miércoles, 22 de septiembre de 2010

Pubis al cenit

La primera vez fue en 1993, creo que por error. Yo tenía dieciocho años y me estaba meando encima. Los baños de El Dorado no tenían identificación en la puerta, o quizás sí pero no me fijé, y mujeres y hombres, vestidos de forma tradicional, disfrazados o travestidos entraban y salían por todos lados. La noche era confusa, y hasta había gente cogiendo en los reservados, y yo me metí en el baño de hombres y descubrí que era ideal, porque los inodoros estaban libres. Los hombres meaban en los mingitorios y tomaban merca en los lavatorios, dejando los dos compartimentos con inodoros libres para mí. Recuerdo que cuando terminé de mear, mientras me abrochaba los pantalones, esperé un segundo preguntándome si los tipos que me habían gritado cuando entré estarían esperando para atracarme a la salida. Pero no. Ya se habían olvidado de mí porque un travesti le mostraba las tetas a un tipo que le había prometido un gramo a cambio de tocarlas.

Después de esa noche, las filas interminables en los baños de mujeres y las indicaciones cada vez más originales (confusas) en las puertas marcaron un camino que para mí fue de ida. Porque cuando tengo que mear, tengo que mear. Nada de esperar a que tres amigas intercambien consejos de cómo evitar que las pantymedias se les bajen, ni que se pinten la boca ni que se empolven la nariz, ni que escriban promesas de mamadas junto al nombre y teléfono de su mejor amiga, todo escondiditas en el inodoro. Nada de ponerme a meditar sobre cuál color (verde o rojo) es una convención para qué género, ni nada.

¿Baño del cine, domingo a la tarde? Cincuenta viejas en la fila que van a dejar mal olor en el inodoro. En el de hombres, en cambio, nunca hay nadie. ¿Baño del bar, sábado de cervezas? Tres chicas esperando afuera del de mujeres, nadie en el de hombres. Entro, meo, salgo. Las mismas tres chicas esperan.

-El de varones está vacío, ¡vayan! –me miran con cara de miedo. Ellas se lo pierden: sus novios ya se están yendo con otras mientras ellas esperan, esperan, esperan a que se abra la puerta y las reciba el olor que dejó la que estuvo dos horas adentro con la puerta trancada.

Además, los baños de hombres suelen estar más limpios que los de mujeres. Tienen menos cosas escritas en las paredes y los mingitorios tienen bolitas de naftalina que creo que son para que ¿apunten?

viernes, 17 de septiembre de 2010

Rumba samba mambo

Buenos Aires, día 3

El miércoles es primavera y a la noche tenemos que leer en la muestra de los trenes. Hoy también mi vida es una autopista engrasada repleta de autitos chocadores. Un nado a toda velocidad corriente arriba, entre locos salmones multicolores. Las horas pasan pasan y se escurren y se van y soy la malabarista del semáforo pero en vez de molotovs revoleo hijos, trabajo, casa, un gato, cinco poemas y hasta algunos amigos. Sumale que me estoy oxidando por culpa del cansancio, y el resultado es que mi cerebro ya empieza a hacer pi pi pi y falta poco para el piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii final. Pi = 3,14159265..........
Tenemos que llegar a la galería donde están las fotos de los trenes con nuestros poemas a las siete. Después de estar un rato muy corto con mis hijos, el dominicano Frank, mi hermano Amakeo y yo vamos en subte hasta Diagonal Norte y desde ahí caminamos por Corrientes y después por Florida. Es de noche y hace calor y Florida está llena de vendedores que ofrecen todo tipo de productos luminosos y ruidosos made in china (Frank dice que esa es la música del infierno, me pregunto cómo lo sabe), que se mezclan con la oferta autóctona de artesanías, trenzas para el pelo e invitaciones para saunas. Chicas limpias y paraguayitas hot.
Camino a toda velocidad, un paso más adelante de Frank y de mi hermano. Llegar tarde me pone nerviosa, siempre. Y vamos tarde. Incluso para el reloj del dominicano, que sigue en el horario de la isla. Y desde la vanguardia oigo los "esa es de la isla" de Frank, que probablemente ya esté extrañando a su gente y ve dominicanos por todas partes. Ni sospecho que son realmente todos de la isla y que mañana estarán celebrando junto a nosotros el cumpleaños de Nina Rosso.
En la galería nos espera sentadita en la escalera Elisa Loba, que va a leer con nosotros. La lobita está acurrucada, hablando por teléfono, quizás preparándose para cuando llegue su turno. Van llegando todos mientras Pablo calibra proyector, luces, cámara, acción.
-¿Y el vino? –pregunta alguna. –Nos van a dar vino, ¿no?
-Tramitalo, nena –me dice Orlic.
-¡Tramitalo vos!
-¿Quieren blanco o tinto? –Tzequi Bon, recién llegado del trabajo, está abriendo su morral.
-¡Blanco! –pide Elisa Loca. Digo, Loba. Y Tzequi Bon saca una botella empañada como en una publicidad en las páginas de una revista. Tzequi Bon sigue acaparando espacio en mi corazón, creo que ahora es propietario del ventrículo derecho.


