viernes, 26 de noviembre de 2010

sueño suicida

la noche que te quisiste matar

tu estómago era una de esas fuentes que se usan en las fiestas

donde adolescentes meten todo lo que encuentran

en los botiquines de sus padres neuróticos.

la noche que decidiste morir

tu cerebro te cegaba

con fuegos artificiales.

la noche que elegiste para desaparecer

te estrellaste contra un paredón

saltaste de un primer piso

te volaste una oreja

rompiste una viga del techo

vomitaste veneno vencido

descubriste que te habían cortado el gas

y que los trenes tienen un hueco entre las ruedas.

cuando despertaste

la noche que quisiste morir

te supiste incapaz de lograrlo

y algo adentro tuyo

se alegró.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Punto en Línea

Punto en Línea, de la Coordinación de Literatura de la UNAM publicó algunos de mis poemas.


acá uno:

polaroid de locura ordinaria
él llegó a la madrugada y la despertó.
se rieron mirando batman
la serie
con su ausencia de efectos especiales
sus disfraces caseros
y sus bailes en stop motion.
cuando por fin quiso dormirse
serían las cinco
le pidió que matara al pájaro
ése, el que se cree que es gallo
you are so beautiful
le dijo él
your big ass
your small waist
your small breasts
your big eyes
and that mouth…
ella no le entendió
se dio vuelta en la cama.
antes de dormirse le pidió
que también matara al gato
ése, el que se pasa la noche
corriendo por el techo.




mal barrio (coming home)

caminé las mismas cuadras
y ahora uso zapatillas.
la calle va para el otro lado
el kiosco donde comprábamos porro
es ahora una tintorería
y no sé a dónde se me voló la vida.
palabras tibias en mis oídos
me traen una playa en verano
de agua salada que pienso
mordería el dibujo pinchado en mi espalda
ahora cicatrizándose y pegoteando tinta y sangre
contra mi remera.
las dos primeras horas, gillettes cortándome un delineado
las últimas tres como miniaturas de epilady
y cigarrillos apagándose en mi piel.
me doy cuenta
de golpe
de que lo que acaban de pintarme
para siempre
habla del tiempo en que
comprábamos porro en el kiosco
usábamos borceguíes
y esta calle corría para el otro lado.

martes, 23 de noviembre de 2010

sirenas

para R.

como todas las noches
estábamos en la playa y venía la ola
maremoto
tsunami
el mar
(siempre se llama distinto).
él me había dicho antes de dormirse
cuando te mueras te voy a extrañar
y después de eso me quedé espantando
mosquitos inmunes
de sus piernitas.
ya no pude dormir.
a las cuatro,
cuando por fin llegó la ola,
no importaba
porque éramos sirenas
nos dábamos la mano
y si yo ponía mi mano delante de mi nariz
no nos ahogábamos.

lunes, 22 de noviembre de 2010

La filosofía del bufón

Tomado del blog de Alva Lai Shin Castellón

Hiciste que camináramos por el carril para bicicletas, íbamos de vuelta al centro y dijiste que ahí estaríamos seguros. Estaba tan enojada como siempre que tomabas el camino peligroso, en el que nos topábamos con asesinos descansando en las esquinas, en el que las calles eran imposibles de cruzar, en el que se ensuciaban mis zapatos, en el que desde el inicio ibas sin mí y no nos dábamos cuenta. Por suerte, ninguna bicicleta apareció, aunque aluciné más de diez veces las ridículas luces que alumbran mínimamente la calle por donde ruedan las llantas. Te reías cada vez que creía ver una. Te reías como siempre un poco de mí, un poco por saber que era cierto y otro tanto por saber que mentía; que a veces era capaz de cualquier cosa por hacerte reír cuando yo estaba enojada. Siempre me pareció antinatural que lo hiciéramos al mismo tiempo; es esa, supongo, la filosofía del bufón.
Nos van a atropellar las bicicletas y no se harán responsables porque vamos sobre su carril, te dije. Me preguntaste cómo es que iban a atropellarnos. Respondí que sería solamente a ti, que la canastilla te golpearía el costado derecho y te haría caer. Me miraste como quien descubre el hilo negro, ¿por qué a ti nunca te pasa nada en tus fantasías de tragedia? Qué egoísta, jamás reconocerías mis sacrificios y enteramente molesta te aclaré que, aunque no lo notaras, siempre guardaba lo peor para mí. ¿Qué creías que sentiría yo al verte morir? Porque sí, efectivamente, morías. Las bicicletas algunas veces puedes ser fatales.

