miércoles, 26 de enero de 2011

experimento culinario en un día de calor torrencial

la lechuga deprimida

a tono con el día

la zanahoria quitaesmalte

como esa vez en sexto grado

cuando el experimento en el laboratorio

que nos dejó a todas vomitando.

basta de mentiras

basta de brillantina

no quiero más purpurina

que te hace sentir que estás por asomar la cabeza por ese agujero

pero cuando deja de brillar te tira de vuelta el fondo del pozo

que nunca habías dejado, anyway.

idiota,

sos una pobre idiota

del culo.

martes, 25 de enero de 2011

Dementis

Me llamó para avisarme que había muerto un compañero del colegio. No hablaba con Nani desde hacía quince años, cuando terminamos el secundario. Nani era la hermana que me había encontrado, la única en todo el mundo, mi compinche, mi gemela perdida… hasta quinto año, cuando nos peleamos y dejamos de hablarnos. Nos odiamos durante un par de meses, con esos odios tan profundos como fugaces que uno es capaz de generar sólo en ciertas etapas de la vida. Cuando el enojo pasó, ya era demasiado tarde: las dos habíamos empezado la universidad y habíamos hecho  nuevos amigos. La vida siguió su curso y ahora, una década y media más tarde, me llamaba para darme la noticia.
-Un choque. Parece que chocó. O… o que le pegaron un tiro –Nani no tenía idea de qué había pasado con Alejo; sólo sabía que estaba muerto, y que su muerte había sido repentina.
Alejo había sido mi novio en quinto año, y después el de mi mejor amiga. Había sido la causa de nuestra separación, y ahora también de nuestro reencuentro.
-Qué mal… ¿Y vos? ¿Qué fue de tu vida, Nani?
-Estudié medicina… soy médica.
-Wow… ¿qué especialidad?
-Neurología. Soy neuróloga.
-Hum… mirá vos. Es importante eso…
-Sí, pero no me gusta más. Estoy pasándome a la homeopatía. Y también soy astróloga.
-¡Qué interesante…! Yo trabajo en publicidad. Soy redactora en una agencia.
Nani me contó que tenía una hija pequeña y me pasó los datos del velorio.

