viernes, 29 de mayo de 2015

Geografía

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Cecilia Galli
A menos que haya cruzado sus fronteras, el gringo promedio no sabe dónde queda nada que no esté en su país. Ésa es, al menos, mi experiencia. El año pasado estaba hablando con una maestra y le conté que cuando yo tenía la edad de sus alumnos me escribía cartas con un chico de Camerún (con quien sigo en contacto). Ella dijo algo como «¡Qué interesante!» y me preguntó dónde quedaba Camerún. Algo que primero me pareció terrible, teniendo en cuenta que no se trataba de una persona cualquiera, sino de una renombrada maestra de Ciencias, varias veces elegida por el distrito escolar «maestra del año». Claro que después me acordé de que estaba hablando con una persona de este país, educada acá, y lo que primero juzgué como ignorancia no me pareció tal.
En una entrevista laboral que tuve hace poco por teléfono, después de hacerme esperar durante una hora porque el entrevistador no estaba informado sobre los diferentes husos horarios del país (pese a que el tipo me había dicho específicamente a qué hora de mi ciudad me llamaría), un hombre me preguntó de dónde era el prefijo de mi teléfono. Cuando le dije que de Austin, contestó lo mucho que le gusta este lugar, excepto el calor durante el verano. Pero que como soy de Argentina seguramente me siento como en casa gracias al clima. Unos segundos más tarde reconoció no tener idea de cómo es el clima en el sur de Sudamérica y tuve que decirle entre atenuantes (un poco quería conseguir ese trabajo) que nada parecido al del centro de Texas. Después de una conversación sobre playas, la dentista de mis hijos nos preguntó si nos íbamos a pasar el verano a Uruguay y se sorprendió muchísimo cuando le dije que en el Hemisferio Sur ahora es invierno. Es que en los colegios de Estados Unidos no se enseña geografía planetaria (geografía de otros países del planeta).
Algo parecido sucede en Asia, según pude comprobar. Por ejemplo, el asiático promedio cree que mi país, la Argentina, queda en algún lugar de Europa, en una zona gris e imaginaria entre Italia y España. Lo descubrí cuando vivía en California y trabajaba en una boutique de ropa italiana. Los talles eran mínimos, lo que hacía que la mayoría de nuestras clientas fueran mujeres asiáticas chiquitas y dulces como gorriones, con quienes conversaba durante ratos largos (la experiencia de ventas era lenta y suponía trabar una amistad, conocer sus gustos y llamarlas cuando recibíamos cosas que iban a gustarles; como un guiso que se cuece a fuego lento y que al final va a ser lo mejor que comiste en tu vida). Cuando descubrían que yo era argentina, exclamaban «Oh, I love Europe! ».
El argentino promedio sabe, al menos a grosso modo, en qué continente quedan casi todos los países, qué tipo de clima –aproximado– va a encontrar en cada latitud y qué idioma hablan los habitantes de cada región, aunque sea a grandes rasgos. A menos de que ese argentino promedio sea mi hermana, que en la secundaria marcó  con total seguridad a Inglaterra en un mapa cuando se le pidió localizar Lisboa, y que la semana pasada discutió conmigo porque estaba convencida de que hay dos Alaskas: una «en el hielo» y otra en el Océano Pacífico. Secundada por mi hijo de siete años, discutía cuando yo le explicaba que Alaska está del otro lado de Canadá, que es enorme, y por eso la recortan y la pegan en el mar, para que quepa en el mapa. Los dos gritaban indignados una diferencia incomprensible entre el estado-Alaska y la Alaska-de-los-hielos.
Todo esto me lleva a pensar dos cosas:
1.- La importancia de tener un mapa o un globo terráqueo en casa para que mis hijos sepan dónde está cada lugar en el planeta donde viven.
2.- Quizás la «excepción a la regla» esté en los argentinos y no en el resto del mundo: ¿por qué sabemos tanto de geografía planetaria? Porque nos la enseñan en la escuela, desde pequeños. Y, ¿por qué nos la enseñan desde pequeños? Porque vivimos un poco mirando hacia fuera.
Creo que parte del ser argentino supone sentirnos un poco expatriados, un poco inmigrantes, tener un poco de saudades. Por lo menos en Buenos Aires, la ciudad donde nací, todos conocemos a un abuelo italiano que se equivoca al conjugar los verbos porque sesenta años después de haber llegado al país todavía piensa en su lengua materna; o a una vieja gallega que parece recortada y pegada de una película costumbrista española. Cuando estamos en Argentina queremos «irnos a la mierda», como el protagonista de El hijo de la novia que quería escaparse de su cotidianeidad abrumadora, pero cuando nos vamos y estamos lejos, queremos volver a la calidez de nuestra gente. Además las crisis y los problemas del momento que quedan, hacen que vivir en la Argentina se sienta como un perpetuo nado contra la corriente. Creo que el querer irnos nos viene en nuestro mapa genético de habitantes de un país formado por inmigrantes, quienes alguna vez sintieron la pulsión de irse de algún otro lado. En estas generaciones el impulso renace y muchos queremos correr hacia algún otro lugar, distinto al lugar donde nos encontramos.



La semana pasada un astrólogo me dijo que la revolución solar que empezó hace pocos días la había en el extranjero. Lo que es graciosamente exacto, pero al mismo tiempo en un momento en el que me siento local, paseando a los familiares que me visitan sin brújula por parques estatales y puntos especiales de Austin y sus alrededores. Cada vez más pienso que extranjeros son los aliens, que si no atravesamos la atmósfera, los terráqueos estamos siempre en casa. Y que también somos capaces de sentirnos extranjeros en cualquier lugar, hasta en nuestra propia cama.

