domingo, 7 de junio de 2015

Zonas de confort

Foto de Cecilia Galli
Foto de Cecilia Galli
Cecilia Galli
Me despierta el zumbido insistente de un mosquito, empeñado en salir del auto a través del pedazo de tul blanco que cubre una de las ventanillas. Todavía adormilada lo aplasto, junto con otros cuatro que intentan hacer lo mismo. Los insectos transmutan en salpicaduras rojas.
El movimiento despierta a Alondra. Se sienta de un salto y empieza a gritar «¡Mon! ¡Mon!», su versión de «camión», que es como llama a mi carro. Dormimos en el auto, transformado en una cama muy cómoda, tiradas las dos filas de asientos traseros y poniendo un memory foam. El arreglo habría sido perfecto si hubiéramos tenido más tul, para cubrir todas las ventanas.
Pasamos el fin de semana del 4 de julio en el terreno de unos amigos sobre el río Llano, a unos 90 minutos de Austin. Atravesamos la pequeña ciudad del mismo nombre y llegamos al lote, que sólo tiene un baño adentro de una estructura de chapa y madera. Más que suficiente: es un lujo.
Los dueños de casa instalan su popup camper, una casita rodante colapsable que cuando está armada tiene espacio para que duerman, cómodas, unas ocho personas. Después despliegan un toldo sobre una mesa de picnic y el páramo, lleno de enormes saltamontes de colores y de carnosas hormigas gigantes, se convierte en un lugar un poco más amigable.
Pienso que haber traído botas fue la mejor decisión del fin de semana. Soy la única que no usa sandalias. Mis amigos me miran con desconfianza.
Hormigas, bichos, pinches… No me las pienso sacar.
—Chica de ciudad…
Pienso en mi abuela, la que odiaba tanto a los bichos que evitaba ir a lugares «salvajes» durante el verano. Me la imagino con un ataque de risa con uno de estos saltamontes gigantes (miden unos diez centímetros y los hay verdes y rojos) posado sobre su cabeza.
El camino hasta el río supone sortear un matorral lleno de hormigas coloradas, unas rocas volcánicas calientes entre las que seguramente se esconden serpientes y una porción de arena surcada, de vez en cuando, por lagartijos. Tenemos que arengar al perro para que siga adelante, para que corra hasta el agua. Cargamos heladeritas, bebés y sillas plegables.
El lecho del río es de arena y cantos rodados, y me felicito por haber traído también zapatos de agua. Cuando los sumerjo, se vuelven pesados, pero evitan que me clave las rocas. Este fin de semana, la felicidad se relaciona directamente con la comodidad de mis pies.
El agua nos llega a las rodillas y está tibia como en una bañera. Armamos un toldo y lo plantamos en medio del río; ubicamos nuestras sillas bajo su sombra. Continuamente las latas de cerveza salen de las heladeritas y llegan a nuestras manos. Los niños nadan a nuestro alrededor. Alondra, que tiene un chaleco salvavidas, grita «¡bye!» mientras deja que la corriente se la lleve. Las niñas la acompañan nadando. Dejo que se aleje unos veinte metros; luego la traigo y vuelvo a soltarla. Ella otra vez se va, riéndose a carcajadas.
El nombre del río es descriptivo: no tiene pendiente ni profundidad y la corriente suave trae cardúmenes de peces pequeños que nos besan la piel como pirañas enamoradas.
Este es nuestro fin de semana sin hijos: los dos mayores están de visita en la casa de mi hermano. La idea de que se fueran no me gustó mucho al principio, pero un rato después de dejarlos en el ómnibus que los llevaba a su destino me sentí veinte años más joven. No tener que luchar contra dos pre-adolescentes antes de hacer cada cosa hace que –aunque los extrañe– disfrute esta vida, de pronto liviana.
Pasamos el día metidos en el río y al atardecer volvemos con nuestros petates al camping. Pablo saca de una de las seis heladeritas un montón de frascos que en minutos se convierten en los mejores brisquet tacos posibles.
Las niñas quieren ir al pueblo a ver los fuegos artificiales del Día de la Independencia. William las lleva en la parte trasera de la camioneta. Los demás charlamos mientras la luz se escurre y la oscuridad va camuflando todo lo corpóreo. Casi no hay luna, las conversaciones en inglés y en español se mezclan como una pila de colores que terminarán indefectiblemente en una pasta marrón. Al final de la noche todos entienden español, lo único que se habla.
Algunos se duermen sobre las reposeras justo cuando Snow, nuestro perro, sale a perseguir un venado que se sorprende porque su lugar habitual de paso está ocupado por un grupo de humanos ruidosos.

Lo único que me une a mi zona de confort cotidiana son mis botas viejas. Sin embargo, siento algo calentito en la panza. Sé que es la compañía, la sensación de estar de vacaciones, los millones de estrellas que me hacen sentir una mota de polvo, insignificante, sin consecuencia, libre. Quizás se me haya contagiado la felicidad del perro: por primera vez siente que está donde debe. Me apropio de la zona de confort de Snow, la hago mía.
Cuando estoy por dormir, veo por una de las ventanillas del auto los fuegos artificiales lejanos salpicar el cielo. No estamos demasiado lejos del mundo; sin embargo, nuestros teléfonos no tienen recepción y solamente sirven como linternas. Me duermo pensando lo tranquilizador que se siente no estar.
«¡Mon! ¡Mon!», grita Alondra a las 5:55 de la mañana del 5 de julio. Somos los únicos levantados y caminamos en silencio hasta las rocas volcánicas. Cuando las piso, las imagino como lava incandescente burbujeando sobre el río, aunque probablemente el río no existiera cuando estas rocas estaban vivas. Snow encuentra a un conejo y lo persigue hasta que lo llamamos y vuelve a nuestro lado. Pasa los mejores días de su vida.
Cuando el sol se levanta sobre las rocas decidimos ir hasta el pueblo a comprar desayuno para todos. Volvemos cargados de café y comida. Nos reciben nuestros amigos, que ya se levantaron.
—¡Pensamos que se habían escapado a la civilización, chica!
—¡Jamás! Acá estoy cómoda y acá me quedo.
—¿Una noche más?
—Si gana Argentina, una noche más.
Y otra vez a meternos en el río, que se enfrió durante la noche. Sólo salimos cuando William nos avisa que logró conectar su computadora al teléfono: vamos a poder ver el partido. Cuando llegamos a la pantalla, la pelota lleva veinte minutos rodando y Argentina ya hizo el gol. Los seis lo miramos hasta el final, cuando nuestro grito unánime interrumpe el quehacer agitado de los insectos en verano y despierta a los bebés.

Luego, nos volvemos al río.