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viernes, 19 de noviembre de 2010

Tango zen

-Eso me lo tendrías que haber dicho antes. Ahora es demasiado tarde para bajarte del barco.

-Ya sé, soltó amarras y pasamos el punto sin retorno... Pero yo te avisé que no servía para esto.

-Sí, pero no fuiste lo suficientemente convincente. Ahora vas a tener que hacerlo.

La casa casi está en penumbras. Es el final de la tarde y la gatita moteada duerme en un sillón. Garófalo y yo estamos hablando de cualquier cosa mientras tomamos el té que acaba de preparar. Vine para ver si logro terminar la letra del tango que me encargó hace un par de meses. Hice varias versiones que fueron y volvieron. Probé escribir algo bien tanguero. Intenté usar mi voz, imágenes mías, innovar. Lo grabó la cantante... Pero no hay caso. El tango no me sale.

 

-No pienses en palabras. Pensá en el concepto.

Es más temprano y la casa está iluminada por la luz de la tarde. La gatita come y Garófalo es un maestro zen decidido a que me salga la letra para su tango. Estoy a años luz de comprender lo que me dice. Me habla de la musicalidad de las palabras, que tienen que volverse inseparables de la melodía. Lo entiendo, y nada más. Y aunque el breakthrough parezca lejos, imposible, sé que va a llegarme cuando menos me lo espere.

-Pero si me marcás las partes que no funcionan me ayudás... es darme ejemplos.

Insiste en que me despegue de las palabras. De sus significados. Debo dejar que me lleguen nuevas ideas, musicales. Insiste en que piense como un músico. No quiero usar la palabra "no", como en "no soy un músico". Me exijo estar en la misma sintonía para poder aprender algo de este rollo en el que me metí. Digo que sí, que bueno, que me dé algún ejemplo.

-El primer verso no tiene fuerza. El primero tiene que estar mejor...

-Atraparte.

Creo que lo miro con los ojos entrecerrados, con el lápiz en la mano, con las piernas cruzadas. Quiero poder hacerlo. Quiero poder hacerlo bien. Pienso que soy la ley del mínimo esfuerzo. Esa era la etiqueta, no, el cartel que llevaba siempre. En casa, en el colegio. "Está bien. Pero podés dar más". Y yo pensaba para qué si con eso alcanzaba. Para mí nunca fue mediocridad, sino más bien como un karma: los otros decidían que podía hacer las cosas mejor y por lo tanto debía hacerlas mejor. ¿Pero para qué? Mi falta de esfuerzo no se debía a que no quisiera trabajar. Simplemente a que no le veía el punto. Todavía no se lo veo. Es que si algo me aburre, no lo hago. Si estoy obligada a hacerlo, lo hago bien, que tenga lo justo. Y no me jodan.

Ahora, mientras Garófalo se mueve en su cocina como una libélula buscando la pava, llenándola de agua, encendiendo el fuego, echando té, cortando jengibre, sacando dos tazas... Pienso preocupada si todo en mi vida es la ley del menor esfuerzo. Creo que no. Hago muchas cosas que suponen bastante trabajo. Aunque me aburran. Las hago. Y bien. Muy bien. Creo que me supero a mí misma muchas veces... Ahora es sólo cuestión de sentarme y escuchar la melodía mil veces más, con la voz de la cantante grabada, descubrir en qué lugares las frases no fluyen, en dónde se traban las palabras. Y escribir algo que tenga la musicalidad de la que Garófalo me habla.

