viernes, 29 de mayo de 2015

Geografía

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Cecilia Galli
A menos que haya cruzado sus fronteras, el gringo promedio no sabe dónde queda nada que no esté en su país. Ésa es, al menos, mi experiencia. El año pasado estaba hablando con una maestra y le conté que cuando yo tenía la edad de sus alumnos me escribía cartas con un chico de Camerún (con quien sigo en contacto). Ella dijo algo como «¡Qué interesante!» y me preguntó dónde quedaba Camerún. Algo que primero me pareció terrible, teniendo en cuenta que no se trataba de una persona cualquiera, sino de una renombrada maestra de Ciencias, varias veces elegida por el distrito escolar «maestra del año». Claro que después me acordé de que estaba hablando con una persona de este país, educada acá, y lo que primero juzgué como ignorancia no me pareció tal.
En una entrevista laboral que tuve hace poco por teléfono, después de hacerme esperar durante una hora porque el entrevistador no estaba informado sobre los diferentes husos horarios del país (pese a que el tipo me había dicho específicamente a qué hora de mi ciudad me llamaría), un hombre me preguntó de dónde era el prefijo de mi teléfono. Cuando le dije que de Austin, contestó lo mucho que le gusta este lugar, excepto el calor durante el verano. Pero que como soy de Argentina seguramente me siento como en casa gracias al clima. Unos segundos más tarde reconoció no tener idea de cómo es el clima en el sur de Sudamérica y tuve que decirle entre atenuantes (un poco quería conseguir ese trabajo) que nada parecido al del centro de Texas. Después de una conversación sobre playas, la dentista de mis hijos nos preguntó si nos íbamos a pasar el verano a Uruguay y se sorprendió muchísimo cuando le dije que en el Hemisferio Sur ahora es invierno. Es que en los colegios de Estados Unidos no se enseña geografía planetaria (geografía de otros países del planeta).
Algo parecido sucede en Asia, según pude comprobar. Por ejemplo, el asiático promedio cree que mi país, la Argentina, queda en algún lugar de Europa, en una zona gris e imaginaria entre Italia y España. Lo descubrí cuando vivía en California y trabajaba en una boutique de ropa italiana. Los talles eran mínimos, lo que hacía que la mayoría de nuestras clientas fueran mujeres asiáticas chiquitas y dulces como gorriones, con quienes conversaba durante ratos largos (la experiencia de ventas era lenta y suponía trabar una amistad, conocer sus gustos y llamarlas cuando recibíamos cosas que iban a gustarles; como un guiso que se cuece a fuego lento y que al final va a ser lo mejor que comiste en tu vida). Cuando descubrían que yo era argentina, exclamaban «Oh, I love Europe! ».
El argentino promedio sabe, al menos a grosso modo, en qué continente quedan casi todos los países, qué tipo de clima –aproximado– va a encontrar en cada latitud y qué idioma hablan los habitantes de cada región, aunque sea a grandes rasgos. A menos de que ese argentino promedio sea mi hermana, que en la secundaria marcó  con total seguridad a Inglaterra en un mapa cuando se le pidió localizar Lisboa, y que la semana pasada discutió conmigo porque estaba convencida de que hay dos Alaskas: una «en el hielo» y otra en el Océano Pacífico. Secundada por mi hijo de siete años, discutía cuando yo le explicaba que Alaska está del otro lado de Canadá, que es enorme, y por eso la recortan y la pegan en el mar, para que quepa en el mapa. Los dos gritaban indignados una diferencia incomprensible entre el estado-Alaska y la Alaska-de-los-hielos.
Todo esto me lleva a pensar dos cosas:
1.- La importancia de tener un mapa o un globo terráqueo en casa para que mis hijos sepan dónde está cada lugar en el planeta donde viven.
2.- Quizás la «excepción a la regla» esté en los argentinos y no en el resto del mundo: ¿por qué sabemos tanto de geografía planetaria? Porque nos la enseñan en la escuela, desde pequeños. Y, ¿por qué nos la enseñan desde pequeños? Porque vivimos un poco mirando hacia fuera.
Creo que parte del ser argentino supone sentirnos un poco expatriados, un poco inmigrantes, tener un poco de saudades. Por lo menos en Buenos Aires, la ciudad donde nací, todos conocemos a un abuelo italiano que se equivoca al conjugar los verbos porque sesenta años después de haber llegado al país todavía piensa en su lengua materna; o a una vieja gallega que parece recortada y pegada de una película costumbrista española. Cuando estamos en Argentina queremos «irnos a la mierda», como el protagonista de El hijo de la novia que quería escaparse de su cotidianeidad abrumadora, pero cuando nos vamos y estamos lejos, queremos volver a la calidez de nuestra gente. Además las crisis y los problemas del momento que quedan, hacen que vivir en la Argentina se sienta como un perpetuo nado contra la corriente. Creo que el querer irnos nos viene en nuestro mapa genético de habitantes de un país formado por inmigrantes, quienes alguna vez sintieron la pulsión de irse de algún otro lado. En estas generaciones el impulso renace y muchos queremos correr hacia algún otro lugar, distinto al lugar donde nos encontramos.



La semana pasada un astrólogo me dijo que la revolución solar que empezó hace pocos días la había en el extranjero. Lo que es graciosamente exacto, pero al mismo tiempo en un momento en el que me siento local, paseando a los familiares que me visitan sin brújula por parques estatales y puntos especiales de Austin y sus alrededores. Cada vez más pienso que extranjeros son los aliens, que si no atravesamos la atmósfera, los terráqueos estamos siempre en casa. Y que también somos capaces de sentirnos extranjeros en cualquier lugar, hasta en nuestra propia cama.