sábado, 26 de marzo de 2011

nudos

cuando te convertís en fantasma
te extrapolás viajás flotás sobre la superficie
podés ver
el otro lado de la trama
los nudos y laberintos de la lana
los siete grados se separación entre los amantes de vidriera
las manos enlazadas de quienes juraron no conocerse
las mentiras que me contaste
las ocho mil veces que te saqué la lengua y modulé matate cuando te diste vuelta
y las noches que lloré en silencio porque no volvías.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Chicharras

Fue el verano del cuartetazo. Mis primos estaban obsesionados con esa música y sonaba cuarteto todo el día y toda la noche. La letra montada en la voz de la Mona salía del taller donde pasaban las horas arreglando sus autos, con el ruido de las llaves y las pinzas acompañando la percusión y adornadas por el canto de las chicharras, sucio de tanto calor polvoriento.
Fue también el verano de las tortugas y de las plantas. Todos teníamos tortugas, que nos habían regalado para navidad. Las mascotas, todas del mismo tamaño, cavaban en la tierra y cruzaban las ligustrinas por sus túneles y se cambiaban de jardín, se mezclaban y desataban peleas entre vecinos. Que esa es Pepa, no, que es Manuelita, ¡pero no ves que es Pancha! Los problemas nacían entre nosotros y rápidamente trepaban hasta nuestras madres, y terminaban con toda la cuadra enemistada. El asunto se solucionó fácilmente, cuando mamá pintó el nombre de mi tortuga (Paca) con esmalte de uñas rojo en su caparazón, y el resto de las madres de la cuadra la imitó.
El tema de las plantas, en cambio, fue un poco más duro. Porque las plantas desataron tragedias cotidianas un poco menos pequeñas que los reptiles.
Lo primero que pasó fue que un vecino se robó la planta de marihuana de mi primo Andrés. Sucedió un miércoles. La planta estaba detrás de la casa en un macetón, cerca de la soga donde se tendía la ropa. Llena de pelos blancos, que Andrés decía que se convertirían en flores y que le darían un año sin abstinencia, lo que fuera que eso significara.
Como la vecina explicó después, enroscando sus dedos en un pañuelo con búlgaros azules, su hijo estaba recuperándose de las drogas, de hecho acababa de salir de una granja de rehabilitación, y había visto la planta desde su ventana, su aroma picoso lo había hechizado como un espejismo o una alucinación, sólo que esta vez el oasis había sido verídico, su metro cuadrado de infierno se había convertido en una parcela de cielo en la tierra y había ido a por lo suyo. ¿Quién podía culparlo, al pobre desgraciado?
Como consecuencia, el cielo que Andrés ya acariciaba y que toda la familia olía se le había escurrido la mañana del miércoles bajo el solazo de febrero. Pero su tragedia personal, que agitaba la cuadra con susurros sobre ilegalidad y adicción, rápidamente fue opacada por una desgracia mayor, también provocada por una planta, de otro tipo.
Uno de los carozos de palta que mis primos habían tirado a lo de don José, el vecino del otro lado, un par de veranos antes -debe haber sido el verano del truco, en que no dejaban las cartas ni para meterse en la pelopincho-, destrozó la casa del viejo. Los chicos habían intentado hacer sonar la alarma del vecino a fuerza de carozazos; y uno de los carozos, que se había hundido en la tierra, le había dado al viejo una planta de paltas que siempre daba fruto. Don José agradecía a Dios por sus habichuelas mágicas, hasta la tarde del miércoles, cuando las raíces de la planta que crecía sin control levantaron el piso de su casa y quebraron su sala como un terremoto. Milagros e infiernos, cielos y desgracias.  
Y del lado de acá de los eventos públicos, del lado de adentro, de lo íntimo, las cosas no eran tan tranquilas como parecían.
Mi prima Natalia tenía un romance con el hijo del casero de una de las quintas de atrás, de las que se usaban sólo para el fin de semana. Natalia se escapaba todas las noches para estar con él y volvía justo antes de que se levantaran los grandes. Yo era la única que la veía llegar en silencio, caminando en puntas de pie, como si flotara, con las ojotas en la mano y la remera al revés.
