lunes, 9 de mayo de 2011

Si te animás a leer esto...


ahora más que nunca, no creo nada.
pero la macrobiótica me está llevando por caminos insospechados.

hoy estoy muy contenta leyendo Sugar Blues, de William Dufty.
alimentación, historia, gloria swanson.
Leer Sugar Blues completo acá

música para vampiros

en la tele la tarde se desangra

chorrea y se escurre entre los dedos

la voz es un instrumento de cuerdas

los violines lloran

¡los violines gritan!

la cantante pone los ojos en blanco

y el público ya no reacciona,

sus ojos ven más allá de la cantante pálida

sus ojos se funden con los de esmeralda

la traspasan

la devoran.

 

lloraría.

si pudiera

juro que si pudiera lloraría.

cada hoja adornando la vereda

cada foto de un pasado que no creo que haya existido

a las que vuelvo para asegurarme que he vivido

una cierta palabra que gritó la cantante con su voz de cuerda contra madera añeja

el atardecer

el amanecer

ese perro que se aleja veloz del auto que casi lo revienta contra los adoquines sucios

todo amenaza con arrancarme el llanto

con abrir la canilla que enseguida se convierte en catarata

pero no puedo. no puedo.

¿quién pondría el dique capaz de contener mis lágrimas?

la distancia es demasiado grande

océanos que nadar

desiertos que andar.

para salvarme tendrías que ser vampiro.

y lo cierto es que tenés cara de zombi.

martes, 3 de mayo de 2011

Un paseo por el cementerio

Llueve desde anoche y ahora parece que el otoño por fin tomó la ciudad por asalto. Voy vestida de negro de pies a cabeza. Nada en mi ropa es de otro color. Mi pelo también está negro, mis ojos están negros. Las pupilas dilatadas por la oscuridad general invaden mi cara y puede que se me escape algo de adentro. Supongo que tengo el pelo electrizado. Últimamente lo llevo así. Mi pelo es un manojo de algas que bajan por mi espalda enroscándose en mis brazos. Poison Ivy. ¿Calificaría como superhéroe favorita?

 

No está para andar por la calle. El agua baja por las veredas ordenando a su paso las hojas de los plátanos en montañitas prolijas y doradas. La calle está limpia, la gente ofuscada. Me escapo de la oficina con el pretexto de comprar comida, pero apenas piso la vereda el aire fresco me espabila y con los Pixies atronándome el cuerpo me desvío hacia el cementerio de la Recoleta.

 

Su entrada se levanta imponente con sus columnas dóricas que me hacen pensar en las puertas del cielo. Las rejas negras cruzadas como equis transmiten una definitiva sensación de seguridad y de paz, como pasaba en la capilla del colegio, con su mármol blanco y su eterno olor a flores y a velas. Éxitos del marketing religioso.

 

Entro en el cementerio decidida a encontrar la bóveda donde están las tumbas de mis abuelos. Nunca visité la de mi abuelo, que murió cuando yo vivía en otro país. Cuando me enteré de que había muerto me pasé el día pensando en él, paseando mi panza de siete meses por el centro comercial donde trabajaba, caminando bajo el sol del verano del hemisferio norte, mientras en esa Buenos Aires helada la familia enterraba al padre de mi madre. Él había estado tan orgulloso de saber que iba a tener un nieto, el primero, que además era varón.

Les contaba a sus amigos que nacería gringo. Aunque él era muy nacionalista, se reía de este giro de la vida: "Qué notable m'hijita, qué notable", decía, mientras practicaba pronunciar el impronunciable nombre de quien sin saberlo ya aseguraba la continuación de su linaje.

