jueves, 11 de junio de 2015

Una vez tuve un gato

Sin título
Foto de Cecilia Galli


Cecilia Galli


Mientras esperamos en la veterinaria, entra una viejita con un gato. Dice que el gato todavía no come, aunque le dé la comida en el sillón, o en la cama. Lo tiene en brazos mientras intenta. La viejita sigue llorando.
Cuando adopté a mi gata, nunca pensé que alguna vez tendría que verla morir. Di por sentado que me abandonaría alguna noche, sin preámbulos ni explicaciones. Cinco años después de la mañana en que la gata apareció en la puerta de casa pienso que no es mía: yo soy suya. Nunca tuve la intención de adoptarla, ella me adoptó a mí.
La gata no tiene nombre; mejor dicho, tiene muchos. Durante los últimos años, mis hijos la bautizaron incontables veces. El primer nombre (que recibió por error, cuando Dingong se estaba destetando) fue Teté, una especie de sublimación de la palabra teta. Después se llamó Calypso, Pikachu, Manchita y decenas de otras cosas. Mientras ellos peleaban y discutían sobre quién le puso qué nombre primero, la continuidad le eligió el nombre que mantuvo con constancia a través del tiempo: Gatita o sencillamente Gato.
—¿Cómo se llama el gato? –me pregunta la recepcionista de la clínica.
—No tiene nombre. Se llama Gato –la mujer escribe «Cat» en un formulario.
La gatita se instaló en la puerta de mi casa en Buenos Aires un mes después de la muerte de Tango, nuestro ovejero alemán. La gata estaba ahí, escondida entre las plantas de la entrada, asustada después de una tormenta. Era chiquita y tenía una pata lastimada. Como no queríamos adoptarla, le dábamos agua y nada más, esperando a que volviera con sus dueños. Los vecinos empezaron a traerle comida y a llamarla, pero no se movía de nuestra puerta. Cuando cumplió una semana entre las plantas, le compré una lata de atún. Y una noche de tormenta la metimos después de que mi hermana jurara que al día siguiente se la llevaría a vivir con ella. Pero cuando llegó la mañana me avisó como al pasar que su marido le había prohibido tenerla (la ironía es que ahora ellos tienen tres gatos que fueron encontrando en la calle) y así fue como nos convertimos en una familia con gato.
—Tiene mucho sarro en los dientes. Y sangre. Esto no apareció de un día para otro –me dice el técnico que la examina‒. ¿Este animal visitó algún veterinario en su vida? Está deshidratado.
Me siento en un episodio de Animal Precinct donde me juzgan por negligencia. Le explico que sí, que el último chequeo fue hace dos años y que estaba perfecta de salud. Agrego que tiene las vacunas al día.
Las primeras noches después de que la gata se animara a salir de su escondite en algún lugar de la casa fueron aterradoras: el animal insistía con dormir sobre mis pies y en algún momento de la madrugada me despertaba con un grito proferido a milímetros de mi cara. Yo no sólo nunca había tenido gatos, sino que les tenía miedo: si había un gato cerca, sabía que estaba esperando el momento perfecto para saltarme a la cara. Para mí, un gato era un animal arisco y traicionero, siempre listo para atacarte y clavarte las uñas; y si te encariñabas con él, desaparecía.
—Vamos a tener que sacarle todos los dientes –me dice, esta vez, la médica.
Le pregunto cómo se recupera un animal de unos 13, 14 años de semejante cirugía, y si después puede comer bien. Me aseguran que sí, que los gatos son resistentes. Me dice que me van a traer un presupuesto.
Desde que la gata entró en nuestra casa, me dediqué a buscar a sus dueños: pegué su foto en los árboles de la zona, pregunté en todas las veterinarias cercanas si alguien la había perdido, y avisé a vecinos, a cuidacoches y a comercios de las cuadras lindantes que si alguien preguntaba por ella dijeran que la estaba cuidando yo.
Pero sus dueños no aparecieron y poco a poco la gata chiquita, impecable y educada fue convirtiéndose en algo sucio y salvaje bajo mi ignorante tutela.