martes, 26 de mayo de 2015

Poderes ocultos

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Cecilia Galli

La gente me dice que es normal, común, que a todos les pasa: los niños inmigrantes aprenden casi instantáneamente el inglés y ya no quieren hablar su idioma original. Sé que es parte de la adaptación: su instinto de supervivencia les indica que deben camuflarse, convertirse en locales lo más rápido posible. Pero ese conocimiento no evitaba que me enojara cuando, al mes de haber llegado a este país, mi hijo mayor me censuraba (en inglés, por supuesto):
—Ma, ¿por qué le hablas en español a la mamá de Christian? Háblale en inglés, que me da vergüenza. (Aclaro que yo soy argentina y la mamá de Christian mexicana.)
—Porque las dos hablamos español.
—Pero están en Estados Unidos, hay que hablar inglés.
—¡Pero ella no habla inglés, hijo! ¡Y cómo voy a hablar inglés con una mexicana, si las dos hablamos español!
Dos años más tarde, mis hijos saben que siempre voy a elegir el español cuando las circunstancias lo permitan y que detrás de mi preferencia hay una lista de razones que ellos ahora comprenden. Lo que no evita que ellos usen el inglés para hablar entre ellos, algo que hace que nadie sospeche que somos una familia latina y que los latinos que nos rodean se sorprendan cuando me oyen interrumpir a los chicos con un «termínense la comida de una vez».
Llegué a la conclusión de que lo inesperado es lo que hace que el idioma se convierta en un poder especial:
—¿Quiere que le traiga focaccia extra para llevarse a su casa? ‒estamos terminando de cenar en el mejor ristorante italiano de Texas, uno con fachada de fast food que está a pocas cuadras de casa. Mientras junto los restos para llevárnoslos a casa, el camarero me oye y se le iluminan sus ojos cafés.
—¿Se puede?
—Pos no señora, ¡pero siempre le traigo! ‒y guiñando un ojo me da una bolsa llena de pan y aceite para remojarlo.
Sé que el factor sorpresa es lo que convierte al español en un poder porque nadie les está ofreciendo nada gratis a las mujeres que gritan en spanglish en la mesa de al lado. O quizás sea que el spanglish se considere un idioma completamente distinto, que nosotros no hablamos.
—Ay, mija, alcánzame your bag so I can get el lipstick so cuando salimos me veo nice para tu padre.
Here you go, mamá; but be careful de no aplastarlo contra tus dientes ‘cause that’s disgusting.
Oh my god, hija, ¿a quién habrás salido so pretentious?
Y puede que lo sea: todavía no termino de comprender del todo cómo funciona, pero el spanglish posee una estructura, una gramática y una química interna complejas. Por ahora prefiero hablar en inglés o en español. Para híbridos sólo soy fluida en portunhol.
Obviamente, no somos los únicos que tenemos al español como un poder oculto y sabemos que nunca, jamás, debemos hacer comentarios en español dando por sentado que la gente alrededor no va a entenderlos. La experiencia indica que cuanto uno más quiera mantener sus palabras en secreto más geográficamente cercano a uno será el español de quienes lo rodean, y ni el lunfardo más exclusivo de la cuadra donde uno creció podrá dejar de ser lo que habla el otro.
También solemos encontrarnos en situaciones cómicas, como la del sábado pasado. Mi amiga Winnie ganó en un concurso una visita guiada por la cervecería local Thirsty Planet e invitó a treinta de sus amigos. Nos juntamos en su casa para dejar a nuestros hijos con tres niñeras y una abuela y fuimos en caravana hasta el lugar. A las cinco de la tarde todos probábamos distintos tipos de deliciosa cerveza acodados en varias mesas. En la nuestra éramos seis: Philip, Anna, Lauren, Charly, mi marido y yo. Durante media hora hablamos, brindamos y nos reímos sin parar, hasta que a alguien de la mesa contigua se le ocurrió preguntar el nombre de la bebé de Lauren.
We call her Maru, but her name is Maruja.
Where are you from?
Chile.
—Hermanos, somos argentinos.
—¡En serio!
—¿Y recién ahora se dan cuenta? ‒con estas palabras Anna se convierte en Ana, y su inglés se transforma en el más simpático canto neoleonés.
—¿Y tú, de dónde eres?
—De la frontera, pero mi familia es de Monterrey, Nuevo León. (Probablemente para diferenciarse de Monterey, California, ninguno de los regiomontanos a los que conocí hasta ahora me dice que es de Monterrey a secas: siempre son de Monterrey, Nuevo León.)
—¡Órale! –exclama Felipe.
—¿Y tú?
—De Dallas –y vuelve a convertirse en Philip.

En la casa de Winnie cenaremos todos juntos y nuestra conversación fluirá en los dos idiomas. Las voces que llegarán de nuestros hijos que juegan cerca serán en inglés y cuando llegue la hora de irnos se oirán varios «vamos que se hace tarde, es la hora de dormir», a lo que las vocecitas responderán «Can we stay a little bit longer?».

