miércoles, 27 de enero de 2010

Alerta naranja


El calor hace que los problemas sean mucho más reales y mucho más peores. Insondables. Irreversibles. Es por eso que me escapo hacia el aire acondicionado de Nina Rosso y Mr. Grosso. La tarde del lunes será agobiante, y este mediodía de lunes los cuarenta grados de sensación térmica llegan desde el cielo en forma de rayos solares, llegan desde los edificios convertidos en pantallas reflectantes, llegan desde el asfalto transformado en parrilla.

Nina Rosso y Mr. Grosso tienen hoy cara de locos. Los dos. A pesar del aire acondicionado y alterados por la temperatura, tienen ojos maniáticos y no paran de moverse levantando juguetes, riéndose chillones, sirviendo agua y coca cola en vasos atascados de hielo. Mr. Grosso hasta llega a apagar el aire acondicionado sin dar explicaciones cuando se las pedimos, sólo un “ah, pensé que tenían frío”.

Además de nosotros está nuestra tía, que lleva el verano mucho mejor que el resto, y los chicos, que juegan al supermercado con todos los contenidos de la despensa sin fondo: encuentran hasta latas de alimento para gatos, los gatos que Nina Rosso y Mr. Grosso no tienen y nunca tendrán.

-Sabés que mi concuñado tiene síndrome de Tourette, avanzando –dice mi tía.

-¿Avanzado cuánto? –indaga Nina Rosso.

-Y… bastante. De cada tres palabras que dice te escupe un insulto.

Nina Rosso larga una carcajada, que se le contagia a Mr. Grosso. Se ríen tan fuerte que su risa tapa la mía, que de todas formas prefería disimular. Como no estamos solas, la reto a Nina Rosso, que no puede reírse así de la desgracia ajena. Y, entre carcajadas, dice:

-Es que no puedo evitar reírme de la enfermedad ni reírme en los entierros.

Intento justificarla explicando que Nina Rosso es una persona respetuosa y muy seria, pero un poco nerviosa, y que necesita esa válvula de escape cuando está fuera del hospital donde trabaja como jefa del laboratorio, siempre y cuando no conozca al enfermo en cuestión y su ética le permita simular que es todo un juego. Y después no aguanto la risa y me sumo al coro, que termina arrastrando hasta a mi tía, pero no sé si ella se ríe de puros nervios o de puro apuro.

Al rato aparecen los chicos, también alterados por el calor, que piden que los llevemos a la playa. Traen protector solar, lonas y una pelota inflable. Les digo que podemos ir a la plaza y se quejan, hasta que descubren que la protesta no sirve para otra cosa que acalorarlos todavía más, que Buenos Aires no tiene mar, que de todas formas vamos a terminar en el parque, con arena pegada por todo el cuerpo.

Antes de salir, Dingdong enciende el equipo de música y ordenamos la casa, que a esta altura parece un tendedero gitano, al ritmo de get up stand up. Mr. Grosso aprovecha para estrenar su nuevo taladro.

Ya en la calle, Nina Rosso me dice que va a darme el tour por su barrio, y nos conduce como en laberinto por las pocas cuadras que nos separan de la plaza.

-En esta cuadra tenés que ver la verdulería, que entre tantos edificios grises parece un cuadro impresionista –me dice entusiasmada mientras Mr. Grosso va sacando fotos de cada paso que damos.

-Este es el kiosco donde compramos coca, y más allá está la iglesia con el tipo de la media cabeza.

-¿Quién?

Nina Rosso da saltitos de emoción mientras camina para mostrarme su versión del Hombre Elefante. Le digo que no quiero mirar, por favor, no puedo mirar.

-¡Pero es que tenés que mirarlo! De un costado es perfecto, un chico lindo, bien indígena, muy lindo, con los ojos más dulces. Y cuando se da vuelta sigue siendo lindo, sólo que le falta la mitad de la cabeza. Es como si le hubieran dado un hachazo.

Nina Rosso está muy entusiasmada, como cuando teníamos cinco y seis años y nos escondíamos detrás de los arbustos de la quinta para mirar las ilustraciones de los viejos libros de medicina de nuestro abuelo, el que nunca conocimos.

Esos libros, que más bien eran revistas con láminas e ilustraciones anatómicas, estaban repletos de dibujos de tumores y deformidades. El que más nos gustaba era el volumen de las tetas: ese fascículo mostraba un torso sano; pero si le ponías arriba una serie de transparencias podías ver cómo en algún punto del torso (cerca de la axila, por ejemplo) salía un grano que luego crecía para convertirse en un pezón, que en otra lámina se transformaba en teta.

Cuando nos descubría mirando morbosas esos libros, mamá se enojaba y nos lo sacaba, y después de esconderlos nos hacía coronas de novias con las ramas llenas de florcitas blancas de los arbustos. Pretendía purificar nuestras mentes contaminadas, sin saber de lo irreversible del mal. Un día, cuando encontramos los libros para hacer llorar a nuestro hermano menor, ella usó las láminas de anatomía para empezar el fuego de un asado.

Al pasar por la iglesia prefiero no mirar: mi capacidad de impresionarme supera mi morbo o mi espíritu de investigación científica. No sería una buena visitante para un freak show.

Morboso, Mr. Grosso me ofrece tomarle una foto para mi serie sobre cicatrices, y le pido que no lo haga, que no sea malo, y todo en ellos es avidez de ciencia y de aprendizaje. En vez, me saca una foto a mí, vestida de ninja en verano, y seguimos el camino hacia la plaza.

Está oscureciendo y hay muchos chicos en las hamacas, trepando, haciendo tortas en la arena. Es la única hora del día en la que se puede estar al aire libre y el servicio meteorológico nacional da una alerta naranja, relacionada con las altas temperaturas, y pienso que el calor va a convertirnos en llamaradas deambulantes anaranjadas.

Claro que una paloma me caga en la espalda, justo sobre la piel, y siento su mierda como un escupitajo o como la semilla de un árbol que me llueve. Mr. Grosso me limpia con una toallita de los pañales de su hija y decimos que es bueno tener alguien que te limpie la espalda cuando la tenés llena de mierda. Es bueno de verdad.

