martes, 20 de diciembre de 2011

welcome home

uno me sostiene la puerta del baño
a otro me lo cruzo en la escalera mecánica que baja
cuando yo subo.
los soldados vuelven a casa
sus hijos los esperan con gorros de navidad
la guerra terminó hace seis días
navidad es en seis días
los niños identifican sus bolsos del ejército
daddy, there's your army bag!
el carrusel escupe uno, dos, tres,
diez iguales.
uno renguea, sus muletas y sus botas color desierto
toscas sobre el piso vestido de riqueza.
otro todavía tiene acné y una mujer que lo espera
escondida detrás de la silla de ruedas de su mamá.

jueves, 1 de diciembre de 2011

modelo 96

la madrugada nos sorprendía trasnochados

con mi rímel corrido

con tus ojos cansados

el pelo hecho

mechones de humo

nudos de besos

el sol era nuestro enemigo

y planeábamos movernos por el mundo

cruzando husos horarios

persiguiendo la oscuridad

 

 

hoy

la mañana me susurra

con su voz de bambú

que te encontró perdido

buscando la sombra de lo que fuimos

en lugares donde sólo hay

luz

viernes, 14 de octubre de 2011

5 am

alguien les subió el volumen a los pájaros

y la gata sigue sin aparecer

yo la he visto, en mis sueños:

su ojo izquierdo es un agujero

y tiene dos esmeraldas en su perfil derecho

sábado, 13 de agosto de 2011

La isla. Literatura en digital

Artículo de Alva Lai Shin Castellón para GraphicLust

mi corazón

chamuscado
aplastado
quemado
cortajeado
mutilado
remendado
escupido
amputado.
lastimado
aterido
congelado
excluido
mordisqueado
picoteado
vendado
desgarrado.
pisoteado
desflecado
recortado
desangrado
golpeado
atropellado
amordazado
y olvidado
todavía es un pez
adentro de mi pecho

