martes, 25 de enero de 2011

Dementis

Me llamó para avisarme que había muerto un compañero del colegio. No hablaba con Nani desde hacía quince años, cuando terminamos el secundario. Nani era la hermana que me había encontrado, la única en todo el mundo, mi compinche, mi gemela perdida… hasta quinto año, cuando nos peleamos y dejamos de hablarnos. Nos odiamos durante un par de meses, con esos odios tan profundos como fugaces que uno es capaz de generar sólo en ciertas etapas de la vida. Cuando el enojo pasó, ya era demasiado tarde: las dos habíamos empezado la universidad y habíamos hecho  nuevos amigos. La vida siguió su curso y ahora, una década y media más tarde, me llamaba para darme la noticia.
-Un choque. Parece que chocó. O… o que le pegaron un tiro –Nani no tenía idea de qué había pasado con Alejo; sólo sabía que estaba muerto, y que su muerte había sido repentina.
Alejo había sido mi novio en quinto año, y después el de mi mejor amiga. Había sido la causa de nuestra separación, y ahora también de nuestro reencuentro.
-Qué mal… ¿Y vos? ¿Qué fue de tu vida, Nani?
-Estudié medicina… soy médica.
-Wow… ¿qué especialidad?
-Neurología. Soy neuróloga.
-Hum… mirá vos. Es importante eso…
-Sí, pero no me gusta más. Estoy pasándome a la homeopatía. Y también soy astróloga.
-¡Qué interesante…! Yo trabajo en publicidad. Soy redactora en una agencia.
Nani me contó que tenía una hija pequeña y me pasó los datos del velorio.

Nos encontramos esa misma noche en la casa donde velaban a Alejo. El cajón estaba cerrado y el ánimo era extraño para la situación: podría decirse que era festivo, dentro de lo alegre que puede ser un funeral. Quizás debido a que no se veía el muerto, quizás a la ausencia de viuda o madre llorando, quizás porque la promoción 1990 se reunía después de tantos años… Alrededor de veinte personas nos saludábamos con las risas inevitables de vernos convertidos en adultos, intentando apretar los labios para que las sonrisas no ofendieran a las inexistentes personas ajenas a nuestro grupo.
Nadie había sabido mucho de Alejo después de terminar el colegio. Él se había mudado a Uruguay y no había mantenido lazos con sus compañeros. Al parecer no tenía familia, y nosotros éramos, paradójicamente, quienes lo despedían. El personal de la empresa de entierros estaba al mando de la organización, y nunca quedó claro quién había sido el primero en dar la noticia de la muerte de nuestro viejo compañero ni quién había organizado el velorio. Junto al cajón cerrado había una foto en un atril: la panorámica del viaje de egresados a Bariloche, alrededor de la que nos juntamos todos, riéndonos de nuestros peinados, de nuestra ropa de esquí, de nuestras caras adolescentes.
En ese mismo lugar, Nani y yo nos pusimos al día y nuestra amistad siguió como si nunca se hubiera interrumpido. Las dos habíamos vivido varios años en otros países, ella estudiando, yo trabajando, durante el mismo período. Y ahora descubríamos que, reinstaladas en Buenos Aires, éramos vecinas.
El primer sábado de diciembre, Nani vino a casa después del almuerzo. Hacía ese calor asfixiante de fin de año, y nos echamos en las reposeras, las dos con bikinis negros idénticos, con la manguera al alcance de la mano.  
-Estoy muerta de hambre –suspiré con los ojos cerrados, mirando las venitas de mis párpados transparentadas por el sol. El calor tenía un efecto soporífero en mí, el calor y la sed, sentía que si me relajaba lo suficiente podría abandonarme al sueño o quizás a la muerte.
-Te traje una sorpresa –Nani se estiró hasta alcanzar su bolso, que en ese momento su hija amenazaba con llenar de agua con una regadera amarilla. Pensé que sería algo para comer, pero no. Nani sacó una pastilla mentos gigante, le apretó un botoncito y en su interior se encendió una luz violácea.
-Te presento a mi mejor amiga. Dementita. Aunque yo le digo Dementis, porque es mi mejor amiga…
Dentro de su especialidad, Nani se dedicaba a la investigación sobre las diferentes formas de demencia senil. Entonces llamar a un mento brillante "Dementis" era una genialidad, o por lo menos algo gracioso. Pero una cosa me preocupó apenas:
-Dementis es mi mejor amiga. La llevo a todos lados en la cartera, y muchas veces la saco. Como ahora, para que disfrute del aire libre –Nani se puso al juguete sobre las piernas y su hijita se acercó y lo besó.
-¡Mua!
-Ay muy bien, me gusta que seas cariñosa con tu hermanita –pensé que mi amiga estaría bromeando, y la miré sonriendo, esperando a que largara una de sus carcajadas características, estridentes y guarangas. Pero Nani seguía muy seria acariciando a Dementis como si fuera su mascota.