Cuando ya es de noche, incluso sin los anteojos negros puestos, me tomo el colectivo de vuelta a casa, de vuelta a la realidad, y un malabarista francés rapea lo que escucha por sus auriculares. Yo le saco una foto a la cicatriz que tiene en una pierna para mi serie Beauty Marks.

martes, 26 de enero de 2010

no regrets


quiero un almanaque

que funcione al revés

que me avise a mí, y no yo a él

las cosas que estoy por hacer

por ejemplo:

que cuando lo mire

en retrospectiva

no me haga pensar

“qué buzón que me vendiste”

sino que me diga:

“ojo. hoy van a intentar

venderte

un buzón.

no lo compres, tonta.

no seas tonta, tonta”.

o que me alerte:

“mañana vas a mandarte

la gran cagada

que hará a este año

memorable”.

así,

cuando me levanto,

estoy atenta

y quizás

me porte bien

aunque tenga muchas ganas

de cagarla.

pero a quién engaño

todos sabemos

a esta altura

que aunque tenga

un calendario vidente

una alarma de auxilio

y un guardia personal

al error lo voy a hacer

y lo voy a repetir

una y otra vez

porque así nací

y así voy a morir.

domingo, 24 de enero de 2010

take me out tonight


En esa época la vida es bastante sencilla: trabajar, salir, dormir, levantarse, trabajar. Lo único que varía es lo de salir y dormir, porque a veces sucede en lugares distintos. Es uno de esos veranos pesados de colectivos perezosos, jefes alzados y clientes amodorrados. Uno de esos veranos de pandilla, en los que vivimos para llegar a la próxima noche, y la próxima noche tratamos de sobrevivir para llegar al otro día y a la otra noche. Así.
Entre semana salimos por toda la ciudad. A las seis dejamos el centro y nos encontramos en lo de Q, nos pintamos y nos despeinamos para perder las caras de oficina, mientras terminamos de decidir el destino entre el menú de opciones.
Una tarde de lunes llegamos a lo de mis primos. Están solos, también trabajando, viviendo en la casa familiar afuera de la ciudad. Tienen jardín y envidia de los vecinos. Nos tiramos en el pasto a sentir el aire de la tarde mientras miramos la pileta cristalina, sin gente, del otro lado del cerco. Los vecinos no están este mes, dice mi primo José; deben andar por Brasil o en el campo. Nosotros no tenemos vacaciones este año: todos con trabajos nuevos o con los quince días gastados en el invierno, estamos encadenados al asfalto caliente.
De la casa de al lado se asoma un árbol de paltas. Parece que va a quebrarse y me trepo a sacar algunas. Tenemos derecho a cortar las que cuelgan de nuestro lado del cerco: todo el mundo conoce esa regla. Sacamos muchas, primero las que nos corresponden, después las que están a nuestro alcance, hasta que José decide treparse al árbol y cortar algunas más, las maduras que están del otro lado del cerco. Vamos a comer muchas paltas esta noche y lo que queda del mes. En guacamole, ensaladas, omelettes, con sal, limón y pan, para el desayuno, de postre, hasta reventar. Por suerte son mi comida preferida.
Y desde la cima del árbol José grita: ¿quién se anima a un chapuzón? Y sale corriendo y se tira en la pileta, de bomba. Cuando todos nos descolgamos del árbol y nos tiramos al agua Manu Chao canta correr es mi destino para burlar la ley.
El sol está bajo y nado con los anteojos negros puestos: cuando está a esa altura, dos dedos más arriba del horizonte, me encandila y en lo que va del año ya tuve demasiadas migrañas y no pienso provocar ni una más. Dejo que el agua fría se meta entre mis piernas y gire alrededor de mi torso, me pase entre los pelos y me enfríe la nuca. ¿Qué se necesita para olvidarse de un tipo que sólo te llama cuando no tiene a nadie más y te deja cuando empieza el partido de fútbol por la tele, aunque sea el único momento del día en el que pueden hablar? Mis pies abajo del agua son blancos como los de un muerto y mientras nado me imagino que soy un fantasma japonés de cara blanca que no le teme a nada ni sufre por nadie.
Q y Nina Rosso ya están acostadas en la piedra tibia al costado de la pileta y cuchichean algo cuando Adela llega con una jarra y un mate y se sienta a cebar tererés. Everyday is like Sunday suena fuerte y no oímos el motor del auto de los dueños de casa pero sí el grito de José que dispara hacia el cerco, todos corren y salgo del agua de un salto y en el camino apago sin querer y de un pisotón una tuca humeante y piso un montoncito de yerba que se salió del mate y llego al cerco chorreando y con los pelos pegados a la cara para que José me levante como a una gata y aterricemos sobre el pasto del lado correcto y todos nos riamos como maniáticos, ante el hocico angustiado de Napoleón, el perro de los vecinos, que llora y gruñe desde abajo de las plantas take me out tonight where there’s music and there’s people and they’re young and alive. Driving in your car I never never want to go home because I haven’t got one anymore.

sábado, 23 de enero de 2010

La recepcionista


Conseguí trabajo. Excelente, porque no estaba buscando. Pero como les hacía creer a todos que sí, que estaba desesperada, que no tenía un peso (cosa que es verdad, no tengo, pero es más verdad que prefiero no tener a tener que trabajar para tener), la familia se había puesto en campaña para encontrarme lo que fuera. Cualquier cosa que me mantuviera ocupada, lejos y con dinero. Mamá había regado la voz por el barrio: en el almacén de la vuelta, con la modista, en el negocio de lencería. Mi tía había hablado con las vecinas y mi tío se había ocupado de llamar a su compadre, que trabaja en una financiera.

Fue mi primo, el del medio, que llegó a casa hace dos meses con la noticia. Yo estaba tirada en el jardín delantero, acariciando el gorro del enano de yeso. Me encantan los enanos. Estaba recostada en una reposera, en shorts y musculosa, esperando que se me secaran las uñas de los pies. Rojo pasión, con los algodoncitos todavía separando los dedos.

“Some ladies don’t have nails in their pinkies”, me dijo una vez una vietnamita con cara de mala, la única pedicura de mi vida; “and I paint some for them”. Qué asco. “Hay que venir acá todos los meses para no terminar con callos como los de esa vieja”, dijo unos segundos más tarde Lucre. Estábamos juntas en eso. “¿Te imaginás? ¿Quién va a querer estar con vos con patas como esas?”. La vieja callosa nos miró detestándonos. Bajé la vista hasta sus callos, volví a subirla hasta sus ojos. La tipa se ruborizó y nadie supo si fue odio o vergüenza, pero desde esa tarde me cuido los pies. Y mientras los pulo, los encremo, los masajeo, los limo y los maquillo pienso en esas plantas grisáceas de soledad.

