martes, 6 de abril de 2010

Crónica del cumpleaños que te perdiste por culpa de un GPS


Este año el domingo de Pascua cayó el mismo día que el cumpleaños de papá. Así que no hubo dudas de quién lo pasaba con quién, si con la familia de origen o con la familia política, y todos los que están liados con nosotros tuvieron que ir a la casa de mis padres.
Tempranito y con sólo una hora de sueño encima, Amakeo se levantó y fue a la terraza del edificio, cargando la nueva parrilla (comprada doce horas antes) y copiosos y diversos cortes de carne. Desde chorizos bombón hasta tira de asado, morcillas y bondiola. Un banquete argentino.
Ya hace años que papá intenta convencer al consorcio para que no le veten la pequeña construcción que quiere hacer seguido a lo que era mi cuarto amarillo, sobre el techo de la estructura contravencional que hicieron los del tercero. Él sólo pretende levantar unas paredes con cañas, emparejar el piso y montar una parrilla. ¿Por qué no lo dejan? ¿A quién le molesta? A los envidiosos del cuerpo de atrás del edificio, que odian a los del cuerpo del frente porque tienen pisos enormes, en los que uno se pierde. Así que luego de años de probar y rebotar en las reuniones de consorcio, se acerca el día en el que va a aparecer la pared una mañana y nadie va a saber qué pasa detrás. Pero por ahora recurrimos a la terraza común, un domingo temprano, mientras todos duermen. ¿A alguien le molesta nuestra avanzada sobre el sexto? No lo sabemos. Pero la vecina de ese piso aprueba nuestro accionar (ella cocina para afuera y suele ocupar los espacios comunes del edificio con sus ollas y bandejas) y procedemos.
La parrilla nueva tiene rueditas y varios ladrillos reflectantes que papá se llevó de Easy sin pagar porque tenían un cartelito que decía “ladrillos opcionales”. En la caja el chico que cobraba le preguntó si los compraba y él le dijo que no, que eran opcionales, y que él optaba por llevárselos. Parece que al cajero le pareció bien la respuesta, porque no se los cobró, y así papá se robó sin robárselos los ladrillos reflectantes opcionales, fundamentales para el óptimo funcionamiento de la parrillita.
Desde las once y media sale humo de la parrilla y fernets de la cocina, y todos vamos yendo y viniendo, subiendo y bajando para hacerle compañía al asador, que por momentos es uno y de a ratos el otro, y muchas horas más tarde, después de que los chicos juegan a una búsqueda del tesoro que les preparó la abuela, después de que encuentran el huevo de Pascua gigante que mandó una amiga, después de que nos comemos casi todo el pan y escondo otros huevitos bajo almohadones y en cajoncitos del living, comemos.
Faltan Nina Rosso y Mr. Grosso y su hija, siempre fashionably late, que en vez de a la una llegan a las dos y media pero traen una tarta de ciruelas y otras cosas como excusa que no necesitan usar y las guardan para otra vez. También falta Orlic, que decidió probar el GPS que le regalamos entre todos a papá, lo puso en su auto y lo probó para llegar desde su casa a la de todos, son sólo once cuadras pero quiere probarlo de todas formas para demostrar que él sabe más que la computadora, y cuando sale del garaje la voz femenina le dice que debe doblar a la izquierda y él responde ninguna mujer me va a decir a mí por dónde ir, y claro, dobla a la derecha y choca, porque la calle corre hacia la izquierda, y se atrasa y llega después de que Elnegro terminó las morcillas que convirtió una a una en morcipán.
Mientras comemos infinitas fuentes de carne y vaciamos inacansables botellas de vino hablamos, claro, del fin del mundo. Que unos amigos míos están construyendo búnkers debajo de las sierras en Córdoba y que yo prefiero morirme en el fin del mundo antes que sobrevivir y tener que luchar contra los zombies por un pedazo de pan. Angelita que prefiere sobrevivir porque después del fin del mundo viene un nuevo renacer, “como Adán y Eva”, dice, y a ella le encantaría experimentar a la humanidad en su estado más puro. En respuesta a eso Orlic eructa y Nina Rosso dice que si la Tierra mueve su eje veinticinco grados como dijo la Virgen en el powerpoint, mejor estar en la Antártida y no en Córdoba, porque los hielos se van a derretir y va a aparecer tierra virgen y nueva, y ellos van a plantar cosas macrobióticas y las van a comer en armonía con la naturaleza. Repito, para que no queden dudas, que prefiero morir en el mismo fin del mundo.
R dice que es todo una sarta de idioteces y Angelita le pregunta si no siente algo, que algo se acerca, inevitablemente. Él le contesta que siempre la gente siente eso, que en California en los ochentas sabían, ¡sabían! que iba a venir la bomba y también el Big One, que podía ser dentro de mil años o ¡mañana! y vivían con esa certeza y sin embargo acá estoy, en Buenos Aires, encerrado con ustedes manga de locos, pero esto último no lo dice, sino que lo piensa, y Angelita pierde el debate.
Entonces Elnegro termina el último morcipán y está listo para hablar: “Qué raro la Virgen que mandó ese powerpoint, no, porque dice que la furia de Dios y que no miren por la ventana ni dejen entrar a nadie en su casa... poco cristiano el mensaje”. Angelita dice que los papas cuando leían el tercer secreto de la Virgen se descomponían y que era por eso, por ese powerpoint, que ella también se había descompuesto un poco, casi, y que más bien que ella quiere sobrevivir al fin del mundo y yo le digo que está loca, que pelear con los animales y los zombies por un vaso de vino, dejate de joder nena.
