martes, 10 de noviembre de 2009

Piedra libre



No son vacaciones pero parece que sí. Quizás sea la lluvia de verano que oscureció la tarde. Quizás el aire que se enfrió de un minuto para el otro. O puede que lo que me confunde sea el olor de la tierra mojada…
Parecen vacaciones. Y llueve. Y no hay nada para hacer, porque cuando llueve en las vacaciones nunca hay nada para hacer. Así que jugamos a las escondidas.
Al principio de mala gana, en realidad gruñendo, accedo a los pedidos de Elías. Ma, ma, ma, ma, ¿jugamos a las escondidas?, ma, ¿jugamos a las escondidas?, dale ma dale ma porfi ma, ¿jugamos a las escondidas? dale dale dale que nunca jugamos hace mucho que no jugamos a las escondidas ma ¿jugamos a las escondidas?
Primero le engancho a Dingdong que, ansioso por imitar a su hermano mayor, corre por toda la casa como un perrito. Aunque no sepa qué pasa, él siempre se anota primero. Mientras Elías cuenta, escondo a Dingdong detrás de la cama, en el hueco donde viven sus ositos, conejos, bichos, patos, dragones y demás animales peludos. Me pide que le haga un techo, así que cuelgo una manta y Dingdong desaparece.
Elías cuenta hasta treinta. La cosa viene para largo: los números pasan demasiado lentos y demasiado fuertes. Encima en la mitad se distrae y la decena de los veinte retumba dos veces entre las paredes del living. (Quién pudiera).
Busca en el baño. Busca en la cocina. Busca en el cuarto. Debajo de las camas. En el ropero. Detrás de las puertas. Al final lo encuentra, escondido como el ET, dormido entre una tonelada de peluche.
Dingdong no podrá cumplir con su turno de contar así que, ya jugada, accedo a participar.
–¡Primero cuento yo ma, esas son las reglas, primero cuento yo ma! ¡Vale en todas partes, abajo y arriba ma!
–No no no no. Arriba no. Sólo abajo.
–¿Pero por quéééé?
–Porque sí, va a ser muy largo si arriba y abajo. Toy cansada.
–Daaaaaale…
–Bueno, dale. Como quieras.
–UUUNOOOO… DOOOOOOSSS… TREEEESSSSS…
Corro por todos lados. El baño no. Al cuarto de los chicos. Ropero.
–Hoda mamma –Dingdong resfriado ya se despertó.
–Shhh que me estoy escondiendo. No digas nada cuando venga Elías. Vení, metete en el ropero conmigo.
–¡No! Que estoy con mis amigos.
–Bueno, pero cuando venga tu hermano calladito, eh.
–Zí.

Elías: –¡TREINTA! Empienzo a buscaaaaar…
Pasos.
–Te voy a encontráaaar.
Pasitos de ratón.

Dingdong: –Mami midá qué pato más pedotudo ma.
–Shhh que viene Elías, ¡y no digas más malas palabras Dingdong!
–Mueno.

Entra Elías y cierro la puerta del ropero. Busca debajo de la cama. Busca en los ositos. Vuelve a irse.
–¡¿Dónde está mami?!
Pasitos por toda la casa. Dingong parece haberse olvidado de mí.
Vuelve al cuarto:
–Dingdong, ¿dónde está mami?
–En el dopedo.
Abre el ropero:
Yo: –¡Buuuu!
–No me asuuuuuusteeeeeees.
–Bueno, no te asusto más. Pero no seas tan miedoso.
–Ahora te toca contar a vos. No espíes, eh.
–No, no espío. Uno, dos…
Pasitos de ratón corriendo por toda la casa. Escaleras.
-Veintinueve, treinta.
Subo. Está sentadito con los ojos cerrados debajo de mi escritorio. Es mi turno de esconderme y ahora sí estoy metida en el juego. Corremos por toda la casa, y los escondites se van haciendo más complejos. Me escondo detrás de la puerta del baño de abajo. Me encuentra enseguida. Se esconde detrás del sillón. Le veo el pelo. Mi turno otra vez.
Subo las escaleras corriendo y me tiro de cabeza en la bañadera, que está vacía pero mojada después de una ducha. Soy Drácula en su sarcófago inundado. Elías sube las escaleras gritando “¡ya sé dónde estás, estoy por encontrarte!”. En su voz hay duda y miedo, porque se está haciendo de noche y la lluvia le da un aspecto lúgubre al juego. Además las gotas que caen sobre el techo de plástico hacen un ruido tremendo. Parece El pulpo negro. Me tiento y cuando oigo sus pasos acercándose tengo que taparme la boca para tapar la risa.
Cuando por fin me encuentra nos reímos a las carcajadas. Mi escondite está buenísimo y parecemos el Eje del Mal en una película de Austin Powers. Ahora mientras cuento me saco una capa de ropa empapada.
Se esconde en la cocina. Demasiado fácil. Me escondo debajo de mi cama. Tarda cinco minutos en encontrarme. Cuando estoy por dormirme (con las manos cruzadas sobre el pecho como cuando trataba de que mi abuela pensara que me había muerto) contemplando las pelusas que se formaron por las semillas de los plátanos, veo sus piecitos tímidos. Estornudo para que me encuentre.
Se queja de lo difícil de mi escondite. Le digo que es la última vuelta, y acepta. Los dos estamos cansados.
Bajamos. Cuento en el living. En realidad no cuento. Mientras junto juguetes, ropa y zapatillas, voy diciendo números. En cualquier orden. Oigo correr el agua de la bañadera.
–¡Treinta! –grito.
Hago que busco. En la cocina. En el cuarto.
Yo: –¡Dingdong! ¿Dónde estás?
–¡Acáááá!
Están los dos, desnudos, en la bañadera, con los pelos llenos de shampoo.

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