamento, ordena un poco, cambia algunas cosas de lugar y se prepara para revisar sus emails cuando algo lo distrae: el diario está frente a la puerta, en el piso. Su mujer no lo levantó antes de salir y parece que lo pisoteó un poco en su apuro. Al lado del diario hay un papel manuscrito, y él se agacha para mirarlo.
Cuando lo tiene en la mano se da cuenta de que el papel es en realidad una fotocopia, y que parece un panfleto de los que mandan con el diario del domingo. Sólo tiene una frase: “¿Querés ver a tu vecina muerta?”. Nada más que eso. Lo da vuelta, quizás esperando encontrar algo más, un lugar, una fecha y una hora. Pero nada; el reverso está en blanco.
Claro que me gustaría verla muerta. De hecho anoche me habría gustado matarla yo mismo. En seguida lo descarta, ya que le parece obvio que el panfleto es la primera pieza de alguna estúpida campaña de promoción para una más estúpida aún obra de teatro de centro cultural barrial.
Antes de sentarse frente a su computadora se prepara un café y mira la primera plana del diario, desde donde salen más gritos de muertos, de estafados y de indignados.

Gabriel, en el 2B, se despierta con el timbre del teléfono. No lo atiende esta vez, como no lo atendió tampoco las cuarenta mil veces que sonó esta mañana. Da media vuelta en la cama, que su perro agradece con un gemido, y vuelve a dormirse.

Jueves
Son las 8.13. Sonia, la mujer del 2B, saca al perro a pasear. Termina de abrocharse la campera en el ascensor mientras Niebla, o como sea que se llame el perro, huele y lame un rincón del suelo.
Su rutina es una caminata lenta y breve hasta la esquina, con paradas en dos árboles y en una pared del edificio. Todos los días a la misma hora, con las mismas personas cruzándoseles en el camino.
“¿Vamos?”, y el perro salta, da media vuelta y se apura, un poco todavía entre sueños, hasta la puerta del edificio. Ascensor y pasillo. Puerta 2B. El perro entra y empieza a olisquear un papel rosado que está en el piso, junto a la puerta. La mujer se agacha, se lo saca de entre los dientes, y lo lee. “¿Querés ver a tu vecina muerta?”. Está escrito a mano, con marcador negro.
Va hasta la cama, con el perro pinchándole la pierna con sus uñas, y toca a su marido, con el perro gruñéndole a su zapato, porque no le gusta que la que se tiene que ir a la calle vuelva a entrar en el dormitorio, y menos que toque a su amo. Celos perros. Lo despierta y le muestra el papel que alguien pasó por debajo de la puerta durante su ausencia.

A la tarde, Gabriel sube al gimnasio del edificio. Quiere correr un poco, pero la cinta está ocupada por una gorda que camina lenta y cansada, mientras hamaca un cochecito que tiene adentro algo tan pequeño que podría ser un scon o un gatito. Le sonríe a la madre y se acuesta en el banco de pesas.
Al rato, cuando ya tiene los brazos cansados y cuando la madre se ha ido a alimentar a su cría, otro hombre entra en el gimnasio y él se pasa a la cinta de correr. El display le informa que la madre, que tiene 34 años y 71 kilos, ha quemado 13 calorías en los 26 minutos que pasó en la máquina.
El hombre lo saluda y empiezan a comentar consejos de entrenamiento. Después de un rato los dos intercambian posiciones, hablan del edificio. Cosas como tiempo de residencia en el lugar, pisos, nombres y chismes de vecinos. Entonces Rick le pregunta si tiene problemas con la vecina que grita y Gabriel le cuenta que la semana pasada, durante una madrugada de música ajena, hasta intentó derribar su puerta. Rick le dice que él hizo lo mismo un mes atrás, y que ahora está considerando distintas opciones, que van desde aislar su departamento, mandar cartas documento a la administradora del edificio, al dueño del 3B y a los otros vecinos para que empiecen a quejarse ellos también. Finalmente hacen una cita para juntarse de vuelta al otro día.

Viernes
Son las siete de la tarde y Sonia se desploma en el sofá frente a la tele. Sintoniza el canal de siempre, mientras mira la revista del cable en busca de cualquier cosa interesante. Entra Gabriel y le dice que se cambie, que van al gimnasio. En realidad casi la arrastra hasta el gimnasio porque lo que menos quiere hacer ella esta tarde es ejercicio.
Arriba están, en la cinta de correr y en la bicicleta, Rick y Camila, su mujer. Se presentan todos y hacen gimnasia mientras hablan de diferentes temas. Finalmente, Rick menciona a la vecina loca y los cuatro dejan sus movimientos repetitivos y se quedan quietos en sus máquinas.
Y como hay pocos temas de conversación más atrapantes, cuando se trata de criticar a los vecinos, los cuatro se quedan charlando por horas. Se cuentan y se repiten increíbles historias en las que la vecina aparece como un ser completamente despreciable. Son historias carentes de verdad, y además bastante exageradas. Después de un rato largo llega algún otro vecino al gimnasio, y el grupo decide trasladar la reunión a otro lado.

En medio de un canto gregoriano, a las 10, los del 2B tocan el timbre del 3A. La casa, un ambiente grande decorado al estilo minimalista frenético –casi sin objetos a la vista- huele a jπengibre. Camila, que un rato antes sudaba como un tomate estival, ahora aparece casi flotando en un vestidito verde con tornasol dorado.
–Preparé comida china. Espero que les guste.
–Mucho. –Conπtesta Sonia.
–¿Vino? –ofrece Gabriel. –Este que trajimos es muy bueno. Me lo mandó un amigo de España…
Los cuatro se sientan en el pequeño living blanco y charlan un poco. Por ratos sus silencios son llenados por la música que desde el 3B traspasa las paredes del departamento.
–Lo más gracioso de todo es que su música me gusta –comenta Sonia, pensativa. –De hecho, tengo muchos de los discos que escucha. Pero lo que me exaspera es su falta de consideración.
–Sí –contesta Camila. –Su locura enloquece, ¿no?

