viernes, 26 de febrero de 2010

dingdong bonito


i think one of your sons is a pack-rat, she said
y de la bolsa del lego store salieron
una media blanca con calaveras negras
el cargador de mi cámara de fotos
cuatro piezas de lego verde, amarilla, azul y gris
mi llavero de la ardilla de bob esponja
un monito sin ropa
un chicle de frutilla a medio comer
el vestido de una muñeca
una pelota naranja
un pañuelo de papel
y mi pasaporte italiano.

miércoles, 24 de febrero de 2010

ya ni escribo


porque finalmente estoy de vacaciones.
así que después de un día caminando en el frío y la lluvia de seattle voy a darme un baño caliente mientras miro las estrellas. ay, no. está nublado.
bueh. no importa.

hoy elías participó en un trío que cantaba blues en la calle. lo invitaron y casi se muere de la vergüenza, pero terminó aplaudiendo paradito entre los tres hombres. para alentarlo, dingdong y yo bailamos y terminé charlando con los señores mientras esperábamos el café bajo un techito.
después un tipo me pidió plata y le dije que no tenía, y me dijo que le gustaban mis aros de turquesas. él es de arizona y sabe cuando las turquesas son lindas. oh yeah you know man, you have a good one too.
un pintor también se hizo mi amigo:
-where are you from? uh, it's a long flight from argentina. are you here for the olympics?
-oh no, i think i'm here to stay. i love seattle.
-oh yes, it's a great city.

in the elevator, to a security guard:
-which is the level for the aquarium?
y la voz más grave que escuché en mi vida, como de una ballena barítono: -you want to get off on level 1.
-oh, your voice!
-i know miss, i know.

viernes, 19 de febrero de 2010

Maclaren amputates infants' fingers!

Ayer, mientras esperaba en la salida de un negocio, vi un cartelito muy bonito que decía:
WARNING!
Recall on all Maclaren strollers!
Due to tip of fingers amputation and laceration.
Stop using Maclaren strollers right away and call 1800-JDJKSKHF to get...

Obviamente los recalls salen después de que el producto fue usado en la vida real, así que pensé en la cantidad de deditos que deben haber quedado regados por el suelo de este país y por las casas de las familias pudientes de otros lugares que idolatran a la marca.

Va el aviso de verdad de la web de ellos:


IMPORTANT NOTICE

Consistent with our unwavering commitment to child safety we are providing U.S. consumers notice of a voluntary recall of all Maclaren umbrella strollers sold in the U.S. In cooperation with the U.S. Consumer Product Safety Commission, we are providing free of charge to all affected consumers and retailers a kit to cover the stroller's hinge mechanism, which poses a fingertip amputation and laceration hazard to the child when the consumer is unfolding/opening the stroller. The affected models include Volo, Triumph, Quest Sport, Quest Mod, Techno XT, Techno XLR, Twin Triumph, Twin Techno and Easy Traveller.

Maclaren USA's Umbrella Strollers meet all U.S. ASTM & JPMA compliance standards. These certifications guarantee our umbrella strollers meet the maximum safety standards available. The voluntary recall is to alert the operator when opening or closing the stroller of the possible risk of injury.

Safety is our first priority and through this voluntary effort we urge consumers to contact us immediately to obtain the kit which consists of hinge covers designed specifically to fit all Maclaren strollers.

jueves, 18 de febrero de 2010

Life Happens


Una madrugada
borracha de hotel
una hija le pide ayuda a su madre
con una decisión que para nosotras es obvia
pero que para ella es un nudo.
Su madre le responde "life happens"
y desde esa noche
en que me robé su consejo
no paro de pensar en esas dos palabras.
Me siento a dibujar
mi hijo quiere ayudar
y nos prometemos
cada uno
no pintar sobre los trazos del otro.
Un libro de William Carlos Williams
quedó abierto debajo de la cama.
Agrega:
From disorder (a chaos)
order grows
–grows fruitful.
The chaos feeds it. Chaos
feeds the tree.

