lunes, 30 de noviembre de 2009

My Little Black Friends




La mañana está fresca, the air is crisp and heavy, como sólo puede estarlo después de una tormenta de verano. El aire casi frío es un alivio momentáneo y por eso disfruto la piel de gallina que me da, porque sé que en unas cuantas cuadras, cuando el sol pegue más directamente sobre el cemento, lo que le queda de frío se le va a ir y va a estar sólo su pesadez, la pesadez que sube desde los charcos en las veredas y se te mete por la botamanga.
En una baldosa grisácea, una comunidad de hormigas negras corre formado los círculos imperfectos de su desesperación: se han quedado sin techo de un minuto al otro, su conventillo se ha inundado de una ráfaga, y todavía no logran calmarse para comenzar una reunión de consorcio donde decidirán si es mejor mudarse a tierras más altas o esperar a que baje el agua. Se han perdido las larvas, quizás la reina sobreviva con un snorkel formado con un pasto. Impera tomar una decisión.
A otra escala, soy testigo de una escena de amor perfecta, propia de una de las películas que pasan en los canales de clásicos: en el medio de mi cerebro, gracias a la calibración perfecta del estéreo, Omara Portuondo se lamenta: llueve en la calle, llueve dentro de mí…
Todo es tan triste que la luz podría cambiar en este instante, esfumarse un poco o empañarse con una lágrima del iluminador. Un hombre, que pasea un schnauzer y lleva el diario doblado bajo el brazo, y una mujer vestida con ropa de gimnasia, que pasea otro schnauzer, idéntico al del hombre, se separan luego de haber cruzado unas palabras, algún comentario trivial sobre sus perritos. Probablemente hablaron de la edad de cada uno de los animales. Seguramente cada humano aprovechó para mencionar una soledad liberadora mientras los perros hacían un 69 olfativo.
Ahora, mientras él camina hacia mí por la vereda ancha de Coronel Díaz, tiene una sonrisa profunda que le paraliza la expresión como una polaroid. La sonrisa de ella también permanece mientras, en dirección opuesta, espera sin prisa que su perro huela el tronco de un arbolito e imagine hocicos, colas, emociones de otros bichos perrunos. Ella no mira al hombre, él tampoco la mira, y los dos están perdidos en la felicidad instantánea y efímera del encuentro.
Pienso en lo difícil que es esto: cuando tenés un premio enorme, brillante, de colores y dorado delante de tus ojos y sabés que es tuyo. Te corresponde. Te lo ganaste, te ganaste cada milímetro de ese premio enorme. Lo único que tenés que hacer para que te caiga encima, el premio, es seguir portándote bien. No te molesta portarte bien, así que nada puede ser difícil. Pero qué hacés. Esto hacés: te portás mal, pésimo, te mandás la gran, la enorme cagada. Te vas a la literal mierda. Y el premio, que era tuyo porque te lo habías ganado y de eso no había dudas, ¡puf! se esfuma.
Tu cuerpo se eyecta a la vereda donde, si tenés suerte, sólo aplastarás unas pocas hormigas negras, porque ya todos sabemos: no te gusta matar bichos. Y menos hormigas.


Foto or whatever: UNL

My Little Black Friends




La mañana está fresca, the air is crisp and heavy, como sólo puede estarlo después de una tormenta de verano. El aire casi frío es un alivio momentáneo y por eso disfruto la piel de gallina que me da, porque sé que en unas cuantas cuadras, cuando el sol pegue más directamente sobre el cemento, lo que le queda de frío al aire se le va a ir y va a estar sólo su pesadez, la pesadez que sube desde los charcos en las veredas y se te mete por la botamanga.
En una baldosa grisácea, una comunidad de hormigas negras corre formado los círculos imperfectos de su desesperación: se han quedado sin techo de un minuto al otro, su conventillo se ha inundado de una ráfaga, y todavía no logran calmarse para comenzar una reunión de consorcio donde decidirán si es mejor mudarse a tierras más altas o esperar a que baje el agua. Se han perdido las larvas, quizás la reina sobreviva con un snorkel formado con un pasto. Impera tomar una decisión.
A otra escala, soy testigo de una escena de amor perfecta, propia de una de las películas que pasan en los canales de clásicos: en el medio de mi cerebro, gracias a la calibración perfecta del estéreo, Omara Portuondo se lamenta: llueve en la calle, llueve dentro de mí…
Todo es tan triste que la luz podría cambiar en este instante, esfumarse un poco o empañarse con una lágrima del iluminador. Un hombre, que pasea un schnauzer y lleva el diario doblado bajo el brazo, y una mujer vestida con ropa de gimnasia, que pasea otro schnauzer, idéntico al del hombre, se separan luego de haber cruzado unas palabras, algún comentario trivial sobre sus perritos. Probablemente hablaron de la edad de cada uno de los animales. Seguramente cada humano aprovechó para mencionar una soledad liberadora mientras los perros hacían un 69 olfativo.
Ahora, mientras él camina hacia mí por la vereda ancha de Coronel Díaz, tiene una sonrisa profunda que le paraliza la expresión como una polaroid. La sonrisa de ella también permanece mientras, en dirección opuesta, espera sin prisa que su perro huela el tronco de un arbolito e imagine hocicos, colas, emociones de otros bichos perrunos. Ella no mira al hombre, él tampoco la mira, y los dos están perdidos en la felicidad instantánea y efímera del encuentro.
Pienso en lo difícil que es esto: cuando tenés un premio enorme, brillante, de colores y dorado delante de tus ojos y sabés que es tuyo. Te corresponde. Te lo ganaste, te ganaste cada milímetro de ese premio enorme. Lo único que tenés que hacer para que te caiga encima, el premio, es seguir portándote bien. No te molesta portarte bien, así que nada puede ser difícil. Pero qué hacés. Esto hacés: te portás mal, pésimo, te mandás la gran, la enorme cagada. Te vas a la literal mierda. Y el premio, que era tuyo porque te lo habías ganado y de eso no había dudas, ¡puf! se esfuma.
Tu cuerpo se eyecta a la vereda donde, si tenés suerte, sólo aplastarás unas pocas hormigas negras, porque ya todos sabemos: no te gusta matar bichos. Y menos hormigas.


Foto or whatever: UNL

domingo, 29 de noviembre de 2009

I'm high on Cheever


"Shit, Bandit, I love her".




There will be stairs, turnings, gangplanks, elevators, seaports, airports, someplace between somewhere and somewhere else and where I first saw you wearing blue and reaching for a passport or a cigarette. Then I pursued you across the street, across the country and around the world, absolutely and rightly informed of the fact that we belonged in one another's arms as we did.



it is late in the day. we have spent the day on a beach. i can tell because we are burned from the sun and there is sand in my shoes.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Taxi con sirena




