domingo, 14 de junio de 2015

El final del verano

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Cecilia Galli

Observo el cielo desde la puerta de casa. Las nubes son una madeja de fieltro que pasa del blanco al gris plomizo en borbotones inmóviles. Si ignoro el calor, casi logro convencerme de que es invierno y que está por nevar. Un punto, justo sobre el techo de la casa de enfrente, me hace creer que estamos en la costa atlántica. Un avión corta el cielo. Pero la lluvia no llegará. En unas horas las nubes se habrán desintegrado para devolvernos el cielo azul e inclemente.
El final del verano no llega con una tormenta ni con un bajón de la temperatura. Tampoco con un cambio en las hojas de los árboles. De hecho, en otoño todas las plantas florecerán de vuelta: no hay punto final para esta estación. A excepción de uno o dos días, no llueve desde hace meses. El viento que avanza a través de los árboles es caliente y, en vez de ser un alivio, me arranca unas gotas de sudor mientras camino con Alondra hasta los buzones del correo que quedan a media cuadra de casa. Lo único que marca el final del verano es el comienzo de las clases.
Un día, de repente, los juegos para agua son reemplazados por mochilas y valijitas para viandas en los estantes de todos los negocios. Los trajes de baño desaparecen y en su lugar se multiplican los uniformes escolares, los pantalones largos y las ofertas de ropa para ir a la escuela.
No importa que afuera todavía hagan 40 grados ni que la temperatura siga arrasando quizás hasta noviembre. Empiezan las clases y termina el verano. Las albercas públicas –menos las pocas que siguen abiertas todo el año– cerrarán el domingo 24, un día antes de que los pequeños austinitas madruguen por primera vez para comenzar, de repente y sin un día de aclimatación, un nuevo ciclo de nueve meses a razón de siete horas por día. A diferencia de lo que pasa en Argentina, acá no se desperdicia el primer día con actos, presentaciones y festejos: el primer día de clases es el primer día de clases, y puede que hasta vuelvan a casa con tarea.
Pero como todos necesitamos un día de actos, presentaciones y festejos, se toma tiempo del final del verano para eso. Elías, que empieza una nueva etapa escolar y por eso va a ir a otro colegio, tuvo una semana de campamento de transición en donde conoció a sus nuevos compañeros y maestros, recorrió el colegio y hasta practicó cómo comprar comida en la cafetería. Gracias a eso se le pasaron los miedos al famoso Middle School, al que nadie, nadie recuerda con cariño, ni siquiera con una sonrisa. Más bien la gente me pone cara de miedo cuando oye que mi hijo mayor terminó la primaria. Micro-viaje al pasado emocional: empiezan a contarme lo mal que lo pasaron en esa época de sus vidas que, aunque sólo dura tres años, está marcada por la convulsión de hormonas, por el descubrimiento del nuevo cuerpo, por el despertar de la sexualidad y que es un periodo clave para la propia identidad.
Para Dingdong las cosas son mucho más fáciles: irá por tercer año consecutivo a la única escuela que conoce en Austin, con sus compañeros de siempre. El único misterio es quién estará en su clase (porque suelen mezclarlos entre grado y grado) y –lo más importante– qué maestra le tocará esta vez. De las cuatro de segundo grado, dos son las maestras de sus sueños y dos no. Todo esto será aclarado el viernes antes de que empiecen las clases, cuando vayamos a conocer a su maestra y leer en una lista quiénes son sus compañeros.
Todos tenemos sentimientos encontrados, pero la mayor parte del tiempo estamos de acuerdo en que tres meses de vacaciones son suficientes y que prepararse para un año nuevo puede ser divertido. Así que unas semanas antes de que termine el verano saco toda la ropa de mis hijos, armo dos montañas, una para cada uno, y los hago probársela.
El mayor pasó del talle 8 al 12 y ya no le entra ninguno de los pantalones que usó hasta la última semana de quinto grado. Las camisetas le quedan todavía, especialmente porque él insiste en ello. No, no es cierto que están apretadas en los hombros ni que apenas le tapen el ombligo. Scotty J. me saluda desde algún lugar de mi imaginación y le propongo que elijamos algunas nuevas (de su tamaño), como para tener más opciones. Disimuladamente, iré bajándolas desde su estante al de su hermano. Mi hijo mayor está casi de mi altura y es tan macizo que si se planta bien soy incapaz de moverlo. La semana pasada usé sus botas de cowboy, que planeo hacer mías en poco tiempo, cuando ya no le entren.
Con Dingdong la situación es la opuesta: durante estos meses creció mucho, pero sólo de altura. Los pantalones que le quedaban bien ahora se le caen y las camisetas que usaba hace cuatro años todavía le entran. Sumadas a las que heredó de su hermano y a las que le regalaron, ya tiene demasiadas. Le pregunto cuáles ya no le gustan y se despide de las que le parecen «de bebé».
El verano empezó con mis tres hijos enfermos, uno tras otro. Alondra fue la primera que contagió a Dingdong, que a su vez contagió a Elías. Dingdong pasó su cumpleaños enfermo y Elías fue a su graduación con fiebre.
Y el primer sábado de vacaciones, mientras cenábamos en la casa de unos amigos, Dingdong se quebró cúbito y radio del brazo derecho cuando otro niño se cayó encima de él mientras miraba el cielo acostado en un trampolín. Eso supuso varias visitas a diferentes médicos, que terminaron con un yeso verde fluorescente que tuvimos que soportar durante cuatro semanas.
Durante el verano nos visitaron seis familiares, perdimos la voz gritando goles, recorrimos varios parques estatales, nadamos prácticamente todos los días, acampamos, tuvimos fiestas, vimos música en vivo, descubrimos nuevos tragos e hicimos nuevos amigos. Cuatro de nosotros cumplimos años y Alondra decidió dejar los pañales.

Pasaremos el último día de las vacaciones en la alberca del niño que aterrizó sobre el brazo de Dingdong y con el mismo grupo de gente que estaba ese primer día. Me gusta la simetría no planificada, sobre todo por distar tanto de la perfección. Después de estos meses de malabares con mis tres hijos en casa, estoy lista para una rutina un poco más monótona en la que no tenga que levantarme dos horas antes que la familia para poder robarle un par de horas de trabajo al día.