Tomamos sin brindar en tacitas de café. Estamos los tres poetas, Orlic y Amakeo y Devó, la robot más bella de Sudamérica, que ya tiene un pie en el Love Boat, que ella insiste en llamar Peace Boat, y Hila, que demuestra que eso de estar embarrados en la misma trinchera lo dijo muy en serio. Hila trajo maracas para hacer ruido.
Cuando Pablo da la orden nos sentamos en nuestras sillitas y empezamos. Me toca a mí primera y Pablo me presenta como Kali, la diosa de la destrucción. Agradezco haciendo cuernitos heavy metal con los dedos. Leo con el pasto de las vías de un tren de Texas proyectado en la cara. Leo lo que dicen las letras que están en el tren, que va pasando sobre mi cabeza en la pared. Después le toca a Elisa Loba y por último a Frank. Frank es el plato fuerte de la noche y enamora a la audiencia recitando su autorretrato. Recolecta aplausos, muchas risas y varios suspiritos.

Cuando pega el hambre nos vamos para lo de Orlic. Ahí hay todo lo que se necesita para pasar una buena noche entre amigos. Y en varias oportunidades me caigo al piso de tanto que me río. Al final encuentro mi punto en la alfombrita de la cocina, y desde ahí saco fotos con la perspectiva del perro que no hay.
Lo que sí hay es un fantasma, siempre lo siento correr entre la cocina y el toilette, y siempre creo que es uno de mis hijos pero nunca es uno de ellos, esta noche especialmente y sin posibilidad de dudas porque no están. Elisa Loba ahora dice que en la casa antes vivía una abuelita y que murió ahí, y alguno grita ¡virgen de laltagracia no diga jeso!
Devó y Orlic bailan Locomía haciendo abanicos con un repasador y un individual de bambú, mientras Pablo se convierte en mi asistente fotográfico y las otras mujeres hablan de cosas superiores. Devó se sabe toda la letra del hit de Locomía, y cuando llega Tzequi Bon todos nos ponemos a bailar.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

poesía luminosa

los invito esta tarde
a una lectura de poesía
en el marco de la muestra de fotos y videos Meaning in Motion de Pablo Giménez Zapiola

leerán frank báez, elisa loba y chicamigraña
a las 7.30



POESIAS LUMINOSAS, Meaning in Motion
Lectura de Poesías. Miércoles 15 de Septiembre 19:30 hs.
Los poetas Frank Baez, Cecilia Galli Guevara e Isabelle Panzani, leeran, entre otras, poesías proyectadas por Pablo Gimenez Zapiola sobre los trenes en movimiento.
Te invitamos el miércoles 15 de Septiembre, 19:30 hs. a la Galería LUZ de la Fundación HAMPATU (Florida 835 3º piso) para compartir esta actividad abierta y gratuita.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Hay un dominicano en mi living

Esto no es una crónica: esto es una contra-crónica. ¿A qué? He notado que cuando Frank Báez viaja, escribe crónicas. Yo voy a escribir las mías, que serán la contraparte de algunas de las suyas.

 

Buenos Aires. Día 1.

I

Frank dirá que el vuelo desde Lima no estuvo bueno. Que los oídos casi se le explotan bajando o subiendo. Pero que Buenos Aires lo recibió bien, con todas las luces encendidas. Llegó a las cuatro de la mañana del lunes en que el invierno decidió dar un coletazo. Llueve, llovizna, el agua entra por todos los frentes y desde todas las direcciones, y lo recibo con mal aliento, con olor a almohada, en pantuflas.