domingo, 31 de julio de 2011

La isla en Cuadrivio, con presentación de Frank Báez


Presentación



Frank Báez

Alguien dijo en una ocasión que Buenos Aires era la ciudad del mundo con más psicoanalistas por metro cuadrado. Esto, por supuesto, significa que debe contar con una gran cantidad de neuróticos para compensar esa oferta. Suponía que la capital de los neuróticos era Santo Domingo, por lo que me entraron unas ganas enormes de visitar Buenos Aires y compararla con mi ciudad. Tuve la oportunidad de ir el año pasado. Incluso me alojé en el departamento de un amigo cercano a la famosa Villa Freud. Pasé por allí de noche, cuando volvía, y me quedé viendo, fascinado, como si se trataran de zombis o vampiros, a los neuróticos que paseaban sus perros y retornaban a sus casas. La verdad no eran muy distintos a los de Santo Domingo.
Antes de ayer, leyendo La Isla, primera novela de Cecilia Galli, he vuelto a pensar en esos neuróticos. Ambientada en el Buenos Aires de finales de los noventa, La Isla se encuentra protagonizada por Rita Scoleri, redactora de una revista, que hace lo imposible por no convertirse en neurótica. Ésta logra independizarse finalmente de sus padres y de su ex novio, y se muda a un lindo apartamento que tiene todo excepto la pareja ideal con que sueña y que ella emprende a buscar. Sin embargo, le cuesta dar con él. La vemos deambular por la noche porteña entre neuróticos, quienes, iguales a zombis, la persiguen, la cercan e intentan comerle el cerebro para convertirla en una de ellos. Pero Rita, envalentonada, sigue buscando. Lo único que teme es al futuro, a la llegada del nuevo milenio, cuando supuestamente el Y2K lo destruiría todo y ella se quedaría sola por siempre. Llega el milenio, y aunque no destruye nada, sin embargo sí trae un renacer, un nuevo orden en su vida.
Esto de los neuróticos no es una particularidad de los personajes de Cecilia Galli. En una entrevista realizada a César Aira, éste señala que los escritores de Palermo –barrio donde Cecilia Galli vive– se caracterizan por trazar la neurosis y la hipocondría de sus personajes. Los primeros capítulos de la novela van en clave de escritora de Palermo; es decir, intuimos esa neurosis a la que me refería anteriormente. Sin embargo, hay un punto donde la novela da una vuelta de tuerca: de novela de corte psicológico se transforma en novela de aventuras. Aquí, en este punto, me parece que radica su riqueza, ya que el entorno de Rita se convierte en una metáfora de esa literatura porteña que señala César Aira, y de la que ella intenta escapar para no convertirse en neurótica, en algo predecible o nulo, como un zombi. Para Cecilia Galli, esa literatura debe dejar de mirarse el ombligo y buscarse fuera de su eje para reencontrarse lejos de ese Buenos Aires agónico donde todo el mundo está tan ensimismado por tanto preocuparse y no ocuparse. De esa forma, en busca de nuevas posibilidades, Rita emprende el viaje a la isla para encontrar una descarga espiritual que la haga encontrarse consigo misma. ¿Lo logra? Para saberlo hay que comprar la novela.
Sin embargo, con tal de que los lectores de Cuadrivio conozcan La Isla, su editor ha decidido publicar los dos primeros capítulos de la novela. Los que quieran adquirirla completa, pueden hacerlo en formato electrónico a través de Biblits.
Cecilia Galli es una de las nuevas voces de la literatura argentina. Tiene dos libros en su haber: Karaoke Kiss y Superhéroes. El primero es de cuentos y el segundo es un poemario. Al igual que La Isla, son libros explosivos y divertidos. Sin embargo, es en La Isla donde logra su mejor registro y donde su ingenio, el manejo del diálogo y la versatilidad de su prosa poética están mejor logrados. En ocasiones recuerda a Lorrie Moore, pero a una Lorrie Moore pasada en agua, en estado de gracia. Pero no sólo eso: en La isla, Cecilia Galli ha creado a Rita, un personaje memorable con el que simpatizamos como si se tratara de un amigo o un familiar cercano.
El otro día, hablando con ella, le pregunté si consideraba que Rita Scoleri era su alter ego, a lo que me respondió: «no es mi alter ego en el sentido de que no vive cosas que yo quiera o que haya querido vivir. Pero sí puede que lo sea en cuanto a metáfora de crecimiento, de pasaje. El zambullirse en la realidad y atravesarla, sufrirla, sentirla en la piel, para salir y ser una nueva versión, la versión acabada de sí misma».

_______
Frank Báez (Santo Domingo, República Dominicana, 1978) es editor de la revista Ping Pong, y autor de los libros de poesía Jarrón y otros poemas (Betania, Madrid, 2004),Postales (Casa de Poesía, Costa Rica, 2008), y del libro de cuentos Págales tú a los psicoanalistas (Editorial Nacional, Santo Domingo, 2007). Con el libro Postales ganó el Premio Nacional de Poesía en el 2009. Lleva un blog en la siguiente dirección: www.frankinvita.blogspot.com.

jueves, 7 de julio de 2011

despertador

eso que cae no es lluvia

y eso que sentís no es felicidad.

¿cómo podrías ser feliz con todo lo que pasa alrededor?

despertate

despertate

eh, ¡despertate!

 

si no me creés, mirá tus pies

estás parado sobre gelatina de cereza

no me digas que no

y cambiá la cara

que te veo sentirla, lamiéndote entre los dedos

mejor.

ahora mirala

¡mirala!

si querés podés probarla

es de cereza

no me mires así

qué, ¿nunca viste gelatina de cereza verde?

 

eso que sentís es miedo

eso que sentís es miedo

eso que sentís es miedo

sacátelo

dejalo tirado en la alfombra como si fuera un disfraz de oso

¿viste cuánto pesaba?

así vamos a entendernos mejor.

