miércoles, 9 de diciembre de 2009

Prohibido cagar



Ya diciembre derrite con su fuego húmedo mientras los chicos de la casa de al lado arman el arbolito de navidad. 8 de diciembre, el día de armar el arbolito, y ellos deben haber estado esperando esta fecha, quizás tachando los días en el calendario, porque apenas se levantan empiezan con la ceremonia de desplegar el árbol de plástico, desembalar bombitas, adornos, luces, ubicarlos intentando el equilibrio o a lo mejor cierta simetría inútil que les permita plasmar sus ideas claras de navidad perfecta en las ramas de plástico de su pino en miniatura, con sus agujetas hechas de polietileno.
Por la ventana, bailando sobre el aroma lento del feriado, entra una musiquita de tarjeta electrónica. Son varias melodías, versiones podadas de villancicos, deben ser cinco en total, que se repiten una tras otra. La primera, sin embargo, no es una música navideña sino la lambada. El error made-in-china no me molesta: tiene más que ver con este verano la lambada que el lamento IIII’m dreeeeeaaaaming of a whiiiiiite Chriiiiiiistmaaas…
El juguetito que tira la música navideña es de otro año, porque está con pocas pilas, y el tiritiri tiritín tín se pone lento y grave como un tooonroróóóónnnn fantasmal que me hace pensar en crisis económica, calles mugrientas, cacerolazos y contaminación. Ojalá pudiera saltearme las fiestas y aterrizar de cabeza en un mar, más allá de la rompiente, donde las olas te levantan y te bajan y el agua juega con tu pelo y te acaricia a su antojo.
La música de tarjeta también me hace pensar en un soldado, un ex combatiente de Malvinas que en su vida de civil vivía en Jujuy, y que una vez me mandó una de esas tarjetas agradecido porque yo le había escrito alguna carta a través de un programa del colegio que enviaba mensajes a soldados. Eso era la soledad: una niña que se enfermó para salvarse de ir a un campamento y en vez de salir con sus compañeras se quedó en la escuela escribiendo cartas y pintando dibujos para los ex combatientes. Y un hombre que recibió la carta de la chica y compró una tarjeta musical para enviársela a ella. Eso es la soledad, aunque tengas diez años y él casi treinta.
Me aburre decorar el arbolito y por suerte mis hijos no se dan cuenta de que ya podrían estar haciéndolo. Recuerdo que en realidad lo armaron hace poco, durante el encierro de la gripe, y por eso no les atrae tanto la idea. Una tarde, en julio, Dingdong encontró el árbol mientras revisaba un ropero y lo llenaron de adornos, y así quedó en el medio del living hasta la primavera.