Yo estaba concentrada en mis uñas y en mi enano, con los ojos cerrados bajo mis anteojos negros, cuando mi primo abrió el portoncito de la calle. Omar traía la camisa sudada, los pantalones arrugados, la cara colorada, y el pelo y los zapatos negros brillantes como su frente. “Hola nena, tengo noticias, te conseguí el laburingui de tus sueños”. Tuve que frenarlo para que no me besara con tanta transpiración de baboso, que me da un poco de asco; además yo tenía la cara recién empolvada para que nadie supiera que sufro por el calor. Lo mismo, después de una noche de porotos prefiero reventar una tripa a tirarme un pedo en público. Nunca se sabe cuán ofensivo puede ser el olor, y nadie debe saber que este cuerpito es capaz de semejante pestilencia.

“Es en la fábrica, nena, de recepcionista”, exclamó mientras me agarraba los hombros emocionado. No lo soporto. Le pregunté gatuna los detalles. “Es de diez a siete, en la planta de Constitución. Te garpan quinientos al mes”. ¡Quinientos no es nada! “Mirá, nena, sé que no es mucha guita, pero te dan viáticos y morfi, así que no gastás nada. Y el billete te alcanza para salir de joda con las chichis, comprarte pilchas, tomarte algunos tragos… Sin depender de nadie. Les dije que podés empezar el lunes”. El lunes estaba a cinco días de distancia. Y no soporto a mi primo desde que me di cuenta de que está caliente conmigo.

Es medio idiota, está bien que de chicos aprendimos a besar juntos, los dos practicábamos con la hija del mecánico de la vuelta, pero eso no nos hace hermanos de nada, sólo un poco de experimentación sexual, nada más, y me molesta que se haya quedado fijado conmigo. Nunca nada entre nosotros, siempre con terceros. Porque después de la hija del mecánico vino la costurera y después el repartidor de la verdulería. Nada que todo el mundo no haya hecho con un primo.

Omar extendió una mano con un papel que sacó de su portafolios de cuerina verde para que completara mis datos. Me alcanzó una birome. Me tiene como a una reina. Pensé y enseguida deseché la foto del casamiento, la imagen que él me inventó una noche bajo el jazmín.

NOMBRE: Luara.

“¿Tenés corrector?”, pestañeo y pucherito húmedo. Omar buscó frenético en su bolso. “Tomá nena, no te preocupes”. Siempre minimizó mi dislexia, que en realidad se llama disgrafía porque sólo se presenta cuando escribo, permitiendo que le lea las revistas a mi abuela correctamente y a altísimas velocidades. “No, no pasa nada. Ya me acostumbré, y se me ocurrió que gracias a dios no me llamo Glenda”. Mi primo no entendió pero un rato más tarde, cuando escribió Glenda e intentó un anagrama, se le puso la cara como un tomate. Es un cretino.

Al rato apareció mamá con el mate y tortitas negras, mis preferidas, y le contamos la noticia. Y todos celebraron, ella le gritó a papá, que estaba pintando unas sillas en el fondo un “¡Viejo, que la nena va a entrar como empleada en la fábrica de galletitas donde trabaja el Omar, viejo que la nena empieza ya por mitad del escalafón!”, y todos festejamos mi supuesto logro, mi supuesta entrada triunfal en el sistema.

Omar estaba tan orgulloso de su favor que se emocionó y cuando contó cómo se había enterado de que estaban buscando una recepcionista nueva después del colapso nervioso de Susy, mi predecesora, escupía al hablar. Parece que una mañana había llegado Tito, su compañero, con el rumor de que la Susy se había vuelto loca después de atender un llamado de la señora del gerente. Que Susy con el gerente parece que formaron una familia pero el tipo siempre jugó a dos puntas, y después del nacimiento de su tercera hija con Susy él le dijo que la dejaba a la otra, a su esposa, y que además le iba a subir el sueldo a Susy, que la ascendería, y que quería llamar Mariela a la bebita.

Pero cuando llamó la esposa esa mañana Susy se enteró de que su nombre no era Mirna, como el gerente le había hecho creer, sino Mariela, y ahí le había saltado la térmica, había mandado a cagar a la telefonista y a la mierda al gordo de seguridad, le había dado una patada a la gata que alimenta la cocinera, le había gritado cuatro cosas a Mariela y empezado a chillar como un marrano mientras corría a la oficina del gerente, donde le rompería una abrochadora en la cabeza, después de golpearla contra la frente del hombre hasta el último broche. A los dos se los llevaron en la ambulancia destartalada de la planta, que no tiene luces de freno, a él ensangrentado y con el rabo entre las patas y a ella en camisa de fuerza.

Mi primer lunes en la fábrica pasó rápido entre las emociones típicas: presentaciones con el subgerente (su jefe está de vacaciones forzadas), con la gente de Personal, la telefonista y el guardia panzón y los amigos de Omar. La conversación en la que le explico a la telefonista que no soy la Susy y que quinientos pesos no alcanzan para arruinarse los nervios, así que el teléfono pasa a ser de su exclusividad, que la recepcionista sólo recepciona: y eso en mi diccionario significa “recibe sobres, saluda gente y, ocasionalmente, regala una sonrisa”.

Y luego durante el almuerzo el escaneo clásico en busca de un tipo pintón, una razón para llegar hasta Constitución cada mañana; una razón más para limarme los talones. Cuando de pronto el descubrimiento: detrás del dispenser de agua y delante del trapo de piso, el Enano.

El Enano me mira de reojo, quiere participar en la escena aunque no se anima a acercarse: mi presencia o mi micro-mini lo intimidan. El Enano está bueno, y aunque no se parece en nada a James Spader en La Secretaria, la película que tenía en la cabeza desde que terminé de completar los papeles que me dio Omar esa tarde, le guiño un ojo. A lo que el Enano se acerca y se presenta muy entusiasmado. Pocho. Se llama Pocho. Tiene nombre de bailantero. Está bueno el Enano. Seguro de sí mismo, varonil.

