miércoles, 29 de abril de 2015

El futuro

—Vivimos con temor, con miedo de que se lo vuelvan a llevar –me dice Pola con los ojos negros rebalsando lágrimas y los dedos de piel brillosa entrelazados, dejando ver un anillo de plata. Estamos sentadas en el porche de su casa, que se eleva un metro sobre la calle. Nos rodean árboles viejos y esbeltos que murmuran conjuros protectores en el cielo. Sus hojas tiernas recién nacidas son pequeños animales de plumas verdes casi fosforescentes.
La hija de Pola se pasea cerca nuestro, desconfiada, con un perrito que no para de gruñir mientras lo acuna en sus brazos. Bajo sus pies el piso de madera cruje de una forma que me resulta tranquilizadora. Su hermano mayor acaba de llegar de la escuela y también me mira, pero a través de la ventana, semiescondido detrás de una cortina de encaje.
Abajo, cuatro niños juegan a la pelota entre las casitas idénticas rectangulares y los autos que descansan después del lunes. El buzón de la casa azul de Pola tiene pintado un corazón y la frase «PS: I LOVE YOU».
Pola es mexicana, de los alrededores de Guanajuato. Llegó a los Estados Unidos hace casi veinte años escapando de un marido que la golpeaba, como dice ella, «mucho». La noche en la que él intentó matarla dejando caer un cascote sobre su cabeza, Pola comprendió que la única forma de escapar era yéndose a otro mundo. Al día siguiente se fue hacia el norte y nunca miró atrás.
En Austin, Pola conoció a Omar y juntos formaron una familia. En los quince años que llevan juntos, me cuenta Pola, él siempre la trató bien. Y ella le dio tres hijos. Entre los dos fueron construyendo una vida en la que compartieron el esfuerzo de trabajar en lo que pudieran, las responsabilidades de la crianza de los hijos y las esperanzas que le echaban como rezos al futuro.
Para llegar a la casa de Pola tuve que seguir las direcciones que me dio una amiga suya, porque ella misma no sabía explicarme: «te vas por esta calle, cruzas las vías del tren, entras en un lugar de casas rodantes y le das para el fondo, hasta el final». Cada vez que alguien me explica cómo llegar a un lugar, el mapa que llevo en la mente se convierte en una madeja de lana después de que un gato terminó con ella, e indefectiblemente debo parar y llamar por teléfono para pedir más indicaciones. Por eso le avisé a Pola que le hablaría cuando estuviera cerca para que saliera de su casa a hacerme señas, y así pude llegar a «la casa azul, con el carrito amarillo estacionado al costado».
—Los niños me preguntaban todos los días cuándo iba a volver su papá. Lloraban, no podían dormir, empezó a irles mal en la escuela –por la expresión de sus ojos, me doy cuenta de que Pola está reviviendo la desesperación, el miedo de que vinieran a buscarla a ella también, la soledad que sufrió durante el tiempo que Omar no estuvo.
Su marido cayó preso hace dos años por un «error de un compañero de trabajo» que incluyó una redada y un bolso ajeno con marihuana en su locker. Omar fue preso, primero de una pequeña cárcel local y después de otra mucho más grande, estatal, de la que luego de seis meses lo deportaron. A Pola el abogado le pidió cinco mil dólares para la fianza, de los cuales ella sólo pudo juntar mil, que el hombre aceptó sin problemas, aunque ya sabía que la orden de deportación estaba firmada, sellada y archivada.