-¿Qué le pusiste al té?

Y nos embarcamos en una conversación sobre alimentación y nutrición. La macrobiótica y el mercado de las vacunas. Buenos Aires es un asco, quiero mi casa de adobe en el campo uruguayo. Las huertas personales, el jabón blanco, el mercado cooperativista de Bonpland que vende los productos de familias campesinas en lucha, cerveza orgánica y azúcar integral. Me trae un frasco de azúcar integral y una cuchara.

-Comé.

Como. El sabor a caramelo quemado me hechiza.

-Todos tenemos una relación enfermiza con la comida. Empieza con eso de si te portás bien te doy un caramelo y si te portás mal lo perdés.

Este tipo tiene todo claro. Voy a empezar a lavarme el pelo yo también con jabón blanco, a ver si se me pega. Pero para eso tendía que raparme de vuelta. Por ahora prefiero el pelo largo aunque deba seguir esclava de las empresas de shampoo y crema de enjuague. Igual no creo en su marketing: mi prima la ingeniera visitó la fábrica de una de las mejores marcas y me contó que todo el shampoo sale del mismo tacho gigante, y que después lo meten en envases diferentes.

Llevamos un par de horas hablando y la casa se oscureció. Garófalo sirve más té y la gatita se enrolla en el sillón. Antes de irme me da varios discos para que escuche. Omara, Troilo y Goyeneche, folklore.

-Si te los doy, ¿prometés escucharlos?

-Escucharlos y devolverlos.

Saca la basura y me alejo con varios propósitos firmes, todos culpa de Garófalo. Mientras cruzo las vías se me ocurre una nueva primera línea para el tango. Y esta sí que está buena.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Dientito

Esto no pasó en casa. Repito, esto no pasó en casa. Voy a usar los personajes de siempre por una cuestión práctica nomás, que no se me ocurren nombres.

Es una semana un tanto especial. La arrancamos con la varicela, la seguimos con la resurrección del lavarropas ayudada por el técnico de Electrolux que por sólo doscientos pesos la volvió a la vida.

Y por la varicela no hay colegio, ergo pongo la alarma para mucho más tarde (lo que no significa que me levante más tarde, de hecho tengo que hacerme la dormida porque el gato espera a atento que abra los ojos para empezar a reclamar cosas).

Ah. Además el gato es gata y está enamorada, ahora de un siamés gris y con la cara manchada de negro, es horrible, creo que en vez de bigotes tiene resortes. El siamés la acosa todo el día asomado desde el techo vecino y ella le maúlla y después se esconde. Ya sabemos dónde termina eso.

Con esto de salir más tarde de casa tengo tiempo para reaccionar y recordar que trabajar todo el día no me cabe, me entran ganas de lavar ropa y de seguir leyendo, y pienso que hasta me pondría a planchar. Igual salgo, camino por las veredas encandilantes y me subo al 110 que me abre en la esquina con un

-Bombón, esto no se hace.

-Hum. Gracias. Uno veinte por favor.

En general, me jode vestirme para el trabajo. Pero cuando tengo una actividad después, odio vestirme para el trabajo. La ropa para trabajar no tiene nada que ver conmigo, y la mía es una industria que no contempla grises. Si me visto como yo, no puedo entrar en la oficina. Y vestida para trabajar, no soy yo. Es un problema. Hoy tengo que ir a lo de Garófalo a terminar el tango y no voy a volver a casa hasta tarde, y la idea de pasarme el día disfrazada me engruñece.

Vuelvo a lo que pasó anoche.

