viernes, 30 de abril de 2010

mula

cruza la ciudad

varias veces por día

con sus dos hijos a cuestas

uno colgado por delante

el otro colgando por atrás

reparte paquetitos

transporta dinero

sin meter mano en la lata

sin aprovechar ni una migaja.

no para para comer

a sus hijos les da chipá y té.

cuando llega el domingo

se desabrocha a los niños

y aprovecha el día

para lavar, cocinar y cantar. 

 

 

miércoles, 28 de abril de 2010

Soul 110

Me esperó manso mientras yo corría con los tacos marcando un ritmo urgente en la vereda. Me vio cruzar la calle y avanzar desde la esquina los sesenta metros de vereda multimarrón con bachecitos. Cuando subí, el chofer me saludó con sus labios sonrientes y sus ojos de brasa ocultos detrás de unos anteojos negrísimos. El sol ya no molestaba y en su colectivo, que avanzaba con todas las cortinitas azul marino cerradas, brillaba una luz violeta mientras una bolita de espejos se balanceaba acompañando la voz dulce y densa de Aretha y proyectaba destellos índigo en el volante y en la palanca de cambios con polaina.

The Soul Bus.

Me senté, porque el 110 siempre llega a buscarme vacío, y abrí mi libro en la página quinientos noventa y siete. Pesa una tonelada y sólo quedan cuatrocientas tres para llegar al final. Pero no podía concentrarme, la música estaba más fuerte y daban ganas de bailar mientras el colectivo avanzaba muy suave en medio del tráfico pre-hora pico. Cuando miré al chofer vi que tomaba cerveza, y cuando miré alrededor vi que los demás pasajeros charlaban unos con otros, recostados en los asientos como si fueran sillones, fumando como si anduviéramos en un sábado a la noche camino al abismo.

Así que como no me gusta perderme una fiesta, me di vuelta y le pedí unas secas al compañero del asiento de atrás. En ese momento, una vieja que llevaba un gato en brazos subió al colectivo y reculó aterrada. El gato saltó y corrió mientras la vieja gritaba "¡Florencia vení! ¡Florencia volvé que si no en casa cobrás!", y el chofer le dijo "Señora, suba o baje, pero no moleste que acá estamos todos tranquilos" y pisó un poco el acelerador para mover el ómnibus. La vieja se cayó para atrás y el gato saltó en mi falda.

Cuando pisó el pedal a fondo, el chofer tomó un sorbo de su botella y encendió un cigarrillo, y nos llevó por otra calle, que no era la ruta de siempre, sino una avenida rodeada de árboles y de parques donde su colectivo podía andar a gusto, a ciento veinte por hora, mientras Aretha deletreaba respect.

 

martes, 27 de abril de 2010

hace frío

Game Over, space cadet

Una sola vez dejé a un hombre, y fue porque era gay. Todos los demás me dejaron a mí. Los escenarios iban cambiando pero la esencia siempre era la misma. Así, en mi casa, en la suya, en un avión, en la calle, en un bar y hasta en la Biblioteca Nacional me dijeron, envuelto en algodones y papel barrilete de colores, no te quiero más. ¿Cómo arruinar un amanecer perfecto en la arena fría de una playa en verano? ¿Cómo manchar para siempre mi canción preferida? ¿Cómo hacer que viajar en tren entre Retiro y Tigre me sepa a lágrimas?

 

-Quiero tener hijos con vos pero dentro de varios años. Así que lo mejor es que nos separemos hasta entonces.

-¡No!

 

-Te adoro, pero creo que vos no me querés a mí. Sos libre.

-Pero yo sí te quiero…

 

-Seguí tu consejo: me conseguí una novia de verdad.

-Fuck.

 

-Ya está, la cosa no da para más. Sigamos cada uno por su cuenta. ¿Te parece bien?

-No… pensé que todo iba mejor… ¡yo quiero estar con vos!

 

-Me voy de vacaciones solo con mis amigos. A una playa llena de mujeres exóticas. No es justo que estés atada a mí.

-Oh…

 

Y la mejor fue:

-No. Ya no te quiero. Estoy seguro. Hasta acá llegamos. No, no llores linda… y tampoco quiero que salgas con ese, el que te mira de lejos todos los días… ¡Paraste de llorar!

 

Una semana más tarde ya sabés quién había dejado a otra novia para salir conmigo. Sí, el que me miraba de lejos, que no me dejó una vez, sino cuatro o cinco. ¡Es que tenía rico olor!

 

Así que oídos tapados por los mocos, rollos de papel higiénico convertidos en pañuelos sin fin, cajas enteras de té de manzanilla para deshinchar los ojos, y después… ahhh la libertad. Para volver a enamorarme, para que vuelvan a abandonarme, hasta que llegue ese que no te va a soltar aunque a veces quiera y que mientras lava los platos le dice a tu hermana menor "Yo a tu hermana la amo. ¿Entendés? ¡La amo!". El que se quedó a mi lado, el que quiso cazarme, es el que no entiende indirectas ni soporta sutilezas.

 

Ahora sé que acá no hay nada de pobrecita ni de desesperada. Cada huída masculina fue fríamente calculada por la parte femenina de la relación, que no se animaba a dar el gran paso (hacia la puerta).

 

 

En la calle

Hace frío y la gente camina apurada. A nadie le llama la atención el cuarentón pelado que va un paso detrás mío. Quedamos lado a lado cuando nos frena un semáforo y en seguida noto que algo está mal. Es el odd en la serie. El elemento que no corresponde. No sé si son sus zapatillas marrones ajadas con el traje gris. No sé si es su expresión de niño. No sé si es que va leyendo un libro de la historia de los mundiales. Tal vez sea la bragueta abierta.

El semáforo se pone verde y volvemos a caminar. Ahora va detrás de mí. Freno en una vidriera y él frena en la del negocio de al lado. Acelero y él acelera. Aminoro y él también camina más despacio. Hasta que freno en seco y le advierto muy seria: "a mí no, eh". Él me responde algo como qué te pasa loca, ¡mala! Y se va veloz por otro carril de la vereda.

Ahora que invertí los roles, lo sigo de cerca. Miro cómo camina ajeno al mundo, observando con sus ojos vacunos. De repente cambia, se mueve, se crispa. Y comienza a caminar detrás de otra mujer, hasta la esquina en la que otro semáforo los para a los dos. El hombre se le acerca a la mujer y estira su cara hasta olerle el cuello. La mujer le grita, le pega en la pelada con la cartera, le arranca el libro de la historia de los mundiales y lo tira debajo de un colectivo que pasa echando humo.

Cuando el hombre se pone a llorar doblo, doy un rodeo, tomo el camino largo al trabajo, pero no logro sacarme la imagen de la cabeza. El libro de los mundiales desplumado por el colectivo y el tipo llorando como si tuviera dos años y se hubiera quedado sin su único amigo.   

sábado, 24 de abril de 2010

auf Wiedersehen!

