Desde el principio ya la suerte estaba echada: entré al colegio nuevo un mes después de que empezaran las clases. A un grado que no me correspondía (después de hacer una semana de tercero me pasé a cuarto en el colegio nuevo). Vivía demasiado lejos (del otro lado de Santa Fe y del otro lado de Pueyrredón) y a mis amigas no las traían a jugar a casa. En el colegio enseñaban alemán desde primer grado, y yo ni siquiera sabía que tenían esa materia. Todas habían hecho la primera comunión y yo ni siquiera creía que Dios estaba en la hostia. Cuando nos dieron el libro del Evangelio en una ceremonia muy linda, la chica que venía detrás mío se distrajo y me incendió el pelo. Esa misma tarde, como no soportaba a mi primito español, quise esquivar una de sus cachetadas de malcriado y terminó tendido en el piso con el labio cortado.
Estaba becada en el colegio. Me compraron con gran esfuerzo zapatillas Topper, pero no había mi talle y mentí, dije que el 31 me quedaba bien, pero en realidad era espantoso cómo me apretaban y las usé una sola vez. Eran blancas.
La asusté a una compañera maricona con una araña de goma y tuve que rogarle a la imbécil de la maestra que no me llevara a ver a la directora, porque "había un secreto". Que era que me había saltado tercer grado y que estaba con media beca. Tenía 9 años. Era la más chica de la clase. Aunque el colegio era muy "bien", la gente de ahí era distinta, parece que académicamente estaba un poco retardado y ni noté que me había salteado un grado. La directora se llamaba Hermana Lasalle y había prohibido el flequillo en toda la primaria. ¿Y quién era la única con un flequillo tupido? Sí. Yo. La directora era muy estricta, como se esperaba de toda monja alemana. Pero era buena: me ayudó con el examen para dar tercer grado libre cuando, después de leer la parte de Ciencias que sólo hablaba del agua potable, le pregunté: "qué es potable?". Lo hice muy tranquila sentada en su escritorio.
A las que se portaban mal les ponían tarjetas amarillas. A la tercera, venía la roja y auf Wiedersehen! Para comprobar que el largo del uniforme fuera el correcto, teníamos que arrodillarnos en el piso; si tocaba el suelo estaba todo bien. Si no, te pinchaban papeles de diario con alfileres y así te ibas a casa. Para cuando me tocaba hacer la primera comunión con las de tercero, tuve neumonía. Y tuve que hacerla un mes más tarde, con las del otro tercero, que seguramente era el tercero grasa. Hasta tuvieron que corregir las estampitas, que ya estaban hechas.
Pero en quinto grado algo cambió: yo empezaba a adaptarme a las normas sociales no dichas y ya no me importaba que Pepi, una que se babeaba constantemente a través de la ortodoncia me preguntara sin tregua ¿Qué marca de auto tiene tu papá? Un Renault 12 (de hace 15 años, lleno de agujeros en el piso, cuando llueve y pasamos por un charco hay que levantar los pies y a él le da vergüenza traerme al colegio). El mío tiene un BMW. ¿De qué marca es tu raqueta de tenis? No sé (no dice). Yo tengo Prince. ¿A dónde te fuiste de vacaciones? A la quinta (que no tiene pileta, pero como dormimos los 12 primos juntos en un cuarto, nos divertimos mucho). ¡Yo a Punta! ¿Y de qué trabaja tu papá? Es ingeniero (cuando estaba por recibirse su papá se murió y él largó la carrera. Está desempleado, en el colegio nos becan y alguien nos presta para el supermercado). El mío tiene una empresa (en realidad se casó con la hija del dueño de una fábrica de rieles de cortinas americanas. Somos ricos pero nuestro secreto es que mi mamá es de Morón).
Tenía amigas que me invitaban a sus casas a dormir, y hasta los fines de semana a sus quintas. Yo era tan educada y los padres me querían.
En quinto grado yo me sentaba en el segundo lugar de la fila contra la ventana, y llegó una compañera nueva: Magdalena Temperley. Magdalena Temperley era fea. Tenía demasiadas pecas. Y rulos grandes y desprolijos que se le escapaban de las hebillas azules. Su uniforme era demasiado largo: un poco más largo del abajo de la rodilla reglamentario. Cuando controlaba la decencia de la clase, la Hermana Lasalle no la hacía arrodillarse en el piso. Tenía un olor muy particular a perfume picado mezclado con pis seco que se me clavaba hasta la nuca. Era hija de diplomáticos y había vivido los últimos años en Bolivia. Nos contaba que allá la gente cazaba a los perros callejeros y los hacía guiso. Las compañeras decían que parecía una mucama y yo me hice amiga suya. Desde tan chiquita ya me identificaba con las causas perdidas.