Nos encontramos esa misma noche en la casa donde velaban a Alejo. El cajón estaba cerrado y el ánimo era extraño para la situación: podría decirse que era festivo, dentro de lo alegre que puede ser un funeral. Quizás debido a que no se veía el muerto, quizás a la ausencia de viuda o madre llorando, quizás porque la promoción 1990 se reunía después de tantos años… Alrededor de veinte personas nos saludábamos con las risas inevitables de vernos convertidos en adultos, intentando apretar los labios para que las sonrisas no ofendieran a las inexistentes personas ajenas a nuestro grupo.
Nadie había sabido mucho de Alejo después de terminar el colegio. Él se había mudado a Uruguay y no había mantenido lazos con sus compañeros. Al parecer no tenía familia, y nosotros éramos, paradójicamente, quienes lo despedían. El personal de la empresa de entierros estaba al mando de la organización, y nunca quedó claro quién había sido el primero en dar la noticia de la muerte de nuestro viejo compañero ni quién había organizado el velorio. Junto al cajón cerrado había una foto en un atril: la panorámica del viaje de egresados a Bariloche, alrededor de la que nos juntamos todos, riéndonos de nuestros peinados, de nuestra ropa de esquí, de nuestras caras adolescentes.
En ese mismo lugar, Nani y yo nos pusimos al día y nuestra amistad siguió como si nunca se hubiera interrumpido. Las dos habíamos vivido varios años en otros países, ella estudiando, yo trabajando, durante el mismo período. Y ahora descubríamos que, reinstaladas en Buenos Aires, éramos vecinas.
El primer sábado de diciembre, Nani vino a casa después del almuerzo. Hacía ese calor asfixiante de fin de año, y nos echamos en las reposeras, las dos con bikinis negros idénticos, con la manguera al alcance de la mano.  
-Estoy muerta de hambre –suspiré con los ojos cerrados, mirando las venitas de mis párpados transparentadas por el sol. El calor tenía un efecto soporífero en mí, el calor y la sed, sentía que si me relajaba lo suficiente podría abandonarme al sueño o quizás a la muerte.
-Te traje una sorpresa –Nani se estiró hasta alcanzar su bolso, que en ese momento su hija amenazaba con llenar de agua con una regadera amarilla. Pensé que sería algo para comer, pero no. Nani sacó una pastilla mentos gigante, le apretó un botoncito y en su interior se encendió una luz violácea.
-Te presento a mi mejor amiga. Dementita. Aunque yo le digo Dementis, porque es mi mejor amiga…
Dentro de su especialidad, Nani se dedicaba a la investigación sobre las diferentes formas de demencia senil. Entonces llamar a un mento brillante "Dementis" era una genialidad, o por lo menos algo gracioso. Pero una cosa me preocupó apenas:
-Dementis es mi mejor amiga. La llevo a todos lados en la cartera, y muchas veces la saco. Como ahora, para que disfrute del aire libre –Nani se puso al juguete sobre las piernas y su hijita se acercó y lo besó.
-¡Mua!
-Ay muy bien, me gusta que seas cariñosa con tu hermanita –pensé que mi amiga estaría bromeando, y la miré sonriendo, esperando a que largara una de sus carcajadas características, estridentes y guarangas. Pero Nani seguía muy seria acariciando a Dementis como si fuera su mascota.
-Contame de la astrología –le pedí, turbada. -¿Cómo llegaste a eso?
-A través de una paciente astróloga. Los pacientes suelen traerme regalos, yo pienso que son las ofrendas modernas a los dioses... Y esta, la astróloga, me hizo mi carta natal.
-¿Y?
-Me alcanzó el papel con el dibujo de la carta y empezó a hablar y hablar, y describió mi personalidad completa, con todos sus matices, incluso con esas cosas que nadie sabe y que ella no podría haber adivinado. La historia es más larga todo, pero a raíz de eso empecé a leer sobre el tema y me puse a estudiar.
-Qué bueno...
-¿Te hiciste la carta alguna vez?
-No.
-¿Querés que te la haga?
-¿Sabés?
-¡Obvio! Necesito que me prestes la computadora.