Más tarde, mientras Rick sirve la comida, su mujer enciende varias velas que hay sobre la mesa. Apaga las luces, convirtiendo la frialdad de su casa en un espacio íntimo y tentador. La comida, el fuego y el vino van logrando su efecto y ya antes del postre la conversación es un balanceo entre deportes y secretos, según el sector de la mesa.
Las mujeres, después de unos momentos inmensurables, van a la cocina, donde pasan otro largo rato, y luego vuelven a la mesa, sonrosadas y con las manos vacías. Gabriel les pregunta algo al respecto, y la expresión confundida en la cara de Sonia, seguida por una sonrisita deliciosa que profiere Camila, hace que Rick se levante, bese casi etéreamente a su mujer, y luego busque el tiramisú que preparó para esta noche.

–Me pasó la cosa más extraña del mundo… –relata Gariel mientras sorbe té de un tazón. –El miércoles, cuando me levanté, encontré un papel que alguien había pasado por debajo de mi puerta.
Camila y Rick se miran, nerviosos. Y Rick pregunta: –¿Por qué extraño? ¿Qué decía el papel?
Los cuatro hacen silencio por unos instantes. Sus rostros iluminados por las velas y la música que la vecina parece haber programado para que dure eternamente, insuflan un dramatismo inusitado a la situación.
–Lo raro del papel es lo que decía. Era sólo una pregunta, pero sin explicaciones que la anclaran.
La frase es completada por Camila, quien, en un tono espeluznante, dice: –¿Querés ver a tu vecina muerta?
Si en este punto se hubiera oído un trueno, probablemente estaríamos asistiendo a una función de The Rocky Horror Picture Show… pero no. Lo que se sigue oyendo, el único sonido que invade el ambiente, es la música, ahora sepulcral, que viene del 3B.
–¿Cómo lo sabés? –pregunta Gabriel.
–Rick encontró un papel exactamente igual frente a nuestra puerta. Al principio creímos que era el comienzo de una campaña de publicidad de alguna obra de teatro. Pero como luego no recibimos nada más, nos olvidamos del tema. Creímos que quizás hubiera sido un error; un papel que se le había caído a alguien y que, por casualidad, había entrado por abajo de nuestra puerta. Pero veo que nos equivocamos. Y, una vez más, –con tono de relator de película de Nosferatu– se confirman mis sospechas de que no existe la casualidad, sino la causalidad.
–En todo caso –interviene Sonia– creo que están haciendo demasiado drama de nada. Por cómo lo dicen ustedes, parece que estamos asistiendo a la gestación de un complot en el que, en cualquier momento, la loca, que justo, y yo creo que por casualidad, vino a vivir entre nosotros, jodiendo nuestras vidas e influyendo en nosotros hasta el punto de que recibimos un papelito con una pregunta estúpida y anónima, que hasta quizás haya sido enviado por ella misma, y enseguida empezamos a sentirnos perseguidos porque, y que alguien se anime a negarlo, lo que más nos gustaría en este momento es ver a nuestra vecina muerta.
–¿Alguien quiere más té? –interrumpe Rick. –Disculpen que corte de esta manera su trama, pero debo seguir atendiendo a mis invitados… Así que contéstenme ahora, porque si me lo piden después de que vuelva a sentarme en mi sillón no sé si podré levantarme. ¿Alguien quiere más té?

Cuando finalmente se despiden, ya son las cuatro de la mañana del sábado, y las mujeres se han hecho buenas amigas, con esa amistad de cuando descubren que tienen un enemigo común, y cuando ese enemigo común es otra mujer. La música sigue sonando y los cuatro se ríen. En sus ojos brilla la silenciosa respuesta a la pregunta que nadie repite ahora.

Domingo
A las cinco de la tarde, suena el timbre del 2B. Gabriel se levanta de la cama y le abre al portero, que está con un policía.
–Buenas tardes –le dice el encargado del edificio. –Queremos saber, ya que ustedes suelen escuchar los ruidos del 3B, si han oído algo raro. Entre la noche del viernes y anoche.
–No. Nada. ¿Por qué? ¿Pasó algo? –Aventura Gabriel, con la boca seca.
–Su vecina de arriba, señor –Le contesta el policía– ha muerto. Vuelvo más tarde, por si recuerda algo.
Se van, y cierra la puerta. Gabriel corre hasta el baño, donde su mujer está duchándose.
–La mataron. Mataron a la loca de arriba.
–¿Qué decís? ¿Que pasó qué cosa? –Sonia apaga la ducha, asoma una mano y vuelve a meterla con una toalla blanca en ella.
–Es increíble. Es una película. Primero los papeles por abajo de las puertas y ahora viene el portero con un policía. Acaban de preguntarme si oímos algo fuera de lo común entre anoche y la noche del viernes. Están investigando, así que seguramente la asesinaron.
–¿Asesinato? –Pregunta, incrédula, Sonia, mientras se pone desodorante. –Si de verdad está muerta, debe haberse suicidado. Si estaba loca. Vos mismo la oíste gritar varias veces “no estoy loca, no estoy loca”. La mina estaba loca.
–Subamos, a ver qué dicen Rick y Camila. Seguro que por su casa ya pasaron, si viven al lado. Serían los sospechosos número uno, aunque nosotros también nos quejamos bastante y eso va a contar en el momento de…
–Estás desvariando. –lo interrumpe Sonia. –¿Estás loco vos ahora? Nadie va a ser sospechoso de algo que no pasó. Seguramente la encontraron hundida en la bañadera con las muñecas cortadas. Calmate y esperame a que me ponga algo y subimos a ver qué dice Rick.

Efectivamente, la policía ya ha pasado por el 3A. Pero a diferencia de lo que pasa con Gabriel, Rick y su mujer están tan tranquilos, mirando un partido de la Copa de Europa.
–Menos mal que vinimos, porque Gabriel entró en pánico. No sé qué le pasa, pero cree que los cuatro somos sospechosos de la muerte de la loca. –Le cuenta Sonia a Camila en la cocina, mientras preparan el mate. Es ridículo. Además, es clarísimo que la loca se mató solita.
–¿Clarísimo? –pregunta Camila. –Vos no sabés cómo la encontraron, ¿no? Parece que la mina estaba toda cortada. Supongo que incluso estaría medio descuartizada. Y que había señales claras de forcejeo. Mucho forcejeo. Pero la policía no encontró el arma asesina. Ahora todos somos sospechosos hasta que encuentren al que la mató.
–¿Cómo sabés tantos detalles? Decime que acabás de inventarlos.
–Asusta, ¿no? Lo escuché a través de nuestras maravillosas paredes de Durlock. Pobre mina. La hicieron mierda.

