lunes, 28 de febrero de 2011

proyecto ensō


ensō 1:
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viernes, 18 de febrero de 2011

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Cuando los chicos empiezan a pegarse lo miro a R. Es hora de rebobinar.

 

Una noche mexicana para un día mexicano.

 

Por la tarde, la gata mira paciente al ratón que corre desesperado por el patio.

 

La nueva alumna en casa.

 

Yo pidiéndole al alumno de confianza que haga algo con la rata.

 

Margaritas.

 

Los chicos arman catapultas con los cubiertos descartables.

 

Cuchillos de plástico blanco llueven en la Fábrica del Taco.

 

Margaritas.

 

Quiero que la moza nueva sea mi novia o algo.

 

Los gringos en la mesa de al lado están por separarse. Apenas aterrice su avión en su país chau, pluf, bye bye baby, I won't be back. Ella tiene la típica mirada de beauty queen meets Stepford wife. Él la cámara en la mano, nos saca fotos a nosotros. Mamón. Ella mira a Dingdong con ojos de androide maternal. Él sigue escondiéndose detrás de su Canon. Fuckers. Hacele un hijo o andate, pero déjense de mirar a los míos.

 

Salimos antes de que nos echen. En la vereda decidimos dar una vuelta, jugar a los turistas.

 

Caminamos cuadras en zigzag y caemos en la placita. Los bares desbordan cerveza en las veredas y somos pocos en la plaza a las diez.

 

Nuestros hijos juegan a la mancha con los chicos que viven en la plaza.

 

Corren. Un doble para Elías, un doble para Dingdong.

 

-¡Toqui! –grita Dingdong cuando toca a uno.

 

Me río de que mis hijos digan toqui en vez de tocado o mancha o lo que sea que se dice. Los otros chicos empiezan a decir toqui también. Me río más fuerte.

 

La luna está llena. Estamos sentados en un banco de cemento, abrazo a R desde atrás, apoyo mi cara en su hombro mientras miramos a nuestros hijos. Le cuento lo que pensaba cuando era adolescente que sería mi vida.

 

-Me imaginaba cómo sería todo en el 2000: yo tendría veinticinco, estaría casada con Nicolás Rueda y tendríamos tres o cuatro hijos. Mitad mujeres, mitad varones. Me imaginaba sentada en invierno, en el pasto de alguna quinta, los maridos jugando a algún deporte, yo charlando con amigas.

 

Nos reímos. R me pregunta si alguna vez pensé que se me pasaría la locura, que me arrepentiría. Le pregunto de qué locura me habla.

 

El doble de Elías atrapa a Dingdong y lo pone sobre un juego del que no puede salir. Lo libero. Vuelve a atraparlo y a enjaularlo. Dingdong tiene miedo. Intervengo, lo hamaco. Caos de cadenas en las hamacas. Lo bajo. Vuelven al pasamanos y el doble de Dingdong le pega en la panza a Elías, que cae al piso. Empiezan a pelearse, nos vamos de la plaza.

 

Fast Forward caminando por Honduras hasta Armenia, y R se encuentra con su amigo, el gitano de enfrente, el marido de la profesora de tarot.

 

-¿Qué te pasó en el ojo? ¿Te peleaste otra vez?

 

-No… mi cuñado me pegó un culatazo.

 

miércoles, 16 de febrero de 2011

El chino del colectivo (i)