miércoles, 17 de febrero de 2010

the haunted



Creo que a esta altura no es secreto que me gustan las hormigas y que nunca mataría una, que no me divierten los aviones desde que me dejaron en uno y que me encantan las tormentas de verano. Lo que todavía nadie sabe es lo de las películas de terror.
No puedo verlas. Ni siquiera puedo mirar los afiches, los trailers, nada. Me aterran, pero no sólo mientras están pasándolas, sino que después me persiguen durante meses. No puedo mirar a los niños a los ojos porque me imagino que sus ojos se van a volver todos negros, hasta la parte blanca; no puedo mirarme en el espejo mientras me lavo los dientes de noche por si mi cara se convierte en la de un muerto a medio podrir o por si se me aparece el diablo en el espejo.
Con una intensidad similar, evito las cosas que podrían estar adentro de una película de terror. Como el pasillo del departamento de mis padres, donde crecí. Toda la vida le tuve miedo, aunque mayormente sólo de noche. Son ¿cuántos? ¿Veinticinco metros? ¿Treinta? Sólo sé que cada paso hacia el fondo, o sea hacia mi cuarto, era un paso más que me hundía en una espiral descendente hacia el centro del miedo. Y, de vuelta hacia el comedor, en el otro extremo, si estaban todos sentados a la mesa, corría con pánico de que la puerta se cerrara y yo quedara atrapada en el pasillo. Sí, ya sé que esto debería estar en presente porque todavía ahora corro con una velocidad de la que no soy capaz en otras situaciones, y a pesar de las miradas sorprendidas de mis hijos, que dejo atrás sin pensarlo ni una vez. El pasillo de mi casa me da miedo todavía, y me va a dar miedo siempre.
Algo similar sentí anoche cuando tuve que bajar las escaleras de una casa que está en el medio del bosque, en invierno, envuelta en la negrura de una noche sin luna.
Esa es la casa donde estoy pasando esta parte de las vacaciones. De día es la más linda del mundo: ventanales por todos los lados, a través de los cuales entran imágenes de montañas azules de roca, agujas de pinos viejos, sierras cubiertas de árboles, nubes de esponja, un río y hasta una familia de osos.
El problema llega después de la caída del sol, cuando Dingdong me pide su vasito de agua que toma el minuto antes de dormirse. Es un trago fundamental en la jornada, porque después de él se termina su día y empieza mi noche, el único ratito que es mío y sólo mío, como dice él.
-¿Me das agua?
Enfilo para la escalera y me paralizo frente al primer peldaño. La noche sube reptando por la alfombra peluda color té con leche. La noche me agarra los tobillos desde la suavidad del piso. La misma noche que entra por las cuatrocientas ventanas sin persianas ni cortinas. Las cuatrocientas ventanas que son los cuatrocientos ojos que tienen la noche y sus habitantes para espiarme.
Creo que no tengo muchas manías. Algunos hábitos a los que suelo meterles los cuernos, si voy a ser honesta. Pero lo que sí hago cada final de tarde, esté donde esté, es cerrar persianas, postigos, cortinas, lo que sea. Si la casa donde estoy no tiene, no importa: cuelgo sábanas en las ventanas. Y me aseguro que desde afuera no se ve nada de lo que pasa adentro de la casa. Un pequeño rito para cuidar mi intimidad. Si la casa tiene persianas o cortinas de madera, las dejo bien cerradas, porque las pequeñas rendijas por las que se cuela la luz son suficiente para que se vea todo desde afuera. No quiero que me miren.
Claro que otro de mis pequeños ritos es, cuando camino de noche por la calle, mirar con mucha atención todas las ventanas que tienen algo de luz, aunque esa luz provenga de un televisor y sólo alcance para teñir de azul una habitación dormida. Esto es casi una confesión.
Entonces creo que el principal problema de esta casa no es que esté en el medio del bosque, entre unas montañas y un río, sin vecinos a la vista, sino el hecho de que no hay con qué tapar las ventanas, presentes en cada habitación a excepción de dos de los baños y de la despensa. Lo de las sábanas está fuera de mis posibilidades porque la dueña se moriría de un síncope (literalmente) si yo convirtiera alguno de sus cuartos en un tendedero.
Además, obviamente, salimos de noche y no hace falta cerrar la puerta, porque estamos adentro de una propiedad con reja. ¡Reja! Reja le dicen acá a un portoncito que yo podría cruzar levantando apenas las piernas. Y cuando volvemos nadie siente la necesidad de mirar en cada rincón para cerciorarse de que no hay asesinos con hachas ni osos ni nadie agazapados en las penumbras.
¿Qué hacer? Sin que me importe que todos descubran mi locura, apagar todas las luces. Cobijarse en los dos baños o en la despensa si ventanas para escribir, porque la luz de la pantalla de mi computadora, aunque tenga el mínimo posible de brillo, me delata. Otra cosa que hago es gatear por debajo del nivel de las ventanas. Pienso en aprovechar el aparato de visión nocturna que le regalaron a Elías, pero son demasiado buenos y siento que la posibilidad de descubrir algo en la noche es peor que la posibilidad de que ese algo exista y no saberlo.
¿De qué me escondo? Esta es mi propia película de terror, así que la respuesta es la incógnita. Probablemente me esté escondiendo de mí misma, el monstruo que más me asusta. Pero eso sí que nadie lo sabe.

martes, 16 de febrero de 2010

loving him


"Lo único que cuenta es que al terminar de escribirla me sentí en paz, seguro de haber logrado lo más importante que puede esperarse de esta clase de tarea: había aceptado un desafío, había convertido en victoria por lo menos una de las derrotas cotidianas."
Juan Carlos Onetti, Para una tumba sin nombre.

sábado, 13 de febrero de 2010

What happens in Reno stays in Reno



La noticia de una vacación dentro de la vacación me gusta. Una realidad adentro de otra, una cajita con un secreto adentro de un ropero adentro de un cuarto adentro de una casa. Siguiente toma: Google Earth alejándose de donde sea que esté esa casa con ese cuarto con ese ropero con esa cajita con ese secreto hasta que la imagen de la Tierra desaparece en el universo. No somos nada. ¿Para qué nos preocupamos tanto?
La noticia de que vamos a la nieve pero no de nuestro lado sino del lado de Nevada, en Reno, hace que me brillen los ojos mientras planeo una foto con los colores explotados: una chica lamiendo la oreja de un sheriff con microshorts debajo del cartel de Reno - The Biggest Little City in the World. Love it.
Nos quedamos repartidos en tres cuartos de un hotel enorme, las habitaciones también son grandes, el baño y la bañadera gigantescos. Todo acá es inmenso; hasta la gente.

Bajo el cielo sin nubes, la nieve en polvo me llega hasta la mitad de las piernas y a Dingdong hasta la cintura, le cuesta caminar y después de perder el equilibrio y tambalearse por fin se cae, aterrizando con los pocos centímetros de cara que tiene al descubierto. Hay mucho viento, el viento está helado, y me gotea la nariz mientras bajo una pendiente a toda velocidad en un trineo. Espero poder frenar antes de llegar a la ruta. Después corro hacia arriba de todo para volver a tirarme y me muero de calor adentro del freezer que es esta mañana. No pienso sacarme las botas de nieve nunca más: van perfecto con mis jeans sin rodillas.
El casino del hotel es un freak show. El amigo de bandart me comenta desde Texas que el bar de Star Wars es nada al lado de mi casino en Reno y le doy la razón. Hay demasiada gente temblorosa, con los ojos resecos clavados en las pantallas de sus tragamonedas, los cigarrillos esfumándose en sus manos como su dinero. Muchos usan carritos motorizados para desplazarse en el resort, aunque pueden caminar. El problema es la obesidad. O la tristeza. No sé.
La cena es un buffet y hay que hacer fila para entrar. Mientras esperamos que el buzzer suene para avisarnos que nuestra mesa está lista, Dingdong y yo charlamos sentados en una escalerita. Una adolescente mexicana le comenta en castellano a su abuela despeinada que el niño güero sabe hablar español. Y me pregunta en inglés si Dingdong habla español. Le digo que sí, que somos argentinos, que no habla inglés. “Would you make him say a sentence?”. Le digo en castellano que le pregunte lo que quiera.
-¿Cómo te iámas?
-Dingdong Bonito.