Cuando a Omar se lo llevaron, Pola sintió que su futuro se desintegraba. Vio cómo las esperanzas que habían creado entre los dos se desmoronaban como los muros imaginarios de un castillo de naipes. Porque sus esperanzas eran eso: ilusiones que alguien había organizado para formar una estructura hermosa e intricada; pero se habían olvidado de ponerle pegamento y de cerrar las ventanas de la habitación.
Durante el tiempo que Omar faltó, para ocuparse de sus hijos, Pola tuvo que ir reduciendo las noches en las que lavaba platos en un restaurante cercano, trabajo que finalmente perdió. Sola, porque acá sólo tiene a una hermana que está en su misma situación y que vive a una noche de ruta, Pola fue viendo cómo sus posibilidades disminuían. Desesperada porque no tenía ni para comprar comida, se puso a llorar frente a la maestra de su hija una tarde en la que el desamparo pudo más que el miedo y terminó contándole sus problemas con la mirada fija en el para ella misterioso abecedario de colores que colgaba del pizarrón de la clase de primer grado.
La maestra le prometió que todo estaría bien: «Tu esposo estará aquí comiendo el pavo con ustedes, vas a ver». Y la alentó: «Tienes que tener paciencia».
—¡Como si fuera una bruja! –exclama Pola, ahora mostrándome sus dientes perfectos, blancos, mientras se ríe–. Porque mi esposo volvió una semana antes de Acción de Gracias y fuimos a visitar a la maestra juntos, los cinco, para que viera que había tenido razón.
Más que una bruja, la maestra resultó ser un ángel guardián. La misma tarde en la que Pola le contó sus problemas, organizó que empezaran a servirle comida a toda la familia en una escuela cercana y que incluso les dieran la ropa que necesitaban. También se ocupó de contactar a Pola con una asistente social que comenzó el trámite de un permiso de residencia temporario para que, en caso de que surgiera un problema, sus hijos no quedaran solos. Y con la tranquilidad de sentirse cuidada por el momento, el viento empezó a cambiar.
Dos años más tarde la familia está otra vez unida. Pola y Omar tienen trabajo e incluso se pudieron comprar la casa donde viven, gracias a que la mujer que se las vendió los esperó con los pagos: «No te apures, mija, que te espero. No te apures».
Pero la cárcel y la deportación dejaron huellas profundas: ella vive con miedo a que se los lleven y que sus hijos queden sin padres, y ni siquiera se tranquiliza cuando su vecina le explica lo que ven en las noticias: que, como resultado de los primeros pasos de la reforma migratoria, no deportarán a padres de hijos nacidos en suelo estadounidense. Omar sufre de depresión y sus hijos tienen distintos problemas de aprendizaje, por lo que necesitan tutoría después de la escuela y educación especial. El menor, que tiene nueve años, todavía le pregunta a su papá regularmente qué va a pasar si se lo vuelven a llevar.
—Tienen que salir adelante, hijo –le responde su padre–. Tienen que estudiar mucho para salir adelante. Ustedes que son de acá tienen futuro. Yo ya no tengo futuro más que el de ustedes. Pero saldrán adelante.