Desde el principio ya la suerte estaba echada: entré al colegio nuevo un mes después de que empezaran las clases. A un grado que no me correspondía (después de hacer una semana de tercero me pasé a cuarto en el colegio nuevo). Vivía demasiado lejos (del otro lado de Santa Fe y del otro lado de Pueyrredón) y a mis amigas no las traían a jugar a casa. En el colegio enseñaban alemán desde primer grado, y yo ni siquiera sabía que tenían esa materia. Todas habían hecho la primera comunión y yo ni siquiera creía que Dios estaba en la hostia. Cuando nos dieron el libro del Evangelio en una ceremonia muy linda, la chica que venía detrás mío se distrajo y me incendió el pelo. Esa misma tarde, como no soportaba a mi primito español, quise esquivar una de sus cachetadas de malcriado y terminó tendido en el piso con el labio cortado.
Estaba becada en el colegio. Me compraron con gran esfuerzo zapatillas Topper, pero no había mi talle y mentí, dije que el 31 me quedaba bien, pero en realidad era espantoso cómo me apretaban y las usé una sola vez. Eran blancas.
La asusté a una compañera maricona con una araña de goma y tuve que rogarle a la imbécil de la maestra que no me llevara a ver a la directora, porque "había un secreto". Que era que me había saltado tercer grado y que estaba con media beca. Tenía 9 años. Era la más chica de la clase. Aunque el colegio era muy "bien", la gente de ahí era distinta, parece que académicamente estaba un poco retardado y ni noté que me había salteado un grado. La directora se llamaba Hermana Lasalle y había prohibido el flequillo en toda la primaria. ¿Y quién era la única con un flequillo tupido? Sí. Yo. La directora era muy estricta, como se esperaba de toda monja alemana. Pero era buena: me ayudó con el examen para dar tercer grado libre cuando, después de leer la parte de Ciencias que sólo hablaba del agua potable, le pregunté: "qué es potable?". Lo hice muy tranquila sentada en su escritorio.
A las que se portaban mal les ponían tarjetas amarillas. A la tercera, venía la roja y auf Wiedersehen! Para comprobar que el largo del uniforme fuera el correcto, teníamos que arrodillarnos en el piso; si tocaba el suelo estaba todo bien. Si no, te pinchaban papeles de diario con alfileres y así te ibas a casa. Para cuando me tocaba hacer la primera comunión con las de tercero, tuve neumonía. Y tuve que hacerla un mes más tarde, con las del otro tercero, que seguramente era el tercero grasa. Hasta tuvieron que corregir las estampitas, que ya estaban hechas.
Pero en quinto grado algo cambió: yo empezaba a adaptarme a las normas sociales no dichas y ya no me importaba que Pepi, una que se babeaba constantemente a través de la ortodoncia me preguntara sin tregua ¿Qué marca de auto tiene tu papá? Un Renault 12 (de hace 15 años, lleno de agujeros en el piso, cuando llueve y pasamos por un charco hay que levantar los pies y a él le da vergüenza traerme al colegio). El mío tiene un BMW. ¿De qué marca es tu raqueta de tenis? No sé (no dice). Yo tengo Prince. ¿A dónde te fuiste de vacaciones? A la quinta (que no tiene pileta, pero como dormimos los 12 primos juntos en un cuarto, nos divertimos mucho). ¡Yo a Punta! ¿Y de qué trabaja tu papá? Es ingeniero (cuando estaba por recibirse su papá se murió y él largó la carrera. Está desempleado, en el colegio nos becan y alguien nos presta para el supermercado). El mío tiene una empresa (en realidad se casó con la hija del dueño de una fábrica de rieles de cortinas americanas. Somos ricos pero nuestro secreto es que mi mamá es de Morón).
Tenía amigas que me invitaban a sus casas a dormir, y hasta los fines de semana a sus quintas. Yo era tan educada y los padres me querían.
En quinto grado yo me sentaba en el segundo lugar de la fila contra la ventana, y llegó una compañera nueva: Magdalena Temperley. Magdalena Temperley era fea. Tenía demasiadas pecas. Y rulos grandes y desprolijos que se le escapaban de las hebillas azules. Su uniforme era demasiado largo: un poco más largo del abajo de la rodilla reglamentario. Cuando controlaba la decencia de la clase, la Hermana Lasalle no la hacía arrodillarse en el piso. Tenía un olor muy particular a perfume picado mezclado con pis seco que se me clavaba hasta la nuca. Era hija de diplomáticos y había vivido los últimos años en Bolivia. Nos contaba que allá la gente cazaba a los perros callejeros y los hacía guiso. Las compañeras decían que parecía una mucama y yo me hice amiga suya. Desde tan chiquita ya me identificaba con las causas perdidas.
Magdalena Temperley nunca conoció mi casa. Yo, en cambio, fui un par de tardes de jugar en la suya, un piso demasiado grande en Carlos Pellegrini y Santa Fe. Y, cuando fue su cumpleaños, traté de que nadie faltara. Con mis diez años todavía no era muy diestra en las artes de la manipulación, y de las 51 alumnas de 5to. B sólo fuimos cinco. Había muchos globos, animadoras y demasiadas bolsitas para la salida. Yo hice que no me daba cuenta de que éramos pocas.
Magdalena Temperley se sentaba en el primer banco de la fila contra la ventana, justo adelante mío. Sola, porque el número de alumnas era impar, a alguien le tocaba estar sola, y nadie quería sentarse con ella por el olor.
Un día, en la clase de Alemán, Fraulein Elsa se quejó de un zumbido molesto. Un mmmm mmmmmm como un mantra que provenía desde nuestro sector del aula. Un poco histérica, preguntó quién hacía ese ruido. El sonido paró y ante el silencio, retomó su lección. Pero apenas pronunció la primera palabra, el ruido volvió. Miró hacia nuestro lado y el zumbido cesó. Siguió hablando, más tranquila, y el mmmmmm se sintió más fuerte. Se puso a gritar y salió de la clase muy nerviosa, gracias a que semana tras semana exasperábamos su perpetua soledad con nuestras bromas pesadas.
Una mañana habíamos decidido hablar en voz muy bajita para que pensara que estaba sorda. Cuando Fraulein Elsa nos pedía que habláramos más fuerte, nosotras susurrábamos que ya estábamos haciéndolo. Así había seguido la clase durante 20 minutos hasta que al último pedido de la Señorita, siguiendo una señal mía, todas nos pusimos a gritar. Aunque Fraulein Elsa había logrado mantener la compostura, le había empezado a temblar un párpado y un mechón se le había escapado de su frígido rodete.
Así que esa mañana de jueves la maestra de Alemán no le tenía demasiada paciencia al zumbido proveniente de nuestra esquina de la clase. Pidió autodisciplina, como les gustaba llamar a la auto-represión ese año; y, como el mmmm seguía, llamó a la vicedirectora.
Al rato regresó al aula con la Señorita Mabel, una gorda con guardapolvo blanco que algunas veces hacía de suplente y disfrutaba humillarnos: a ver… clase de Geometría. “Niñas, dibujen una figura humana sentada. Piensen en qué direcciones van las líneas del cuerpo cuando estamos sentados”. Todas dibujamos los cuerpos lineales pensando en lo ocurrente de su tarea. Cuando una pasó al frente a mostrar su trabajo, la gorda se rió burlona: “No, no, no, no, chiquita. Tanto dinero que tus padres invierten en tu educación de primer nivel, y vos no usás la cabeza jamás. Sos una malagradecida”. Y se dispuso a copiar el dibujo de la chica en el pizarrón, muy orgullosa de poder burlarse del error de su alumna: “Cuando nos sentamos, no tenemos la espalda recta como una vertical, los muslos derechos como una horizontal y las piernas tiesas como otra vertical”. Yo miré mi esquema y el de mi compañera de banco: las dos los habíamos dibujado igual que la pobre que transpiraba frente al resto del 5to. B. “Cuando estamos sentados, inclinamos las piernas hacia atrás, por lo que forman una línea diagonal”. Es el día de hoy, que cuando me siento derechita en una silla recuerdo cómo, después de esa frase, todas corregimos nuestras posturas y tiramos las piernas para abajo del asiento.
La nube de spray Roby y el guardapolvo blanco que parecía relleno de almohadones se pararon muy enojados frente a la clase, con la alemana nerviosa un poco escondida tras ellos. La Señorita Mabel nos llamó a las primeras tres de la fila contra la ventana, y nos fuimos con ella hasta la sala de música del subsuelo, que estaba vacía.
Entró, encendió las luces, y se sentó lejos del piano. Nos preguntó quién había sido. Silencio. Que nadie se iba de ahí hasta que no apareciera el culpable. Por las ventanas que estaban contra el techo de la sala se veían pasar los tacos de las señoras paquetas del barrio. Yo pensé si alguna no sería mi abuela, cómo me hubiera gustado que me rescatara de esa situación.
Como seguía el silencio, la amargada vicedirectora hizo salir a todas, menos a Magdalena Temperley, que se quedó con ella a puerta cerrada. Nosotras esperábamos paraditas contra la pared, asustadas. ¿Fuiste vos? Nos preguntábamos una a la otra. ¿De dónde venía el ruido? Inmediatamente se abrió la puerta con fuerza y su bisagra no alcanzó a chirriar. Salió Magdalena Temperley llorando en silencio.
La gorda llamó a la alumna número 2. Cuando terminó su deposición, salió mirando al piso apuradita, corrió escaleras arriba, y se metió con cola de paja en la clase de Alemán. Llegó mi turno. Me transpiraban los pies y con la uña del índice me levantaba el pellejito de la uña del pulgar.
La Señorita Mabel me dijo que me sentara en la silla frente a ella, de espaldas a los tacos salvadores de la vereda. “¿Quién fue?”. Yo miraba los toc-tocs que se asomaban de una bolsa de arpillera en una esquina. Los toc-toc eran mi instrumento preferido. En realidad me gustaba el piano y quería aprender para dar conciertos, como mi abuela, pero mi mamá me había dicho que como no teníamos piano en casa, si tomaba clases igual no iba a poder practicar, y si no practicaba no aprendería jamás. Así que había elegido el toc-toc, que podía fabricarse con cualquier palo, y que hacía un ruidito suave, como de sapito, que no molestaba a nadie y que quedaba bien con cualquier canción.
“¿Quién fue?”. Pensé que a la gorda debía apretarle la pollera, porque estaba furiosa. “No sé”, dije la verdad. “Sólo sé que yo no fui”. Por un segundo dudé y me pregunté si no habría sido yo; pero enseguida estuve segura de que yo no era la responsable de esta locura. Además de que yo nunca mentía, tenía la obligación de cuidar mi beca, y eso se hacía con autodisciplina. “La niña núero 2 dijo que la culpable es Magdalena Temperley”. “¿Y Magdalena Temperley qué dijo?”, pregunté, conciliadora. Tenía que sobrevivir. “Que ella no fue”. “Entonces no fue”, respondí, aliviada. Caso cerrado.
“¡Pero miente!”. Aunque la Señorita Mabel apretaba los labios, se le veía el puente dorado sobre uno de sus dientes amarillentos. “¿De dónde venía el sonido?”. Se había dado cuenta de que no iba a señalar culpables, y entonces dio un rodeo estratégico. Yo también me di cuenta, de su trampa. Pero me tenía atrapada, y si mentía me sacarían la beca y tendrían que mandarme a la escuela pública de la vuelta de casa, que era mi mayor deseo, pero mamá y papá no querían porque el colegio del estado no estaba a mi altura. Sopesé mis opciones y decidí que tenía que decir la verdad. “Venía de adelante”, me dí por vencida. Mi confesión fue suficiente: la gorda se levantó de la silla que le quedaba chica y salió del aula con pisadas de elefante. Pude ver, a través de la puerta de vidrio, la cara de terror de Magdalena Temperley justo antes de seguirla al despacho de la Hermana Lasalle.
Yo me quedé mirando los toc-tocs, sintiéndome mal, pero tratando de convencerme de que no había hecho nada malo, porque no la había delatado. Sólo había dicho la verdad. Sabía que el zumbido lo hacía Magdalena Temperley, y aunque me sentía culpable por haber dicho de dónde venía el mmmmm, estaba enojada con ella por no haber podido parar la primera vez que se lo había pedido Fraulein Elsa y por habernos puesto a en esta situación. Quería estar en mi casa, escondida detrás de mi cama contando los dibujos del empapelado.
A Magdalena Temperley le pusieron una tarjeta amarilla. Mis explicaciones no le alcanzaron, y se quedó sin ninguna amiga. Un año más tarde a su papá lo trasladaron a otro país y ella habrá vuelto a empezar. Me gustaba imaginar que vivía en Milán, donde se había reinventado gracias a la confianza que le dio tener buenas amigas. Seguramente ahora es una abogada de pelo suave, huele a Chanel y se reserva los zumbidos para lugares ruidosos, como la ópera.

