viernes, 21 de mayo de 2010

noches de bar (dos)

Cuando Juno olía a Be sabías que era noche de bar. Además del perfume cítrico habría plataformas, pantalones violeta a la cadera, probablemente una boa de plumas y el ombligo a la vista, un ombligo largo y finito como el filo de una uña. Juno nunca estaría sola en una noche de bar: iría con Cora, en sus zapatillas verdes y sus jeans rotos, y con Lili, enfundada en su campera de cuero celeste.
Después de la medianoche las tres esperarían el colectivo, en ese conjuro universal para atraer colectivos: tabaco, fuego, colectivo. Uno, dos, tres. Juno, Cora, Lili. A, B, C. Triángulos perfectos, las tres marías, una estrella de tres puntas, dinámica indivisible más que por cada uno de sus miembros o por el total.
Cuando llegara el colectivo, las tres lo llenarían de expectativas, de risas, de noche. Y molestarían un poco al pasaje de trabajadores cansados, estudiantes dormidos, insomnes podridos. Igual las tres buscarían en los asientos alguna respuesta en unos ojos. Aunque no tuviera sentido. Porque ellas no se imaginaban sus destinos, ni podían verlos, porque en esas noches de bar sus destinos estaban tan lejos o tan cerca, demasiado lejos o demasiado cerca para poder verlos.
Todos tienen varias posibilidades de destinos, varios finales, y Cora se tropezó varias veces con ellos. Con uno, en una noche de bar, pero no se reconocieron. Con otro, una tarde de isla, y justo miraron los dos para el mismo lado y no pudieron verse. Una coronilla es una coronilla es una coronilla, y ella no lo reconoció a él. Juno, en cambio, después de pedirle fuego al suyo le derramó una cerveza en la espalda, sin querer. Él no se dio cuenta, de tanto calor y de tanto humo que había, y ella se hizo la tonta y siguió su camino, e hicieron falta como una década y tres destinos truncos más, tres caminos recorridos hasta el final cerrado, hasta el cul de sac, hasta el dead end, para que volvieran a encontrarse y esta vez se vieran. El destino de Lili estaba en un avión, en muchos viajes por el aire, en otros países donde siempre buscaría y donde siempre encontraría lo que buscaba, que cambiaba tan seguido, y vivía satisfecha de haber encontrado su pelusa azul en la torre Eiffel en 1999, su bolsa perfecta en el pasaje subterráneo de debajo de la 9 de Julio en 2001 durante una manifestación, su hombre especial en el norte de África en 2005.
Al llegar al bar le darían un beso al bouncer, sería el gordo Flash o el enano santiagueño campeón de box peso súper pulga, Flash le regalaría a Cora un chocolate Dos corazones y ella le leería el poema cursi que a él siempre le gustaba y ella era suave y no se burlaba. Adentro ya estarían Kika, Feli, Chita, Andy y el resto de los clientes habituales, todos con su ropa rota, desteñida y gastada, como cucarachas contra los oficinistas que aunque el happy hour hubiera terminado horas antes no atinaban a abandonar el after office y lidiaban con sus trajes, sus bolsos con computadoras y sus borracheras.
Cada vez que uno más del grupo cruzaba las cortinas pesadas de la puerta, los demás saltaban a saludarlos y aunque no sabían sus nombres verdaderos, los que a cada uno le habían puesto sus padres, esos que están en los documentos, era como si se conocieran desde siempre y no necesitaban organizar las citas porque todos lo sentían cuando era noche de bar, era como si escucharan un llamado mudo, como si vieran la luz de los Thudercats iluminando el cielo porteño con su forma roja de cara de gato.
-¿Vamos a dar una vuelta? –le grita Chita a Cora. Ella no lo oye porque la música está fuerte y ella baila parada sobre una de las mesas del fondo. Se agacha para oírlo. –Que si vamos a dar una vuelta.