Cuando logra olvidarse de su temor, Pola siente que el tiempo puede traerle esperanzas. Especialmente cuando está rodeada de su familia es que logra concentrarse en los años que lleva acá y evita pensar en lo que le preocupa. Pero cuando está sola, el miedo la acecha como el agua fría y viscosa de la orilla del río, y ella puede sentir cómo los dedos oscuros de su pasado se acercan, reptando por el barro, porque quieren alcanzarla para convertirse en futuro.

lunes, 27 de abril de 2015

East Austin Studio Tour (Raíces I)

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Cecilia Galli
El cielo hacia el oeste está rosado, rápidamente se pinta de índigo y una cuadra más tarde es violeta. Es esa hora en la que la noche se zampa los últimos momentos de luz de un bocado repentino, y nos damos cuenta de que aunque estemos con los brazos al aire y la frente húmeda, es, en realidad, invierno.
Winnie, su amigo Marc y yo volvemos en bicicleta a la casa del hermano de Winnie, donde dejamos mi auto. Ya pasaron cinco horas desde que salí de casa y los mensajes de mi familia preguntándome cómo va todo me indican que es hora de volver. Es la primera vez en trece meses que salgo sola-sola, sin ese pedazo de mí que es Alondra. Como trabajo desde casa y no tengo familiares con quienes dejarla, todo lo hace conmigo, adosada a mi torso gracias a una mochila que nos convierte en un monstruo de dos cabezas.
Pero ayer Winnie me invitó a recorrer los estudios de artistas del este de Austin y acá estoy,  sintiendo que viajé a un verano de hace dos décadas, cuando mi vida era liviana y mía, y una bicicleta era la libertad.
Mientras pedaleamos, Marc me hace preguntas sobre Argentina. Es la segunda vez en el día que alguien me habla de mi país con conocimiento de causa. Marc me cuenta de lugares concretos, me habla de paisajes y de gastronomía. Me pregunta cuántas veces volví desde que me fui; le digo que ninguna.
Las calles en el este de Austin son mucho más anchas que las del oeste, donde vivo, y se oyen las últimas conversaciones de las gallinas de las casas que vamos dejando atrás. Las  flores del camino están zumbantes de abejas: aquí hace tanto calor que todo florece por segunda vez durante el otoño.
Winnie nació y creció en Austin, y pasó sus veintes viviendo en distintos lugares de Latinoamérica. Su hermano (el primero que hoy me habló de Argentina) vivió en Buenos Aires en 1993 y me hace reír fuerte porque todo lo que recuerda de mi ciudad está completamente relacionado con ese año específico: es una cápsula del tiempo parlante. Los dos hablan español perfecto, saben con exactitud dónde queda cada país latinoamericano y conocen cómo viven sus habitantes. Con ellos bajo la guardia. Descanso.
El East Austin Studio Tour es un evento anual donde los artistas de ese lado de la ciudad abren sus estudios, muestran sus obras y su forma de trabajar, y el clima es el de una vernissage gigantesca en la que seguramente te vas a encontrar con la mitad de tus conocidos.
Estoy empezando a darme cuenta de que como trasplante que soy, me llegó el momento de echar raíces y de mezclarme todavía más, ahora ya como ser individual y diferente de mi familia. Es hora de que mi identidad abrace la veta texano-austinita de mi nueva tierra.
—Let’s hang out tomorrow! –me invita Winnie. Estamos esperando a nuestros hijos a la salida del colegio. Siempre charlamos cuando nos encontramos en actos escolares, fiestas de cumpleaños, reuniones de padres, y cada vez le agregamos más profundidad a la conversación.
—I can’t… –El «no» es la respuesta que me sale automáticamente. Alondra, la lactancia, las horas de trabajo que debo recuperar durante el fin de semana, me hacen rechazar su invitación. Pero una hora más tarde me doy cuenta de lo que acabo de hacer, y me dispongo a resarcir mi error: no se le cierra la puerta en la cara al universo cuando te manda una nueva amiga. Le escribo un mensaje a Winnie: «Sí, claro que voy mañana».
El sábado le explico a Alondra que salgo por un rato, me arreglo y me voy a buscar a Winnie. Cargamos su bicicleta en mi auto y subimos a la autopista. Vamos escuchando Calle 13 y hablando a los gritos y entre risas hasta la casa de su hermano. Ahí buscamos otra bicicleta y nos vamos los tres pedaleando hasta un espacio donde hay muchísimos estudios.
En uno de los primeros a los que entramos, un pintor nos recibe masticando una hamburguesa. «Perdón», dice. Es que no comió nada en todo el día. Rodeado por su obra, nos cuenta cuántas horas por día trabaja y qué cosas lo inspiran. Pinta paisajes, y los que más me gustan son extraños: hay árboles en el cuarto superior del cuadro y el resto son raíces que crecen y crecen, se vuelven mucho más largas que el árbol que sostienen y se pierden debajo de la tierra. «Con esta serie busco mostrar que pasan muchas cosas debajo de la superficie. Like you!», me señala. Es por la posibilidad de situaciones como ésta que nunca nadie me va a encontrar cerca de un show de magia. Y este tipo me agarra desarmada. «Tú no le muestras mucho a la gente. Todo lo guardas bajo la superficie». Le saco la lengua, me abraza, nos reímos. «¿Quién se muestra en esta época?», le digo al oído.
Mientras caminamos por los pasillos con copas de vino en la mano, nos cruzamos con vecinos, compañeros de trabajo, familiares.
En el siguiente estudio al que entramos, una instalación ocupa una pared entera. Entre las raíces de un árbol arrancado por un tornado se asoman y se entrelazan juguetes muertos, fotos opacadas, plegarias mudas. Las raíces apuntan al cielo, las raíces me señalan. «Ya las vi, ya las vi», pienso mientras miro hacia otro lado.
Recorremos salones llenos de pinturas, de esculturas, de fotografías. Una mujer nos toma varias fotos con un fondo de Alpes floridos. Miramos ropa y comemos queso. Nos probamos collares y nos metemos en instalaciones. Y sobre todo nos divertimos mucho.