El chino dijo que me había robado la billetera porque quería saber mi nombre.
-¿Robarme el nombre?
-No. Conocerlo. No es lo mismo.
Lo miré confundida, con cara de puntos suspensivos.
-Siempre te veo acá, y quería saber tu nombre –era verdad que siempre nos veíamos en el cientodiés. A las ocho y media de la mañana, entre decenas de personas amontonadas, algunas variables, otras repetidas. Iban pasando las estaciones y nuestra ropa, migrábamos de las ojotas a las botas, de los tatuajes a la vista a las bufandas y los guantes. Pero las caras de estar mirando el fondo de una cacerola llena del agua sucia de los fideos no cambiaban.
-¿Por qué no me preguntaste, entonces?
-Porque ibas a pensar que te quería robar –seguí mirándolo fijamente, pero ahora sonreí. -Además siempre tenés lo auriculares puestos. -Lo más suave que sonaba en mis mañanas era Rage Against the Machine.
"Chino loco", pensé. Yo venía pensando seriamente sobre la mentira. Sobre lo que se dice, sobre lo que se calla. Acababa de descubrir a mi novio en otra mentira, o en realidad en otro silencio. Típico de él. Mamón. Cagón. Mamón y cagón. Pendejo. Me había enterado de algo que él no me había dicho, una estupidez, a través de un amigo. ¿Pensaba que me enojaría si me lo decía? ¿Qué no podría procesar la información? Hijo de puta. Era insultante. Había ido a tomar algo con una ex. Y el hecho de que no me lo dijera lo agravaba, ¿o no? Por mí se la podía coger, le podía hacer tres pibes o mudarse con ella. A esa altura me chupaba un huevo. Pero que no me lo dijera ya era demasiado. Lo mejor era que lo confrontara, le dijera que sabía, y así podríamos hablar y arreglar las cosas. Ni celosa ni histérica fui nunca. Y siempre le había dicho que no tenía rollos, que eso de la exclusividad sexual me resultaba antinatural e imperialista. Que si para él era tan importante le sería fiel, aunque eso supusiera serme infiel a mí misma. Y el pendejo iba y se tomaba unas cervezas con la puta jamonera de la ex novia. Rubia teñida, ¡conchuda!
Como decía, sabía que lo mejor era hablarlo con él, pero a esa altura del partido prefería dejar que las cosas siguieran su curso y que la relación terminara de pudrirse.

(después sigo)

cuarto creciente

cuando me dijiste eso que me dijiste
yo ya estaba remojando los porotos
contando los gusanos que habían salido de la canilla
y nadaban en la pileta.
las ranas las olas las olas las ranas
una golondrina rezagada se zambullía por última vez
en el aire de la noche
tal vez creyéndose murciélago
y el gajo de mandarina empañaba el cielo de los pescadores
que revisarían en vano sus redes
y abandonarían en la playa
pececitos pequeños hiperventilados.
vos ya me habías dicho lo que me dijiste
y yo no te había escuchado.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Plan B del espacio sideral

Cuando terminamos de alistarnos para salir, Dingdong decide que no piensa acompañarnos, y se saca las zapatillas, perdón, las championes, y los jeans; digo, los vaqueros.

-Tenés tres años, hijo, y por eso venís con nosotros. No podés quedarte solo en casa, tá? Además te vas a divertir en el campo.

-¡No quiero ir a paseaaaar!

-Nunca querés, pero después te divertís. Vas a ver.

Segundo o tercer día de lluvia, por fin las nubes se abrieron un poco, y planeamos visitar La Pataia, una estancia que queda a cinco kilómetros. Hace dos años fuimos y pasamos un día perfecto: anduvimos en un trencito tirado por un tractor, le dimos la mamadera a una cabrita desesperada, anduvimos en pony, comimos waffles con dulce de leche caliente, jugamos en la plaza… Nuestro error, hoy, es olvidar que la única constante es el cambio.

Así que después de convencer a los chicos y de cazar a Dingdong que finalmente se sube desnudo al auto, emprendemos el viaje a La Pataia. Al llegar nos encontramos con el estacionamiento lleno de autos, como esperábamos. El comedor está repleto de gente: es la hora del almuerzo. Por suerte ya comimos y podemos ocuparnos directamente de nuestros asuntos. Esto es: mear todos y después decidir qué haremos primero, por encima de los gritos y los saltos sobreexcitados de Elías.

-¡La Pataia me excita La Pataia me excita La Pataia me excita!

El aire huele a eucaliptos y a bosta. El verde de los árboles contrasta con el cielo plomizo, hay animales por todas partes.

Tabla de precios:

Trencito: 100$ adultos, 60$ niños

Paseo en carro: 200$

Mamadera ternero: 60$

Mamadera cabrito: 40$

Pelotas acuáticas: 200$

-Yo quiero ir a las pelotas acuáticas –pide uno.

-No, son carísimas. Mejor al trencito y a darles mamadera a las cabras.

Vamos a comprar los tickets y la empleada nos dice que el trencito sale recién en una hora. El trencito que esperaba vacío se llena de repente de chicas preciosas con bandas Miss Uruguay, Miss Argentina, Miss República Dominicana que usan carteras de cuero y tacos aguja. Miss Colombia le tira un beso a Pipita cuando ella se pone a llorar a los gritos porque no la dejan subir al tren.

Todavía no podemos decidir si en una hora estaremos todavía en la estancia: la tormenta está sobre nuestras cabezas y el viento sopla furioso.

-Vamos a los ponys –propongo.

