MartesPrimero son los gemidos. Sí. Son los gemidos lo que lo despiertan. Y los golpes en la pared. Mira el reloj. Las 4. La hora de siempre. Mira a su mujer. Duerme, lejos. Ella nunca grita así, piensa. ¿Será por no molestar a los vecinos? Nota: llevarla al campo y probar su pasión. Una vuelta en la cama. ¿Les faltará mucho? ¿Estará sola? Me gustaría que el tipo que la hace gritar tanto le quebrara el cuello...
Después de minutos de cavilaciones en la madrugada, el insomne, dueño del departamento 3A, camina hasta la pequeña cocina y se sirve un vaso de agua. Piensa que es demasiado tarde para tomar una pastilla, que de todas formas no haría efecto con tanto ruido. La música, un reptar cuasi religioso, también lo molesta.
Siente que esta noche (¿o esta mañana?) ha llegado al límite. Podría hacer cualquier cosa. Lástima que todavía le queda algo de ética o de algo bueno y en realidad no podría hacer cualquier cosa. Es el tercer mes desde que la vecina se instaló en el 3B y ya no soporta sus hábitos, molestos y ruidosos, desconsiderados y lunáticos, que le llegan a través de la pared que los dos departamentos tienen en común.
Ya pensó en aislar su departamento para no sentir más los ruidos que lo enloquecen noche tras noche. Pero desecha la idea por ridícula: no va a invertir sus ahorros en tapar los gritos de una loca que al final va a terminar desprolijamente envuelta en un chaleco de fuerza.
Siguen los gritos. Los gritos de la vecina y la rabia, cada vez más densa, del dueño del 3A. Su mujer se despierta, se incorpora en la cama y después se envuelve en la almohada. Gira, media vuelta, y vuelve a hundirse en un mundo con olor a frutas maduras.
Los del 2B se despiertan, también con los gritos y los golpes en la pared. Gritos rítmicos, golpes desesperados. Ojalá que el que la hace gritar le aplaste la garganta, la cierre en su puño y haga que grite un poco más guturalmente, y después cada vez más despacio, cada vez con menos aire, cada vez más agonizante y finalmente en silencio. Pero no. Cosas así no suceden nunca, por lo menos nunca más allá de las noticias.
En el 2B, hasta el perro se queja del insomnio y amenaza con comerse a quien se atreva a bajarse de la cama. La mujer del 2B se sale de entre las sábanas, se viste y baja a quejarse con el sereno, como si eso sirviera de algo. Por lo menos se escapa de los gritos y de la música sofocante.
En la planta baja, el sereno la mira con cara de circunstancia, le explica que los amigos de la vecina le han dicho que ella sufre de problemas cardíacos, después los dos coinciden en que claramente los problemas de la mujer son psiquiátricos, y nada más. Nada más que tocar una y otra vez el timbre de la casa, un poco de aporreo en la puerta, unos timbrazos en el portero eléctrico. Y nada más, porque ya sale el sol.
MiércolesRick, el del 3A, se levanta enojado; agotado. Se baña con el cepillo de dientes en la boca mientras murmura puteadas ininteligibles. Sale. No se afeita. Se pone cualquier cosa. Hoy va a trabajar en casa. Camina por el monoambiente que es su departamento, ordena un poco, cambia algunas cosas de lugar y se prepara para revisar sus emails cuando algo lo distrae: el diario está frente a la puerta, en el piso. Su mujer no lo levantó antes de salir y parece que lo pisoteó un poco en su apuro. Al lado del diario hay un papel manuscrito, y él se agacha para mirarlo.
Cuando lo tiene en la mano se da cuenta de que el papel es en realidad una fotocopia, y que parece un panfleto de los que mandan con el diario del domingo. Sólo tiene una frase: “¿Querés ver a tu vecina muerta?”. Nada más que eso. Lo da vuelta, quizás esperando encontrar algo más, un lugar, una fecha y una hora. Pero nada; el reverso está en blanco.
Claro que me gustaría verla muerta. De hecho anoche me habría gustado matarla yo mismo. En seguida lo descarta, ya que le parece obvio que el panfleto es la primera pieza de alguna estúpida campaña de promoción para una más estúpida aún obra de teatro de centro cultural barrial.
