sábado, 31 de octubre de 2009

Un cuento de Halloween



Está deprimida: sentada en un sillón, con trescientos dólares que no esperaba en la mano, cientos de personas bailando a su alrededor, cientos de personas drogadas tomando tragos de colores y cervezas y whisky, todos felices, saltando a las órdenes de la música electrónica 1999, mirando apenas la pantalla gigante sobre sus cabezas con inscripciones veloces, como golpes de letras: sex will save the World / Drugs / Music.
Está deprimida: le dieron el premio al mejor disfraz. Y no es que los trescientos dólares no le vengan bien; de hecho la salvan, con el sueldo recién cobrado y ya perdido (por un clásico error bancario le sacaron todo lo que había en su cuenta para saldar la deuda completa de su tarjeta de crédito) y con el alquiler todavía sin pagar.
Lo que le molesta de toda esta historia es el hecho de que ella no está disfrazada. Del montón de personas, la mitad tiene disfraces. Con trajes elaborados, estilo efecto-especial; algo que en una película se habría llevado algún elogio.
Pero ella no. Ella está vestida como cualquier otra noche de sábado, sin la felicidad del disco, sin la sofisticación del ambient. Está vestida con tranquilidad, para pasar desapercibida, creía ella.
Pero obviamente no para el resto.
Cuando le dieron un papelito blanco que decía “tu disfraz es bueno” no entendió, principalmente porque la música estaba muy alta y la gente gritaba muy fuerte. Así que cuando se lo acercó el camarógrafo, que además la grabó para que todos vieran su cara de dormida reproducida en la pantalla gigante, lo aceptó sin darle importancia.
Pero cuando media hora más tarde la música paró para dar lugar al concurso de disfraces y el maestro de ceremonias dijo que los que tuvieran el papel que decía “tu disfraz es bueno” subieran, empezó a preocuparse.
Enseguida apareció en el escenario una pareja completamente desnuda: los anfetamínicos jueces del concurso. Después subieron, uno a uno, los portadores de los otros nueve papelitos. Pero faltaba ella. La llamaron una vez. Dos veces. Ella siguió sentada primero, y acurrucada después, en su sillón del fondo.
El público aplaudía y gritaba al paso de los finalistas. Cuando terminó el noveno, volvieron a llamarla. Ella comenzaba a asustarse.
De repente... un reflector. Un reflector que, igual que un helicóptero de la policía, busca a su presa. Como una nave extraterrestre que rastrea al último humano, una mujer embarazada de mellizos, varón y hembra, que continuarán la especie. La gente se corre y cambia de lugar. Ella se aterra. Final e inevitablemente, el reflector la encuentra. Casi grita. Busca por todas partes a su novio, pero no lo ve. Mira la pantalla y ve su cara de espanto. Su cara pálida como la muerte. El pánico en sus ojos. Los gritos de la audiencia, que aplaude, salta y aúlla, mostrando su aprobación. Su entusiasmo de circo romano.
Sin que pueda reaccionar, en shock, es conducida por millones y millones de manos que parecen las células malditas de un cuerpo monstruoso, hasta el escenario. El maestro de ceremonias la mira con ¿admiración? Posa su mano sobre la cabeza de la candidata, y espera. Es en ese momento, en el momento del juicio, cuando los gritos se hacen más fuertes. Insoportables. Insostenibles. El público está enajenado.
Y gana el premio.
A un lado, también aplaudiendo como si el que ella haya ganado fuera la decisión más justa jamás tomada por los hombres, los otros nueve postulantes, con unos disfraces que dan miedo de verdad, la miran y gritan palabras de victoria.
Ella recibe los trescientos dólares y mira a la pantalla, en un último intento desesperado de encontrar a su novio y desaparecer. Y lo encuentra. Justo delante de ella. Sobredimensionado sobre la pantalla, está metiendo su lengua en la oreja de un alien rosado.

