miércoles, 3 de junio de 2015

Argentina-Nigeria: red, white and celeste

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Cecilia Galli
Por más que me esfuerzo, no se me ocurre nada que ponga el patriotismo tan a flor de piel y tan fanáticamente festiva como un evento deportivo mundial. Y para los argentinos, el deporte rey es el fútbol, claro. Es el día del tercer partido que juega la Argentina contra Nigeria, ya clasificamos, así que no hay nervios ni presiones. Estamos adentro de la próxima ronda y planeo ver el partido, cosa que hasta ahora no pude hacer. En los encuentros anteriores usé esas dos horas en las que la voz del relator resuena en inglés por la casa para lavar ropa, limpiar, trabajar, pintarme las uñas. Con el fútbol me pasa que no me interesa para nada o me pone tan nerviosa que no puedo mirarlo.
Apuro a los chicos para salir del correo, donde vinimos a dejar un paquete. Falta media hora para que empiece el partido. Están entretenidos mirando tarjetas de Hallmark con fotos de gatitos y de bebés arrugados. «¡Vamos, vamos que empieza!», los arengo. «¿Hoy juega Argentina?», me pregunta el mayor. Corren hasta el auto. Es el primer juego que van a ver ellos también. Durante el viaje de vuelta le enseñan a Alondra a gritar «¡AR-GEN-TINA! ¡AR-GEN-TINA!».
En mi primer mundial, el del ’78, yo tenía un año más que mi hija menor, todavía no había cumplido tres años, pero recuerdo cómo cortábamos papelitos para tirar por la ventana en cada gol argentino, los gritos, las camisetas de la selección que mi hermana menor y yo usábamos, la llegada de mi hermano, nacido durante el campeonato. Estábamos en plena dictadura militar y nosotros éramos demasiado chicos para darnos cuenta de nada.
El siguiente mundial que recuerdo es el del ’86, que fue justo después del terremoto de México. Los mismos papelitos hechos con diarios viejos, esta vez con noticias en democracia.Los goles amplificados en cada ventana, en cada esquina de todas las calles del universo. Cuando salimos campeones, recorrimos la ciudad gritando en el auto, y mamá y yo compartimos un cigarrillo, el primero de las dos. Yo estaba por cumplir 11, ella tenía 34. Las dos tosimos muchísimo.
En este mundial somos los únicos en el barrio que gritan los goles argentinos. Creo que somos los únicos del barrio que miramos el mundial. La banderita celeste y blanca que planté en el jardín delantero de casa se yergue tímida entre los cactus, bajo la mirada azul y roja de las enormes banderas estadounidense y texana que flamean en casi todas las casas de la cuadra. Colgamos una camiseta argentina en la puerta de casa para que no quede duda de que acá se hincha por Latinoamérica y que gritaremos cada gol charrúa que la vecina uruguaya no festeje, cada gol chileno, cada punto de los Ticos, cada tanto de México, hasta que nos duela la garganta.

Mi hijo mayor está por cumplir 11 y, plantado frente al televisor, grita cada «casi gol», argentino. Comenta los movimientos y se indigna cuando al relator (que esta vez también es argentino) osa decir que Nigeria hizo un muy buen gol. Si conociera el término «vendepatria», lo usaría en este momento. En vez, dice «hijo de puta». Aunque después de un rato de meditar mirando a los veintidós que corren tras la pelota, me comenta que debe ser horrible trabajar de relator y tener que describir las buenas jugadas del equipo contrario. En un minuto se aprende los nombres de todos los jugadores y me pide su camiseta de la selección, que le queda demasiado chica. «Hace cuatro años que espero este momento, mamá», me reclama. Y enseguida se olvida, porque tiene que gritar un nuevo gol. No cortamos papelitos para celebrar los goles; de hecho, ni siquiera tenemos diarios. Y mucho menos cigarrillos. Las diferencias no importan: otra vez es el mundial y mi hijo mayor, el que nació en California, el que tiene el nombre, el apellido y el pasaporte en inglés, decide ser argentino, cantar el himno nacional y sufrir como todos los demás, vivan dentro o fuera de las fronteras de nuestro país.