-Contame de la astrología –le pedí, turbada. -¿Cómo llegaste a eso?
-A través de una paciente astróloga. Los pacientes suelen traerme regalos, yo pienso que son las ofrendas modernas a los dioses... Y esta, la astróloga, me hizo mi carta natal.
-¿Y?
-Me alcanzó el papel con el dibujo de la carta y empezó a hablar y hablar, y describió mi personalidad completa, con todos sus matices, incluso con esas cosas que nadie sabe y que ella no podría haber adivinado. La historia es más larga todo, pero a raíz de eso empecé a leer sobre el tema y me puse a estudiar.
-Qué bueno...
-¿Te hiciste la carta alguna vez?
-No.
-¿Querés que te la haga?
-¿Sabés?
-¡Obvio! Necesito que me prestes la computadora.
Me levanté y la busqué en mi escritorio. Nani entró en una página e ingresó los datos de mi nacimiento que yo le iba dictando. Fecha, hora y lugar. Apretó un botón y el mandala que es mi carta, con un trapezoide ladeado, apareció en la pantalla. Nani la observó por un momento y después soltó un
-No te lo puedo creer.
Su hija y Dementis la miraron por un segundo, esperando una tragedia. Pero lo único que pasó fue que su celular interrumpió la expectativa cantando un aria que no reconocí.
-Hola mi amor –era su marido. –¡No sabés! Estoy haciendo una carta... a Cecilia, sí... ¡y no sabés lo que tiene! Sí, el lunes la llevo a la clase... Nunca vi algo así...
Yo la miraba como el paciente temeroso que ve a su médico estudiar una resonancia magnética de su cerebro. Pero Nani no me daba pistas, y seguía contándole a su marido mis rarezas.
-Tiene a Saturno a veintidós grados, alineado con el sol. ¡Y es un planeta partil! Si, te juro, la llevamos a la clase el lunes... Bueno, te dejo. Un besito.
Ajena a mi mirada pesada, Nani seguía estudiando la pantalla con los ojos bien abiertos, con su cara de sorpresa.
-No te lo puedo creer... –murmuraba cada tanto.
-Bueno, ¿me podés dar el diagnóstico? ¿Qué significa lo de Saturno? ¿Es grave?
-No. No. No es grave. Ahora te digo. Pero antes tengo que explicarte algunos conceptos de astrología –y mi amiga de la infancia empezó a hablar como una profesora. Me contaba que la carta natal es como una foto del cielo en el momento del nacimiento, y que se compone por tres mandalas que muestran la posición de los signos zodiacales, los planetas y las casas.
-¿Pero Saturno? ¿Qué es lo de Saturno?
-Tradicionalmente, Saturno era el planeta más temido. Porque es el límite.
-¿Poner límites?
-No. Es el límite en el mundo. La muerte. La realidad. El golpe. Antes se lo consideraba algo negativo que la gente tenía, pero ahora se lo interpreta de otra forma: como que puede ser un gran maestro. Las cosas te cuestan más, porque Saturno complica todo, pero después aprendés de las dificultades y te volvés una experta en esas cosas...
-O sea que soy la hija del diablo. Me estás diciendo eso.
-Y... si querés tomarlo así, es una forma de asumirlo.
Me reí, divertida, mientras le pasaba el porro. Lo que me decía Nani se sentía natural, como haber llegado a casa. Su hija ahora regaba las plantas, y nosotras habíamos recuperado nuestra relación de hermanas.
-Tengo un casamiento en unos días... ¿tenés algo para prestarme?
Nos secamos con una toalla de colores y nos metimos en la casa. Abrí mi ropero, y la ropa saltó como un payaso con resorte de una caja de regalo.
-¿Te lo puedo ordenar? –cuando fumaba, Nani se convertía en una maniática del orden y la limpieza. –Si me la mirás a Julia te lo ordeno.
-Nani, lo ordené ayer... –ella me miró a mí y después miró el cardumen de colores y texturas que asomaba del placard.
-Sos chotísima.
-Y vos una fumona.
-Vos también.
-Elegí lo que quieras –dije, mientras me desplomaba en la cama. Julia entró en el cuarto arrastrando la toalla de colores y la subí a la cama conmigo. Se acostó con la cabeza apoyada en mi panza y se agarró un pie con cada mano.
-Tenés mucha ropa... ¿Sabés qué deberíamos hacer?
-Qué.
-Intercambiárnosla. Todavía tenemos el mismo talle, ¿no? Entonces, cada fin de semana, podríamos cambiarnos vestidos, camisas y eso, sobre todo ropa de trabajar. Entonces, tendríamos el doble.
-Ajá...
-O, mejor, podríamos mudarnos a una casa grande todos...
-Y tener un ropero que sea un cuarto entero.