jueves, 29 de octubre de 2009

Red Hot + Riot


Ya el sol te pega en los ojos cuando rebota en las veredas blanquísimas. Después llegando al colectivo el pobre Elías se tropieza con un adoquín de la calle que rompieron hace más de un mes y que nunca terminarán de arreglar y perdemos el colectivo. Porque no podemos subir con él llorando, dando alaridos, con las rodillas y la mano ensangrentadas, la cara raspada y el guardapolvo lleno de pelos. Porque aterrizó arriba de un perro.
Después de un rato sus ojos ya no son francotiradores que disparan gotones de llanto y empezamos a reírnos: noto los pelos en su delantal, le cuento que cayó sobre un perro. Se ríe un poco. Al lado de donde pegó su cara hay una enorme cagada de paloma. Le comento que por suerte su cachete no dio ahí. Carcajada. Siempre se puede estar peor, es verdad mamma, te quiero. Yo también mi amor.
Cuando llega el otro 39 el chofer es el que tiene cara de culo.
–Buen día. Unoveinte y un escolar por favor.
El tipo mira a Elías de arriba abajo con ojo de cirujano.
–No tiene guardapolvo, son dos de unoveinte.
–Sí tiene guardapolvo.
–Tiene que ser blanco. El escolar es para los que van a escuela del Estado. Si podés pagar un colegio privado pagá también el colectivo.
Y qué sabés de mi vida, forro.
Sube un hombre que va a la oficina y me defiende:
–Si paga el colegio privado se queda sin plata para el colectivo. Déle el escolar.
–Sí, además qué sabe usted qué pago yo. El colegio de mi hijo es gratis, yo no pago nada.
–Pero el color del guardapolvo es azul. Tiene que ser blanco de colegio del Estado.
–¡Pero no hay vacantes para todos en la escuela pública señor! Ahora espere un rato que busco las monedas.
Estamos sincronizados: la semana pasada nos cagaron dos palomas, en Palermo primero, en Congreso después. Ahora nos acusaron de ricos, en Almagro primero, en Palermo después. Casi saco tu frase del Mercedes, te lo juro. Estaba indignada. Además, si querés resentimiento, nosotros ganamos menos plata que vos, colectivero antipático. La ley tiene que ser pareja. Un escolar que viaja en transporte público es un escolar que viaja en transporte público es un escolar que viaja en transporte público…
Nos sentamos y saludo con la cabeza a dos mujeres que me apoyan con la mirada. Le susurro a Elías: “qué mala onda este señor”. Él sonríe con cara de travesura y me dice “tirale un zapato por la cabeza al chabón, ma”. Me río pero estoy indignada y rabiosa. Mañana le compro un guardapolvo blanco.
Después de dejarlo charlando como un loro con sus amigas cotorras, me enchufo las orejas y corro hasta que ya no pienso en el malhumor del adoquín y del colectivero. Hace mucho calor, hay mucha humedad, no hay vereda sin sol, se me rompió la gomita y el pelo me abriga hasta los codos y la música me transporta a una noche de verano cuando me contaste de Nigeria.
Two days and two nights at The Shrine. Fela wouldn’t stop singing. People wouldn’t stop dancing. Perdiste tu nombre. Sólo su significado permaneció. Little king. Sin apellido, te liberaron. Chuchos de frío y desmayos por culpa de la comida a la que tu cuerpo tuvo que adaptarse. La policía no entraba a la ciudad de Fela Kuti y su clan, y todo adentro era libertad y reinado. Eras el único blanco. Se reían de vos hasta que canjeaste tus Levis por ropa local que te hizo Mama George y resurgiste de su casa como uno de ellos, pero blanco. Oyimbó Fulani, te gritaban desde los camiones que pasaban por el camino. Y hasta los niños se burlaban de vos. Cuando los puteabas en yoruba, ahí se reían mucho más, saltaban en los camiones y se doblaban y gritaban. Pero te respetaban y se inventaron una leyenda, te preguntaban si eras un gemelo que se había perdido en América y se había desteñido lejos de su sol. Oh pobres Taiwo y Kehinde, separados al nacer, Taiwo se quedó con su madre y su sol, Kehinde fue robado, perdido y pasado por kilos de nieve y litros de lavandina.

You dey go your way, the jeje way
Somebody come bring original trouble
You no talk, you no act
You say you be gentleman
You go suffer
You go tire
You go quench
Me I no be gentleman like that

Un auto lleva adentro a una mujer idiota, que habla por celular mientras dobla sin mirar, su auto lleno de sillas para infantes, su auto lleno de chicos que no están. La mujer dobla mientras habla por teléfono y se mira en el espejo en vez de mirar la calle. Un pelo de una ceja le creció fuera de lugar, pierde el hilo de la conversación, casi me atropella mientras dobla su auto plateado y grande, lleno de pelos de cejas que tiene que arrancarse antes de llegar a algún lugar con buena luz donde la secretaria de su marido se escabulle con un andar demasiado rápido, un poco apretado. Su auto que todavía tiene olor a nuevo casi me atropella y es un Mercedes lleno de distracción, el Mercedes que nunca podré usar en vez del colectivo, el Mercedes que nunca querría usar.
Los otros de tu grupo ya hace meses que dejaron África, y vos no pudiste volverte a tu país. Te habías reencontrado con Taiwo y con tu madre y con su sol, y la nieve ya no te pertenecía.
Sacrificaste una gallina y una cabra y lavaste tus herramientas con su sangre y el dios del metal te sonrió y guió tus manos sobre la madera y salieron las esculturas. Asaron su carne y todos se alimentaron con ellos y bailaron y se rieron alrededor del fuego. En una noche envuelta en batik y llena de comida, de bolitas de comida blanca que se comen con los dedos y la noche tiene mil caras que se ríen a carcajadas, saciadas y felices.

Africa hot, I like am so
I know what to wear but my friends don't know
Him put him socks, him put him shoe
Him put him pant, him put him singlet
Him put him trouser, him put him shirt
Him put him tie, him put him coat
Him come cover all with him hat
Him be gentleman
Him go sweat all over
Him go faint right down
Him go smell like shit
Him go piss for body, him no go know
Me I no be gentleman like that

No conté las cuadras de este camino: creo que son veinte. Se sienten como veinte. Mamá dijo que son como treintaycinco. Es demasiado exagerada, la persona más exagerada que haya visto jamás, en toda mi vida y en las películas, así que no creo que le crea hasta que las cuente. Pero se sienten como veinte nomás, con toda la transpiración que me cae por la nuca abajo de mi pelo pegoteado. Los adoquines en las calles son como de veinte cuadras, no como de treintaycinco.
La llave en la puerta de calle siempre gira dura, el pasillo está lleno de las semillas pelu-punteagudas de los plátanos. En casa dormís con Dingdong envueltos entre sí, pegoteados en un sueño de batik, pienso que deberías buscar a los George de Lagos en facebook, que para eso lo creó dios.