Cuando vuelvo hacia el oeste, esta vez en silencio, los colores del cielo hacen que me resulte difícil mantener los ojos en la ruta. El naranja y el fucsia llegan desde distintas esquinas, como vientos, y se mezclan delante de mí, justo donde se sumerge el sol. Me doy cuenta de que este cielo es mi nuevo cielo. Y sé que los pájaros negros que lo cruzan gritarán hasta que se ven las primeras estrellas.

viernes, 24 de abril de 2015

Gallinas

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Cecilia Galli
Son las 3:33 y miro las luces azules que forman los números en la caja del cable. Pienso que es el momento en el que van a llegar los extraterrestres. Culpa de un mockumentary que vi una tarde de verano, a sabiendas de que iba a arrepentirme. Y me arrepiento cada noche a las 3:33. Porque en la película, los aliens se llevaban a alguien a esa hora, y quién no tiene pánico de que le pase lo mismo.
Pero ahora, mientras las lucecitas azules anuncian ese momento, miro Castillos de hielo con Alondra. Está desvelada y se ríe y me habla, o intenta chupetear la mano de su hermano que duerme a su lado y de tanto en tanto gira en la cama y deja su brazo cerca de su boca ansiosa de bebé en plena dentición.
En Castillos de hielo la gente luce más actual de lo que recordaba. Espero el drama, el momento de la ceguera, que no será tan trágica como pienso que debería ser y no marcará ningún hito en mi madrugada. Estás por ir a las olimpíadas y por una pendejada te quedás ciega… supongo que si pasara en la vida real, la escena sería mucho más grave. Pero no lo es y la película me desilusiona. Lo que es difícil a esta hora en la que sólo pasan infomerciales para insomnes. Infomerciales para Alondra.
Escucho la noche afuera.
Intento oír algo, separarlo del viento que arranca de los árboles las ramas quebradas por la sequía. Los palos que una vez fueron árbol rechinan y se quiebran en una explosión sorda, sin lamento. Más tarde, otro soplo les dará el impulso que les falta para caer sobre los columpios, el empujón que necesitan para rayar el techo de la casa.
La vecina del otro lado de la cerca me contó esta tarde que algo está matando sus gallinas. Algo viene por las noches y les mastica el pescuezo. Me lo dice con total naturalidad mientras charlamos en el parque, sentadas sobre la tierra seca. Sé que su actitud es calculada, porque cuando le digo que estamos en el principio de una película de terror se ríe. Porque ya lo pensó. Porque ya debe saber que no fue mi gata la que mató a sus gallinas: lo debatieron en familia durante el desayuno.
Siento un poco de pena. Esas gallinas del otro lado de la cerca fueron de las primeras cosas que hicieron que la vida acá fuera totalmente diferente de la vida allá. Con sus cacareos constantes me dijeron you’re not in Kansas anymore: ellas se daban cuenta de que yo no era de acá y frente a ellas yo no sentía la necesidad de colgarme un cartel o pintar una remera que dijera NO SOY DE ACÁ, NO SOY UNA DE USTEDES. Ellas sabían. Y ahora ya no podré espiarlas por las rendijas entre los tablones de la cerca.
—En diez días aparecieron tres con el cuello destrozado. Porque la cosa no se las lleva ni las come; solo las mata y las deja en el gallinero.
 —O sea que la que queda ya vio tres asesinatos…
—Sí, debe estar estresada… Ya no pone huevos.
—Porque es la próxima. ¿Y si la hacen dormir adentro?
Aunque trato, con Castillos de hielo en silencio y Alondra ya dormida, no oigo más que el viento y las respiraciones de mis humanos y de mis animales, que hace varias noches le temen a la oscuridad.