-¡Eso! ¡Como el ropero de Vogue!
-Tanto quilombo para que tus compañeras de trabajo piensen que tenés más ropa de la que en realidad tenés... Estás loca.
-¿Me prestás este? –Nani sostenía un vestido color coral lleno de lunares gigantes.
-Sí. Pero no lo quemes ni lo manches porque todavía no lo estrené.
-¿Cuándo te arruiné algo?
-Mmmm. Ni en pedo te hago la lista. Me muero de hambre... ¿querés que haga una torta?
-¿Tenés?
Fuimos a la cocina y abrí una alacena.
-Tengo siete tortas de limón.
-¿Para?
-Para nada. Compré una para el cumpleaños de Marcos y siempre repito el pedido en coto digital... No sé cómo cambiarlo y como hago las compras desde la oficina, repetir el pedido es lo más rápido. Y mirá: veinte latas de choclo. Una vez hice una tarta...
-Y desde ahí repetís el pedido... Sos un desastre.
-¡Sólo soy la hija del diablo!
-Tenés razón... ¡Haberlo sabido antes!
-También tengo cuatro mil paquetes de lentejas. Voy a hacer una ensalada para esta noche. Así mato un paquete, una lata de choclo, y un par de huevos.
-Perfecto. Nos quedamos a comer. A Juli le encanta la polenta y veo que estás por morir aplastada por la presto pronta.
-Listo –encendí el horno, abrí una caja de torta, saqué tres huevos y la leche de la heladera y eché fritolim en el molde. Nani se ocupó de lavar las lentejas y ponerlas en agua. -¿Todavía querés la limpieza de cutis?
Cuando volví del baño con un pote de máscara facial, Nani había sentado a Julia y a Dementita en el sillón y había encendido el televisor.
-Dementis, hoy le toca a Juli elegir el programa, así que ven Backyadigans, ¿sí?
Una vez más no dije nada. Destapé el pote y le humedecí la cara a Nani.
-Esta es una máscara nutritiva y humectante…
-Tiene rico olor –mi amiga me hablaba casi sin mover los labios y con los ojos cerrados.
-Es de frutilla y azúcar morena.
-Eso te iba a decir, que tiene olor a postre. ¿Se podrá comer?
-Es natural, así que sí. Pero ni se te ocurra, que me salió carísima.
Nani seguía con los ojos cerrados y yo le masajeaba la cara. Ahora que la tocaba, sus huesos me parecían pequeñísimos. Sus cejas finas, sus labios rosados casi violáceos me hicieron acordar a cuando estábamos en primer grado y nos pasamos un día entero metidas en su pileta, hasta que su mamá nos obligó a salir al grito de tienen los labios violetas se van a congelar como dos ranitas en invierno. Por fin me animé:
-¿Seguiste viendo a Alejo?
-¿Después del colegio, decís?
-Ajá…
-Sí… Seguí viéndolo unos meses cuando empezamos la facultad… Creo que hasta las vacaciones de invierno del CBC. Éramos amigos, pero de un día para otro dejó de hablarme…
-¿Y cómo estaba? ¿Cómo era?
-Mirá, cuando íbamos al colegio no se notaba, pero una vez afuera, en la vida real, me di cuenta de que era un personaje bastante raro.
-¿Cómo raro?
-Para empezar, viste que no tenía familia.
-¿Cómo que no, Nani? Si vivía con la tía y tenía a los padres en el campo.
-Eso nos dijo a todos. Pero ¿alguna vez fuiste a su casa?
-No… Ahora que lo decís, siempre ponía excusas para que no fuera.
-¿Ves?
-Vení, acercate al lavatorio que tengo que sacarte esto de la cara… -Nani abrió los ojos y se miró en el espejo. Hizo una mueca y después se enjuagó la cara.
-Me quedó toda la piel patinosa.
-Sí, seguro que esos son los agentes nutritivos…
-¿Te acordás de la Pupa de tu tía? –Y nos agarró tal ataque de risa que Julia vino a ver qué pasaba. Mi tía Lara había dejado su maquillaje, una caja roja brillante made in italy, en la quinta. Nosotras la habíamos encontrado revisando su ropero y habíamos usado las pinturas para disfrazarnos para el carnaval. Dos odaliscas pintadas como retratos cubistas y el grito de Lara al ver su Pupa destrozada nos había hecho trepar a un pino, las sábanas que formaban nuestros disfraces enredadas en las ramas. –Yo nunca quise robarte el novio, ¿sabés? Nunca quise que dejáramos de ser amigas.
-Teníamos dieciséis años, Nani. Esas cosas pasan, sobre todo a esa edad.
-Sí, claro que pasan, pero no debimos dejar que un chico se interpusiera entre nosotras.
-Mirá Nani, vas a pensar que soy patética... Pero siempre pensé que es el único motivo por el que vale la pena pelearse.