Antes de sentarse frente a su computadora se prepara un café y mira la primera plana del diario, desde donde salen más gritos de muertos, de estafados y de indignados.
Gabriel, en el 2B, se despierta con el timbre del teléfono. No lo atiende esta vez, como no lo atendió tampoco las cuarenta mil veces que sonó esta mañana. Da media vuelta en la cama, que su perro agradece con un gemido, y vuelve a dormirse.
JuevesSon las 8.13. Sonia, la mujer del 2B, saca al perro a pasear. Termina de abrocharse la campera en el ascensor mientras Niebla, o como sea que se llame el perro, huele y lame un rincón del suelo.
Su rutina es una caminata lenta y breve hasta la esquina, con paradas en dos árboles y en una pared del edificio. Todos los días a la misma hora, con las mismas personas cruzándoseles en el camino.
“¿Vamos?”, y el perro salta, da media vuelta y se apura, un poco todavía entre sueños, hasta la puerta del edificio. Ascensor y pasillo. Puerta 2B. El perro entra y empieza a olisquear un papel rosado que está en el piso, junto a la puerta. La mujer se agacha, se lo saca de entre los dientes, y lo lee. “¿Querés ver a tu vecina muerta?”. Está escrito a mano, con marcador negro.
Va hasta la cama, con el perro pinchándole la pierna con sus uñas, y toca a su marido, con el perro gruñéndole a su zapato, porque no le gusta que la que se tiene que ir a la calle vuelva a entrar en el dormitorio, y menos que toque a su amo. Celos perros. Lo despierta y le muestra el papel que alguien pasó por debajo de la puerta durante su ausencia.
A la tarde, Gabriel sube al gimnasio del edificio. Quiere correr un poco, pero la cinta está ocupada por una gorda que camina lenta y cansada, mientras hamaca un cochecito que tiene adentro algo tan pequeño que podría ser un scon o un gatito. Le sonríe a la madre y se acuesta en el banco de pesas.
Al rato, cuando ya tiene los brazos cansados y cuando la madre se ha ido a alimentar a su cría, otro hombre entra en el gimnasio y él se pasa a la cinta de correr. El display le informa que la madre, que tiene 34 años y 71 kilos, ha quemado 13 calorías en los 26 minutos que pasó en la máquina.
El hombre lo saluda y empiezan a comentar consejos de entrenamiento. Después de un rato los dos intercambian posiciones, hablan del edificio. Cosas como tiempo de residencia en el lugar, pisos, nombres y chismes de vecinos. Entonces Rick le pregunta si tiene problemas con la vecina que grita y Gabriel le cuenta que la semana pasada, durante una madrugada de música ajena, hasta intentó derribar su puerta. Rick le dice que él hizo lo mismo un mes atrás, y que ahora está considerando distintas opciones, que van desde aislar su departamento, mandar cartas documento a la administradora del edificio, al dueño del 3B y a los otros vecinos para que empiecen a quejarse ellos también. Finalmente hacen una cita para juntarse de vuelta al otro día.
ViernesSon las siete de la tarde y Sonia se desploma en el sofá frente a la tele. Sintoniza el canal de siempre, mientras mira la revista del cable en busca de cualquier cosa interesante. Entra Gabriel y le dice que se cambie, que van al gimnasio. En realidad casi la arrastra hasta el gimnasio porque lo que menos quiere hacer ella esta tarde es ejercicio.
Arriba están, en la cinta de correr y en la bicicleta, Rick y Camila, su mujer. Se presentan todos y hacen gimnasia mientras hablan de diferentes temas. Finalmente, Rick menciona a la vecina loca y los cuatro dejan sus movimientos repetitivos y se quedan quietos en sus máquinas.
Y como hay pocos temas de conversación más atrapantes, cuando se trata de criticar a los vecinos, los cuatro se quedan charlando por horas. Se cuentan y se repiten increíbles historias en las que la vecina aparece como un ser completamente despreciable. Son historias carentes de verdad, y además bastante exageradas. Después de un rato largo llega algún otro vecino al gimnasio, y el grupo decide trasladar la reunión a otro lado.
