sábado, 24 de octubre de 2009

The Lord of the Bees

En la plaza hay cinco chicos de seis años que acaban de conocerse y ya son mejores amigos. Todos tienen pantalones azules de gimnasia y todos tienen remeras de uniformes de colegios. De cinco escuelas distintas, todas San algo. Cuatro se corresponden con cuatro parroquias diferentes de la zona, y el último es del colegio rico del barrio. Por algún motivo, quizás porque ahí festejan Halloween, ese chico, que se llama Javier, tiene una guadaña de plástico tamaño natural. Pensará disfrazarse de la muerte. O quizás sea en verdad la muerte y yo la única que puede ver su guadaña de juguete.
Apenas comienzan a jugar se sabe quién es el líder de la bandita: Uriel, un chico al que le faltan demasiados dientes, está en esa etapa entre que se le cayeron muchos y no le creció ninguno, y que por eso se babea, también demasiado, cuando habla. Quizás el estar avanzado en la pérdida de piezas dentales sea para la edad una muestra de hombría. Quizás lo sea su agresividad. Pero por alguna razón todos lo siguen.
La arena está húmeda por la lluvia de ayer y entre todos construyen un volcán altísimo. A las órdenes de Uriel, Javier, Nahuel, Elías y Tomi traen más y más arena, la apilan y la alisan mientras el capataz da órdenes. Colabora Dingdong, el hermano de Elías, que tiene dos años y sigue a los mayores por toda la plaza.
Cuando acuerdan que la obra está terminada, Uriel empieza a tirar arena, mucha arena, para arriba, simulando que es lava. No deja de tirar arena, y la arena no para de caer, y la madre de Dingdong se acerca a pedirle que pare, porque se le está metiendo en los ojos. Uriel le dice: "Pero si el que tira arena es tu hijo Elías". Aunque cree que no se debe retar a hijos ajenos, la madre le responde que no mienta, que ella vio que el único que lo hace es él mientras los demás le gritan que basta. Porque cuando la seguridad está en riesgo, o cuando la madre del chico en cuestión mira para el otro lado, vale retar.
Por culpa de la mujer que lo vuelve a su realidad de niño babeante, automáticamente Uriel queda degradado, y su puesto vacante. Quizás envalentonado por la intervención de su madre, Elías grita un "síganme", empuña como si fuera una espada la guadaña de Javier, y sale corriendo hacia otro sector del parque. Todos lo siguen, Uriel en último lugar, como el perro de la jauría al que acaban de disciplinar con un mordiscón.
En el camino hacia el bebedero encuentran una abeja que revolotea junto al tobogán. En el tobogán hay un cartel pegado: una carta escrita por un tal Jorge de maestranza por el primer aniversario de la muerte de Carlos Nahuel de Antueno, un policía de 34 años que fue abatido por ladrones que robaban una casa de artículos deportivos. La despedida termina con un "Hasta siempre, amigo de los laburantes".
La abeja se posa sobre el cartel y Elías le asesta un guadañazo al tiempo que el resto le tira bombas de arena. El insecto cae al suelo, atontado, y los chicos dan un grito de guerra mientras se agachan para terminar con su vida.
En este pequeño drama de arenero, que para ellos es una guerra del Peloponeso, los cinco chicos de seis años son un ejército de un solo frente que responde a las órdenes de un único general. Dingdong se acerca a chusmear, mira estirando la nariz y grita un poco, imitando a los más grandes. Elías tiene una botellita de plástico de Fanta, que sacó del tacho de la basura. Quiere cazar a la abeja para llevarla al colegio, porque hace meses les pidieron información sobre insectos. Apoya la botellita en el suelo porque la abeja se hundió en la arena y tienen que encontrarla, y Dingdong se la roba.
Se desconcentran y estalla el conflicto. Elías le pide a su hermano que devuelva la botella, el hermano grita que no, todos se alteran por la pelea y aprovechando la confusión Uriel intenta retomar el mando como el león viejo que vuelve del destierro con sed de poder. Así que empieza a tirar arena otra vez, la arena cubre las caras de los otros cuatro chicos, que se defienden, y lo persiguen por la plaza para matarlo.
Uriel cae al piso y sus enemigos gruñen mientras le pegan. Javier, guadaña en mano, le da duro en las piernas. Uriel se quiebra, llora y babea; su madre no está por ningún lado. Sale, apedreado, corriendo de la plaza, y encuentra a su madre tomando un café en la vereda del bar de al lado. Junto a ella, vuelve a ser un niño al que le faltan los dientes.
Como ahora todos pelean contra todos, la madre de Elías se lleva a sus hijos de la plaza. En la vereda, junto a un plátano, encuentran una paloma moribunda y el chico vuelve para contarles del descubrimiento a los otros integrantes de su pandilla. Vuelven a unirse porque comparten el pensamiento de terminar con la vida del animal. Pero no lo hacen, claro.
Cuando se separan, la abeja sale volando de entre la arena para clavar su aguijón en la nariz de Uriel, que ahora está tomando un jugo de naranja.

No hay comentarios:

Publicar un comentario