Los tres chicos gritan como locos. Elías me pregunta si estará Naranjita, el que lo llevó hace dos años. Está, pero si lo lleva se parte al medio, dice su cuidadora. En vez le dan a Cuervo. A Dingdong le toca Pampita y a Pipita Negrito.

-¿Y esas? –pregunta la cuidadora de los ponys.

-Son misses –le digo.

-¿Miss qué?

-Ni idea.

-Porque ni siquiera son lindas. Para eso yo puedo ser miss.

-¡Miss La Pataia!

-Y pobres chicas, que las obligan a pasear por el barro con esos tacos, ¡qué cosa! –las misses sonríen para las fotos y el video. Me pregunto qué tendrán que haber hecho para llegar hasta acá: seguramente tuvieron que desfilar en bikini y contestar preguntas sobre la paz mundial. Pero ¿qué más? ¿Dietas, desvelos, peleas? Seguro que sí.

Después de la vuelta en pony vamos a los juegos. Nos recibe un cartel que anuncia que son 100$ por chico para poder jugar. Vamos a la parte gratis, que tiene estructuras para trepar, hamacas y corrales con animales: conejos, gallinas, un coatí, un chancho, cabras.

-Comamos unos waffles y después vamos a las mamaderas, ¿tá? –dice alguien.

-Dejá de hablar en uruguayo.

-No pienso.

Pero no: no hay más waffles. Ahora son panqueques, a 170$ cada uno. Para tener un punto de comparación: un tarro de dulce de leche La Pataia cuesta 75$. Le explico a Elías que no hay waffles ni panqueques. Que es una cuestión de principios. Que vamos a las mamaderas. Me acerco a comprar el ticket para eso y me dicen que las mamaderas son ahora solamente a las siete de la tarde; o sea, dentro de cuatro horas.

-¿Ya no es donde te lleva el tren, en el medio del campo?

-No, ya no.

-Oh, gracias.

Les doy la noticia a los chicos.

-¿Para qué vinimos entonces, para andar en pony? –me interpela uno. Les ofrezco otra vuelta en pony. Aceptan.

En la boletería de los ponys hay dos familias chilenas al borde del colapso. Las madres proponen ponys pero los chicos quieren cabalgar y solos. Una hija de unos nueve años estalla en un llanto histérico. Es linda como una Penélope Cruz en miniatura y chilla como una loca. En el clímax de su ataque le grita a su padre:

-¡Wiiiiii! ¡Yo quiero andar sola en un caballo grande, imbécil!

El padre no dice nada, y la mira, el imbécil.

Damos otra vuelta en pony: ahora son Estrellita y Pampita. Pipita sigue saltando en los juegos y se pierde la segunda vez. A la salida vamos a la ciudad y compramos donas, ocho al precio de un panqueque. El auto es un pegote y todos están contentos.

viernes, 4 de febrero de 2011

pescadas

¿te molesta la luz? puedo ir a leer a otro lado.

no, no me molesta. si me molestara, podría ponerme mis anteojos negros.

de hecho creo que puedo empezar a soñar ahora mismo.

me encanta soñar.

aunque todas las noches sea el mismo sueño de baños

con inodoros blancos de cerámica con el sello de pescadas en el fondo.

el sueño siempre cambia

pero el sueño siempre es el mismo.

me mirás sin verme desde atrás de ese libro enorme

negro

que trajiste para mí pero que sin embargo te tiene atrapado

hunter thompson,

te reís

hay partes muy graciosas, decís.

cuando nos despertemos a la mañana

cuando las ranitas hayan dejado de gritar como bebés

o como gatos

te voy a contar que anoche

soñé

con un hospital de montevideo

donde una profesora miraba mis rayos x

después de mi gran caída

y sólo había mi tibia rota

podrías trabajar acá, me decía

y yo lo pensaba

camino al baño

de inodoros de cerámica blanca.