Son las seis y cinco y le pregunto demasiadas veces qué quiere desayunar. ¿Té? ¿Café? ¿Tostadas?

-¿Tú qué comes? –Frank no es tan alto como pensaba.

-Tostadas.

-¿Y qué tú comes? –El encuentro no me resultó forzado, tímido, ni necesité unos minutos para acostumbrarme a su presencia en mi hogar de madrugada. Siento que ya éramos amigos. Ya no me asusta la idea de tener que leer el miércoles. 

-¿Qué comés vos? Digo: ¿comés? ¿Huevos, cosas así?

-¡Claro! -¿Claro?

-Ah, OK. Hay huevos. Pero te los preparás vos porque yo no sé.

Dice que es muy temprano. Yo creo que no se anima a cocinar en mi casa, con toda mi familia durmiendo y la gata oliéndole las piernas. Toma un té. Yo café. Necesito cuatro cafés. ¡Hay un dominicano en mi living!

Frank va a vivir en la casa de mi hermano. Es muy buena onda mi hermano. Y por eso Frank trajo muchos regalos. Tantos, que parece una navidad de la infancia. Libros, discos, ron, dulces. ¡Quiero que Frank Báez llegue todos los días!

Me pinto un poco mi cara de lunes. Me cambio los jeans por ropa de oficina. Cuando reaparezco Frank se sonríe. Chicamigraña oficinista.

Se hacen las siete y cuarto: hora de levantar a Elías. Que anoche se acostó tarde y seguro va a putearme. Los días de colegio, Elías odia el momento de levantarse. Siempre me recibe con un insulto distinto: tonta, mala, son los que más escucho. Pienso que va a odiarme cuando le diga del dominicano en el living, porque le dan mucha vergüenza las visitas cuando interrumpen algún momento íntimo. Pero no. Cuando escucha que está Frank en el sillón, sonríe y se levanta caminando rapidito, con sus pelos lacios formando una cresta que envidiaría cualquiera.

-Hola Frank –dice con su voz de pito, sentado en el sillón junto a él. Se dan la mano como hombres serios. Yo le sirvo la leche.

-Elías, ¿querés ver dibujitos?

-No, mamá. Estoy charlando con Frank. –Frank le hace muchas preguntas. Elías a todas responde ¿qué? Todavía no se acostumbró al dominicano. A pesar de eso enseguida se hacen amigos y mi hijo muestra su buena disposición llevando su plato a la cocina, vistiéndose sin protestar.

Cuando estamos los tres listos, partimos para lo de Orlic, bajo la lluvia. Los pongo a cargo de conseguir un taxi mientras vuelvo a casa a buscar el mapa que preparé para el viajero y olvidamos sobre la mesa. Frank le hace señas a un taxi que viene ocupado.

-No –le explica Elías. –Los taxis libres tienen una luz roja que dice –y deletrea- L-I-B-R-E.

-Ah... ya... –decido que Frank es tan dulce como su sonrisa: si a esta hora y después de una noche de vuelo con escala le tiene paciencia a mi hijo sabelotodo, tendrá mi amistad.

 

Orlic nos recibe disfrazado de oficinista. Mi hermano y yo somos unas versiones muy graciosas de nosotros mismos. Las versiones grises y desmejoradas, claro. Su pelo parece entretejido. Me asegura que es porque acaba de bañarse; que en un par de horas se le vuelve a parar. Me tranquiliza. Comemos galletas de avena hechas por él. Miramos el departamento. Frank deja sus cosas, Orlic se lava los dientes y volvemos a salir.

-No lleves el pasaporte. Sacale una fotocopia y guardalo –aconseja mi hermano.

-¿Y el dinero? –pregunta el visitante.

-Dejalo, dejalo acá. Yo te prometo que no te saco nada.

En la calle el día está para volver a entrar. Caminamos media cuadra hasta el garaje.

-Tenés que tener mucho cuidado con los autos. Y en especial con los colectivos que doblan, porque no frenan –no es mi intención asustar a Frank, pero es importante darle una idea de la locura que es la ciudad en estos días: me siento responsable de su bienestar hasta que llegue el gaucho de la bachata, su amigo sanjuanino. –Los colectivos matan a una persona por día. Y si cruzás y viene un auto, no esperes que te ceda el paso, porque no lo va a hacer, ¿OK?