Me escapo de mi habitación para ir a divertirme un rato con Tessa, mi suegrastra (ya sé, suena a insulto y no le cabe) y con Corina, mi cuñada. Somos las tres de tres décadas diferentes, Tessa y yo las viejas. Cuando bajo al casino es viernes a la noche y pienso que mi amigo no estaba tan en lo cierto: esto es exactamente igual al bar de El regreso del Jedi. Igualito.
No las busco. Primero me busco un martini. El barman me lo está por dar y ve mi pasaporte en la mano, entonces me pide ver mi edad. Le sonrío, conciente de que lo hace por lástima. Y me voy caminando entre los jugadores, las prostitutas, los hombres que están alargando el final de una convención, las sillas de ruedas y los carritos para vagos y los ravers vestidos con pieles de colores. Estoy en mi salsa entre los solitarios y los tristes.
Casi sin querer me encuentro con mi manada y jugamos un rato en alguna maquinita que nos compra más tragos. Corina y yo queremos ir a la rave y propongo crear capas peludas con las alfombras de nuestros baños y sombreros con un osito que apareció debajo de la cama de Dingdong. Creo que piensa que no hablo en serio porque se ríe y no me sigue en mi búsqueda de tijeras.
Tengo las botas de nieve, los jeans sin rodillas y una remera negra de manga larga. Y mucho calor. En uno de los bares la gente está haciendo line dancing y Tessa se une al grupo mientras yo pregunto quién es el profesor, a quién siguen los bailarines. Parece que se saben los movimientos de memoria. Me los imagino practicando frente a espejos sucios para esta noche de viernes.
Un guardia de seguridad nos pide ver IDs. Saco mi PASSAPORTO del bolsillo de mi pantalón y me pregunta si hablo italiano, en seguida se corrige, que claro que hablo italiano, que él sabe un poco pero ahora no le vienen las palabras. Nos da unas pulseritas amarillas y casi nos invita a bailar, pero recuerda su uniforme y sigue siendo simpático un rato más, hasta que comenta que si no se va se va a meter en problemas, y nos escapamos a otro de los bares, de donde sale mucho ruido.
Las X-treme Girls están bailando sobre el escenario. La banda hace covers de todo tipo, pero se queda un rato loopeada en Johnny Cash. Los tragos acá son gratis y nos ponen, después de revisar IDs una vez más, unos sellitos de VIP en las manos.
Las X-treme Girls al principio son sexys. Semidesnudas, con botas de piel blanca hasta las rodillas. Hay una con el pelo mojado que tiene buenos pasos. Si estuviera con mis hermanas yo diría que yo soy esa, y ellas probablemente se enojarían. Pero a la media hora se ponen aburridas, siempre moviéndose igual, y la audiencia se excita cuando una rubia del público se trepa al escenario y se saca la camisa. Tiene un corpiño de raso negro, talle DD, y ya se agita desesperada antes de que la banda arranque con la próxima canción. Grita, sacude muy mal el pelo, y cuando el cantante empieza con su acto ella se le acerca demasiado y se desabrocha el pantalón. Un guardia muy gordo, igual a Jabba the Hutt, se la lleva del escenario entre aplausos y gritos. There’s no room for this x-treme girl.
Una mujer vestida de negro con un cinturón de plata se nos acerca y nos dice que los hombres que están en el vip compraron vodka, red bull, vino, cerveza… y que nos invitan. Nos miramos y decimos un No thanks, los hombres del vip son viejos, alzados, desesperados por ponerles los cuernos a sus mujeres gastadas que juegan solitarios en sus casas.
Un latino con ojos negros y dientes blancos, quizás un poco panzón, mira a una chica. A la chica esos ojos de café caliente le recuerdan a alguien que no conoce, pero mira hacia otro lado, hacia su vaso rosa de cerveza. El hombre se le acerca, tan confiado que es irresistible, y la invita a bailar. En la pista una vieja en un carrito baila junto a dos parejas que hacen ese movimiento de los gringos, que parece que están cogiendo con ropa y todo.
-Te vi y pensé: “tengo que bailar con esa muchachita”.
-Estoy con mi suegra y con mi cuñada.
-Yo respeto, sólo quiero bailar.
-Sí, claro. Gracias por invitarme.
-¿Y de dónde tú eres?
-De Colombia.
-¿Y entonces hablas un poquito de español?
-Sí, un poquito.
-¿Y te gusta el fútbol?
-Soy mujer.

La invitamos a Tessa a bailar, Corina no quiere y le preguntamos si los hispanos la asustamos, mientras las bailarinas reparten shots de tequila al público que hace fila como para conseguir el antídoto para la tristeza.
El bar se llena de ravers y el latino vuelve a invitar a la chica a bailar. Esta vez hay más gente en la pista y él se le acerca un poco demasiado. Ella no baila así, no esta noche, y comienza a retroceder de a poquito, a lo que él sigue avanzando, y este disimulado deslizarse en reversa hace que la chica casi se caiga sentada en la falda de un hombre que baila en su silla de ruedas.
Los del vip siguen solos con sus botellas de alcohol mientras una mujer invita a bailar a un hombre, se contrabandea un número de teléfono en una servilleta y alguien saca una foto para un chantaje.
Cuando el hombre invita a la chica a bailar por tercera vez con una frase un poco más osada es hora de irse a otro bar.
-I love Las Vegas! –grito mientras caminamos entre las tragamonedas yendo a buscar una botella de vino en la habitación.
-But this is Reno, girl.
-Whatever! I love Las Vegas!