Me levanté y la busqué en mi escritorio. Nani entró en una página e ingresó los datos de mi nacimiento que yo le iba dictando. Fecha, hora y lugar. Apretó un botón y el mandala que es mi carta, con un trapezoide ladeado, apareció en la pantalla. Nani la observó por un momento y después soltó un
-No te lo puedo creer.
Su hija y Dementis la miraron por un segundo, esperando una tragedia. Pero lo único que pasó fue que su celular interrumpió la expectativa cantando un aria que no reconocí.
-Hola mi amor –era su marido. –¡No sabés! Estoy haciendo una carta... a Cecilia, sí... ¡y no sabés lo que tiene! Sí, el lunes la llevo a la clase... Nunca vi algo así...
Yo la miraba como el paciente temeroso que ve a su médico estudiar una resonancia magnética de su cerebro. Pero Nani no me daba pistas, y seguía contándole a su marido mis rarezas.
-Tiene a Saturno a veintidós grados, alineado con el sol. ¡Y es un planeta partil! Si, te juro, la llevamos a la clase el lunes... Bueno, te dejo. Un besito.
Ajena a mi mirada pesada, Nani seguía estudiando la pantalla con los ojos bien abiertos, con su cara de sorpresa.
-No te lo puedo creer... –murmuraba cada tanto.
-Bueno, ¿me podés dar el diagnóstico? ¿Qué significa lo de Saturno? ¿Es grave?
-No. No. No es grave. Ahora te digo. Pero antes tengo que explicarte algunos conceptos de astrología –y mi amiga de la infancia empezó a hablar como una profesora. Me contaba que la carta natal es como una foto del cielo en el momento del nacimiento, y que se compone por tres mandalas que muestran la posición de los signos zodiacales, los planetas y las casas.
-¿Pero Saturno? ¿Qué es lo de Saturno?
-Tradicionalmente, Saturno era el planeta más temido. Porque es el límite.
-¿Poner límites?
-No. Es el límite en el mundo. La muerte. La realidad. El golpe. Antes se lo consideraba algo negativo que la gente tenía, pero ahora se lo interpreta de otra forma: como que puede ser un gran maestro. Las cosas te cuestan más, porque Saturno complica todo, pero después aprendés de las dificultades y te volvés una experta en esas cosas...
-O sea que soy la hija del diablo. Me estás diciendo eso.
-Y... si querés tomarlo así, es una forma de asumirlo.
Me reí, divertida, mientras le pasaba el porro. Lo que me decía Nani se sentía natural, como haber llegado a casa. Su hija ahora regaba las plantas, y nosotras habíamos recuperado nuestra relación de hermanas.
-Tengo un casamiento en unos días... ¿tenés algo para prestarme?
Nos secamos con una toalla de colores y nos metimos en la casa. Abrí mi ropero, y la ropa saltó como un payaso con resorte de una caja de regalo.
-¿Te lo puedo ordenar? –cuando fumaba, Nani se convertía en una maniática del orden y la limpieza. –Si me la mirás a Julia te lo ordeno.
-Nani, lo ordené ayer... –ella me miró a mí y después miró el cardumen de colores y texturas que asomaba del placard.
-Sos chotísima.
-Y vos una fumona.
-Vos también.
-Elegí lo que quieras –dije, mientras me desplomaba en la cama. Julia entró en el cuarto arrastrando la toalla de colores y la subí a la cama conmigo. Se acostó con la cabeza apoyada en mi panza y se agarró un pie con cada mano.
-Tenés mucha ropa... ¿Sabés qué deberíamos hacer?
-Qué.
-Intercambiárnosla. Todavía tenemos el mismo talle, ¿no? Entonces, cada fin de semana, podríamos cambiarnos vestidos, camisas y eso, sobre todo ropa de trabajar. Entonces, tendríamos el doble.
-Ajá...
-O, mejor, podríamos mudarnos a una casa grande todos...
-Y tener un ropero que sea un cuarto entero.
-¡Eso! ¡Como el ropero de Vogue!
-Tanto quilombo para que tus compañeras de trabajo piensen que tenés más ropa de la que en realidad tenés... Estás loca.
-¿Me prestás este? –Nani sostenía un vestido color coral lleno de lunares gigantes.
-Sí. Pero no lo quemes ni lo manches porque todavía no lo estrené.
-¿Cuándo te arruiné algo?