El Enano es el encargado del mantenimiento edilicio de la fábrica de galletitas: soluciona goteras, destraba cerraduras, destapa inodoros, elimina ratones y cambia foquitos quemados. También me ceba el mate y trae los bizcochos que me gustan, y me acompaña hasta el colectivo cada tarde a la salida del trabajo. El Omar se pone celoso cuando rechazo sus ofrecimientos de llevarme a casa (eso es, acompañarme la hora cuarenta de colectivo, que prefiero utilizar para leer alguna revista de chismes), pero como dice mi tía Dora, no hay Eva que se quede sin su Adán.

miércoles, 20 de enero de 2010

cidade saudade

una chola perdida de tristeza
duerme sentada en la plaza
cambió su vestido de arco iris
por tres metros de denim negro
sus trenzas lustrosas
por un flequillo inmundo
el arrullo de un siku
por una alarma de incendio.
tiene una bolsa en la mano
con un pan envuelto en un diario
la cabeza apoyada en un brazo
mientras sus pies descansan en un charco
sueña con las nubes
cree que huele los andes
llora por el viento
sueña que es un cóndor

martes, 19 de enero de 2010

La vuelta manzana

-¿Y tu marido cómo anda?
-Muy bien. ¿Tu mujer?
-Ahí. Bien...
No deberían tener que hacerse las preguntas obligadas, piensa ella. Está sentada en el auto de su novio, de su ex en realidad. Está sentada en el auto del que fue su novio como hace quince años, casi antes de que ella se convirtiera en ella. Iba caminando por el centro, al dermatólogo, a empezar un tratamiento para eliminar las manchas de su cara. Cuando cruzó la 9 de Julio un auto le tocó la bocina, ella lo ignoró (está acostumbrada a los bocinazos, además iba con una pollerita corta), y cuando el chofer del auto le gritó ella supo que era él, el novio viejo que todavía le hace parar el corazón, aunque ella lo relegue al olvido. Pero sabe que el día en que dejen de emocionarla estos encontronazos va a ser mejor estar muerta.
-¡Anita!
-¡¿Sos vos?!
-¿A dónde vas? Te llevo.
-No, voy acá nomás, a una cuadra.
-Te llevo.
-No, que estoy llegando tarde al médico.
-Subí, damos una vuelta manzana.
Anita sube al auto. Él está igual pero un poco más viejo que la última vez que se encontraron, en una fiesta. Ella está linda linda: viene de una semana en la playa, viene de una buena noche, viene escuchando la misma canción en repeat desde hace varias cuadras, viene rebalsando energía.
-¿Te fuiste de vacaciones?
-Sí, volvimos hace unos días del mar.
-¿Tu marido…?
-¿Juan? Bien. ¿Lucrecia?
-Bien. ¿Hijos?
-Todavía no.
-Yo tengo un problema: pocos espermatozoides…
-Pero eso no es un problema, pueden hacer inseminación artificial.
-Todavía no estamos para tomar esa decisión. ¿Vos tenés la endometriosis?
-No, yo no tengo nada. Sólo que todavía no llegaron los hijos.
El semáforo se pone en verde y el auto toma Córdoba. Él hace un comentario despectivo sobre lo brillante del color de los aros de ella.
-A mí me gusta –le contesta Anita. Él siempre un poco agresivo. Agresivo escondido. Misógino o despechado.
-Yo estuve en la misma playa pero para Navidad.
-Mirá vos.
-¿Y me vas a llamar?
-Ni en pedo te llamo; ya sabés. Para qué. Además si querés hablar conmigo llamame vos.
-Dame tu teléfono entonces.
Doblan en Libertad.
-¿Y estás bien con Juan?
-Sí, muy bien.
-¿Nunca te preguntás como habría sido si vos y yo…?
-Mirá, Nacho, no jodas. Ya sabés que nos habríamos matado.
-No estoy tan seguro. A veces pienso que quizás si hubiéramos sido más maduros la cosa habría funcionado. A veces te extraño.
El semáforo a Anita le parece infinito.
-Quizás; pero la realidad es que no éramos más maduros. Mirate ahora con tu planteo de pendejo. ¡Dejate de joder!
-Bueno, calmate. Es normal preguntarse cómo serían las cosas si fueran diferentes.
-Para mí no: yo estoy bien. Y si te lo planteás no lo compartas conmigo. Qué suerte que no nos encontremos más seguido.
-Llegamos, ¿no?
-Sí, acá me bajo.
-¿Me vas a llamar?
-No. Saludos a tu mujer y suerte con los espermatozoides.
Anita sube al ascensor y llega al consultorio del dermatólogo todavía agitada. Durante la consulta sólo piensa en el encuentro e ignora los avances del médico que le habla mientras ella tiene la cara llena de cremas y de bostezos reprimidos. Si abre los ojos puede ver la foto familiar del tipo: una playa, su mujer tetona en una bikini fluorescente y con los ojos pintados, las tres hijas perfectamente peinadas pese al viento del mar.
Cuando sale a la calle, ni bien cruza la plaza para volver al trabajo, recibe dos mensajes de texto al mismo tiempo. Todo huele a las flores de ombú aplastadas en la vereda.
El primero: de Nacho. “Ahora tenés mi número. Llamame”.
El segundo: del médico. “Me encanta tu agresividad. Te quiero comer la boca. Te voy a dejar la piel divina”.
Anita tira el teléfono en un tacho de basura de la calle y entra en el edificio de su oficina.

lunes, 18 de enero de 2010

rayos y centellas



y ahora
gracias a la tormenta
el gatito teté
encontró un hogar
debajo de mi cama
sólo espero que sea bueno
y no salte de noche.

pie in the sky

pongo la ropa a lavar
toca ropa oscura
está nublado pero no creo que llueva
tiendo las camas
riego las plantas
de arriba y de abajo
de adentro y de afuera.
le doy de comer al gato del pasillo
que de un bocado termina
el pollo de ayer.
le cambio el agua
tiene sed.
y dingdong, amarillo, se queda jugando con él.
cuando lavo los platos de anoche
se resbala un vaso
y estalla a mis pies
mientras se escapa una gota de sangre
reptando
chupando
pienso en el lado de acá
y pienso en el lado de allá
no sé si decís locuras
no sé si hablás la verdad.
la capota de mi cielo
se ha cerrado
no llueve en la calle
pero la lluvia me inunda y se escurre por mis ojos.