I be Africa man original
I be Africa man original
Son veintisiete

martes, 27 de octubre de 2009

veneno

soy la resaca de ese cumpleaños cuando quisiste dejar de sentir.
la madre que te escupió en la cara.
soy la que les hizo creer a tus amigos del aguantadero que había llegado la policía
y la que se robó todas las carteras en aquél bautismo.
soy la que en confesión hizo pecar al cura
de pensamiento, palabra, obra y omisión.
soy el padre que levanta la comida que se cayó en el piso de la estación
sobre un escupitajo
y se la mete en la boca a su hija menor.
soy el oasis que nunca podrás alcanzar
ese espejismo que te pincha las pupilas.
soy la novia que se embarazó de otro
y la hija que te da vergüenza mostrar.
la amiga que siempre está
para dar consejos incomprensibles
que no sabe cumpleaños ni recuerda aniversarios
el perro que te mordió el tobillo cuando ibas a casarte
el tatuador con mal de parkinson
la música que te lastimó los oídos
la que se guarda los vueltos.
soy la que te robó el novio
y después te escupió su corazón
masticado
en la cara.
la mala influencia que no podés resistir.
soy la que anduvo con tu padre
y con tu hijo.
soy la que buscás cuando nadie te aguanta
la droga que te hizo mal
la gota que te puso en coma.
la que no le podés presentar a tu madre
la que se va sin avisar.
soy la que siempre perdona
y la que no podés odiar.

please don't hate me!
you can’t hate me
because i love you.

sábado, 24 de octubre de 2009

The Lord of the Bees

En la plaza hay cinco chicos de seis años que acaban de conocerse y ya son mejores amigos. Todos tienen pantalones azules de gimnasia y todos tienen remeras de uniformes de colegios. De cinco escuelas distintas, todas San algo. Cuatro se corresponden con cuatro parroquias diferentes de la zona, y el último es del colegio rico del barrio. Por algún motivo, quizás porque ahí festejan Halloween, ese chico, que se llama Javier, tiene una guadaña de plástico tamaño natural. Pensará disfrazarse de la muerte. O quizás sea en verdad la muerte y yo la única que puede ver su guadaña de juguete.
Apenas comienzan a jugar se sabe quién es el líder de la bandita: Uriel, un chico al que le faltan demasiados dientes, está en esa etapa entre que se le cayeron muchos y no le creció ninguno, y que por eso se babea, también demasiado, cuando habla. Quizás el estar avanzado en la pérdida de piezas dentales sea para la edad una muestra de hombría. Quizás lo sea su agresividad. Pero por alguna razón todos lo siguen.
La arena está húmeda por la lluvia de ayer y entre todos construyen un volcán altísimo. A las órdenes de Uriel, Javier, Nahuel, Elías y Tomi traen más y más arena, la apilan y la alisan mientras el capataz da órdenes. Colabora Dingdong, el hermano de Elías, que tiene dos años y sigue a los mayores por toda la plaza.
Cuando acuerdan que la obra está terminada, Uriel empieza a tirar arena, mucha arena, para arriba, simulando que es lava. No deja de tirar arena, y la arena no para de caer, y la madre de Dingdong se acerca a pedirle que pare, porque se le está metiendo en los ojos. Uriel le dice: "Pero si el que tira arena es tu hijo Elías". Aunque cree que no se debe retar a hijos ajenos, la madre le responde que no mienta, que ella vio que el único que lo hace es él mientras los demás le gritan que basta. Porque cuando la seguridad está en riesgo, o cuando la madre del chico en cuestión mira para el otro lado, vale retar.
Por culpa de la mujer que lo vuelve a su realidad de niño babeante, automáticamente Uriel queda degradado, y su puesto vacante. Quizás envalentonado por la intervención de su madre, Elías grita un "síganme", empuña como si fuera una espada la guadaña de Javier, y sale corriendo hacia otro sector del parque. Todos lo siguen, Uriel en último lugar, como el perro de la jauría al que acaban de disciplinar con un mordiscón.
En el camino hacia el bebedero encuentran una abeja que revolotea junto al tobogán. En el tobogán hay un cartel pegado: una carta escrita por un tal Jorge de maestranza por el primer aniversario de la muerte de Carlos Nahuel de Antueno, un policía de 34 años que fue abatido por ladrones que robaban una casa de artículos deportivos. La despedida termina con un "Hasta siempre, amigo de los laburantes".
La abeja se posa sobre el cartel y Elías le asesta un guadañazo al tiempo que el resto le tira bombas de arena. El insecto cae al suelo, atontado, y los chicos dan un grito de guerra mientras se agachan para terminar con su vida.
En este pequeño drama de arenero, que para ellos es una guerra del Peloponeso, los cinco chicos de seis años son un ejército de un solo frente que responde a las órdenes de un único general. Dingdong se acerca a chusmear, mira estirando la nariz y grita un poco, imitando a los más grandes. Elías tiene una botellita de plástico de Fanta, que sacó del tacho de la basura. Quiere cazar a la abeja para llevarla al colegio, porque hace meses les pidieron información sobre insectos. Apoya la botellita en el suelo porque la abeja se hundió en la arena y tienen que encontrarla, y Dingdong se la roba.
Se desconcentran y estalla el conflicto. Elías le pide a su hermano que devuelva la botella, el hermano grita que no, todos se alteran por la pelea y aprovechando la confusión Uriel intenta retomar el mando como el león viejo que vuelve del destierro con sed de poder. Así que empieza a tirar arena otra vez, la arena cubre las caras de los otros cuatro chicos, que se defienden, y lo persiguen por la plaza para matarlo.
Uriel cae al piso y sus enemigos gruñen mientras le pegan. Javier, guadaña en mano, le da duro en las piernas. Uriel se quiebra, llora y babea; su madre no está por ningún lado. Sale, apedreado, corriendo de la plaza, y encuentra a su madre tomando un café en la vereda del bar de al lado. Junto a ella, vuelve a ser un niño al que le faltan los dientes.
Como ahora todos pelean contra todos, la madre de Elías se lleva a sus hijos de la plaza. En la vereda, junto a un plátano, encuentran una paloma moribunda y el chico vuelve para contarles del descubrimiento a los otros integrantes de su pandilla. Vuelven a unirse porque comparten el pensamiento de terminar con la vida del animal. Pero no lo hacen, claro.
Cuando se separan, la abeja sale volando de entre la arena para clavar su aguijón en la nariz de Uriel, que ahora está tomando un jugo de naranja.