-Mmmm. Ni en pedo te hago la lista. Me muero de hambre... ¿querés que haga una torta?
-¿Tenés?
Fuimos a la cocina y abrí una alacena.
-Tengo siete tortas de limón.
-¿Para?
-Para nada. Compré una para el cumpleaños de Marcos y siempre repito el pedido en coto digital... No sé cómo cambiarlo y como hago las compras desde la oficina, repetir el pedido es lo más rápido. Y mirá: veinte latas de choclo. Una vez hice una tarta...
-Y desde ahí repetís el pedido... Sos un desastre.
-¡Sólo soy la hija del diablo!
-Tenés razón... ¡Haberlo sabido antes!
-También tengo cuatro mil paquetes de lentejas. Voy a hacer una ensalada para esta noche. Así mato un paquete, una lata de choclo, y un par de huevos.
-Perfecto. Nos quedamos a comer. A Juli le encanta la polenta y veo que estás por morir aplastada por la presto pronta.
-Listo –encendí el horno, abrí una caja de torta, saqué tres huevos y la leche de la heladera y eché fritolim en el molde. Nani se ocupó de lavar las lentejas y ponerlas en agua. -¿Todavía querés la limpieza de cutis?
Cuando volví del baño con un pote de máscara facial, Nani había sentado a Julia y a Dementita en el sillón y había encendido el televisor.
-Dementis, hoy le toca a Juli elegir el programa, así que ven Backyadigans, ¿sí?
Una vez más no dije nada. Destapé el pote y le humedecí la cara a Nani.
-Esta es una máscara nutritiva y humectante…
-Tiene rico olor –mi amiga me hablaba casi sin mover los labios y con los ojos cerrados.
-Es de frutilla y azúcar morena.
-Eso te iba a decir, que tiene olor a postre. ¿Se podrá comer?
-Es natural, así que sí. Pero ni se te ocurra, que me salió carísima.
Nani seguía con los ojos cerrados y yo le masajeaba la cara. Ahora que la tocaba, sus huesos me parecían pequeñísimos. Sus cejas finas, sus labios rosados casi violáceos me hicieron acordar a cuando estábamos en primer grado y nos pasamos un día entero metidas en su pileta, hasta que su mamá nos obligó a salir al grito de tienen los labios violetas se van a congelar como dos ranitas en invierno. Por fin me animé:
-¿Seguiste viendo a Alejo?
-¿Después del colegio, decís?
-Ajá…
-Sí… Seguí viéndolo unos meses cuando empezamos la facultad… Creo que hasta las vacaciones de invierno del CBC. Éramos amigos, pero de un día para otro dejó de hablarme…
-¿Y cómo estaba? ¿Cómo era?
-Mirá, cuando íbamos al colegio no se notaba, pero una vez afuera, en la vida real, me di cuenta de que era un personaje bastante raro.
-¿Cómo raro?
-Para empezar, viste que no tenía familia.
-¿Cómo que no, Nani? Si vivía con la tía y tenía a los padres en el campo.
-Eso nos dijo a todos. Pero ¿alguna vez fuiste a su casa?
-No… Ahora que lo decís, siempre ponía excusas para que no fuera.
-¿Ves?
-Vení, acercate al lavatorio que tengo que sacarte esto de la cara… -Nani abrió los ojos y se miró en el espejo. Hizo una mueca y después se enjuagó la cara.
-Me quedó toda la piel patinosa.
-Sí, seguro que esos son los agentes nutritivos…
-¿Te acordás de la Pupa de tu tía? –Y nos agarró tal ataque de risa que Julia vino a ver qué pasaba. Mi tía Lara había dejado su maquillaje, una caja roja brillante made in italy, en la quinta. Nosotras la habíamos encontrado revisando su ropero y habíamos usado las pinturas para disfrazarnos para el carnaval. Dos odaliscas pintadas como retratos cubistas y el grito de Lara al ver su Pupa destrozada nos había hecho trepar a un pino, las sábanas que formaban nuestros disfraces enredadas en las ramas. –Yo nunca quise robarte el novio, ¿sabés? Nunca quise que dejáramos de ser amigas.
-Teníamos dieciséis años, Nani. Esas cosas pasan, sobre todo a esa edad.
-Sí, claro que pasan, pero no debimos dejar que un chico se interpusiera entre nosotras.
-Mirá Nani, vas a pensar que soy patética... Pero siempre pensé que es el único motivo por el que vale la pena pelearse.
-¡Calentona! ¡No sólo sos una fumona, también sos una calentona!