jueves, 22 de abril de 2010

Secrets are written in the stars

Te juro que ese perro era mi bisabuelo, el que nunca estaba listo para irse, el que lloraba porque todos sus amigos, porque toda su generación ya se había muerto, el que tengo en común con ese primo que cree que no compartimos ni una gota de sangre. Era viejo, mi bisabuelo, y me miraba atado a la reja, el perro. Hasta los noventa y nueve, mi bisabuelo, que era hijo de una india y nieto del gobernador, subía por la escalera los nueve pisos de su edificio. Tenía que escaparse para poder hacerlo, porque sus tres hijas tenían miedo de que un día no llegara en el intento. No tomaba remedios: se curaba con yuyos. Sabía mucho de eso: era un poco chamán. Cuando lo visitaba él me contaba de cómo había dejado San Juan para irse en barco hasta Montpellier, en Francia, para estudiar. Quería ser enólogo y le costaban mucho las conjugaciones en francés, por lo que se pasaba noches enteras recitando los verbos hasta que los aprendió de memoria. Como era hijo natural, lo crió su madre hasta que cumplió dos años; y ahí lo mandó a buscar su padre y lo colocó con unas tías. Cuando se acercó al final, un día decidió que iba a pasar el cumpleaños de mi bisabuela con ella, hizo las valijas y se durmió en su cama. Viajó por las estrellas un par de días antes del cumpleaños, poco antes de cumplir cien. Ahora todos ellos están muertos. Todos menos el perro en la reja.