–¿Podemos fumar?
Acababa de conocer a Pablito, habría sido la noche antes o quizás una hora antes de subirnos al taxi que iba por Pueyrredón desde el Once para el lado de Constitución. Íbamos de una fiesta a otra, en el taxi seríamos cuatro o cinco, él llevaba su bolso de DJ.
–¿Podemos fumar? –Pablito iba en el asiento del acompañante.
El chofer preguntó si cigarrillos, pero todos ya estábamos fumando cigarrillos y se dio cuenta de que Pablito muy educado le preguntaba si podíamos fumar yerba.
–Claro. –dijo el hombre. –Pero pórtense bien porque la otra noche una pareja empezó fumándose un porrito y terminó… ni te digo cómo terminó.
–Pero no, Cacho, ¿te puedo decir Cacho? ¡Si nosotros somos un montón!
Yo estaba un poco cansada, con la cara reposada en la ventanilla y los labios y los ojos formando una sonrisa con el viento cálido de la noche. Veníamos con onda verde y el taxi no paraba. La radio cantaba, un poco carrasposa, la primera canción que pasaron en MTV cuando empezó MTV, y nosotros también cantábamos, a coro, la parte del uh uh ah ah… uh uh ah ah… Video killed the radio star video killed the radio star.
No sé qué habrá pasado cuando empezó MTV, la primera vez que dieron ese video, cuando los videos eran en video y no en film y se hacían con pocos dólares, innovando, creando el nuevo género, décadas antes de que el mismo canal hiciera el especial de Britney Spears grabando Crazy. ¿La gente sabía que iba a empezar MTV, que iban a pasar el primer video? ¿Fue a la mañana, por la tarde, o de noche? ¿Avisaron por la radio, en los diarios o con avionetas de publicidad? ¿Todos frenaron a mirar como si fuera el cometa Halley? ¿Alguien se lo perdió? No sé. Pero sé qué me pasó a mí cuando MTV llegó a la Argentina.
Era en la misma época de Douglas Coupland en Ediciones B y un poco sentía que era mi época, aunque todavía estaba esperando que mi vida empezara. Nunca había mirado revistas de modas, más que el olor del papel y de la tinta de la Para ti, no me gustaba nada de ellas. O sí, pero no me sentía identificada con nada de lo que vendían. Ni las dietas, ni la ropa, ni el modelo de mujer que pregonaban. Pero cuando empezaron a pasar MTV, que creo que estaba en el canal 69 o en el 71, o quizás a esto lo estoy inventando, me pasaba el día ojeando la pantalla como si cada video fuera un editorial de Vogue. Después, si no estaba mirando activamente el canal 69 o 71, whichever, la tele estaba como música de fondo y era todo tan lindo… ¡Existía Nirvana!
Esa noche de viernes, serían como las dos de la mañana, después de un rato sí nos agarró un semáforo. En Pueyrredón e Hipólito Yrigoyen, unas cuadras antes de enfilar para San Telmo. Pablito tenía entre los labios un porro gordo que soltaba como demasiado humo, la radio se había cambiado de estación cuando pasamos Plaza Once (Miserere, o Seminare, nunca entendí el título de esa canción) y ahora el taxi era una bailanta. Yo ya no sonreía, sino que tenía la cara como en una risa congelada, tenía un poco de sueño quizás, y frenó al lado nuestro un patrullero con dos policías adentro, con un ladrón en el asiento de atrás y con la sirena repartiendo aullidos como cachetadas en la noche.
Uno de los policías, el que manejaba, lo miró a Pablito, que contuvo la respiración, o se quedó congelado, mudito, yo me miré con el preso, el preso tenía una cara de derrota que me dio vergüenza, desvié para abajo, Pablito con los ojos como platos y una risa y el humo contenidos se sacó el porro de entre los labios, lo bajó hasta su falda, el semáforo cambió a verde y taxi y patrullero arrancaron, el taxi a cincuenta, el patrullero a mil, la sirena rompiéndole los tímpanos a la avenida, las putas charlando con tres travestis, el taxista que nunca se enteró del encuentro, perdido en la cumbia como estaba, el alivio de Pablito, la carcajada de todos, la mirada del preso…
Y después, una fiesta en San Telmo con una pantalla donde se proyectaban no videos de música, sino pornos de los 60 en blanco y negro.

Cheever y Ardillas





helados de chocolate
tormentas eléctricas con olor a lluvia
mañanas de verano
noches de verano
grillos en verano
la piel secándose al sol
la sal secándose sobre la piel
pies chiquitos
manos grandes
ojos
ojos rojos
el olor de mi almohada
aliento de bebé
piel de bebé
duraznos maduros
uvas dulces
pomelos
hormigas negras
el olor de la tierra húmeda
hacer algo bueno porque sí
una buena carcajada
un nooooo gritado a coro con lucía
estar un poco borracha
y desmayarme
despertarme a las cinco y media y que sea de día
y que haya una tormenta eléctrica sin nubes y con un arco iris