 

eso que cae no es lluvia

y eso que sentís no es felicidad.

viernes, 17 de junio de 2011

ceniza

de noche el cielo está amarillo

de día el cielo está gris

por la madrugada el cielo se pone blanco como un living con luz de tubo

como un casamiento en una heladería.

el cielo está sucio de volcán

el sol es un agujero tímido

parece una luna

pregonando el fin del mundo.

pero no pasan los siete caballos con sus jinetes furiosos;

en buenos aires son sólo tipos con perros atados como globos

peludos, apáticos

que van a morir

(todos vamos a morir)

(más temprano que tarde)

y mientras siga lloviendo

me pasearé por el cementerio

mezclándome con sus gatos

y así espero que llegue el 22

que la oscuridad empiece a remitir

para burlarse mientras migra hacia el norte

y nos deja preparándonos para lo más puntiagudo del invierno

para las noches de hornalla y monóxido

y los titulares de lana apolillada y soledad.

ahora la penumbra nos envuelve

es una boca húmeda de sapo

y no hay sol

ni siquiera cuando hay sol.

jueves, 9 de junio de 2011

la sangre no es agua

lo que aprendí con vos
lo derroché con otro
así es la vida
y si te clavo un cuchillo
me corto las manos
las cicatrices las llevo como medallas
de santos
de guerras
que me cuidan y me protegen
que me duelen.
el cuerpo recuerda
cuando se enfrenta a eso que la mente borró
se cierra como una mano electrocutada
y te hace latir las marcas
para que no te electrocutes completo
para que las heridas no se abran.
insomne
después el golpe te deja insomne
te manda a hamacarte
de noche a una plaza
a sufrir la inercia
te pone autómata
balanceándote bajo la luz plateada
tus sueños cortados masticados hechos girones
tus sueños amputados
los recuerdos que se escurren
las memorias que no volverán
otra vez y
siempre la luz helada
que te congela la vida
como si te clavara plaquitas para muestras de microscopio
entre las vueltas de tu cerebro.

martes, 7 de junio de 2011

The Prodigy

Haberse encontrado con Nani y Juan en mitad del concierto de Prodigy había estado bueno: ahora eran cinco bailando y saltando en mitad de la cancha de básquet y alrededor del saco negro Armani que Pablo había dejado en el suelo. A pesar del invierno estaban sudando en el recital, que era en realidad una fiesta, con la banda tocando con toda su potencia y sin demasiado público. Si quería, uno podía acercarse muy fácilmente a los músicos, y quizás hasta treparse al escenario. Pero Rita y Lucas estaban más cómodos en su propio costado, divirtiéndose como en su propia fiesta, lejos del pogo, disfrutando porque sí y no porque The Prodigy fuera su banda favorita, ni porque sólo hubiera doscientas o trescientas personas, sino porque tenían las cabecitas locas, los corazones atravesados y en brochette. Disfrutaban porque estaban juntos; eso era la vida entonces.
Rita se había puesto su ropa preferida, que usaba casi siempre que no estaba trabajando: el suéter negro estilo militar, las calzas negras que le quedaban por la mitad de las pantorrillas, las medias de red y los borceguíes. El pelo corto, que se había retocado ella misma esa tarde, los ojos pintados de negro, los labios pálidos. Era el playmobil dark. Mientras bailaba, miraba siempre a Lucas, Lucas con sus borceguíes hasta en la playa, con sus pantalones escoceses y su remera verde, con su pelo mal cortado, también por ella. Lo quería. Era el otro integrante de su tribu de dos, con sus ojos de Gengis Kan, con sus manos grandes, con sus uñas cuadradas que a ella la hacían sentirse segura.
Rita y Nani se habían reído con sus confidencias habituales, siempre a los gritos para poder atravesar la música. Y al final del recital se habían subido los cinco en el auto de Juan, y Juan estaba duro y borracho y en la Lugones Rita le había agarrado la mano demasiado fuerte a Lucas y Nani se había puesto a gritar como loca, que los dejara bajar del auto, que aminorara, que frenara por dios, que se pegara un tiro si quería matarse, pero que los dejara a ellos irse con sus vidas. A lo que Juan había acelerado más y Rita se había cubierto la cara con las manos, la única reacción que fue capaz de tomar. Una vez, de chica, un segundo antes de un choque, su padre había gritado un ¡tápense la cara!, salvándolos de los vidriecitos que se habían desparramado por todo el interior del auto. Destrucción total para el volkswagen, muñeca derecha rota para el hombre, un par de cortes en las manos de los chicos, sus caras intactas.
Así que ni bien llegaron a un semáforo rojo en Sarmiento, Lucas abrió la puerta y saltó de ese ataúd con ruedas y arrastró a su novia hasta la vereda. Se sentaron en un banco del parque y se rieron nerviosos, mientras a ella casi le temblaban las piernas. Compartieron el último cigarrillo del paquete y se besaron con gusto a nicotina y a alquitrán, a tabaco y a mil químicos más. El planetario frente a ellos como el video de zoom pero sin tantos colores ni tantas jirafas. Hacía frío y los autos les soplaban un vientito y caminaron hasta República de la India, pasaron por el costado del zoológico con su olor animal y siguieron de la mano hasta la casita de Lucas.