sábado, 16 de enero de 2010

Gato encerrado




Después de la tormenta de la madrugada del martes, apareció un gato en la puerta de casa. No en la puerta de calle, sino en la de casa. En mi umbral, como un bebé abandonado sin moisés ni pañales. El gato tenía el morro ensangrentado y no se movía de su escondite, entre las enredaderas. Ni un miau. Nada.
Pensamos que estaría enfermo, que habría venido a morir. Le di agua. R dijo que nada de comida porque no se iba más y le di leche. Y dije que se la había dado algún vecino. Pero no me creyó. Entonces puse cara de asco, que sabés que no me gustan los gatos, que me dan miedo, cómo voy a querer uno instalado en la puerta de casa. Revoleé los ojos, y después me di media vuelta porque sabe que no sé mentir.
Una vez me hice amiga de un gato, que durmió conmigo durante tres noches en un sofá. Pero cuando se tiró panza arriba para que lo rascara me arañó y ahí no volví a confiar. Un verano, cuando mi hermana tenía como cinco años adoptó a una gatita, Isaura, que contrabandeaba todas las noches hasta su cama cuando todos se dormían, después de que nuestra prima terminara de lavarse los dientes en su cama. Isaura le contagió toxoplasmosis. Y unos años más tarde, cuando mi hermano Pedro jugó con (torturó a) un gatito durante toda una mañana, el animalito le pegó una reacción alérgica que hizo que tuviéramos que llevarlo al hospital convertido en una pelota roja con ojos celestes: un Hulk para daltónicos y de un metro de alto. I’m not a cat person. 
El martes a la tarde aparecieron los vecinos (yo los miraba a través de la mirilla) y uno le dio unos pedazos de pollo. Otro renovó la leche. Cuando se fueron le cambié el agua. R me repitió que no se me ocurriera alimentarlo. Le mostré lo que ya habían hecho los vecinos.
El jueves, que fue ayer, el gato, que ahora está más flaco pero sin sangre en la cara, caminó por el pasillo que une a todas las casas. Parece que el miércoles a la noche se había metido en la del fondo, donde vive un perro viejo, y según me dijo la dueña de casa, que nunca me saluda pero que a veces me charla sin pausa,  aterrorizó a la familia durante la noche, cuando saltó en la cama de los padres y ellos gritaron pensando que era otra cosa. El jueves a la mañana la dueña de casa lo devolvió al pasillo bajo una lluvia de insultos provenientes de la boca de su hijo preadolescente, macerada por años de frustraciones. “Qué mala madre que sos” fue el más leve de todos. Ella le contestó que una familia con padre y madre, un perro y tres hijos sólo necesita un gato para ser un circo.
Y el gato volvió maullando a la puerta de casa. Cuando salíamos a la plaza trató de meterse rengueando y R lo espantó. El gato volvió ofuscado a su escondite. Como venganza, dejó el pasillo común lleno de soretitos redondos.
Viernes a la hora de la siesta, cuarenta mil grados de calor. Salimos de casa y el gato: miauuuuuu. Dingdong se le tira encima gritando mish mish mish mish, intentando apretujarlo con sus bracitos. Yo le digo que cuidado, que lo puede morder, que le duelen las patitas, que lo toque despacito. El gato no se asusta, sino que me mira con sus ojazos verdes y su naricita y vuelve a maullar. Miauuuuuuu. Yo lo miro. Gato, no me gustan los gatos. Miaaaaaaaauuuuuuu. Bueno, está bien. Te rasco las orejas, te rasco la cabecita. Qué pelo brillante tenés gatito. Qué linda piel tenés gatito. De dónde te habrás escapado. De quién te habrás perdido. Me levanto y el gato da vueltas alrededor de mis piernas, las refriega con su cara, enrosca su cola de rayas grises y blancas.
Sabe quién manda (mejor dicho, quién alimenta). Miaaaauuuuu. Los chicos lo llaman y el gato me mira. Pienso en Tango. Voy a la heladera, siempre cuidando que no se meta en casa, y le traigo unos pedacitos de milanesa. El gato los huele y se aleja asqueado, e inmediatamente me gusta más: yo también preferiría una lata de atún.    
Mientras Dingdong juega con el gatito maltrecho, a quien ahora llama mi bebé y mi teté (my precious), yo barro y baldeo el patio porque por alguna razón me siento responsable del olorcito a pis magnificado por el verano. Les explico a los chicos que en unos días viajamos, que el gato no puede quedarse solo en casa, que no tenemos con quién dejarlo, y me dicen que lo cuide el paseador de Tango. Les digo que Diego sólo alberga perros, que tienen como seis que se comerían al gato como plato de bienvenida, y que además si tenemos gato no vamos a poder tener otro perro. Quedan conformes y arrancan uvas de la parra de la vecina del otro lado del pasillo y se las tiran al gatito para jugar. Elías ata un cordón amarillo a una de las plantas para que juegue la mascota del pasillo.
Cuando termino de limpiar el piso, le doy una latita de atún que compro en el chino. Mientras lo miro comer, llega la vecina seca y charlatana, que viene de cambiar el foco de la luz de calle, y me cuenta que su marido trató de sacar al gato a la calle pero que el gato no quiso. Decidimos que es un animal doméstico, le digo que yo tampoco voy a adoptarlo, y el gato me da vueltas por entre las piernas. Quedamos en que vamos a dejarlo recuperarse en nuestro pasillo.
A la noche comemos pollo y papas, y de repente a Dingdong ya no le gusta esa comida. Mientras mastica el primer bocado dice: “la comida está asquerosa”. Y enseguida la escupe en su plato, sus ojos se ponen tristes y desde su garganta sale una arcada. “Quiedo mi postre. Y quiedo mi Teté mi bebé mi gatito”.
Por la ventana del patio llega el olor de la tormenta que nos arrullará cuando estemos durmiendo. Se pueden adivinar relámpagos a lo lejos. Mientras R se sirve agua de la canilla y Elías termina de comer, busco una banana de arriba de la heladera para Dingdong y Dingdong abre la puerta. Su Teté gatito entra corriendo y se echa sobre las zapatillas de R. Cuando R se acerca para sacarlo al pasillo el gato lo embruja con sus ojos verdes. Miauuuuuuu. R se agacha y le rasca la panza y después busca en la heladera algo para darle. He is a cat person.