Rick ya le ha contado todo a Gabriel, que ahora está sentado en uno de los sillones blancos. La sangre se fue a un universo paralelo y su cara se mimetiza con el tapizado.
–Esto está mal. –Sentencia. –¿Ya le dijeron a la policía lo del papel de querés ver a tu vecina muerta?
Sonia, Camila y Rick le sonríen, y hay compasión en sus miradas. Sonia camina hasta el sillón con el mate en la mano y le dice: –Mi amor, ahora que no va a hacer más ruido, disfrutemos de nuestras noches, que por fin serán tranquilas. Y calmate, porque nadie va a decirle a la policía ni a nadie lo de los papeles. Después de todo, seguramente fueron felices coincidencias.
–¿Vienen a comer esta noche? –Pregunta, excitada, Camila. -¿Les parece bien pasta? Ustedes traigan el postre.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Años de soledad



En la calle, el cielo cerrado le contagia al viernes una muerte prematura. Todos extrañan a alguien o a algo, un amante lejano que los ha olvidado o un gorro de lana que quedó colgado en el perchero junto a la puerta. Quizás sea por eso que andan con las cabezas guardadas como las de las palomas cuando llueve. Metidas adentro de los cuellos, mirando para abajo. La coronilla, un intento aerodinámico de cortar las ráfagas y las gotitas. Intento de esconder una lágrima.
Mientras escucho Años de soledad dejo que la garúa y el viento jueguen conmigo a la peluquería, y me doy cuenta de que fue bueno haberme olvidado el paraguas. Aunque vaya a llegar con una cara más desencajada de lo habitual.
Pienso en mi hijo mayor, que no puede escuchar esta música sin ponerse a llorar. Le pasa desde que nació. Especialmente cuando el intérprete es Antonio Agri. Su violín lo pone triste. Su violín lo hace llorar. Su violín le trae un pequeño destierro sentido a través de la placenta. Así que este disco queda a su vez limitado a la calle infinita con sus charquitos de barro en cada bache.
Lluvia o no lluvia, no decido si es mejor caminar por debajo de los balcones o a la intemperie. Mi abuela no se cansaba de repetir que un edificio cerca de la casa de mis padres, que tiene la parte de debajo de los balcones revestida con mármol, un día iba a matar a alguien cuando una de las piezas decorativas se despegara. Ella creía en la inevitabilidad del desprendimiento de esos mármoles negros. Todavía están ahí, bien agarraditos muchos años más tarde. Y eso que nunca nadie se ocupó de volver a pegarlos ni de revisarlos.
Mamá me explicaba –luego de que le aterrizara una canica en plena cabeza (tres puntos) y luego también de que una maceta se estrellara en la vereda un segundo después de que ella hubiera pasado por el lugar, salpicando con tierra sus zapatos, por suerte con tierra y no con sangre– que es mejor caminar por debajo de los balcones y no en la línea de los balcones. Pero su consejo no me convence, porque un día se desplomaron todos los del edificio de una compañera del colegio, mientras estábamos en su fiesta de cumpleaños, y en el barrio hubo como un terremoto. Un estruendo similar a cuando en 1975 o 76 una bomba hizo estallar el aljibe de la esquina de Guido y Montevideo y dos amigos míos, que tenían un año y que no se conocían, quedaron tartamudos por el susto.
Igual ella insiste en el peligro de las macetas y de los juguetes (mi hermano pasaba sus tardes tirando juguetes desde el cuarto piso). A mí se me ocurre que es más probable que me llueva un suicida. Y lo patético de morirse por culpa de un suicida que sin pensarlo se convierte en asesino.
Hace mucho leí una entrevista en la que la viuda de Piazzolla dijo que Astor murió de un corazón roto por el rechazo de los tangueros viejos. No sé. Pienso esas cosas mientras escucho esto en la calle negra sin rostros en los que buscar señales.
Es viernes a la noche y muchos están solos. No importa porque la semana los dejó molidos, y con la lluviecita y la helada, cama y tele no parecen mala idea. Sería mejor cama compartida, pero no es el caso así que simulan que no importa. Total van a dormirse rápido.
Los empleados de una zapatería que aunque anuncia “gran barata” no tuvo ni un cliente en todo el día fuman apachurrados en la vereda. No hablan. Agotaron todos sus temas de conversación a las once de la mañana de ayer y en sus cabezas hacen refresh refresh refresh pidiendo recomenzar sus vidas.
Son las siete y ya es de noche. Los bocinazos me expulsan de Santa Fe hacia calles más vacías en las que de vez en cuando me llega una bocanada de humo de cigarrillo. Me subo el cuello del abrigo porque se acaba la música y me da un escalofrío.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Princesita


Si por falda lleva un rallador
¿en lugar de vagina tendrá un sacapuntas?

Would you be so kind

¿Podrías comprar la manguera para el lavarropas?
Era lo último que faltaba romperse, y amaneció por la mitad
Si paso un día más sin lavar
creo que me van a dar ganas de irme
a otra ciudad.

martes, 15 de septiembre de 2009

high expectations (stupid girl)


Fui por la promesa de hacer mierda una tarjeta de crédito ajena en una librería infinita.
En vez, no hubo forma de pasar de los negocios de ropa. Me compré una remera que dice FLEUR DU MAL. Por lo menos. Un guiño mientras me hacen algo que no se siente bien pero que de alguna forma me encanta.
La remera gris será modelada mañana en su jardín de infantes amigo.