Se habían conocido de casualidad y por culpa de Rita, como le gustaba pensar a ella. Rita estaba haciendo un trámite en la oficina donde trabajaba Lucas. Era una tarde ocupada y el teléfono sonaba mientras él trasladaba una pila de carpetas resbaladizas. El teléfono no se cansaba y él lo miraba desde arriba de la última carpeta, en la que apoyaba la barbilla. Y Rita atendió. Preguntaron por Lucas.
-¿Lucas? Mmmmm… -Mirando al chico de las carpetas. A lo que Lucas asintió revoleando los ojos.
-Sí, está, pero en una reunión. ¿Tomo el mensaje? Soy Rita, su secretaria.
Cuando cortó, Lucas le dijo que mejor no tocara sus cosas y ella se rió y se dio media vuelta para irse. “Era tu mamá, que le avises si vas a comer esta noche”, gritó por encima de su hombro. Cuando se subió al ascensor Lucas estaba junto a ella y en el viaje de cuatro pisos hasta la planta baja ya se habían enamorado.
-Te invito a un café –le dijo él, sorprendiéndose a sí mismo por su frase. Sonaba a su padre pero no quería que la chica se le escapara.
-Tengo que ir a trabajar, pero gracias. –Después frenó y se dio vuelta -¿A qué hora terminás acá?
-A las seis.
-Buscame a las ocho y vamos a tomar algo.
-¿Por dónde?
-Ah. Trabajo en la librería, acá en Mondo. –Y se alejó riéndose, sintiéndose mejor que en mucho, mucho tiempo.
Cuando la buscó esa noche, ella se había pintado un poco los ojos y se había atado el pelo, que todavía usaba largo. Hacía frío, el frío de fines de mayo cerca del río, con la humedad de Buenos Aires que lo hacía traspasar la carne y llegar directo a los huesos. Igual caminaron, caminaron como veinte cuadras hasta una fonda que a él le gustaba, donde se sentaron, pidieron dos pintas de guinness y dos guisos de cordero, y él le contó su vida. Y cuando Lucas se fue unos minutos a comprar cigarrillos a la barra, ella le escribió algo en una servilleta y le regaló su corazón.

Lo que tenían aunque todavía no se daban cuenta era una unión especial, más honda, que iba más allá de mucho y de todo, y que era tan definitiva que sabían que nunca más querrían tenerla con nadie más. Nunca más podrían. Porque ¿qué te queda cuando alguien se come tu corazón de postre? ¿Qué te queda para después?

El frío se había metido en la casa de Lucas y había hecho una razia. Había entrado por debajo de la puerta y había salido por un hueco en una de las ventanas, encantando todo a su paso, convirtiendo a la casita en el palacio de invierno donde uno se congela porque el palacio de invierno está hecho de hielo, y hasta la estufa se había apagado. Así que volvieron a encenderla, hirvieron agua para el té, pusieron velas por todos lados y llenaron la bañadera de agua caliente. Iba a ser la mejor forma de sacarse las imágenes de glaciares de noche de la cabeza y apagaron las luces y desde el agua vieron cómo la luna llena medía sus fuerzas con la luz de las velas como si el blanco y el amarillo lucharan como un hielo y un fuego.

Cuando Lucas se iba de su casa tarde o cuando viajaba, Rita siempre tenía miedo de que le pasara algo. Tenía terror de que se muriera. De que por robarle las monedas para el colectivo le pegaran un tiro. De que se cayera su avión. De que su historia de amor de película terminara abruptamente, que ella lo perdiera, que se le arrancaran de los brazos y que le arruinaran la vida. En esos momentos se tranquilizaba con un pensamiento, y la imagen real no alcanzaba a deprimirla sino que la aliviaba: “nada de eso va a pasar. Va a ser mucho peor. Todo se va a enfriar, van a hartarse los dos, van a dejar de quererse. Ninguna tragedia va a plastificar tu historia de amor, ningún punga va a inmortalizarla en los titulares de Crónica con la ayuda de un arma tumbera, ningún rayo va a momificarla para siempre. Tu historia de amor es como las demás, como cualquier otra, y sabés que es cuestión de tiempo. Porque el tiempo todo lo cura, incluso al amor”.