jueves, 11 de febrero de 2010

Volar de día



La mamá de mi amiga Ally fue, durante toda su vida, azafata. Desde que tenía dieciocho, pechos como frutas maduras y piernas esbeltas, hasta que estuvo tan gorda que le costaba pasar entre las filas de asientos, los pasillos cada vez más estrechos por la necesidad de atiborrar los aviones con más y más pasajeros, hasta que sus ubres le llegaban al ombligo y sus piernas varicosas le dolían a pesar de las medias de descanso.
Anyway, las historias que me contaba Ally sobre esas azafatas de los setentas, mientras esperábamos a que se hiciera la hora de cerrar el negocio, eran todas glamour y aventuras de gran altura. Además, siempre me hablaba de los tips que compartían estas irresistibles mujeres solteras de múltiples amantes. El único que recuerdo es el del pomelo: hay que comer pomelos para saber rico you know where.
Pero, como el cuerpo de la mamá de mi amiga, todo en el aire cambió. Los pasajeros ya no son clientes sino ganado, el espacio entre los asientos es tan pequeño que ni mis piernas de playmobil entran y si uno quiere comer algo tiene que pagarlo aparte.
En un viaje reciente, dos azafatas, un hombre y una mujer, se peleaban como perra y gato. Se empujaban el carrito de las bebidas el uno a la otra, y ese carrito no es algo liviano sino una cosa que bien podría convertirse en un arma mortal. La mujer y el hombre se pedían permiso apretando los dientes y se tiraban miradas que podrían haber ganado un juego de dardos. Justo en el centro.
Cuando les llegó el momento de servirme el café, uno de los dos me alcanzó una taza usada. No estaba mal enjuagada, sino que tenía un fondo de café y azúcar, y la impresión de unos labios rosados. Así que me animé a pedirles una nueva, a interrumpir sin querer y despacito su pelea campal. Los dos me contestaron a coro, unidos por primera vez contra su enemiga común un “esa es tu taza y no está sucia”.
Supe que estaban peleando por un amante: lo del carrito de las bebidas tenía todos los colores de un crimen pasional. Quizás el problema era el fin de semana en Miami, donde el comisario de abordo la había dejado esperando a Lucy para irse con Giorgio. O a lo mejor había sido un pellizcón en el culo de Lucy que Giorgio había visto.
Pero yo venía de peor humor que ellos, así que arremetí: “está sucia y quiero una limpia. ¿Me dan una taza limpia, por favor?”. “No, mami”, me dijo Giorgio. “Si quieres una taza limpia mejor vete a tu casa y búscate una. Aquí no tenemos tazas limpias ni café para ti”.
Lucy lo miró con dulzura, le guiñó un ojo, y dieron un pasito, ahora los dos para el mismo lado, hacia el asiento de atrás del mío: “Coffee? Tea?”. Y después se encerraron en el baño para sellar su recién renacida amistad. Todavía estoy esperando que me den las gracias… y una taza de café, claro.

Miedo al ridículo

Siempre me gustó la ropa. O siempre la ropa fue un tema, que un día superé.
Hay recuerdos como polaroids.
Mamá vestida con una túnica, suecos y el pelo lacio largo hasta la cintura.
Yo preguntándole por qué no se vestía linda como mi tía, que en 1984 usaba la última moda de la década.
Mamá explicándome que a ella le gustaba su ropa y que no tenía tiempo o energía o interés, no recuerdo sus motivos, para vestirse como mi tía. Que la belleza pasaba por otro lado.
Nosotros vestidos todos iguales, de marinerito. Yo forzando una sonrisa demasiado costosa para una foto.
Un verano, los cuatro mayores vestidos con shorts con cuadritos rojos y blancos. Yo pidiendo ponerme una camisa diferente. Yo rogando por una camisa distinta que no tuviera a Hello Kitty. La foto de todos en la que falto yo, odiando mi camisa de uniforme.
Las quejas antes de ir a las fiestas de cumpleaños: yo pedía jeans y mamá me daba vestidos rosa con punto esmóc, muy a tono con las buenas costumbres.
Otra fiesta de cumpleaños, de una chica que se llamaba Paulina López. Llevé un solero que tenía unas cerezas bordadas y por los costados se me veían las tetillas. Otra chica tenía el mismo solero pero con una remerita debajo, para tapar sus partes. Sentí tanta vergüenza que quizás por eso nunca me crecieron las tetas: todavía intentan esconderse.
Volver del colegio y querer sacarme el uniforme para vestirme con otro uniforme: jeans y suéter negro.
La ropa que heredábamos de las hijas de unos amigos de mamá y papá, que a su vez la heredaban de sus primas. Nina Rosso hacía un escándalo, que ni loca se ponía esos vestidos de idiota. Yo me quedaba en silencio, quizás a esa altura algo se había roto, o algo se había emputecido.
Había nacido el monstruo.
Después, al final de la adolescencia, las peleas con mamá que me cuestionaba: ¿por qué usás ropa rota? ¿por qué te autoagredís? ¿por qué te vestís como un varón? Creo que ni le contestaba. En esa época mi guardarropas salía de las bolsas que mis tíos mandaban para los pobres, y que por algún motivo paraban en el pasillo de casa. Había en su mayoría camisas de poliéster de los setentas que habían sigo de su padre. Me quedaban un poco grandes pero si las completaba con jeans rotos conseguía el look que buscaba. Algo bueno a favor de mi madre: nunca me tiró ni una ropa a la basura (aunque despareció misteriosamente una remera de Speedo rota), y eso lo agradeceré siempre.
En mi cumpleaños dieciséis las mellizas Lagos, que iban conmigo al colegio, me regalaron un collar y dijeron: “buscamos algo bien feo, para estar seguras de que te gustaría, y esto fue lo peor que encontramos”. Lo que vale es la intención, ¿no?
Más adelante, la época de la Quinta Avenida, esa galería llena de negocios de ropa usada donde Nina Rosso compraba boas de todos colores y plataformas, y yo más camisas y pantalones viejos, que ahora se llamaban retro. Entrábamos en todos los lugares de nuestro recorrido nocturno creyéndonos estrellas de la noche con nuestras prendas exclusivas. La verdad, causábamos cierto efecto.
Ahora viejo se llama vintage y ya encontré mi estilo, que voy variando según la ocasión. Pero que si me descuido siempre tiene un pequeño componente de ridiculez, ese toque tan mío.
Hoy estoy pensando si no tendré un pequeño problema de sobre-sublimación. Nos estamos por ir a la nieve y como nunca vi la nieve no sabía qué ropa meter en la valija para “la nieve”. Tampoco pregunté… pero parece que jeans agujereados y botas de lluvia no son suficiente, así que Terry, mi suegrastra, que nunca tira nada y que es la madre perfecta, se zambulló en uno de sus roperos y salió airosa agitando un conjuntito que podría calzarme.
Ellos son todos mucho más grandes que yo (de tamaño) y este equipito del pasado, de cuando Terry tenía veinte años y todavía no había crecido, fue realmente un hallazgo. No me queda todo lo ajustado que debería pero sirve. El único problema, si eso fuera un problema, es la moda: el enterito negro llega hasta la cintura y tiene tiradores, y parezco John Travolta o un bailaor. La chaquetita negra con motivos verde manzana y azul eléctrico también me queda pintada, y ante las risas de todos decidí que lo mínimo que puedo hacer es conseguir anteojos a tono con el look e idear un peinado acorde. Creo que lo mejor va a ser disfrazarme de un personaje de manga. Si lo vamos a hacer, hagámoslo bien, ¿no? Que parezca el uniforme de una patinadora de la película de Drew Barrimore que pasaron en el avión… Supongo que también voy a necesitar maquillaje profesional… Las fotos van a tener que quedar lo mejor posible para convertir esta nueva humillación en un buen chiste del que todos puedan reírse… conmigo. No de mí.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Would you not marry me?