firestarter





botón
pelusa
retazo
fósforos
estrella

jueves, 14 de enero de 2010

Cucarachas



UNO

Anoche salida de mujeres. Desde la terraza de casa estábamos con ataques de risa encadenados, y cuando llegamos al bar encontré una mesita alta y chiquita, cerca de la puerta, mientras Marina terminaba un cigarrillo en la vereda y Miriana la acompañaba. Aunque el local es muy grande y seguramente había mejores mesas al fondo, no iba a caminar más porque tenía: uno, miedo de caerme; y dos, miedo de perder la mesita. Más vale pájaro en mano que cien volando y mejor malo conocido que bueno por conocer. Y pelo de concha tira más que una yunta de bueyes.
Marina terminó su cigarrillo y siguieron en la vereda, charlando sin parar. Ella y Miriana se reían como idiotas y yo como un florero esperándolas adentro. Hace falta que llame a Marina por teléfono. Suena tres veces y ella ni atina a buscarlo. Al cuarto ring veo que sin dejar de hablar ni de reírse busca en su mochila, mira quién llama y atiende. “Holaaaa…”, dice entre risas sin mirar hacia adentro. “¿Van a entrar o qué?”. Marina empieza a contarme la conversación pero le corto así me entero sin teléfonos de por medio. Me gustaría tener su calma perpetua.
Nos sentamos en la mesa y esperamos, esperamos y esperamos a que alguien nos atienda. Cuando por fin hacemos el pedido llega Picky, la cuarta en nuestra fiesta, que continúa una conversación que había dejado interrumpida unas horas antes, esta vez a grito pelado. Desde la mesa de al lado dos chicos con anteojos y brazos más flacos que los de Marina, que son raquíticos, nos sacan fotos disimulando con sus iPhones. Las chicas no se dan cuenta porque están de espaldas, y no les cuento. Pero nos sacaron como veinte.
Las cuatro nos reímos muy fuerte de los cuentos de Picky, interrumpidos por las reflexiones profundas de Miriana. Me inclino para apoyarme en la columna que tengo atrás mío pero salto porque Picky grita: “¡Cecilia, una cucaracha!” que está saliendo de abajo del cartelito de prohibido fumar.
Me bajo del banco. Todas chillan “¡me dan miedo me dan asco me muero me desmayo!” y dos chicas con pinta de intelectuales nos miran con desdén. Alguien tiene que hacerlo, así que me saco una sandalia y la aplasto en plena columna. Chicamigraña saves the day. Mis amigas me aplauden y pienso que ojalá los de los iPhones hayan filmado mi muestra de heroísmo.
-¿Y por qué no te pusiste tu remera de Batichica? -me pregunta Marina.
-Iba a, pero me la puse el miércoles pasado.
-Tenés que usarla todos los días –ordena.
–Bueno, todos los días me la pongo entonces -y nos reímos porque sabemos que voy a hacerle caso.



DOS

-Ayer estaba en el trabajo sola, pintándome las uñas, hasta que llegó una gringa toda emperifollada -Marina trabaja como secretaria de un cirujano-. La tipa estaba súper arreglada, de peluquería, collar de perlas, tacos y trajecito color hueso. Me pide ir al baño, todo en castellano, claro, pero con su acento metálico y…
Nosotras empezamos una nueva cadena de carcajadas porque nos imaginamos no sabemos qué, pero nos imaginamos.
-Le digo por dónde es el baño y apenas desaparece tras la puerta y enciende la luz, la gringa sale corriendo y gritando: una cu… una cu cu cu… una cu…
Creo que me voy a caer del banco y me aferro al brazo de Miriana, que vuelca un poco de cerveza en mi hombro.
-Y yo le dije I’m sorry I’m sorry I’m sorry!
Le preguntamos entre las risas que por qué le pedía perdón a la mujer, si no es su culpa que haya cucarachas en el edificio, si hay en toda la ciudad.
-No sé, pero no podía parar de decirle I’m sorry I’m sorry, y ella nunca fue al baño y nos quedamos esperando a que llegara el médico, que encima tuvo como una hora de retraso por culpa de una operación que se le complicó.



TRES

-En casa no hay ni una. Está llena de arañas; pero cucarachas ni una sola -digo.
-En mi calle, cuando saco a pasear a Titán a la noche, parece que la basura hierve de cucarachas -ilustra Picky haciendo que se nos pongan expresiones de asco a toda su audiencia-. A veces veo envases con restos de comida, y están todas comiendo en montón. Anoche había un pote de helado y adentro tenía una pelota de cucarachas.
-Mi gato las caza y las esconde debajo de la cama de mi hija –gana Miriana.



CUATRO

-Yo en los tipos de control de plagas no confío –declara Miriana-. En el edificio de mi vieja cada vez que venía el tipo a descucarachizar plantaba larvas.
-¡Qué divague!
-No, de verdad. A los pocos días de irse aparecía una especie nueva. Tenían negras chiquitas, coloradas, voladoras y marrones grandes.



CINCO: DATOS ASQUEROSOS

.Una cucaracha es capaz de sobrevivir durante más de un mes sin agua. En caso de necesidad, puede absorber la humedad ambiental a través de su cuerpo.
.Prefieren alimentos con gran contenido en almidón y grasas y azúcares, y pueden comer desde cuero hasta pegamento.
.Desarrollan su actividad durante la noche y pasaran el 75% de su vida en una grieta.
.Producen secreciones olorosas que llegan a afectar el sabor de la comida.
.Sus excrementos, así como partes de su cuerpo, pueden contener un elevado número de alérgenos que en personas sensibles pueden provocar urticarias, estornudos o lagrimeo severo.
.Se las considera uno de los principales vectores de transmisión de enfermedades al hombre a través de la contaminación de alimentos y de utensilios de cocina por simple contacto.
.Transportan sobre su cuerpo organismos causantes de diversas formas de gastroenteritis y en su interior viven gran cantidad de microorganismos como protozoarios que están involucrados en brotes de enfermedades humanas.
.Las cápsulas de reproducción están herméticamente cerradas y protegidas contra los insecticidas, lo que dificulta su control.