La intimidad. Esa carpa invisible que los cubre, los alberga, los protege. Esa carpa elástica que se estira cuando ellos no están juntos. Esa carpa elástica y telepática en la que flotan sus pensamientos y ellos se entienden sin hablarse ni mirarse y en la que ellos se saben juntos, siempre y para siempre.

La despertó la gata, a la mañana, aunque todavía de noche. La oyó ronronear demasiado cerca y saltó al descubrir que la miraba desde su misma almohada. Le respiraba en la cara y casi la rozaba con uno de sus bigotes. Ni bien Rita abrió un ojo, la gata le habló. Maaaaoooouuuuuu. Modulaba, movía los labios, algo hacía.  Pero le hablaba. Rita saltó de la cama espantada: los gatos no terminaban de gustarle. En realidad les tenía un poco de miedo. Pero ahora tenía a esta que se había metido en la casa de Lucas y se le había pegado a ella, no sabía por qué. Maaa bbbbaaaaaoooooo. Le estaba pidiendo que abriera la puerta para poder salir al patio. Eran las seis y media y la luna casi llena estaba lejos, chiquita, helada, alta en el cielo invernal. Rita extrañó las lunas de verano, las lunas naranjas como soles, las lunas calientes, las lunas enormes. Abrió la puerta y la gata salió, olfateó el aire helado y volvió a entrar corriendo, disparada como si la estuviera persiguiendo una horda de gatos con ojos hambrientos. Rita cerró la ventana y volvió a la cama. Lucas sonreía lejos, en sus sueños, y ella lo trajo de vuelta acurrucándose contra él. Cuando se durmió soñó que era verano.

Una mañana, en el trabajo. Una compañera ve la punta de su tatuaje mientras ordenan la biblioteca. Rita ha cargado pilas infinitas de libros y tiene calor. Se saca la camisa y la punta de su tatuaje se asoma por un costado de su camiseta.
-¿Tenés un tatuaje? ¿Lo puedo ver? –y Rita se saca la camiseta para que su compañera pueda verlo completo. La otra admira el dibujo en su espalda y cuando Rita se da vuelta se encuentra con los ojos de la otra, hambrientos, por primera vez encendidos por otra mujer. Su compañera le mira el estómago, las caderas, las piernas. Rita se sonroja y se siente sexy.
-¿Lo puedo tocar?
-No.

-Me pasó algo raro en el trabajo –le dijo Rita a Lucas cuando se encontraron en la puerta de la veterinaria. –Es gracioso, te cuento cuando salgamos.
El olor a alimento balanceado. Los estantes repletos de juguetes, accesorios, bolsas de colores llenas de comida. Los percheros con correas. La ropa para perros. Cascabeles y medallones con nombres de animales. Popi. Laica. Shiva. Golosinas para perros. A Rita le encantaban las veterinarias. Compraron una bolsa de eukanuba naranja, piedritas y Rita le preguntó a la vendedora qué era la hierba gatuna.
-No, no es droga. Sólo les dilata las pupilas y parece que les da alucinaciones y se ponen como locos, pero no los droga.
-Sumame una bolsita.
-Son veintitrés pesos.
Después de la veterinaria fueron a la verdulería. Planeaban una noche romántica y relajada, cocinar y comer, bañarse y meterse en la cama temprano. Papas, batatas, mandarinas, naranjas y un repollo colorado para equilibrar los colores. Mientras empezaban a pelar papas, sonó el teléfono de Rita y ella se fue a hablar al baño. Cuando salió, quince minutos más tarde, Lucas le preguntó con quién hablaba.
-Con Francisco, mi amigo.
-¿Y por qué en el baño?
-Porque me estaba contando un problema que tuvo con la novia y quise un poco de privacidad.
-¿Estás segura de que sólo es eso?
-¿Qué?
-No me gusta que te encierres. Parece que estás escondiéndome algo.
-Loco, yo estoy con vos y estoy con vos.
-¿Sí? ¿Sólo conmigo?
-¿Sabés qué? Matate. Volvés a dudar de mí o a insultarme así, y no me ves más.
Lucas la miró serio y después avergonzado: -Perdoname. Soy un pelotudo. Pero sos la única cosa que tengo que es sólo mía.
-Lucas, la única cosa que tenés que es sólo tuya es tu cepillo de dientes. Y no me hables por un rato, dejame cocinar tranquila.