jueves, 26 de noviembre de 2009

Propiedad horizontal

“Y los vecinos ni se sienten”, nos dijo el tipo de la inmobiliaria cuando nos mostró la casa, mientras yo jugaba apuestas mentales conmigo misma, segura de que era el hijo de la dueña. Y era verdad. Lo de los vecinos y lo de la dueña. Porque de los creo que cinco vecinos que hay, los únicos que molestamos somos nosotros.
Los del fondo salen temprano, padres e hijos, y vuelven temprano los niños y tarde los grandes, pero todos cansados. De los del medio, hay uno que sale antes de las siete de la mañana y que vuelve después de las siete de la tarde. Y los fines de semana, cuando viene su novia, no abren ni las persianas. Y de los de adelante sólo se oye la tele por la tarde.
De los de la puerta dos tengo más detalles, porque los espío con un morbo que no le confesaría ni a mi hermana en una tarde de probarnos ropa para la fiesta de alguien que odiamos. Todas las mañanas, a las 8.22, el soldadito Lucas (el padre) sale a trabajar. Yo lo espío mientras espero que mi café termine de hacerse. Casi siempre se va hasta el centro caminando. Los del dos caminan mucho, rápido, y nunca se cansan. Todos tienen piernas atléticas de tanto caminar. Ida y vuelta, de acá para allá, un dos tres, marchan con pasitos de desfile militar.
Los hijos van a sus colegios (sólo mujeres para Coni, sólo varones para Luquitas) con sus uniformes azul marino, bien prolijos con sus pelos en su lugar. A Luquitas, Consuelo (su madre) se lo corta cuando crece un poquito y los mechones empiezan a subir para formar un rulo. A Coni se lo cepilla cien veces antes de dormir, después del enjuague diario con manzanilla.
Consuelo no trabaja y limpia la casa todo el tiempo. Cuando no está durmiendo la siesta, pasa la aspiradora. Mientras oigo el zumbido heroico del aparato, la envidio un poco porque del otro lado de su puerta no hay nada fuera de lugar, ni siquiera un polvito. Una vez le dijo a alguien, mientras mostraba su hogar con olor a confort clásico (porque se jacta de que todo en ella es clásico), que saca ideas de la revista Living, que recibe cada primera semana de mes, cuando el portero deja en la puerta de al lado la Tattoo.
La ventana de su living (cuya persiana se baja todas las noches a las 8.45, cuando el soldadito llega caminando de la oficina) da a una pared cubierta de enredaderas enmarcada por cortinas amarillas agarradas con dos moños floreados. Parece una casa de Sarah Kay con cuadros con escenas de caza como los que tenía la tía abuela de una amiga con cara de caballo en el campo. Del otro lado del paredón está la casa tomada del barrio, y la mamá tiene miedo de que un día lo salten y la violen. Quizás por eso, porque tiene miedo de que los violadores seriales lleguen por los dos flancos, vive encerrada con dos llaves. Y cuando llega a la noche, lo más tarde que puede, el soldadito se enoja porque no puede entrar: ella deja la llave a medio pasar puesta en la cerradura, porque así se siente más segura. “Gorda, dejaste la llave puesta”, le dice. Y ella: “Hola Gordi” (beso en el cachete). Están juntos desde que tienen 14 años y todavía son vírgenes.
En la casa número dos baten enérgicamente café dolca. Una cucharadita de café, dos de azúcar y dos gotas de agua. A la mañana no huele a café, y a la noche no huele a ajo. Siempre suavizante. Es lo más voluptuoso que consigo imaginarme de ellos: toallas gordas, suaves, sensuales, gracias a los litros de suavizante.
Una mañana húmeda de olor a café y a perro, Consuelo me toca el timbre. Está indignada porque la cuenta del gas le llegó de 100 pesos, y eso que ella sólo cocina con el microondas: fideitos, patitas de pollo y puré instantáneo. Nadie se explica cómo es que a los demás el gas nos llega de menos de 40 pesos, si cocinamos dos comidas diarias. El soldadito la hizo ir a quejarse a Metrogás, y por un segundo en el que soy peor pensada de lo normal sospecho que nos acusará de haber cruzado los medidores. Pero miro su factura de reojo y le contesto algún ajá, qué horror, mmmjjj.
Luquitas y Coni tienen prohibida la entrada al living-comedor, lo que los obliga a estar confinados en los 50 metros cuadrados restantes de la casa. Tampoco pueden jugar a la pelota. Pero les pusieron un televisor en cada cuarto, para que no estén en otro ambiente que no admite niños, porque los niños fuera de lugar desordenan. ¡Los chicos molestan! A menos que estén vestiditos iguales, de blanco o azul marino, convertidos en perfectos accesorios como las medallas con forma de galletitas (una mujer, un varón) de oro que su mamá tiene colgadas en el cuello. Son accesorios y prolongaciones de sus progenitores, y pienso que por eso es que se llaman igual que ellos. Ser distintos, elegir un nombre, puede ser muy peligroso… No me explico cómo es que sé tanto de esta gente.
Los otros vecinos, los de la casa tres, son un poco distintos a los de la dos, y me caen un poco mejor. No los espío. La familia es igual a la de la puerta dos, pero al revés. Los hijos no se llaman igual que sus padres: son entidades independientes. Hacen lo que quieren. La religión de la limpieza no existe. En realidad no tienen ninguna religión de nada. Los del departamento primoroso tienen miedo de que sus vecinos sean satanistas, idólatras o peor: politeístas. Como Tom Cruise.
Sus ventanas dan a la calle, y pueden oír las hordas de adolescentes en celo que pasan a la madrugada cuando hace calor. Ellos alguna vez fueron parte de esas manadas, así que no se enojan con sus gritos que los despiertan de sus desmayos nocturnos. Tanto dan a la realidad que una noche de tiros una bala quedó clavada en su pared. Los del dos declararon a la policía: “Por suerte ni nos despertamos”.
Aunque el de la puerta tres no sonríe mucho fuera de su casa, cuando lo hace puede derretir hasta a la vecina del número dos. Consuelo sueña con las sonrisas del vecino. Una vez él le sonrió y ella se quedó congelada en el medio del pasillo común. Le dieron ganas de entregarle su flor.
La mujer de la puerta tres es italiana. Las viejas del consorcio sospechan que antes de casarse tuvo varios amantes. Y puede que de casada también. Así que cada vez que se cruzan, el fruto de la noche lesbiana de Laura Ashley y Martha Stewart y la tana se saludan amablemente, pero chocan, chocan y chocan: el aroma de la suavidad comprada con el olor a transpiración de la mujer real. Y el soldadito mira para abajo cuando saluda a su dispar par.
Ninguna de estas familias hace ruido, o no se los oye desde casa. Sólo una vez oí unos gritos de Consuelo, que arrancó de una cachetada los gemidos de Loba de la boca de su hija:
–¡No vuelvas a hacer ese ruido, Coni!
–¡¿Pero por qué, mamá?!
–Porque parecés una chica fácil… ya lo vas a entender cuando crezcas.

Y del otro lado de la pared del pasillo común, detrás de las parras y del alambre de púas, está Paula, a quien sólo oigo de vez en cuando pelearse con la empleada del local de zapatos que tiene delante de su casa. Por un tema de plantas y macetas podridas que Paula le exige a la vendedora que saque y que la vendedora se niega a remover.
Nosotros, en cambio, estamos todo el día en casa. Los chicos gritan, los grandes gritamos. Hay además ruidos de juegos electrónicos y de los autitos que los chicos tiran desde la terraza al pasillo común. Además están las peleas, la música y las clases de guitarra. Nada raro, sólo los sonidos de la vida doméstica que genera una familia con un perro malhumorado.
Pero los domingos, todos los domingos, incluso los de tormenta, viene la familia de Paula a hacer asados. Paula tiene setenta años y vive sola en una casa grande. Tan grande que su portero eléctrico tiene timbre uno, timbre dos y timbre tres. Los domingos vienen hermanos, cuñadas y sobrinos y sobrinas con sus hijos, Mateo y Sebas.
Todos hablan mientras comen, y mientras los chicos tiran juguetes y botellas de plástico vacías por arriba de la parra y del alambre de púas. Cada domingo el tema de conversación es uno solo, que varía semana a semana. El domingo pasado fue la contaminación en Mar del Plata. ¿Te enteraste? Hubo un derrame y desde Punta Mogotes hasta el Ocean está todo contaminado. Hay hasta gusanos de mar. Cuando vayan, nena, no se les ocurra meterse al agua que hay gusanos de mar. ¡Ay pero si yo no entro al mar ni loca, el que se baña es essste!
El domingo anterior la conversación fue sobre la inseguridad, y hoy un estudio de mercado familiar sobre qué marca de lavarropas debe comprar la sobrina.
Y también: Sebas, pará de correr. Sebas, dejá a tu hermano en paz. Sebas, vení a comer ya mismo. Sebas, esperá a que todos hayamos terminado. Sebas, ¡qué estás haciendo nene, que te voy a sopapear eh!
Sebas no para, Paula no lo soporta. Pienso que cuando se van después de muchos gracias Paula gracias, no, por favor, gracias a ustedes por venir, Paula por fin suspira y se desarma en uno de sus sillones. Pienso también que el lunes y el martes Paula descansa del asado del domingo. El miércoles lava la ropa y el jueves comienza a prepararse mentalmente para recibir a su familia el próximo domingo.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Alter ego



