miércoles, 6 de febrero de 2013

Demonio blanco

sobrevivió a las uvas
y se robó siete bananas
me mordisqueó las rodillas
se comió mi celular
la mordió a la gata
y decapitó la basura

después
al final
el perro abrió las hornallas

martes, 5 de febrero de 2013

Tarpán


 -Entonces, Joaquín, Fermín y Agustín se escaparon a toda velocidad en el bote de hojas de palmera, y adivinen quién los esperaba en la orilla con una jarra llena de limonada…
-¡Juanita Banana! –gritamos todos a la vez.
Ese verano, papá se había inventado los cuentos de Joaquín, Fermín y Agustín, con Juanita Banana como invitada especial. Aunque las historias estaban diseñadas para hacernos dormir, los personajes se enredaban en aventuras desopilantes y misteriosas que nos dejaban a todos excitados, gritando y saltando en la cama, y haciendo tanto ruido que despertábamos a Angelita, que ya dormía en el corralito.
Otras noches, cuando dábamos vueltas en nuestras camas sin poder dormir por culpa del calor y de sus emisarios, los mosquitos, aparecía el Zoilo. El Zoilo era un gaucho despistado que siempre decía andar perdido. Lo único que lo diferenciaba de papá era que el Zoilo usaba un gorro de playa y hablaba raro. A los seis años yo dudaba, pero al final siempre me convencía de que el Zoilo era un primo lejano de mi padre y no papá. La llegada del Zoilo siempre desataba una fiesta en nuestro cuarto y la frustración de mamá, que a esa hora ya necesitaba meterse en la cama y terminar el día. Pero ver a papá interpretando al gaucho hacía que enseguida ella se sumara a nuestro coro de risitas.
Mi nombre indio era Nube Blanca. Diana era Ricitos de Oro y Rafa Pestaña de Ojo. Nos pasábamos las mañanas trepados a los árboles, armando carpas indias y tirándoles bellotas a los autos que pasaban del otro lado de la ligustrina. Mi árbol favorito era el pino más grande, que además de ser fuerte y frondoso como el mejor de los refugios selváticos, tenía ramas bajas y gruesas, por las que yo trepaba con confianza de tigre, sin importarme que las manos se me pegotearan con la resina que sólo salía si la frotaba con tierra seca.
Vivía con las rodillas lastimadas, y por las tardes me gustaba sentarme en la cocina, siempre fresca, a cortar las ciruelas que sacábamos de los árboles del fondo de la quinta. Cortaba baldes enteros de ciruelas, separando solamente los carozos, que dejaba apilados en un extremo de la mesa, sobre el mantel de plástico con dibujos de frutas. Cuando se despertara de la siesta, mamá volcaría los trozos en una cacerola enorme, echaría también varios carozos y un poco de azúcar, y cocinaría la mezcla durante horas. Cada verano producíamos una fila interminable de frascos de dulce, que alcanzaban para regalar, compartir y cubrir tostadas hasta el siguiente año.
El aire, en la quinta, era denso y olía a frutas maduras. El aire, en la quinta, hablaba como el zumbido de miles de insectos enormes. Chicharras, libélulas, grillos, langostas, moscardones, los camiones que pasaban por la Panamericana. Los bichos se escondían entre la hierba, entre las ciruelas, entre nuestros juguetes.

Hay un recuerdo, que mamá dice que es un sueño. Estamos todos sentados en una casa antigua que es nueva. Es de noche, hace frío y cenamos. Afuera, la tormenta impide que se vea el mar. Sin embargo, podemos oírlo, enfurecido, gritándole al viento. La lluvia golpea cada uno de los cuatrocientos veintidós cristales que forman las ventanas del jardín de invierno, pidiendo entrar. Todos comen entre risas y discusiones mínimas, los cubiertos cantan cuando se entrechocan, los platos comienzan a reaparecer cuando son vaciados por sus dueños momentáneos. Las cortinas de la casa son nuevas. Pesadas, con rayas gruesas verdes y blancas. Las mujeres tenemos vestidos blancos y a mí me asusta la tormenta.
Ahora, esa casa es el casco de un campo de golf frente al mar. Pero en 1980, cuando lo visitamos, yo supe que había sido nuestro hogar. En esa casa en la arena, las tormentas de viento dejaban al mundo virado al sepia, como las fotos circa 1920 que decoraban las paredes del vivero de Miramar y en las que yo buscaba mi cara.

