
Está deprimida: sentada en un sillón, con trescientos dólares que no esperaba en la mano, cientos de personas bailando a su alrededor, cientos de personas drogadas tomando tragos de colores y cervezas y whisky, todos felices, saltando a las órdenes de la música electrónica 1999, mirando apenas la pantalla gigante sobre sus cabezas con inscripciones veloces, como golpes de letras: sex will save the World / Drugs / Music.
Está deprimida: le dieron el premio al mejor disfraz. Y no es que los trescientos dólares no le vengan bien; de hecho la salvan, con el sueldo recién cobrado y ya perdido (por un clásico error bancario le sacaron todo lo que había en su cuenta para saldar la deuda completa de su tarjeta de crédito) y con el alquiler todavía sin pagar.
Lo que le molesta de toda esta historia es el hecho de que ella no está disfrazada. Del montón de personas, la mitad tiene disfraces. Con trajes elaborados, estilo efecto-especial; algo que en una película se habría llevado algún elogio.
Pero ella no. Ella está vestida como cualquier otra noche de sábado, sin la felicidad del disco, sin la sofisticación del ambient. Está vestida con tranquilidad, para pasar desapercibida, creía ella.
Pero obviamente no para el resto.
Cuando le dieron un papelito blanco que decía “tu disfraz es bueno” no entendió, principalmente porque la música estaba muy alta y la gente gritaba muy fuerte. Así que cuando se lo acercó el camarógrafo, que además la grabó para que todos vieran su cara de dormida reproducida en la pantalla gigante, lo aceptó sin darle importancia.
Pero cuando media hora más tarde la música paró para dar lugar al concurso de disfraces y el maestro de ceremonias dijo que los que tuvieran el papel que decía “tu disfraz es bueno” subieran, empezó a preocuparse.
Enseguida apareció en el escenario una pareja completamente desnuda: los anfetamínicos jueces del concurso. Después subieron, uno a uno, los portadores de los otros nueve papelitos. Pero faltaba ella. La llamaron una vez. Dos veces. Ella siguió sentada primero, y acurrucada después, en su sillón del fondo.
El público aplaudía y gritaba al paso de los finalistas. Cuando terminó el noveno, volvieron a llamarla. Ella comenzaba a asustarse.
De repente... un reflector. Un reflector que, igual que un helicóptero de la policía, busca a su presa. Como una nave extraterrestre que rastrea al último humano, una mujer embarazada de mellizos, varón y hembra, que continuarán la especie. La gente se corre y cambia de lugar. Ella se aterra. Final e inevitablemente, el reflector la encuentra. Casi grita. Busca por todas partes a su novio, pero no lo ve. Mira la pantalla y ve su cara de espanto. Su cara pálida como la muerte. El pánico en sus ojos. Los gritos de la audiencia, que aplaude, salta y aúlla, mostrando su aprobación. Su entusiasmo de circo romano.
Sin que pueda reaccionar, en shock, es conducida por millones y millones de manos que parecen las células malditas de un cuerpo monstruoso, hasta el escenario. El maestro de ceremonias la mira con ¿admiración? Posa su mano sobre la cabeza de la candidata, y espera. Es en ese momento, en el momento del juicio, cuando los gritos se hacen más fuertes. Insoportables. Insostenibles. El público está enajenado.
Y gana el premio.
A un lado, también aplaudiendo como si el que ella haya ganado fuera la decisión más justa jamás tomada por los hombres, los otros nueve postulantes, con unos disfraces que dan miedo de verdad, la miran y gritan palabras de victoria.
Ella recibe los trescientos dólares y mira a la pantalla, en un último intento desesperado de encontrar a su novio y desaparecer. Y lo encuentra. Justo delante de ella. Sobredimensionado sobre la pantalla, está metiendo su lengua en la oreja de un alien rosado.











