Tocó semana de médicos. Arranco yo con un doblete el martes tempranito. Llego a la clínica a las ocho, media hora antes de mi turno con el dentista. Decido sacarme la curita de un tirón y a las malas noticias que seguro me dará Diego, el dentista que no te hace doler, sumo el análisis de sangre en ayunas.
Creo que aguanto el hambre salvaje que me despierta antes que la alarma del teléfono pensando en la meta. Últimamente, colgar los resultados como zanahorias fluorescentes me resulta. Y esta vez logro llegar a la clínica en ayunas, de buen humor, aunque un poco zombi. Horas más tarde descubriré cuánto me afecta la falta de café, cuando abra el táper que me traje con pollo al spiedo y arroz integral con salsa de limón y encuentre el que tiene sólo arroz sin nada.
La sala de espera para los análisis está vacía. Me acerco a la recepcionista y tiendo mi orden.
-Saque número por favor.
Saco número. Es el cinco.
-¡Cinco!
Le doy el número, vuelvo a ofrecerle la orden.
-¿La credencial?
-Me la olvidé.
En realidad la perdí hace años; siempre digo que me la olvidé.
Me pide un documento. Le doy la cédula. La mira, me mira.
-Es que ahí había desayunado.
No se ríe. Me siento a esperar mi turno. Hago cálculos: en media hora me toca la cita con el dentista, en la misma clínica. Miro la fila de empleados que se juntan en torno a la máquina de café. Me pregunto si me darán una ficha después de sacarme sangre o si tendré que pagar.
-¡Gashi!
Probablemente la recepcionista se apellide algo como Gallulli y pronuncie su nombre bien, sin las cuchilladas de la sh. Tardo en reaccionar. Sigo sin haber tomado café. Medito sobre si debería corregirla.
-¡GASHI!
Pienso que podría ser un nombre chino. Ga-Yi. Reacciono.
Entro en un consultorio y preparo mi brazo. Una enfermera me saca sangre. La sangre está oscurísima. Pienso que la última vez fue hace cuatro años, embarazada de mi hijo que ya putea peor que yo. El enfermero que me la sacó esa vez está atendiendo a otra mujer.
-¿Trajiste la orina?
-No.
Nunca llevo el pis. No da llevar un tarro lleno de pis adentro de la cartera adentro del colectivo y en ayunas. Demasiado peligro.
-¿Y si te doy un tarrito hacés un poco?
-Claro.
Me voy a mear contenta. Qué lindo cuando te facilitan tanto las cosas. Cuando le devuelvo el tarro la enfermera me felicita. Sonrío como si yo tuviera cinco años. Me ofrece una ficha para la máquina de café. La agarro y se me cae al piso.
-Lo estoy necesitando.
Después de meditar un rato largo frente a la máquina, aprieto el botón de café con leche. Cae el vasito, cae el azúcar, la máquina muge, larga un chorro de café con leche. Me siento en la sala de espera y saco unas galletas de mi mochila. Desayuno frente a los que esperan en ayunas.
A las ocho y veinte me voy a la parte de los consultorios odontológicos. Mientras espero mi turno le pido a la secretaria cinco citas.
-¿Tantas?
-Vas a ver. Siempre me da malas noticias.
Me siento en esta sala de espera. Soy la próxima. A los tres minutos Diego asoma la cabeza y me hace un gesto.
-Te estaba por escribir en facebook que me duele la muela.
Eso de tener al dentista en facebook es lo mejor del mundo. Hace que el dentista deje de ser un dentista y se convierta en una persona normal que quizás hasta tenga ahí subidas fotos en vacaciones o en asados con amigos. Pienso que nunca miré su perfil en facebook. Pienso que tengo 555 contactos y nunca miro sus perfiles. ¿Discreta o desinteresada? Pienso que me faltan sólo 111 para tener 666.
-¿Qué te duele?
Le muestro. Mira en otro lado.
-Ahí pero en las muelas de arriba.
-Ah. Ahí no tenés nada. Un arreglo grande.
Sacamos una radiografía. No se ve nada.
-¿Te duele mucho?
-Poco. Pero a mí siempre me duele poco y cuando vengo me tienen que sacar la muela.
-Son raros tus dientes.
-Gracias.
-Si levanto el arreglo te quedás sin muela y vamos a tener que hacer conducto, perno y corona.
Y eso sale un huevo. Además de que es un bajón.
-Entonces me la banco. Me duele poco y de vez en cuando.
Concluyo en que me dio una excelente noticia.
-El resto de la boca está bien.
Cuando salgo tengo I'm high on happiness. Cancelo los turnos y la recepcionista se alegra por mi boca.
A la tarde les toca a los chicos. Me encuentro con mi familia en el médico, después del trabajo. La recepción está llena de gente que va a atenderse por diferentes especialistas. Parece la antesala del cielo o algo. Están los rengos y los enyesados, los chicos que lloran, las viejas sonrientes, las embarazadas y los que tienen eczemas en la cara.
Antes de poder avisarle a la secretaria que estamos, el pediatra (que se llama igual que el dentista pero no está en mi facebook) nos llama.
-Elías, Dingdong, entren maestros.
Los chicos entran y empiezan a hablar. Le cuentan mil cosas. Elías le muestra un raspón que acaba de hacerse en la plaza y que le dejó el brazo entero como una frutilla. Dingdong unos juguetitos que tiene. Elías le habla del colegio. Dingdong le dice que él no va. Elías le pide la vacuna que todos sus amigos tienen y él no, y Dingdong dice que él no necesita ninguna. Cuando llega el momento de revisarlos, Elías va primero.
Se acuesta en la camilla (ellos le dicen camita) y se deja palpar, mirar con lucecitas, escrutar. Dingdong mira atento y se saca la ropa él solo. El pediatra le pregunta cuántos años tiene.
-Tes. Y cinco y cuadenta y cinco es mucho. Si tenés cuadenta y cinco ya está. ¡Cuadenta y cinco ya está!
Parece que esta vez no va a llorar.
Diego le mira las orejas a Elías con una luz.
-A mí no me vas a hacer eso –dice Dingdong mientras se trepa a la camita.
Después pide que nos acerquemos más a él y nos mira alternadamente a su hermano, a su papá y a mí, como si estuviera pasando algo realmente serio. El susto se le va cuando el médico le palpa las axilas y larga una carcajada. Igual, no deja que le miren los oídos.