miércoles, 31 de marzo de 2010

En el banco

En el banco, el galán de telenovelas de los 90 parece aliviado de que nadie lo reconozca. Cuando le toca firmar por su extracción pienso que le van a pedir un autógrafo pero no: sonrisa y "firma y aclaración, por favor". La fila es larga y hay una sola caja atendiendo. Lo peor es que la cajera es la simpática, y esto hace que se quede charlando con cada cliente, y que todas las viejas le lleven regalitos para Pascua. Le entregan huevos de chocolate, roscas y hasta un sobre vaya a saber con qué. O ese era un depósito. No sé. Pero la cola avanza lenta y el guardia de seguridad, con el pelo cortado a la militar, da vueltas estudiando a cada persona.

Una mujer hace toda la fila para pedir cambio de quinientos pesos. "¿Cuánto?" le pregunta la cajera sinceramente sorprendida. "De quinientos", le dice la mujer, que es rubia, tiene caderas para cesárea, unas cejas negras como montes y cara de asco. "No, no tengo; pero le puedo dar de cien, en billetes de cincuenta o de diez". "¿Pero yo quiero cambio de quinientos", la mujer bosteza mientras habla y habla mientras bosteza y me dan ganas de sacarme uno de mis suecos de madera y embocárselo en la nuca. "No, no tengo". Al final la rubia que no tiene sueño sino que está súper dopada pero no en el buen sentido se va con movimientos de babosa y un bostezo de despedida.

"Hola. Vengo a retirar el paquete de haberes". "Permitime el documento". Mira la foto y me mira a mí, mira la foto y me mira a mí. "(Ya sé, salí con cara de petera y hoy me puse la cara de venir a trabajar, pero soy yo)". Le sonrío cuando la veo convencida de que soy quien digo ser. "Qué fea está tu cédula, todo el plástico mal cortado". "Sí viste. Así me llegó de la policía... es nuevita". "Firmame acá, acá, acá, acá... y acá. Esta es tu banelco y acá la tarjeta de crédito. Si querés usarla sólo tenés que llamar a este numerito para habilitarla. Y te ofrecemos un seguro por si te roban en el cajero o entrando o saliendo del cajero, o si te llevan al cajero. Es de cinco pesos finales mensuales y te cubre mil quinientos pesos la primera vez y setecientos la segunda. ¿Lo querés?". "Te diría que no, pero sería activar el mecanismo y mañana me roban". "Sí, tal cual, está bueno porque además te cubre hasta doscientos pesos de renovación de documentos, reemisión de tarjetas...". "Y no tengo pin para la banelco. ¿A quién se lo pido?". "¿No te llegó por correo?". "No...". "Andá al otro piso a verla a Elizabeth, que ella te lo blanquea".

Elizabeth está ocupada y me atiende otra chica. Entre mi trámite marca el 113 en su teléfono: "Andrés, la recepción está llena de gente... ¿Te molestaría asomarte un poquito?". Andrés es el jefe eternamente naranja de cama solar que nunca me atiende el teléfono ni me responde los mails. Y esta chica tiene huevos.

En la calle un mendigo tullido y con una pata de palo se acerca a las mujeres con pieles y perlas que esperan a cruzar. Una a una, les pide una moneda. Ellas se alejan aterrorizadas, el semáforo es eterno y una casi se tira debajo de un taxi.

Cuando vuelvo llamo para activar las funciones de mi cuenta. "Bienvenido a home banking. Su saldo es de cero pesos con cero centavos". Ahhh. Nada como la libertad.

existencialismo puro

Miércoles Santo

Es muy temprano y el colectivero nos ve llegar corriendo. Frena, abre la puerta y espera sonriente, como el conductor del tren al cielo. Su piel cuarteada y sus dientes blancos son un buen augurio. Arriba, saludo al hermano caribeño y a su hija orejuda y bonita. Se sorprenden pero yo opino que ya es hora de que nos hagamos amigos.

El portero está aplastado por culpa de una bala perdida que se encontró con su hijo en una esquina la noche de año nuevo. La chica se le acerca y le dice: "vamos que llegamos, vamos que ya es viernes". Y al viejo se le escapa una carcajada que le resetea el día.

Un niño se escapa del colegio y un perro en la vereda le ladra, furioso. "Tiene ayudante", le dice la chica. Y el viejo se vuelve a reír. Cuando ella se va, él le da un beso. "Felices Pascuas, señora". "Felices Pascuas, Juan".

"Hola mamita linda". "Hola señor, ¿cómo le va hoy?". "¿Bien y a usted? Disculpe...". "Chau papi lindo". "(¡Fresca!)".

Si me permite unas palabras en mi defensa, más ridícula sería si me resistiera a bailar mientras camino por las veredas húmedas. Más estúpida me sentiría si me quedara callada, si no cantara lo que escucho por mis auriculares. Además es viernes, o miércoles, mejor, y vienen cuatro días de nada.

"Ring ring, ring ring". "Buen día, llamo de acá... recibí un mail en el que nos piden que actualicemos sus datos de contacto y dice 'Nuestro nuevo número de teléfono es...' y siguen puntos suspensivos". "Jajajajajajaja, qué desastre, disculpe señorita, y espere que busque el nuevo que no lo sé".

Todavía no son las diez y ya me crucé con dos carcajadas, tres sonrisas y sigo contando.

martes, 30 de marzo de 2010

Piel


La almohada huele a saliva seca y en un momento se me pega a la panza un pelo enrulado y negro que no es mío. Hay una manchita marrón que espero sea de sangre. Todos parecemos más chicos en las camillas.