Magdalena Temperley nunca conoció mi casa. Yo, en cambio, fui un par de tardes de jugar en la suya, un piso demasiado grande en Carlos Pellegrini y Santa Fe. Y, cuando fue su cumpleaños, traté de que nadie faltara. Con mis diez años todavía no era muy diestra en las artes de la manipulación, y de las 51 alumnas de 5to. B sólo fuimos cinco. Había muchos globos, animadoras y demasiadas bolsitas para la salida. Yo hice que no me daba cuenta de que éramos pocas.
Magdalena Temperley se sentaba en el primer banco de la fila contra la ventana, justo adelante mío. Sola, porque el número de alumnas era impar, a alguien le tocaba estar sola, y nadie quería sentarse con ella por el olor.
Un día, en la clase de Alemán, Fraulein Elsa se quejó de un zumbido molesto. Un mmmm mmmmmm como un mantra que provenía desde nuestro sector del aula. Un poco histérica, preguntó quién hacía ese ruido. El sonido paró y ante el silencio, retomó su lección. Pero apenas pronunció la primera palabra, el ruido volvió. Miró hacia nuestro lado y el zumbido cesó. Siguió hablando, más tranquila, y el mmmmmm se sintió más fuerte. Se puso a gritar y salió de la clase muy nerviosa, gracias a que semana tras semana exasperábamos su perpetua soledad con nuestras bromas pesadas.
Una mañana habíamos decidido hablar en voz muy bajita para que pensara que estaba sorda. Cuando Fraulein Elsa nos pedía que habláramos más fuerte, nosotras susurrábamos que ya estábamos haciéndolo. Así había seguido la clase durante 20 minutos hasta que al último pedido de la Señorita, siguiendo una señal mía, todas nos pusimos a gritar. Aunque Fraulein Elsa había logrado mantener la compostura, le había empezado a temblar un párpado y un mechón se le había escapado de su frígido rodete.
Así que esa mañana de jueves la maestra de Alemán no le tenía demasiada paciencia al zumbido proveniente de nuestra esquina de la clase. Pidió autodisciplina, como les gustaba llamar a la auto-represión ese año; y, como el mmmm seguía, llamó a la vicedirectora.
Al rato regresó al aula con la Señorita Mabel, una gorda con guardapolvo blanco que algunas veces hacía de suplente y disfrutaba humillarnos: a ver… clase de Geometría. “Niñas, dibujen una figura humana sentada. Piensen en qué direcciones van las líneas del cuerpo cuando estamos sentados”. Todas dibujamos los cuerpos lineales pensando en lo ocurrente de su tarea. Cuando una pasó al frente a mostrar su trabajo, la gorda se rió burlona: “No, no, no, no, chiquita. Tanto dinero que tus padres invierten en tu educación de primer nivel, y vos no usás la cabeza jamás. Sos una malagradecida”. Y se dispuso a copiar el dibujo de la chica en el pizarrón, muy orgullosa de poder burlarse del error de su alumna: “Cuando nos sentamos, no tenemos la espalda recta como una vertical, los muslos derechos como una horizontal y las piernas tiesas como otra vertical”. Yo miré mi esquema y el de mi compañera de banco: las dos los habíamos dibujado igual que la pobre que transpiraba frente al resto del 5to. B. “Cuando estamos sentados, inclinamos las piernas hacia atrás, por lo que forman una línea diagonal”. Es el día de hoy, que cuando me siento derechita en una silla recuerdo cómo, después de esa frase, todas corregimos nuestras posturas y tiramos las piernas para abajo del asiento.
La nube de spray Roby y el guardapolvo blanco que parecía relleno de almohadones se pararon muy enojados frente a la clase, con la alemana nerviosa un poco escondida tras ellos. La Señorita Mabel nos llamó a las primeras tres de la fila contra la ventana, y nos fuimos con ella hasta la sala de música del subsuelo, que estaba vacía.