La última gallina tiembla bajo el techo de zinc del cobertizo, y espera.

lunes, 20 de abril de 2015

Shoes are for Birds

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Cecilia Galli
—Where are your shoes?
—I don’t have shoes. Shoes are for birds –dice Dingdong.
Estamos sentadas debajo de un árbol enorme, que aunque cubre todo el cielo no alcanza para tapar el calor del sol. Aunque no se note, el verano se escurre de a un minuto por día y esta tarde mis hijos juegan con sus nuevos amigos. Sus mejillas están enrojecidas. Parecen afiebrados, con sus respiraciones aceleradas y sus miradas demasiado intensas. Calculo que yo debo verme igual, gracias a los omnipresentes cuarenta grados de calor.
Dingdong, que empezó a hablar inglés como si le hubiera agarrado una enfermedad repentina, corre en la tierra reseca en sus medias blancas. Hace semanas que no se ve una nube y él dejó sus zapatillas cerca del tronco del árbol. Su pelo rubio se le pega a la cabeza y solo deja de correr cuando se detiene a escarbar el suelo con un palo. Recoge pequeñas piedras, que me da para que le guarde en mi cartera.
—¿Esto es oro?
Dingdong siempre está buscando piedras y metales preciosos que pretende vender y así ser millonario.
—No, no es oro. Pero es un tesoro.
—¿Podemos venderlo?
—No…
—Entonces, ¿cómo que es un tesoro?
—Where are your shoes? –vuelve a preguntarle Anna.
—I don’t have shoes. Shoes are for birds –repite Dingdong.
Estamos sentadas debajo del árbol al que se trepan los chicos, y es la primera vez que lo oigo hablar en inglés. Alondra me da un cabezazo y me acomodo un poco, me estiro, me ato el pelo. A esta altura del embarazo debería pasarse el día sumergida en una bañadera llena de hielo con los pies contra los azulejos fríos y una gingeroska en la mano.
Pienso en los últimos meses. Esos meses son la distancia que nos separan de otra vida. De una vida anterior que quedó tan lejos que parece ajena. Veo a esa vieja vida a veces entre sueños: es de noche, ella está parada en una playa, me hace señas y me grita algo. Pero yo no puedo entender qué es lo que dice, porque me alejo en una avioneta y la oscuridad, la altura y el ruido de los motores confabulan para que no pueda entender lo que intenta decirme.
Mi hijo se aleja con su forma tan suya de correr, dando saltitos que hacen que su pelo vuele, dejando una nube de tierra detrás.

Las mujeres del grupo reparten frutas entre sus hijos mientras mantienen varias conversaciones paralelas sobre pañales de tela, la misteriosa muerte de unas gallinas y una radio que envía mensajes del más allá interplanetario.