-tengo que consultar con el jefe, que tiene un aparatito para ver mejor algunas partes… ¿te tapo con una sábana?
-no, no importa
-por acá
-hola
-hola
-permiso eh
-sí, mirá tranquilo. y si querés cortar algo, tampoco me molesta
-nice tat
-gracias
-dejame ver un poquito… no, perfecto. ¡no te vas a morir!
-buena noticia. chau, gracias
-menos mal que vino él con el aparatito, porque a simple vista había dos que eran bien fuleros
-uh, qué alivio entonces
-jaja sí…
-te hago una pregunta muy boluda o muy responsable
-dale
-¿hay piel abajo del tatuaje libre de lesiones?
-sí, es un lienzo en blanco. lo único feo está entre los ¿bigotes? del dragón así que tranqui
-bueno, gracias
-y ya sabés: no tomes sol, y si estás al sol ponete protector, y nos vemos en un año
-sí, en un año

Afuera, la calle colapsada, las filas para los colectivos rodeando las esquinas y yo apurada. Tomo un taxi que tiene agujeros en el piso por donde veo pasar la calle. Un taxi que no sirve para los días de lluvia, ya sabemos que el agua entra desde abajo y le moja el traje a papá camino al colegio en 1987. Desde el taxi veo a Elías que va con su abuela rumbo a una fiesta de cumpleaños y no puedo tirarme por la ventanilla para darle un beso.

lunes, 29 de marzo de 2010

BBB

El tipo debe pensar que soy una imbécil: cada vez que pasa estoy mirando hacia la ventana, o con la mirada perdida en la pantalla de la computadora. Recién pasó y yo estaba enroscándome el pelo en el índice de mi mano derecha. Cuando pasa me mira pero no a los ojos: mira como a través de mí y pone cara de nada, que no es más que el reflejo de la mía.

domingo, 28 de marzo de 2010

Domingo de Ramos

-Ma, mañana tengo que ir a misa -dijo Elías y me dejó boquiabierta. Mis padres se sonrieron, mis hermanas se burlaron de mí.
-Y bueno, vas a tener que llevarlo -me dijo mamá contenta -no vas a querer que sea el bicho raro de la clase. Además tenés que ser coherente: si lo mandás a un colegio parroquial tenés que hacer esas cosas.
-Si, ya sé, ya sé, pero no lo mando a ese colegio por la religión. ¿Y si no vas qué pasa? -le pregunté a mi hijo -porque es más importante ir en Pascua, y mañana no es Pascua.
-No Ma, en serio, hay que ir. No sé qué pasa si no voy pero tengo que ir.
-Seguro que no tenés idea de dónde hay una iglesia en tu barrio –mamá cree conocerme.
-Sí, cómo no voy a saber. Tengo la armenia a media cuadra.
-¡Pero la armenia es otra religión! –todos casi a coro. ¡Se llevan tan bien cuando están en mi contra!
-¡Qué tiene que ver! Dios es Dios es Dios es Dios. Además es mentira porque tienen fotos de Dios y la Virgen.
-Cecilia, es otro culto y la misa dura cuatro horas –mamá sabe mucho de este tema porque estudió religiones comparadas.
-Eso es imposible: no tienen material para llenar cuatro horas, mamá.
-¡Qué no! Cantan y cantan y cantan.
-Bueno, pasamos un rato.
Así que esta mañana, con la boca seca como si estuviera masticando un suéter viejo y apolillado después de una noche de pesadillas de Elías (ya no sólo lo asustan los tornados y los huracanes, sino que después de la hora del planeta tiene miedo de que se destruya la Tierra) -que venció viniendo a mi cama y hablándome durante una hora entera-, de fiebre de Dingdong -que no quería venir a mi cama y me tuvo rascándole la espalda en la suya otra hora entera- y de reclamos del gato -que no se espantaba con mis manotazos cada vez que saltaba sobre mi almohada- nos vestimos y esperamos a que sonaran las campanas de la iglesia de la otra cuadra. A las diez y minutos caminamos bajo el solazo desfasado de las diez de la mañana. Más que un domingo otoñal parecía un jueves de verano, al mediodía. Cruzamos la calle y llegamos a la iglesia. No había señales de vida: en la vereda faltaban las señoras que venden ramos de olivos todos los años; adentro del templo estaba sólo el diácono y mientras esperábamos mirando los caracteres armenios (Elías me preguntaba qué decían sin escuchar que no leo armenio), llegaron dos parejas que sumarían un poco más de quinientos años entre las dos. No nos espantó la diferencia de religión pero sí la falta de movimiento. Y nos fuimos a buscar otra iglesia.
Caminábamos por Honduras, Elías colgado de mi mano.
-A las once y media es la bendición de ramos en Uriarte y Soler. A las once y media es la bendición de ramos en Uriarte y Soler -decían dos parlantes enormes instalados sobre el techo de un auto azul que la semana pasada anunciaba la llegada de un circo.
-Nunca vi auriculares como esos, Ma.
-No son auriculares, son parlantes.
-Ah, igual, nunca vi.
-A veces pasan con avionetas y dicen cosas.
-¿Las escriben en el cielo o les pegan papeles a los aviones?
-Les pegan carteles o también pueden decirlo por altoparlantes.
-Nunca vi eso tampoco.
-A las once y media es la bendición de ramos en Uriarte y Soler. A las once y media es la bendición de ramos en Uriarte y Soler.
-¿Pero qué les pasa loco? ¡Ya lo dijeron!
-Sí, pero querrán que todos se enteren.
-¿Y para ir a esta otra iglesia tenemos que seguir el rastro del auto de los auriculares?
-No, yo sé dónde queda. Espero que lleguemos al principio o al final de la misa.
-¿Por qué? ¿Qué pasa si llegamos en la mitad?
-No, nada. Digo que ojalá no lleguemos entre dos misas y tengamos que esperar mucho.
-Ah, sí. ¿Pero nos vamos a quedar toda la hora entera?
-¡No! Sos muy chiquito; vamos a misa como te dijeron en el cole pero nos quedamos un rato. Pero vamos eh.
-Bueno.
En esta iglesia tampoco hay las señoras que venden ramos pero sí mucha gente. Cuando entramos están todos cantando “Cordero de Dios” con guitarras acústicas. Muchos llevan ramos de olivos, todos rezan. Después viene la comunión y le explico a Elías que van a comer la hostia. No sabe qué es y trato de explicarle sin acercarme a afirmaciones en las que no creo. Después el cura dice que los ramos no son talismanes y que la bendición se va a hacer a las once y media en la plaza de Uriarte y Soler para hacer una demostración de nuestra fe, que todo el barrio de Palermo sepa que somos cristianos. Nosotros seguimos sin tener ramos y le pregunto a Elías si quiere que lo lleve a la bendición en la plaza o si ya está.
-Ya está.
-¿Seguro? Porque te puedo llevar; es en cuarenta y cinco minutos.
-Seguro. Ya está. Dijeron que había que ir a misa y ya fui a misa. ¿Cuántas cuadras faltan para llegar a casa? ¿Cuando lleguemos querés jugar a la wii conmigo?
-No, podés jugar después de almorzar. Mirá, ahí está el auto de los altoparlantes.
Caminamos tres cuadras por la vereda de la sombra y Elías me pregunta cómo hacen los mosquitos para transportar enfermedades. Le explico bien, gracias a que vi un documental en Animal Planet que decía que los mosquitos son los animales más mortíferos del planeta, por la cantidad de enfermedades que diseminan. No le doy este dato porque es un excelente tema para sus pesadillas.
-¿Y los dengues cuándo llegaron a Buenos Aires?
-Y… el año pasado.
-No; fue en el 2008.
-Ah, cierto.
-¿Y todos los mosquitos son dengues?
-No, y no son dengues; son mosquitos rayados que tienen un nombre como Aeon Egiptis, algo así, que transportan el dengue.
-Ah, creí que eran mosquitos que tenían letras y números.
-No, esa es la gripe.
-Ah, cierto… -se ríe un poco y yo también. -¿Y qué es más grave? ¿La gripe o el dengue?
-Mmmmmm… el dengue.
-Para mí la gripe.
-No. El dengue. –Tampoco le explico lo que puede hacer el dengue porque no necesito más motivos para no dormir de noche.