El gato salía y entraba por entre las rejas de la terraza. Trepaba de un salto al techo y desaparecía por horas. Empezó a volver con los pelos de la cola parados, parecida a un castor. La seguían los gatos callejeros del barrio, los que merodeaban las pilas de bolsas de basura de los restaurantes de Palermo y me miraban con cara amenazante cuando pasaba cerca suyo camino al trabajo. Una tarde de invierno encontré a uno de esos gatos, el gris de cabeza gigante, escondido debajo de mi cama.
—Mil quinientos dólares es el precio. Si resiste la anestesia.
Me siento mal. Todo es un shock, el precio que no podemos pagar, pero mucho más lo brutal que me parece el procedimiento. Sé que voy a sonar cruda, pero igual hablo: explico que vine preparada a que me dijeran que había algo mal a nivel sistémico, no a que el problema fuera su higiene bucal. Su higiene bucal. Me tranquilizan ofreciéndome pagos en cuotas. Pero para mí algo no cuaja y sólo siento que no quiero volver con mi gato a casa. Un gato sin dientes. ¿Cómo le explico al gato después de la operación que no va a tener más dientes?
El debate sobre si estaba castrada o no nunca tuvo respuesta. Mis tías que saben de gatos dijeron que si estuviera castrada no se iría de paseo por los techos ni la seguirían otros gatos. Pero pese a sus salidas diarias, nunca tuvo cría. También quedó refutada la teoría de que los gatos son de la casa y no de la gente: desde que nos adoptó, nos mudamos cuatro veces, tres en un período de semanas. Aunque siguió saliendo y entrando a su antojo, la gata nunca intentó volver al lugar anterior.
Cuando hace casi dos años llegó Snow, un cachorro de ovejero alemán, esta vez blanco, la gata cambió mis pies por los de mi hijo mayor. También dejó de usar su arena y fue variando sus escondites en el jardín, que el perro siempre encontraba para devorar alegremente los excrementos gatunos.
La última semana noté que la gata no estaba comiendo su alimento. Probé cambiárselo, le ofrecí pescado, comida húmeda. Y dejó de limpiarse. Mala señal. Aparte de eso, siguió con su rutina: dormir durante casi todo el día detrás de los cactus que planté en el jardín delantero de la casa, al sol.
Cuando termina la consulta con la veterinaria, decido dejarla a que le hagan los análisis de sangre.
—Puede que encontremos algo peor y no se haga la cirugía.
No hay decisión en mis manos. No hay nada que decidir. Vuelvo a casa contrariada, triste de sentir rechazo por mi mascota, preocupada por el dinero, imaginando cómo puede ser feliz un gato que se pasa el día paseando por la calle sin dientes.
Cuando el teléfono suena media hora más tarde, la médica tiene la voz seria. Me dice que tiene falla renal avanzada, que lo más humano ahora es que nos preparemos, mientras lloro y le digo que ya estamos preparados para esto. El problema renal explica las encías sangrantes y la deshidratación. Todo cuadra dentro del diagnóstico.
Una hora más tarde vuelvo a la clínica veterinaria. Esta vez además de Alondra me acompaña mi marido. Esperamos a la gata en un cuarto de paredes celestes con luz tenue y velas. Un tapiz con dos gatos y una mariposa cuelga en la pared que se enfrenta a la que tiene cruces y budas. Hay olor a pescado recién frito. Me imagino que esto es un avance del cielo gatuno.
Todo es triste y traen a la gata envuelta en mantas. Tiene un catéter en una pata. La acariciamos, nos despedimos. Está tranquila. La acompañamos durante los dos minutos que dura el proceso.
En el auto Alondra pregunta por ella. Dice que está durmiendo pero la sigue llamando. Cuando le digo que duerme pero en las estrellas, no pide más por la gata. Si las estrellas existen, Alondra las recuerda.
Es raro entrar en la casa con la jaulita naranja en la que la gata vino desde Argentina vacía. Es raro entrar en casa sin que ella aparezca desde atrás de un cactus a saludar. Esta noche mi hijo mayor tendrá que buscar un sustituto que duerma en su cama, sobre sus pies. Y yo no sé si me despertaré como todas las madrugadas a las 3:33 para abrirle la puerta, o si seguiré durmiendo.