“Donde fueres haz lo que vieres” es una frase que le escuché a mi madre mientras yo abría la heladera Siam blanca de la quinta y recibía un correntazo porque yo andaba sin zapatos y chorreando de la pelopincho. Creo que ella estaba explicándole la expresión a alguien y yo tenía como cinco años, y nadie notó la patadita que me dio la heladera. Pero la electricidad hizo que el concepto se me quedara grabado.
Anoche mi suegrastra le dijo a mi cuñada que su show estaba en la tele, y me preguntaron si quería verlo. A lo que, muy bien amaestrada, contesté un “Sure!” entusiasta, antes de averiguar de qué programa hablaban. Era The Bachelor, ideal para la vacación mental que me estoy permitiendo estos días en el reino de lo efímero, como dijo Groussac. Nos acurrucamos las tres en el sillón de cuero verde frente al fuego, cada una envuelta en su manta de corderito.
Quise quedarme seria para que las otras pudieran disfrutar su programa. Pero a los cinco minutos ya empecé con los comentarios sarcásticos. ¿Quién no lo hubiera hecho?
Resulta que Jake, un all-american guy, tiene que elegir una mujer para casarse. Debe seleccionarla entre doce y cada semana elimina a una que no le gusta. Ahora estamos en la parte más divertida: sólo le quedan cuatro que aseguran estar enamoradas de él y listas para ser sus esposas. Y él jura estar enamorado de las cuatro.
OK. Digamos que compro lo que Jake dice. Sus ojos claros parecen sinceros, habla de lo importante que es para él encontrar el amor, formar una familia, hacer feliz a la mujer que elija. Y no puedo evitar pensar qué hace este tipo tan perfecto en un reality show, que seguro las mujeres lo persiguen por la calle con anillos de compromiso.
En el episodio de anoche Jake tenía que ir a las casas de estas cuatro mujeres para conocer a sus familias. La primera, Gia, es una modelo de New York que sufrió mucho por amor y que parece una muñeca; su mayor interés es no volver a ser lastimada. El tipo conoce a la familia, el hermanastro lo cuasi amenaza y la madre le tira las cartas del tarot luego de preguntarle cómo es eso de estar saliendo con cuatro a la vez. Después le asegura a su hija que su intuición le dice que Jake es honesto, un tesoro, y que seguramente la elija a ella.
Luego, Jake va a lo de Ali, que lo espera para mostrarle la casa donde vivió y murió su abuelita. Cena familiar en Massachusetts y una conversación heart-to-heart con su posible futura suegra, donde la mujer le dice que le parece un tipo centrado y él le responde con las frases hechas que ella desea escuchar. Al final se abraza con Ali, Ali le dice que si él le propusiera matrimonio ahora le diría que sí, y todas creemos que Ali es la mejor para él cuando parece que él está por sacar el anillo de su abrigo, pero sólo se saca los guantes. Empieza un largo beso: en la primera mitad él está sin guantes y en la segunda, ¡gracias a la magia de la tevé!, con.
Next stop: Oregon. En Oregon lo espera Tenley, una bailarina de hobby que se casó virgen y al poco tiempo fue abandonada por su esposo. La chica baila para él una coreografía que ella misma creó para la ocasión, y aunque se ven sus piernas espectaculares es obvio que Jake lo está pasando muy mal durante la actuación. Cuando la cena con la familia termina, Jake habla con el padre, el padre llora, la madre llora y le dice que la chica va a tener muchos problemas emocionales por culpa de su reciente divorcio. Tenley no para de comparar a Jake con su ex marido (regla de oro: nunca le hables al nuevo del viejo, hasta mi sobrina que sólo tiene un año lo sabe), que jamás la vio bailar, que nunca quiso que ellos fueran un equipo, y Jake le dice que para él la pareja es un equipo de dos, y ella sonríe desde lo patética que es, pobre, porque creo que sigue enamorada del que la dejó, y poner eso en la tele, bueno… yo no se lo recomendaría a mis amigas. Pero Jake es perfecto, un perfecto mentiroso a esta altura, y tranquiliza al lloroso padre de la enamorada Tenley, a la llorosa madre, y creo que realmente disfruta estos momentos incómodos.
La última parada es Florida, donde la para mí scary Vienna (come on! Vienna?!) lo espera para llevarlo en un paseo en barco donde, cuando la ven, tortugas y alligators se zambullen en el río. Si todas las casas anteriores eran las típicas estadounidenses, cálidas y con olor a manzanas con canela, esta última parece una casa rodante con raíces en un trailer park. Vincent, el padre de Vienna, tiene una charla hombre a hombre con Jake alrededor de una moto enorme. Jake le dice que quiere a su hija pero no es capaz de hacer contacto visual con el hombre, y las imágenes del reencuentro entre Vienna y su padre me hacen decir que ella debería casarse con él y no con el Bachelor.
Al final del episodio, Ali, que era nuestra favorita, es un desastre de nervios: tiene que elegir entre seguir en el show y volver a su trabajo. Llora como un bebé, se tira al piso, le pide a Jake que le diga qué hacer. Parece que él la quiere pero por contrato no puede abrir la boca, y además es tan buen actor que si quisiera podría hacerle creer a la audiencia que me ama a mí.
A la ceremonia final, cuando él debe entregarles tres rosas a tres de las cuatro mujeres, y la que no recibe rosa vuelve humillada a casa, llegan todas en sus mejores galas, con sus mejores caras, lo más irresistible que cada una puede ser. Hasta Vienna se ve tentadora en su vestido violeta de otra temporada.
Pero Ali está vestida como una niña en el parque, su maquillaje igual a del día que visitó en jeans la casa de su abuela muerta, su pelo en una cola de caballo como para meterse en la ducha. Pide estar a solas con él, llora, se aprieta los cachetes y se refriega los ojos: debe elegir entre el amor de su vida y el otro amor de su vida, su trabajo! A Jake se le pianta un lagrimón, yo creo que porque es la menos aterradora de las cuatro y se le está escurriendo entre los dedos, como él mismo dice. Ahora va a tener que comprometerse con alguna de las otras y mientras Ali se aleja llorando en su limosina (igual en el próximo episodio vuelve, obvio) él las abraza a las tres y probablemente en secreto las invite a una orgía.