martes, 1 de febrero de 2011

Quiero cruzar la frontera

¡Por fin! Después de un año con olas de frío, olas de calor, mucho trabajo y muchos trabajos, idas y vueltas, trasnochadas, desvelos, otitis, mucha ¡mucha! gente… llegaron las vacaciones.
El día previo a la salida, horrible. No funciono bien el día antes de un viaje: no me cuesta hacer las valijas, pero sí llegar al final de la carrera de obstáculos infinitos que siempre presenta uno más, incluso cuando estoy segura de haber llegado al final de la lista. Siempre falta algún detalle: recargar el matafuegos del auto; arreglar la goma pinchada que nunca emparchamos; vaciar el fondito cría-mosquitos que quedó en la pelopincho; pagar el alquiler; pagar las tarjetas de crédito; pagar las cuentas; ubicar al gato; comprar comida de gato y piedritas para el gato; lavar los juguetes para la playa; comprar comida para llevar; ¡dormir!
Tanto odio el día previo a viajar que mi hermano, que sabe, me llama para darme las condolencias a las ocho de la noche.
-¡Ey! ¿Y cómo estás? –Orlic desde su trabajo, que suena a bar.
-Man ¡odio el día antes de viajar!
-Sí, ya sé, ja ja, por eso te llamo, ¡loca de mierda!
-¿Me cuidás el gato?
-Ni en pedo. Que lo cuide Amakeo.
Amakeo siempre dice que sí. Es un sol. Desde que me pasé el verano de sus diez y mis quince contándole cuentos, siempre me dice que sí a cualquier cosa que le propongo.
-¡Uy, qué bueno, siempre quise tener una mascota!
Le explico a la gata que se queda con él:
-Gatito Teté, te vas a quedar en la casa de Amakeo, que es muy bueno y está muy contento de cuidarte. No te voy a dejar en casa porque cuando estás sola no comés y no quiero que te pongas triste ni que te vayas. Pero en unos días te voy a buscar. ¿OK?
Como única respuesta, me araña.

El sábado me despierto temprano. A las cinco y media. La gata se pasó la noche temblando y mirándome fijo desde lejos. Me ducho, desayuno, doy vueltas guardando las últimas cosas, vaciando la heladera, hasta que es la hora de levantar al resto de la familia.
Los chicos desayunan de mal humor. Elías se despide de los ositos que no va a llevar. Dingdong no tiene de quién despedirse: anoche, mientras hacíamos la valija, fue metiendo todos los suyos pensando que no lo veíamos. Cuando estamos listos, hay que meter al Gatito Teté en una bolsa para llevarla a la casa de mi hermano.
-Ayudame –pide R con la gata envuelta en una toalla blanca.
Me acerco con un bolso, la gata se escapa.
-¡Ayudame!
-No puedo, ¡tengo miedo de que me muerda! –me río histérica.
-Mujer, es tu gata.
-Es de Dingdong.
-Come on! Ayudame.
-OK. Intentemos otra vez –la gata maúlla, yo grito.
-¡Cecilia! No puede ser. Colaborá, no seas ridícula.
-No colaboro nada. Ni en pedo me expongo a que me rasguñe un ojo.
-¡No rasguña!
-Mirá: mejor la dejamos en casa y que Amakeo venga a darle de comer.
-No, no, no. –R logra meterla en una bolsa roja de tela, que ata con una gomita para el pelo que saca de mi cabeza.

-Ma, ¿cuánto falta?
-Setecientos kilómetros.
-En horas…
-Unas ocho… Vamos a llegar a la tarde.
-Ma, ¿cuánto falta?
-Para que te sea más claro: llevamos al gato, buscamos a Angelita y agarramos la ruta.
-¿Y ahí llegamos?
-No: primero cruzamos la frontera, esa es la mitad del viaje. Después llegamos a Montevideo, después llegamos a casa.
-¿A casa a buscar a la gata? –es la primera de veinte que Dingdong pregunta si volvemos a buscar al gato.
-¿Y ya cruzamos la frontera?
-No, te vas a dar cuenta cuando la crucemos porque vamos a mostrar documentos, completar papeles y yo me voy a poner nerviosa.
-¿Por qué nerviosa?

Suena mi celular. La pantalla dice que es Angelita:
-¡Prendan las luces del auto!
-Están prendidas.
-¡No están prendidas! ¡No están prendidas!
Yo a R.: -Están prendidas, ¿no?
-Sí.
-Sí están prendidas, Angelita, dejate de joder.
-Y no nos pasen más porque solos no van a llegar a ningún lado. ¡Nunca van a llegar si no nos siguen!