viernes, 26 de marzo de 2010

Your horoscope for March 26, 2010

Today you may find that you wish you'd stayed in bed, cecilia. The aspects that are occurring can bring an atmosphere of confusion and fog to you making focus difficult. If there are tasks that require concentration on your agenda, consider rescheduling them for a better time. Stick to those that are more "mindless" like cleaning or filing. These will work far better for you. Don't worry - things will be better tomorrow.
 
Pensé que era cualquiera pero desde llegué al trabajo no para de ser verdad... Debería estar yéndome mejor, ya que estaba avisada. Pero no. Hay gente que no aprende.

martes, 23 de marzo de 2010

mi aporte al concurso de post-it en el trabajo

pretend you are bored

la voz del albañil paraguayo es profunda como un piano y sus dedos son chorizos

pienso que alguno está mocho, pero no: sólo son más anchos que largos

señora, me llamás cuando venga la jefa?

sí, te llamo, pero dame tu teléfono.

 

mientras tanto el técnico me habla y me explica

circuitos que no escucho

creo que tiene una mano chiquita

como la aleta de nemo

no quiero mirar no debo mirar

pero mis ojos no resisten

la posibilidad de una deformidad me cautiva

como unas muletas contra la pared

me concentro en sus ojos

y no sé de qué me habla

si de aparatos o de salir a tomar tragos

quiero y no puedo

no puedo y quiero

al final levanta la mano y la tiene normal

sólo que estaba agarrando un celular chiquitito.

 

el día que mi abuela vio que comía uvas sin escupir las semillas

me felicitó y me dijo que me iba a dar una medalla

estaba orgullosa de que su sangre mendocina

no se hubiera mezclado demasiado con la otra, con la nueva

nunca me dio la medalla

yo tenía seis años y la esperé

pero me dio algo mejor:

me dijo

cuando íbamos por la ruta, yo sentada a su lado en el asiento de adelante

comenté que el cielo parecía la bandera

celeste con la nube blanca estirada en el medio

ella me dijo

chiquita

qué original eso

y yo le dije que de original nada

que a la bandera se la habían copiado del cielo con nubes

y me dijo

chiquita

no es lo que mira

sino cómo lo mira

y usted lo mira distinto.

me puse orgullosa como con las uvas

y nunca más me olvidé.

de vez cuando

cuando como cosas con semillas

o cuando el cielo parece una bandera

me acuerdo de mi abuela y de mi medalla invisible

 y del asunto del encuadre.

 

 

 

 

lunes, 22 de marzo de 2010

TGIM!


Los inútiles que hacen esta novelita en entregas están lanzando además un proyecto paralelo. Un proyecto para lelos. Parece que están buscando las mil caras de Úrsula y Zamudio, sus mil caras que viven entre nosotros como un invento más de algunos editores que viven por allá, más al Norte. En fin, caigo en lo que peor sé hacer pero que mejor me sale, chicamigraña a vender.
Si alguno de ustedes siente mínima curiosidad, mínimo espíritu de fan or whatever, escriba a ursulayzamudio@gmail.com y ponga en el asunto QUÉ CARAJO E ESO. Recibirá, a vuelta de correo, instrucciones precisas. Créanme, se arrepentirán.

Vuelta a casa

Las siete de la tarde del viernes y espero el colectivo frente a la facultad de Ciencias Sociales. La puerta, del otro lado de la calle, parece un plato de pastas con sus carteles rojos salpicando las paredes. El entrevero de la gente que sale, otros que entran, una mujer sonriente que reparte volantes y un grupo de hombres de algún centro de estudiantes que hacen campaña en la vereda es el escenario perfecto para una parejita que se enamora entre tanta suciedad. Bocinazos y motores son la banda sonora de su amor urbano donde el caos sazona y realza el sabor del momento.