Elías venía desde hace un tiempo con un diente flojo. Aunque ya se le cayeron varios, sus mayores preocupaciones en la vida siguen siento si cuando se le caiga este le va a salir sangre y si se le va a caer en casa o en el colegio. Anoche comíamos pizza, y me preguntó si podía pasar que se lo tragara sin querer.

-No, no creo.

-¿Pero puede pasar o no?

-Qué sé yo... Supongo que no.

-Pero mami decime: ¿me lo puedo tragar o no?

-No. No podés. Si se te sale te das cuenta y lo escupís.

Cinco minutos más tarde, la misma noche, la misma pizza:

-¡Me tragué el diente!

-No puede ser...

-Sí, mirá –me muestra el hueco. Está lleno de sangre pero él no se da cuenta porque tiene la boca llena de pizza masticada.

-¿Y el diente?

-¡No sé! ¡No está!

-Bueno, no llores. Busquémoslo. -Lo buscamos y no está por ningún lado.

-¿En dónde está?

-En tu panza. Pero no llores, calmate. No pasa nada.

Terminan de comer y Elías se pone a hacer algunas actividades que le mandó su maestra para que no se atrase o para que se divierta durante las vacaciones de enfermo. Miro su cartuchera, que está toda dibujada por dentro. Las cosas que yo hacía en la adolescencia, él las hace a los siete. Sus lápices están mochos, y empiezo a sacarles punta.

Su tarea es divertida, es de pensar y adivinar palabras, números, y está entretenido.

-Mamma, ¿me ayudás a hacer mi tarea? –Dingdong me mira con sus ojazos. Tiene el pelo engrasado de producto antipiojos.

-¿Y cómo es tu tarea?

-De dibujar –me lo dice con una palma hacia arriba y levantando un hombro, como si fuera la cosa más obvia del mundo.

-Sí, empezá y ahora cuando termino de sacar punta a los lápices te ayudo.

En eso descubro que en un bolsillo de la cartuchera de Elías hay una libretita. La abro, está llena de cuentas. Paso una página y veo que tiene dibujos de medios de transporte. La doy vuelta y descubro un mensaje de amor. Mierda. La cierro rápido. Me descubre. Mi cara me delata.

Elías tiene los ojos verdes encendidos como rayos láser.

-No vi nada, sólo las cuentas.

Elías tiene los ojos verdes encendidos como rayos láser. Sus ojos disparan. No sé mentir.

-Y los dibujos de autos. Qué bien dibujás.

-PEGATE UN TIRO.

¿Qué le contesto? ¡Me soltó un pegate un tiro! ¿Cómo sabe esas cosas este chico? ¿¡Cómo dice estas cosas mi hijo!?

-Elías, no vi nada, no sabía que no se podía mirar tu libretita. Ya está guardada, no la abro nunca más –a mis amigos que me dicen que no me meta en su intimidad, les digo que Elías tiene un diario íntimo que jamás abrí. Sé que es cosa de él y no lo miro. Si adentro anota listas de superhéroes o sus planes para tomar el mundo por asalto, yo no lo sé. Esto fue un error de madre aplicada. ¿Ven que no está en mí ser madre aplicada?

R entra en casa. Me salva.

-¡Elías se tragó un diente!

Elías se pone a llorar.

-Pero no pasa nada, no llores.

-¡Es que no va a venir el Ratón Pérez!

¿Me acaba de decir pegate un tiro y ahora llora por un personaje de mentira? Quizás sea hora de que sepa que el Ratón Pérez no existe, que los Reyes Magos tampoco, que Papá Noel menos que menos... Pero no. Seguro sabe que son mentira pero todavía quiere creer. Me dispongo a decirle entonces que las ratas revuelven la mierda y seguramente el Ratón Pérez encontrará su diente en la cloaca y...

