miércoles, 9 de febrero de 2011

Plan B del espacio sideral

Cuando terminamos de alistarnos para salir, Dingdong decide que no piensa acompañarnos, y se saca las zapatillas, perdón, las championes, y los jeans; digo, los vaqueros.

-Tenés tres años, hijo, y por eso venís con nosotros. No podés quedarte solo en casa, tá? Además te vas a divertir en el campo.

-¡No quiero ir a paseaaaar!

-Nunca querés, pero después te divertís. Vas a ver.

Segundo o tercer día de lluvia, por fin las nubes se abrieron un poco, y planeamos visitar La Pataia, una estancia que queda a cinco kilómetros. Hace dos años fuimos y pasamos un día perfecto: anduvimos en un trencito tirado por un tractor, le dimos la mamadera a una cabrita desesperada, anduvimos en pony, comimos waffles con dulce de leche caliente, jugamos en la plaza… Nuestro error, hoy, es olvidar que la única constante es el cambio.

Así que después de convencer a los chicos y de cazar a Dingdong que finalmente se sube desnudo al auto, emprendemos el viaje a La Pataia. Al llegar nos encontramos con el estacionamiento lleno de autos, como esperábamos. El comedor está repleto de gente: es la hora del almuerzo. Por suerte ya comimos y podemos ocuparnos directamente de nuestros asuntos. Esto es: mear todos y después decidir qué haremos primero, por encima de los gritos y los saltos sobreexcitados de Elías.

-¡La Pataia me excita La Pataia me excita La Pataia me excita!

El aire huele a eucaliptos y a bosta. El verde de los árboles contrasta con el cielo plomizo, hay animales por todas partes.

Tabla de precios:

Trencito: 100$ adultos, 60$ niños

Paseo en carro: 200$

Mamadera ternero: 60$

Mamadera cabrito: 40$

Pelotas acuáticas: 200$

-Yo quiero ir a las pelotas acuáticas –pide uno.

-No, son carísimas. Mejor al trencito y a darles mamadera a las cabras.

Vamos a comprar los tickets y la empleada nos dice que el trencito sale recién en una hora. El trencito que esperaba vacío se llena de repente de chicas preciosas con bandas Miss Uruguay, Miss Argentina, Miss República Dominicana que usan carteras de cuero y tacos aguja. Miss Colombia le tira un beso a Pipita cuando ella se pone a llorar a los gritos porque no la dejan subir al tren.

Todavía no podemos decidir si en una hora estaremos todavía en la estancia: la tormenta está sobre nuestras cabezas y el viento sopla furioso.

-Vamos a los ponys –propongo.

Los tres chicos gritan como locos. Elías me pregunta si estará Naranjita, el que lo llevó hace dos años. Está, pero si lo lleva se parte al medio, dice su cuidadora. En vez le dan a Cuervo. A Dingdong le toca Pampita y a Pipita Negrito.

-¿Y esas? –pregunta la cuidadora de los ponys.

-Son misses –le digo.

-¿Miss qué?

-Ni idea.

-Porque ni siquiera son lindas. Para eso yo puedo ser miss.

-¡Miss La Pataia!

-Y pobres chicas, que las obligan a pasear por el barro con esos tacos, ¡qué cosa! –las misses sonríen para las fotos y el video. Me pregunto qué tendrán que haber hecho para llegar hasta acá: seguramente tuvieron que desfilar en bikini y contestar preguntas sobre la paz mundial. Pero ¿qué más? ¿Dietas, desvelos, peleas? Seguro que sí.

Después de la vuelta en pony vamos a los juegos. Nos recibe un cartel que anuncia que son 100$ por chico para poder jugar. Vamos a la parte gratis, que tiene estructuras para trepar, hamacas y corrales con animales: conejos, gallinas, un coatí, un chancho, cabras.

-Comamos unos waffles y después vamos a las mamaderas, ¿tá? –dice alguien.

-Dejá de hablar en uruguayo.

-No pienso.

Pero no: no hay más waffles. Ahora son panqueques, a 170$ cada uno. Para tener un punto de comparación: un tarro de dulce de leche La Pataia cuesta 75$. Le explico a Elías que no hay waffles ni panqueques. Que es una cuestión de principios. Que vamos a las mamaderas. Me acerco a comprar el ticket para eso y me dicen que las mamaderas son ahora solamente a las siete de la tarde; o sea, dentro de cuatro horas.

-¿Ya no es donde te lleva el tren, en el medio del campo?

-No, ya no.

-Oh, gracias.

Les doy la noticia a los chicos.

-¿Para qué vinimos entonces, para andar en pony? –me interpela uno. Les ofrezco otra vuelta en pony. Aceptan.

En la boletería de los ponys hay dos familias chilenas al borde del colapso. Las madres proponen ponys pero los chicos quieren cabalgar y solos. Una hija de unos nueve años estalla en un llanto histérico. Es linda como una Penélope Cruz en miniatura y chilla como una loca. En el clímax de su ataque le grita a su padre:

-¡Wiiiiii! ¡Yo quiero andar sola en un caballo grande, imbécil!

El padre no dice nada, y la mira, el imbécil.

Damos otra vuelta en pony: ahora son Estrellita y Pampita. Pipita sigue saltando en los juegos y se pierde la segunda vez. A la salida vamos a la ciudad y compramos donas, ocho al precio de un panqueque. El auto es un pegote y todos están contentos.