viernes, 22 de mayo de 2015

Happy birthday, Matt

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Cecilia Galli Guevara 
Los árboles viejos nos protegen del sol y de los aviones de combate que vuelan ruidosos, interrumpiendo las conversaciones.
—Ése pasó bajo.
—¿Estamos en guerra?
—¿O bajo ataque?
Esta generación creció con las amenazas de la guerra fría siempre en el fondo y los simulacros en sus escuelas no estaban diseñados para eludir a individuos, sino para protegerse de posibles botones rojos presionados por el capo de una superpotencia enemiga.
—Ataque extraterrestre. Los chicos miran mínimo dos episodios de Doctor Who por día.
—¿Y hay aliens en Doctor Who?
—Todos son aliens ‒Dos aviones pasan muy juntos.
—¿Y eso?
—¿Estamos en guerra?
Estamos relativamente cerca del aeropuerto y los pocos aviones de línea que pasan esta tarde se ven como mastodontes voladores. Los de combate son rápidos, ágiles, su vuelo es limpio y certero.
—Es el día de las Fuerzas Armadas ‒dice mi hijo de seis años‒. Lo acabo de leer en el calendario que hay en la cocina.
—Eso lo explica… No se encariñen, chicos –le advierto al grupo de cinco que mete sus dedos en la heladera de telgopor donde se abrazan cientos de crawfish, los pequeños cangrejos de río que en minutos encontrarán su destino en la olla enorme que se calienta a unos metros, en medio del jardín.
Es el segundo año que venimos al cumpleaños de Matt y los chicos saben qué les espera. Ni bien llegan, corren al jardín en busca de la heladerita blanca, la abren y sacan algunos crustáceos para jugar con ellos.
—No les pongan nombres –dice alguien.
Aunque me río, me siento mal por estos bichos que seguramente saben qué viene a continuación. Para alegrarme me digo que no son conscientes de su destino, pero me parece obvio que ese estar atrapados y aplastados unos con otros debe sentirse como algo aterrador.
Matt y su esposa Lourdes son refugiados de Katrina: después del huracán que destruyó Nueva Orleans en agosto de 2005, la pareja se encontró sin hogar y decidió mudarse a Austin, donde tenían amigos. Y fue así como Matt dejó el lugar donde su familia vive desde hace generaciones para empezar su propia historia en Texas.
Al tiempo de llegar encontraron una casona vieja que parecía recortada de una postal de Luisiana, agrandada y emplazada en una esquina, y se quedaron en ella. La casa es especial: su exterior está recubierto de madera que el tiempo despintó y por dentro se le nota que es querida. Sus pisos de parquet gimen y tosen cuando uno los recorre y ventiladores de techo perezosos ventilan cada estancia. Además queda frente a un cementerio antiguo que no tiene rejas ni bóvedas. Eso le confiere un encanto particular: mientras uno lava los platos en la cocina, puede ver las lápidas gastadas rodeadas de pastizales; muchas tienen flores de colores brillantes.
Cuando Lourdes y Matt dejaron su ciudad, trajeron algunas tradiciones consigo. La de su cumpleaños es la que nos reúne en su casa cada mayo.
Esperamos la comida tomando cerveza que enseguida se calienta en nuestras manos. Los chicos toman turnos para balancearse en una hamaca roja que hay colgada entre dos árboles. Pasan cuencos con un guiso cajún que tiene arroz, verduras y salchicha, y ahogamos el picor con más cerveza. Pienso en lo afortunadas que son estas personas por tener una vida tan placentera y llena de amigos, y enseguida me doy cuenta de que ésta, ahora, es mi vida. Son mis hijos los que juegan a las cartas sentados bajo la mesa y los que dejan un reguero de disfraces en el living.
De repente, Matt coloca un mantel de plástico amarillo sobre una gran mesa. Todos miramos mientras él vuelca cebollas, papas y ajos que saca de la cacerola donde entrará el crawfish. Minutos más tarde llega el plato principal y ya nadie disimula: las conversaciones se silencian y tengo que apurarme para encontrar un lugar alrededor de la mesa. La montaña de crustáceos rojos desaparece rápidamente entre risas y conversaciones animadas. Antes de comer el primero, pienso un «gracias» que mando al aire, y una vez más me sumerjo en el delicioso sabor de la cocina cajún.

Happy birthday, Matt!

miércoles, 20 de mayo de 2015

Escuela de desempleo

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Cecilia Galli Guevara 
La cita es el martes a las 8 de la mañana, lo dice una carta que recibo por correo tres días antes. La comisión estatal de empleo me invita a una reunión en la que se darán herramientas para conseguir trabajo lo más rápidamente posible. Intuyo que es obligatorio ir para no perder los beneficios que estoy cobrando por desempleo desde que la empresa para la que trabajábamos mi marido y yo cerró.
El martes llego con unos minutos de retraso, el tiempo que tardo en descubrir que la oficina de empleo está dentro de un edificio nuevo y enorme de Goodwill. Todos mis compañeros llegan tarde también y en la entrada nos piden disculpas por la confusión: por algún motivo está prohibido aclarar en la carta que la oficina queda en el edificio de Goodwill.
Me registro con una mujer que pone una marca junto a mi nombre en una lista y me hace pasar a un salón. Encuentro una silla vacía en el fondo, justo delante de un hombre que habla a gritos por celular. No tengo idea de qué va a pasar en esta reunión. El grupo es heterogéneo. Adelante mío, un hombre de unos 70 años y dos mujeres jóvenes charlan y se ríen. No es su primera vez acá. Imagino que él necesita el último trabajo antes de jubilarse y ese último trabajo tiene que ser bueno; por eso no debe de ser fácil de conseguir. Hay caras preocupadas, hay personas enojadas. Otros esperan tranquilos.
«Las primeras seis semanas de mi desempleo las pasé aterrada, en pijama, comiendo helado», dice la mujer que nos habla. Tiene un fuerte acento tejano, el pelo completamente blanco, un vestido amarillo largo. Me cae bien, inmediatamente: su fuerte energía maternal hace que le crea todo lo que dice y que además quiera quedarme con ella, ser su asistente, su nueva mejor amiga. Pide disculpas por la primera foto de la presentación que está obligada a seguir: muestra a los constructores del Empire State almorzando sobre vigas a cientos de metros sobre Nueva York.
Después cuenta su experiencia personal de cuando perdió su trabajo y estuvo meses desempleada y sin esperanzas hasta descubrir lo que podía hacer. Ahora se dedica a orientar almas perdidas como ella, rehacer currículos y convertir a don nadies en personas sabrosamente irresistibles para el mercado laboral. Es la Madre Tierra y espero ansiosa el momento en el que seguramente recorrerá el auditorio repartiendo abrazos y susurrándonos al oído: «Eres especial».
Mientras sueño despierta, la mujer da instrucciones precisas sobre cómo usar el intrincado sistema online de la comisión de desempleo para buscar trabajo y no perder nuestros beneficios. Algunos toman nota. Otros hacen preguntas sobre las solicitudes que enviaron para conseguir un puesto en la ciudad. Una mujer comenta que el sistema le advierte que es hora de aceptar trabajos por el salario mínimo, algo así como $ 7 la hora, pero eso no le alcanza para mantener a sus hijos. Un murmullo indica lo similar de nuestras situaciones. La Madre Tierra explica con una sonrisa pícara que el sistema quiere que agarremos cualquier cosa, pero que ante todo uno debe buscar hasta encontrar lo que necesita para poder cubrir sus responsabilidades. Y comparte recursos esperanzadores.
Después de un rato empieza el show. Tres hombres entran al salón por turno: buscan empleados para sus empresas. El primero grita como si estuviera presentando una pelea en un ring. Varios nos sobresaltamos. Tiene quizás demasiada energía. Lo imagino vendiendo un tónico mágico en la plaza de algún pueblo de colonos: «no se le caerá más el cabello», «no se le secará la libido», «sus vegetales crecerán aunque no llueva». Hoy está reclutando cajeros y meseros para el próximo evento de Fórmula 1. Es un trabajo de dos días. No interesa a nadie: con aceptarlo se cancelan los pagos del seguro de desempleo.
El segundo hombre busca vendedores para una mega tienda de descuento. No grita, sólo explica los beneficios de sus horarios flexibles. Pienso que podría trabajar ahí los fines de semana, pero lo que pagan por hora suma menos que lo que recibo por el desempleo.
El tercer hombre representa a una agencia de empleo temporal para gente con discapacidad. Explica que aquí «discapacidad» abarca desde una condición física hasta ataques de ansiedad. Pregunta si hay algún diabético en la audiencia, ya que la enfermedad es considerada una discapacidad en el mercado laboral. Con una nota del médico casi cualquiera puede calificar para conseguir trabajo con ellos.
Me recuerdo: busco trabajar desde casa, como antes. Las vacaciones escolares están cerca y las actividades de verano para niños cuestan como mínimo unos 150 dólares semanales por cabeza, y con tres hijos pequeños en este momento no puedo darme el lujo de conseguir un trabajo de oficina. En unos años sí, y mientras a seguir buscando. Algo debe aparecer, algo va a aparecer. Va a ser un poco más difícil que cuando vivía en la Argentina y siempre tenía varios trabajos alineados, y si algo faltaba sabía exactamente a quién llamar o a dónde ir. Aquí en vez de eso se me ocurre prender una vela, ignorar a la gente que habla de la crisis y de la recesión (no tienen idea de qué es una crisis económica) y mantenerme en movimiento. La lista de cosas que pueden salir mal van desde que un hijo se rompa un hueso hasta no poder pagar la hipoteca. Pero sé que no va a pasar nada malo; es sólo cuestión de seguir buscando hasta encontrar el trabajo que está ahí, esperándome.
Salgo de la reunión con esperanzas. En la puerta, la mujer del pelo blanco se despide de cada uno pero no abraza a nadie. Antes de subir a la autopista veré una bandada de golondrinas y cuando llegue a casa mi marido me dirá que mañana tiene una entrevista en el mejor lugar de la ciudad.