El sábado a la noche se les unió Jacinta, la hermana de Rita, y los tres fueron al Gran Omi. Lucas estaba ocupado pasando música y las chicas se sentaron junto a la rampa a mirar los saltos de los que patinaban esa noche.
-¿Y todo bien con Lucas? –le preguntó Jacinta a Rita.
-Sí. Súper. Pero es celoso. ¿Sabés con la que salió la otra noche? Me llamó Fran, que no sé qué mierda le pasaba con la novia esa tarada que tiene, y me fui a hablar al baño para estar tranquila y Lucas se calentó, dijo que si me encerraba que estaba escondiendo algo. ¿Podés creer?
-Qué tarado. ¿Y qué hiciste?
-Le dije que se ubicara y se sintió mal, y enseguida la cagó otra vez diciendo que yo soy la única cosa que es sólo suya. La única ¡cosa!
-¿Y te fuiste?
-No, qué me voy a ir. Si yo nunca me voy... Le dije que se quedara un rato calladito. Hasta que se me pasara la bronca.
-Bueno, nena, ya sabés: los celosos son celosos porque son inseguros, aunque sea muy en el fondo. Y sufren más que el resto.
-Sí, ya sé, pobre Lucas, y te salió otra máxima. ¡Uy! ¿Viste eso? –una chica, que también era la peluquera de Jacinta, había dado un salto mortal sobre su skate. La gente gritaba y aplaudía, y las demostraciones no se terminaban.
Rita y Jacinta siempre se contaban sus problemas y todo lo demás, y al final de cada conversación citaban, a modo de conclusión-mantita, una máxima que usaran o que inventaran en el momento. Además de la de los celosos, que Jacinta acababa de estrenar, tenían una sobre los hombres que las trataban mal (“cuando un hombre te trata mal es porque te quiere coger y no puede, y en vez de sublimarlo te maltrata”), una sobre los insultos que era una recreación de “el que lo dice lo es” de la primaria (“cuando alguien te insulta, el insulto que te dice que exactamente lo que esa persona es”) y otra sobre los pantalones (“antes de ponerte un jean que no te favorece, salí en pijama”). Las máximas que se decían, con seriedad de prognosis mala, las ayudaban a reírse de sus desgracias y a tratar de convertir a las situaciones en experiencias.
-Así que dejalo tranquilo a Lucas, que ya se le va a pasar.
-Sí, ya sé. Pero a esta altura me jode que no me conozca.
-Pero viste que a los tipos les cuesta un poco más...
-¡Otra máxima! –Y las hermanas se rieron mientras gritaban porque el hermanito de la peluquera había subido la apuesta: el mismo salto y después otro más.
-¿Y qué hacen las chicas? –Lucas había vuelto y abrazaba a Rita desde atrás.
-Te criticamos –Jacinta siempre peleadora. -¿Vamos a bailar, a ver si me consigo un novio?

Después del Jardín Japonés, estaban tirados al sol en la plaza Alemania. Rita apoyó su cabeza sobre el pecho de Lucas y se quedó dormida mientras él le acriciaba el pelo. Cuando se despertó, después de media hora, volvieron caminando hasta la casa de Lucas y siguieron con la siesta.