Los veranos eran el tiempo de cosechar, de jugar y fantasear, y los inviernos eran la época de llorar.
Desde que las clases empezaban, a mediados de marzo, la vida se me convertía en un pozo oscuro, profundo, solitario y sin esperanza de cambio. Levantarme a la mañana era triste, esperar en la planta baja de casa el auto que me llevaría al colegio angustiante, el viaje al colegio siniestro. Llegaba al colegio enferma.
Lo único que quería era quedarme en casa con mamá. Nada más. Dibujar, jugar solita, sin molestar a nadie. Quería estar en mi casa. Y, como sabía que no se podía (me habían explicado que ir a la escuela era obligatorio y que si no me mandaban, mis padres irían presos), pedía ir al colegio público que quedaba a la vuelta de casa. Pero no: esa escuela no estaba a mi altura; yo había nacido para ir a una de monjas, doble turno, que estaba a media hora en auto. La cuestión era que yo no estaba a la altura de ese colegio.
¿Y cuál era el problema? Si todas las otras alumnas soportaban las ocho horas de educación sin quejarse, divertidas, alegres… Si hasta Diana iba contenta. El problema era que yo sentía, tenía la certeza, de que ese día, en ese colegio, moriría. Yo me iba a morir y a nadie le importaba. Pero a mí sí, y por eso era imperante no-llegar-al-colegio.
¿Pero qué puede lograr una niña de seis años? Descubrí que mi única área de influencia era mi propio cuerpo, así que hice todo lo que estaba a mi alcance: comencé a enfermarme. Supongo que la idea me llegó en forma de accidente, cuando sin querer una mañana me tragué el aire del globo que estaba inflando. Estaba por desayunar, y el micro-huracán que me invadió el estómago me mareó primero y me provocó náuseas después. Me volví a la cama y falté al colegio.
Soñé despierta con un tarpán. Yo no quería un poni ni un perro ni un gato ni nada: los animales reales me daban miedo. Pero me encantaba adoptar animales de peluche. Osos, monos, búfalos, tigres… cualquier cosa con pelos y cara simpática que caía en mis manos, se convertía instantáneamente en hija mía.
Una tarde, me había acostado en el piso del comedor a ojear un tomo de la enciclopedia. Y había caído en el artículo -especialmente triste- sobre un animal desconocido: el tarpán.
Equus ferus es la especie a la que pertenecen tanto los caballos domésticos (Equus ferus caballus) como su antepasado salvaje eurasiático extinto (Equus ferus ferus), conocido como tarpán.
El último ejemplar de tarpán murió en el zoológico de Moscú en 1875. Existían dos tipos de tarpanes: el tarpán de las estepas y el tarpán forestal.
El tarpán de las estepas vivía en las estepas rusas meridionales y en los bosques claros. De color gris ceniciento, gris-rata amarillento; presentaba una crin corta y erizada, una gran raya de mulo (línea negra a lo largo del lomo), perfil ligeramente cóncavo y, a veces, trazas transversales en las patas. Medían alrededor de 1,30 metros a la altura de la cruz. El tarpán se extinguió durante la segunda mitad del siglo XIX: entre 1851 y 1866 fueron muertos los últimos 20 tarpanes del distrito de Cherson. Los tarpanes del distrito Ruso de Taúrida, donde al parecer vivía el mayor número de tarpanes, fueron víctimas de numerosas carnicerías organizadas por campesinos. En 1876 no quedaba más que una yegua que se unió a una yeguada doméstica, tuvo dos potros de un caballo doméstico y, después de 3 años escapó a la estepa. Según declaraciones de los que la vieron, era muy salvaje y capaz de escapar de cualquier persecución. En 1879 fue perseguida por la estepa nevada, como diversión, por la gente del campo, se cayó en una grieta del terreno, rompiéndose una pata tratando de huir de sus perseguidores, y murió a 35 km de Askaniya Nova en Ucrania. A nadie se le ocurrió conservar el esqueleto o la piel. El criador de caballos ruso Paul Sisoyev que la había visto, la describe en los siguientes términos: "Era pequeña como un pony, de silueta acarnerada, color gris, crin breve, cola corta, patas oscuras y una línea longitudinal oscura en mitad del lomo". El tarpán de las estepas de finos miembros y perfil cóncavo, es considerado como la forma originaria de las razas de crianza orientales, llamadas caballos de sangre caliente.