Mamá ve que es el momento de intervenir y dice: “Son unos idiotas. Lo del secreto de la Virgen no es lo del powerpoint. El secreto era que alguien iba a atentar contra Juan Pablo II. Y eso ya pasó, y no se murió de eso, y fin”. Y con eso nos arruina el tema de conversación: nos quedamos mudos y ella aprovecha: “¿Le damos el regalo?” “¡Regalito! ¡Regalito!” grita alguien, y mamá trae la torta que tiene una velita amarilla y todos cantamos, los chicos soplan, hay que encender muchas veces la velita porque todos quieren volver a soplar, nos sacamos fotos, saludamos, volvemos a cantar y a encender y a soplar la velita. El regalo le gusta, le encanta, es el juguete perfecto. El huevo gigante de Pascua tiene un montón de sorpresas adentro: una libretita, un corazón, un patito, cinco bombones enormes y otras cosas que terminan desparramadas por la mesa, entre las fuentes llenas de huesos y las botellas vacías. Y cuando todos estamos cansados de tanto comer Nina Rosso y Angelita preguntan quién quiere café y quién necesita un té digestivo y varias manos se levantan y mis hermanas se van a la cocina a preparar todo y cuando vuelven con las bandejas humeantes son pasadas las tres de la tarde y nos tiramos en los sillones del living.
No sé cómo empieza una pelea de géneros, mujeres contra varones, alguna estupidez habrán hecho ellos, y decimos que por qué no jugamos a algo, y digo que en mi equipo tienen que estar mis hermanas, porque así siempre ganamos, las tres hacemos trampa como mamá y somos bastante alevosas pero los hombres, como papá, nunca se dan cuenta de nada. “Al Pictionary” dice alguien, y Nina Rosso y yo nos guiñamos los ojos al mismo tiempo porque recordamos un verano en Mendoza cuando teníamos quince y dieciséis y jugamos a ese juego y las chicas mendocinas no podían creer nuestra telepatía de hermanas cuando una de nosotras dibuja una línea y la otra ya está diciendo “¡Tailandia!” y como no se dan cuenta de que la que dibuja le dijo la palabra al oído a la otra, les explicamos que tenemos tantos años de vivencias compartidas que basta una línea para remitirnos a un viaje que nunca hicimos a Asia.
Pero este domingo el Pictionary no aparece en ninguno de los lugares, entramos cuatro veces al cuarto donde alguien intenta dormir la siesta y no está, y todos estamos tan entusiasmados que alguien propone que juguemos a dígalo con mímica, hay que adivinar películas, y Elnegro dice que es el juez y que no valen cosas viejas que sólo pasen por Volver y todos estamos de acuerdo y las mujeres empezamos a reírnos como maniáticas y a saltar porque ya sabemos las películas que les vamos a decir a los varones, ya nos imaginamos a papá bailando como la novicia rebelde y nos da un poco de lástima, pero de eso de trata la cosa: de que pase un feliz cumpleaños.
La primera que pasa es Nina Rosso, la actriz de la familia. Los hombres son perros salvajes que dejan de relamerse cuando ella gesticula “vení” y mamá grita “Ben Hur!”. Después Angelita debe actuar Querida encogí a los niños. Dice con los dedos que son cinco palabras y que va a hacer la segunda. Separa sus manos mucho, todo lo que puede, y después las acerca y yo grito “¡Querida encogí a los niños!” y los varones se ponen como locos, que pensaban que no íbamos a sacarla a esa. Cuando es mi turno, ellos se ríen con maldad porque saben que ahora nos tienen acorraladas, y me dicen la película en la que yo había estado pensando mucho dos días antes, yo muestro doce dedos y después hago que me ahorcan y mamá grita los doce del patíbulo y al final les ganamos por un punto porque decidimos darles películas no que sean difíciles pero que sean divertidas de actuar. Papá baila como Julie Andrews y después finge arrancarse los pelos y un ataque al corazón y el juez levanta la mirada del diario que lee y donde anota con un marcador indeleble negro los puntos de los dos equipos y dice “déjenlo que está actuando” y alguien adivina Mujeres al borde de un ataque de nervios en el último segundo y Angelita dice que si viniera el fin del mundo podríamos pasar así las ocho horas del terremoto y Elnegro dice que si pasa eso él mira por la ventana y todos nos divertimos mucho y nadie hace trampa y después de la última actuación brillante de Nina Rosso (simula atarse los zapatos y alguien chilla “Avatar”) se hacen las seis de la tarde y cuando suena el portero eléctrico nos damos cuenta de que llegan visitas a tomar el té y la casa es un desastre y todos corremos a ordenar.
Por suerte somos cinco mil y en lo que el ascensor tarda en viajar desde la planta baja hasta el cuarto piso levantamos la mesa, lavamos los platos, ordenamos las sillas, sacudimos el mantel en la escalera, volvemos los sillones del living y sus almohadones a sus lugares, barremos el piso, nos peinamos, nos ponemos los zapatos, Nina Rosso le da la teta a su hija, yo armo un rompecabezas con los míos y mamá hornea otra torta.
Cuando las visitas entran nada podría darles una pista de la fiesta que acabamos de tener. Incluso nosotros parecemos normales y saludamos más educados que de costumbre y nos sentamos a la mesa a tomar el té con medialunas. Nadie eructa ni tira comida por el aire y seguimos conversaciones normales en las que preguntamos por nietos, trabajos y cómo pasaron la Semana Santa.  


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