Voy por la calle disfrazada de Úrsula Schwartz. Tardé como cuatro pruebas de ropa en decidirme por la falda negra, la musculosa marrón y las sandalias con plataforma. Tengo un bolso que fue mi preferido durante todo 1999 y medio 2000, con quien me reencontré hace una semana. Anteojos oscuros rayban (truchos), esos que todo el mundo usa ahora. Quedan bien. Detrás de las gafas los ojos pintados de negro y borroneados; un poco más abajo los labios rojos al rojo vivo.
Llevo a Dingdong en brazos. Estamos yendo a tomar el colectivo que nos lleva al pediatra, y más tarde tengo una reunión de algo en lo que le iría mucho mejor a Úrsula que a mí. Así que me disfrazo de ella para meterla bajo mi piel. Comerme a Úrsula Schwartz.
Hace calor y tengo el pelo atado en un rodete alto. El flequillo perfecto. Toda la vida odié usar flequillo y ahora apareció como una revelación. El disfraz está empezando a gustarme. Está bueno esto de ser una secretaria un poco puta.
Después del viaje en colectivo, el pediatra tarda un segundo en reconocerme y sé que esta tarde a Úrsula le va a ir bien. A la salida del médico nos encontramos con mi hermana mayor, que lo va a cuidar mientras yo esté en mi reunión hablando con el acento de la señorita Schwartz, que de vez en cuando termina las afirmaciones como si fueran preguntas. Ella además tiene la voz un poco más grave que la mía, o mejor dicho grave como la mía antes de desayunar.
Además su pelo siempre está bien, no perfecto sino perfecto para ella, no de peluquería sino como recién salido de la cama, si ella fuera una actriz italiana de los años 60. Sólo usa la ropa que mejor le queda y que por eso la hace sentirse sexy. Es casi un poco masculina, de una forma tan sutil que no se nota. Y eso la hace irresistible.
Eso es lo que tiene esta tipa: Úrsula Schwartz es irresistible. Como la Mujer Maravilla cuando tenías seis. Hasta por mail Úrsula conquista a todo el mundo. Y hoy necesito ser ella.
Kristine Chow, nacida en Taiwán con el nombre de I Hui Chow y criada en Las Vegas, me dijo una vez el secreto para, pese a la timidez, ser una buena vendedora: “Just pretend you are somebody else, you stupid Argentine girl! I’m super-shy too, can’t you tell?”. Kristine me dice que me imagine que soy otra persona y acentúa el stupid. Alguien simpática, audaz, capaz de mentirle desvergonzadamente a una clienta insegura y hacer que se compre cualquier cosa. Mientras me habla toda seria, insultándome, fuma un cigarrillo con la cara fruncida por el sol de California. Tiene una musculosa blanca, jeans ajustados y botas negras con taco. “I fucking love my new wife-beater”, dice antes de aplastar con el taco la colilla humeante.
Kristine al principio nos cayó mal a todas. El día que la presentaron como la nueva gerenta de la boutique tenía una cara de china creída, sus rulos falsos colgándole en tirabuzones sobre las tetas idénticas a las de los maniquíes de la vidriera. Las piernas largas, alargadas por los tacos de sus botas de cuero negro. Era perfecta: hasta las pequitas de Lucy Liu tenía.
Después de varias noches de cerrar juntas descubrí que su actitud era una masa perfectamente elástica hecha de timidez, hastío, y una relación de mierda con su novio iraní. Una suegra castradora y una familia política dominante sasonaban la mezcla. Kristine además extrañaba a su familia: la madre peluquera –la responsable de los rulos, que cada vez que su hija vuelve a casa le pinta las tres canas que tiene con un sharpie indeleble negro–, el padre diabético, quien –contra las advertencias del médico– acaba de tatuarse un templo budista en el pecho, la hermana Nancy a quien ella llama Nanny, y el hermano Joe. Cuando descubro todo esto, nos hacemos amigas y ella empieza a venir a casa y deja la puerta del baño abierta mientras mea.
Kristine me cae muy bien y quiero ser como ella. Ahora que lo pienso, creo que es la primera Úrsula Schwartz.
Hoy, fines de noviembre y con lluvias de convección (en la primaria estaba orgullosa de conocer el término), a Úrsula le sale todo bien en la reunión y cuando salimos nos fumamos un cigarrillo sentadas en el umbral de una casa. Ya mañana pensaremos cómo seguir; hoy estamos de festejo. Festejo interno. Porque Úrsula soy yo, así que estoy fumando sola con una sonrisota en la cara.
Cuando llego a lo de mi hermana, Dingdong corre a abrir la puerta. “Soy un podoto aduki”, me saluda. Tiene una flor rosada, inmensa, en el pelo. Y las uñas pintadas de rosa chicle. Un kilo de collares y siete pulseras. Está vestido solamente con un pañal.
–Tenés los labios pintados –canta burlándose.
–Sí, me los pinté –le digo. –¿Te gustan?
–No.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Tulipanes para Zamudio


Tengo que decir que la otra vez no conté las cosas tal cual sucedieron. Cuando nos encontramos en la ciudad-sauna, agarramos Paseo Colón y mientras pasábamos apiñados por al lado de un kiosco de diarios y revistas, saqué de mi bolso el libro robado de la biblioteca de Del Mar High School hace unos veinticinco años y le dije a mi amigo: te traje un regalito. Si alguien tiene dudas, el libro fue robado para mi amigo, sólo que la sincronicidad quiso que recién ahora me diera cuenta de que en casa hay un libro de Sherwood Anderson que no queremos, una edición muy linda, tapa dura y forrada con el plástico que colocó una bibliotecaria prolija, acaso amante del profesor de Historia, quizás novia de la profesora de Arte.
El libro está en perfecto estado: todavía conserva el sobrecito con las entradas y salidas de la biblioteca, y también tiene la etiqueta blanca con el código de catálogo.
Javier al principio no entendió qué le estaba dando, quizás pensó que la conversación de la semana pasada sobre ese mismo autor había sido con otra persona. Me miró confundido y le dije: ya sé que está en inglés y que no te gusta leer en inglés, pero mirá, estaba en casa, y acabo de dedicártelo en el subte para que no puedas rechazarlo.
A mí las casualidades me encantan, las busco porque sé que están escondidas esperando ser descubiertas. Mi madre, que no lee lo que escribo porque cree que siempre y sólo escribo sobre ella, y que indefectiblemente lo que escribo son cosas malas, últimamente cita a Ernesto Sábato. Así que ahora escribo un poco sobre ella, pero no cosas malas, sino que la cito citando su cita preferida: “No hay casualidad sino destino. No se encuentra sino lo que se busca y se busca lo que está escondido en lo más profundo de nuestro corazón”.
Volvemos a Paseo Colón. Oh casualidad, cuando Javier abre su bolso para guardar el libro, saca otro, el suyo, y me dice: yo te traje esto. Me río, agradezco, me emociono sin que se me note, creo. La edición es lindísima, tiene unos dibujitos que separan el interior de los cuentos y que van variando relato a relato. El papel es grueso, la letra me gusta. Tiene dos fotos de él: la primera en la solapa donde dice quién es el autor, la otra en la página cuatro. La segunda es problemática: está en blanco y negro y ocupa la totalidad de la página. Javier tiene una cara de idiota que no se puede creer. O creo que es cara de patético. Cara de Zamudio. Ese es Zamudio. Ya me río mucho y no puedo esperar a volver al subte para escaparme en la lectura.
Quizás no estemos en Paseo Colón, quizás la calle sea Santa Fe o Cabildo. O Avenida de Mayo, si voy a dar los hechos precisos. Y es probable que no nos dirijamos al trabajo, porque los dos estamos más del lado de acá que del lado de allá, y cuando trabajamos lo hacemos desde nuestras casas, y cuando no trabajamos pensamos en cosas preocupantes. Javier más que yo, claro. Cada uno es cada uno. Yo aprovecho el desempleo para tomar sol y sacarme fotos con libros. Este año me volví tremendamente irresponsable, lo sé.
Para ser terriblemente honesta, también soy conciente de que la autocensura en la que me educaron los colegios o intentaron inculcarme las monjas alemanas, se terminó. Ya no funciona, me parece una tremenda mierda, de esas mierdas que generan tumores malignos. Así que me cago en la autocensura, estos días digo cualquier cosa y hago lo que se me canta. No pienso evitarlo. Y en este campo sí soy responsable, sigo siendo una persona buena, sólo aplico la falta de filtro o lo expreso cuando se trata de mí.
Tardé dos días en empezar a leer Tulipanes. Creo que me asustaba leerlo: tenía miedo de deprimirme. Cuando leo, si lo que leo me gusta, me dejo atrapar. Y a veces, cuando la cosa viene triste, termino mal. O enferma. Unas vacaciones de invierno me leí medio tomo de los cuentos completos de Cortázar y terminé con una gripe demoledora. Fue por el libro, lo sé. Crimen y castigo me dio fiebre y también hizo que me enamorara de Dostoievski. Y como ya sé cómo escribe mi amigo, bueno, tenía miedo de dejarme arrastrar hasta un terreno de tristeza y que eso me hiciera mal. Eso se lo dije, cuando lo dejé en la entrada de su subte.
Dos o tres días más tarde me puse a leer, y ahí no pude parar. Barolo, el primer cuento, ya lo había leído. No es mi favorito del libro, pero tiene sus momentos especiales, como una charla entre Zamudio y su jefe mientras este último acaba de terminar de cagar y tira desodorante de ambientes con la puerta del baño y la bragueta abiertas, mientras nuestro antihéroe se sirve café.
Mi preferido de todo el libro fue Misoprostol, el segundo relato, que tiene unos personajes de quienes Zamudio, digo Javier, hizo que me enamorara: unos pobres bolivianos que resisten en Buenos Aires, igual que todos, pero desde su hotel de pasajeros que es el destierro mismo.
La tristeza está presente a lo largo del libro: la misma condición romántica de Zamudio, siempre fiel a sus ideales, igual que Javier, hace que su vida tenga algo de amor imposible pero a toda costa, lo que si bien tiene su cuota de felicidad, porque nada más lindo que un amor imposible, tiene también esa tristeza de los sueños tan vívidos que cuando te despertás te duelen en el pecho como un recuerdo, recuerdo que sabés que nunca existió pero que estás condenado a revivir a lo largo de la mañana.
504, el quinto relato, que creí que se llamaba así por un colectivo pero era por un Peugeot, es el más sentido. A mí me hizo llorar un poco y me devolvió el miedo a morir joven y dejar a mis hijos sin madre. También me hizo sonreír.
Porque eso pasa a lo largo de todo el libro: la vida acá puede ser triste, pero tiene esas alegrías que hacen que también sea buena. Eso se ve, quizás gracias a la profundidad de los relatos. El sabor que te deja en la boca no es el gusto metálico de la derrota, sino una especie de sonrisa de esperanza. De que algo bueno tiene que pasar, como en algún momento Zamudio le asegura a Silvita, su compañera que lo quiere, lo apoya y lo promueve, aunque de vez en cuando le aplique unas puteadas bien puestas.
Sin que yo lo esperara, Tulipanes para Zamudio me llevó a otras realidades, lejos de mi vida, o quizás demasiado cerca, tanto que no me di cuenta. Como me pasaba cuando era adolescente y esperaba volver del colegio para esconderme del mundo enroscada en un sillón y leer, leer y leer.