"Tenés que matar a la luna", me dijo la mujer. "Matarla, matarla, matarla". Era una bruja y hasta me dijo que yo también, y que el hada, un padrino mágico con credencial de león estaba ahí, era evidente. Cuánto fuego por ahí, cero fuego por acá. Y esto no es magia. Es ciencia pura.

"Y más te vale que saques esa energía masculina, sacala, dejala fluir, ¡que es potencia pura! ¡Encerrada!", me dijo. "Pero antes vas a tener que hacer lo que sea para matar a la luna". Y sentí unos golpecitos suaves en el vidrio y no había luna pero era el vampiro ese, el que viene a buscarme desde hace años y siempre me hago la dormida porque me asusta un poco. Antes de abrir la ventana, escuché que ella susurraba como gritando: "y tenés suerte, porque siempre caés bien parada vos. Esa es una buena suerte para tener".

lunes, 19 de abril de 2010

Con la noche adentro

"No se te va a ir la tos hasta que no termines el libro de los tuberculosos", me dijo mi médica interior. Así que aceleré y me pasé el fin de semana leyendo y tosiendo, tosiendo y leyendo. Las noches que estuve sola, las madrugadas de niebla, cada rato robado a lo cotidiano los pasé instalada en la reposera de una terraza en un sanatorio de Davos, en la alta montaña.
Al bajar del hielo, con la primavera que dejó florcitas blancas donde antes había habido nieve y todos las confundimos con una nueva nevada, fui al colegio, el domingo, donde veinte hombres trataron de jugar un partido de fútbol. Cuando sus hijitos terminaron de irrumpir en la cancha, cuando los chicos comprendieron que esta vez no iban a jugar con sus padres, porque sus papás eran ahora los niños, mientras los hijos los alentaban desde las gradas de la tribuna, jugaron un partido que duró cinco goles y veinte minutos, hasta que uno de los hombres cayó al piso con un tendón cortado.
Cuando vino la noche y trajo la tormenta con sus piedras y sus rayos, mi noche fue suave y cálida. Y cuando todos soñaban me escapé de nuevo, como tantas otras veces, ahora a la reposera del sanatorio, a seguir esa primavera mientras acá avanza el otoño.
Y descubrí que todo este tiempo que estaba buscando una respuesta por el mundo, ya la había encontrado pero no la había visto: estaba jugando a las escondidas adentro de mí. Y no tosí más.

sábado, 17 de abril de 2010

Petit bourgeois


–Para mí es como un sueño, comme un rêve singulièrement profond, car il faut dormir très profondément pour rêver comme cela… Je veux dire: C’est un rêve bien connu, rêve de tout temps, long, éternel; oui, être assis près de toi comme a présent, voilà l’éternité.
Je t’aime –balbuceó-, je t’ai aimée de tout temps, car tu est le Toi de ma vie, mon rêve, mon sort, mon envié, mon éternel désir…
–Petit bourgeois –dijo-. Joli bourgeois à la petite tâche humide. Est-ce vrai que tu m’aimes tant?

jueves, 15 de abril de 2010

metete y firmá. (es una orden)

La fundación Un techo para mi país construye casas para familias si techo.
Cuando se junten 500 firmas, empresas donantes darán material para hacerle la casa a los Alcides, que tienen como ocho mil hijos y la necesitan.
Toma 10 segundos todo el proceso, yo acabo de hacerlo.
Firmen y compartan con sus contactos que se viene el invierno!
Les faltan 448 firmas.
(Hablé con la fundación y es todo verdad).
 
 
Son 11 los hijos que tienen Pedro Alcides y Rosana: Romelia, Jonas, Isacar, Milca, Ruth, Rebeca, Felipe, Natan, Keila, Ezequiel y Priscila (la mayor tiene 12 años y la menor 3 meses). El es paraguayo y ella argentina, ambos muy trabajadores y atentos. Componen entre todos una familia muy alegre y divertida que necesita con urgencia una casa. Esta casa que ustedes le ayudarán a construir, será un paso enorme en la mejora de su calidad de vida y dignidad.

miércoles, 14 de abril de 2010

Mochileros

Cada vez que su novio le pegaba, o cada vez que tomaba un valium de más y él la acusaba de haber querido matarse, Y. venía a casa. Llegaba en la mitad de la noche y se instalaba por un par de semanas. La veía bajarse de su Lexus blanco sucio, con los pelos como la melena de un león, una mochilita, una teterita que le había regalado su mamá cuando se fue de Teherán y una caja de dátiles. Nos sentábamos en mi cama y, mientras comíamos los frutos y tomábamos vino, me contaba de la vez que su marido, un millonario adicto al crack, había intentado ahogarla con una almohada. "No puedo creer que nos seas persa", me decía. "Yo no puedo creer que no seas Latina", le contestaba.  

A los doce ya sabía qué era lo que no quería. Así que se fue con los gitanos la madrugada que terminaron de levantar su campamento. Hacía frío y viajaron por muchos países hasta que los nazis los llevaron a un campo de concentración. Cuando salió se mudó a Nueva York y se casó con una italiana. Tuvieron un hijo que, a los diecisiete, se fue a vivir a la Argentina, se casó con una local y tuvo un hijo. Ahora todos apuestan sobre el destino que elegirá él cuando crezca. 

Aunque promedia abril, la casa rodante sofoca. "¿Vamos a tomar algo a la placita Sésamo?", pregunta él. "No; que van a caer chubascas", responde ella. Y salen a jugar al truco en las reposeras que tienen en la vereda. En una mano las cartas, en la otra un fernet, y un perro vagabundo se atreve a cagar en su living. Pero parece que no los molesta: parece que ese es su perro.

y?

te gustó?

cuando nadie me ve

cosas que hago en el trabajo cuando nadie me ve:
-bailo en el ascensor y me miro en los espejos. con el efecto infinito me imagino que estoy en un video disco (hago pasos acorde).
-camino por el pasillo como un robot (esto me gusta especialmente si voy atrás de alguien).
-trabo el shredder a propósito porque me gusta destrabarlo.
-cuando oigo que se abre la puerta del ascensor enciendo la cámara y espío quién es (por lo general, antes de tocar el timbre la gente se toca la nariz. pero ayer vi cómo un repartidor que nunca recibe propina abrió la bolsa que traía, abrió el envase de ensalada y le puso una dosis de su aceite especial).
-reciclo todo lo reciclable: vacío cápsulas usadas de café y las guardo para mi instalación. también relleno botellas de agua mineral con agua de la canilla: una vez que se enfría nadie nota la diferencia.
amo mi trabajo.