El colectivo llega exhausto y repleto, y el chofer les dedica toda su atención a los espejos que lo informan de lo que sucede en cada una de sus tres puertas: que los que suben estén arriba antes de cerrar y arrancar, que los que bajan estén afuera antes de cerrar y arrancar, y que nadie se meta por las puertas por las que sólo puede dejar salir gente. Si fuera hora pico hacia el centro sería otra historia, porque cuando el transporte público colapsa el chofer debe hacerse el tonto para evitar reclamos violentos de pasajeros frustrados. Pero ahora es la vuelta a casa de un viernes y la gente está sin energías para pelear.

El cielo rosado es la esperanza de un sábado feliz y muchos vuelven con la cara descompuesta, cenicienta, opaca. Pienso que nada es más dulce que un boliviano con anteojos y nada más triste que la chica que viaja a mi lado, ojalá un día un ciego se enamore de ella, que debe ser hermosa por dentro. La mujer que está sentada delante de mí tiene anteojos azules y una trenza azabache, sus ojitos tímidos se embellecen soñadores detrás de los cristales.

Ya cerca de casa el tráfico es más pausado y silencioso y los colectivos cruzan la esquina lentos y caóticos, casi pasando uno encima de otro como un montón de tortugas que salen del nido y olisquean el aire antes de arrancar con su carrera hacia el mar. De repente algo estalla ¡plaf! y todos nos mojamos ¡splash!, yo por segunda vez en la tarde. Alguien tiró una bombita de agua que reventó en la cara de la señora de al lado y ahora su camisita blanca está pegada a su torso y es transparente, y la mujer intenta secarse entera con un pañuelito de papel. Todos se asustan y luego todos se ríen con disimulo, yo me cambio de lado para poder reírme bien fuerte sin ofender a la mujer empapada, y recuerdo que más temprano, cuando estaba en el trabajo, hice alguna maniobra torpe que terminó con toda el agua de mi vaso adentro de mi camisa, empapándome pero sin mojar mi ropa. Mañana voy a jugarle al 1 en la quiniela. O quizás tenga que acordarme de regar las plantas más seguido. O a lo mejor el color del cielo esté errado y venga una tormenta enorme.

Un hombre con una guitarra sube y explica que es maestro de música, pero que en las escuelas no le pagan y que tiene muchos hijos que mantener con un salario de docente que de todas formas no recibe. Canta no razonar desaparecer cuando tenías que estar te echaste a correr lo que hiciste en mí no tiene perdón y ahora sé que me siento mucho más fuerte sin tu amor. Y todos vamos tan espabilados por el episodio del agua que algunos aplauden y otros hacemos los coros.

 

 

 

viernes, 19 de marzo de 2010

Viernes caliente en el 39 rojo

-¡Cómo puede ser que con semejante panza nadie te ceda el asiento!

-...

-¡Por favor, alguien le cede un asiento que está embarazada!

-Señora, no estoy embarazada.

-Ay, disculpame, pensé que estabas... digo, te vi la panza y... disculpame, ya me estaba enojando mucho con... perdoname sí, ahora que te miro bien claro, no estás embarazada. Permiso... tengo que bajar...



-¡Qué hacés!

-¿Eh?

-¿Me estás tocando el orto hijo de puta? ¡Me estás tocando el orto!

-¡No! ¡Qué te voy a estar tocando, loca de mierda!

-Sí, hijo de puta, me estabas tocando el orto concha e tu madre.

-Callate gorda de mierda, ¡loca! Antes de tocarte el orto a vos me corto las manos, ¡pelotuda!

-Entonces qué estabas haciendo, ¿me querías robar el celular?

-.........

-¿Sos punga? ¡Qué hijo de puta!



-¡Chofer! ¿Por qué carajo no frenaste en la parada anterior?

-No hay parada ahí.

-¿Sí hay parada ahí, o sos nuevo?

-Cambió el recorrido señor.

-No cambió un carajo el recorrido. El recorrido no cambia más. No lo pueden cambiar todos los días. No sabemos dónde mierda subirnos y todos llegamos tarde al trabajo.

-¡Y al colegio! ¡Yo llego tarde al colegio todos los días por tu culpa chofer!

-¡Si siguen rompiéndome las pelotas se bajan todos acá! ¡Todos los pasajeros se bajan acá!

-Pará loco, ¿qué te metiste? ¡Calmate un poco!

-Qué te metiste una mierda. Bajá ya mismo. ¡Ya! ¡Todo el mundo abajo! Usted también señora, y no se olvide el bastón.

(foto: pele)

martes, 16 de marzo de 2010

martes a la mañana

mi música preferida para ir caminando al trabajo
una mañana de otoño
apurada y con tacos:
desviado social, de alejandro terán, por hypnofon
!

lunes, 15 de marzo de 2010

Las intrigas de una puta

Sexo, sangre, intrigas y hasta hijos cruzados. Ya lo dijo Tom Petty, the sky was the limit.
Todos los lunes, a alguna hora, otro emprendimiento de los inadaptados de siempre. Por cuál canal? Por esta!