sábado, 16 de mayo de 2015

Potluck

Style: "Agfa"
Cecilia Galli
Dicen (los expertos, los psicólogos, un artículo que leí hace años) que a los migrantes les ‒nos‒ lleva tres años acostumbrarse al nuevo lugar. Que después de treinta y seis meses, nuestros cerebros, nuestros corazones y nuestros espíritus dejan de sentir saudades por la tierra que dejaron, ya no sienten el dolor de los afectos que quedaron, y que en ese punto, ya se mueven como locales en su nuevo lugar. Que después de mil noventa y cinco días, uno naturalmente elige un breakfast taco por sobre una tostada con manteca y mermelada, o una dos equis antes que una quilmes. Casualmente, es el mismo tiempo después del que un inmigrante de los Estados Unidos que está casado con un ciudadano de este país puede aplicar para convertirse en ciudadano.
Casi llevo dos años como residente de esta región y mis papilas disfrutan el antes doloroso picante, mis instintos aprendieron que el fuego en la boca se apaga con alcohol y mi piel se acostumbró tanto a los largos meses de calor intenso que ahora oficialmente odio el frío. Descubrí que las botas de vaquero son el calzado ideal para cualquiera y todos los meses del año. Le tomé cariño al contorno del estado de Texas, un lugar que nunca imaginé pisar más que para hacer el transbordo para tomar aviones que me llevaran a otros destinos.
Ya no solamente pienso que la vida nos lleva a donde se le antoja durante una borrachera, sino que creo que puede que ya todo esté escrito y que no nos quede más que interpretar el papel que nos tocó. Lo que todavía no decido, y en realidad no me interesa demasiado, es si esos papeles nos tocaron por azar o si los elegimos antes de lanzarnos en picada a este mundo.
Es sábado, tres de la tarde. Diluvia y estoy sentada en el living de Amy, una compañera del colegio de Dingdong. Alondra me trae juguetes que saca de un cuarto cercano y me habla largo de cada uno. A sus dieciocho meses es tremendamente expresiva, y su vocabulario es amplísimo y fluido. No le cuesta encontrar las palabras. Es una pena que no entienda nada de lo que me dice.
A mi alrededor la gente charla y toma cerveza. Se oyen los gritos de los chicos, que corren por toda la casa. Por más que me esfuerzo, no logro distinguir la voz de mi hijo. Me pregunto si gritará divertido como el resto o si también estará contando los meses que le quedan para cumplir tres años en esta ciudad.
La familia de Amy invitó a todo primer grado a comer a su casa. La invitación bilingüe pedía que cada familia llevara un plato para compartir: es un potluck. Yo traje empanadas argentinas, que dejé en un mostrador junto a platos de pasta fría, frutas cortadas, ensaladas verdes. Hay un jarro infinito de limonada que, según me dice su padre mientras me sirve un vaso, hizo Amy esa mañana.
La casa es cálida y está repleta de obras de arte y muebles que se ve que pertenecen a la familia desde hace generaciones. En las paredes hay pequeños cuadritos originales, piezas coloridas. Todo invita a quedarse y a entablar conversaciones. Y aunque todos son muy simpáticos, tengo la impresión de haberme colado en la fiesta privada de un grupo que lleva años juntándose cada sábado. Soy consciente de que el problema es mío: sé que si tomara un par de copas de vino me relajaría, pero la lluvia forma una cortina que nos impide ver los columpios del jardín y empieza a oscurecer. Tengo que manejar y me quedo con la limonada casera y la sensación de ser inadecuada.
Es en momentos como éste que me pregunto qué carajo hacemos acá. Siento que todo es un error, que estamos haciendo algo que no es natural. ¿No deberíamos estar en nuestro país, rodeados de familiares y viejos amigos, de la gente que de verdad nos conoce? ¿En un lugar donde los músculos de la lengua no me duelen, porque se me cansan cuando hablo inglés o el español que la audiencia me entiende? ¿En una casa donde la pila de libros sobre Argentina en la mesita del living no me entristezca? Las mismas ganas de gritar «qué carajo hago acá» que cuando me desvelo a bordo de un avión en la mitad de la noche. Estoy sentada en una lata en medio de alguna capa atmosférica. Estoy sentada en un living angloparlante en Texas.
Poco a poco, los juguetes que Alondra fue trayendo del cuarto contiguo forman una zona de juegos en el living y los niños más pequeños se sientan en la alfombra, a mis pies. Alguien se sirve el primer plato y la comida logra ser el lubricante que el alcohol no fue.
En lo que resta de la noche, los chicos formarán la banda más cacofónica del mundo en el cuarto de música, le contaré al arqueólogo que vivió en los Andes que el secreto de las empanadas está en elegir las tapas La Salteña en vez de las Goya, un hombre sacará una guitarra y la embarazada dará un gritito de sorpresa cuando tenga la primera contracción. Volveré a casa borracha de risa, charlando con mi sensación de inadecuación, sabiendo que es una de esas cosas que pueden pasarnos a todos de vez en cuando, aunque estemos cantando en la ducha de nuestra infancia en el dialecto de nuestros abuelos. La vida nos tiró por ahí y nosotros vivimos lo que vamos a vivir, bailaremos unas veces bien, otras como Elaine, pero lo haremos todos juntos, con la banda sonora que nos toca por ser humanos.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Limpia