martes, 13 de abril de 2010

some sunny day baby



venía escuchando esto cuando abrí la oficina y por culpa de las corridas, del ritmo y de mi bailecito subí tan fuerte las persianas que unas se trabaron y tuve que llamar a la compañera alta y con tacos para que me asistiera...

some sunny day baby
when everything seems okay baby
you'll wake up and find out you're alone
cause i'll be gone
gone gone gone
really gone
gone gone gone cause you done me wrong

Lulu y Lina Mordecay

Martes lento en la oficina de Corrientes y Alem. Lulu y Lina Mordecay chatean de un escritorio al otro, aunque están separados por dos centímetros de aire y pueden verse las caras. No tienen nada que hacer pero no hablan porque no quieren que se den cuenta los demás, que no paran de pasar, veloces, desde sus asientos hasta la sala de reuniones, donde están armando una presentación urgente. Después de todo es semana santa y en pocas horas empiezan las mini vacaciones y no piensan quedarse ni un rato más de lo indispensable en el trabajo. Después de todo, son las chicas nuevas en la agencia y nadie las considera parte del equipo: para qué empezar ahora.

 

Lulu says: DESPUÉS DE DECIR "BUENASSSS TARDESSSSSS" ME ACUERDO DE QUE MEJOR NO DECIRLO...

Lina Mordecay says: por qué? entonces qué decimos? podemos decir HOLAAAAAAA?? tipo gasalla?

Lulu says: BUONA NOTTE

Lina Mordecay says: porque lo normal sería decir agencia. pero mejor no dar demasiada información

Lina Mordecay says: yo quiero decir hola y tutear a todo el mundo

Lulu says: YO DIRÍA ¿QUIÉN ES?

Lina Mordecay says: como en tu casa

Lulu says: y vos podés decir "quién sos"... y seguís tuteando.

Lina Mordecay says: jajajajaja. me estás haciendo reír de vuelta. se van a dar cuenta de que estamos al pedo.

Lina Mordecay says: quién dijo que hay que decir bs días y bs tardes?

Lulu says: me lo inventé solita...

Lina Mordecay says: paso de la risa al ronquido. toy muerta

Lina Mordecay says: me estás diciendo de en de veras que inventaste esa estupidez? entonces ya mismo empiezo a decir hola. porque mirá: siempre escucho y decís bs días y como no contestan gritás HOLA! y ahí perdés toda la finura que tenías con el bs días. con el buens días no saben si saludarte, decir su nombre o cortar!

Lulu says: y si siguen sin contestar y les digo PERO LA PUTA MADRE QUIÉN MIERDA LLAMA????

Lina Mordecay says: juaz

Lulu says: SEGUÍ RONCANDO, YO ESTOY POR EMPEZAR A FUMAR...

Lina Mordecay says: no, quedate ahí sentadita sin llamar la atención que son las 5.25 y nos vamos en 35!!

Lulu says: todavía no me decido qué fumar..

Lina Mordecay says: lechuguita

Lulu says: espero q venga rápido el kiosco con los puchos

Lina Mordecay says: además si te comprás una tortuga comparten

Lulu says: albóndigas envenenadas!!

Lina Mordecay says: yo tb toy esperando pero al de la moto para llevar una bolsita

Lulu says: creo q se va a morir de hambre el bicho... me sobró remolacha, querés?

Lina Mordecay says: qué asco. 

 

(suena el teléfono. Lulu dice "hola" riéndose después de un silencio largo).

Lina Mordecay says: TE TENTASTE!!!

Lulu says: me van a rajar

Lina Mordecay says: jjijijijijijij

(Lulu llama a Lina Mordecay por teléfono pero no pueden hablar de tanta risa y cortan. Lina Mordecay saca de su cajón un pañuelo de papel para secarse el rímel que le correa hasta los cachetes).

Lina Mordecay says: nunca había perdido la compostura tan rápido en un trabajo - esta vez sólo me duró 3 días!

Lulu says: entonces nos van a rajar a las dos.

Lina Mordecay says: mientras no sea después de las 6… 

Lulu says: ME MATOOOOOOOO

Lina Mordecay says: qué pasó?!

Lulu says: Salvador me copió en un mail de una reunión que hay el jueves a las 14.30!!!!!!!!!! whattttttt????????????

Lina Mordecay says:  NOOOO!!!!!!!!! con quién?!

Lulu says: con una lucrecia sánchez. quién es?

Lina Mordecay says:  vamos a la escalera y lloramos juntas. esa tipa vino el otro día

Lulu says: quiero llorarrrrrrrrrrrrrrrrrrr

Lina Mordecay says: llamalo a salvador y decile "pero este jueves o el otro? este es jueves santo"

Lulu says: pero si él se va mañana

Lina Mordecay says:  preguntale

Lulu says: no entiendo!

Lina Mordecay says:  o preguntale a su secretaria que para algo está

Lulu says: me matooooo

Lina Mordecay says:  quizás se va y vuelve en el día!

Lulu says: vos decís?

Lina Mordecay says:  no sé! es todo muy raro

Lulu says: si es rarísimoo!

Lina Mordecay says:  igual lucrecia sánchez estuvo el otro día. y parecía algo más de organización de la agencia que creativo.

Lulu says: ah bueno

Lina Mordecay says: y vestía muy formal. seguro te lo mandó para que se la canceles!!! cancelala ya!

Lulu says: me mato boluda

Lina Mordecay says: yo tb

Lulu says: debe ser de la obra social o administración o algo así

Lina Mordecay says: no parecía

Lulu says: jajajajja

Lina Mordecay says: era más onda chicha, la que trae ropa para vender

Lulu says: si? jajaja. bueno voy a averiguar bien

Lina Mordecay says: dale, que quiero saber. no sea cosa que tengamos que venir todos el jueves santo

Lulu says: Ah nooooooo soy una boluda estoy leyendo mails viejos, jajajajjajaja

Lina Mordecay says:  qué idiota que sos!!!!