quiero flann



"a journey is an hallucination"

domingo, 14 de marzo de 2010

El fin del mundo



Mientras muchos juran que nos acercamos al fin del mundo, al Apocalipsis, al Armagedón, al 2012, yo me acuerdo de cuando estaba en cuarto grado y en algún momento de la mañana mi compañera de banco abrió su Biblia, que estaba forrada con un papel de Hello Kitty, y me señaló una cita de las páginas finales del libro, que tenía marcada con una estampita de su primera comunión. Aunque yo era obediente y quería ser santa, no podía evitar que la Biblia me aburriera. Pero esos pasajes terroríficos me atraparon, y hasta que terminó el año intercalé los libros de detectives que leía en casa con pasajes del Apocalipsis que leía en el colegio. Y ninguna maestra me retaba por estar leyendo la palabra de Dios. Esa primera mañana de Apocalipsis supe que estaría viva cuando llegara el fin del mundo.
Ayer me levanté muy temprano pero demasiado tarde, como todos los días de la semana. Aunque me duché apurada igual tardé media hora en desenredarme el pelo y después perdí minutos preciosos al preparar el desayuno mientras armaba las viandas de los que almorzamos fuera de casa. A medio vestir, con el pelo chorreando e indecisa entre terminar mi café y despertar a mis hijos, di demasiadas vueltas por la casa, hasta que se hizo la hora de salir y el panorama fue desalentador: yo con el cepillo de dientes en la boca, terminaba de pintarme los ojos. Sin camisa, sin zapatos y con el pelo todavía mojado. Los chicos también vestidos por la mitad, descalzos, semidormidos y semidesayunados, miraban los padrinos mágicos en el sillón. Después de un torbellino de corridas hasta la puerta y vuelta a buscar accesorios olvidados aunque imprescindibles, como anteojos oscuros, teléfono y llaves, salimos. Caminamos hasta la esquina portando mochilas, bolsas con comida, ositos, el desayuno de Dingdong, un paraguas y a Dingdong. La primera parte de la mañana es una enorme enumeración.
Esperamos al 39 rojo bajo la lluvia y por un rato largo. Y después de un viaje de dos partes, la primera con el colectivo lleno de los chicos que se bajan en la esquina de República Dominicana y la segunda repleto de oficinistas, llegamos tarde al colegio. Con los brazos agotados de tanta carga, supe que así la cosa no va a funcionar durante todo el año, que algo tengo que pulir en este plan de las mañanas. Por eso lo que más espero es llegar al trabajo… para poder descansar.
A la tarde, después de la oficina, la calle está desierta y a la chica que camina delante de mí se le cae algo de su bolso. Son sus pastillas anticonceptivas, la corro y le grito para alcanzarla, le grito por encima de The Who que suena en mis oídos, y le grito por lo que sea que suene en los suyos, y las dos nos reímos aliviadas de que la chica no tenga que romperse la cabeza frente a un paquete nuevo de pastillas pensando qué número debe elegir para seguir con su mes. Es una buena buena acción del día.
Cuando voy a buscar a los chicos a lo de su abuela, está Angelita, y todos nos subimos al auto y hablamos de muchas cosas, estrujamos como cuarenta conversaciones diferentes, todas entre el tráfico y entre las peleas de los chicos por abrir y cerrar las ventanillas. Sólo tenemos veinte cuadras y por suerte la calle se mueve lenta, y llegamos a que Angelita leyó un mail que le mandaron, que piensa que es una estupidez pero igual se leyó todo el powerpoint y ahora no me quiere contar qué decía porque están los chicos delante, entonces me habla en clave y moviendo los labios en mute, y yo no le entiendo nada, o le entiendo todo al revés, porque creo que me está hablando de geología y la obligo a seguir contándome, hasta que me doy cuenta de que se trata del tercer secreto de la Virgen de Fátima, que por algún motivo es apocalíptico y aterrador, y luego de varias confusiones culpa de mi desconocimiento de algunas porciones de la actualidad y a que borré algunas nociones fundamentales del catolicismo, entiendo lo que me dice entre gritos y puteadas, y quedo yo también asustada por un rato, hasta que llego a casa y me acuerdo de qué es real y qué no.
El supuesto mensaje de la Virgen viaja por mail porque aunque era secreto alguien tuvo acceso y su misión es alertar a la humanidad. Que va a venir un terremoto que durará ocho horas y que hará que la Tierra rote su eje unos veinticinco grados. Que el caos será total, hasta el diablo andará suelto por ahí, y que hay que meterse en casa y cerrar las persianas, no mirar hacia fuera ni abrirle la puerta a los desconocidos (nice, negale ayuda a quien te la pida). Que la oscuridad durará tres días y sus noches, y que sólo alumbrarán las velas benditas. Y que hay que tener un crucifijo (me suena a gualicho y superchería, no puedo evitarlo). Que quienes no se arrepientan sufrirán muertes horribles. La ira de Dios es grande. Quienes sigan a Dios, en cambio, serán llevados en paz al cielo. Mmmm. Yo sé de gente que se está haciendo refugios debajo de las sierras. Y en una página de Internet muchos predicaban sobre la urgencia de arrepentirse, otros sobre lo justo que sería que la humanidad desapareciera de la faz del planeta, y otro preguntaba sin que nadie le respondiera: “Alguien me dice qué día va a pasar todo esto?”. Yo creo que estamos perdidos.
Al final pienso que todos necesitamos creer en algo, todos queremos creer. En Dios, en el dinero, en la humanidad, en nosotros mismos, en el fin del mundo. A algunos les gusta creer en un dios vengador y sanguinario, como el que nos enseñaban en un colegio del que mamá tuvo que emigrarnos porque ella creía sólo cosas buenas de Dios. Dios es amor, nos reconfortaba cuando a la Angelita de primer grado la obligaban a memorizar Dios es nuestro creador que premia a los buenos y castiga a los pecadores. Mamá habló con la directora y le explicó probablemente a los gritos que Dios es nuestro padre que ama a sus hijos y perdona a los que la cagan, y después de eso nos fuimos a otro colegio. En primer grado también les decían que no podían tomar helado ni comer panchos frente a los hombres, y cuando Angelita nos preguntó por qué, después de mucho y mucho pensar descubrimos que existía mamarla. Todo gracias a las monjas, claro.
A la noche salí a ver a un amigo que vive lejos y a quien no veo casi nunca, pasé por el supermercado a comprar vino, y cuando llegué me tomé poco más de la mitad de mi botella, sentada en el piso, entre carcajadas. Después de todo era viernes a la noche. Y después de todo, lo que yo creo es que mejor gozar, que la vida es una sola. Y con respecto a Dios pienso que si hubiera o si hay un Dios así, como un ser, como un padre o una madre o un hermano o una abuela, tiene que ser alguien que se pone contento de que nos acordemos de Dios aunque sólo sea cuando estamos en problemas. Porque si Dios existe, Dios es Dios, y Dios no tiene problemas de autoestima, de codicia ni de soledad, y menos puede ser un viejo que les da guilt trips a sus hijos, joder.