viernes, 23 de octubre de 2009

Cartel pegado en el tobogán de la plaza






Carlos Nahuel de Antueno

Nota del Diario La Nación, 23 de Octubre de 2008

Un suboficial de 34 años, de la Policía Federal, falleció ayer como consecuencia de las heridas de bala que recibió cuando intentó detener a dos delincuentes que habían asaltado las oficinas de un local de venta de ropa deportiva en Villa Crespo.

El hecho ocurrió a las 11.30, cuando dos ladrones ingresaron en el comercio de la firma Montagne, en Godoy Cruz 1316, a la vuelta del local comercial que tiene la empresa sobre la avenida Córdoba. Según fuentes policiales, los ladrones redujeron a seis empleados y se llevaron el dinero.

Cuando se escapaban, fueron sorprendidos por el suboficial del Cuerpo de Policía Montada Carlos De Antueno, que realizaba un servicio de vigilancia adicional en la cuadra. El policía dio la voz de alto, pero los ladrones le dispararon.

De Antueno recibió tres balazos (dos en el pecho y otro en el cuello) y falleció en horas de la tarde.

Los restos del uniformado fueron inhumados en un panteón del cementerio de la Chacarita. Dirigentes políticos, uniformados, allegados y familiares dan el pésame a la viuda y su hijo de 8 años Los restos del cabo Carlos Nahuel de Antueno, asesinado en un tiroteo con delincuentes que cometieron un asalto en el barrio porteño de Palermo, fueron inhumados en el panteón de la Policía Federal del cementerio de Chacarita.



miércoles, 21 de octubre de 2009

Carancha



Una vez me dijeron que el 21 de octubre es, estadísticamente, perfecto en lo que a clima se refiere. Algo que saben los del mundo de la aeronáutica: el 21 de octubre es un buen día, nunca llueve, siempre hay sol. Pero después de 96% de humedad a las ocho de la mañana lo raro sería que la profecía, perdón, la estadística, se cumpliera.
Así que después del sopor de ayer hoy llueven grillos y yo soy el aguilucho solitario que esconde la cabeza mientras el agua le moja hasta los huesos. Llueven grillos y yo soy el aguilucho solitario que espera sobre la antena más alta de la manzana. Sueño ensoñaciones de cumbres nevadas, los Andes, otra comida aparte de las palomas tontas de esta ciudad puerto de río.
Mi pelo es hoy un cotton candy del color equivocado y mi paraguas basura, después de que tuve que estrellarlo contra la parte de atrás del auto que pasó demasiado cerca de la vereda y me empapó cuando iba a un taller en el colegio.
Llegué con los pantalones pegados a las piernas para que alguien pudiera reírse de mi desgracia. La actividad familiar era un juego de memoria y tuve miedo porque cuando jugamos en casa no hago más que levantar siempre las mismas dos fichas que no se corresponden: mi memoria a corto plazo no existe. Pero sí recuerdo muchas cosas que ya pasaron, como mi memoria que era de elefante.
Me gustaba ir a su casa porque ahí sentía que el mundo no podía tocarme. No necesitaba esconderme detrás de mi cama, como en casa: su departamento entero era un fuerte contra la realidad. Los viejos viven al costado del mundo, del lado del pasado y de los recuerdos seleccionados y editados. En la casa de mi abuela siempre había olor a pollo al horno, a cebollas saltadas y a laurel. Y en su mesa nunca faltaba la coca cola ni el flan con dulce de leche. Pasábamos las horas de la siesta mirando cine nacional en blanco y negro. Mucha Catita que la hacía reír a ella. Mucha Tita Merello con su voz. Mi preferida fue Los isleros. Por las noches, los jueves, cuando me quedaba a dormir en su casa, me traía una manta extra que ponía sobre mis pies, como leyendo el frío en mis ojos hasta en verano: “un peso en los pies siempre ayuda, eso me decía Papito”.
Por suerte para mí muchos a esta edad ya tienen problemas de memoria, así que todos ayudaban y ningún chico se quedó sin su pareja de frutas o verduras. A nosotros nos tocaron dos bananas como dos sonrisas amarillas que alejaron las preocupaciones con su color de sol.
Desde mi ventana el mundo es gris y verde selva, y sé que puede que tarde; pero cuando salga el sol va a traer el calor y los mosquitos y ya vamos a estar un poco más cerca del verano porteño. Como en la isla de Tita Merello en navidad. When I am king you will be first against the wall.