Fuente y más info acá.

tic tac


lunes, 11 de enero de 2010

Sin anestesia



Hace un mes me sacaron una muela que estaba insalvable, la pobre. La noticia de su caducidad me deprimió: por qué tengo caries, por qué no me duelen, por qué no nos dimos cuenta de la gravedad de esta antes. Quizás porque en ese momento la cosa no estaba tan mal y entonces el deterioro no se veía.
Pasó que era la última de todas, de arriba. Y aunque su trabajo era muy importante, reconozco que no la extraño como si se hubiera tratado de uno de los dientes de adelante. Pasó también que las raíces tenían una forma rara y que había un principio de infección, y la situación hacía que un tratamiento de conducto fuera “complicado”, y si salía bien dejaría “a la pieza con un pronóstico reservado”. Todo esto me dijo la especialista antes de terminar con un: “mirá, hacer un conducto en esta muela sería un trabajo al pedo. Si fuera yo, me la sacaría y chau”. Me puse triste una vez más por mi pérdida cercana y pedí un turno con el cirujano.
Cirujano: no atiende en los consultorios externos de la clínica, sino en uno privado en una zona cara. Mi mayor miedo: que el cirujano tenga un ambo sin mangas, brazos musculosos y peludos, y que además sea pelado. Opción 2 de mayor miedo: que el cirujano sea viejo.
Cuando llego al edificio donde me sacarán la muela no permito que me intimiden las alfombras verde inglés ni las paredes recubiertas con madera oscura, ni el señor de seguridad que me saluda muy amable. Pero cuando salgo del ascensor me asusta la plaquita de bronce en la puerta de madera: el metal con el nombre del carnicero, digo sacamuelas, digo cirujano está muy gastada sobre la parte que dice CIRUJANO MAXILOFACIAL, y un análisis superficial indica que, sin lugar a dudas, este tipo tiene más de cincuenta años… de práctica.
Entro temblando para que me golpeen los cuadros con escenas de caza como los que tenía mi vecina y que directamente me aterran. (Abro un paréntesis: el sábado mi madre me dijo, en medio de una discusión familiar de lo más confusa sobre quién era y quién no era estructurado, sin que nadie definiera lo que significa ser estructurado, que yo debería ser un poco estructurada. Qué mejor muestra de mi estructuración que mi reacción frente a los cuadros de caza. Cierro el paréntesis). Además, la decoración es gótica, pero no como rock, sino como una catedral. “Cagué”, pienso antes de zambullirme en una escena sorpresivamente erótica de mi libro.
“¡Galli!”. Paso. Ahhh. Alivio.
El dentista es joven. ¡Joven! Alto. Lindo. ¡Lindo! Y además simpático. Me anestesia. Me duele. Vuelve a anestesiarme. Lo dejo hacer. Crack. Tííín, suena la muela en un tacho de lata. Me voy riéndome, con la cara como Quico gracias a un algodón enorme que tengo que morder durante media hora. Las endorfinas postraumáticas hacen que me olvide hasta del algodón y que me crea una mujer alta, ¡alta!, elegante, con onda. Camino no sé cómo pero siento que camino como una supermodelo. Aunque la gente que desde lejos me mira como si yo fuera alguien ponga una micro-mirada de rechazo cuando me ve de cerca. ¡Soy Quico!
Final feliz, hasta con chiste: nunca me dolió nada gracias a una pastilla que encontré en casa. Tan potente que el mareo me dejó un día entero vomitando. Pero la boca no me dolió.

Y sin noticias hasta dos semanas más tarde.
Hasta el día que en la encía de la ex muela aparece una bolita dura. Dejo pasar un tiempo segura de que es un grano o algo así que se va a ir solo. Termina la semana y la encía me duele como si tuviera algo clavado, y después como si se estuviera cortando. Dos días después, hello!, un cacho de hueso asoma a través de ella.
Pido un turno con mi dentista, el común, no el cirujano.
Voy esta mañana, le muestro y me explica muy didáctico (con dibujito y todo) que es común que asome un pedazo de hueso, ya que el hueso suele tener irregularidades, y que con la falta de la muela la encía se reacomodó y el hueso terminó por traspasarla. Gran calma, acá no pasa nada. “Lo que voy a hacer es quebrarte el pedacito de hueso con una pinza” me dice con su voz siempre calmada. Me cae bien.
Se va hasta el consultorio de al lado y oigo que pide una aguja. Ruidos metálicos y vuelve. “Abrí”, me ordena. Doy por sentado que va a usar la aguja para anestesiarme. Pero en vez levanta una pinza muy larga y los ji ji jís chorrean de mi boca abierta. Cada vez me río y él cada vez se ríe de mi risa. Dice que yo siempre tan optimista. Ja.
Con la pinza y un movimiento de su muñeca ¡tac! rompe el pedacito invasor. Me lo muestra, y es tan chiquito que primero se le pierde. Es una astillita de marfil que se había clavado en el pie descalzo de una princesa india. Pero en vez de contarme eso se acuerda de la fábula del ratón y el león. Que el león queda en deuda con el ratón. Así que le pregunto: “¿Y ahora qué te debo?”.

domingo, 10 de enero de 2010

Sunday Morning


nueve de la mañana, treinta y seis grados.
un taxi espera en una frontera
repleto de paranoia.
sus ocupantes nerviosos
rellenan zapatos, alfombras y un trípode
en su viaje hacia la libertad.
en un tren semivacío
cuatro amigos juegan al truco
y en el otro extremo del vagón
dos hermanos viajan brazo con brazo
durmiendo, soñando, recordando dos trasnoches
distintas:
you are so fucking pretty
(le dijo el hombre a ella)
cuando dios te estaba haciendo trancó la puerta
y pidió que no le pasaran llamadas.
how much for the night, güey?
(le dijo un hombre a él)
y se lo llevó en su auto hasta la madrugada.
en las escaleras de la estación
mientras las cucarachas se derriten
y las pelusas se les pegan
un ciego mira el reloj y se guarda los anteojos negros
en el bolsillo de la camisa
antes de irse a su casa
his shift is over
and he can now see the light.
un chico camina en zigzag
sin saber
chocándose contra las paredes
sin querer
hasta que llega a una puerta abierta
y en vez de rebotar
interrumpe un velorio
quedando tan confundido entre la vida y la muerte
que jura que mañana dejará de tomar.
jura que mañana buscará su lugar.