Habían ido a la casa de los abuelos de Lucas a tomar el té. Sábado de primavera, en tren, con el sol de la tarde que ya empezaba a calentar sus camperas de cuero. El día era perfecto, estaban divertidos, y venían hablando del recital de la noche anterior, Björk en el Luna Park, que había estado bueno, pero a Rita le dolía la cabeza y algo hizo clic y despertó al monstruo violeta, que empezó a reptar por adentro suyo, a inundarla con su baba siniestra.
-Basta Lucas. Me tengo que ir.
-¿Eh?
-Más tarde hablamos. –Y Rita empezó a alejarse por la plaza de la estación.
-¿Pero qué pasó?
-No me sigas. Perdoname. Necesito estar sola. No me sigas. Y no te preocupes que está todo bien. Ignorame. Dejame sola. Te llamo en un rato.
Lucas se quedó parado en la vereda destartalada, solo, mirándola alejarse. Rita caminaba rápido, Rita cruzaba la avenida sin mirar si venían autos o no, Rita empujaba a un hombre que se acercaba a pedirle fuego, Rita no era Rita.

Tiene seis años y está con su abuela y con Jacinta. Están jugando a algo que a ella no le interesa. La abuela le ofrece un chocolate suchard rojo y Rita le dice que no quiere.
-Pero si es tu preferido –acota una Jacinta de cinco años y vestido azul.
-No lo quiero. –Y Rita agarra la carpeta de flores donde guarda sus dibujos y sus papeles y la rompe en pedazos. Se corta un dedo. 

-¿Ya vino Lucas? –pregunta Rita mientras le da un beso al portero del club.
-Hace rato, con Mariela. ¿No estaban juntos ustedes?
-Sí. No te hagas ilusiones. –Y se aleja esquivando la mano del portero, que va camino a su culo.
Los encuentra en mitad de la multitud, bailando. Suena The Passenger y mientras todos saltan, Lucas y Mariela se mueven a destiempo y ella le acaricia el pelo. Rita decide que es justo, que les va a dar un rato. Saluda al chico de la barra y le pide algo.
-Qué hacés linda. ¿Y no estás más con Lucas?
-Sí, estamos. Qué, ¿tiene a la tarada esa muy pegada?
-No. Un poquito nomás. Cuando llegaron Lucas preguntó por vos. ¿Una peleita?
-No, un poquito nomás. –Y Rita decide que ya está, que ya Lucas tuvo su venganza. Camina hasta donde están los dos mirándose como idiotas, agarra a Lucas por los hombros, lo mira a los ojos y le suelta un vámonos a casa. Lo agarra de la mano y lo arrastra sin esfuerzo hasta la vereda, para un taxi y se suben los dos. A la casa de Lucas.

En el taxi no se miran. En el taxi Lucas la mira. En el taxi Rita mira todo el tiempo hacia adelante. En el taxi no hablan. En el taxi Lucas abre la boca para decir algo y Rita cierra los ojos. El chofer sube el volumen de la radio. Las tres de la madrugada en Buenos Aires. A ver, animales nocturnos, seres de la oscuridad, escuchamos sus llamados... Hola, soy Luna de Paternal. Me gustó lo que dijo Roque de Barracas sobre la noche y la soledad. Soy de Capricornio; creo que vamos a llevarnos bien. Roque, te dejo mi número con la producción. Rita larga una carcajada y le da un beso en la boca a Lucas. Profundo, lento, caliente y tranquilo beso en la boca a Lucas. Cuando el taxi frena frente a la casa de Lucas, sus corazones rotos y arreglados laten más fuerte, con urgencia.

Llaves atolondradas. Oscuridad cegadora. Zapatos tropezados. Botones torpes. Golpes risueños. Besos pesados. Respiraciones confundidas. Manos hambrientas. Bocas voraces. La pared está fría pero las manos de Lucas hierven mientras acarician cada rincón del cuerpo de Rita. La boca de Lucas quema mientras recorre cada recodo del cuerpo de Rita. Lucas y Rita se elevan y flotan, y cuando salen de su trance Rita pregunta cómo llegaron al sillón, que no recuerda el paso desde la pared junto a la puerta hasta el sillón. 
-Volamos, ¿no?
-Sí, volamos.
-¿Me perdonás?
-Sí, ¿pero qué pasó?
-El monstruo violeta se despertó de repente.
-Adentro tuyo.
-Sí. No puedo evitarlo. Perdoname.
-Perdoname vos a mí.
-No hay nada que perdonar. ¿Querés un bis?
-Calentame. 