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Cecilia Galli
Cuando Rose entró en la casa, supo que sería la suya. Y cuando se lo informó a John, su marido, él se agarró la cabeza. Su madre, que estaba a unos metros sosteniendo a su nieto, se puso a llorar: la casa estaba abandonada, olía a humedad, moho, hongos y orina de gato, y su estado general daba escalofríos. Pero Rose podía ver a través de las telarañas virtuales y literales, más allá de las goteras y de las manchas marrones de las paredes. Ahí veía su hogar.
—Pero no entiendo –le dijo John con la paciencia del hombre vencido, derrotado, del que ya no puede perder nada‒. Vimos muchas otras que no estaban tan mal… ¿Por qué ésta?
—Espera y verás –respondió ella sonriendo. El agente de la inmobiliaria mandó un mensaje de texto y les informó que estaba hecha la reserva. «Felicitaciones, la casa es suya», dijo… Eran los únicos interesados.
Rose, John y su hijo de dos años se mudaron a la casa un mes más tarde. No hicieron las reformas que habría hecho casi cualquiera y que habrían supuesto demoler y reconstruir. En cambio, hicieron lo mínimo: cambiaron los pisos de la parte central, acondicionaron un baño y dos dormitorios, pintaron y se instalaron. La casa había quedado realmente bien: los celestes y turquesas de las paredes armonizaban con la madera del piso y reflejaban la luz al máximo, y la energía general del lugar lo convirtió rápidamente en el favorito para las reuniones de sus amigos. Más adelante se ocuparían de los otros dos cuartos y del segundo baño.
Pero la casa no era del todo normal. La primera cosa extraña pasó cuando empezaron la huerta: no importaba en qué parte del jardín cavaran, la pala tintineaba al chocarse con algún objeto enterrado. Y, rápidamente, lo que empezó como una curiosidad se convirtió en un chiste interno y terminó siendo una preocupación secreta. Rose y John desenterraron piezas de lavarropas, un par de cruces oxidadas, una decena de cadenas y hasta la cabeza de una muñeca. Al principio documentaban sus hallazgos y los compartían con sus amigos, que celebraban los descubrimientos arqueológicos cada vez que visitaban la casa. Pero después de pocos meses, ya ni se los comunicaban entre ellos y terminaron aplicando la regla del «out of sight, out of mind», llevándolos al bote de la basura antes de que el otro pudiera verlos. El jardín era un cementerio de basura y los nuevos dueños de la casa se preguntaban sin hablarlo entre ellos cómo habrían llegado los objetos a su tierra y quién habría sido el antiguo propietario, a quien no habían visto y de quien nadie les había hablado.
***
—Quería pedirte si podías darme una mano con algo… ‒le dijo John a mi marido hace poco, en una sobremesa de primavera.
—Sí, claro.
—Hay una cola en el techo… y no puedo sacarla solo.
—¿Cómo una cola?
John y Rose por fin empezaban a refaccionar los últimos dos cuartos de su casa, y John había encontrado una cola. Así como se oye. Solamente una cola, la cola de un animal sin cuerpo. La cola estaba escondida en una parte del techo, sobre uno de los cuartos; solitaria, amenazadora.
—¿Pero de qué animal es la cola? –nunca queda conforme sin todos los detalles.
—Si supiera de qué animal es, no necesitaría ayuda para sacarla –dijo John.
—Pero si es sólo una cola… ¿por qué necesitas ayuda? ¿Es muy grande, como de… dinosaurio?
—Es chica…
—¿De ardilla?
—No, no es de ardilla.
—¿De gato?
—Podría ser de gato… pero no, no es de gato.
—¿De perro?
—¡No! ¡Cómo va a llegar un perro al techo?
—¿Quién habló de un perro? ¡La única que llegó hasta allá arriba es la cola!
Rose explicó que su mayor problema era la falta de cuerpo. Si fuera un animal, cualquier animal, ardilla, comadreja, hurón, gato, perro, murciélago, él se subiría a la escalera con guantes y bolsa y lo sacaría. Pero una cola sola, que quién sabe cómo había llegado hasta ahí sin patas, era demasiado impresionante para John.
—¿Y ustedes creen que la cola llegó sola al techo, o sea, que un animal la tuvo un rato con él y al final la soltó ahí, o que llegó con el resto del cuerpo de un animal vivo, aunque fuera un poco, que después murió ahí y otro animal más vivo vino, se comió el cuerpo y dejó la cola?
—No tenemos pistas. Igual no pude mirar demasiado porque la cola me impresionó y casi me caí de la escalera.
—O sea, le tienes miedo a la cola.
—Pánico. ¿Pueden ayudarme a sacarla?
—Vamos.
Instantes más tarde, los cuatro rodeábamos, apresurados, la casa. Atardecía y el calor subía desde el césped en la forma de zancudos asustadizos. El plan era que yo subiera al techo (con guantes y una camisa como barbijo) y cazara la cola con unas pinzas de cocina. Cuando la tirara al jardín, mi tarea habría terminado. No era la idea original que yo me ocupara de eso, pero me daba mucha curiosidad ver la «escena del crimen».
Nadie habló mientras trepaba la escalera. No hubo bromas ni recomendaciones. Nadie se animaba siquiera a respirar. Con cada peldaño que subía iba dándole forma a una idea: agarraría la cola y se la tiraría en la cara a John. A menos que oliera demasiado mal. Pero no estaba preparada para lo que encontré cuando llegué al techo del cobertizo: la cola no estaba. La-cola-no-estaba.
—¿Cómo que no hay cola?
-No está. ¿Ustedes están seguros de que la vieron?
—¡Claro! –gritaron los dueños de casa.
—Bueno, entonces se fue.
—¿Se la llevó un buitre, una comadreja, una ardilla, un gato?
—O se fue solita.
—No te rías ‒dijo Rose‒. Hay más. Miren esto.
John se arrodilló en el suelo y corrió una tabla que estaba apoyada contra la casa. Dos bichos bolita rodaron y una lagartija corrió hasta un arbusto. Cuando nos acercamos, vimos el brillo plateado del tesoro: un centenar de hojas de afeitar se amontonaban como joyas empañadas.
—¿Y esto?
—Lo encontró ayer el albañil. Dijo que era mala señal.
—¿Cómo que mala señal? Tiene que haber una explicación.
—Sí, la hay, pero igual no dormí nada anoche –dijo Rose‒. Hace décadas los baños tenían una ranura en la pared para tirar las hojas de afeitar. Las desaparecían en la pared y ya.
—Ok, no es grave entonces.
—¡Pero es horrible! Es de casa embrujada.
—Sí, pero no en la vida real.
—Sí, pero hay una cosa más –dijo John‒. Esto sí es horrible y no se los queríamos contar porque, en cuanto lo sepan, no van a querer venir más a casa.
—Dale, qué exagerados. A ver: ¿qué pasa ahora?
—Tenemos ratas.
—Pero no ratas normales –dijo Rose en un hilo de voz.
Entre los dos nos contaron que habían estado oyendo ruidos y que una mañana encontraron huellas de roedores en una capa de harina que había sobre una mesa. Habían llamado a un fumigador. El fumigador dijo que las pisadas eran de ratas y la única forma de librarse de ellas era matándolas. Habían llenado la casa de cebo y de trampas, pero no habían visto ni un animal.
Aunque las huellas seguían.
Entonces, siguiendo las órdenes del especialista, habían instalado cámaras para ver de dónde venían las ratas. Y ahí estaba el problema: no se veían ratas, pero sí sus pisadas. Aunque sabían que era ridículo, estaban convencidos de que los roedores eran fantasmas y de que había algo raro en la casa.
—Ya está. Creo que es hora de que organicemos una limpia ‒dije.
—¿Una limpia?
—Es mucho más fácil que mudarse, ¿no?
—¿Pero quién dijo que pensamos mudarnos?
—Si no lo pensaron, tienen problemas más graves que una casa embrujada. Yo me ocupo de invitar a todos.