El libro fue editado en España y no se consigue en Buenos Aires. Pero hay facilidades para quien lo quiera: se puede comprar a través de la misma editorial, que lo manda sin gastos de envío. Para eso, hay que enviar un mail a editorialuniversos (at) yahoo.es con el asunto "Quiero mi Tulipanes ya".

domingo, 22 de noviembre de 2009

Arañas-bebé



Una noche, mientras me lavaba los dientes, vi una arañita beige que bajaba desde el techo justo hasta la punta del mango de mi cepillo azul. Me corrí un poco para que pudiera seguir su camino. Un segundo más tarde vi otra, del mismo color y del mismo tamaño, reflejada en el espejo. Su melliza, pensé.
Estaba por nacer mi primer hijo y esa noche lo único que ocupaba mi cabeza era el deseo de que el bebé no se diera vuelta otra vez, cosa que le gustaba hacer de noche, porque ya me daba la impresión de que sólo me impedía verlo un pedazo de piel: se podían notar su codo, sus deditos, su talón. Me recordaba demasiado a Alien, la película. Ya la diferencia entre las dos personas, él y yo, era evidente, y sentía más natural tenerlo afuera de mi cuerpo que adentro. Y cuando se daba vuelta mi panza cambiaba de forma, convulsionaba, recibía patadas por adentro en las costillas, en algún órgano... todo era bastante impresionante.
Eso pensaba mientras veía una arañita más, también chiquita, también beige, aterrizando con la gracia de una pluma, sobre mi frente. Lo del alien en mi panza y también la cantidad de veces que tendría que levantarme para hacer pis: cada patada en mi vejiga era una corrida al baño. Dormía poco. Los libros hablaban de la naturaleza preparando a la madre para las noches de vigilia. Contaban también del instinto del nido, que venía uno o dos días antes del parto. Anécdotas de mujeres pre-parturientas arrancando las alfombras de sus casas para eliminar la posibilidad de ácaros. Otras próximamente madres trepadas en escaleras limpiando la parte de arriba de las alacenas: un territorio que nadie debería incursionar jamás.
Pero los libros no hablaban de qué pasaba si de repente una noche, con el tiempo de gestación prácticamente acabado, el ombligo convertido en el botón que te avisa que el pavo está listo y la noción de que todavía tenés pies, aunque no los veas, llovían desde el techo de tu baño, en cámara lenta, quinientas veinticinco arañitas recién nacidas. Todas chiquititas, todas de color beige.
Debo haber hecho un gritito-carcajada. A veces me sale una carcajada aguda, un poco histérica. Esa noche seguramente produje una.

Anoche le llegó la hora de partir a la araña que vivía en la esquina sur del baño. La araña ya estaba ahí, pero en la esquina norte del techo, cuando llegamos a la casa. Así que no me pareció justo sacarla. Son bichos de clima seco; deben odiar mojarse. Y como llueve, llueve y llueve, no me pareció bien llevarla a las plantas. Después de todo, ella llegó al baño antes que yo.
Pero cuando se mudó de la esquina norte a la esquina sur del baño, la araña empezó a crecer. Cada día un poquito más y el cambio se notaba. Sus patas llegaron a medir unos doce centímetros cada una. Y aunque mis hermanas me dijeron que todos los arácnidos son venenosos –en mayor o menor medida–, un dato que la mayor de ellas aprendió en la facultad de Medicina, esta araña era una presencia silenciosa, sólo se movía de noche, nunca bajaba del techo, y cada mañana volvía a su esquina. Una buena vecina, diría yo.
Además, yo no mato bichos, a menos que sean mosquitos. Porque con los mosquitos la cosa es personal. Soy una experta en la disciplina de aplastarlos con los ojos cerrados y en la oscuridad, apenas dejo de oír el bbbbzzzzzzzzzzzz e imagino el lugar exacto de mi cara donde se posó el insecto en cuestión. Un dedo o un cachetazo, según lo dormida que esté, y retomo el sueño con la tranquilidad de saber que a la mañana siguiente voy a despertarme con el mosquito pegado en la cara.
También tengo la presteza de un ninja cuando los oigo y sin mirar tampoco cierro el puño y después me limpio el pequeño cadavercito en el pantalón. Pero mi ejercicio preferido es cuando hay muchos mosquitos y toda la familia participa tirando revistas o libros finitos al techo, y sumamos diez puntos por cada mosquito que queda aplastado allá arriba (para eso es ideal vivir en un primer piso que tenga las ventanas muy cerca de las ramas de un árbol). Yo gané el título de Mosquito Zen Killer, y estoy muy orgullosa de eso.
Pero anoche tuve que preparar el funeral de la araña.
Porque anoche la araña se convirtió en una nave nodriza que había levado anclas y caminaba, corría, por todo el cielorraso. Y de la esquina sur se descolgaban decenas de arañitas negras y no tan chiquitas.
Mi hermana gritó que de noche las hijas iban a correr por toda la casa, llegando a mi boca, quizás a un oído. Así que agarré papel higiénico, le dije vecina, hasta acá llegamos, ojalá hayas sido feliz y perdoname, y la envolví en el papel, la aplasté con mi mano, y después a la catarata fría del inodoro. Perdón araña, sé que odiarás el agua.