Natalia y yo compartíamos el cuarto con varios primos más, de una variedad de edades. Natalia, de dieciséis, era la mayor. La seguían Lucía y Martín, de siete, Angelita, de nueve, Rafa, de once, y Mariana, de doce. Yo tenía trece y soñaba con acompañar a Natalia en sus escapadas nocturnas, o por lo menos ser su confidente.
Pero la admiración que sentía por ella me avergonzaba, y no me animaba a decirle que la espiaba. Por las mañanas, cuando ella se deslizaba despacio en la cama, yo simulaba estar dormida y la miraba desde debajo de las sábanas: primero, ella sonreiría y después se entregaba, agotada, al sueño. A mí no me quedaba más que hacer de testigo silencioso y oculto, con vista desde el limbo que era mi edad indefinida, que me ubicaba en un escalafón grisáceo entre los chicos y los grandes.
La ropa era el signo inequívoco de esa confusión adolescente, ese error en el que el cuerpo no acompaña a la mente: tenía trece y pensaba como un existencialista de veinte, y quería vestirme como tal. Pero mi tamaño pequeño, mi desarrollo que se hacía esperar, hacían que la oferta de prendas para vestirme que me quedaban fueran del estilo equivocado: flores, colores pastel y demás características que me hoy hacen pensar en La Náusea, ese verano mi libro de cabecera.
Claro que si le hubiera contado algo de esto a Natalia o a Andrés me habrían apartado de un empujón. Así que sólo me quedaba mirarlos, la mayoría de las veces desde la rama del pino donde me sentaba a dibujar en mi block de hojas blancas con un lápiz negro. Como los dibujaba a ellos, no dejaba que nadie viera mis papeles. Mis dibujos eran una especie de diario, de crónica íntima de un verano. Estaban papá y mis tíos yéndose temprano al trabajo. Estaban Natalia y su novio entrando en la casa de él, y en otra hoja Natalia escapándose por la ventana de madrugada. Andrés regando la planta, con el vecino ladrón en el fondo, asomándose por la ligustrina. Las tortugas listas para la largada de una carrera de tortugas. La pelopincho llena de chicos. Mis tres primos mayores desarmando los autos. Las madres pelando manzanas alrededor de la mesa de la cocina. El mantel de la mesa de la cocina, con su estampado de frutitas.
Algunas mañanas calurosas, como hoy, me transporto a ese verano de madrugadas interrumpidas por el canto de las chicharras.  
Apenas Natalia se dormía, yo me levantaba despacio. El pelo me cubría los hombros, el camisón me llegaba a la mitad de los muslos. Las baldosas del piso del pasillo estaban heladas; me gustaba sentirlas como losa radiante en negativo. Eran lo único fresco que había en ese pozo de calor y humedad. Ya a las seis de la mañana el cielo estaba celeste bandera, y las chicharras chillaban a todo volumen. Yo me servía un vaso de leche en la cocina y me sentaba en la galería del frente de la casa a mirar el vacío. Que se me presentaba como el jardín, el roble enorme que tiraba tanta sombra que a su alrededor no crecía el pasto, sino sólo las bellotas como lemmings.
El canto de las chicharras era el telón de fondo constante, que en esa época yo odiaba: eran la señal de lo más agobiante de la vida, que me resultaba pesada como las nubes azules de antes de una tormenta, una especie de tapa que se posaba sobre nosotros y nos sofocaba. Es curioso cómo un insecto que antes me ponía de mal humor ahora me trae recuerdos felices.