jueves, 7 de mayo de 2015

Lejos

Cecilia Galli
Cada atardecer, excepto por los del último verano que pasamos junto a su casa en Uruguay, Carlos Páez Vilaró ponía a todo volumen el adagio del Concierto de Aranjuez. Y los huéspedes de Casapueblo, los visitantes casuales y los que llegaban para mirar el atardecer desde los acantilados que rodean la escultura habitable mirábamos embelesados cómo el sol desaparecía detrás del borde de la Tierra, entre las notas que en esos momentos cantaban un réquiem dulce y cálido para el día. Cuando el sol ya anaranjado tiraba su último brillo y algunos intentaban divisar el místico rayo verde, todos aplaudíamos. Los que estaban al nivel del mar primero, los que nos encontrábamos varios pisos más arriba, unos instantes después.
Cada noche bajábamos al jardín del edificio y caminábamos hasta el mar. Dingdong corría hacia la espuma blanca. Elías, de cinco años, escrutaba la torrecita de Casapueblo buscando una sombra en sus ventanas de luces amarillas. «Está trabajando», nos decía admirado, y miraba un rato hacia el taller de Páez Vilaró. «¿Qué estará pintando?». No me gustaba quedarme demasiado tiempo: sentía que invadíamos la intimidad nocturna. Así que me volvía hacia el agua, agarraba a los chicos y redirigía la atención del mayor hacia alguna otra cosa: las flores sutilmente cerradas a la noche, los grillos, las estrellas, las luces de Piriápolis que recortan la oscuridad. Pero para Elías, Carlos ‒como él lo llamaba‒ era su amigo y no estaba mal espiarlo: una de las veces en las que se había colado al hotel a través del jardín que comparte con nuestro edificio, lo había abrazado con el afecto del que son capaces los niños y Páez Vilaró, emocionado, le había regalado un libro para pintar, una foto de su perro y un poema escrito por él.
Hace un par de semanas encontré en una caja el disco del Concierto de Aranjuez con Paco de Lucía. Lo llevé al auto y le di «play» una tarde especialmente gris y helada, cuando iba a buscar a Elías, que se había quedado en el colegio después de hora. Era uno de esos paréntesis del día en los que el camino está vacío y los pocos autos que lo recorren andan amodorrados.
IMG_2656Instantáneamente, la música me transportó a esas tardes calurosas en las que le disparé mil fotos al sol y las mil salieron perfectas. Algunas con nubes plateadas, otras con el cielo en el degradé ideal del trago de moda. Si mi auto tuviera poderes especiales, habría carreteado por la avenida y habría despegado muy suavemente sus gomas del pavimento. Su GPS habría mostrado el mapa de las Américas tajeado por un trayecto de línea punteada hasta el sur.
Sin sentirlo venir, como un chaparrón de verano, extraño los días en los que el mundo era pequeño y mi vida se reducía a un grupito homogéneo de personas. Un grupo que generalmente me aburría, al que sentía que no pertenecía y que soñaba con abandonar. Aun así, guardaba algo calientito: las casas de mis abuelos, en las que el tiempo no pasaba, en las que los problemas no me tocaban. Eran lugares donde podía refugiarme porque quedaban al margen de la realidad, y en los que me encontraba con mis tíos y mis primos para comer, celebrar y mantener conversaciones que me hacían sentir especial. Lamento que mis hijos no tengan eso y me pregunto si ellos encontrarán un lugar donde poder esconderse del mundo, que ahora es todo lo enorme y diverso que soñé para mí cuando buscaba amigos por correspondencia en las antípodas del planeta. Me pregunto si necesitarán lugares similares y si los encontrarán.
Quizás debería haber atesorado más las tradiciones, las obligaciones familiares, la tranquilidad que da el costado positivo de la religión: con la repetición del calendario nos daban un marco de invariable contención que nos hacía sentir seguros. ¿Nos habrá llegado la hora de retomar alguno de esos elementos en función de su bienestar? ¿Podrán ellos sin mi ayuda encontrar su capullo protector en las cosas que sí tienen? Por ahora sólo sé que los inviernos son más fríos cuando uno se ha ido.
Como nunca, este invierno se metió con mi estado de ánimo: al décimo día blanco y helado me encontré deprimida, harta de usar el mismo suéter gris que elijo porque es el más abrigador que tengo, las botas que ya siento como pantuflas, el ánimo que se arrastra tras mis pasos como el lamento de un fantasma que ya no recuerda quién es.