-Nani, ¿qué es la vida sin amor, eh? Además mirá cómo son las cosas: nosotras acá como si nada hubiera pasado y…
-Y el tipo fuera de servicio.
-Qué bruta.
-Pero es lo que ibas a decir, ¿o no?
-Qué sé yo… ¿Y conociste a sus viejos?
-La cosa fue así: cuando terminamos el colegio ya no éramos novios. No pasamos de la fiesta de egresados. Él tenía metido en la cabeza que esa noche teníamos que coger a como diera lugar y yo no pensaba entregar, y nos peleamos.
-Pendejo.
-Pendejos los dos –corrigió Nani.
-Entonces ya ahí la cortaron.
-Pero seguimos amigos. Nos llevábamos bien y yo estaba sola, ahora que no te tenía más… Además hicimos el ingreso a la facultad juntos, pero él largó a mitad de año, después de nuestra tentativa de viaje al campo.
-Contame, nunca supe nada de eso.
-En el CBC en seguida formamos un buen grupo de amigos, a fuerza de tener que matarnos estudiando. Y con las chicas empezamos a pedirle ir al campo en las vacaciones de inverno, a su casa. Y cada vez que hablábamos de eso, Alejo cambiaba de tema. Se hacía el boludo.
-¿No quería que conocieran a la familia?
-Nena, no me estás entendiendo. No había familia, no había campo. Ni siquiera existía la tía con la que decía que vivía.
-¿Cómo?
-No tengo idea. Pero en algún momento de la vida escolar Alejo perdió a toda su familia, y él siguió como si nada. Creo que vivía en una pensión para estudiantes…
-¿Todo el secundario?
-La verdad, no sé. Pero era un pibe raro…
-¡Y cómo no va a ser raro! –dije, pensando en lo poco que conocemos a la gente que nos rodea. –Estaría tan solo…
-Sí, ya sé. Pobre Alejo. ¿Comemos?
Saqué platos y serví la ensalada. Nani sacó una cerveza del freezer.
-Creo que Juli tiene ganas de dormir… -su hija se había armado una camita en el sillón. Nani se sentó a su lado, apagó la tele y mientras comía le acariciaba el pelo.
-Lo que no entiendo –volví al tema –es que, además de que nadie supiera que el pibe estaba solo, más solo que nadie en nuestro mini mundo, es lo del entierro. ¿No te parece todo demasiado raro?
-¿Qué del entierro?
-¡Nani! ¿De qué se murió Alejo?
-En un choque. ¿O en un robo?
-¿Ves? ¡No se sabe de qué se murió el tipo!
-Bueno, se habrá suicidado…
-¿Y quién te avisó a vos?
-Un tipo de la casa de velorios.
-¿Y él cómo dio con vos? ¿Quién te marcó como familiar más cercano o contacto?
-No tengo idea. Es raro, tenés razón –ya había convencido a Nani.
-Pará. Ahora estoy empezando a asustarme: el cajón cerrado, todos los compañeros de colegio ahí…
-¡La foto de Bariloche!
-¡Ves! ¡Es como de esas películas donde alguien reúne a todos a cenar en una mansión!
-Pará, loca. Si fuera así Alejo habría saltado del ataúd o algo. Pero no pasó nada.
-No pasó nada, pero algo pasó. Para mí no está nada muerto y estaba por ahí disfrazado de sepulturero o escondido atrás de una cortina –me dio un escalofrío y miré hacia la ventana ya oscura.
-Cecilia cortala. Me estás asustando.
-¿Por qué? ¿Pensás que va a venir a hacer un trío post mortem?
Nani largó una carcajada histérica. –No sé, pero no me gustaría verlo intentándolo.
-¿Por qué? ¿Pensás que estará convertido en zombi?
-Ay ¡no sé nena! –ahora Nani también miraba la ventana. –Me estás poniendo nerviosa con tus teorías conspirativas.
-Por lo menos vos tenés a Dementita para salvarte. Yo acá vivo sola, en una casa. ¡Mirá si mi padre el diablo decide venir a visitarme!
-¡Tarada! ¡Caíste en lo de Dementis!
-¿Era mentira? Te juro que me asustaste…
-¿Y pensaste que lo de matar a Alejo era un invento mío? ¿Qué el chabón vive tranquilo en el campo en Uruguay y yo armé todo para ver a nuestros compañeros de colegio?
-Y… ya nada me sorprende, Nani. Además en la foto del viaje de egresados vos saliste linda y yo con cara de estar aguantándome un pedo.
-Divina salí, según los estándares de belleza de 1990. Habría valido la pena todo el quilombo sólo para volver a juntarnos.
-Es verdad… ¿Pedimos helado?
-Tenemos torta.