-¡Calentona! ¡No sólo sos una fumona, también sos una calentona!
-Nani, ¿qué es la vida sin amor, eh? Además mirá cómo son las cosas: nosotras acá como si nada hubiera pasado y…
-Y el tipo fuera de servicio.
-Qué bruta.
-Pero es lo que ibas a decir, ¿o no?
-Qué sé yo… ¿Y conociste a sus viejos?
-La cosa fue así: cuando terminamos el colegio ya no éramos novios. No pasamos de la fiesta de egresados. Él tenía metido en la cabeza que esa noche teníamos que coger a como diera lugar y yo no pensaba entregar, y nos peleamos.
-Pendejo.
-Pendejos los dos –corrigió Nani.
-Entonces ya ahí la cortaron.
-Pero seguimos amigos. Nos llevábamos bien y yo estaba sola, ahora que no te tenía más… Además hicimos el ingreso a la facultad juntos, pero él largó a mitad de año, después de nuestra tentativa de viaje al campo.
-Contame, nunca supe nada de eso.
-En el CBC en seguida formamos un buen grupo de amigos, a fuerza de tener que matarnos estudiando. Y con las chicas empezamos a pedirle ir al campo en las vacaciones de inverno, a su casa. Y cada vez que hablábamos de eso, Alejo cambiaba de tema. Se hacía el boludo.
-¿No quería que conocieran a la familia?
-Nena, no me estás entendiendo. No había familia, no había campo. Ni siquiera existía la tía con la que decía que vivía.
-¿Cómo?
-No tengo idea. Pero en algún momento de la vida escolar Alejo perdió a toda su familia, y él siguió como si nada. Creo que vivía en una pensión para estudiantes…
-¿Todo el secundario?
-La verdad, no sé. Pero era un pibe raro…
-¡Y cómo no va a ser raro! –dije, pensando en lo poco que conocemos a la gente que nos rodea. –Estaría tan solo…
-Sí, ya sé. Pobre Alejo. ¿Comemos?
Saqué platos y serví la ensalada. Nani sacó una cerveza del freezer.
-Creo que Juli tiene ganas de dormir… -su hija se había armado una camita en el sillón. Nani se sentó a su lado, apagó la tele y mientras comía le acariciaba el pelo.
-Lo que no entiendo –volví al tema –es que, además de que nadie supiera que el pibe estaba solo, más solo que nadie en nuestro mini mundo, es lo del entierro. ¿No te parece todo demasiado raro?
-¿Qué del entierro?
-¡Nani! ¿De qué se murió Alejo?
-En un choque. ¿O en un robo?
-¿Ves? ¡No se sabe de qué se murió el tipo!
-Bueno, se habrá suicidado…
-¿Y quién te avisó a vos?
-Un tipo de la casa de velorios.
-¿Y él cómo dio con vos? ¿Quién te marcó como familiar más cercano o contacto?
-No tengo idea. Es raro, tenés razón –ya había convencido a Nani.
-Pará. Ahora estoy empezando a asustarme: el cajón cerrado, todos los compañeros de colegio ahí…
-¡La foto de Bariloche!
-¡Ves! ¡Es como de esas películas donde alguien reúne a todos a cenar en una mansión!
-Pará, loca. Si fuera así Alejo habría saltado del ataúd o algo. Pero no pasó nada.
-No pasó nada, pero algo pasó. Para mí no está nada muerto y estaba por ahí disfrazado de sepulturero o escondido atrás de una cortina –me dio un escalofrío y miré hacia la ventana ya oscura.
-Cecilia cortala. Me estás asustando.
-¿Por qué? ¿Pensás que va a venir a hacer un trío post mortem?
Nani largó una carcajada histérica. –No sé, pero no me gustaría verlo intentándolo.
-¿Por qué? ¿Pensás que estará convertido en zombi?
-Ay ¡no sé nena! –ahora Nani también miraba la ventana. –Me estás poniendo nerviosa con tus teorías conspirativas.
-Por lo menos vos tenés a Dementita para salvarte. Yo acá vivo sola, en una casa. ¡Mirá si mi padre el diablo decide venir a visitarme!
-¡Tarada! ¡Caíste en lo de Dementis!
-¿Era mentira? Te juro que me asustaste…
-¿Y pensaste que lo de matar a Alejo era un invento mío? ¿Qué el chabón vive tranquilo en el campo en Uruguay y yo armé todo para ver a nuestros compañeros de colegio?
-Y… ya nada me sorprende, Nani. Además en la foto del viaje de egresados vos saliste linda y yo con cara de estar aguantándome un pedo.
-Divina salí, según los estándares de belleza de 1990. Habría valido la pena todo el quilombo sólo para volver a juntarnos.
-Es verdad… ¿Pedimos helado?
-Tenemos torta.

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