(NOTA: si ve una foto en esta entrada significa que me sobrepuse a ).

lunes, 14 de septiembre de 2009

El perseguidor

You belong among the wildflowers
You belong somewhere close to me
Far away from your trouble and worry
You belong somewhere you feel free.
Tom Petty

Tiene diez años y dos veces por semana camina sola hasta el instituto de inglés. Antes, cuando tenía nueve, tomaba un colectivo para recorrer las diez cuadras que lo separan de su casa. Siempre pensó que ocho cuadras es el límite para caminar: menos de ocho se caminan; más, ya se puede subir a un colectivo. Pero este año no hay monedas gracias a la devaluación o a la inflación, no sabe bien de cuál de las dos es la culpa. El peso está tan débil que las monedas ya no valen por lo que dicen sino por el metal del que están hechas. Y algunos, oyó que los dueños de las empresas de colectivos, las juntan para venderlas en fundiciones. Así que no hay monedas. Y sin monedas no hay colectivo, y el límite de las ocho cuadras es abolido. Ahora camina todo lo que puede, y si van a ser demasiadas cuadras vacía bolsillos, mira adentro del lavarropas, gatea por los rincones en busca de monedas olvidadas, aunque sean de cinco centavos.
Ahora que pasa tanto tiempo sola en la calle, su mamá le advirtió sobre los depravados que persiguen a las niñas desprevenidas. Hace poco uno siguió a la hermana de una amiga y al entrar en su edificio se metió con ella y la manoseó en el ascensor. Hay que estar atentas. No confiar en nadie.
“Si un hombre te sigue, no te asustes”, le aconsejó un mediodía. “Entrá en un negocio y esperá a que el tipo pase, o pedí ayuda. O el teléfono prestado para llamarme a casa”. La chica siempre presta atención en la calle, y por eso está tranquila.
Pero una tarde de otoño, mientras va a la clase de inglés, la chica nota que un extraño la sigue. Mira en los reflejos de las vidrieras y siempre está detrás de ella. Aunque cruce de vereda. Siempre está atrás suyo. Durante cinco cuadras.
Tratando de mantener la calma, entra en un negocio. Como siente vergüenza de confesarle al vendedor de zapatos para hombres que ha despertado el interés de un depravado, simula buscar un regalo para su padre hasta que su perseguidor pase.
Diez minutos más tarde, después de haber averiguado el precio de unas botas de cuero que vienen en marrón y en negro, de unas sandalias que su padre jamás se pondría, de mocasines de diferentes colores y hasta de varios pares de pantuflas, se anima a la calle.
El perro pecoso sigue ahí; la espera dos metros más adelante. Vuelve a intentar no mostrar su nerviosismo, esta vez con mayor dificultad. “El perro es lobo, y el lobo huele el miedo y así identifica a su presa: si huele miedo sabe que está frente a una presa”, le había explicado su primo una mañana de verano mientras rastrillaban el fondo de la quinta. Había un bosquecito de pinos y con las agujillas creaban calles para las bicicletas. Cuando el Bicipark estuviera listo, les cobrarían entrada al resto de los chicos de la familia. Y como ella les tenía miedo a los perros, su primo intentaba hacerla razonar mientras trabajaban.
Ahora, gracias a su primo, con el perro mirándola intenso ella sabe que debe controlar sus emociones. Así que mira la vereda de baldosas cuadraditas y rayadas que siempre la hacen pensar en galletitas Ondinas, aunque las Ondinas tuvieran ondas y no rayitas, y pasa caminando por al lado del perro. Con el paso apenas apurado y con el corazón corriendo una maratón de cinco metros. Debajo del miedo, el perro huele otra cosa. Porque hay algo más.
Cuando llega a la esquina de Laprida y Melo, comprueba que el perro va detrás suyo. Camina a la misma velocidad que ella y sus patitas ligeras parecen flotar en el aire frío. Cruzan la calle y diez segundos más tarde el perro vuelve a sentarse en la vereda mientras ella entra en el aula, saluda a sus compañeros y se desploma en una de las sillas naranjas con mesa incorporada. La clase de inglés es el único lugar donde siente que tiene amigos. En el colegio no lo pasa demasiado bien: no tiene casi nada en común con el resto. Sus compañeras piensan que ella es rara. Porque lee demasiado. Porque nunca tiene ropa nueva y no le importa. Porque le encantan las películas en blanco y negro. Así que ahí está un poco solitaria, pero en la clase de inglés todos son diferentes unos de otros: a uno le gustan los hamsters, otra lee cómic tras cómic y el otro es gótico. “Some group”, había dicho una vez Chris, el profesor. Un grupo más normal que el que le tocó en el colegio. Por eso le gusta ir al instituto de inglés y no se pierde ni una clase. Jamás.
Casi una hora y cuarenta y cinco minutos después de haber entrado, luego de ejercicios in pairs, workbook, listening comprehension, whats?, muchas risas y algún flirteo, la chica se ha olvidado del perro. Mientras baja las escaleras con la despreocupación de la época, se abrocha los botones con pintitas del abrigo azul. Charla con uno de sus amigos, el que siempre camina con ella a la vuelta aunque viva para el lado opuesto. Y ella tirita las diez cuadras que recorren juntos.
Cuando salen del instituto, el perro levanta las orejas puntiagudas y se incorpora. Ella se asusta al descubrir que su acosador sigue firme en su propósito. La chica y el perro se miran durante tres segundos, mientras su compañero habla de un examen cercano, ajeno al drama que se desarrolla frente a sus ojos.
A ella se le ocurre que tiene que haber algo más. Piensa que quizás el perro la busca porque la recuerda de antes. Así que por las dudas se acerca, se agacha y lo acaricia primero suavemente. Después siente que tiene que hacerlo, y hunde sus dedos entre la piel del lomo del perro hasta palpar cada una de sus costillas. Él le lame la mano con dedicación de amante, sus miradas trabadas en un déjà-vu.
Ella no puede evitar llevarlo a su casa; lo mantiene escondido en su cuarto durante tres días hasta que una mañana su madre, de quien ella ha heredado su aversión estúpida por los animales, lo descubre y lo echa a la calle mientras la chica está en el colegio rindiendo una prueba de geografía.
Cuando vuelve al mediodía, se lo encuentra aullando en la vereda. Entra en el departamento y confronta a su madre. “Es mi casa, no la tuya. Mientras vivas acá tendrás que respetar mis reglas, no es un hotel. Y si un animal entra por una puerta yo me voy por la otra. ¡ESTA ES MI CASA, no es tu casa y TENÉS QUE HACER LO QUE YO DIGA!”, son los argumentos inapelables de la madre.
Cuando pierde la guerra, la chica mete cuatro cosas en una bolsa y se va con su perro a vivir a la plaza. Lo que en definitiva es mejor: el perro no opina sobre lo que ella hace, jamás la critica y ya no está tan sola. Entre los árboles ella siente que por fin ha llegado a un hogar.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Just a perfect day