-¡Dale! –Cora no puede decirle no a Chita; ni loca le diría no a Chita. Así que se deja conducir por él hacia la puerta, su mano helada en la suya tibia, y antes de salir al frío él la empuja contra la pared del pasillo que conduce al baño y la besa: primero en la boca, después en el cuello.
Chita no es alto, sino del mismo tamaño que ella. Es morocho y con ojos como carbones humeantes, y a Cora eso le gusta. En la calle caminan una cuadra en silencio, lado a lado. Después de cruzar, Cora da un saltito y se ubica un paso delante de él, se da vuelta y camina hacia atrás, cosa de seguir avanzando mientras lo mira y le habla. "¿Y a dónde vamos? ¿Un ratito a la plaza? ¿Nos trepamos al árbol? Tengo ganas de colgarme de una rama como un monito". Está nerviosa, divertida, le gusta la conquista. Con el frío y los nervios Cora tiembla un poco, y la plaza huele a las flores del gomero cuando están aplastadas contra el cemento y la tierra. La plaza huele a humedad dulce, la noche huele a estrellas. Mientras Cora se trepa a la rama más baja apoyándose en las manos de Chita, el motor de un auto interrumpe el silencio y el canto de dos grillos. Cuando ya están ubicados en la rama, Cora recostada contra el tronco y Chita sentado a su lado, con la mano descansando en el muslo de ella, empiezan a fumar. No hablan hasta que una mujer con un tapadito cruza la plaza.
-¿Qué hará callejeando a esta hora?
-Lo mismo que nosotros. Hay gente que no puede dormir.
-¿Aunque sea una viejita con un tapadito que estrenó en 1952?
-Fue más por el 60 te diría. Si fuera del 52 sería celeste.
-¿Como la bandera?
-Y la escarapela. Siempre me cayó bien la escarapela.
-A mí siempre me gustó mirar las ventanas, de noche. Hay pocas con luz.
-Allá, dos, y esa otra. Y muchas con rayos catódicos.
-Creo que no se llaman más así.
-Pero vos me entendés. Siempre me entendés, ¿no?
Y Cora le sonríe un sí y tira la colilla disparándola con la uña del índice, que tiene mal pintada de rojo con brillitos.
-¿Viste vampiros alguna vez?
-No nena, si no hay.
-Qué no...
-¿Vos viste?
-No, porque me hice la dormida. Pero vinieron a buscarme.
-What?
-Anoche. Yo estaba durmiendo... en realidad estaba despierta, justo me había despertado después de un sueño raro y oí un tic tic tic.
-¿Tic tac de reloj?
-No, Chita. Dije tic tic tic, de uña larga contra el vidrio. Contra una de las ciento veinte dos ventanitas de mi cuarto.
-Estarías soñando.
-No. Te juro que no y sigo un poco asustada. Era un vampiro. No. Eran dos vampiros.
-¿Cómo sabés? A que ni te animaste a correr la cortina.
-¡Obvio que no! ¡Si me veían me llevaban!
-¿Y cómo te van a llevar? ¿Volando?
-Ay no jodas Chita. ¡No jodas! Qué se yo cómo me iban a llevar. Pero supe que habían venido a eso. Así que me hice la dormida, respiré profundo como si estuviera soñando, hasta que no hubo más tic tic tics.
-¿Y después qué hiciste?
-¿Cómo qué hice? Seguí durmiendo, qué más voy a hacer.
-No sé... despertar a alguien... ¡llamar a la policía!
-¿Para qué?
-Para que te salven, seguro era un hombre araña.
-¡No jodas Chita! ¡Eran vampiros!
-Yo te adoro.
-¡¿Qué?!
-Me oíste. No seas mala conmigo.
-Nunca. Nunca. Te lo prometo.

Una hora más tarde, trece minutos después de que la viejita del tapadito rojo vuelva a cruzar la plaza en dirección inversa a la primera vez, ven pasar a la pandilla y Chita les tira una zapatilla. 
-¡Eh! ¡¿Qué hacen ahí arriba par de monos?!
Chita se descuelga de la rama y ayuda a Cora, que se da vuelta para terminar de abrocharse los pantalones.
-¿A dónde vamos?
-A bailar. Que ya son las cuatro. ¿Vienen, o se quedan haciendo monerías en el árbol?
Cora y Chita se ríen y se unen al grupo que se aleja por la plaza, charloteando y gritando, sabiendo que la noche les pertenece y que ellos le pertenecen a la noche. Y en una ventana la luz de un televisor se apaga.