-Le escribimos una carta y le explicamos lo que pasó –R es mucho mejor madre que yo. Lo dejo hablar a él. Cuando se duerman los chicos le dejaré a Elías diez pesos debajo de la almohada y le contaré a R sobre la bala en mi cerebro que me deseó su hijo mayor. Por ahora lo dejo que siga un rato más pensando que los chicos son inocentes. Hay tiempo para lo otro.

martes, 16 de noviembre de 2010

pura brillantina puta

único hijo legal del rey del salchichón

te das aires de príncipe del subdesarrollo

con tu olor a chorizo

tus novias de mentira y tu trabajo de juguete

tus amigos de plástico

y tu hacinamiento voluntario.

cuando conocí a tu madre supe

que en pocos años

te convertirás en gorda chismosa con chancletas floridas y uñas pintadas y mordidas

y de repente

como un chapuzón

tu brillantina de tanguero

tus ojos de ladrón

y tu labia de vendedor ambulante

perdieron su encanto.

 

lunes, 15 de noviembre de 2010

Infecciosas

El cielo está como quiero. Gris plomo, mi taxi veloz por Honduras, pasando debajo de las tipas verdes. Como quiero. Es un manchón de acuarela gris sobre una hoja canson y las plumitas verdes y los troncos negros de los árboles, que forman un techo sobre la avenida, brillan como las joyas de la reina de Jade en navidad minutos antes de que el granizo llueva como flechas.
-No, son picaduras. Está vacunado.
-No. Le salieron nuevas. Es varicela –asegura por teléfono la secretaria del colegio. Pienso que seguro diagnostica mejor que un pediatra y que un curandero trabajando en equipo.
¡Pero si está vacunado! Me voy del trabajo. Efectivamente, a Elías le salieron ronchas en la cara y en la panza. Tiene una en cada párpado y en un rato la médica dirá que también una en la garganta. Lo llevo a la guardia. Aprovecho para retirar los anali del otro día (todo está dentro de los parámetros, menos una sola cosa que tiene que estar entre cuatro millones y diez millones, que está en cuatrocientos mil. Debe ser mi memoria a corto plazo).
Cuando la médica pregunta qué tiene, le digo que la maestra le diagnosticó varicela. Se ríe, que probablemente sean pulgas. No es que diga que tu hijo sea un pulgoso, claro.
-Ajá.
En cuanto le saco la camisa confirma el diagnóstico de la maestra y de la secretaria.
-I concur.
-¿Y con el hermanito qué hacemos?
-…
-Ya se bañaron juntos.
-Tomá. Llevate otro antihistamínico –me alcanza dos cajas que acaba de pedirle a una visitadora médica que les regala blocs y biromes a las enfermeras.
Cuando éramos sólo cuatro hermanos, una tarde nos metieron a todos en la cama de mamá y papá a mirar dibujitos. Uno se había pescado varicela. Nos pasamos la siguiente semana intentando no rascarnos, peleándonos como gallos, enfermos en un mismo cuarto.
Otro año me contagié paperas de Amakeo. Él tenía cuatro y yo doce. Él parecía un globo rojo atado a la cama. No podía moverse, no debía saltar. Pero Amakeo era tremendo: con tres años nos corría a nosotras y a las vecinas del primero agitando un banco de madera en el aire. Nos encerrábamos las cuatro en el lavadero, llorando, hasta que se le iba el demonio. Así que para conservar su capacidad de reproducirse, mamá le alquiló todas las películas y series y dibujos animados de Batman del videoclub.
Me contagié de él. Sólo que nadie me creyó, porque no se notaba. Pero yo siempre sé qué le anda pasando a este cuerpito, y en esa época además consultaba un viejo diccionario de medicina que había en la biblioteca. Para confirmar mis diagnósticos. No lo tengo acá para copiar lo que decía después de PAPERAS o PAROTIDITIS, pero el fragmento que me interesó era más o menos así: "…en su forma leve, sólo se siente un dolor en las mandíbulas al masticar".
Fui, se lo mostré a mamá:
-Ma, tengo paperas.
-A verte… ¿Fibre…? No tenés.
-Tengo paperas.
-No tenés, Cecilia.
-Ma, tengo paperas. Ya vas a ver.
Toda la vida me gustó vengarme de mi madre. Ella no me daba bola, yo le juraba un ya vas a ver, y tarde o temprano, ella veía. Años más tarde, no sé cómo caí en el consultorio de un infectólogo. Me habían dicho que mejor vacunarse contra la rubeola antes de embarazarse, y como no tenía planes de hijos pero sí más adelante, fui a por ello. El médico hizo análisis y buscó otras enfermedades, y a que no sabés quiénes tenían un POSITIVO al lado. Sí, las paperas. Tomá, vieja.
Compramos agua de alibour en la farmacia. La cajera me dice que a su hijita también le agarró en verano. El cajero de la otra caja le dice que no se rasque, y señala las cicatrices de su frente.
-Ya me lo dijeron muchos.
El taxi dobla por mi calle y nos bajamos frente a la puerta de casa. La gata camina por el pasillo, inflada como un mapache. 
-Ma, ¿se pueden contagiar los gatos?
Cuando abrimos la puerta, Elías corre a abrazar a su hermano menor. Hoy, su carita está lisa y rozagante. Hoy.