martes, 20 de octubre de 2009

Mimos en la calle

Ayer a la tarde iba caminando hacia la parada del 39 rojo cuando, en la esquina de Armenia y El Salvador, me atacaron un mimo que llevaba en las manos una flor y tres clavas, y un payaso. Estaban vestidos de azul, y apoyada contra la pared había una promotora larga que llevaba volantes de Amex.
El mimo quiso darme la flor. Yo me espanté. Pero junté compostura, toda la que pude, para forzar una sonrisa y murmurar un no gracias. Entonces el mimo puso cara de triste, el imbécil, e insistió. Sin pensar que el mimo es un tipo común y corriente, me puse a explicarle que me dan miedo los mimos. Claro que él no podía hacer otra cosa que insistir con sus expresiones mudas y volver a ofrecerme la flor. A lo que yo di media vuelta para cruzar la calle.
Pero no. Aunque estaba exenta de oír los gritos mudos del mimo, el payaso sí podía darse el lujo de hablarme. De cantarme, en realidad. Una musiquita infernal sobre la primavera y el amor, mi amor, acepta la flor que este mimo te entrega. Me tiré a cruzar la calle y un auto frenó casi contra mi pierna. La promotora se doblaba de risa parada en la esquina, y se acercó a darme un volante.
Yo salí corriendo y terminé de cruzar la calle y en la otra esquina el artesano recién bajado del Amazonas, recién salido del Mato Grosso, me miraba con sus ojos de mil años y su pelo duro que le tapaba los hombros. Raya al medio, labios soldados. Su mirada me atrajo hasta su lado, y me quedé un rato parada junto a él observando sin ver las alhajas que cubrían su paño marrón.
Cuando el mimo ya se había olvidado de mí luego de hacer un puchero y señalar su lágrima pintada, le di una mirada de adiós al indio y me fui a tomar el colectivo. Como temblaba, el otro habitué de la fila del 39 rojo, que siempre tiene su remera verde y su bigotito de cantinflas, me ofreció su saco. Le contesté que prefería un cigarrillo.

lunes, 19 de octubre de 2009

Esas no funcionan

Cada vez que veo a un famoso por la calle miro para el otro lado y trato de esconderme. Me da mucha vergüenza: como si estuviera con mi madre lista para saludarlos, aplaudirlos y gritarles un ¡BRAVO! en plena cara. Aunque vaya sola, claro.
Si voy al teatro (cosa que por el mismo motivo intento evitar) no hago contacto visual con los actores y me voy rápido, no sea que me los cruce a la salida y me vean. Está mal, ya lo sé, porque el retorno del público es fundamental. Pero pienso que este asomo de fobia debe ser mi versión del pánico escénico.
Una tarde compartí un ascensor con John Lithgow. No hizo falta que me escondiera, porque le llego al ombligo, así que era imposible que me viera. Otra vez, una noche me tocó sentarme en la mesa al lado de la mesa de Gwyneth Paltrow que cenaba con Karim Abdul Jabbar. Por suerte no los reconocí y pude comer tranquila. Es como si la celebrity fuera yo e intentara huir de una horda de fans hormonales.
Ayer vi en el diario un titular que decía que un estudio descubrió que tenemos neuronas cholulas. Esto es, las neuronas que se emocionan frente a la presencia de un famoso. Yo creo que esas neuronas fueron las primeras que se me quemaron, suponiendo que las traje de fábrica.
Así, esta tarde tuve otro de mis momentos bizarros. Quise entrar en un kiosco a comprar algo. Pero la puerta estaba cerrada. Me di cuenta de que había dos hombres con traje sentados en el banco de la vereda, charlando. Cuando intenté abrir la puerta ellos se levantaron y supuse que eran los kiosqueros (no me molestó su elegancia, después de todo todos tenemos derecho a emperifollarnos para ir al trabajo) y le dije “hola” a uno de ellos, al rubio de labios grandes y ojos celestes que parecen artificiales (pero que son reales), que muy simpático me devolvió el saludo como si fuéramos amigos. Con el entrenamiento de años de saludos de extraños pirados.
“¿Me vas a abrir? ¡Gracias!”, le dije toda hecha una sonrisa, pensando que sacrificaba por mí el final de su almuerzo al sol. Pero no. No era el kiosquero. Era Guido Süller, que me contestó: “No, no trabajo acá, estoy esperando hace veinte minutos a que abra el kiosco”. Como disculpa, largué una carcajada mientras se alejaba. Claro que la chica del kiosco apareció a tiempo para confirmar la identidad del hombre y mi despiste en cuanto a famosos se refiere.
Caminé una cuadra más y me crucé por segunda vez en la tarde con un tipo que me parecía conocido. Ya la primera vez lo había mirado demasiado, su pelo largo, su piel morena, sus pantalones verde loro, porque creí que era alguien a quien debía saludar. La segunda vez de clavarle la mirada me di cuenta de quién era, porque ya mi cerebro estaba en modo “famosos”. Era uno de los de Café Tacuba, el más lindo, que no sé cómo se llama. Claro que a esta altura el que me miraba a mí –asustado– era él.
Así que sin apartar los ojos, me calcé los anteojos negros y el sombrero y me fui caminando rápido, de incógnito.

domingo, 18 de octubre de 2009

To do

terminar nota bolsas
verdulería
dentista
llevar ropa a achicar
descongelar carne
depilarme
separar ropa para tati
llamar a flavio el fletero
comprar parrilla
matar al loro de la casa de al lado