Si mi auto tuviera poderes especiales, descendería con gracia sobre las últimas notas del Concierto y aterrizaría frente a la puerta de la escuela, donde mi hijo me espera conversando en inglés con su amigo salvadoreño. Pero el único poder que tiene mi auto son sus altavoces; y las primeras notas del adagio fueron suficientes para desenredar todos los nudos que se fueron formando dentro de mí en estas semanas heladas.

lunes, 4 de mayo de 2015

La piñata de Josselyn

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Cecilia Galli
—El domingo de Pascua se me reventaron las várices ‒dice la abuela mostrándome una pierna vendada‒. Se me revientan todos los domingos de Pascua. Esta vez por suerte estaba en el baño, porque todo el piso quedó enchastrado de sangre… mejor que pase en el baño y no en el sillón, como el año pasado.
Pongo cara de asombro y digo algo como «Oh… claro, cada domingo de Pascua», como si su explicación tuviera lógica también para mí. En los quince minutos que llevamos de charla, la mujer recetó baños de lechuga para mi hija insomne, me regaló una bolsita llena de bollos que hizo en el rancho, en México, me habló de la diabetes que aqueja a su familia y que le robó a una hija, la menor.
La fiesta de cumpleaños está en su apogeo: las mujeres charlamos, los hombres toman cerveza mientras inspeccionan el motor de un camión, los niños están por ir a saltar al brincolín, que esta vez es rosado y con forma de castillo. Alquilarlo costó cien dólares, pagados por los tíos de Josselyn, la cumpleañera. Unas doce o trece horas de trabajo duro convertidas en una casa de princesas inflable.
A Brian, el hijo de la mujer de Chiapas, le agarra un ataque de tos y vomita muy cerca de mis pies. Fijo la vista en mis tostadas cubiertas con ensalada de pollo, que ya no podré comer. Lupita, que está sentada frente a mí, arquea las cejas justo cuando nuestras miradas se cruzan. Me trago una carcajada, que se convierte en una sonrisa en su cara redonda de adolescente a punto de ganar quince centímetros de altura.[RB1]
Las várices sangrantes, la mayonesa con piel de pollo, el vómito. Me río con Lupita y le pregunto a los gritos si quiere algo más de comer.
More salad? ‒aunque Marta, la mamá de Josselyn, es de Laredo, se empeña en hablarme en inglés.
—No, muchas gracias ‒le respondo‒. ¡Está todo muy rico!
—¡Qué bien que habla español! ‒dice antes de desaparecer. Todavía hay gente que me felicita porque soy capaz de hablar mi lengua materna.
—Pero si es argentina, ¿qué idioma va a hablar! ‒me defiende la abuela meneando la cabeza.
Brian se termina de comer una salchicha y vuelve a llenar su estómago con medio vaso de coca-cola.
El brincolín ocupa toda la vereda y las pocas personas que pasan caminando deben esquivarlo metiéndose entre nuestras mesas. «¡Buen provecho!», saludan algunos. «¡Felicidades!», dicen otros. Como el apartamento de los tíos de Josselyn es pequeño, no queda más opción que hacer la fiesta en la calle. Algunos vecinos están sentados con nosotros; otros miran de lejos sin animarse a mezclarse entre nuestras carcajadas. Los camiones que pasan por la avenida decoran las conversaciones con zumbidos azules.
—¿Y el pelo de su hijo es así natural, o se lo pinta? ‒la abuela de las piernas vendadas cataliza la pregunta que todas las madres me quieren hacer. Las demás se ríen de la osadía de la vieja.
—Es así, güero, como el papá… ‒Me parece ver algunos billetes cambiar de manos por debajo de la mesa.
—El otro día una niña llamó a su otro hijo «white Hershey’s bar», me dice mi nueva amiga Lupita.
—¿Que lo llamaron qué cosa? ‒pregunta la vieja.
—Chocolate blanco, abuela.
—¿Cómo así?
—Sí, es una historia graciosa ‒explico‒. Una niña de su clase le dijo que mejor dejara su acento y aprendiera a hablar inglés bien…
—¡Porque es demasiado blanco para hablar español! ‒grita Lupita con una mueca tímida en su cara sonrojada.
—¡Pero eso está mal! ‒dice la madre de Lupita‒. ¿Quién le dijo eso?
—Una niña, ya olvidé su nombre. La cosa es que su amigo se enojó y se lo dijo a su maestra, que se enojó más todavía y se lo contó a la directora. Llamaron a los padres de la niña y ella tuvo que pedirle disculpas. Hasta le escribió una carta.
—¿Y qué dice?
Sorry, I called you «white» ‒Lupita y la vieja sonríen, yo me río y enseguida la chica le traduce a su madre: «perdón por haberte llamado “blanco”».
—En la escuela se toman estas cosas muy en serio ‒explico.
—¡Y claro! ‒exclama la abuela‒. Mira, si hubiera sido al revés, lo mal que se habría visto ‒y acercándose a mí me dice‒: Es que la gente es ignorante y todavía juzga por el color de la piel. Seguro que los tienen cansados ya…
Le sonrío: todavía debo explicarles a los otros latinos por qué prefiero hablar español. Ese justificarme todo el tiempo hace que me sienta un poco sola: soy una de ellos. Aunque de otro pozo, también soy un sapo.
Marta me saca de mis pensamientos con el grito de «¡Vamos a hacer la piñata! ¡Josselyn, vente!». Todos, incluidos los vecinos que solamente observan, nos acercamos a la cabeza de princesa gigante que cuelga de una rama. Uno de los tíos de la cumpleañera tira de un hilo y la princesa baila. Los niños forman rápidamente dos filas: mujeres por un lado y varones por el otro. Y la mamá le da el palo forrado de papel rosa a su hija, que aplaude y da saltitos mientras le vendan los ojos. La hace dar tres vueltas para marearla un poco y le dice: «¡Dale duro, mijita!».
En ese momento, apenas la niña blande el palo, todas las madres se abalanzan sobre sus hijos. Se oyen todos sus nombres, gritados lo más fuerte que podemos: «¡Miguelito! ¡Giorgio! ¡Desiré!».