-Ay mi madre, pero si esto parece Santo Domingo.

-No te esperes otra cosa. Y bienvenido a Sudamérica, poeta.

 

En el auto, mi hermano pone el disco de El Hombrecito. A Elías le gusta la música del segundo track. Mañana cumpliré treinta años. Frank habla de la trompeta de Homero. Frank habla de Homero, habla de Juan, dice que Buenos Aires le gusta.

Hay mucho tránsito. Por la lluvia. Por el frío renacido. Por el lunes. Nos bajamos en la esquina del colegio de Elías. Orlic desaparece hacia la oficina. Todos queremos llamar, decir que estamos enfermos y pasarnos el día mirando películas en su casa.

Dejamos a mi hijo peinadito y uniformado, y nos vamos caminando bajo la lluvia, intentando refugiarnos debajo de mi paraguas, que es demasiado chico y está roto. Mi cara está empapada, mi bolso negro parece de charol por el brillo que le da el agua. Conduzco a Frank por el camino lindo. Pasamos junto al cementerio donde está enterrado Bioy. Las veredas de los restaurantes están vacías; no están ni los nombres que cada mañana lavan las parrillas con cepillos en el piso.

Nos miramos empapados y nos reímos. Acá estamos, nosotros dos, por fin caminando por Buenos Aires. Es gracioso. Nunca dejo de sorprenderme con los encuentros improbables. La amistad todavía me sorprende. Y pienso que la vida es mejor cuando una deja que permanezca la inocencia.

Nos cruzamos con un perro y con un vendedor de paraguas. Les compramos uno grande, azul, por cuarenta pesos. El cielo tiene pinta de que va a llover todo el mes, y Frank se va a pasar su estancia en Buenos Aires caminando.

Llegamos a mi oficina temprano: el clima no nos permite hacer tiempo en ningún lado. Subo, saco una copia de su pasaporte, y vuelvo a bajar. 

-¿Tenés papel?

-Sí.

-¿Y lápiz?

-No.

Vuelvo a subir. No puede pasarse el día recorriendo una ciudad nueva sin algo para escribir. Y como todavía quedan diez minutos antes de mi hora de entrada en la jaulita, lo llevo a dar una vuelta más. Le muestro la casa donde Borges y Bioy escribieron algo juntos. Le señalo el supermercado donde me robaba calditos knorr cuando tenía dos años. Le muestro el edificio donde viví hasta los cinco.

-¿Leíste Los siete locos? Acá a la vuelta está la Avenida Alvear, donde el tipo miraba las casas de los ricos. Y esta es Callao. Si seguís para ese lado llegás a Santa Fe. Está El Ateneo. -Le señalo un par de cosas en un mapa que le imprimí y llené de referencias. Comento que va a decir que Cecilia Galli habla demasiado. Me lo confirma riéndose.  

Entro en el trabajo mientras el paraguas azul a cuadros se aleja, caminando despacito bajo la lluvia gris. Me pregunto si volverá a buscarme para ver el cementerio, como quedamos, o si el viento lo perderá por las calles que no entraron en el mapa. 

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Adirondack

Cuando se cortó el dedo, estaba pensando en los montes Adirondack.

Adirondack es un macizo montañoso de los Estados Unidos en el noroeste del estado de Nueva York. Tiene una extensión de 25.000 kilómetros cuadrados entre montañas, tierras boscosas, colinas redondas, valles en forma de "U" y lagos. Se cree que su nombre proviene de una palabra fonética de la lengua iroquesa y que algún excursionista nombró así a esta cordillera, que se erige geológicamente por encima de la región montañosa de los Apalaches. En el año 1882, la Legislatura del Estado de New York declaró a esta región parque nacional aunque existían propiedades privadas que aún se mantienen. El fin de esta creación fue preservar la vida silvestre, y que las tierras no se pueden vender, rentar o intercambiarlas, ni ser ocupadas por corporaciones, privadas o estatales. Se consideran como Montañas Jóvenes al conjunto de Adirondack, pues de acuerdo a su estudio orográfico crecen a razón de 1,5 milímetro anualmente, siendo la más alta la montaña Marcy con 1.629 metros (5.344 pies). Existen, además unas cuarenta montañas superiores a los 1.200 metros (3.973 pies). La mayoría de las montañas altas tienen tres zonas de vegetación: La primera, la de haya, arce y abedul amarillo del bosque de maderas duras del norte. La segunda, de abeto rojo y el balsámico. La tercera en la cima, una zona alpina de rocas con liquen, juncia y krummholz.