En medio de un canto gregoriano, a las 10, los del 2B tocan el timbre del 3A. La casa, un ambiente grande decorado al estilo minimalista frenético –casi sin objetos a la vista- huele a jπengibre. Camila, que un rato antes sudaba como un tomate estival, ahora aparece casi flotando en un vestidito verde con tornasol dorado.
–Preparé comida china. Espero que les guste.
–Mucho. –Conπtesta Sonia.
–¿Vino? –ofrece Gabriel. –Este que trajimos es muy bueno. Me lo mandó un amigo de España…
Los cuatro se sientan en el pequeño living blanco y charlan un poco. Por ratos sus silencios son llenados por la música que desde el 3B traspasa las paredes del departamento.
–Lo más gracioso de todo es que su música me gusta –comenta Sonia, pensativa. –De hecho, tengo muchos de los discos que escucha. Pero lo que me exaspera es su falta de consideración.
–Sí –contesta Camila. –Su locura enloquece, ¿no?
Más tarde, mientras Rick sirve la comida, su mujer enciende varias velas que hay sobre la mesa. Apaga las luces, convirtiendo la frialdad de su casa en un espacio íntimo y tentador. La comida, el fuego y el vino van logrando su efecto y ya antes del postre la conversación es un balanceo entre deportes y secretos, según el sector de la mesa.
Las mujeres, después de unos momentos inmensurables, van a la cocina, donde pasan otro largo rato, y luego vuelven a la mesa, sonrosadas y con las manos vacías. Gabriel les pregunta algo al respecto, y la expresión confundida en la cara de Sonia, seguida por una sonrisita deliciosa que profiere Camila, hace que Rick se levante, bese casi etéreamente a su mujer, y luego busque el tiramisú que preparó para esta noche.
–Me pasó la cosa más extraña del mundo… –relata Gariel mientras sorbe té de un tazón. –El miércoles, cuando me levanté, encontré un papel que alguien había pasado por debajo de mi puerta.
Camila y Rick se miran, nerviosos. Y Rick pregunta: –¿Por qué extraño? ¿Qué decía el papel?
Los cuatro hacen silencio por unos instantes. Sus rostros iluminados por las velas y la música que la vecina parece haber programado para que dure eternamente, insuflan un dramatismo inusitado a la situación.
–Lo raro del papel es lo que decía. Era sólo una pregunta, pero sin explicaciones que la anclaran.
La frase es completada por Camila, quien, en un tono espeluznante, dice: –¿Querés ver a tu vecina muerta?
Si en este punto se hubiera oído un trueno, probablemente estaríamos asistiendo a una función de The Rocky Horror Picture Show… pero no. Lo que se sigue oyendo, el único sonido que invade el ambiente, es la música, ahora sepulcral, que viene del 3B.
–¿Cómo lo sabés? –pregunta Gabriel.
–Rick encontró un papel exactamente igual frente a nuestra puerta. Al principio creímos que era el comienzo de una campaña de publicidad de alguna obra de teatro. Pero como luego no recibimos nada más, nos olvidamos del tema. Creímos que quizás hubiera sido un error; un papel que se le había caído a alguien y que, por casualidad, había entrado por abajo de nuestra puerta. Pero veo que nos equivocamos. Y, una vez más, –con tono de relator de película de Nosferatu– se confirman mis sospechas de que no existe la casualidad, sino la causalidad.
–En todo caso –interviene Sonia– creo que están haciendo demasiado drama de nada. Por cómo lo dicen ustedes, parece que estamos asistiendo a la gestación de un complot en el que, en cualquier momento, la loca, que justo, y yo creo que por casualidad, vino a vivir entre nosotros, jodiendo nuestras vidas e influyendo en nosotros hasta el punto de que recibimos un papelito con una pregunta estúpida y anónima, que hasta quizás haya sido enviado por ella misma, y enseguida empezamos a sentirnos perseguidos porque, y que alguien se anime a negarlo, lo que más nos gustaría en este momento es ver a nuestra vecina muerta.
–¿Alguien quiere más té? –interrumpe Rick. –Disculpen que corte de esta manera su trama, pero debo seguir atendiendo a mis invitados… Así que contéstenme ahora, porque si me lo piden después de que vuelva a sentarme en mi sillón no sé si podré levantarme. ¿Alguien quiere más té?