Aurora



A las casi nueve de la mañana de un jueves perfecto de primavera voy corriendo por la calle en dirección opuesta al centro. Las veredas están plagadas de cadáveres de paraguas, las víctimas coloridas de la tormenta de ayer. En las filas de los colectivos los oficinistas te miran con envidia o con añoranza: vos vas transpirando con el tamborcito a mil mientras ellos fuman o toman café en vasos de cartón. Trajes, tacos, maquillaje. Sudor, respiración agitada, Bebel. Hacen cola para ir a sentarse sobre sus culos en jornadas de nueve horas sin ventanas, en las que quizás alguno sueñe con tener la piel picándole con la sal del mar.
Escucho a Bebel Gilberto para ir despacio. La semana pasada tenía a Femi Kuti gritándome en la cabeza y no pude resistirme al ritmo y a las dos cuadras todavía por la mitad de Truth Don Die creí que iba a escupir algún órgano interno. El problema ahora es que lo que no puedo evitar es cantar, entonces voy como el loco del subte que se tapa la boca con un papelito mientras repite a grito pelado lo que escucha en sus auriculares. Yo tampoco sé si le pego al tono. A mí tampoco me importa. Pero cantar mientras corro me cansa, no estoy en tan buen estado, así que paso a Hypnofón y todo va bien (con mi boca cerrada) hasta que llega Aurora en versión hypno-reloaded e instrumental y no puedo contenerme. Eeees laaaaaa baaaaaandeaaaaraaaaa de la paaaaatria mííííía del sol nacida que me ha daaado Dios, es la bandeeeeera de la paaaaatria mííííaaaa del sol naciiiida que me ha daaaado Dios!
Aquí las mujeres huelen a perfume, los hombres huelen a perfume, las veredas huelen a perfume que apenas alcanza para tapar el olor de la mierda recién lavada. No importa: en quince minutos pasarán los paseadores con sus cuatro mil perros cada uno y sus baldosas recuperarán su aroma perpetuo.
Voy por donde pega el sol. Alguien me dijo una vez que en mis astros ya hay mucho fuego, y que por eso debo evitar el sol. ¿Y qué pasa si tomo sol? ¿Me aparecen más pecas, o puede haber una explosión cósmica? Me arriesgo: necesito saber.
Cuando ya estoy en Palermo un hombre viejo, panzón con una panza que amenaza con hacer volar los botones de su camisa blanca percudida, con un sombrerito de cuero negro y una barba blanca y redonda que le llega a la clavícula, me mira. Me mira. Me mira mientras paso. Acaba de salir del bar de la esquina de Acuña de Figueroa y Honduras, donde se juntan a desayunar los taxistas. Lleva bajo el brazo una billetera de La nueva seguros repleta de papeles blancos. Me frena. Se para frente a mí en la vereda y me frena. “Dame la mano”, veo que dicen sus labios mientras estira una de las suyas. Desconecto una de mis orejas para poder oírlo: “dame la mano, no tengas miedo”. Extiendo mi mano izquierda; él la estrecha. Entrecierra los ojos. Sus palabras salen con olor a tinto: “No te preocupes, no sufras tanto. Las cosas van a salir bien. Todo va a estar bien al final”. Suelta mi mano, que mantengo extendida y atónita, y la mesera del bar me guiña un ojo con una sonrisa. “Andá piba”, dice el viejo. Parece el final de misa. Podéis ir en paz. Gracias a Dios! gritaba yo.
Sigo corriendo un poco más, o mejor dicho, salgo corriendo. Las veredas ya tienen más hojas, menos limpieza, pelusas de los plátanos. En una esquina un mitín de militantes antiglobalización busca un lugar para tomarse un jugo. Hablan varios idiomas pero todos se ven igual: el mal contra el que luchan les uniformó la moda y podrían ser de cualquier aldea, o de todas las aldeas.
Después de cruzar Scalabrini Ortiz ya todo está más tranquilo. Lleno de pájaros. Puedo diferenciar al menos cuatro cantos distintos. Además de los chismes de las cotorras que pasan en bandada. Van a la plaza a cuchichear sobre las últimas andanzas de las palomas, sus vecinas idiotas.

sábado, 13 de marzo de 2010

la nada

también puede ser
una autopista vacía
una noche sin luna
que corta el invierno
rodeada de agua
rodeada de campos
vírgenes de luces
en la radio estática
y en el gps del auto
sólo un camino
rodeado de negro

viernes, 12 de marzo de 2010

Paciencia

"Y... va a haber que esperar un tiempito..." es la frase que responde Manfredi, el carpintero, cada vez que alguien pretende apurarlo con algún trabajo. Manfredi es tan viejo que ya perdió el nombre de pila; hasta su mujer y sus hijos le dicen Manfredi. Y Manfredi es tan viejo que no usa suprabond, sino cola. Cola de carpintero.
Hace puertas, las instala, hace marcos, los instala, hace ventanas, las instala, luego las lija si no cierran bien y el portero del edificio pasa en ascensor para preguntar si el olor a humo sale de un incendio y le decimos que no, que Manfredi está otra vez lijando las ventanas, porque después de la lluvia de la semana pasada la madera se hinchó y no se pueden cerrar y si no se cierran no se puede poner la alarma cuando nos vamos. A mí me gusta, Manfredi. Se parece a mi bisabuelo, el que una vez papá me dijo que era ateo. Mi tía me dijo este verano que no, que no era ateo, pero yo me acuerdo bien de ese momento porque fue el día en que decidí que cuando fuera grande yo también sería atea.