La primavera está escondida en la terraza de un piso catorce frente al Río de la Plata. Se ve una de las torres del viejo edificio de la aduana. Las grúas rojas del puerto. Las tres montañas de contenedores verdes y azules y naranjas. Las nubes chatas en el horizonte. Dos barquitos con velas blancas. El viento susurrando en las hojas largas de once plantas rojas. El sol encandilando con la ayuda de un plato de Direct TV sin costo de instalación. El sol mordiéndome los brazos y pintándome los labios y las pecas.
La perfecta monotonía de la siesta es acentuada por el almuerzo de un aguilucho, miembro de la nueva especie desplazada que debió inmigrar en la ciudad. El ave de presa, que ha estado vigilando su zona desde una antena durante la última eternidad, despliega sus alas negras ribeteadas con plumas blancas, limpias, puras, perfectas, y se lanza en impecable picada hasta la cornisa de un quinto piso, donde una paloma retoza después de una mañana de festejos por parte del palomo de turno.
Uno: pico de aguilucho en cuello de paloma sorprendida.
Dos: garras de aguilucho en lomo de paloma paralizada.
Tres: aguilucho y paloma desaparecen detrás de una chimenea.
Cuatro: ¿palomo celoso?
Vuelvo a mi libro. Abajo, en la calle, todavía es invierno.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Play Mode: Repeat


Pequeño vals vienés (Federico García Lorca)

En Viena hay diez muchachas,
un hombro donde solloza la muerte
y un bosque de palomas disecadas.
Hay un fragmento de la mañana
en el museo de la escarcha.
Hay un salón con mil ventanas.

¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals con la boca cerrada.

Este vals, este vals, este vals, este vals,
de sí, de muerte y de coñac
que moja su cola en el mar.

Te quiero, te quiero, te quiero,
con la butaca y el libro muerto,
por el melancólico pasillo,
en el oscuro desván del lirio,
en nuestra cama de la luna
y en la danza que sueña la tortuga.

¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals de quebrada cintura.

En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados,
hay frescas guirnaldas de llanto.

¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.

Porque te quiero, te quiero, amor mío,
en el desván donde juegan los niños,
soñando viejas luces de Hungría
por los rumores de la tarde tibia,
viendo ovejas y lirios de nieve
por el silencio oscuro de tu frente.

¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals, este vals del "Te quiero siempre".

En Viena bailaré contigo
con un disfraz que tenga
cabeza de río.
¡Mira qué orillas tengo de jacintos!
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas,
y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Chicas de oficina

Una de las máquinas de la fábrica de la empresa cliente hace el ruido suficiente para tapar las palabras de Cali que, a dos metros de nuestra jefa, me dice sin bajar la voz “la odio. Pero la odio en serio. La ODIO”. Pronunciando la D con una intensidad especial.
Su falta de miedo a que la oigan me hace sentir un poco incómoda, pero la comprendo: la jefa es, en verdad, odiosa. Siempre exigiendo niveles imposibles de perfección, eterna impuntualidad de nunca menos de una hora en todas las reuniones –ya sean con empleados o con clientes–, negrera, irresponsable e irrespetuosa, ordinaria… son sólo los primeros calificativos que se me ocurren. Pero sé que la lista sigue hasta más allá del jardín de la planta cervecera, y eso hace que se me contagie un poco el odio de mi compañera.
Posicionada entre varias máquinas y decenas de operarios, y fajada en una minifalda roja, medias color piel y botas hasta la rodilla, la jefa le da instrucciones precisas al fotógrafo, que la mira con una mansedad macerada por horas de trabajo duro con directores imposibles de complacer. Esta es una arañita triste, piensa para sí, y se imagina en su hamaca, en su playa de arena blanca, con el agua tan cerca que podría tocarla si estirara los dedos. Para eso le sirve lo que le saca a esta araña. Para las vacaciones con su amigo, cada día más cercanas.
Los operarios la miran con desprecio. Nada más lejos del calor que ella probablemente buscó despertar. Siempre quiere ser la más deseada, pero su mal gusto atenta implacable contra la oportunidad. Eso es lo que piensa Cali. Y la reconforta.
Después del almuerzo, mientras compartimos un cigarrillo en el patio de la planta y mientras las fotos siguen en busca de una toma siniestra urdida en la fila del pasaporte como venganza al universo por tener que esperar como el resto, Cali me relata lo pesadillesco de su propia noche anterior.

Luego de una cena con un cliente, la jefa y ella debieron compartir un taxi. Cali planeaba escaparse con Pedro, el fotógrafo que siempre la lleva en auto (en el auto fuman, toman, hacen cualquier cosa porque trabajar con un poco de adrenalina extra a los dos los entusiasma). Pero la jefa, caprichosa como siempre, insistió en que las dos vivían para el mismo lado, y en que vamos juntas, yo te alcanzo… Tanto que Cali se dio por vencida, después de todo eran casi las 12 y en unas horas había que madrugar para hacer las fotos en la fábrica.
Cuestión que las dos, la jefa y Cali, se subieron a un taxi que las llevó a toda velocidad por la noche vacía de martes. Silencio reconfortante después de la jornada larga, hasta que la jefa empezó con sus confesiones. “Que con tal cliente… bueno… estamos juntos en una relación”. Cali escalofríos. Cali retrovisor buscando mirada cómplice taxista. Cali bajar siguiente semáforo, aunque estuvieran detrás de Retiro. “Y bueno… tal cliente está casado, pero con la mujer ni onda… Ella estaba esta noche y él me la presentó como si nada… es un hijo de puta, te juro, no sabés las cosas que me dijo de ella”. Cali miró taxista que no miró a Cali y quiso tirarse auto en movimiento. Cali ¿habría alguna nota sobre saltar de vehículos en marcha en el Manual del suicida? Saltar ventana piso séptimo o más alto muerte segura. Menos pisos muerte no del todo probable; incluso posibles complicaciones por terribles consecuencias no-mortales.
Pero el auto ya agarró una vía rápida por el medio del puerto y no hay escapatoria, más que tomar el odio que Cali siente y usarlo en su propio beneficio. Mientras la jefa sigue describiendo la mezcla de amor, codicia, celos y odio que siente por tal cliente, Cali disfruta pensando en la mañana siguiente, en el arrepentimiento de su jefa cuando recuerde las confidencias…