Lina Mordecay says:  jajajajajaja

Lina Mordecay says: jajajajajaajajajjaja. me descostillo

Lulu says: qué tarada

Lina Mordecay says: es que estamos muy paranóicas con lo del jueves

Lulu says: sí qué alivio

lunes, 12 de abril de 2010

enfermera legal prepara muestra de arte basura

secretaria legal pica papel en el shredder
secretaria legal estornuda y la máquina se come la pila equivocada
secretaria legal debe buscar un tramontina para practicar cirugía en máquina
alguien pretende ayudarla pero tose y ella sabe que nadie conoce a esa máquina traicionera como ella
two of a kind.
pasa un señor como un saco de mocos
y una mujer se queja de un dolor de huesos
enfermera legal ofrece remedios
enfermera legal reparte pastillas
-¿tomo la violeta o la naranja? –alguien desconfía
(la naranja)
-la violeta. tomá de las violetas, dos.
enfermera legal prepara tres tés
antes de seguir sacando fotocopias
llamando por teléfono
abriendo la puerta
juntando envases
reciclando desechos
preparando su exposición
de arte basura.

fui a cerrar la persiana

un poco temprano, ya sé. pero hay mosquitos que si tuvieran orejas pensaría que son dumbos. y me encontré con este cielo de estrías. después llegaron las estrellas y la brisa, y ahora sé que en un rato la noche va a empezar en mi terraza.  

sábado, 10 de abril de 2010

passion fruit

en tu invierno
fui jugo de mburucuyá
un mango amarillo
una siesta de hamaca

tortuga nueva
fui tierna por dentro
luciérnaga
me esperaste de noche

las olas nos mecieron
la luna iluminó
la arena fue un arrullo
el viento un pequeño vals

cuando llegó mi invierno
renaciste como un vampiro
la magia del fénix no anduvo
y ahora
cuando no hay nubes
titilando
te espío desde el cielo

jueves, 8 de abril de 2010

Comportamiento animal

Dingdong y los dinosaurios

“Maaa, me pasás esa caja de animales” enuncia Dingdong, y yo se la bajo de un estante alto, tan alto que tengo que pararme sobre su camita. La caja es un táper transparente con algunos stickers que los chicos pegaron para adaptarla a su mundo. La caja hace tiempo que perdió su tapa, que era amarilla, y que jamás sirvió porque los animales nunca entraron en la caja y desde el primer día asomaban trompas, cuernos y pezuñas de plástico por los bordes. “¡Me da miedo! ¡Sacalo!”. Un dinosaurio de dientes feroces y piel naranja lo asusta. El dinosaurio es chiquito y hasta hace poco formaba parte de su elenco estable de juguetes. Sin embargo por algún motivo hoy lo aterra. “Tiralo a la basura” suplica u ordena, y me lo llevo a la bolsa violeta que guardo en el ropero de los abrigos donde viven, por turnos, diferentes juguetes: un robot, una muñeca, un auto azul, y ahora el dinosaurio dientudo. “Ese tigre no me gusta. Tiralo a la basura también”. Y el tigre se suma al dinosaurio en la bolsa violeta. A los diez minutos la bolsa revienta de dinosaurios, tigres y un león. Sólo se salvan de la suerte a la que fueron condenados saurios y felinos un leopardo que se parece a nuestro gato y un dinosaurio que Dingdong concluye está sonriendo.
-¿Los tiraste a la basura o los escondiste?
-Los tiré.
-¿O están en el ropero?
-No te preocupes. No están más.
-¿Están en la basura?
-Sí.
-Voy a ver.
-Ya saqué la bolsa a la calle.
-¿Vamos a ver?
-Ya pasó el camión.
-¿Y se llevó los dinosaurios?
-Sí, y también los tigres.
-¡Pero yo los quiero! ¿Por qué los tiraste?
-Porque me pediste.
-Pero ahora los quiero.
-Bueno, no llores, que los hago aparecer de vuelta.
-Ah ah ah mi mamá es muy buena.
-Acá están.
-...
-Tomá.
-¡Pero me dan mucho miedo! ¡Tiralos! ¡Tiralos!
-¿Sabés que cuando eras muy bebé te decía Dino?
-¡Me da miedo! ¿Y qué es eso?
-Lagartijas.
-¿Lagartijas o pestañas?
-Son lagartijas.
-¿Y por qué las colas dan vueltas?
-Porque así son.
-¿Son ratas?
-No, lagartijas.
-¿Y qué son ratas?
-Como ratones pero más grandes.
-¿Son ratas que muerden?
-A veces muerden.
-Ahhh... me gustan las ratas. Son mis amigas las ratas.


Papa y las cotorras
Ahora estamos en el río y papá juega con Dingdong sentado en los escalones que miran al agua. La marea está baja y hay un camalote encallado contra las piedras, enredado en tres llantas de autos. La isla de pasto y algas alberga una comunidad de grillos que cantan y cantan y cantan como lucecitas de navidad. Papá y Dingdong juntan semillas de paraísos.
-Papa, mirá cuántas pelotitas junté.
-¡Cuántas! ¡Tenés un montón!
-¡Sí! ¡Tengo muchísimas! ¡Millones! ¡Como los millones de platas que tenés vos!
-A ver, prestame algunas... –y las tira para arriba, al árbol cargado de cotorras. Las cotorras, todas, las trescientas cuarenta y dos, se vuelan, gritando indignadas. Dingdong se tira al piso de la risa, y su abuelo vuelve a juntar las semillas. Miran el río, miran el camalote, mientras las carcajadas se van calmando. Las cotorras vuelven a posarse en el paraíso y esperan gritando como monos en plena pelea de Montescos y Capuletos.
-Que tu hija es una pésima esposa -acusa una.
-Que tu hijo estuvo con esa otra, con la verdecita –se defiende la otra.
-¡Qué decís, estúpida, si somos todas verdes!
Y justo cuando las dos familias suben el calor de sus cotorreos, Papa vuelve a tirar un puñado de bolitas. Las cotorras gritan más fuerte y salen volando. Dingdong se ríe y ayuda a papá a juntar más semillas, mientras las aves vuelven a sentarse en las ramas, a continuar su pelea familiar. Y así pasan la tarde mi hijo, mi padre y las cotorras.


Paula y las cucarachas
-¿Pero qué hiciste, querés matarme?
-Tuve que vaciar un Raid entero, porque moví las plantas y mirá todas las cucarachas que salieron, se nos van a meter en la casa.
-¿Pero de dónde salieron? En serio, Paula, nos vamos a intoxicar.
-Moví el Liquidámbar y mirá, son enormes.
-Sí, de jardín.
Dos días más tarde del ataque de la vecina, las cucarachas empiezan a entrar en mi casa. Sólo vienen a morir, aunque me da miedo que alguna, antes de pasar al más allá, descargue sus huevos en el más acá.



El gato y la noche
No sé nada sobre gatos. No me gustaban nada, hasta que Dingdong le abrió la puerta al que ahora es mi mascota. Tan poco sé que el veterinario tuvo que decirme que era hembra y que no estaba embarazada, sino que tenía la vejiga llena. No sabemos todavía si está castrada o si nos va a dar cría en poco tiempo. Lo que sí sé es que mi gata, que se llama Gatito Teté, está loca.
El primer signo de su trastorno es que me reconoce a mí como su dueña. Cuando llego a casa después de todo el día en el trabajo baja las escaleras corriendo y gritando y se me enrosca en las piernas mientras ronronea, la toque o no la toque. Después me habla con diversos tonos de voz, yo creo que me pregunta cómo fue mi día. Le pregunto cómo estuvo el suyo, si durmió mucho, y le sirvo más comida y más agua. La otra tarde, en un ataque de amor, empezó a lamerme la mano y hasta ahí llegó mi simpatía: le dije “qué asco tu lengua, Gatito” y saqué la mano. “¿Miau?”. Y se fue a su escalón preferido, desde donde asoma la cabeza y nos mira.
Hace dos noches, justo después de la luna llena, el Gatito Teté empezó a correr. Corrió de arriba a abajo y de abajo a arriba, después corrió en círculos en la oficina, se colgó del espejo, y terminó corriendo por la terraza. Cuando quiso entrar de vuelta, no frenó ni calculó bien las distancias, y se dio el morro contra la reja. Pero eso no la frenó: reculó y volvió a arremeter, esta vez acertando. El tramo final de su carrera era mi cama: vino como un rayo, saltó y dio más y más vueltas a toda velocidad sobre el acolchado blanco.
Por suerte el ataque sólo le duró una noche. Ahora sólo me despierta todas las madrugadas a las cuatro, parada en mi almohada haciendo ruidos extraños. Cuando abro los ojos maúlla y llora hasta que la acompaño a la cocina para que termine la comida que apartó para esta hora, que pasamos las dos juntas y solas entre tinieblas.