Policías en acción

Mi hermana me había insistido pero yo nunca lo había visto. Hasta que cambié de compañía de cable y en el canal donde antes estaba Anthony Bourdain llenándose la boca con la mejor comida del mundo y enseñándome sobre las costumbres de otros lugares (oh, how I’d love to be your cameraman) ahora estaba la versión local de Cops.
Triste. Hasta que te metés en el código del programa y por un rato dejás de compadecer a los cacos y a los polis y empezás a mirarlo como un entretenimiento y no como la realidad que se va desgarrando del otro lado de la puerta de casa.
Dos minas rompieron varios patrulleros. Los policías, muchos policías fuera de forma, después de decidir qué hacer y con sus autos destrozados, las rastrearon y las persiguieron a través de un terreno repleto de escombros y de sol. Primero encontraron a un hombre con un mullet. Después a una pelirroja en minifalda y botas de lluvia negras y demasiado grandes. Se notaba que no iba a ser la primera vez que iba presa. Corte y agarraron a la rubia, que parecía la más fiera. Ella, la que más piedras tiró contra los móviles y los policías, se tiró al suelo, se zamarreó, trató de morder y gritó mientras la esposaban entre una nube de tierra y piernas azules con botas negras.
Corte. Publicidades en las que la vida tiene colores brillantes que no se destiñen, las parejas son eso, parejas como de mellizos, de tan parecidos que son (siempre ABC 1, castaños con hijos rubiecitos, aspiran a la casa propia, al auto o al súper miércoles mujer con 25% de descuento en todos los shoppings del país).
A la vuelta, las luces delanteras de un patrullero encandilan a un viejo y a un adolescente que parecen comadrejas sorprendidas en medio de un camino de tierra poco transitado. Contra una valla, los dos hombres apenas pueden mantenerse en pie y definitivamente no entienden qué pasa. Hay una pastilla. Uno de los policías le pregunta al viejo qué es la pastilla. El viejo dice que nunca antes la había visto. El policía: “Pero lo vi dándosela al chico”. El viejo confundido confiesa que es suya, que debe tomarla porque es discapacitado. El chico dice que es clonazepán pero que no la conoce.
El policía pregunta qué hacen en ese lugar en plena noche cerrada.
–Esperamos a un amigo que va a traer unos vinos –dice uno de los dopados.
–¿Y a dónde van a ir ahora? –pregunta el camarógrafo tirando línea.
–Es el cumpleaños de mi mamá –dice el chico.
–¿Y van a su cumpleaños entonces?
–Noooo. Vamo a ir a una joíta que hay por allá.
Cuando por fin los dejan en libertad, el viejo ya confiando en su buena suerte se pone unos anteojos negros. Y una voz pregunta: “¡¿Qué es eso?! Dejame ver. ¡Tenés un ojo celeste y el otro normal!”
Aparece por fin el amigo al que esperaban para ir a la jodita. Es un joven bien vestido, con una vincha roja, que llega en bicicleta. Al segundo se da cuenta de qué se trata la cosa y empieza a gritar “¡Eeehhhh aguante Policías en acción!”. Quiere robar cámara y al final acompaña a sus amigos tambaleantes, que antes de salir de cuadro se chocan entre sí, como dos ratones de laboratorio ciegos, encandilados y pasados de valium.
Después de una nueva pausa publicitaria, una lucha entre vecinos. Un hombre con cara de desquicie presenta ante la cámara un fajo de papeles de un juzgado. Los papeles tienen muchas cosas escritas a máquina, y varios párrafos pintados con resaltador verde. Todos referentes a un vecino que según asegura el hombre está loco y debe ser sometido a una pericia psiquiátrica. Parece que el vecino le tira piedras y lo insulta a diario.
Hasta que vamos a la casa del vecino en cuestión. Luego de una discusión entre los dos hombres, en la que uno agita sus papeles “que tienen valor porque están firmados por un juez, te vinieron a buscar” contra la nariz del otro, el otro, o sea el supuesto vecino loco, nos hace entrar en su casa.
Pasamos al jardín y él y su mujer explican que el hombre tiene sida y que por ese motivo no lo dejan en paz. “Sidoso me gritan”, se lamenta. Explica que por las noches le golpean la pared, entonces él tira cascotes para alejar a los intrusos y poder dormir. Y cuenta que el vecino acusador, que a esta altura parece el verdadero desequilibrado, se pasa los días espiándolos a través de un agujero en la ligustrina (que señala). En ese mismo instante, por el agujero se asoma la mano con los papeles que continúan agitándose y la voz del otro repite eso de que los papeles son valiosos porque llevan la firma de un juez. La audiencia ya ha juzgado y ya decidió quién está loco de atar, sin remedio, y quién sólo tiene sida.
En otra escena los sabuesos de la AFIP allanan un taller mecánico destruido donde varios hombres trabajan en negro, y después de una discusión violenta con amenazas de denuncias terribles, terminan comiendo un asado con el dueño del lugar. Es su cumpleaños y por eso todos se reconcilian entre las pilas de ladrillos; las ropas grasosas se mezclan con las planillas de impuestos y todos se preparan para comer.
Un padre echa a su hija de su casa junto a su cría luego de golpearla. La hija se casó con un tipo que la faja cada fin de semana y el padre se niega a alojar a un yerno maltratador. La policía interviene e intenta explicarle a la mujer la impotencia que siente su padre al verla victimizada. Ella justifica al marido: durante la semana es bueno, es sólo en los fines de semana cuando toma y se desquita con ella. Y dice también que la culpa es suya por buscarlo. Termina yéndose con sus hijos a la comisaría de la mujer a radicar una denuncia contra su padre. Porque al marido lo quiere: se casó para no estar sola y para que sus hijos tengan un padre. Se aleja, con un niño en brazos y otro siguiéndola de cerca, regando la vereda con sus lágrimas saladas de adolescente.