lunes, 24 de enero de 2011

como el río turbio

el río está tan picado

el barco es la cáscara de nuez rumbeando en la tormenta

los chicos gritan

piden el abrazo del día

entro a buscar un salvavidas y me caigo de cara en la mesa

¡estoy tan mareada!

mareada como el río

mareada pensando qué fue todo esto

qué fue qué es qué fue qué es qué fue qué es

soy el río turbio marrón sedimentoso y revuelto

quién soy qué soy

quién fui qué fui

sospecho que nada,

la nada misma

eso está mejor

¿qué onda esto?

no entiendo nada, nadie entiende nada.

mejor que apague todo, que ponga el interruptor en off

que no vuelva a prenderlo

si sólo supiera dónde mierda está el interruptor

que venga un apagón

que se corte la luz de un fogonazo

que se quemen los circuitos

que me borren la memoria

que me quiten las preguntas

que me quiten de preguntas

que derritan las llaves y que suelden las puertas

 

 

sábado, 22 de enero de 2011

Todos somos migrantes

-Y esto es light -se ríe mi nueva amiga paraguaya después de ofrecerme trabajo en lo que parece ser la antesala del infierno.  Es mediodía, es viernes. Es el mediodía del viernes de la semana más larga. El trabajo multiplicado por tres, más  todas las cosas que estuve posponiendo durante el año, lo que implicó trámites antes de entrar al trabajo, o sea menos horas de sueño, cuatro de los cinco días de la semana. Más la cereza de la torta: el martes me colé en una fiesta de cumpleaños y como a estas cosas no las hago a medias me quedé hasta el final tomando vino con la homenajeada, que nunca supo mi nombre ni de qué agujero había salido. Menos sueño, más resaca. Llegar al trabajo con gusto a alcohol en la boca a esta altura de mi vida me da náuseas. No dormir entre semana me deja inútil. Levantarme antes de las siete en pleno verano me exaspera.
Lunes dentista. Martes registro automotor. Martes noche cumpleaños. Miércoles tormenta y resaca. Jueves registro automotor bis (no describiré la cola antes de que abriera, la carrera por la escalera hasta el sexto piso, la espera con el número en la mano, la negativa de la empleada a darme mis papeles, la furia). Viernes migraciones.
Como siempre pasa en estos casos, no importa cuán temprano uno se levante, siempre va a haber trescientas personas que llegaron antes, con sus familias completas, con sus papeles en orden. En la puerta de la Dirección Nacional de Migraciones no hay una fila sino un amontonamiento de gente que se arremolina alrededor de un tipo de prefectura. Espero entre todos, explico lo que vine a hacer.
-Entre por la puerta de salida, pida un número.
Acá la fila es minina. Diez personas. Al frente, una mujer en uniforme y tacos blancos le indica a la gente a dónde ir.
-Documento y foto.
-No tengo foto.
-En el subte de Retiro sacan.

-¿No tenés turno?
-No…
-¿Entonces a qué venís?
-No sé sacar turno por Internet, madre.
-Ay papi, andá al locutorio de Retiro, pedí que te saquen uno.

-Pero este turno es para las dos de la tarde, y son las ocho. ¿Por qué viniste tan temprano?
-Tenía miedo de perderlo señora. Lo saqué hace tres meses.
-Bueno, vení por acá, pasá. ¡Nena, atendé al señor!

Mientras espero que R vuelva con algo que nos falta, me quedo unos veinte minutos mirando a esta mujer que recibe a todos los que vienen a hacer sus trámites migratorios. A algunos los reta por tontos, pero con cariño. A todos les enseña sonriente.
-¡Qué buena onda tenés! –me acerco. –Si todos trabajaran como vos esto sería otra cosa. –La mujer me abraza, yo le doy un beso.
-Si lo pensás de verdad, hacé una nota.
-Claro que sí.

Es el mediodía y estoy parada en el edificio adyacente al museo de la inmigración, cerca de la ventanilla en la que una joven amarga insiste en encontrarle problemas a mi papelerío. A mi alrededor hay ruido. Papeles. Nacionalidades. Camisetas de fútbol de selecciones desconocidas. Trenzas, barbas, pelucas, tetas, batik, tatuajes, bebés, mates, mochilas con más bebés, relojes enormes en brazos flacos, dreads, anteojos, monjas.
Una cubana me cuenta que ahora que tuvo un hijo puede radicarse en el país.  Una familia de senegaleses espera. El padre explica en un idioma inventado que se tomó el día en el trabajo y ya estuvo en ocho colectivos. Una boliviana le da la teta a una hija que parece una muñeca. Dingdong no se anima a jugar con su hijo, que está acostado en el piso mirándome con su remera de Ben 10, y sin embargo no puede despegarse de él. Yo charlo con sus padres. Un chino no sabe qué responder cuando le preguntan si es casado a soltero; parece entender la pregunta pero realmente no sabe qué mierda contestar. Tres nigerianos les miran los culos a dos peruanas, madre e hija. Elías coquetea con un israelita con sombrero negro.  Un español y su mujer argentina charlan con uno de los empleados. Una dominicana grita que perdió su pasaporte. Su marido se contiene y en lugar de arrancarle la cabeza se vuelve y lo encuentra debajo de una silla. Yo la miro y la felicito con un qué alivio de la que te salvaste.
Mi trámite sigue teniendo errores, y veo a mi hijo firmar por primera vez. Se emociona y le cuenta a su hermanito que tuvo que firmar un papel. La que me atiende es una perra, que me hace volverme al trabajo porque ya lo mío está y una hora más tarde me hace llamar para poder terminar. Es una imbécil que besa a un gringo mientras me dice que esta fotocopia también falta y que hay que volver a la fila de la fotocopiadora.
Alrededor, atados a los papeles y las voces, están las miradas. Pacientes. Esperanzadas, supongo. O sea, toda esta gente está pasando por este stand by lleno de complicaciones y engorros, turnos y burócratas, para poder vivir acá. Suena romántico. Miro a los africanos y pienso que acá no hay guerra.
Soy tu abuelo italiano. El que llegó con 19 años, dijo que era labriego y no se molestó cuando le escribieron mal el nombre.
Soy tu quince por ciento de sangre americana.
Soy el abuelo de tus nietos.
Soy la empleada que un día aprenderá el idioma y se acostumbrará a tu cara larga y a tu olor a muerte y un día te ayudará a parir tu primer hijo.
Soy tu pasado.
Soy tu futuro.
Todos somos migrantes.