Al mediodía nos vamos al club, al río, con los abuelos.
No es de esos clubes con colores pasteles saturados donde todo es perfecto. No. Este es un club náutico donde la mitad de la gente va a navegar en veleros chiquitos, a aprender en optimist o a correr regatas. Y la otra mitad va a tirarse en el pasto y mirar el horizonte mientras sus hijos juegan en el arenero o al fútbol. Este club está un poco destartalado, infestado de hormigas, cubierto de tierra y con olor a río.
Parece que los que se ocupan de atender el bar no esperaban el aluvión de familias este feriado, porque no dan abasto. Hay una fila larga para comprar comida, muchos chicos lloran colgados de la barra. De ellos, los empleados sólo ven sus deditos agarrados de la madera del mostrador, y tardan en atenderlos. Por eso lloran, mientras la rumba del mediodía les pasa por encima.
Yo no voy al restaurant. Por suerte trajimos comida. Pero papá lleva a sus nietos a comprar helados de postre, hace la fila, intenta pagar, y cuando le pregunta a la cajera cuánto cuestan los helados, la mujer hace una mueca de indiferencia y mira hacia otro lado. Papá, que parece muy tranquilo, dice bueno, se da media vuelta y se va sin pagar, con los helados en las manos, porque Dingdong llora como los otros chicos, y si la gente no quiere cobrarle qué puede hacer él. Hoy es el día de robar en el bar.
Hoy es el día de robar en el bar. Porque unas horas más tarde, cuando ya pasó el almuerzo y los chicos otra vez tienen hambre, va mamá, la abuela, a comprarles leche chocolatada y galletitas. Abre la heladera del restaurant, saca la leche. Busca las galletitas. Hace la cola. La cola nunca avanza, los chicos empiezan con los lamentos, la abuela da media vuelta y se va, con los chicos siguiéndola y la comida en las manos. Me fui sin pagar, me cuenta abajo, cuando vuelven a nuestro picnic y yo estoy tomando mate con Angelita y Elnegro. Igual que papá, le contesto. ¿Qué pasa? ¿Es el día de robar en el bar?, le pregunto. Ella se ríe sorprendida, divertida de haber descubierto que su marido se atrevió a robar, seguramente por primera vez en la vida.
Como abuelos, mis padres son mucho más simpáticos que como padres. Finalmente se relajaron y ahora parece que somos de la misma tribu.
Después de tomarse la leche y de comerse las galletitas, volvemos al arenero. Esta vez llevo lectura, pero no puedo avanzar porque me distraen las conversaciones de otras madres con otros padres. Me comparo con ellos: tenemos la misma edad, probablemente alguna de esas mujeres también cantó en el coro del colegio, quizás también se olvidaron de escribir su nombre en el programa cuando el coro actuó en un museo, tal vez sólo fue a verla su abuela, como a mí. Pienso que tenemos muchas cosas en común, y sin embargo yo me siento recién llegada de otro planeta, pero recién recién llegada, porque se nota que no tuve tiempo de camuflarme, de disfrazarme de ellas, y que mi nave alienígena acaba de escupirme en este arenero, con el librito de Onetti en la mano y el lápiz rosa clavado en el pelo.
Una mujer habla con un hombre mientras miran a sus hijos jugar en la calesita. Es obvio que no son pareja, que se conocen pero no se tienen demasiada confianza. Hablan con los brazos cruzados, no mirándose sino mirando hacia adelante, a sus hijos. Mientras, discuten las elecciones de colegios que han hecho para sus chicos, repiten los bullet points de un folleto, de una página web o de su educación.
La mujer no se da cuenta de que lo hace, pero cada vez que quiere enfatizar alguna idea se pone en puntas de pie. Todo el tiempo, mientras habla con los brazos cruzados, se balancea lentamente, como un péndulo, de atrás hacia adelante y de adelante hacia atrás, y cuando desea enfatizar un pensamiento se estira hacia arriba, como si la estuviera elevando el titiritero que habla por ella mientras hace que ella mueva sus labios, y ella, la muñeca rubia con vestido rosa y zapatos de bailarina, se pone en puntas de pie. Cuando termina la frase, vuelve a bajar, vuelve al balanceo pendular.
Otra vez me pregunto por qué me molesta esta gente. Por qué no pude ser como ellos. Por qué la nave me tiró en este pedazo del mundo. ¿Por qué me tiró la nave? ¿No era, quizás, buen alien tampoco? ¿Me sentía de extramuros también entre ellos?
Dingdong sube al tobogán y unos chicos más grandes, son tres chicos que deben tener seis años, van detrás suyo. Uno comenta, gracioso, que van a tardar mucho, que ese bebé va a tardar un año en subir la escalera. Elías, que tiene una bomba de arena en la mano, escucha, entiende que se están burlando de su hermanito, y los enfrenta, pecho contra pecho, les dice “qué, ¿te estás burlando de mi hermanito? ¿querés que te tire arena? ¿eh? ¿querés?”. Los tres chicos lo miran con estupor, un poco asustados, y lo ignoran. Yo también miro para otro lado, no me meto, me aguanto pensando que hay que dejar que se arreglen solos, mi hijo se convirtió en eso, parece el malo de la plaza cuando tiene de defender a su hermanito.
Tres años atrás, en este mismo tobogán, chicos más pequeños que él le pegaban y lo empujaban, y él lloraba cuando les preguntaba a todos si querían jugar con él y todos le contestaban que no. Ahora Elías es un cachorro de león que empieza a practicar el uso de sus garras.
Desde la cima del tobogán, Dingdong huele pelea y ante la duda tira la bomba de arena que él tiene en la mano, los chicos se van asustados de estos dos salvajes, y yo sigo disimulando mientras oigo que una compañera de colegio de mi hermana le dice a su amiga, mientras hamacan coreográficamente a sus bebés, o quizás sean muñecas: “mirá, ahí está la hermana de Angelita”.