Por la tarde, la agenda sigue con una reunión con los dueños de la cervecera. Parece que la jefa no logró desquitarse con el fotógrafo, porque tiene un humor que choca con lo fiestero de su atuendo. Trata mal a los clientes, nos trata mal a nosotras. Está cruzada y no para de comer pedacitos de un bizcochuelo que va cortando sin prisa pero sin pausa, como dicen.
“Esa respuesta no es aceptable”, me dice en un momento. “Esos tiempos están mal, sos tan poco profesional”. La miro con ojos de nada, porque no es la primera vez que me denigra frente a un cliente, y sé que tampoco es la última. Pienso que no me importa, mientras comienzo a sentir que yo también la odio con la D especial, tan especial como su minifalda en la cervecera.
Pero la cosa se pone mejor cuando la increpa a Cali y le grita que no está a la altura de las circunstancias. Cali se pone pálida y parece que va a largarse a llorar, en plena reunión y frente a los directores. Pero algo cambia, porque su cara se colorea de repente y, casi bordó, le escupe con total tranquilidad: “algo que en todo caso vos arreglarás con una buena mamada, como hacés con tal cliente, puta de mierda”.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Amantes en la lluvia

Ploua infernal,
si noi ne iubeam prin mansarde.
Prin cerul ferestrei, oval,
norii curgeau in luna lui Marte.
Peretii odaii erau
nelinistiti, sub desene in creta.
Sufletele noastre dansau
nevazute-ntr-o lume concreta.
O sa te ploua pe aripi, spuneai,
ploua cu globuri pe glob si prin vreme.
Nu-i nimic, iti spuneam, Lorelei,
mie-mi ploua zborul, cu pene.
Si ma-naltam. Si nu mai stiam unde-mi
lasasem in lume odaia.
Tu ma strigai din urma: raspunde-mi, raspunde-mi,
cine-s mai frumosi: oamenii?... ploaïa?...


Llovía infernal,
y nosotros nos queríamos en desvanes.
A través del círculo de la ventana, oval,
las nubes fluían en el mes de Marte.
Las paredes del cuarto estaban
intranquilas, bajo dibujos de tiza.
Nuestras almas bailaban
ocultas en un mundo concreto
Va a llover sobre tus alas, me decías,
llueve con globos sobre el Globo y sobre el tiempo
no pasa nada, te decía, Lorelai
llueve sobre mi vuelo, con plumas.
Y me alzaba. Y no sabía más dónde había dejado
en el mundo mi cuarto.
Vos me gritabas de atrás: contéstame, contéstame
qué es más lindo: ¿la gente? ¿La lluvia?

martes, 8 de septiembre de 2009

Compartimentos apartados


Cuando su barco cruzó el Ecuador, el pasado de mi bisabuelo se borró como la memoria de un disco que se formatea. Así que nunca supe nada de su historia, que viene a ser un poco la mía. Sólo fragmentos como pedacitos de un espejo imposible de reconstruir.
El documento de su llegada a la Argentina dice que era artesano. Pero no se sabe si eso era verdad o sólo una elección entre varias opciones acotadas (creo que eran labriego, artesano o médico, algo así que podría ser sumamente específico o completamente vago). Tampoco supimos nunca por qué dejó su pueblo a los 19 años, antes de las dos guerras mundiales, ni por qué jamás volvió. Vino solo, o quizás con algún compañero. Y hay leyendas sobre su carácter lunático. Malhumorado. Hermético. Loco.
Una foto de un tipo grandote y rubio, con ojos claros. Ese era él, durante años, en mi mente. Una mesa de madera sólida como sus brazos de carpintero, en la que desayuno cada mañana. Tiene la pintura descascarada y se ven las capas anteriores. Variaciones de blanco entonado por el tiempo. La mesa tiene un cajón con varias divisiones para cubiertos. Yo lo tengo lleno de juguetitos, remedios, cositas, pastillas y chapitas y corchos. Quizás fue para eso que hizo los compartimentos. Puede que los haya hecho para mí.
Ahora que lo pienso, no tengo idea de qué trabajó durante toda su vida. Sí sé que se casó con una argentina, o tal vez española, que pasó a convertirse en mi bisabuela, y tuvieron dos hijos, uno médico, el otro abogado. El anarchista trasplantado prendió bien en la tierra nueva.
Me contaron una noche que cuando era viejo se recluyó en la habitación que quedaba al final de una escalerita, en el fondo de la casona de Parque Patricios. En el cuartito donde vivía, y del que casi no se asomaba, construía muebles de madera y quizás visitaba el pasado olvidado. Alguna vez me dijeron, y otra me repitieron, que murió loco. Siempre pensé que me iba a pasar lo mismo. Lo que en verdad pienso es que se hinchó las pelotas y decidió pasar sus últimos años solo y tranquilo en su mundo.
Siguiendo sus pasos, pero al revés, volví al pueblito cerca del lago que lo vio partir en 1890 y algo, donde estamos todos inscriptos en el registro de nacimientos. Porque aunque hayamos nacido en Buenos Aires, en Fenegró dicen que nacimos ahí. Me gustaría saber qué pensaba cuando lo vio por última vez entre sus montañas eternas. Si habrá sido lo que yo pensé cuando me despedí de mi propia ciudad para nunca más volver. Siempre creí que éramos iguales. Ahora busco un cuartito alejado para poder descansar mientras hago mi cosa. Y que todos piensen que también esta huraña piró. Que crean lo que quieran… total nunca me lo podrán decir.

RE: Querida Emma

Querida Confundida en Baradero,
¡Qué felicidad con tu retoño! Con suerte tendrás tu propio brown sugar tummy, sabes como me gustan los negritos. ¿Te habrás embarazado del mismo que yo? Quizá por eso me tomes en cuenta para ver cómo te la arreglás con el blanquito de tu marido. Yo fui muy práctica: cambié el sur por el Caribe, donde no le faltarán candidatos paternales a mi huérfano. ¿Qué hacer? Y hay muchísimas opciones mi reina, menos la verdad, obvio, de que la pasaste bomba. Por eso te recomiendo:
1. CALMA: Espera calladita hasta el parto, y si se pone oscura la cosa, es porque te estafaron en un banco de esperma, al cual recurriste para tener el hijo que salvaría tu matrimonio, pues claro: no querías herirlo relevándole que él, tu querido marido, es más infértil que la tierra del jardín.
2. ESPERANZA: En aquellas vacaciones que compartimos en Gessell en la casa de mi tía Nora, tu maridito no me pareció tan cerradito de mente (si blanquito, ¡cómo se había puesto de colorado aquella primera tarde!, por lo que no hay manera que crea que es suyo). Contále de la noche que te dieron un trago umbanda en aquella discoteca de Bahía, y de la cual no recordás nadita nada. Tal vez le fascine una familia United Colors of Benetton. ¡Quedarían tan lindos en las fotos!
3. FIESTA: Convencélo ya de experimentar un poco y hacer un trío con el colombiano profesor de salsa. Cuando nazca será obvio que es el fruto de aquella noche perdida. Y tranqui: los bebés de colorcito son mucho más grandes y fibrosos que los decolorados, por lo que es probable que un seismesino, ronde los 5 kg.
Ah, cuánta emoción en tu vida mi querida. Antes de despedirme, te encargo le mandes un beso personalmente al “Loco” Lambaré del camping Luz y Fuerza de Baradero (lo vas a reconocer porque le falta una falange de la mano izquierda, secuela de unos trotecitos conmigo en la barranca).
Muchos besitos, desde San Juan.
Emma*