Cuando finalmente se despiden, ya son las cuatro de la mañana del sábado, y las mujeres se han hecho buenas amigas, con esa amistad de cuando descubren que tienen un enemigo común, y cuando ese enemigo común es otra mujer. La música sigue sonando y los cuatro se ríen. En sus ojos brilla la silenciosa respuesta a la pregunta que nadie repite ahora.
DomingoA las cinco de la tarde, suena el timbre del 2B. Gabriel se levanta de la cama y le abre al portero, que está con un policía.
–Buenas tardes –le dice el encargado del edificio. –Queremos saber, ya que ustedes suelen escuchar los ruidos del 3B, si han oído algo raro. Entre la noche del viernes y anoche.
–No. Nada. ¿Por qué? ¿Pasó algo? –Aventura Gabriel, con la boca seca.
–Su vecina de arriba, señor –Le contesta el policía– ha muerto. Vuelvo más tarde, por si recuerda algo.
Se van, y cierra la puerta. Gabriel corre hasta el baño, donde su mujer está duchándose.
–La mataron. Mataron a la loca de arriba.
–¿Qué decís? ¿Que pasó qué cosa? –Sonia apaga la ducha, asoma una mano y vuelve a meterla con una toalla blanca en ella.
–Es increíble. Es una película. Primero los papeles por abajo de las puertas y ahora viene el portero con un policía. Acaban de preguntarme si oímos algo fuera de lo común entre anoche y la noche del viernes. Están investigando, así que seguramente la asesinaron.
–¿Asesinato? –Pregunta, incrédula, Sonia, mientras se pone desodorante. –Si de verdad está muerta, debe haberse suicidado. Si estaba loca. Vos mismo la oíste gritar varias veces “no estoy loca, no estoy loca”. La mina estaba loca.
–Subamos, a ver qué dicen Rick y Camila. Seguro que por su casa ya pasaron, si viven al lado. Serían los sospechosos número uno, aunque nosotros también nos quejamos bastante y eso va a contar en el momento de…
–Estás desvariando. –lo interrumpe Sonia. –¿Estás loco vos ahora? Nadie va a ser sospechoso de algo que no pasó. Seguramente la encontraron hundida en la bañadera con las muñecas cortadas. Calmate y esperame a que me ponga algo y subimos a ver qué dice Rick.
Efectivamente, la policía ya ha pasado por el 3A. Pero a diferencia de lo que pasa con Gabriel, Rick y su mujer están tan tranquilos, mirando un partido de la Copa de Europa.
–Menos mal que vinimos, porque Gabriel entró en pánico. No sé qué le pasa, pero cree que los cuatro somos sospechosos de la muerte de la loca. –Le cuenta Sonia a Camila en la cocina, mientras preparan el mate. Es ridículo. Además, es clarísimo que la loca se mató solita.
–¿Clarísimo? –pregunta Camila. –Vos no sabés cómo la encontraron, ¿no? Parece que la mina estaba toda cortada. Supongo que incluso estaría medio descuartizada. Y que había señales claras de forcejeo. Mucho forcejeo. Pero la policía no encontró el arma asesina. Ahora todos somos sospechosos hasta que encuentren al que la mató.
–¿Cómo sabés tantos detalles? Decime que acabás de inventarlos.
–Asusta, ¿no? Lo escuché a través de nuestras maravillosas paredes de Durlock. Pobre mina. La hicieron mierda.
Rick ya le ha contado todo a Gabriel, que ahora está sentado en uno de los sillones blancos. La sangre se fue a un universo paralelo y su cara se mimetiza con el tapizado.
–Esto está mal. –Sentencia. –¿Ya le dijeron a la policía lo del papel de querés ver a tu vecina muerta?
Sonia, Camila y Rick le sonríen, y hay compasión en sus miradas. Sonia camina hasta el sillón con el mate en la mano y le dice: –Mi amor, ahora que no va a hacer más ruido, disfrutemos de nuestras noches, que por fin serán tranquilas. Y calmate, porque nadie va a decirle a la policía ni a nadie lo de los papeles. Después de todo, seguramente fueron felices coincidencias.
–¿Vienen a comer esta noche? –Pregunta, excitada, Camila. -¿Les parece bien pasta? Ustedes traigan el postre.