Cortaba una batata en trozos multiformes. Ya la cebolla burbujeaba entre miles de lentejas amarillas, marrones, negras. El vapor se elevaba y viajaba por la casa, transportando el olor del guiso, la panceta, la tierra. El vapor era un mini helicóptero silencioso y húmedo que se metía por todos los recovecos mientras ella cortaba la batata que sería el último ingrediente de la comida.

Sus hijos armaban estructuras simétricas en el piso. Naves, fuertes, la estrella de la muerte. Pensaba que el mexicano estaría muerto de frío en esos picos nevados. Cuando lo conoció, la única vez que lo vio, estaban en la playa, en Puerto Escondido. Atardecía y ella trataba de que el océano se llevara su resaca a fuerza de telepatía. Había intentado que el agua le lavara el cerebro y se tragara su dolor, pero nada. Sí, el mar acallaba un poco los latidos de su nuca. Pero segundos después del chapuzón el tum tum volvía recrudecido y ella se quería enterrar en la playa.

El sol se acercaba al horizonte y ella escondía los pies en la arena. Por lo menos dentro de poco todo estaría oscuro: no soportaba la luz.

-¿Un refresco, señorita? –el mexicano la miraba sonriéndole desde detrás de una pila de frutas.

-Resaca... –murmuró para justificar su mal humor. Entonces él se sentó junto a ella en la arena y se puso a mirarla.

-¿Qué tomó?

-Tomaste. No me trates de usted que no soy nadie.

-¿Qué tomaste?

-De todo...

-Yo tengo la receta que te va a curar –se puso de pie y le hizo señas para que lo siguiera. Ella estaba jugada. En realidad estaba perdida, y lo siguió hasta la choza con paredes turquesas que hacía de bar. El mexicano se fue detrás del mostrador y sacó un tequila y una Corona.

-Ahora, bebe.

Ella le hizo caso, se curó, y pasaron la noche juntos en la playa.

-En un mes me voy a Estados Unidos –le dijo él. Ella pensó que olía a mar. –Voy a trabajar en un bar en los Adirondacks.

-¿Y dejar esto? –Señaló con la cabeza el universo que los rodeaba.

-Tú sabes...

 

Ahora la batata se había bañado en sangre y ella se preguntaba qué sería del mexicano. Seguro estaría pálido entre tanto frío. Seguro su piel ya no sabría a sal. Había pasado una vida desde Puerto Escondido y ella tenía dos hijas, un marido, una casa. Sin embargo de vez en cuando pensaba en él. Y se cortaba un dedo.

El día le había salido al revés: esperaba poder disfrutar del sol de primavera en la plaza a la hora del almuerzo y a la noche salir con unos amigos. En vez, en el trabajo todo había sido un caos tecnológico y no había podido almorzar, menos salir. Y en el colectivo, volviendo a su casa, un hombre se había muerto junto a ella. Un segundo después de que le llegara un mensaje al celular: kilombo familiar, se cancela todo.

Entonces: ¡plim! El mensaje. Con las ganas que tenía de salir hoy... ¿qué más puede pasar? Y en eso: tuc. La cabeza del compañero de asiento se cae para adelante, la bolsa con estudios médicos se le resbala de las manos y nada más. Ya estaba muerto. En un momento bostezaba y al segundo siguiente ya no estaba vivo. Aunque su cuerpo estuviera todavía calentito, el tipo ya no estaba ahí.

Revuelo en el colectivo, que se desvió hasta la comisaría repleto de gritos, como si el viejo hubiera sido asesinado por alguno de los pasajeros en vez de por lo que fuera que estuviera en sus estudios de la bolsa. Y eso fue lo que le repitió al policía que le tomó la declaración, antes de irse a comprar la batata que ahora se teñía roja de sangre mientras ella se imaginaba al mexicano, con unos bigotes a lo Pancho Villa, deslizándose tequila en mano por los montes cubiertos de nieve.

lunes, 6 de septiembre de 2010

llegaron los superhéroes!


como bien lo indica su nombre,
superhéroes es un libro de poemas!
sangrientos, molestos, llorones poemas asesinos de muñecas. 


sabés que lo querés.