viernes, 12 de noviembre de 2010

El chequeo anual

Tocó semana de médicos. Arranco yo con un doblete el martes tempranito. Llego a la clínica a las ocho, media hora antes de mi turno con el dentista. Decido sacarme la curita de un tirón y a las malas noticias que seguro me dará Diego, el dentista que no te hace doler, sumo el análisis de sangre en ayunas.
Creo que aguanto el hambre salvaje que me despierta antes que la alarma del teléfono pensando en la meta. Últimamente, colgar los resultados como zanahorias fluorescentes me resulta. Y esta vez logro llegar a la clínica en ayunas, de buen humor, aunque un poco zombi. Horas más tarde descubriré cuánto me afecta la falta de café, cuando abra el táper que me traje con pollo al spiedo y arroz integral con salsa de limón y encuentre el que tiene sólo arroz sin nada.
La sala de espera para los análisis está vacía. Me acerco a la recepcionista y tiendo mi orden.
-Saque número por favor.
Saco número. Es el cinco.
-¡Cinco!
Le doy el número, vuelvo a ofrecerle la orden.
-¿La credencial?
-Me la olvidé.
En realidad la perdí hace años; siempre digo que me la olvidé.
Me pide un documento. Le doy la cédula. La mira, me mira.
-Es que ahí había desayunado.
No se ríe. Me siento a esperar mi turno. Hago cálculos: en media hora me toca la cita con el dentista, en la misma clínica. Miro la fila de empleados que se juntan en torno a la máquina de café. Me pregunto si me darán una ficha después de sacarme sangre o si tendré que pagar.
-¡Gashi!
Probablemente la recepcionista se apellide algo como Gallulli y pronuncie su nombre bien, sin las cuchilladas de la sh. Tardo en reaccionar. Sigo sin haber tomado café. Medito sobre si debería corregirla.
-¡GASHI!
Pienso que podría ser un nombre chino. Ga-Yi. Reacciono.
Entro en un consultorio y preparo mi brazo. Una enfermera me saca sangre. La sangre está oscurísima. Pienso que la última vez fue hace cuatro años, embarazada de mi hijo que ya putea peor que yo. El enfermero que me la sacó esa vez está atendiendo a otra mujer.
-¿Trajiste la orina?
-No.
Nunca llevo el pis. No da llevar un tarro lleno de pis adentro de la cartera adentro del colectivo y en ayunas. Demasiado peligro.
-¿Y si te doy un tarrito hacés un poco?
-Claro.
Me voy a mear contenta. Qué lindo cuando te facilitan tanto las cosas. Cuando le devuelvo el tarro la enfermera me felicita. Sonrío como si yo tuviera cinco años. Me ofrece una ficha para la máquina de café. La agarro y se me cae al piso.
-Lo estoy necesitando.
Después de meditar un rato largo frente a la máquina, aprieto el botón de café con leche. Cae el vasito, cae el azúcar, la máquina muge, larga un chorro de café con leche. Me siento en la sala de espera y saco unas galletas de mi mochila. Desayuno frente a los que esperan en ayunas.
A las ocho y veinte me voy a la parte de los consultorios odontológicos. Mientras espero mi turno le pido a la secretaria cinco citas.
-¿Tantas?
-Vas a ver. Siempre me da malas noticias.
Me siento en esta sala de espera. Soy la próxima. A los tres minutos Diego asoma la cabeza y me hace un gesto.
-Te estaba por escribir en facebook que me duele la muela.
Eso de tener al dentista en facebook es lo mejor del mundo. Hace que el dentista deje de ser un dentista y se convierta en una persona normal que quizás hasta tenga ahí subidas fotos en vacaciones o en asados con amigos. Pienso que nunca miré su perfil en facebook. Pienso que tengo 555 contactos y nunca miro sus perfiles. ¿Discreta o desinteresada? Pienso que me faltan sólo 111 para tener 666.
-¿Qué te duele?
Le muestro. Mira en otro lado.
-Ahí pero en las muelas de arriba.
-Ah. Ahí no tenés nada. Un arreglo grande.
Sacamos una radiografía. No se ve nada. 
-¿Te duele mucho?
-Poco. Pero a mí siempre me duele poco y cuando vengo me tienen que sacar la muela.
-Son raros tus dientes.
-Gracias.
-Si levanto el arreglo te quedás sin muela y vamos a tener que hacer conducto, perno y corona.
Y eso sale un huevo. Además de que es un bajón.
-Entonces me la banco. Me duele poco y de vez en cuando.
Concluyo en que me dio una excelente noticia.
-El resto de la boca está bien.
Cuando salgo tengo I'm high on happiness. Cancelo los turnos y la recepcionista se alegra por mi boca.