Caminan por Corrientes. Un viernes, otra noche. Son las doce y se mezclan con la gente que sale de las librerías, del San Martín, de los bares. Van muy agarrados, para que nadie pueda separarlos y llevárselos en la confusión. Rita tiene su campera de cuero roja y apoya su cara fría en el brazo de Lucas.
-Ese está fumado.
-Ese también.
-¿Decís que nos reconocemos?
-¿Como vampiros? Seguro, linda.
Comen en un McDonald’s deprimente, lleno de adolescentes hormonales repletos de granos y de aros de mickey mouse que se juntan cerca de las cajas, un McDonald’s lleno también de la lacra de la ciudad, las cucarachas que sólo salen de noche y se instalan en las mesas más cercanas a la puerta, en todos los McDonald’s de las avenidas de Buenos Aires. Locos, viejos, tristes, obesos, enfermos. Piden un vaso de soda para bajar los restos que sacan de las bandejas abandonadas por clientes y empleados, ojean el diario de ayer, miran al vacío sentados junto a sus bolsas viejas donde acarrean el peso de sus vidas pisoteadas, se bañan en los baños de la planta baja.
-Vamos a que te saque fotos, ¿querés?
-¿Llegó el momento?
-Llegó el momento.
Lucas y Rita bajan a la calle y suben a un taxi y en la casa de Lucas ella se desviste mientras él prepara la cámara.
-Blanco y negro.
-Blanco y negro. Como quieras. Vos sos el fotógrafo. Dirigime.
-Dejame ver. Parate junto a la puerta.
-¿Y en quince años voy a mirar estas fotos de mi cuerpito joven con algún amante?
-Mmm. No me digas esas cosas porque voy a hacer que salgas fea.
-¡Mentiroso!
-Mentiroso. Mirá para la luz.
-Vení acá, fotógrafo.

Una madrugada en el puerto. El sol empieza a soplar sombras en el río y empuja al rosa del cielo. Hace calor y el canto de los pájaros se mezcla con el rugido de los camiones que pasan por Madero. Lucas está solo. No sabe dónde está Rita. Quizás se la haya devorado el monstruo violeta y baboso. Lucas mira los barcos, el agua, los adoquines sucios, y la extraña.
En la casa, Rita acaricia por última vez a la gata y piensa que era verdad, que nada malo iba a pasarle a Lucas, que nada malo le pasaría a ella. Sabe que Jacinta le escupirá un “él se lo pierde” furioso, y piensa que esta vez la máxima no le servirá de mantita ni de almohada ni de pañuelo. Los dos se lo pierden, los dos se pierden. Todos todo.

La intimidad. Esa carpa invisible que los cubre, los alberga, los protege del mundo y de sí mismos, de los monstruos que los habitan. Esa carpa elástica que se estira cuando ellos no están juntos. Esa carpa resistente y telepática en la que flotan sus pensamientos y ellos se entienden sin hablarse y sin mirarse y en la que se saben juntos, siempre y para siempre.

lunes, 9 de mayo de 2011

Si te animás a leer esto...


ahora más que nunca, no creo nada.
pero la macrobiótica me está llevando por caminos insospechados.

hoy estoy muy contenta leyendo Sugar Blues, de William Dufty.
alimentación, historia, gloria swanson.
Leer Sugar Blues completo acá

música para vampiros

en la tele la tarde se desangra

chorrea y se escurre entre los dedos

la voz es un instrumento de cuerdas

los violines lloran

¡los violines gritan!

la cantante pone los ojos en blanco

y el público ya no reacciona,

sus ojos ven más allá de la cantante pálida

sus ojos se funden con los de esmeralda

la traspasan

la devoran.

 

lloraría.

si pudiera

juro que si pudiera lloraría.

cada hoja adornando la vereda

cada foto de un pasado que no creo que haya existido

a las que vuelvo para asegurarme que he vivido

una cierta palabra que gritó la cantante con su voz de cuerda contra madera añeja

el atardecer

el amanecer

ese perro que se aleja veloz del auto que casi lo revienta contra los adoquines sucios

todo amenaza con arrancarme el llanto

con abrir la canilla que enseguida se convierte en catarata

pero no puedo. no puedo.

¿quién pondría el dique capaz de contener mis lágrimas?

la distancia es demasiado grande

océanos que nadar

desiertos que andar.

para salvarme tendrías que ser vampiro.

y lo cierto es que tenés cara de zombi.