La otra vez, la primera, cuando las arañas eran de color beige, al día siguiente de probablemente haberme reído nerviosa por el batallón de angelitos de ocho patas bajando desde el techo de mi baño sobre mí mientras me cepillaba los dientes, me puse a limpiar todos los mosquiteros de la casa. Desarmé las pantallas de red metálica de varias ventanas, las lavé con manguera, cepillo y jabón, y panza de 39 semanas y tres días. Con el alien quietito, atento a toda la actividad, y con el perro llorando detrás de mí, ansioso como una abuela primeriza.
Cuando terminé de instalar los mosquiteros y de lavar también los vidrios de las ventanas, reorganicé un cuarto y trasladé una mesita y un horno de microondas desde el garaje a través del jardín. Y unas horas después de mi rapto de locura por la limpieza y el orden por fin nació mi hijo, que no era una alien sino un bebé precioso y tranquilo, con la piel más suave que yo hubiera visto y el olor más dulce.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Úrsula recomienda...



3ste verano, no puede perderse señor, el libro favorito de Úrsula Schwartz.
ll4me y4!


Un agregado a esta entrada: cuidado. que el libro es atrapante. y este no es un aviso pago. ni Ursu ni Svetlana ni Cecilia recibieron nada a cambio. pero nada eh.

sábado, 14 de noviembre de 2009

fin de semana



los gorriones creen que mi cocina es suya
conocen el camino de entrada y la salida
tango los deja
no los come
ya está resignado y sólo llama por mimos
mientras uno de mis pies baila
el otro enreda sus dedos en su pelo
los pajaritos le saltan encima
parece la parte del bosque
de la bella durmiente


Let me run with you tonight
I'll take you on a moonlight ride
There's someone I used to see
But she don't give a damn for me

But let me get to the point, let's roll another joint
And turn the radio loud, I'm too alone to be proud
You don't know how it feels
You don't know how it feels to be me

People come, people go
Some grow young, some grow cold
I woke up in between
A memory and a dream

So let's get to the point, let's roll another joint
Let's head on down the road
There's somewhere I gotta go
And you don't know how it feels
You don't know how it feels to be meeeeeeeeee



martes, 10 de noviembre de 2009

Piedra libre



No son vacaciones pero parece que sí. Quizás sea la lluvia de verano que oscureció la tarde. Quizás el aire que se enfrió de un minuto para el otro. O puede que lo que me confunde sea el olor de la tierra mojada…
Parecen vacaciones. Y llueve. Y no hay nada para hacer, porque cuando llueve en las vacaciones nunca hay nada para hacer. Así que jugamos a las escondidas.
Al principio de mala gana, en realidad gruñendo, accedo a los pedidos de Elías. Ma, ma, ma, ma, ¿jugamos a las escondidas?, ma, ¿jugamos a las escondidas?, dale ma dale ma porfi ma, ¿jugamos a las escondidas? dale dale dale que nunca jugamos hace mucho que no jugamos a las escondidas ma ¿jugamos a las escondidas?
Primero le engancho a Dingdong que, ansioso por imitar a su hermano mayor, corre por toda la casa como un perrito. Aunque no sepa qué pasa, él siempre se anota primero. Mientras Elías cuenta, escondo a Dingdong detrás de la cama, en el hueco donde viven sus ositos, conejos, bichos, patos, dragones y demás animales peludos. Me pide que le haga un techo, así que cuelgo una manta y Dingdong desaparece.
Elías cuenta hasta treinta. La cosa viene para largo: los números pasan demasiado lentos y demasiado fuertes. Encima en la mitad se distrae y la decena de los veinte retumba dos veces entre las paredes del living. (Quién pudiera).
Busca en el baño. Busca en la cocina. Busca en el cuarto. Debajo de las camas. En el ropero. Detrás de las puertas. Al final lo encuentra, escondido como el ET, dormido entre una tonelada de peluche.
Dingdong no podrá cumplir con su turno de contar así que, ya jugada, accedo a participar.
–¡Primero cuento yo ma, esas son las reglas, primero cuento yo ma! ¡Vale en todas partes, abajo y arriba ma!
–No no no no. Arriba no. Sólo abajo.
–¿Pero por quéééé?
–Porque sí, va a ser muy largo si arriba y abajo. Toy cansada.
–Daaaaaale…
–Bueno, dale. Como quieras.
–UUUNOOOO… DOOOOOOSSS… TREEEESSSSS…
Corro por todos lados. El baño no. Al cuarto de los chicos. Ropero.
–Hoda mamma –Dingdong resfriado ya se despertó.
–Shhh que me estoy escondiendo. No digas nada cuando venga Elías. Vení, metete en el ropero conmigo.
–¡No! Que estoy con mis amigos.
–Bueno, pero cuando venga tu hermano calladito, eh.
–Zí.

Elías: –¡TREINTA! Empienzo a buscaaaaar…
Pasos.
–Te voy a encontráaaar.
Pasitos de ratón.

Dingdong: –Mami midá qué pato más pedotudo ma.
–Shhh que viene Elías, ¡y no digas más malas palabras Dingdong!
–Mueno.

Entra Elías y cierro la puerta del ropero. Busca debajo de la cama. Busca en los ositos. Vuelve a irse.
–¡¿Dónde está mami?!
Pasitos por toda la casa. Dingong parece haberse olvidado de mí.
Vuelve al cuarto:
–Dingdong, ¿dónde está mami?
–En el dopedo.
Abre el ropero:
Yo: –¡Buuuu!
–No me asuuuuuusteeeeeees.
–Bueno, no te asusto más. Pero no seas tan miedoso.
–Ahora te toca contar a vos. No espíes, eh.
–No, no espío. Uno, dos…
Pasitos de ratón corriendo por toda la casa. Escaleras.
-Veintinueve, treinta.
Subo. Está sentadito con los ojos cerrados debajo de mi escritorio. Es mi turno de esconderme y ahora sí estoy metida en el juego. Corremos por toda la casa, y los escondites se van haciendo más complejos. Me escondo detrás de la puerta del baño de abajo. Me encuentra enseguida. Se esconde detrás del sillón. Le veo el pelo. Mi turno otra vez.
Subo las escaleras corriendo y me tiro de cabeza en la bañadera, que está vacía pero mojada después de una ducha. Soy Drácula en su sarcófago inundado. Elías sube las escaleras gritando “¡ya sé dónde estás, estoy por encontrarte!”. En su voz hay duda y miedo, porque se está haciendo de noche y la lluvia le da un aspecto lúgubre al juego. Además las gotas que caen sobre el techo de plástico hacen un ruido tremendo. Parece El pulpo negro. Me tiento y cuando oigo sus pasos acercándose tengo que taparme la boca para tapar la risa.
Cuando por fin me encuentra nos reímos a las carcajadas. Mi escondite está buenísimo y parecemos el Eje del Mal en una película de Austin Powers. Ahora mientras cuento me saco una capa de ropa empapada.
Se esconde en la cocina. Demasiado fácil. Me escondo debajo de mi cama. Tarda cinco minutos en encontrarme. Cuando estoy por dormirme (con las manos cruzadas sobre el pecho como cuando trataba de que mi abuela pensara que me había muerto) contemplando las pelusas que se formaron por las semillas de los plátanos, veo sus piecitos tímidos. Estornudo para que me encuentre.
Se queja de lo difícil de mi escondite. Le digo que es la última vuelta, y acepta. Los dos estamos cansados.
Bajamos. Cuento en el living. En realidad no cuento. Mientras junto juguetes, ropa y zapatillas, voy diciendo números. En cualquier orden. Oigo correr el agua de la bañadera.
–¡Treinta! –grito.
Hago que busco. En la cocina. En el cuarto.
Yo: –¡Dingdong! ¿Dónde estás?
–¡Acáááá!
Están los dos, desnudos, en la bañadera, con los pelos llenos de shampoo.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Tarta de gusanos