*Emma P. es consejera freelance. Oriunda de Formosa, reside en San Juan desde que un escándalo y una posterior caza de brujas la hicieron elegir el exilio. Fue la única oportunidad en la que se aconsejó bien a sí misma.

lunes, 7 de septiembre de 2009

En el baño del cine

El hombre y su hijo de seis años entran en el baño del nuevo cine. Vienen de comprar las entradas y están entusiasmados porque a los dos les divierte la película.
Hace semanas que no van juntos al cine ni a ningún otro lado: el hombre se mantuvo ocupado en burocracias y graciasadiós ni tuvo unas horas para pasar con su familia. Finalmente su hijo hizo notar su falta y este viernes de tormenta es la tarde ideal para pasar un momento padre-hijo lejos de la casa asfixiante, lejos del hermano menor y de la madre ausente. Lejos de los problemas que lo mantienen insomne. Quizás más tarde esa noche le den al hijo la noticia y el hombre quiere un último rato para disfrutar de esta vida apacible que ya es el pasado.
Al cruzar la puerta del baño de varones el aroma dulce del pochoclo caliente mezclado con el olor de las alfombras de estreno es interrumpido de un golpe con el desinfectante que baila en el ambiente. Un paso más hacia la fila de lavatorios y el hijo le dice al padre olfateando el aire con cara de asco ¿qué es ese olor? El padre mira a su alrededor y contesta que no sabe qué será, pero que sí, es espantoso.
Mientras se lavan las manos, insatisfecho con la falta de respuesta, el niño vuelve a preguntar ¿qué es ese olor papá? Se queja. ¡Qué olor más horrible papá! El hombre vuelve a mirar hacia todos lados, al borde de una arcada. Le dice a su hijo que no sabe pero que mejor se apuran porque el hedor a cadáver a él también le resulta insoportable.
Terminan de enjuagarse la espuma de las manos y se dirigen al dispenser de papel para secarse, y el hombre ve a un linyera gris como un charco en la vereda del cementerio con el torso desnudo que se enjabona las axilas en el lavatorio del fondo. Cerca suyo hay un empleado del cine que trapea el piso mientras mira al hombre con una cara muy seria, incómoda en su uniforme con lunares de colores de golosinas.
El hombre mira al linyera y el linyera mira al hombre, y el hombre siente mucha vergüenza, susurra un perdón mientras mira sus zapatos nuevos en medio de un silencio absoluto que es interrumpido por un estornudo del niño. Espuma antibacterial en las axilas del linyera y el agua todavía corriendo. Pasan dos segundos en los que podría caber un planeta con toda su tristeza y el empleado del cine arrastra unos centímetros su balde con agua y desinfectante. Pfffffffff.
El hombre se lleva a su hijo a la fila de la comida. Una sonrisa con demasiados dientes. Comprarán pochoclo y Coca, y quizás hasta un paquetito amarillo de m&ms. No evita mirar avergonzado hacia la puerta del baño para ver salir al linyera que cojea con su mochila rota y su pelo mojado.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Picnic