viernes, 16 de octubre de 2009

Fantasma


todo
todo lo que siempre soñaste
nada
nada fuera de lugar
te dice
justo lo que pensabas
cuando
lo necesitabas
te lee
la mente
cuando
nadie te quedaba
ya
ni vos estabas
tan
tan perfecta
que
ni siquiera
se va a marchitar

martes, 13 de octubre de 2009

F. Tereré

A la señora le gustaba salir con sus pieles y su paraguaya a la que le pagaba siete con cincuenta la hora y no le daba franco ni el domingo. De ocho a ocho trabajaba la paraguaya, me contó un día indignada. La señora era mala. El marido era malo. La señora estaba todo el día en la casa, haciendo nada. El marido atendía el negocio y los hijos estaban a cargo de la paraguaya. Lo mismo que la comida y la limpieza. Por eso la necesitaban tantas horas, incluso los domingos.
Me contó que los chicos eran malos también. Que la insultaban hasta los sábados, y ella extrañaba su mundo en guaraní. Y que ella los puteaba en guaraní, cuando no podían oírla.
Una mañana, cuando iban al mercado, se cruzaron con un recolector de basura que miró a la paraguaya con admiración y un poco de hambre. La señora se sonrojó y odió su tapado demasiado pesado.
A la mañana siguiente, a la misma hora, la señora se animó a salir sin su empleada. No le dio franco, no: la dejó planchando las medias del marido. Y esta vez, en lugar de pieles llevó rímel y unos tacos. Esperó al recolector de basura, que ni la notó, porque buscaba a la paraguaya.
Desde ese día, la señora trata de llamar la atención del hombre de la basura. Como no lo consigue, odia un poco más a su paraguaya linda, lo único dulce que hay en su fría casa.
No poder ser paraguaya es lo peor que le pasó en la vida.

domingo, 11 de octubre de 2009

Desayuno


Ese día todos hablaban de comida.
Los chicos estaban preparando su receta preferida, una mezcla de agua, aceite, fideos viejos, borra de café, sal, lentejas crudas, nesquik, cáscara de mandarina y cualquier otra cosa que encontraran en la cocina. La abuela, que los vigilaba para que el enchastre no llegara al piso, dijo: “Mmmm… qué rico”. “¡No les digas eso, que se lo van a comer!”, gritó la tía.
La abuela, siempre recurriendo a las tragedias para ejemplificar: “¿Vos pensás que los de la cordillera no se lo habrían comido felices?”.
El primo: “Yo prefiero comerme un tipo a esa asquerosidad”.
Alguien más: “Total, debemos tener gusto a pollo”.
La tía, siempre dada al chiste fácil: “O a polla”.
En mi experiencia, de todas las comidas raras o exóticas la gente que las prueba dice que tienen gusto a pollo.
Una noche, en otra vida, un grupo con el que había salido y con el que no tenía nada en común me llevó a comer a un lugar que quedaba muy lejos, no sé en qué ciudad. Pero fue una hora en auto, adentrándonos en calles cada vez más apartadas de la autopista, detrás de una puerta sin cartel y con cerrojos que sólo se podía cruzar si el dueño, que te miraba a través de una mirilla como de película de gángsters, te reconocía. Las paredes de ese restaurant de sólo cinco mesas eran de piedra. Creo que se llamaba La cueva del marisco. O quizás ese era el nombre del bar del otro lado de la avenida, en el que habré deseado estar.
No había lista de comidas. El dueño muy excitado recitaba el menú fijo. Todos los platos eran exóticos y sólo recuerdo que me sentí en una película de Indiana Jones y que nos sirvieron puma. El puma tenía gusto a pollo.
A mí el lugar me dio la impresión de ilegalidad absoluta. Pensé en tráfico de animales en extinción y por suerte nunca más volví. No podría llegar si quisiera. Nunca más vi a esa gente. Ni recuerdo cómo se llamaban, ni qué se suponía que hacía con ellos.
Pero este día todos hablaban de comida y a la noche, mientras yo arrancaba la carne del muslo del pollo con el tenedor formando hilachas blancas, uno de los chicos, que ya había preguntado esa tarde en un taxi si la sal es azúcar con gusto salado o al revés, empezó a hablar de las partes del cuerpo de los pollos. Creo que él tenía un ala en la mano y en ese momento hizo la relación: ala que como, ala que una vez fue una de las alas del pollo. Y en su cabeza todas las alas vuelan, así que habrá pensado ala que mastico y trago, ala que una vez voló.
Dije que nunca había comido ala. Que para mí era un menudo. Porque para mí todo es desechable: sólo me gustan la pata y el muslo. “Y el corazón”, recordé. Mi hijo dejó el ala en su plato tan serio. Me miró con luz en sus ojos. Y preguntó despacito: “¿Pero el corazón existe? ¿No es invisible?”. Él creía que el corazón es incorpóreo; como el alma. Una bolsita de terciopelo bordó rellena de aire.
Yo no hablé más, comí una papa mientras esperaba lo inevitable. Un bocado más tarde, él ya había aceptado el hecho de que el corazón existe. Entonces me miró con miedo, asco y admiración todo junto, porque acababa de descubrir que su madre era una vampira, una zombi y una caníbal. Sus ojos gritaban: “¡Vos comés corazones!”.
Pero también aceptó este hecho y se puso en su papel de científico. Me preguntó de qué color son los corazones y si me parecen lindos. Y al final: “Cuando comés un corazón, ¿todavía titila?”.