foto: Pablo Gimenez-Zapiola ©bandart.org

viernes, 8 de enero de 2010

Noche de verano en la ciudad

Me voy de mi barrio envuelta en el olor a mariscos que sube desde los platos en las veredas. Es de noche pero todavía hay bastante luz y las meseras comienzan a encender las lámparas de aceite de las mesitas. Las conversaciones transcurren en decenas de idiomas y en cientos de tonadas, y los países parecen haberse separado de sus fronteras y cambiado de lugar: esta noche Brasil está al lado de Irán y a la derecha de Colombia, y Francia quedó espalda con espalda con Dinamarca.
La calle es la gran vacación del fin de los tiempos y no quiero subirme al 39 rojo para irme a otra zona de la ciudad. Pero cuando pienso en mi destino me río anticipando la velada que me espera y me trepo al ómnibus con una sonrisa. “Uno veinte, por favor”.
El indio de traje que viaja al lado mío le cede el asiento a una viejita de mil años y bastón que lo acepta a regañadientes y después tarda cinco minutos en sacarse su cardigan de hilo blanco. Viaja pocas cuadras y aunque está sentada se balancea peligrosamente en cada frenazo y en cada esquina como una hoja que está por salirse de su rama. Yo dejo mi libro y me preparo para atajar su cabeza cuando esté por darse contra el caño que hace de baranda entre la salida del colectivo y nuestro asiento. La mujer le explica a un turista mexicano que ella no es vieja, que sí, tiene noventa años, pero que todavía es ella por dentro, una chica a la que le gusta divertirse. La mitad de los pasajeros la mira con una sonrisa cariñosa, y a mí me da lástima porque creo que la sonrisa es en realidad compasión y displicencia.
Cuando yo tenga noventa, si alguna vez, voy a pasarme el día intoxicada y no voy a notar las miradas de lástima. Voy a usar jeans con stretch y las zapatillas de moda y les voy a pedir perdón a mis hijos por haber vivido tanto.
Paso por el banco y saco sesenta pesos del descubierto de mi cuenta. Planeaba pagar la comida con tarjeta de crédito pero me da miedo que reboten las tres. No me gusta estar caminando por Santa Fe, que a esta hora todavía hierve de personas apuradas que se esquivan unas a otras y chocan conmigo mientras salen del subte, entran en negocios y caminan hacia sus casas. Parece que están corriendo picadas por la Lugones, todos con sus miradas intensas que miden la fiereza de sus contrincantes.
Amo Buenos Aires en enero.
Llego a la pizzería y busco la mejor mesa de la terraza: está en una esquina, un poco oculta entre palmeras y luces amarillas. El efecto no es tan exitoso como el de las veredas cerca de casa, pero un poco podríamos estar en la playa. Si elimináramos los bocinazos y los camiones de basura que interrumpen dejando retazos de podredumbre a su paso, claro.
Marina llega tarde, día complicado en la oficina. Desde mi asiento puedo verla adentro del taxi parado, revolviendo entre miles de papelitos. No la reconozco por la ropa (todavía no me acostumbro al disfraz que usa cuando va a trabajar) sino por la calma con la que revisa cada papel y cada centímetro de su bolso mientras el chofer la mira con odio por el retrovisor. Marina sale del taxi y el taxi no se mueve. Marina sube corriendo las escaleras hasta la terraza y me dice riéndose: “Salvame”, mientras le doy diez de mis sesenta y me quedo con su bolso y su saco.
Veo cómo le paga al taxista que espera en la vereda de enfrente por la ventanilla y vuelve a cruzar la calle. En ningún momento deja de sonreír. Cuando sube se queda hablando con la mesera. Hablan serias y Marina gesticula. Vuelven las dos a la mesa y la chica espera mientras Marina me saluda de vuelta y me explica que el chofer no tenía cambio de cien.
Después las dos miran la lista del happy hour y Marina se decepciona cuando la moza le dice que no hay cerveza dos por uno porque la chopera está rota.
Marina muy lógica: -Traeme dos latas entonces.
Mesera: -No puedo: las latas no son happy hour.
Marina didáctica: -Pero si no podés venderme tirada tenés que compensar con latas.
Mesera mula: -No puedo, las latas no son dos por uno.
Miramos la lista de tragos y nos ponemos de acuerdo en dos caipiroskas. Viene el mesero que es el que en realidad está a cargo de nosotras y le pedimos:
-¿Pueden ser las dos caipiroskas del dos por uno pero las dos al mismo tiempo?
Responde otro no puedo, y ahí le decimos de la chopera rota, de las latas y que si cada una se toma dos caipiroskas nos tienen que sacar en carretilla. No decide pero consulta con el encargado y vuelve con un trago en cada mano. Quizás deberían colgar un cartelito PROHIBIDO MESAS DE MUJERES SOLAS, pero no sería bueno para el negocio: casi todas las mesas de la terraza son de mujeres solas, que se cuchichean secretos unas a otras. Se oyen “no te puede pasar eso”, “no-te-lo-pue-do-cre-er”, “jijijijiji”, “noooooooo” y “¡bolúúdaaa!”.
Estamos tan relajadas que medio cigarrillo y dos chupadas a los sorbetes negros más tarde ya estamos borrachas. Sé que estaríamos borrachas lo mismo si estuviéramos tomando coca cola, pero la verdad es que el vodka ayuda.
Nuestras carcajadas de desatan con un “poneme al día” y alcanzan el clímax cuando llega la imagen de un hermanito descubriendo a una pareja en cuatro: “Porque si estás acostada podés taparte con algo; pero en cuatro no hay nada que hacer. ¡Nada!”. Me río tanto que no sé si estoy por vomitar o caerme de la silla, y tardamos casi tres horas en terminar una pizza chica mitad rúcula mitad panceta y albaca, una botellita de coca cola, cuatro cigarrillos y las caipiroskas.
Le aviso que el próximo encuentro jugamos a que somos turistas cerca de casa, y llamamos al número que todas conocemos de memoria y pedimos dos taxis, uno para ella con cambio de cien. Mientras esperamos, pagamos la cuenta y planeamos pasar por el baño, pero el taxi con cambio llega enseguida y Marina tiene que subirse y se queja de que no tuvo tiempo para mear. Le pregunto si aguanta y me dice que cree que sí, y se va dejando risas como pétalos de flores.
Mi chofer, que llega mientras estoy en el baño, me pregunta qué camino quiero que tome y le contesto: “el que maneja sos vos; vamos por donde más te guste”, mientras me acuerdo de mi jefa que les daba a los choferes instrucciones milimétricas que siempre nos dejaban atrapadas en piquetes con los taxistas puteándola y con los clientes odiándola por su impuntualidad.
Esa mujer cambió mis indicadores de maldad: antes de conocerla, yo medía si alguien era bueno o malo viendo cómo trataba a los animales y a los viejos. Pero el día que cerró la oficina y pretendió venderle las revistas que tuvo que tirar a una pobre comunidad de cartoneros la descubrí triste como un vómito, mala como la peste y fea como ella misma.