Está en el baño de la casa que alquilaron sus tíos para pasar el verano en el barrio cerrado más exclusivo. ¿Por qué está en este lugar horrible? Recuerda. Su abuelo le pidió que fuera con él porque no soporta a su hijo y a su nuera, ni a sus nietos que parecen peces del fondo del mar: sin color, sin emociones, sin vida. Ella accedió porque se da cuenta de que el viejo de verdad necesita su compañía, pero toda la situación es demasiado y ahora siente unas ganas imposibles de irse caminando hasta la ruta a hacer dedo y rezar por que nada malo le pase. Así que en el baño, sentada en el piso de mármol frío saca el cigarrillito para emergencias y fuma. Ni siquiera hace falta rociar desodorante de ambientes, porque en este lugar nadie nunca fue a un recital, ni a la trasnoche del cine, ni caminó por otros barrios, esos barrios que no tienen dos policías por habitante y que son habitués de las páginas de Policiales.
quiero estar con vos
quiero estar con vos
quiero estar con vos
quiero estar con vos
que me mires
moverme
que me escuches
besarte
que me huelas
tocarte
quiero estar con vos
quiero estar con vos
quiero estar con vos
quiero estar con vos
cantarte – chuparte – mirarte
que me veas
olerte
que me escuches
desearte
que me sientas
dormirme
que me cures de mí
y del mundo
que me salves
del grito
que me guardes
del día
que me toques
en sueños
que seamos
oasis
y vino
y luna
La canción termina y vuelve a empezar una y otra vez adentro de su cabeza. Repasa la noche anterior y no encuentra el momento antes del desastre. Porque no logra identificar qué fue lo que hizo mal. Recuerda que él se enojó. Mucho. Ella dijo algo y él se puso como loco. Es que es tan celoso. Pero no. Porque la cosa venía de antes; si no ella no habría dicho lo que dijo. ¿O sí? No. Es que él la provocó. Él se lo buscó. Pero su reacción fue desmedida, una vez más. Quizás por última vez.
Había veces en que no lo soportaba.
Si pudiera identificar el inicio de la pelea, trataría de retroceder en el tiempo hasta el instante antes del mal paso. Sabe que no se puede. Igual le gustaría intentar, si sólo fuera capaz de darse cuenta…
El piso frío es un buen antídoto para el calor del mediodía y el mármol contra su nuca y sus brazos hace que le dé piel de gallina. No puede encontrar ni un grumo en la pintura del techo. Todo es perfecto y eso la asusta. Sus tíos le dan miedo. Sus primos la aterran. No sabe diferenciarlos y no se anima a llamarlos por sus nombres porque está segura de que se va a confundir. Así que evita mirarlos o decir la primera línea de una conversación porque apenas los ve se le viene la idea de la confusión de nombres a la cabeza y casi se pone colorada.
Ya llaman a comer y no quiere salir del baño porque sabe que la comida no es suficiente, nunca es suficiente aunque sean ricos y ella no entiende por qué son tan miserables cuando podrían darse todos los gustos. Incluso tomar sol en invierno, volar a una playa cálida y lejana y sacarse el gris de la piel. Pero no. Prefieren vivir así y su madre le dice que no juzgue a la gente ¡pero hay veces en las que mami no me puedo quedar con la boca cerrada!
Otra vez llaman a comer. Gira la cabeza para un costado y se imagina a su abuelo haciéndose el senil, mirada perdida clavada en un gorrión para que nadie le hable. Mira el ángulo donde la pared de la bañadera se convierte en piso de mármol. Ni una gota de agua seca. Parece que acá nunca ha cagado ni se ha bañado nadie. La familia de axolotls albinos le da miedo.
¡A comer! por tercera vez. Ahora con su nombre encabezando el aviso. Ay ay ay. No puede moverse. Sí puede, qué lástima. Se levanta de un salto y tiene que agarrarse del lavatorio porque ya está viendo miles de estrellitas y la cabeza parece que se le podría volar para cualquier costado.
Vuelve a agacharse para guardar sus cosas en el bolso. Anteojos fósforos cigarrillos magiclick protector solar monedas brillo delineador negro clip para el pelo cuaderno rímel lápiz marcador entrada de cine papel de palito de la selva libro. Por fin sale del baño.
En el jardín hay mucho sol y chicharras como violines y motosierras y la mesa está puesta debajo de un roble. Mientras se acerca piensa que volvería al instante antes de que comenzara la pelea de la noche anterior. O por lo menos al instante antes de que terminara la pelea de la noche anterior. Antes de los golpes y de los botellazos. Antes de la sangre y antes del llamado al SAME. Antes de que la ambulancia llegara demasiado tarde. Antes de la muerte y antes de la policía.
Tenía razón: la comida no alcanza y va a tener que llenarse con pan y Coca. Pero su abuelo le da una mirada agradecida y un apretón en el hombro que hacen que se sienta mucho mejor. La reconforta saber que él la cree dulce e inocente.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Telecommuting is not OK

Esta tarde, después de pasar cambios con el diseñador durante siete horas y media a través de Skype (en las cuales compartimos un almuerzo, él un sandwich y yo ensalada de garbanzos y fuimos al baño juntos), por fin cerré la revista.
Mandé un mail a la imprenta para avisar que la moto con los originales iba en camino y llamé al editor para contarle el final del trabajo. En realidad le hablé porque después de semejante maratón contrarreloj necesitaba un cigarrillo y no me gusta fumar sola. Así que compartimos el momento vía webcam.
Yo estoy en Buenos Aires y él en el Uritorco, esperando conseguir una exclusiva con un extraterrestre.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Improbables pequeñeces


Musiquita contagiada anoche en la fila del chino mientras espero para pagar una bolsita de pan duro ($2,25). Atrás de un chico con una remera CROATIA bailando la letra a viva voz y unos amigos gritándole desde la vereda llamándolo ¡eh qué hacés acá Pablito! Pablito compra un vino y una botella de agua (6 litros). Una pareja de viejos paga $36,45 con cambio y la china le sonríe al señor por las monedas.
Son casi las 10 y el chino de la puerta mira a los que entran pero no sé si contento o cansado. De todas formas está listo para cerrar la cortina metálica. La chica que embolsa las compras no para de sonreír como un gato que todavía tiene el ratón en la boca. Yo muchas veces camino con esa cara por la calle y miro para abajo para que no me descubran. Me pregunto qué habrá hecho ella. El carnicero y el verdulero se van perfumados y con el pelo mojado y pienso que me gustaría fumar, pero no fumo y si fumo ahora me va a quedar el olor en la cara y en las manos por el resto de la noche. Me despido de los chinos con un cabeceo gracias. En la calle sigue la garúa fría.
En la cocina el paquetito donde mi hermano trajo el humus y los tomates secos preparados en casa es ya una neurosis en sí mismo. Dos recipientes descartables nuevos para el humus. Transparentes y empañados por la comida amarilla todavía tibia. Debajo de los dos envases, un tupper con tapa rosa lleno de tomates al rojo vivo nadando en aceite junto a pedazos de ajo y restos de hierbas. Rico olor para la pizza. Diez pizzas para catorce personas. Champignones, provolone, tomates, jamón, albahaca, mozzarella, rúcula, tomates secos, franceses, taiwanés made-in-usa, familia y familia extendida. Coca, vino, agua y/o cerveza.
Le tiemblan las manos mientras enciende el cigarrillo pero no está nervioso. Otra cosa que le pasa, además de la irritación perpetua del esófago, es el temblor de las manos, diagnosticado como totalmente benigno. Y el repiqueteo constante de la pierna derecha siempre que está sentado: algo más que no puede evitar. Una vez leí que la gente que tiene esos tics quema más calorías que la que no. Así que por las dudas comemos un poquito más, a pesar de los eructos imparables, producto de un estómago también neurótico.
Esos detalles chiquitos que nos hacen ser quienes somos. Como su pelo de un cocker spaniel hijo de la vejez de Beethoven y Yourcenar. O la misma sonrisa en los ojos de cuando tenía cuatro y sus hermanas lo disfrazaban de mujer y él se dejaba.

y sus tías supieron que había llegado el momento de llamar a la casamentera

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Llueve

llueve llueve llueve
llueve llueve
llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve
llueve llueve llueve llueve llueve
llueve llueve llueve llueve
llueve
llueve llueve llueve piove!
llueve llueve
llueve llueve llueve llueve llueve
llueve llueve llueve
llueve llueve llueve llueve llueve
llueve llueve llueve llueve llueve llueve
dicen que siempre que llovió paró
no creo que aplique
(acá en chicamigraña seguimos recibiendo bienvenidos y bien pagados palazos en la cabeza)