En el baño, mientras me lavo las manos, leo el cartel que está pegado en la puerta del inodoro: PIS SOLAMENTE. SINO SE TAPA. GRASIAS.

Más tarde, resistiéndonos al final del feriado, vamos a la casa de los abuelos. Me tiro en la cama de mis padres y enciendo la tele, y en el canal Encuentro están pasando un documental lleno de fotos en blanco y negro, en italiano, subtitulado, es sobre la vida de una santa, y me quedo mirando porque su marido y sus hijos siguen vivos, hablan en muchas entrevistas, la recuerdan, explican la vocación de la santa, leen sus cartas y sus oraciones, y me da curiosidad, me dejo contar mientras descanso.
Mamá me dice riéndose ¡qué hacés vos mirando ese canal!, mi hermana comenta que su marido siempre lo mira, también riéndose, yo les digo que tienen documentales interesantes, y ellas siguen charlando pero están en MUTE porque estoy atrapada en la vida de Santa Gianna, que era médica, estaba muy enamorada de su marido, tenían hijos y esquiaban entre las cartas de amor que se mandaban, porque él estaba en Estados Unidos y ella en Italia, no entendí por qué ni cómo hacían para concebir los hijos.
Pero algo terrible les pasó, de esas cosas que les pasan a los que después hacen santos y que nunca nunca pude entender. Cuando estaba embarazada, de sólo dos meses, de su cuarta hija, a Gianna le encontraron un tumor enorme en el útero. Era urgente extirparlo pero ella prefirió continuar con el embarazo. Su vocación era tener una familia, hijos y cuidar esa nueva vida. Era 1961 y al tiempo nació su hijita, y cuando el marido ya viejo llora relatándole a la documentalista cómo vio que su mujer moribunda se despedía de su bebita recién nacida empezó a dolerme la garganta y mi hermana se zafó del MUTE para decirme, con su propia bebita en brazos, “¡cambiá eso, enferma, dejá de mirar eso!”, y en ese mismo instante, mientras mamá se levantaba de su silla para buscar algo en otro lado, me di cuenta de mi grave equivocación, que el logotipo celeste en la pantalla no era del canal Encuentro sino del canal Santa María, que es religioso, y cuando pasan clases de catecismo hay una monja vieja que les grita y ahuyenta a los niños que intentan acercarse a Jesús, y en ese mismo instante me pongo a gritar como loca, me río y grito lo ¡pelotuda que soy, qué estoy mirando!
Mamá se ríe como el que ríe último, mi hermana se ríe también, yo sigo gritando atragantada con la carcajada, la garganta ya no me duele y que ¿qué pasa, qué está tan mal, no ven lo sospechoso, lo erróneo del hecho de que esta pobre mujer -y su pobre familia- se haya sentido llamada a ser santa, perfecta, buena en su vocación de ser madre, y genera un cáncer justamente en el órgano que Dios le dio para poder contestar a su llamado a su manera, justo en el útero, y se muere dejando a sus cuatro hijos chiquitos y a su marido quizás confundido, posiblemente enojado, definitivamente solo?
-¡Mamá! ¿Cómo me dejaste mirar ese canal?
-Algo me parecía que andaba mal, pero estabas tan decidida…
-¡Pensé que era el de los documentales, no el religioso! Y Nina Rosso, ¡¿cómo es eso de que tu marido lo mira todo el tiempo?!

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