viernes, 9 de octubre de 2009

I (broken heart) dentists



Casi nadie ve mis dientes. No sonrío mucho; creo que principalmente los muestro cuando gruño. Y tampoco gruño tanto. La última semana sólo gruñí dos veces, y eso que fue especialmente molesta.
Así que eso de ir al dentista y tener los ojos del tipo metidos adentro de mi boca, revisando cada milímetro, cada montaña, cada valle y cada quebrada de mis dientes y de mis muelas, es casi una invasión a la privacidad. Por eso le hablo como loca, me río, comento todo tipo de cosas. Para tener una relación que haga que la intimidad sea cómoda, aunque sea por turnos de media hora. Para eso y para engañar al miedo. Porque el dentista me asusta mucho.
El olor, el ruido del torno… Todo. Un día salió del consultorio una monja como de cientoveinticuatroaños. Después de ella me tocaba pasar a mí. Y como no vi que el dentista cambiara el cabezal del aparato que chupa la saliva ni el vasito descartable, me asusté. Me daba asco tragarme los fluidos bucales de la vieja. Pero bueno. Ya sé que no puedo controlar todas las variables todo el tiempo. Bastante tengo con el esfuerzo para no cancelar la cita.
Por suerte el dentista es simpático y joven, y por suerte me sigue las conversaciones. Yo busco distraerlo para que no me haga nada en la boca, que mantengo siempre ocupada con mis blablás. Pero es implacable.
Instinto de conservación: las primeras veces los que hablaban eran mis nervios. Después de dos caries y de una incrustación ya nos conocemos un poco más, así que nos preguntamos por nuestros hijos, compartimos observaciones sobre momentos vitales, estados civiles, salidas nocturnas, anécdotas…
Con la charla, mis turnos se extienden hasta que la secretaria golpea la puerta despacito: “Doctor, ¿seguimos?”. A veces hasta hablamos de mis dientes.
Hoy dimos un paso más en nuestra relación: con la excusa de una carie ubicada cerca del cuello de una muela, la conversación llegó hasta mis encías. Mi cara amenazó con sonrojarse. La cosa se había puesto decididamente íntima. Porque las encías están hechas del mismo material que los órganos internos, o por lo menos son del mismo color. Creo. Es como pasar una barrera. Además, ¿qué viene después de las encías? ¿Qué hay debajo de ellas? Ni me animo a pensarlo.
–Lo mejor va a hacer que veas a un endodoncista –propuso él. Y me quedé dudando, le dije que no hacía falta la derivación, que con él por ahora estaba bien y que prefería que él se ocupara de todo.
–Pero Cecilia, yo no hago esa especialidad –me explicó.
–Pero ya sabés que me da miedo –supliqué.
Me dio la derivación y en vez de despedirme con la sonrisota de siempre, le hice un pucherito. Cuando salí a la vereda apreté su derivación hasta convertirla en un bollito y la tiré en un tacho, despechada.
No pienso ver al otro. Y el dentista no se va a dar cuenta: siempre se olvida de todo. Y si me pregunta, le digo que la de la endodoncia era mi hermana: total siempre me confunde con ella.

jueves, 8 de octubre de 2009

por fin

New Beginning

Venían de un largo tiempo de discusiones idiotas sobre pequeñeces. Sobre cada pequeñez, en realidad. Estaban desgastados. Cansados como la pintura de una puerta verde llena de ampollas por el sol de demasiados veranos. Decidieron mudarse para salvar su matrimonio.
Ella había tenido un encuentro de una noche con un amor de su juventud. Le decían Coco. Se habían encontrado por casualidad en un hotel y casi no habían hablado. Ella lo había seguido a una habitación.
A la mañana siguiente se separaron. Con él siempre era una despedida.
En el taxi hasta su casa ella lloró en silencio.
Tuvo que contarle todo a su marido.
–Estoy tan triste –murmuró ella.
–Empecemos de nuevo –propuso él.
Y entre un sollozo y un paquete de pañuelos de papel, ella aceptó.
Al día siguiente él se puso a buscar un lugar que la hiciera feliz. Sacó cuentas y decidió que podían pasar del centro a una zona más tranquila, con árboles, con sol. Quizás le encontraría la casita con la que siempre había soñado y les volvería la felicidad.
Dos días más tarde rescindieron el contrato del alquiler anterior. Planearon la mudanza en cuarenta minutos. Se irían ese mismo sábado. Ella se puso a meter ropa en cajas. Sábanas y toallas. Su maquillaje. Los vasos y los platos. Perfume. No servía para nada más. Dejó de lado las cajas que encerraban el pasado.
–No te preocupes mi amor, vas a ver cómo voy a hacerte feliz de vuelta –prometió él. Llamó a la empresa de mudanzas y organizó todo para el sábado al mediodía. Vendrían con dos peones así ella se iba a descansar a algún lado. O a leer Carver en la plaza echada al sol.
A las dos de la tarde el flete no había llegado. Le pidieron paciencia, llegan en diez o quince minutos a lo más. A las tres y media él volvió a reclamar. Le cortaron el teléfono y nunca más atendieron.
Cuando la mujer volvió de la plaza llamaron a todos los fletes de las páginas amarillas. Y también a los de las páginas blancas. Hasta que el León de Palermo prometió estar en media hora, a cambio de 400 pesos.
Se inspiraron para un rapidito arriba de las cajas. Otro entre los almohadones del sillón sin funda. Y uno más entre la ropa que había quedado afuera de las valijas. La pasión estaba renaciendo. Ella se sentía vacía de problemas. Quería que pasara eso de casa nueva vida nueva que le había dicho su amiga.
A las 10 de la noche por fin llegaron a la casa nueva. Su departamento daba a un pasillo común, como otros dos. Mientras ella desembalaba las cosas de la cocina, su marido vigilaba la entrada de la calle y el camión de mudanzas. Eso le habían pedido los del flete.
En eso, pasa un perro corriendo y oye que su marido saluda a un vecino. Dice su nombre. El vecino contesta: “Yo soy Dalmacio, pero todos me dicen Dalma. No vivo acá, estoy visitando a mi sobrino”. Y luego otra voz: “Hola, soy Renzo, pero todos me dicen Coco; bienvenido”.
A ella se le cayó un plato al suelo y se rompió en mil pedazos.