A la tarde les toca a los chicos. Me encuentro con mi familia en el médico, después del trabajo. La recepción está llena de gente que va a atenderse por diferentes especialistas. Parece la antesala del cielo o algo. Están los rengos y los enyesados, los chicos que lloran, las viejas sonrientes, las embarazadas y los que tienen eczemas en la cara.
Antes de poder avisarle a la secretaria que estamos, el pediatra (que se llama igual que el dentista pero no está en mi facebook) nos llama.
-Elías, Dingdong, entren maestros.
Los chicos entran y empiezan a hablar. Le cuentan mil cosas. Elías le muestra un raspón que acaba de hacerse en la plaza y que le dejó el brazo entero como una frutilla. Dingdong unos juguetitos que tiene. Elías le habla del colegio. Dingdong le dice que él no va. Elías le pide la vacuna que todos sus amigos tienen y él no, y Dingdong dice que él no necesita ninguna. Cuando llega el momento de revisarlos, Elías va primero.
Se acuesta en la camilla (ellos le dicen camita) y se deja palpar, mirar con lucecitas, escrutar. Dingdong mira atento y se saca la ropa él solo. El pediatra le pregunta cuántos años tiene.
-Tes. Y cinco y cuadenta y cinco es mucho. Si tenés cuadenta y cinco ya está. ¡Cuadenta y cinco ya está!
Parece que esta vez no va a llorar.
Diego le mira las orejas a Elías con una luz.
-A mí no me vas a hacer eso –dice Dingdong mientras se trepa a la camita.
Después pide que nos acerquemos más a él y nos mira alternadamente a su hermano, a su papá y a mí, como si estuviera pasando algo realmente serio. El susto se le va cuando el médico le palpa las axilas y larga una carcajada. Igual, no deja que le miren los oídos.