Cuando Manfredi dice que va a haber que esperar un tiempito todos saben que es probable que el tiempito sea largo, porque Manfredi es de los de antes, de los que podían esperar a que la cola oreara bien, a que la pintura se secara bien antes de poner otra capa, a que el pan levara durante toda una tarde. Ahora mismo, mientras lija y relija, Manfredi está esperando con la paciencia que le dio el tiempo a que las tablas de madera del piso de una de las oficinas del directorio sequen. Lo mismo que a las ventanas, la lluvia de la otra semana las arruinó. Ya levantó el parquet y ahora espera a que no queden restos de humedad antes de volver a colocar el piso.

Pero la tranquilidad de Manfredi es esta tarde interrumpida por los modernos. Los modernos son dos muchachos con camisas negras con logo verde loro. Son los cerrajeros que vienen a instalar un sistema de seguridad en la puerta de las oficinas administrativas de la fábrica. Los modernos llegan a toda velocidad, moviendo las bocas, mascando chicle y hablando por celular. Le piden a Manfredi prácticamente que destruya una de las puertas que creó el mes pasado. Tienen que llenarla de cables que van a entrar por un agujero y salir por otro, para volver a meterse como lombrices en la esquina de una pared y asomar otra vez por el cielo raso. Rápido, jefe, le dicen, que a las cuatro nos vamos y antes de esa hora tenemos que haber instalado dos cerraduras, acá y en la entrada de servicio. Pero estas cerraduras no están hechas para las puertas de Manfredi, artesanales, ornadas. Son para las nuevas, metálicas, chatas y huecas. Manfredi los mira muy tranquilo por encima de sus anteojos y les dice "Vamos a tener que esperar un tiempito". Los modernos miran al viejo mientras camina arrastrando los pies hasta donde tiene sus herramientas. De uno de los bolsillos traseros de su pantalón de jean asoma un pañuelo a cuadros.

Cuando comienza a trabajar, los modernos preparan las cerraduras que el carpintero tiene que ayudarles a instalar. Desembalan trabas, tornillos y llaves. Y esperan ansiosos mientras Manfredi saca su lápiz chato para hacer una marca en el canto de la puerta. Tiene barba de pocos días y mucho pelo blanco que todavía es un poco rubio. Siempre lleva restos de aserrín en la frente y sus manos son grandes, con un par de uñas ennegrecidas por el martillo. Después de hacer la muesca en la pared, trae una herramienta y empiezan a llover pedazos de puerta sobre las camisas negras de los modernos, sobre los celulares negros de los modernos, sobre el cabello negro de los modernos. Y sobre todo el cuerpo del viejo. La viruta se mete hasta en el bolsillo de su camisa, donde Manfredi guarda la billetera de cuero repleta de billetes, papeles viejos y fotos carnet de sus nietos.

Cuando termina de calar y lijar, los modernos instalan la cerradura. "Esta es la mejor, jefe", le dice uno de ellos al viejo. "Electromecánica". Al otro, al petiso pelado, al que no le habla ahora a Manfredi, le suena el celular con la música de Pretty Woman. Atiende y dice "qué hacés bombón". Tiene ese tono para cuando lo llama la secretaria de la cerrajería, por quien muere de calentura. De los dos, el pelado es el charlatán. Es el sabelotodo. Desde su pequeña altura mira y opina sobre todo lo que puede, y sobre lo que no puede también. Pero a Manfredi mucho no le molesta, porque es sordo. En la oreja derecha usa un audífono que cada vez le funciona menos, porque después de cincuenta años de sierra y taladro eléctricos Manfredi continúa perdiendo el oído.

Después de dos horas de trabajo, cuando los modernos ya lograron cansar al paciente carpintero, hablaron setenta veces por sus celulares de tonos invasores y opinaron hasta de la forma en la que están hechos los cielorrasos de la fábrica, se fueron dejando tras de sí el alivio del silencio. Se fueron y a los pocos minutos, cuando el director quiso salir, se quedó con el pomo en la mano y descubrieron que no le habían dejado las llaves de la nueva cerradura. A sus puteadas, el sabio Manfredi respondió "Y... va a haber que esperar un tiempito".

Buen fin de semana.

domingo, 7 de marzo de 2010

¡In-fla-ción!