en venta acá: ceciliagalli@gmail.com
15$

karaoke kiss + superhéroes: 35$

viernes, 3 de septiembre de 2010

Sueño de verano

La sudestada tiene a la ciudad complicada. Al río crecido, a cientos de personas inundadas. En mi burbuja personal, a la tarde me veo reflejada en una vidriera y mi pelo me saluda parado, en vertical sobre mi cabeza, llegando casi al primer piso del edificio. "¡Mirá lo que puedo hacer!", me grita orgulloso desde arriba. Paraguas desplumados y botellas de plástico de colores adornan la esquina del Hospital Alemán, decoran el cartel que anuncia la exposición "Colon gigante", que está en el patio central del edificio. Creo que es una especie de Dalma mamá, esa que era una perra gigante preñada que uno podía recorrer por dentro (nunca entré, claro. Fuimos pero la cola era laguísima y creo que mamá también estaba embarazada y nadie tuvo ganas de hacer tres cuadras de fila, fue un alivio para todos). Así que si tu sueño era meterte enterito adentro de un colon, ya sabés dónde podés cumplirlo. Me duelen las orejas por el frío y sonrío mientras le saco una foto al cartel.

A la noche me agarra un ataque de picazón en la mitad tatuada de mi espalda. Me rasco muy suave y nievan pedacitos negros de piel. Tengo que transformarme en persona y no paso por casa. Lo atemos con alambre, pienso, y a los jeans y borceguíes que me trajo R. les sumo la remera de batman de Elías. Me queda bien aunque un chin corta y asoma medio pupo. Termino el efecto con maquillaje y peinado a prueba de vendaval. Perfecto.

En la calle evito que me pisen dos colectivos y que mi paraguas quede al revés. Consigo un taxi.

-Al hotel ese de la recova de Posadas.

-¡El Four Seasons!

-Ese.

Me pongo al día con Angelita, que es mi número gratis. Está cocinando. Chusmeamos un rato. Nos reímos un poco.

-Llegué. Tengo que pagar. Un beso.

En estos hoteles no te frenan. Aunque llegues con al espalda picosa y el pelo loco. Aunque una remera talle seis te deje media panza a la vista. Un tipo con el disfraz del portero del hotel se me acerca.

-El piso está resbaloso. Tenga cuidado, señora.

Qué nivel.

 

Adentro están los sospechosos de siempre y algunos más mirando las fotos de Lobo. En el medio del bar hay una pila de manzanas rojas, perfectas. Mucho champagne. Un guardarropas. Abrazos galore. Orlic da una visita guiada por la muestra. Saludamos a todo el mundo y después copamos nuestro rincón.

-¿Se puede fumar acá?

-No.

-¿Pero uno entre todos tampoco? –Y salimos a la vereda. Donde nos volamos. Volvemos a entrar.

-¿Saben que hay una muestra que se llama Colon gigante?

-¿Qué? –Explico un poco. Muestro la foto del cartel.

-¿Como Dalma mamá?

-Creo que sí.

-Nice…

 

Le hablo demasiado a un amigo de un amigo. Cada vez que quiere zafarse de mí le pregunto algo más: ¿Qué hacés? ¿Dónde vivís? ¿Tenés familia? ¿Cuál es tu color favorito? ¿Alguna receta con berenjenas para recomendarme? Sos vegetariano, ¿no? No, por nada, es que tenés pinta. ¿Fuiste al cine últimamente? ¿De dónde bajás películas? ¿De dónde lo conocés a Lobo? ¿Hacés algún deporte? Es que por algún motivo me entraron ganas de torturar a este tipo a quien ni siquiera le pregunto el nombre. Para qué debería saberlo, si nunca más lo voy a ver. Lo dejo en libertad cuando mi espalda ya no aguanta más el picor, y me voy a refregarme como un oso, pero contra una pared.

-¡Ey! ¡Te casaste!

-Sí... hace diez años –Garó es el segundo que me confunde con Angelita esta noche. –Soy Cecilia.

-Ah... ¡perdón! Igual debe estar bueno que...

-Sí, me sacaste cinco años.

Suena Fela Kuti y ahora estamos bailando. Tengo una copa de champagne en una mano, un vasito con gazpacho en la otra. Mi bolso está tirado en el piso, debajo de una pila de abrigos negros. Orlic no para de volcarse champagne en la camisa. No sé si es el afrobeat o demasiada noche, pero no importa, porque un par de sus seguidores ya lo imitan, ya tienen las camisas empapadas de alcohol.