viernes, 17 de abril de 2015

Bienvenidos a Suburbia

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Salimos de la biblioteca pública, de nuestra nueva rama de la biblioteca pública. Las cícadas (así se llaman acá y ya no les puedo decir chicharras, porque hacen otro ruido nada parecido a los resortes que se estiran y después se sueltan de las que invaden los veranos argentinos) cantan, cantan, cantan. Su canto se oye más como la persistencia de una uñita que rasca la piedra, como el pie del enfermo que se mueve contra el colchón, que se aprieta contra la cama en un movimiento de trance pendular. Como una horda de canicas que se deja resbalar por una pendiente no demasiado abrupta.
Salimos de la biblioteca, el reflejo en mi camisa blanca me ciega a través de los anteojos de sol. Sopla un viento caliente, bien caliente, de explosión solar, de los 106 grados (ya perdí la cuenta de cuántos Celsius). Estamos un mes y medio entrados en las vacaciones de verano y a otro tanto de empezar las clases, y arrastro a chicos, cargo a bebé, llevo bolsas de libros. Pero no transpiro. Siento que mi piel está por romper en sudor, porque se calienta hasta ese punto y más, pero no se moja, no aparecen las gotitas saladas y resbaladizas. Quizás me haya acostumbrado, quizás me esté volviendo texana. No extraño el sudor y sé que estaría perfectamente cómoda en botas de cowboy. Pienso que definitivamente me estoy volviendo texana: ahora no solo como picante sino que uso shorts todos-los-días. Shorts en el supermercado, shorts en los restaurantes, shorts para hacer trámites, shorts para ir a asados, shorts en las fiestas de quince, shorts en la biblioteca. Y no solamente uso shorts, sino que es la primera vez en mi vida que los uso. De repente los shorts se convirtieron en la vestimenta adecuada y no hay nada que una pueda hacer. Verano en Austin. Dressing code: shorts.
El auto es un horno. ¿Cuánto hará acá adentro? ¿300 grados? Los chicos me gritan, putean, que prenda el aire. Alondra no dice nada, se ríe de sus quejas. Ella es una verdadera texanita nacida en esta tierra ¿extraña? ¿Frontal? Y el calor no la inmuta. Sólo se pone colorada, y quizás eso se deba únicamente al hecho de que es demasiado blanca. «The big white baby», la llaman los amigos chicanos.
—¡El aire se va a prender solo, está prendido, dejen de quejarse, si ya saben que el aire se prende unos segundos después de que enciendo el motor, no se quejen más!
Pero el aire sale caliente al principio, y en los cuatro minutos que tardamos en llegar a la alberca no alcanza a enfriarse.

Antes de mudarnos vivíamos a quince minutos del centro de la ciudad. Ahora vivimos a veinte. Un par de millas más al sur y otro par más al oeste. Pese a la cercanía, estamos en otro vecindario. Uso el mismo supermercado, pero nos toca otro colegio, otra pileta, otro Torchy’s Tacos. El nuevo Torchy’s se llama «Suburbia» y eso me molesta un poco. Creo que no me gusta porque ese nombre marca el hecho de que en el último año dejé de ser yo, al menos la yo ultraurbana-cuasipunk-semidiosa-del-subterráneo que siempre sentí que era, y me convertí en la mamá que trabaja desde casa y que vive en una casita con césped en el jardín, que tiene dos autos en el driveway, un gato y un perro. Que el Torchy’s que me toca se llame «Suburbia», bueno… creo que me pone en evidencia.

domingo, 12 de abril de 2015

Adiós país

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«El último año dejé de ser yo, al menos la yo ultraurbana-cuasipunk-semidiosa-del-subterráneo que siempre sentí que era, y me convertí en la mamá que trabaja desde casa y que vive en una casita con césped en el jardín, que tiene dos autos en el driveway, un gato y un perro», dice Cecilia Galli en uno de los pequeños pero magníficos textos que nutrirán City of Weird, la columna que inauguramos este mes en nuestro blog, el registro de vida de una antigua habitante del underground bonaerense que, con gata, esposo e hijos, deja su país natal para comenzar una nueva vida en los plácidos vecindarios de clase media estadounidense.