Your horoscope for April 8, 2010

In general, you have problems trusting people who are very demonstrative with their feelings, Cecilia. Today, you might be thinking about your own imperfections. You may feel like taking your personality apart bit by bit, and you'll probably be better off doing it alone... if not, other people could feel your wrath! But try not to be too hard on yourself. And don't forget about the people that love you!

 

Lo que mi pronóstico debería decir hoy es:

Pese a todos tus intentos de que el día fluya armoniosamente, Cecilia, hoy todo va a ser una mierda. Primero, dos carriles de Santa Fe estarán cortados por repavimentación y bacheo. Habrá un tapón y llegarán al colegio veinte minutos tarde. Está muy bien que le compres algo en el kiosco a Dingdong, Cecilia. Pero por ceder a sus pedidos perderás algo muy importante: tu almuerzo, que incluirá sopa de calabaza y curry y tu termo preferido. Cuidado con el sandwich que compraste en el otro kiosco, Cecilia: porque aunque el vendedor asegure que acaba de recibirlo, verás que el pan tiene hongos.

Pero no te angusties: todo mejorará hacia la noche. Eso sí, recuerda no emborracharte porque mañana hay que trabajar.  

martes, 6 de abril de 2010

Crónica del cumpleaños que te perdiste por culpa de un GPS


Este año el domingo de Pascua cayó el mismo día que el cumpleaños de papá. Así que no hubo dudas de quién lo pasaba con quién, si con la familia de origen o con la familia política, y todos los que están liados con nosotros tuvieron que ir a la casa de mis padres.
Tempranito y con sólo una hora de sueño encima, Amakeo se levantó y fue a la terraza del edificio, cargando la nueva parrilla (comprada doce horas antes) y copiosos y diversos cortes de carne. Desde chorizos bombón hasta tira de asado, morcillas y bondiola. Un banquete argentino.
Ya hace años que papá intenta convencer al consorcio para que no le veten la pequeña construcción que quiere hacer seguido a lo que era mi cuarto amarillo, sobre el techo de la estructura contravencional que hicieron los del tercero. Él sólo pretende levantar unas paredes con cañas, emparejar el piso y montar una parrilla. ¿Por qué no lo dejan? ¿A quién le molesta? A los envidiosos del cuerpo de atrás del edificio, que odian a los del cuerpo del frente porque tienen pisos enormes, en los que uno se pierde. Así que luego de años de probar y rebotar en las reuniones de consorcio, se acerca el día en el que va a aparecer la pared una mañana y nadie va a saber qué pasa detrás. Pero por ahora recurrimos a la terraza común, un domingo temprano, mientras todos duermen. ¿A alguien le molesta nuestra avanzada sobre el sexto? No lo sabemos. Pero la vecina de ese piso aprueba nuestro accionar (ella cocina para afuera y suele ocupar los espacios comunes del edificio con sus ollas y bandejas) y procedemos.
La parrilla nueva tiene rueditas y varios ladrillos reflectantes que papá se llevó de Easy sin pagar porque tenían un cartelito que decía “ladrillos opcionales”. En la caja el chico que cobraba le preguntó si los compraba y él le dijo que no, que eran opcionales, y que él optaba por llevárselos. Parece que al cajero le pareció bien la respuesta, porque no se los cobró, y así papá se robó sin robárselos los ladrillos reflectantes opcionales, fundamentales para el óptimo funcionamiento de la parrillita.
Desde las once y media sale humo de la parrilla y fernets de la cocina, y todos vamos yendo y viniendo, subiendo y bajando para hacerle compañía al asador, que por momentos es uno y de a ratos el otro, y muchas horas más tarde, después de que los chicos juegan a una búsqueda del tesoro que les preparó la abuela, después de que encuentran el huevo de Pascua gigante que mandó una amiga, después de que nos comemos casi todo el pan y escondo otros huevitos bajo almohadones y en cajoncitos del living, comemos.
Faltan Nina Rosso y Mr. Grosso y su hija, siempre fashionably late, que en vez de a la una llegan a las dos y media pero traen una tarta de ciruelas y otras cosas como excusa que no necesitan usar y las guardan para otra vez. También falta Orlic, que decidió probar el GPS que le regalamos entre todos a papá, lo puso en su auto y lo probó para llegar desde su casa a la de todos, son sólo once cuadras pero quiere probarlo de todas formas para demostrar que él sabe más que la computadora, y cuando sale del garaje la voz femenina le dice que debe doblar a la izquierda y él responde ninguna mujer me va a decir a mí por dónde ir, y claro, dobla a la derecha y choca, porque la calle corre hacia la izquierda, y se atrasa y llega después de que Elnegro terminó las morcillas que convirtió una a una en morcipán.
Mientras comemos infinitas fuentes de carne y vaciamos inacansables botellas de vino hablamos, claro, del fin del mundo. Que unos amigos míos están construyendo búnkers debajo de las sierras en Córdoba y que yo prefiero morirme en el fin del mundo antes que sobrevivir y tener que luchar contra los zombies por un pedazo de pan. Angelita que prefiere sobrevivir porque después del fin del mundo viene un nuevo renacer, “como Adán y Eva”, dice, y a ella le encantaría experimentar a la humanidad en su estado más puro. En respuesta a eso Orlic eructa y Nina Rosso dice que si la Tierra mueve su eje veinticinco grados como dijo la Virgen en el powerpoint, mejor estar en la Antártida y no en Córdoba, porque los hielos se van a derretir y va a aparecer tierra virgen y nueva, y ellos van a plantar cosas macrobióticas y las van a comer en armonía con la naturaleza. Repito, para que no queden dudas, que prefiero morir en el mismo fin del mundo.
R dice que es todo una sarta de idioteces y Angelita le pregunta si no siente algo, que algo se acerca, inevitablemente. Él le contesta que siempre la gente siente eso, que en California en los ochentas sabían, ¡sabían! que iba a venir la bomba y también el Big One, que podía ser dentro de mil años o ¡mañana! y vivían con esa certeza y sin embargo acá estoy, en Buenos Aires, encerrado con ustedes manga de locos, pero esto último no lo dice, sino que lo piensa, y Angelita pierde el debate.
Entonces Elnegro termina el último morcipán y está listo para hablar: “Qué raro la Virgen que mandó ese powerpoint, no, porque dice que la furia de Dios y que no miren por la ventana ni dejen entrar a nadie en su casa... poco cristiano el mensaje”. Angelita dice que los papas cuando leían el tercer secreto de la Virgen se descomponían y que era por eso, por ese powerpoint, que ella también se había descompuesto un poco, casi, y que más bien que ella quiere sobrevivir al fin del mundo y yo le digo que está loca, que pelear con los animales y los zombies por un vaso de vino, dejate de joder nena.