 

Garúa fino y frío. Las algas húmedas se pegan a mis brazos, se mezclan con la tinta en mi espalda. El cementerio me resulta laberíntico. Camino por la avenida central, con sus árboles de postal romana. Me dejo guiar por mis instintos y doblo en una callecita oscura. Leo los nombres en las bóvedas, las placas conmemorativas. Este cementerio está repleto de muertos importantes. Próceres, gente de cultura, premios Nobel y varias generaciones de la alcurnia argentina. Desde Remedios de Escalada, la esposa de San Martín (que murió de tuberculosis a los veinticinco años pidiendo por su marido, que en ese momento liberaba América del Sur) hasta Evita están enterradas aquí.

 

Cuando vuelva a la oficina leeré que el cementerio de la Recoleta fue creado en noviembre de 1822, después de la disolución de la orden de los monjes que tenían su convento junto a la iglesia del Pilar. Cuando los religiosos se fueron, su huerta fue convertida en la primera necrópolis pública de la ciudad. Hoy, en sus claustros funciona el Centro Cultural Recoleta. La iglesia sigue ahí, es patrimonio cultural, y en la entrada tiene estatuas de mártires que siempre me dieron mucho miedo –porque yo pensaba que eran los mártires momificados. En esa iglesia se casaron mis padres.

 

Enseguida el cementerio se inauguró con dos entierros: el de un niño negro, Juan Benito, de quien sólo podré averiguar que era liberto, y el de María Dolores Maciel, blanca, de veintiséis años, nacida en la provincia oriental (hoy Uruguay).

Unos cincuenta años más tarde, cuando la fiebre amarilla asolara Buenos Aires, las familias de la aristocracia porteña emigrarían de los barrios del sur hacia el norte, lo que es la zona de la Recoleta. Es por eso que la mayoría de la población de este cementerio pertenece a las familias patricias de la ciudad.

 

Después de varios giros, después de espiar tumbas, bóvedas con vidrios rotos, casitas con muñecas, me siento en una historia de vampiros. Estoy perdida, no sé dónde estarán mis abuelos.

 

Hace un siglo y medio, los muertos adultos viajaban en carrozas fúnebres negras, y los niños en coches blancos. Una muñeca con cabello natural, con su sonrisa congelada, hace que se me crispen los pelos de la nuca como la noche que me quedé sola en una casa en el medio de un bosque y se disparó la alarma. Paso de los Pixies a Sostakovic para acompañar el clima. En un silencio entre dos movimientos escucho las risas de un turista brasilero que le indica a su novia cómo posar. A lo lejos pasa un cortejo fúnebre. Otra vez, la vida y la muerte bailan, la vida se burla de la muerte. Así debe ser: ¿cómo, si no, le ganaríamos?

 

Por lo que sé, mi abuelo está en la bóveda de la familia de su esposa, mi abuela, junto con sus suegros y sus cuñadas. Una de ellas murió cuando tenía dos años: diarrea estival. Una historia trágica que no voy a contar ahora; sólo diré que me llamo como ella.

 

Pese a la alegría brasilera, el cementerio es un lugar triste. Sigo caminando hasta encontrar una callejuela especialmente angosta, particularmente aterradora, donde un grupo de gatos espera que caiga la noche y que la oscuridad inunde los caminos del cementerio. Estoy completamente sola, esperando que algo pase. Sola con los gatos. Dicen que ellos pueden ver fantasmas, y quizás sea por eso que el lugar está repleto de estos animales. Por las noches, se sientan junto a las rejas, y miran fijamente a los transeúntes, como queriendo pasarles un mensaje del otro lado.

 

Paso junto a la bóveda de Rufina Cambaceres. Su terrible historia nos aterrorizaba en la época del colegio: Rufina, la hija del escritor Eugenio Cambaceres y de la bailarina Luisa Bacichi, murió súbitamente el día que cumplió diecinueve años. La leyenda dice que la noche de su entierro despertó (porque no estaba muerta sino que tenía catalepsia). Y que al verse dentro de la bóveda volvió a morir, esta vez de verdad, de un síncope. Y mientras escuchábamos "Y rasguña las piedras", de Sui Generis, decíamos que por las noches Rufina deambula por el cementerio y juega con los gatos.