–¿Cuál es tu comida preferida?
–Tarta de choclo. Mi mamá nunca me la hace.
Así que esta mañana, en uno de sus raros momentos de bondad, mami puso manos a la obra. Consiguió de su madre la receta de la tarta:

Picar la cebolla
Dorar
Sacar del fuego
Agregar 1 cucharada colmada de harina
y un chorro de leche (media taza)
Si los choclos vienen con agua, agregar el agua del choclo
Revolver bien
Volver al fuego
Cuando espesó agregar las 2 latas de choclo (una granos, otra crema de choclo)
Y tres huevos (esta vez no te olvides de los huevos)
Apagar el fuego
Hacer la tarta

–Hacés la masa con harina integral, ¿no?
–Sí, claro. (Mentira: compro La Salteña hojaldrada).
La tarta quedó bien, aunque la masa un tanto cruda; la verdad es que la cocina no me saca más que cara de screensaver después de los primeros tres minutos. Una vez hice el arroz con leche de mi vida y me fui a hacer algo mientras lo enfriaba en la pileta de la cocina. Hubo una inundación que devastó ese pequeño ecosistema y el arroz con leche fue agua con arroz y tuve que volver a empezar.
Encima hoy me dolía la cabeza, estaba un poco temblorosa, creo que hay un minivirus flotando en el aire, y yo estaba para tirarme en una reposera a la sombra más que para una demostración de química culinaria.
La tarta quedó pasable, decía. Yo la comí, el pequeño quejoso también. Nos gustó mucho, pese a la crudeza de la masa. Después lavé los platos y las latas de choclo, porque en el colegio piden cosas de metal para hacer cotidiófonos en la clase de música (instrumentos musicales hechos con cosas no musicales. Como una lata de choclos, unas chapitas y cuatro gomitas. En fin. La tarta. Así se me quema la comida o se me inundan los arroces).
Lavé las latas y me puse a secarlas para meterlas en la mochila del pequeño quejoso y no tener que hacerlo dormida a la mañana. Oh sorpresa, un pequeño insecto color crema de choclo gusaneaba en el fondo de una de ellas.
Si alguien sabe (y habilito los comentarios) que me diga: ¿pueden los gusanos sobrevivir adentro de latas bien selladas? La segunda mitad de la tarta brilla, amarilla como una luna de verano, en la cocina y arriba de este post. Me guiña sus brillos, burlona. ¿Estará llena de gusanos o sólo quiere torturarme?
¿Alguien quiere un poquito?

sábado, 7 de noviembre de 2009

Siesta


Las semillas de plátano se me metieron entre la ropa y me pica todo el cuerpo.
Mientras los chicos cantan, huelo que el perro se comió un pedazo de mierda. Queda desterrado al patio hasta que aprenda a lavarse los dientes.

¿Qué es lo último que ves en tu cabeza antes de dormirte?
Eso es secreto.

Llegás como la marea
me levantás como una ola
me revolcás en la rompiente
me chupás como un tsunami
y te vas en contraola.
Soy la orilla llena de globitos
sola de burbujas
kilómetros de tristeza
porque sé que ahora
estaré seca
hasta que cambie la luna.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Payback

La Manzanitatómika con una súper sonrisa que incluye los ojos y el pelo y casi una vueltita saluda al chofer y al amigo que tiene fumándole encima:

–¡Buendía! Unoveinte y un escolar por favor.

Otra vez miradas observadoras y lentas deteniéndose en algunos lugares con mayor densidad, como un escáner.

–Pasá nomás mamita.

yEaH! ¡Chupate esa, colectivero andropáusico!

domingo, 1 de noviembre de 2009

Que parezca un accidente


Elnegro decidió darle una sorpresa a su novia e ideó un plan perfecto: iban a pasar un fin de semana juntos. Solos. Lejos. Tremenda sorpresa. Ella ni se lo veía venir. Pasaban los fines de semana separados, porque él viajaba mucho por trabajo: cada sábado corría una carrera. Cada mes, dos en Chile y dos en Brasil. La vida de sus sueños. Y de lunes a viernes trabajaba de nueve a seis como todos, o algunas horas más, y entonces no estaban casi juntos. Buena receta para el trabajo, mala receta para el amor.
Y a medida que la relación avanzaba, hacía falta más. Más tiempo juntos. Más tiempo para la relación. Más. Y en el trabajo le pedían también más. Más dedicación. Más tiempo. Ya no podía tomarse los viernes libres para viajar a las carreras. Y en las carreras… en las carreras era lo mismo: querían que hiciera más en menos tiempo. Que apretara el tiempo como una esponja llena de agua y que absorbiera más y más agua. Necesitaba suprimir algo, de alguna manera conseguir más tiempo. O se iba a ahogar.
Entonces, este fin de semana de primavera, que le había quedado libre, Elnegro decidió sorprender a Angelita. Iba a matarla. Tremenda sorpresa. Ella ni se lo veía venir. Y la llevaría a Colonia; a Colonia en bicicleta.
Primero tomarían el buquebús de las seis. Saldría el sol sobre el río. Desayunarían. Le compraría un perfume en el free-shop. En Colonia irían a dejar las mochilas en la posada, y después a pedalear por toda la ciudad. Se habían hecho fanáticos del ciclismo este año, hacía pocos meses. Él entrenaba duro, corría triatlones. Ella lo seguía, aunque con mayor tranquilidad: sin ánimos competitivos, se divertía paseando mientras hacía ejercicio. Así que en Colonia no se cansarían: podrían charlar mientras andaban en sus bicicletas nuevas y brillantes, como ellos, comerían algo frente al río, o quizás en una parrilla del casco viejo. La dejaría elegir a ella; después de todo era su fin de semana.
Previsor como de costumbre, hace cuatro días Elnegro chequeó el horóscopo del tiempo. Como buen navegante, tiene ese hábito tatuado en la cabeza como la Cruz del Sur. La página del Servicio Meteorológico le dio la idea: para el sábado se esperan tormentas, posible granizo, sudestada, pampero… El sábado va a parecer que es el fin del mundo. Justo la pesadilla que le contó Angelita esa mañana. El sábado se va a caer el cielo en las dos orillas del Río de la Plata, y Elnegro no piensa posponer el viaje. Después de todo, Angelita se merece su día especial.
El viernes se van a dormir temprano tan contentos, las mochilas listas junto a la puerta, las bicis en perfecto estado. Dejan los pasajes del buquebús en la mesita de luz, bajo los documentos y el reloj de Elnegro, y se duermen abrazados.
Cinco horas más tarde suena el despertador, se levantan enérgicos y sonrientes, y parten para el viaje. El cielo está cubierto y ella se preocupa, pero confía apenas él le dice ya vi el tiempo, es niebla nomás.
A mitad de camino, en el medio del río, el ferry empieza a moverse más y más. La tormenta ya revolvió las aguas y por las ventanas sólo se puede ver un borrón gris, mezcla de nube, lluvia y agua de río. A Angelita se le oscurece apenas la mirada, pero disimula forzando un poquito la sonrisa.
Desembarcan en Colonia y enseguida la ropa se les pega al cuerpo. Tienen que cerrar casi los ojos para que no se les inunden. Tienen que gritar para poder oírse. Los truenos los ensordecen, la lluvia los ciega.
Elnegro evita gritar cuando dice: “cuidado con el camión, Bichita”. Y en verdad parece un accidente.