La primera anécdota del viaje aparece en Entre Ríos, después de cruzar el puente Zárate-Brazo Largo que se alza sobre el río Paraná. Un control caminero frena a todos los autos.
-Licencia y cédula verde –pide el policía.
Le damos los papeles, todo en orden.
-Me voy a desmayar –suspiro. R me mira inquisitivo. –¡Los papeles! Me da pánico que nos falte alguno. Tengo las piernas blanditas.
Nosotros no tenemos problemas pero el otro auto de nuestra caravana queda detenido. Parece que la chapa de la patente de adelante no es original. Lo que supone una multa…
-No te des ni un mango –dice Angelita indignada.
-Ni loco. Prefiero discutirle la multa al juez.
Dingdong se baja del auto, agarra una piedra de la banquina y la tira a un auto que está estacionado. Angelita me cuenta de una telenovela que dan solamente en San Luis: una producción local de bajo presupuesto. La linda de la novela es una mujer a la que le faltan varios dientes. Su cuarto es en realidad parte de un telo. Me actúa fragmentos que no sé cómo vio.
Después de media hora en el control caminero de la policía de Entre Ríos seguimos. Cruzamos Gualeguaychú.
-¡Mami dijo Gualaguaychú!
-Gualaguaychú, ja ja.
-Gualeeeeguaychú.
-Ja ja jaja.
Seguimos avanzando a través del campo argentino. Cruzamos hectáreas sembradas, pasamos cerca de vacas, caballos, ovejas. Arboledas. El asfalto hirviente. Hasta que nos detenemos en una fila enorme. Kilómetros de autos parados. Gente caminando por el borde de la ruta.
-Es la frontera –dicen unos.
-Es un paro del campo –aseguran otros.
-Es el corte de la ruta. Cortaron el puente otra vez –dice una mujer.
-Pero si ya pasamos el corte hace un rato –discute Angelita haciendo referencia a las casillas con carteles de Botnia mata, estado uruguayo violador, papelera ilegal, Botnia es muerte que dejamos un kilómetro atrás. No sabemos bien por qué estamos detenidos. Tampoco sabemos que serán cuatro horas: de una a cinco de la tarde, sin haber almorzado, con cuarenta grados de calor. Los chicos se cambian de auto. Escuchamos Crosby Still & Nash y Dylan. Leo un cuento de Murakami en voz alta. R adivina el final cuando voy por el segundo párrafo. Le ato un cortaplumas a un osito de Dingdong:
-¡Te corto todo!
Los chicos comparten una manzana. Tomamos agua de una botella enorme. Angelita saca su "desagobiador": un spray con ventilador que te refresca instantáneamente. Un auto se cuela:
-Si a mí se me cuela un auto le arranco las bolas a mordiscones al tipo –digo.
Cada media hora, avanzamos doscientos metros. Cuando llegamos al frente de la fila, se cierra la barrera en nuestras caras. Habrá que esperar otra media hora junto a unas casitas de madera. Dingdong juega con palos. Hay millones de moscas. Completamos los papeles de migraciones.
-Me pregunta si traigo comida –digo. -¿Pongo que sí?
-Ponés que no.
-Pero si abren el baúl van a ver que está lleno.
-¿No la escondiste?
-No… -vamos a esconderla. La metemos debajo de baldes y palas. R se saca las zapatillas y la pone en la bolsa.
-Así les da asco y no revisan.

-Es una locura venir por los puentes.
-Nos ahorramos dos mil pesos viniendo por los puentes.
-Es la mafia de Buquebús.
-Es el cambio de quincena.
Por fin suena un silbato y todo el mundo corre a sus autos. Cruzamos la barrera y desde el puente que cruza el río Uruguay vemos Botnia, la papelera del conflicto. Ahora entiendo. Botnia es un tumor crecido en el medio del campo.
Al final llegamos a la frontera. Estamos primeros en la fila, mágicamente nuestros papeles están en orden. Los de todos, los del auto. Voy con Elías al baño de hombres (el de mujeres tiene cola) y salimos porque hay demasiadas moscas. Un festín de moscas. Más moscas de las que bailan entre los gendarmes argentinos y la oficial uruguaya con ojos pintados de azul, uñas de bruja y medallas de la virgen milagrosa.
Por la ruta, del lado Uruguayo, sólo tengo recuerdos felices mientras escuchamos discos de Dylan. Pienso en Lucía, que me dijo que en las vacaciones ella hace sólo cosas que no hace en su vida de todos los días. Por ejemplo, si todos los días desayuna café, en las vacaciones toma té. Me quedo pensando en qué tengo que hacer yo mientras anochece y pasan, uno tras otros, los carteles de prohibido pasar al otro auto. Llegamos a casa cuando son las doce y las olas se oyen fuerte desde la cama. Nadie esperaba quince horas de ruta, pero todos las volveríamos a hacer.