Mamá ve que es el momento de intervenir y dice: “Son unos idiotas. Lo del secreto de la Virgen no es lo del powerpoint. El secreto era que alguien iba a atentar contra Juan Pablo II. Y eso ya pasó, y no se murió de eso, y fin”. Y con eso nos arruina el tema de conversación: nos quedamos mudos y ella aprovecha: “¿Le damos el regalo?” “¡Regalito! ¡Regalito!” grita alguien, y mamá trae la torta que tiene una velita amarilla y todos cantamos, los chicos soplan, hay que encender muchas veces la velita porque todos quieren volver a soplar, nos sacamos fotos, saludamos, volvemos a cantar y a encender y a soplar la velita. El regalo le gusta, le encanta, es el juguete perfecto. El huevo gigante de Pascua tiene un montón de sorpresas adentro: una libretita, un corazón, un patito, cinco bombones enormes y otras cosas que terminan desparramadas por la mesa, entre las fuentes llenas de huesos y las botellas vacías. Y cuando todos estamos cansados de tanto comer Nina Rosso y Angelita preguntan quién quiere café y quién necesita un té digestivo y varias manos se levantan y mis hermanas se van a la cocina a preparar todo y cuando vuelven con las bandejas humeantes son pasadas las tres de la tarde y nos tiramos en los sillones del living.
No sé cómo empieza una pelea de géneros, mujeres contra varones, alguna estupidez habrán hecho ellos, y decimos que por qué no jugamos a algo, y digo que en mi equipo tienen que estar mis hermanas, porque así siempre ganamos, las tres hacemos trampa como mamá y somos bastante alevosas pero los hombres, como papá, nunca se dan cuenta de nada. “Al Pictionary” dice alguien, y Nina Rosso y yo nos guiñamos los ojos al mismo tiempo porque recordamos un verano en Mendoza cuando teníamos quince y dieciséis y jugamos a ese juego y las chicas mendocinas no podían creer nuestra telepatía de hermanas cuando una de nosotras dibuja una línea y la otra ya está diciendo “¡Tailandia!” y como no se dan cuenta de que la que dibuja le dijo la palabra al oído a la otra, les explicamos que tenemos tantos años de vivencias compartidas que basta una línea para remitirnos a un viaje que nunca hicimos a Asia.
Pero este domingo el Pictionary no aparece en ninguno de los lugares, entramos cuatro veces al cuarto donde alguien intenta dormir la siesta y no está, y todos estamos tan entusiasmados que alguien propone que juguemos a dígalo con mímica, hay que adivinar películas, y Elnegro dice que es el juez y que no valen cosas viejas que sólo pasen por Volver y todos estamos de acuerdo y las mujeres empezamos a reírnos como maniáticas y a saltar porque ya sabemos las películas que les vamos a decir a los varones, ya nos imaginamos a papá bailando como la novicia rebelde y nos da un poco de lástima, pero de eso de trata la cosa: de que pase un feliz cumpleaños.
La primera que pasa es Nina Rosso, la actriz de la familia. Los hombres son perros salvajes que dejan de relamerse cuando ella gesticula “vení” y mamá grita “Ben Hur!”. Después Angelita debe actuar Querida encogí a los niños. Dice con los dedos que son cinco palabras y que va a hacer la segunda. Separa sus manos mucho, todo lo que puede, y después las acerca y yo grito “¡Querida encogí a los niños!” y los varones se ponen como locos, que pensaban que no íbamos a sacarla a esa. Cuando es mi turno, ellos se ríen con maldad porque saben que ahora nos tienen acorraladas, y me dicen la película en la que yo había estado pensando mucho dos días antes, yo muestro doce dedos y después hago que me ahorcan y mamá grita los doce del patíbulo y al final les ganamos por un punto porque decidimos darles películas no que sean difíciles pero que sean divertidas de actuar. Papá baila como Julie Andrews y después finge arrancarse los pelos y un ataque al corazón y el juez levanta la mirada del diario que lee y donde anota con un marcador indeleble negro los puntos de los dos equipos y dice “déjenlo que está actuando” y alguien adivina Mujeres al borde de un ataque de nervios en el último segundo y Angelita dice que si viniera el fin del mundo podríamos pasar así las ocho horas del terremoto y Elnegro dice que si pasa eso él mira por la ventana y todos nos divertimos mucho y nadie hace trampa y después de la última actuación brillante de Nina Rosso (simula atarse los zapatos y alguien chilla “Avatar”) se hacen las seis de la tarde y cuando suena el portero eléctrico nos damos cuenta de que llegan visitas a tomar el té y la casa es un desastre y todos corremos a ordenar.
Por suerte somos cinco mil y en lo que el ascensor tarda en viajar desde la planta baja hasta el cuarto piso levantamos la mesa, lavamos los platos, ordenamos las sillas, sacudimos el mantel en la escalera, volvemos los sillones del living y sus almohadones a sus lugares, barremos el piso, nos peinamos, nos ponemos los zapatos, Nina Rosso le da la teta a su hija, yo armo un rompecabezas con los míos y mamá hornea otra torta.
Cuando las visitas entran nada podría darles una pista de la fiesta que acabamos de tener. Incluso nosotros parecemos normales y saludamos más educados que de costumbre y nos sentamos a la mesa a tomar el té con medialunas. Nadie eructa ni tira comida por el aire y seguimos conversaciones normales en las que preguntamos por nietos, trabajos y cómo pasaron la Semana Santa.  


sábado, 3 de abril de 2010

lunes lunar


la luna está redonda y con ganas de salir a jugar

toda la noche me llama

por las ventanas infinitas de mi cuarto

amarillo y con monedas

doradas

pegadas y peces

de colores

pintados

en las paredes


el calor no se cansa y mi cama cruje

y exhala su olor a mimbre

el piso frío

refleja la luna

cada vez que abro lo ojos en una ventana distinta

a cada hora en una baldosa diferente

primero una blanca

luego una marrón

después otra blanca

y es el único consuelo

en ese otoño estival

donde nada está donde espero

donde nadie hay donde quiero

jueves, 1 de abril de 2010

Basta de cagarse en mí

Hoy en el río, mientras la abuela les inventa a los chicos un cuento sobre un árbol en el que viven muchas familias de ardillas muy diversas, las cotorras del árbol real, el que me da sombra a mí, descargan una lluvia de cagadas sobre todo mi cuerpo. Mierda!