martes, 9 de febrero de 2010

It happens to everybody




Lo que uno menos espera en las vacaciones es que los chicos se enfermen. Es algo que se teme, pero que se espera que no pase. Así que después de ocho mil horas en aviones fríos y calientes, tormentas, cambios de horario, vasos ajenos, besos y abrazos, todavía sorprende que los dos se hayan pescado un virus.
Vamos en el auto a San Francisco. Hoy es “el” día para hacerlo: el sábado hubo que visitar familiares en Sacramento, el domingo hubo que juntarse alrededor del televisor para gritar por nuestro equipo (que por suerte ganó), mañana va a haber lluvias y el jueves partimos para la nieve. Así que hoy, el lunes, toca San Francisco y una rápida visita a esa parte de la identidad de Elías, tan importante para él, como es conocer la casa donde nació, el parque donde jugó todos los días durante su primer año, la calle donde iba a buscarme después del trabajo hambriento de leche.
El viaje hasta la ciudad dura una hora. A mitad de camino, Elías se pone verde otra vez, parece que las subidas y bajadas de la autopista ondulante tienen para él el mismo efecto que la turbulencia aérea y dice que va a vomitar. Gran drama gran. Paramos al costado de la ruta. Salimos corriendo del auto. A nadie le gusta sentir lo calentito del vómito filtrándosele por la ropa. Elías mira el pasto verde que se mueve con la brisa fría del invierno. Elías mira las nubes grises que tapan la cima de las colinas. Elías mira sus zapatillas negras. Y no vomita. No le sale nada.
Volvemos al auto. Retomamos la highway 101. San Fran, it’s on!
Decidimos parar en un In n’ Out para llegar al Haigh con la panza llena. Dingdong dice que va a comer papafritas y coca. Cuando termina de pronunciar la última a de la coca, la encadena con una catarata de frutillas y de jugo de manzana que resbala por su suéter azul de lana, por sus pantalones, por el asiento del auto, por la alfombra negra recién lavada.
Llegamos al restaurant, estacionamos, me saco toda la ropa que puedo para no ensuciarme, le saco lo suyo que se puede hasta que queda en su remera preferida, que tiene a los Backyardigans (de ahora en adelante Pukeyardigans), medias con un estampado de camuflaje hasta las rodillas, calzoncillos azules y zapatillas de cuero marrón, heredadas de un primo al que todavía no conocemos pero que se encarga de vestirlo.
En la hamburguesería compramos una sprite para Elías, lavo a Dingdong lo mejor que puedo en el baño mientras grita aterrado, limpiamos su car seat. Dingdong no para de llorar, Elías jura que el próximo es él, pedimos varias bolsas de papel y una pila de servilletas, y los adultos nos miramos sin que haga falta decir cuál es nuestro destino.
Volviendo a casa, con una San Francisco ignorante de nosotros a nuestras espaldas, Dingdong se duerme y Elías viaja con su cara metida en una de las bolsas de papel, por si acaso.
E, irrefrenables como un vómito por aneurisma cerebral, salen las historias.

Soundtrack: el ronquido de Dingdong.
Smelltrack: strawberry smothie (strawberry barf, actually).