viernes, 7 de enero de 2011

Cochinilla

No sé qué día de la semana es. Es enero, ya saber el mes es un buen paso. 2011, no 2012 como pensaba. Estoy apurada. Una vez más me salteo un año. Barro el pasillo, riego las plantas. El kinoto del patio está enfermo: lo atacaron cochinillas, que son unas rayitas blancas de un milímetro de largo. De lejos parece que el tronco decidió tornarse grisáceo. Está envuelto uniformemente por un color más claro que el original. De cerca se ve que está envuelto de una forma muy pareja por las líneas blancas minúsculas e inmóviles, que son una especie de insecto o de hongo, no sé, la verdad.

En la quinta, hace treinta años, mi abuela arrancaba unos pinches con forma de pompón que crecían pegados a los troncos de los árboles. Solía hacerlo por la tarde, antes de que papá volviera del trabajo y emprendiera una nueva batalla de su guerra contra las hormigas. "Es el cáncer de los árboles", decía mientras los arrancaba. Nina Rosso la miraba muy atenta y repetía sus palabras, ese fue el primer paso que dio en la medicina. Nosotras untábamos los tumores que nuestra abuela arrancaba y los tirábamos a la basura, bien lejos de los árboles, porque creíamos que se trataba de parásitos animales y no vegetales, y que ni bien los sacáramos de un árbol reptarían a pegarse en otro y chuparle la savia.

Me puse las ojotas y arranqué una hojita del kinoto. Elegí una que tuviera muchas rayitas blancas. La llevé hasta el vivero, temerosa de que me echaran de ahí por meter una enfermedad en su paraíso de plantas saludables y voluptuosas. En la avenida el viento le robó la hoja y me pasé varios minutos buscándola entre la vereda rota, llena de tierra, basura, escombros y otras hojas.

Los viveros son de mis lugares favoritos. Este tiene el techo transparente y está repleto de plantas de todo tipo. Cactus grandes y bonsái, flores tropicales, coníferas bebé, plantas aromáticas, plantas que dan comida, helechos… Me gusta pasearme entre las estanterías que desbordan hojas y acariciar las plantas.

En el mostrador, un empleado miró atentamente mi hojita manchada y diagnosticó:

-Cochinillas.

-El árbol también tiene hormigas.

-Porque las cochinillas crean un hongo que les encanta a las hormigas.

-¿Y podés ayudarme?

-Tenés que rociar el árbol una vez por semana con Mamboretá D, treinta gotas por litro.

-¿Y venden eso acá?

-Sí –y me da un frasco.

-También necesito un rociador –el tipo me da uno.

-Cuando lo prepares, usalo todo. Pulverizá otras plantas como medida preventiva. Y no guardes lo que sobre. Cada semana tenés que prepararlo de vuelta.

-OK.

En casa preparo el veneno, treinta gotas en un litro de agua. La maceta que le queda chica al kinoto está llena de hormigas chiquitas y de hormigas aladas que salieron cuando regué el arbolito.

Rocío la planta. Le doy un baño de Mamboretá D. Inundo el tronco, las hojas, las cochinillas. Cuando estoy apuntando hacia arriba el viento vuelve a soplarme, esta vez no me roba nada sino que me devuelve el veneno que pulverizo hacia el cielo.

-Creo que tengo que ducharme –le dijo a R, mi cara y mi pelo llenos de perlitas mortales.

-Bueno, mejor enjuagate antes porque un baterista se murió de eso.

-¿De qué?

-¡De eso! Roció su jardín con veneno y después se dio un baño, y el vapor hizo que el veneno que estaba en su cuerpo le entrara por los poros… y se murió.

-¿Vos me estás jodiendo?

-Sí. Andá a bañarte. Pero lo del baterista pasó de verdad.