Así, con el chi chi chiiiiiiiiiiiii en mis oídos, imaginaba qué estarían soñando todos adentro de la casa. Repasaba cada dormitorio: el de mis padres, que tenían a mi hermana menor en su cunita. Papá tendría sueños laborales, estaba segura de eso. Mamá sueños de playa, ella a los doce, sin hijos ni responsabilidades. La bebita nada: para mí era una ameba que comía, lloraba, cagaba y dormía, y eso era su vida. Después venía el cuarto de mis tíos. Ellos compartían una almohada enorme, larga,  que para mí debía ser lo más incómodo del mundo: OK, ya estaban casados y ya dormían en la misma cama; ¡qué necesidad de compartir también la almohada! Yo estaba segura de que ella soñaba con revistas de moda, y él con whisky y cigarros. Seguía el cuarto enorme donde dormíamos siete: Natalia y yo, y los cinco más chicos. Una mitad roncaba estirados en las camas, la otra se acurrucaba y hablaba en sueños. Algunas noches, hasta se peleaban dormidos. Suponía que unas soñarían con casitas de muñecas y otros con autitos o juegos de indios. Natalia con su novio, o con que un día su padre los descubría y se desataba una tragedia de terratenientes y siervos.
Mis tres primos mayores, los que escuchaban cuarteto, dormían en dos cuartitos en el primer piso de la casa. En otro tiempo habían sido los cuartos de servicio. Ahora tenían varias camas y una biblioteca enorme desde donde el lomo de Rayuela, con la rayuela dibujada, coqueteaba conmigo.
-¿Puedo leer ese libro? –le preguntaba a mi madre.
-No… es para grandes. No lo entenderías.
-¿Y de qué es?
-No sé, nunca lo leí.
Entonces yo seguía mirando ese lomo, que a veces me inspiraba a dibujar con un pedazo de teja una rayuela en el piso del caminito de cemento que unía la casa con el garaje, y a saltar sola. Y releía La Náusea.
No podía imaginarme lo que soñarían mis primos grandes. Suponía que con mujeres tetonas con minifaldas amarillas, reinas del cuartetazo. O con una mujer con rulos que había visto en foto colgando de la pared de una gomería. Cliché de taller mecánico, la mujer tenía una remera blanca mojada, y no usaba corpiño. Quizás los hombres hurgaran tanto en sus motores para acercarse a las diosas de los almanaques. Alguna relación tenía que haber.
Lo que pasó, lo que destruyó la monotonía de los chapoteos en la pelopincho, lo que interrumpió el canto de los bichos, lo que irrumpió en mi cuaderno de dibujo fue un fantasma. Algo tan sencillo y cotidiano, algo tan ignorado por todos como un fantasma. Sólo que este era el fantasma de Gilda.
No fue que viéramos a Gilda frente a nosotros; nada de eso. Lo que pasó fue que una noche mis tres primos mayores soñaron con Gilda. En sus sueños, Gilda se le acercaba a cada uno, lo besaba suavemente detrás de una oreja (Andrés juraba que detrás de la izquierda, los demás que detrás de la derecha) y le cantaba la primera parte de "Esta noche seré tuya": "esta noche seré tuya, solamente tuya / en tus brazos lentamente, yo voy a caer / esta noche y para siempre, dormirás conmigo / y jamás vas a querer otra mujer". Pero después de canturrearles al oído, Gilda, sentada en sus faldas, no hacía nada más. Se levantaba y se alejaba hasta desaparecer en la niebla de la noche en la que, según decía, se entregaría a mis primos.
-Es un mensaje del más allá.
-¿De qué?
-Clarísimo, loco. Que tenemos que dejar el cuarteto y escuchar cumbia.
-Estás tarado man. Es que Gilda quiere hacernos suyos...
-Primero, ya te dije que dejes los eufemismos. Además, cómo va a querer eso si es un fantasma y los fantasmas…
-¿No cogen? Eso es mentira. Hay miles de películas eróticas de terror en las que los fantasmas…
-¡Ay por favor loco! A partir de ahora se acabó el cuarteto. Cambiamos a Rodrigo por Gilda.
-Bueno.
Después de eso algo cambió: la música. Mis primos no cambiaron el cuarteto por cumbia sino que dejaron el cuarteto para pasarse a Gilda. Sólo Gilda. Y de a poco a todos se les empezaron a pegar las letras románticas de sus canciones, la música alegre, y nuestro universo veraniego comenzó a oler a Gilda.
La última página de mi cuaderno tiene, dibujado en lápiz, un intento de la cara de Gilda rodeada por fragmentos de letras de sus canciones. Eso fue lo último que dibujé. De ahí pasé a leer Rayuela, escondida entre las ramas más altas de mi pino.