-My friend and I were driving home. I had the best hangover y no podía manejar mi propio auto. Pero mi amiga también estaba con resaca y bueno, terminó vomitando sobre el volante mientras yo vomitaba en el asiento del acompañante.
-When I was fifteen, in Del Mar, some friends and I entramos en un seven eleven y nos robamos una caja de cervezas y una botella de licor de pepermint. Me tomé tres cervezas y todo el licor, y fuimos a una fiesta de unos que estaban en la universidad. Yo tenía este poder para abrir mi cuello y tragar lo que fuera, y empecé a tragar tequila, y todos me miraban y decían Hey look at this little guy, I was seventy five pounds i guess, he’s guzzling all this tequila, entonces yo seguía tragando hasta que me desmayé. Alguien dijo que sería divertido tirarme a la pileta pero mi amigo intervino y me salvó la vida. Después mi hermano me encontró tirado en el jardín delantero de nuestra casa y me arrastró hasta mi cama. Al día siguiente mi padrastro me despertó con la aspiradora, estábamos vendiendo la casa y era el día de Open House, el día que cualquiera puede entrar a mirar. Como apestaba a alcohol mi hermano me llevó a la playa, nos sentamos en un banco frente al mar y una pareja de turistas que tomaba fotos se sentó al lado nuestro y yo empecé a vomitar medio dormido y los turistas nos miraron con espanto y se alejaron caminando rápido. Nunca más pude oler la menta peperina. Ni siquiera en pasta de dientes o en chicle.
-La última vez que cumplí años hicimos una fiesta en casa y tomé mucho vodka sin darme cuenta, y sin darme cuenta tampoco me olvidé de comer, porque estaba muy entusiasmada con tantos amigos que seguían apareciendo. Al día siguiente, cuando me desperté, seguía borracha y después de eso, cuando ya no estuve más borracha, vomité durante doce horas. Perdón.
-After a party, una noche que nos olvidamos de cerrar la puerta de casa, apareció un tipo desnudo en nuestro sofá. Mi amiga se levantó temprano para ir a trabajar y no sabía quién era ese tipo desnudo. Yo tampoco supe quién era. Y él tampoco, hasta que casi tuvo un ataque de pánico cuando se descubrió completamente en pelotas en un sillón ajeno, frente a cuatro desconocidas en pijamas y una lista para irse al trabajo, con las llaves del auto en la mano.
-Un amigo mío, que medía dos metros, después de una noche perdida despertó en la cama de sus padres, en el medio de los dos, completamente desnudo. Creo que ese fue el menor de sus problemas.
-Cuando fuimos a buscar a las chicas al aeropuerto, Hana se comió una bolsa de nueces rancias que encontró debajo del asiento, sin que nadie se diera cuenta. Media hora más tarde las vomitó, sobre el mismo car seat que usó Dingdong.
-Esto pasó hace como mil años: G, un amigo mío, quería probar porro. Acudió a mí. Lo citamos en el departamento de la avenida Córdoba, en el barrio de Once. Fumó y tomó vino tinto. Bajó al kiosco a comprar algo y, subiendo de vuelta hasta el piso trece, vomitó como un litro de vino en el ascensor. Yo no pude ayudar a limpiar: el olor estaba como para empezar un efecto dominó. En vez de eso, le ofrecí un balde rojo por si necesitaba seguir vaciando su estómago, cosa que hizo. Pero con tanto ruido, parecía que lo estaban ensartando con una lanza, que tuve que encerrarme en el cuarto y taparme los oídos mientras cantaba lalalalalalalala para no vomitar yo también.
-Una noche de primavera, cuando estaba en el último año de high school, I was living by myself in New York. Yeah, on the same building Lou Reed used to live, remember I told you I run into him on the elevator and I was wearing a t-shirt with his face on it. Una noche fui con unos amigos a Central Park y tripeamos y de repente todos desaparecieron y me quedé solo flasheando y…
-Pero esa historia no es de vómito.
-No. Perdón.

sábado, 6 de febrero de 2010

Suspiciously white


Tiburón, California.

Dingdong entra en la farmacia como quien entra en el Jardín de las Delicias. Con sus dos años no entiende mucho pero se da cuenta de que todo es distinto a como es en casa. No le llama la atención que las botellas de coca cola estén a setenta y siete centavos cada una, pero nota el tamaño sobredimensionado que tienen. Como para calmarle la sed a un mamut.

El primer grito le sale cuando ve las gigantescas camisetas de fútbol americano que cuelgan del techo. XXL Superbowl this Sunday, XXL Savings. Los pasillos cubiertos de rojos Be my Valentine, I love yous y demás babosidades le sacan el segundo grito. Pero el mejor llega cuando aparece la zona de juguetes. Dingdong mira todo, toca todo, quiere todo. Corre, exclama, se ríe y salta. Dos comadres mexicanas lo miran y, sin ocultar su espanto, apartan a sus hijos de este pequeño diablo pálido, amarillo, con pelos dorados, que no debería estar hablando español. Pero, señoras, los hispanos venimos en todas formas, tamaños y colores.

Al llegar a la caja, la señora encargada de la registradora le sonríe y lo saluda con su mano adornada con uñas larguísimas, púrpura, con pequeños diamantes incrustados. Le muestra unos caramelos y le dice: “Do you know what are these, pretty boy?”. Dingdong responde: “¡Caramelos!”. La explicación de rigor para borrar la confusión y la desconfianza, y la mujer le pregunta: “¿Y cómo te llamas?”. Respuesta: “Dingdong Bonito”.

jueves, 4 de febrero de 2010

Volar de noche


Intento leer a Onetti mientras por los altavoces anuncian que el avión tardará un rato más en salir por culpa de la tormenta eléctrica que esta noche techa Buenos Aires. Elías y Dingdong lloran después de la versión en castellano, despachada por una mujer de orígenes misteriosos que tiene un acento mezcla de español y borincano.

“¿Cuándo empienza el avión?”, lloriquean a coro. “La azafata dijo que en veinticinco minutos”, les digo. “¿Cuándo arranca el avión?”, insisten ajustados por los cinturones de seguridad. “Veinticinco minutos son media hora; como un dibujito animado”, explico. Para qué. Comprender el tiempo que falta desata nuevas cataratas de lágrimas. Hambre, sueño y el viaje más largo de sus vidas, que tarda en empezar.

Cuando despegamos, Elías, a mi lado, es una pelota de nervios y excitación: grita pequeñas frases inventadas, allá vamos compañeros, suban pilotos… y sus gritos llenan el área de Economy Plus (gracias, United), hasta un rato después del nuevo aviso por los altoparlantes que informa sobre las fuertes turbulencias que tendremos. Ahí me asegura que no tiene miedo, que si quiero puede darme la mano para que no me asuste, que él superó el temor a la tormenta y que va a ayudarme a hacer lo mismo. No me gusta volar de noche, y menos con tantos rayos pinchando el aire a nuestro alrededor.