Hay muchas parejas escapadas de Londres 1968: esto es muy cool. Entonces ponen Sex Pistols, y Orlic y yo empezamos un pogo que crece y crece, hasta que volteamos la mesa de las manzanas. Las manzanas son chiquitas y duras, y hacen que la gente se tropiece con ellas, que se resbale, que baile. Burbujas y manzanas, y las mozas pasan con bandejas llenas de taquitos y pastillas, pastillas y taquitos, y comemos y tragamos, el champagne cae en cascadas, sale como un río en miniatura de las máquinas de nespresso que hay en los costados del salón. 

La fiesta es muy divertida ahora, y cuatro monos fuman cigarrillos con boquilla sentados en dos sillones. Gesticulan todo lo que sus apretados smokings se los permiten. Uno le pellizca el culo a una modelo y ella se ríe y se sienta en sus piernas. Lobo les saca una foto: son la pareja perfecta.

Cuando suena la alarma de mi celular nos damos cuenta de que se hizo de día, de que ya son las siete, de que hay que ir a la cama o al trabajo, entonces una chica y yo vamos al guardarropas, que está completamente a oscuras.

-¿De dónde se prende la luz?

-No hay...

-¿Y cómo encontramos nuestra ropa entre tanta percha? ¡Todo es negro!

-Mi abrigo tiene pelos en el cuello... acá está. Ah no... me equivoqué –vuelvo a colgarlo.

-Yo tengo un saco de cuero. ¡Acá! No era –y lo devuelve a otra percha.

-Cuidado que se van a mezclar los números –nos miramos y cambiamos todos los abrigos de lugar. Cuando terminanos vemos a la encargada de la ropa que se acerca, y nos vamos hablando de las noticias internacionales para parecer gente seria.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Cambio a Cheever por Cucurto

-Parece que hubiera toque de queda... Aunque hoy la gente aguantó más: anoche a la una ya no quedaba nadie en la calle... Es el viento, la alerta meteorológica... Todos se mandan a guardar temprano. ¿Y vos qué hacés sola a esta hora? ¿Cuántos años tenés? –Me mira por el espejo retrovisor y desenrolla de un sacudón su vida amorosa. Córdoba a las casi tres de la mañana parece un arbolito de navidad con las luces traseras de los autos, los semáforos, la lluviecita, la negritud. El taxista me dice muchas cosas, me hace muchas preguntas, y sonrío intrigada mientras discierno si es brutalmente honesto o un fresco. Me prendo, vamos a llegar rápido a casa, decido que el tipo es honesto. Un gurú de tacho. Me cuenta de su esposa, de su amante, de su novia. Intento imaginarlas pero no puedo: el tipo es feo, su pelo una masa grasosa, "la ocasión hace al ladrón", me dice.

¿Cuatro? horas antes empiezo a leer El amor es mucho más que una novela de 500 páginas mientras dos tipos intentan abrir una puerta desde afuera y sin llave. Garúa y el cielo ilumina como la luz de tubo de una cocina. Ya recorrimos el barrio buscando una radiografía, porque uno jura que con una radiografía se puede abrir la puerta. Yo sigo parada en la garúa leyendo a Cucurto, apenas arrancar ya me tiene enganchada y comento que dejo al Cheever que tengo por la mitad para leerme esta novela.

-Paráaa –me dice.

-Después retomo –me excuso. Después retomo.

Ya soy un perchero que lee, sosteniendo mi abrigo y mi bolso, el abrigo y el bolso de uno de los tipos, la manija de la puerta, el libro. Llega V, altísima, a otra escala. Nos saludamos y soy un playmobil.

-¿Esa ventana abre? –pregunta señalando a la ventana que hay sobre un precipicio, a noventa grados con la pared.

-Sí.

-Yo me trepo. Un cerrajero nos va a cobrar mucho. 

-No, qué te vas a trepar. Está todo resbaloso, y el precipicio.