Entró, encendió las luces, y se sentó lejos del piano. Nos preguntó quién había sido. Silencio. Que nadie se iba de ahí hasta que no apareciera el culpable. Por las ventanas que estaban contra el techo de la sala se veían pasar los tacos de las señoras paquetas del barrio. Yo pensé si alguna no sería mi abuela, cómo me hubiera gustado que me rescatara de esa situación.
Como seguía el silencio, la amargada vicedirectora hizo salir a todas, menos a Magdalena Temperley, que se quedó con ella a puerta cerrada. Nosotras esperábamos paraditas contra la pared, asustadas. ¿Fuiste vos? Nos preguntábamos una a la otra. ¿De dónde venía el ruido? Inmediatamente se abrió la puerta con fuerza y su bisagra no alcanzó a chirriar. Salió Magdalena Temperley llorando en silencio.
La gorda llamó a la alumna número 2. Cuando terminó su deposición, salió mirando al piso apuradita, corrió escaleras arriba, y se metió con cola de paja en la clase de Alemán. Llegó mi turno. Me transpiraban los pies y con la uña del índice me levantaba el pellejito de la uña del pulgar.
La Señorita Mabel me dijo que me sentara en la silla frente a ella, de espaldas a los tacos salvadores de la vereda. “¿Quién fue?”. Yo miraba los toc-tocs que se asomaban de una bolsa de arpillera en una esquina. Los toc-toc eran mi instrumento preferido. En realidad me gustaba el piano y quería aprender para dar conciertos, como mi abuela, pero mi mamá me había dicho que como no teníamos piano en casa, si tomaba clases igual no iba a poder practicar, y si no practicaba no aprendería jamás. Así que había elegido el toc-toc, que podía fabricarse con cualquier palo, y que hacía un ruidito suave, como de sapito, que no molestaba a nadie y que quedaba bien con cualquier canción.
“¿Quién fue?”. Pensé que a la gorda debía apretarle la pollera, porque estaba furiosa. “No sé”, dije la verdad. “Sólo sé que yo no fui”. Por un segundo dudé y me pregunté si no habría sido yo; pero enseguida estuve segura de que yo no era la responsable de esta locura. Además de que yo nunca mentía, tenía la obligación de cuidar mi beca, y eso se hacía con autodisciplina. “La niña núero 2 dijo que la culpable es Magdalena Temperley”. “¿Y Magdalena Temperley qué dijo?”, pregunté, conciliadora. Tenía que sobrevivir. “Que ella no fue”. “Entonces no fue”, respondí, aliviada. Caso cerrado.
“¡Pero miente!”. Aunque la Señorita Mabel apretaba los labios, se le veía el puente dorado sobre uno de sus dientes amarillentos. “¿De dónde venía el sonido?”. Se había dado cuenta de que no iba a señalar culpables, y entonces dio un rodeo estratégico. Yo también me di cuenta, de su trampa. Pero me tenía atrapada, y si mentía me sacarían la beca y tendrían que mandarme a la escuela pública de la vuelta de casa, que era mi mayor deseo, pero mamá y papá no querían porque el colegio del estado no estaba a mi altura. Sopesé mis opciones y decidí que tenía que decir la verdad. “Venía de adelante”, me dí por vencida. Mi confesión fue suficiente: la gorda se levantó de la silla que le quedaba chica y salió del aula con pisadas de elefante. Pude ver, a través de la puerta de vidrio, la cara de terror de Magdalena Temperley justo antes de seguirla al despacho de la Hermana Lasalle.
Yo me quedé mirando los toc-tocs, sintiéndome mal, pero tratando de convencerme de que no había hecho nada malo, porque no la había delatado. Sólo había dicho la verdad. Sabía que el zumbido lo hacía Magdalena Temperley, y aunque me sentía culpable por haber dicho de dónde venía el mmmmm, estaba enojada con ella por no haber podido parar la primera vez que se lo había pedido Fraulein Elsa y por habernos puesto a en esta situación. Quería estar en mi casa, escondida detrás de mi cama contando los dibujos del empapelado.
A Magdalena Temperley le pusieron una tarjeta amarilla. Mis explicaciones no le alcanzaron, y se quedó sin ninguna amiga. Un año más tarde a su papá lo trasladaron a otro país y ella habrá vuelto a empezar. Me gustaba imaginar que vivía en Milán, donde se había reinventado gracias a la confianza que le dio tener buenas amigas. Seguramente ahora es una abogada de pelo suave, huele a Chanel y se reserva los zumbidos para lugares ruidosos, como la ópera.