Un tarpán me parecía algo ideal para adoptar: no debe haber soledad mayor que ser el último ejemplar de una especie. Y no debe haber nada más solitario que morir sin compañía en el zoológico de Moscú. Dormité mareada, abrazada a mi mono, imaginando el caballito de piel color gris-rata amarillento.
Los días subsiguientes no tuve que hacer nada: el mecanismo ya estaba en marcha y bastaba ponerme el uniforme azul marino para empezar a sentir asco. Al llegar al colegio, las náuseas se apelmazaban en mi garganta y el resto del día transcurría entre el baño -donde nunca llegaba a vomitar y en vez leía hasta el empalago el logo de pescadas del fondo del inodoro y los mensajes de las toallas de papel: usted es el prójimo y el próximo es usted- y una sillita que dejaban en el pasillo, afuera de la clase. Las chicas más grandes que pasaban por ahí se burlaban de mi cara cetrina y de mis lágrimas.
Algunos días, me mandaban a ver a la directora, que llamaba a casa para que alguien fuera a buscarme. Y de esos, algunos días alguien me buscaba. Pero el colegio quedaba lejos, papá trabajaba, mamá tenía algún bebé, el auto no andaba.
-¿Y si me mandan al colegio de la vuelta? –suplicaba yo, con el sonido de los chicos jugando en el patio de la escuela que yo podía ver por la ventana de mi cuarto.
-No, ese colegio no es para vos.
-Pero mamá, iría sólo a la mañana, y estaría cerca, y nunca más me enfermaría…
-Claro, ves que lo tuyo es psicosomático. Controlalo. Todos los chicos van al colegio. A mí me encantaba ir al colegio.
-Pero yo quiero estar en casa…   
Así pasé primero y segundo grados. Convertida en tarpán. Lo peor era el inicio de clases, hasta que me acostumbraba al desarraigo, al sabor a muerte. Y si mamá iba a verme a la clase de natación y después se volvía a casa, todo recrudecía y el llanto callado me inundaba la boca y me ataba un moño de tristeza en los ojos.
-¿Qué te pasa? –me preguntaban los grandes. -¿Cuál es tu problema? Decinos qué comida te gusta y te la preparamos.
Pero ¿quién puede comer cuando sabe que al día siguiente, en el colegio, morirá? ¿Qué comía el tarpán en el zoológico de Moscú?
Mi rebelión llegó la segunda semana de clases de tercer grado. Tenía ocho años y no lograba controlar la situación: la certeza de la muerte me esperaba en las escaleras de mármol blanco que conducían a mi aula, la firmeza de mis padres era inquebrantable y a mi edad todavía no lograba domar las náuseas. La solución fue unirme a la corriente que me electrocutaba por dentro y por fin logré convertir las náuseas en vómito.
Pero, antes de vomitar a la maestra, su escritorio y el cuaderno que corregía impasible mientras yo le pedía que me dejara ir al baño, hice mi primera huelga y durante dos días consecutivos me negué a agarrar la lapicera. Después, mientras se limpiaba mi desayuno de su delantal maculado, la maestra le lloró a la directora que no pensaba tenerme en su clase ni un día más. Que yo era una chica maleducada desagradable, y que ya estaba.
Llamaron a mamá, que me buscó entre dos cambios de pañales, y nunca más vi a mis compañeras. Mamá lloró un par de días porque con las clases empezadas no me admitirían en ningún colegio (y no, ya te dije que el colegio del estado no es una opción) y yo puse cara de preocupada. Pero por dentro estaba feliz. Jugaba a los autitos con Rafa, dibujaba, me reía y comía de todo: el miedo había desaparecido y el tarpán se escapaba del zoológico y descubría que una estampida de tarpanes había invadido Moscú con el único fin de encontrarlo.