El palo no está cerca de golpear a ninguno, pero cada vez que alguien lo agite se oirán los nombres de los quince niños bien fuerte y al unísono, y sus madres correrán a refugiarlos en sus pechos. Yo también grito por el mío y río muy, muy fuerte, mientras la abuela me pasa un brazo sobre los hombros.

viernes, 1 de mayo de 2015

Agave (Raíces II)

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Cecilia Galli
Llueve y la cara de la mujer está cubierta de sangre. Una Tacoma azul que dobló mal acaba de incrustarse en su Suburban blanca, y el lado del piloto está abollado, hundido hasta sus costillas. Hace frío y pasamos lento, sopesando si es necesario frenar. La gente del otro auto ya habla por sus teléfonos y otros carros paran en el medio de la avenida, así que me alejo con mi pequeña realidad rodante llena de hijos, la parte trasera ocupada por el abuelo agave.
Es martes, cuatro de la tarde, otoño. Volvemos de un pequeño barrio cerrado del sureste de Austin, repleto de casitas prefabricadas que se apoyan sobre columnas. El lugar parece un estudio de grabación: todas las casas están cuidadas; sus jardines parejos, llenos de flores. Por las ventanas se adivinan cortinitas con volados, redondeadas gracias a los lazos que les dan la forma de cortina de cuento infantil. La velocidad máxima en todo el barrio es de ocho millas por hora. Me cuesta mantener tal lentitud y las veces que mi auto sube a nueve los vecinos que charlan en las veredas me miran: es evidente que no soy de acá. Un arco iris brillante cruza el cielo.
Nos trajo a este lugar un aviso de Austin Freecyle: una tal Tammy ofrecía cactus y agaves que había sacado de su jardín. La primera vez que los ofreció ignoré el aviso: siempre que respondo a uno me dicen: «sorry, it’s been taken!». Que alguien lo pidió antes que yo. La segunda oferta de Tammy tenía un dejo de desesperación: las plantas se estaban secando en su driveway bajo el sol inclemente de Texas. Contesté. Dijo que había muchos pequeños y uno grande, que me llevara los que quisiera.
El día que fui el sol arreciaba. Encontré las plantas carnosas blandas, arrugadas. Estaban deshidratándose aplastadas entre el cemento y el cielo, y cargué tres cactus y seis agaves bebés en el auto. Dejé otros agaves chicos y el agave gigante para alguna otra persona que respondiera después de mí. Pero cuando Tammy ofreció lo que quedaba por tercera vez, elegí un horario en el que pudiera acompañarme mi hijo mayor, porque yo sola no iba a poder cargar el agave grande, el abuelo agave.
portadaAsí que el martes busqué a los chicos en el colegio y partimos para el lado este de la infame Interestatal-35, planeada –según me han contado– para dividir la ciudad en este y oeste, y separar así dos poblaciones: la blanca de la latina y afroamericana. Cruzamos la autopista, nos adentramos en las calles desconocidas. Encontramos la entrada del barrio de casitas de estudio y conduje un par de millas a ocho por hora. Pasamos por debajo del arco iris gigante y ahí estaba esperándonos, brillante de lluvia, el abuelo agave.
—Bajate del auto y ayudame a cargarlo.
Never –. El pésimo humor de mi hijo que odia los programas sorpresa a la salida de la escuela. Envolví la planta en una manta que había llevado especialmente y puteé cuatro veces, una por cada espina que el abuelo me clavó en las manos. No podía moverlo.
—Dale. Bajate y ayudame.
Never –. Pero yo no había llegado a esta misión de rescate para abandonar al viejo moribundo. Después de demasiadas palabras, mi hijo bajó y entre los dos arrastramos la manta hasta la parte trasera del auto. No podía abrazar a la planta para subirla porque, sin importar el ángulo en el que cerrara sus brazos de hoja, se las arreglaba para clavarme sus garras.
—Vamos a cargar la manta entre los dos como si estuviéramos cambiando a un enfermo de una camilla a otra.
What? Yo no soy médico. ¡Cómo pretendés que haga algo así!
—Hay que hacer como en las películas.
—Yo no miro esas cosas.
—OK. Vamos a cargar la manta con fuerza, y vamos a tratar de subir el agave al auto sin que se caiga. Es muy importante que no se caiga. Y que no nos vuelva a pinchar.
Unos minutos más tarde salíamos del complejo de casitas con la planta de 50 kilos en el auto, volvía la lluvia fuerte y la sangre de la mujer bañaba su cara.
Oímos muchas sirenas en el camino de vuelta a casa. Las que corrían a auxiliar a la mujer herida y las que iban a intervenir en otros choques. Vimos dos desde el puente que cruza la I-35 y otro más en la avenida por la que íbamos nosotros.

Al día siguiente descargamos el agave del auto y lo plantamos frente a nuestra casa, en un lugar donde le da el sol. Lo rodean los cactus y los agaves bebés, un par de rosales, un romero, una lila, una comunidad de dientes de león y un colchón de clavel. El agave ya soportó tres heladas y sus raíces ya deben estar bien hondo en la tierra.