jueves, 18 de junio de 2015

Tirarse al agua



León salta a la alberca y aterriza a unos tres metros de la instructora de natación. Es el chico que cae más lejos y debe ser rescatado por otro maestro, el que ayuda a los que sí saben nadar. Estamos en el YMCA; acompaño a la clase de mi hijo en su primer encuentro del programa de seguridad acuática que da el distrito escolar. Las clases son gratis para los chicos de primer grado de varios colegios de Austin. Hoy es el día de ver qué tal les va en el agua y de clasificarlos en tres grupos: principiantes, nivel intermedio y expertos.
Todos los chicos que tienen al inglés como lengua nativa nadan bien o más o menos; no se ahogarían si se cayeran a la alberca. La mayoría va al grupo de expertos y uno o dos al grupo intermedio. Los hispanoparlantes no saben nadar. Un par puede flotar, pero nada más. Van todos al grupo de principiantes y es posible que no terminen nadando bien (son solamente ocho clases), pero sí estarán seguros en el agua.
Lo que capta mi atención es lo que pasa al momento de hacer la prueba: los niños van saltando de a uno a la alberca, donde los esperan tres instructores. Los que saben nadar se tiran cerca de los maestros: saben que el agua puede ser peligrosa y son cautelosos. Los que no, saltan como pequeños guerreros en traje de baño para aterrizar lo más lejos que la fuerza de sus piernitas les permite. Son valientes y orgullosos a pesar del peligro (del que evidentemente no se han enterado). Y cada salto de esos me arranca una carcajada que ahogo entre mis dedos.
La clase parece una comedia de las que más me gustan. Los niños gritan mientras vuelan un metro en el aire, como si se tratara de una demostración de valentía. Sus gritos retumban entre el vapor de la alberca cerrada. Los niños desaparecen en el agua y los instructores, con miradas incrédulas, deben apurarse para sacarlos a la superficie. Cada escena dura un par de segundos y después de cada acrobacia somos más las personas que no podemos aguantarnos la risa.
Dingdong, en otra muestra de su dualidad cultural, cae a un metro y medio del instructor y ostenta su mejor estilo perrito hasta llegar al maestro y aferrarse de sus hombros. Lo ponen en el segundo grupo junto con otro niño que entró al agua llorando de miedo mientras caminaba como un pingüino para divertir a sus compañeros.
Cuando llega el turno de León me inclino un poco hacia adelante ansiosa, como si el que estuviera por saltar fuera mi hijo. Su personalidad le hace honor a su nombre, pero su cuerpo es mínimo: parece dos años menor que el resto, un niño de pre-kínder que se equivocó de fila y en vez de ir al parque terminó en una clase de natación. Tiene ojos de ónix y nariz de pichón de águila. Pienso que cuando crezca podría liderar una revolución. Yo lo seguiría. Le atamos el traje de baño con un cinturón: su madre olvidó empacarle uno, así que usa uno que le dio el club, dos talles demasiado grande. ¿Se siente avergonzado? Para nada. Cuando salta, da un grito de halcón y desaparece en el agua con la camiseta blanca que no quiso sacarse, su cinturón a la altura de las orejas y su traje de baño convertido en una burbuja gigante.
Él dice que no se acuerda de su vida en el rancho, con su abuelita, antes de que una tía lo acompañara para este lado. Sus padres lo hicieron traer cuando cumplió tres años, porque estaban tranquilos en sus trabajos y se habían mudado a un apartamento ellos solos. Pero no podían arriesgarse a la frontera, así que la tía lo subió a un camión y lo hizo pasar como propio. Los guardias no le preguntaron nada de lo que ella se había preparado para contestar; él estaba dormido y tampoco tuvo que llamarla mamá.
A su madre, la verdadera, la reconoció por la foto que su abuelita le había dado y que él miraba casi todos los días. Cuando, al día de llegar, se miró en el espejo, volvió a reconocerla en su propia cara. Mamá-León, mamá leona, León-bebé.
La mamá leona se levanta todos los días a las cuatro y media para llegar a las seis al restaurante donde sirve breakfast tacos. Su turno termina a las dos, justo a tiempo para esperar a su hijo, que llega de la escuela con la vecina. Al papá de León lo esperan en cualquier momento: la migra se lo llevó hace un año, cuando tuvo la mala suerte de caer en un improbable control, pero en cada llamado le asegura a su mujer que ya está listo para volver. A León le cuenta de su abuelita y de los animales del rancho, que el niño sabe que no existen. Pero se suma al entusiasmo de su papá y le pide que le diga qué hacen en cada momento, y le habla de cuando puedan pasar los domingos juntos en el río.



Mientras lo espera, León aprenderá a nadar. Su objetivo es terminar en el segundo grupo para sorprender a su papá, que estará muy orgulloso de ayudarlo a ponerse al nivel del grupo de expertos.