 

Pero esta tarde nada pasa; los fantasmas son invisibles. Está escrito en algún lado que yo nunca voy a ver las tumbas de mis abuelos. Me recuesto contra una pared grisácea, enmohecida. Cierro los ojos y retrocedo a una tarde de 1984, yo en uniforme azul represor en la casa de mi otra abuela, mi oasis favorito. El único lugar donde me sentía fuera del mundo.

 

Yo acababa de entrar en un colegio nuevo y debía memorizar el poema Patria, de Leopoldo Díaz. No me gustaba la poesía en general, odiaba esa escuela en particular. Y sin embargo en esa época yo no me animaba a desobedecer.

 

Patria es la tierra donde se ha sufrido,

Patria es la tierra donde se ha soñado,

Patria es la tierra donde se ha luchado,

Patria es la tierra donde se ha vencido.

 

Patria es la selva, es el oscuro nido,

La cruz del cementerio abandonado,

La voz de los clarines, que ha rasgado

Con su flecha de bronce nuestro oído.

 

Patria es la errante barca del marino,

Que en el enorme piélago sonoro

Deja una blanca estela en el camino.

 

Y Patria es el airón de la bandera

Que ciñe con relámpagos de oro

El sol, como una virgen cabellera.

 

Me detuve, levanté la vista de mi cuaderno. La cruz del cementerio abandonado me había hecho frenar. "¿En qué cementerio está enterrado el abuelo?" le pregunté a mi abuela preferida. Yo nunca conocí a ese abuelo, y nunca había ido a ver su tumba. "En la Chacarita, ¿por qué preguntás?" Me dio tristeza decirle que por lo de cementerio abandonado, no quise recordarle que nunca visitábamos su tumba. Entonces hice algo peor: "escuché que la gente más tradicional de acá va a la Recoleta, y los inmigrantes a la Chacarita", mentí. Nadie me había dicho eso y de hecho yo ya sabía que los asuntos de la gente de alcurnia eran una mierda. Pero de alguna forma a los nueve años yo intuía esas cosas de la sociedad. Y mucho peor que haber mentido, ofendí la sensibilidad de mi abuela, que tanto esfuerzo había hecho para pasar de un hotel de inmigrantes en el barrio de La Boca hasta un piso en la zona más cara de la ciudad, logrando lo que ella creía que era la manera de superarse, de conseguir lo mejor para su familia. Por no entristecerla, le mentí un dedo en la llaga.

 

Finalmente me doy por vencida: mis familiares ya no están en este lugar muerto, sino que los mudaron a un cementerio de esos que tienen las tumbas en la tierra, con el pasto creciéndoles encima y el sol calentando el mundo.

 

Mientras camino hacia la salida recuerdo los velorios en la infancia, cuando cualquier situación que requería seriedad me hacía morir de risa por los nervios. Lo mismo un entierro que una misa donde yo, la pequeña atea congénita, estoy sentada en el primer banco, junto al altar. Cuando se moría alguna monja, la ponían toda adornada de volados y tul, con un rosario entrelazado en los dedos, en el centro de la capilla del colegio. Las alumnas desfilábamos hacia el altar, y cuando pasábamos junto a la muerta muchas chicas la besaban. Yo prefería mirar para otro lado.

 

Un personaje de La montaña mágica dice algo así como que la muerte no debe ser una preocupación de los vivos, porque la muerte no pertenece a la vida. Trato de interiorizar el concepto.

 

La garúa engorda y la gente desaparece. No sé qué hora se habrá hecho, pero todo está un poco más oscuro. Desde mi refugio veo a un vigilante pasar con su linterna, y empiezo a caminar rápido: no quiero quedarme del lado de adentro cuando cierren las rejas.

 

Cuando llego a la puerta, el tipo está echando llave. Tiene, además, una cadena y un candado. Un gato gris sale de una bóveda y se refriega contra mi pierna. "Hoy no, gatito. Hoy no".