N. y A.: espero que no se hayan mojado mucho, bicitortolitos.

Tormentas de verano


Estás en Uruguay. En el campo, cerca de la playa. Estás en el campo en Uruguay, y sabés que del otro lado de la ruta bajás un poco y ya podés oler el mar. Es verano. Es febrero. Los días se están haciendo un poco más cortos, atardecer a atardecer, sol de sangre a sol de sangre.
Al mediodía Casapueblo te encandila como la mejor escultura de tu vida. A la tarde, mientras ponen el Concierto de Aranjuez sus paredes blancas se pintan de naranja y amarillo, y cuando el sol desaparece en el horizonte te asomás porque te gusta mirar la luz en las ventanitas redondas del taller e imaginarte a Páez Vilaró pintando un sol o una mujer.
Como es verano todavía están las golondrinas, que se posan en la ventana cada mañana y cada tarde. Te encantan. Te hacen pensar en viajes por mar y por tierra. Chiquitas, redonditas y resistentes. Son las golondrinas de tu próximo tatuaje y cada vez que las ves te vuelve el aire de mar, la sal en la piel.
Pero hoy llueve, llueve, llueve y llueve. Y de a ratos diluvia. Por eso te perdés a la vuelta de Maldonado. Porque el camino está oscuro, envuelto en árboles y más árboles, llueven sapos que rebotan en el barro de la zanja del costado de la ruta y te salpican el parabrisas. No se ve nada. La lluvia es baldazos que alguien tira sobre el auto. El único auto en el camino.
Todos están en silencio porque la lluvia y los truenos hacen tanto ruido que si quisieran hablar habría que gritar y se pondría de manifiesto lo grave de la tormenta. Y para qué asustarse. Pasan por el costado del arboretum. Seguís las curvas deseando que ningún eucalipto se desplome sobre ustedes pero algo hacés mal porque de repente estás con el auto embarrado en la entrada de La Pataia. Pero nadie se da cuenta porque la lluvia es una cortina que esconde el cartel de la puerta, a tres metros de tus ojos.
Vuelta a la ruta para tomar otra vez la dirección errada. Te das cuenta cuando llegás al estacionamiento del supermercado de Maldonado que dejaste hace cuarenta minutos. Pero qué importa, a quién le importa. Si son las vacaciones, llueve, los chicos están tan tranquilos en el auto, el tiempo está para eso, para perderse.
Durante el año te pasás los días esperando que llegue el viernes. Y el viernes a la noche pateás los zapatos por el aire, respirás aflojándote el esternón y pensás que ahora tenés todo el fin de semana para vos. Mucho tiempo para descansar, hacer todas esas cosas que fuiste barriendo de la semana, salir, ver gente, ponerte al día con los amigos, con el sueño y con la casa. Y cuando terminás de respirar ya la sombra del domingo a la noche se te sienta sobre el pecho como un Jabba the Hutt casi visible.
Por eso tenés que poder perder todo el tiempo durante los días lejos de la rutina. Y estas vacaciones de prestado son todavía mejores, no por no tener que pensar en los gastos, sino porque es la única forma de tenerlas. En un lugar como este. Además la idea de que la gente sea tan buena de darte un lugar para irte unos días con tu familia y olvidarte del mundo, perderte en puestas de sol y en tardes lluviosas, es especialmente reconfortante.
Este año sentís que la casa de adobe en la playa está cerca. Tus amigos de la granja dijeron que pueden ayudar, que van a usar la tierra que saquen para hacer su piscina. Piscina pileta alberca. Tus hijos van a ir a la escuela rural y entre todos van a construir tu casa. Varios que viven en el Sur van a venir también, porque los ayudaste a hacer sus casas y ahora quieren devolver el favor. Un fin de semana en primavera y nacerá desde el barro. Paja de cereales como aislante, mezcladoras de cemento para mezclar tierra y arcilla. Va a tener algo de redondo, porque cuando se hacen las casas de adobe a mano siempre tienen algo redondo, por las caricias que se les da al barro. Curvilíneo, circular, para que todo fluya mejor. Así la vida es más fácil, como debería ser siempre. Y siempre quedan las marcas de las manos. No importa cuánto se emparejen las paredes, siempre quedan algunas manos escondidas como firmas.
Un hogar para calentarse y un ventanal para ver a los perros correr en la playa y sabés que así el invierno no puede asustarte. Aunque no veas mucha gente como ahora, puede que el cambio sea duro, pero va a ser mejor a la larga. Tus hijos van a saber de yuyos más que de cómo evitar a los ladrones en la calle. Es preferible que te desvele una rajadura en una pared después del frío a que te robe el sueño no saber si tus hijos se atrasaron en una fiesta o los secuestraron para robarles las monedas del colectivo.
Las tormentas te daban miedo cuando eras chica. Las de verano eran las peores, porque todos se sentaban en la galería a disfrutar del espectáculo, como decían. Relámpagos, rayos y truenos, y vos te morías de miedo mientras los demás miraban boquiabiertos la fuerza de la naturaleza. Te hablaban de huracanes, de tornados, del ojo del huracán. Pero no podían convencerte. Preguntabas por la estructura de la casa, ¿cuántas tormentas como esta habrá soportado? ¿aguantará una así de fuerte?
Todo por culpa del Mago de Oz. Tenías cinco años y fue tu primer libro. El primero que te asustó y el primero que abandonaste. Otro febrero en otra playa con un temporal de una semana entera. Te llevaron a la feria del libro, una carpa blanca en la plaza del pueblo. El piso estaba cubierto de aserrín y había libros de todos colores. Hacía frío, la calle estaba llena de autos aburridos que remoloneaban sin saber para dónde doblar. Es que las ciudades de vacaciones y los veraneantes no están preparados para la sudestada.
¿Por qué habrás elegido el Mago de Oz? Quizás por su cubierta violeta. Llegaste a la casa, te acomodaste igual que ahora en un sillón de un solo cuerpo cerca de la ventana. Las piernas en un brazo, la cabeza sobre el otro. Una lamparita proyectando la sombra de tu cabeza en la página. Sonrisa de misterio mientras abrís el libro. Pero apenas empezar, y eso que con tus cinco años tardabas en leer, está el tornado que se lleva la casa con chica y perro adentro. Terror, terror a que esta sudestada se lleve tu casa y en vez de matarte vayas a terminar con un montón de personajes disfuncionales en un eterno camino amarillo.
Ahora frenás el auto al costado de la ruta con las balizas puestas. Le das un descanso al limpiaparabrisas que a esta altura está agotado y con la lengua afuera. Cae un rayo que ilumina la tarde negra. Te da un escalofrío. Contás los segundos. Uno, dos, tres. Cae otro rayo. Caen seguido, pero no sabés a cuántos kilómetros. Te reís porque eso de contar los segundos se hace entre relámpago y trueno, no después de un rayo. Te estirás y sacás unas galletitas de una de las bolsas del supermercado, y ponés música. You’re not in Kansas anymore.