-Vos dejame a mí, me crié en una chacra y puedo perfectamente treparme sin caer. –La trepadora empieza a subir, los tipos la agarran de donde pueden, uno de una pierna, el otro de la bombacha. Ella se ríe y pide que la suelten, que así no puede moverse, y yo me alejo por el pasillo riéndome, no quiero ver sus patas desaparecer en el vacío, no la conozco pero sé que no quiero pasar la noche en el hospital. Es la primera vez que vemos a la trepadora, y acaba de hacer su entrada triunfal. Yo sigo cargando cosas, ahora también el abrigo y la carterita de la trepadora, que se lo merece por su hazaña y más todavía después de abrirme la botella de vino.

-Está muy duro esto.

-Dame a mí –plop.

-La trepadora es una excelente adición al grupo. ¿De dónde la sacaste?

 

-¿Pero cuántos años tenés vos, y qué hacés a esta hora en la calle? –Aunque el cansancio fue vencido hace mucho, di el encuentro por terminado porque sé que necesito algunas horas de sueño. Aunque no estoy segura de poder lograrlo, con mi cerebro preparándose para sus vueltas carnero en la oscuridad.

 

El vino no hizo nada, ¡el vino no me hizo nada!, seguro por la grasa de la pizza. La grasa recubre el estómago y el alcohol sale por otro lado, no entra, no sé, algo me dijo alguien alguna noche, y funciona. Pido refuerzos, no hay refuerzos, tengo hambre, los cuatro sentados en el sofá mirando hacia delante y hablando demasiado, no sé si cada uno en su burbuja o si las burbujas se unieron y empañamos todos la mega burbuja del amor.

Tengo sueño. El gato mastica y traga el relleno del sillón. Me entran ganas de acurrucarme contra el humano próximo siguiente y dormirme. En vez busco mi abrigo y me lo pongo de mantita. El gato me muerde. Me despierto. ¿En qué creen los que no creen?

-Dios no existe.

-¡Pero eso ya se sabe desde hace mucho tiempo!

-A mí me gustaría creer en algo.

-Yo nunca pude... Nunca me creí nada de lo que me decían en el colegio, y cuando le pregunté a mi vieja si había que creer todo lo que el papa decía dijo que sí, que son verdades de fe, y ahí me separé de la iglesia católica. No da. ¡No da!

-En mi infancia había un cura que juraba que se comunicaba con los ovnis y que curaba con rayitos verdes...

-¿Y creés en las estrellas?

-¡No! ¿Cómo voy a creer en una estrellita?

-No, digo en que los astros influyen en la gente.

-Ah, claro, como en las mareas. Pero eso es perfectamente razonable.

-¿Y en los confines del universo? Siempre va a haber misterios sin resolver.

-Sí, pero eso no significa que Dios exista. Significa que nuestra mente es una pedorrada y no entendemos nada.

-¿Pero no te interesaría saber? ¿No te preocupa?

-Me preocupa si aumentan el papel y la leche. No qué pasa del otro lado del universo. ¡Para qué! Si nunca me va a servir a efectos prácticos.

-¡Pero en algo tenés que creer!

-Yo creo en el trabajo, en la gente, en el cooperativismo...

-¡Eso! Yo creo que todos somos uno.

-¿Como los Beatles?

-Como Marley.

-Yo conozco gente que está en la religión... no: en el movimiento de la Oneness.

-¿Qué e jeso?

-Que creen que todos somos uno, uno, qué sé yo, algo de la India, algo yanqui...

-Ah, lo que yo digo.

-¡Entonces en algo creés!

-Yo no digo que no creo en nada. Creo en que hay que hacer las cosas bien, ser bueno... No creo en las religiones. Ni en Dios.

-Pero claro, que Dios es un invento ya lo sabemos desde hace mucho. 

 

-¿Pero a esta hora en la calle? ¿Y mañana tenés que trabajar? ¿Te puedo ser honesto?

-Sí –aprieto los dientes: qué me va a decir este tipo ahora...

-Ojos que no ven, corazón que no siente.

-Ah, sí, claro. ¡Buenas noches!

-Pero escuchame lo que te digo, nena.

-Sí, ¡tenés razón! Chau...

Mi casa es mi oasis, mi club nocturno, mi templo, y duermo, duermo, sueño, hasta que el gato me despierta buscando la muerte.

espero que dios exista y te oiga

Your horoscope for September 1, 2010
You will sail through the day on the most gentle of breezes, cecilia. It's as if you've just come back from a week in the country. You are calm and relaxed, and no amount of trouble at work can shake this feeling. You see things in a more positive light, and problems that once seemed insurmountable now resolve themselves almost without your help!