Cecilia Galli

La decisión se nos presentó como un rayo en un día de sol. Cruzábamos una reserva de saguaros, en Arizona. Al fondo había montañas rocosas con picos nevados, el cielo era un montón de nubes gris plomo impactando contra un celeste fino de altura. Nos miramos y supimos que había llegado el momento de volver a irnos de Buenos Aires. ¿Qué otra cosa puede uno hacer cuando siente que su ciudad busca la manera más rápida de expulsarlo? No mucho: porque haga lo que haga, la ciudad siempre será más grande, tendrá muchos más recursos, y terminará saliéndose con la suya.
El trámite de la visa de emergencia fue horriblemente complicado y por momentos muy desalentador, pero lo sorteamos. Vender todas nuestras pertenencias no fue difícil. Dejar nuestra casa tres meses antes de irnos y vivir de prestado con gata, hijos, y todas esas cosas invisibles que uno lleva a cuestas y que no puede estacionar en ningún lugar, ni siquiera en las fronteras, fue una disrupción en nuestras vidas, pero un día terminó. Darle la noticia a la familia, a mis padres, fue duro: me voy, no creo que vuelva, me llevo a sus nietos y además estoy embarazada y no me animaba a decírtelo, fue lo peor. Pero eso también pasó. Todo pasó.
Fue así como una tarde oscura y fría de junio de 2012 llegamos al aeropuerto de Ezeiza divididos en los autos de dos amigos. Con la tinta de mi visa todavía húmeda en mi pasaporte, la gata en una jaula anaranjada y una montaña de valijas, todas con sobrepeso.
No dejamos que ningún familiar fuera a despedirnos, la cosa ya era triste como estaba. Yo a punto de explotar por embarazo y nervios, los chicos sin entender demasiado, la gata en una jaula que, nos enteramos ahí mismo, en el mostrador del check-in, no era apta para el trayecto de once horas que cubre ese espacio enorme y negro en el mapita que se repite en las pantallas del avión entre Buenos Aires y Dallas.
—Yo quiero que viajen, de verdad. Pero miren esta guía –había dicho la chica de American Airlines–. La explicación de la jaula no permitida es exactamente idéntica a la jaula que tienen ustedes.
—Pero el gato no va a abrirla desde adentro.
—Ya sé. Pero si te dejo viajar con esa jaula, yo me quedo sin trabajo.
Las opciones que nos ofrecían: salir a buscar una veterinaria que vendiera jaulas aprobadas por los alrededores del aeropuerto o viajar al día siguiente. No y no. Imposibles las dos. Las jaulas aceptadas no se fabrican en el país y con las importaciones trabadas, no se consiguen. ¿Y volver a despedirme de mi familia? Prefiero soltar a la gata en los bosques de Ezeiza y desearle buena suerte.
Pero cuando cruzaste el laberinto sin morir de sed y sin que ni una hormiga te picara, cuando tenés la salida frente a tus ojos, no dejás que una foto en las  instrucciones de un manual de jaulas aceptadas te robe el premio.
—Vamos a viajar hoy, y con la gata. Así que veamos cómo lo vamos a solucionar –dije. Creo que se me notaba el agotamiento emocional, calculo que mi panza enorme infundió respeto. Todos me miraron serios.
—Hay una última opción –dijo la empleada–. Oscar. Un chico de mantenimiento del aeropuerto, que hace un tiempo acondicionó una jaula.
-Gracias. Busquemos a Oscar –respiré aliviada.
Después de mirar las fotos de las jaulas permitidas, Oscar desapareció con la valijita naranja. Yo me quedé con la gata en brazos, sentadita sobre mi barriga. Charlamos con las mujeres del check-in sobre planes, familias, trabajo, mascotas, política e inflación. Los chicos jugaron, fueron al baño, comieron, se aburrieron. Se cerraron dos vuelos, despegaron los dos aviones, llegaron nuevos pasajeros a hacer el check-in. Esos pasajeros pasaron a la parte de migraciones y volvimos a charlar con las mujeres del mostrador. ¿Y Oscar? Oscar estaba haciendo la obra de arte de su vida, y no aparecía.
Cuando por fin llegó, llamaban por los altoparlantes para nuestro vuelo. Nos faltaba pasar por migraciones (cosa nunca fácil para mi familia, en la que cada integrante tiene una nacionalidad distinta, documentos traducidos, autenticados y apostillados, distintos estatus, pánico fronterizo). La jefa del check-in habló por teléfono, y nos dijo: «Ahora corran».
Corrí yo con la gata en su jaula, yo con Alondra en la panza, yo con mi suéter de lana, yo con mis nervios. Corrí yo con mi despedida. Hice los últimos trámites para que la gata viajara, y casi lloré de alegría cuando nos sentamos en el avión.
Pensé que si habíamos logrado esto, podríamos alcanzar cualquier cosa.
Y ahí, mientras se acercaba la azafata con el carrito de bebidas, Dingdong, mi hijo menor, me preguntó:
—¿Mami, cómo se dice «quiero Coca» en inglés?