Somos los únicos menores de setenta en el vuelo, y pienso que si un rayo nos desplomara podrían catalogar a la tragedia como muerte natural.

El avión se agita en la oscuridad cortada por las luces estroboscópicas de los relámpagos inagotables. Elías me mira y está verde pálido, y me dice como con culpa que le duele la panza. Busco la bolsita azul con la que hasta hace un rato estuvo jugando Dingdong y Elías vomita silencioso y prolijo, sin dejar que ni una gota se escape de su For motion sickness and refuse bag.

Cuando por fin se duerme, Dingdong comienza a llorar desde su asiento, en la fila de atrás. Dice que quiere irse a casa, que quiere venir conmigo, que no le gusta el avión y que le encanta el avión, pero no hay que moverse porque la azafata internacional del misterio informa: “En diez minutosh saldremosh de la tolmenta que hay sobre Buenos Aires, pero hay variosh frentesh de tolmenta delante de noshotrash, por lo que nadie debe movelse de su ashiento, ni siquiera noshotrash, las azafatash”. Toda la tripulación está compuesta por mujeres y me gustaría visitar la cabina para ver si está decorada con flores, fotos de hijos o de George Clooney, y para ver si hay tangas rosadas asomando de los uniformes azul marino.

Mis respetos para las señoras, las pilotos de tormenta, que nos llevan a cielos más seguros: sobre un colchón de nubes con picos caprichosos como ilustraciones de Dr. Seuss, iluminadas por rayos incandescentes, una luna amarilla como un queso mordido ilumina la noche a través de un velo de vapor.

Cuando Elías se despierta, el avión vuela tranquilo y ya no se sienten los ochocientos kilómetros por hora de su velocidad. Mira el mapa en su pantallita y ve que estamos pasando sobre el manto azul del Caribe. Me pregunta por qué el avión no se mueve más, y si estamos yendo por el agua. Le digo que sí, volamos sobre el mar. “¿Volamos”, me pregunta. Y sus ojos aliviados me dicen que él creía que, durante su sueño, el avión se había transformado en el yellow submarine.


miércoles, 3 de febrero de 2010

Ya puedo confesar la verdad


Ahora que estoy por salir para el aeropuerto, ahora que apagué el celular, ahora que no voy a atender el teléfono de casa aunque no pare de sonar… puedo decir la verdad.
El gato que adoptamos o, mejor dicho, que nos adoptó a nosotros. El gato que acabo de dejar en la casa de Orlic al cuidado de Gonzalo, el amigo que quedó a cargo de sus plantas. El gato que siempre dije que era muy tranquilo y cariñoso, que no hacía más que comer, pillar y ronronear… bueno. Es el hijo del diablo.
Nosotros no quisimos adoptar al gatito Teté. ¡Si a mí no me gustan los gatos! Menos uno viejo como este. Lo que pasó es que un día, cuando abrí la puerta para ir a comprar leche, el gato se mandó corriendo para adentro de casa y no pudimos sacarlo más. Cada vez que alguien se le acerca, empieza a gruñir (no sé cómo se le dice a esa cosa que hacen los gatos, que echan las orejas para atrás y gritan. Me sale imitarlo pero no sé la palabra) y amenaza con saltar en su cara y asfixiarlo.
Esta mañana, para meterlo en el bolso en el que viajaría hasta su nuevo hogar (que de provisorio no tiene nada, ya es hora de que lo sepan), le dimos unas gotitas de las que usamos hace mil años para dormir a Tango antes de un viaje de veinte horas en avión. Igual se me escapó en el aeropuerto de Miami, pero eso es otra entrada. Decía que le dimos las gotitas y cuando se durmió, zas, al bolso.
Llovía mucho, tanto que aunque tenía un paraguas enorme se me mojó hasta la cara. Lo subí a un taxi. Se despertó en la cocina de Orlic, para correr a esconderse debajo de la mesa.
Pero al minuto salió de su refugio, saltó sobre la alacena, abrió la puerta con una de sus patas y se acurrucó entre un paquete de harina y otro de polenta. Me fui rápido antes de que Gonzalo se diera cuenta del desastre, porque la harina estaba abierta.
Sé que ahora debe estar meando en la cama, desplumando sillones y trepándose por las paredes, literalmente.
Pero yo tengo que subirme a un avión y los aviones me ponen nerviosa… creo que por eso necesito confesarme.
Para que quede bien clarito, va la lista de mentiras que dije con respecto al gato:

1. No es gato, sino gata. No está castrada y está en celo.
2. No es un cachorro sino un animal viejo con olor a pis rancio y a hormonas gatunas.
3. Sí rasguña, cada vez que puede. Gente, muebles y paredes.
4. También muerde, pero poquito.
5. Mentira. Muerde mucho. Perdón.
6. Pierde pelo a cagar.
7. Aunque le cambien las piedritas todos los días, la casa va a apestar a pis de gato.
8. Le gusta dormir en tu almohada. Y cuando no estás en la cama pone su culo donde descansa tu cabeza.
9. Come demasiado: la comida que dejé sólo va a alcanzar para cuatro días.
10. No pienso llevármelo de vuelta a casa. Hermano, el gatito Teté a partir de hace dos horas es tuyo. Y andá sabiendo que no vas a poder sacarlo de tu casa, jamás.

martes, 2 de febrero de 2010

Yemanyá



Tengo en mis manos una vela celeste
pero no encuentro flores blancas
ni una sola flor.
Y no hay por aquí corrientes de agua.
¿Vas a escuchar lo que te pido?
Podría buscar una flor en la esquina
encender la vela
y viajar hasta el río.
Pero yo no puedo moverme.
¿Vas a ayudarme, Yemanyá?

lunes, 1 de febrero de 2010

creer o reventar

-Que me digas que creés en la astrología es como que me digas que creés en Dios.
-...
-Yo sólo creo en un brujo que tiene mi tío. Cuando tengo algún problema lo llamo a mi tío y le digo: "Tío, llamá al brujo que me resuelva esto".