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Estuve un mes lejos de Buenos Aires. Por las noticias que me llegaban, video de un tren cruzando un paso a nivel y creando una ola aterradora que bañó a varios transeúntes incluido, supe que me salvé de muchas tormentas, de un par de inundaciones, y del comienzo de la siempre temida pero esperada inflación. “Cuando vayas al supermercado te morís”, me dijeron un par de veces; y “todo está carísimo”. Así que hasta ahora preferí subsistir un par de días con la heladera vacía y con micro viajes al chino que no hacía yo (miraba para el otro lado cuando R volvía con cara de lágrimas después de haber gastado veinte pesos en un pote de crema, pan, y una cerveza, que estaba más barata que en diciembre).
Pero llegó el domingo, la víspera de la vuelta a clases (una semana tarde) y del comienzo de mi nuevo trabajo (¡tengo trabajo!), y se hizo inevitable el viaje al supermercado. Cuando entramos había mucha gente y todavía más carteles que anunciaban la promoción del fin de semana: comprá dos productos iguales y llevate el segundo con un setenta por ciento de descuento. Esto se aplicaba a los productos de limpieza y a las harinas, conservas y premezclas. Great. Se ve que vamos a tener que gastar para poder ahorrar.
Metimos al changuito comida (pescado y legumbres en vez de carne, ya no vamos a poder comer carne; igual a esta argentina no le gustaba mucho) y algunos productos de limpieza (el jabón en polvo que uso estaba demasiado caro incluso con el descuento, así que por consejo de otra compradora voy a probar Ace. Me dijo que no es tan bueno como el otro pero que limpia. Y a mí qué me importa si la ropa queda un poco sucia; total no tenemos más de 4 prendas blancas entre toda la familia). Gastamos cuatrocientos pesos, en un pago, porque las cuotas tenían demasiado interés. Y tenemos comida para dos semanas, si sumamos un par de viajes a la verdulería. Nosotros no comemos mucho.
Cuando volvimos a casa todavía era domingo, y en lo de Paula, la vecina del otro lado de las parras y el alambre de púas, había el tradicional asado con toda la familia reunida. Siempre pienso que para estar al tanto de cuál es el tema de la semana no hace falta leer el diario ni ver las noticias: con sólo parar la oreja el domingo al mediodía, sé de qué hablan los argentinos. Pero hoy no hubo asado en lo de Paula, ni mi casa se llenó de olor a fuego. Sin embargo no nos pusimos tristes, porque la conversación al lado era animada: como una comunidad de hormigas, toda la familia se estaba organizando para ir al mercado central a comprar frutas y verduras. Días, horarios y turnos, y también la división de los cajones de bananas y hortalizas que conseguirían a precios razonables.
Otra vez más vamos a tener que sobrevivir. Menos mal que conseguí trabajo.

sábado, 6 de marzo de 2010

jet lagging



En los últimos veintiocho días tomamos muchos aviones. Seis, para ser exacta. Incluso quitando del medio la confusión de las cinco horas de diferencia y de haber saltado del verano porteño al invierno boreal, todos estuvimos un poco perdidos con respecto a dónde estábamos en cada momento. Dingdong fue el que más sufrió el cambio constante de lugar: cuando decidía que iba a hablar con sus familiares argentinos y nos los encontrábamos online decía “Ah, ya sé. Están comiendo en el restaurant de acá cerca”. O “Ah, ya sé. Van a llegar a visitarnos en cualquier momento”.
En los aeropuertos preguntaba a dónde íbamos. Si a Seattle, a San Francisco o a Argentina. Una mañana hasta me preguntó si estábamos yendo a Halloween. ¿Habrá querido decir Hollywood?
Cuando el viaje terminó, nos levantamos a la madrugada: nuestro vuelo salía a las siete. Antes de despegar, Elías se durmió en el asiento a mi lado, abrazado a su pato amarillo mientras Dingdong miraba el techo del avión y me preguntaba si ya habíamos aterrizado. Salimos de San Francisco en medio de una tormenta y el cielo parecía un pizarrón repleto de rayas de tiza blanca. Cuando cruzábamos las nubes el avión cayó en un pozo de aire. Mis piernas se levantaron por la inercia y mis pies quedaron a la altura de mi cintura. Elías se despertó muy asustado para encontrarse con mi cara de terror. Me preguntó si iba a vomitar por la turbulencia y me pidió la bolsita del bolsillo del asiento. La sostuve frente a su cara y lo abracé mientras volvía a dormirse.
Mientras volvía a dormirse, recordé una noche hace muchos años. Habíamos vuelto de comer, el postre había sido demasiado. Yo estaba embarazada y no podía dormirme porque Elías no podía dormirse por culpa del azúcar. Daba vueltas dentro de mi panza, que ya le quedaba chica, y yo miraba ese pedazo de mi cuerpo que ya no me pertenecía mientras ondulaba y cambiaba de forma: de redonda pasaba a cuadrada y luego se convertía en una pirámide de piel. Como todas las noches desde que supe que el bebé ya podía oírme, le leí Oh! The Places You’ll Go. Pero Elías no paraba de bailar dentro de mí y yo ya estaba cansada. Además el día siguiente era domingo y en esa época yo trabajaba todos los domingos.
Después de cambiar de posición varias veces, de caminar por toda la casa y de casi desesperarme, se me ocurrió ponerle música. Supe que Bill Evans le gustó, porque se quedó quieto, atento a cada nota. Y nos dormimos los dos, los auriculares vibrando en lo que había sido mi cintura.
Cuando cruzamos las nubes la turbulencia pasó y después aterrizamos en Washington. Durante las seis horas de lay over el aeropuerto se convirtió en nuestro hogar. Jugamos a las cartas, leímos, dibujamos y comimos, hasta que la sala de espera de la puerta C6 comenzó a llenarse de argentinos y me di la bienvenida a casa. Esta vez no hubo turbulencia y todos durmieron. Una monja del asiento de al lado, que se había sacado el velo para dormir, blasfemó cuando, durante el despegue, se abrieron seis de los compartimentos de equipaje de mano y se le cayó una de nuestras guitarras en la cabeza. Los demás nos reímos bajo el aluvión de valijas y abrigos, y los más altos se estiraban para cerrar las puertas sin desabrocharse los cinturones al tiempo que una azafata decía por el parlante y en dos idiomas que había que sentarse durante el despegue.
Luego de once horas aterrizamos hambrientos y exhaustos, pagamos multas en migraciones y convencimos a tres agentes que la mitad de la familia que es residente ilegal tiene todos los papeles en regla. Cuando llegamos a la aduana y vieron nuestra pila de valijas y guitarras una mujer nos preguntó: “¿Se están mudando?”. Los cuatro gritamos un sí sorprendido y agradecido ante la idea de la oficial.
Cuando por fin nos preparamos para dormir en casa, Dingdong, que estaba metido en la cama conmigo, me preguntó varias veces “¿Esta es mi casa?”. Y después se durmió.

martes, 2 de marzo de 2010

último día de vacaciones

hoy dije muchas mentiras
robé en un negocio
me emborraché
vacié un botiquín
y desaparecí por un rato.
mbuá ja ja ja ja...