jueves, 30 de diciembre de 2010
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Eclipse
Cuando vi a la luna suspendida entre los árboles como una moneda de oro gigante, como una nave nodriza naranja, recordé que a las cuatro de la mañana se vería el último eclipse total de luna de la década. Para el próximo habrá que esperar unos pocos meses, pero entonces hará frío y quizás nubes, y puede que sea buena idea ver este. La noche de verano es perfecta, húmeda, fragrante. La luna es una reina brillante, inmensa. No recuerdo haberla visto antes tan grande.
Cuando me duermo descarto la posibilidad de levantarme para verla eclipsada: el cansancio es demasiado, el calor me atonta. Además después de los museos más clásicos y de un partido de la selección en vivo, sé que no tengo lo que hace falta para emocionarse frente al suceso real. Ya me tengo acostumbrada al hecho mediado y visto desde la seguridad de mil sillones.
Pero qué sería la vida si pudiéramos planearla.
A las cuatro menos algo Dingdong me despierta. Al ratito, mientras mis párpados se cierran y se abren pesados, un flash me interrumpe. Primero pienso que es una equivocación, un chispazo de mis ojos, una vela que quedó encendida, el corazón de la computadora que late marcando el paso de la noche. El segundo flash es más directo, más largo, más imposible de ser ignorado.
-¿Qué fue eso?
-¿Qué?
-Esa luz.
-La compu.
-No. No fue la compu. Es algo más. –Lo segundo que pienso es que finalmente vinieron a buscarme, y esta vez no son los vampiros sino los aliens.
Salto de la cama y me asomo desde mi cuarto. Y lo veo. Parado, largo, junto al tanque de agua, linterna en mano. Lo veo a través del techo transparente. Miro la hora. Las cuatro y nueve. R ya está al lado mío.
-¿Qué será? ¿Un chorro?
-Quizás un chorro que le hace señas a otro. Pero puede que sea el eclipse. Ya es la hora.
Los dos lo miramos alumbrar para todos lados.
-¿Pero qué hace con una linterna? No se necesitan linternas para ver un eclipse.
-Pero sí para subir al techo sin matarse.
-Hum… Es verdad…
R enciende la luz, que ilumina todo el techo. Me escondo en el cuarto. Con la luz prendida, es como estar dentro de una instalación. Apaga la luz. Salgo del cuarto. El tipo empieza a alumbrarnos moviendo la linterna.
-Si fuera un chorro ya se habría ido…
-¿Entonces es un loco?
-O está mirando el eclipse.
-¡No seas negador! ¡Nos está mirando a nosotros!
-¿Salgo y le hablo?
-¡No! No abras la reja –yo creo que es el eclipse pero las cosas no están para arriesgarse.
-OK.
-Salgo yo. Vos mirá por el techo y si ves que viene para mi lado gritame y entro corriendo.
-Pero no acabás de decir que…
-Sí, pero dejame. Mirá lo que es el cielo, y está fresquito. Quiero ver si se ve el eclipse. Vos vigilá por el techo y decime si viene.
-OK.
Afuera hacen como diez grados menos. Las estrellas están mucho más brillantes, como si en el cielo hubiera agujeritos y se filtrara la luz de un foco gigantesco. No se ve la luna ni nada más que miles de puntitos brillantes. Y el tipo, que sigue junto al tanque de agua. No le hablo, aunque estamos a pocos metros de distancia. Es un momento demasiado íntimo con el cielo y el aire. El tipo es joven, tendrá unos dieciocho años. Y cuando me ve, se va.
Vuelvo a entrar en la casa, bajo al patio a ver si no pretende meterse por ahí. Cierro la persiana de Elías, que quedó abierta.
-Hola ma.
-Hola, ¿estás desvelado?
-No.
-¿Tuviste una pesadilla?
-No.
-¿Me quedo un ratito con vos?
-No hace falta.
Lo dejo en su cama. Dingdong ronca en la mía. Nosotros nos sentamos en el piso, junto a la terraza. R me cuenta la idea que lo tuvo despierto toda la noche. De tanto en tanto, miro por el techo si el tipo volvió.
-Ya se fue –me tranquiliza R.
-Ya sé. Miro cómo va aclarando el cielo.
Las estrellas desaparecen y los pájaros son una explosión de chirridos, chirp, chirp, pi, pipipi, música, felicidad. La gata me mira asombrada: no puede creer no estar sola en la madrugada.


